Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (I)

 

   El mito de Guernica, bombardeada el 26 de abril de 1937, incluye los siguientes apartados:

  1. Se bombardeó una villa abierta, de 7.000 habitantes, carente de interés militar
  2. Se eligió un día de mercado, con gran número de visitantes, de modo que el efecto sobre la población civil fuera mucho mayor.
  3. Guernica no constituía un objetivo táctico, por estar alejada del frente
  4. El ataque fue realizado en exclusiva por aviones alemanes, durante tres horas sin interrupción, con ametrallamiento de civiles a baja altura, dentro de la población.
  5. La destrucción de logró mediante una combinación especial de bombas explosivas e incendiarias, un nuevo sistema de bombardeo
  6. Los muertos fueron, según versiones, entre 850 y 3.000, siendo el número más citado 1.654.
  7. Los separatistas suelen añadir que se trató de destruir los símbolos de “las tradiciones vascas”.
  8. Finalmente, se viene insistiendo en que el bombardeo fue ordenado o permitido por Franco.

   Estos puntos han sido repetidos hasta el infinito a lo largo de casi ochenta años por los más variados periodistas, escritores y políticos, lo cual da a esas versiones  impresión de absoluta verosimilitud a los ojos del lector crédulo o ingenuo.  J. Salas Larrazábal, autor de un estudio prácticamente exhaustivo sobre aquel suceso (Guernica, 1987, que nadie interesado en el tema debiera dejar de leer), partió de un libro del H. Southworth, un polemista useño  apasionado del Frente Popular, que recoge cientos de noticias y comentarios de la prensa mundial sobre el bombardeo.  Sin embargo Salas se fijó en un dato: en la recopilación de Southworth  faltaba lo esencial, los relatos de la prensa de Bilbao, “numerosa entonces y,  hay que suponerlo, mejor informada”, y que prefirió no publicar datos que pudieran ser refutados fácilmente por los evacuados de  Guernica.

    Así que Salas investigó a fondo y sin prejuicios todos los aspectos  de la leyenda y llegó a la conclusión sorprendente de que ni uno solo se ajusta a la realidad.  No voy a extenderme en los datos y la argumentación, que he resumido en un capítulo de Los mitos de la Guerra Civil. La realidad es simplemente la siguiente: Guernica, con algo más de 5.000 habitantes,  estaba próxima al frente, tenía gran interés militar  por su guarnición, posición y fábricas de armas, y se suspendió el mercado aquel día; no hubo ametrallamientos a baja altura dentro de la villa (sí algunos  en las vías de acceso) y el bombardeo se hizo en dos pasadas de corta duración, participando aviones italianos, no solo alemanes, con una combinación de bombas habitual, no especial;  los muertos no excedieron de 126 como máximo, probablemente algunos menos, con un número de heridos sorprendentemente pequeño (unos 30); los edificios simbólicos y elementos tradicionales (“cachivaches”, los llamaba Azaña) no fueron atacados, seguramente eran desconocidos para los alemanes;  ni Franco ni Mola lo autorizaron, sino que  la decisión partió del jefe de la Legión Cóndor sobre el terreno, Richthofen.

   El efecto  más espectacular del bombardeo fueron unos incendios que se extendieron rápidamente debido al viento y a  la abundancia de madera en la construcción; y a que los bomberos de la cercana Bilbao (36 kms.) tardaron horas en llegar y  marcharon sin haber apagado los fuegos. Varios testigos expresaron indignación por la actitud de los bomberos y la pasividad de los milicianos. Los nacionales afirmaron que los  propios rojos habían incendiado la población, una falsedad que se apoyaba, no obstante, en precedentes como los de Irún o Éibar, donde sí había ocurrido el hecho.

   Contra una versión extendidísima, el bombardeo no fue un experimento de bombardeo sobre población civil, sino que perseguía el objetivo militar de cortar la retirada a gran número de tropas enemigas,  lo que se habría logrado  si Mola hubiera dado orden de avanzar de inmediato sobre Guernica. A Mola no le agradaba Richthofen y mantuvo la orden previa de avanzar sobre Durango, con lo que el bombardeo perdía su sentido y se volvía tácticamente inútil. Las razones de Richthofen no son claras, aunque él escribe en sus diarios que Vigón le había prometido un avance sobre la villa; y alude, algo arrogantemente, a su propia  “falta de educación” al haber obrado así, al margen de los planes superiores.  Fue la última vez  que lo hizo.

   No obstante, aunque el objetivo inmediato no fuera conseguido, el bombardeo tuvo una repercusión militar de gran alcance. El PNV lo  invocó para llamar a una lucha a ultranza contra los nacionales…  pero bajo cuerda intensificó sus tratos con los fascistas italianos para rendirse por separado, traicionando así a sus aliados. El resultado último, gracias en gran medida a las intrigas peneuvistas,  fue la primera gran victoria de masas de Franco, en Santander, con un enorme botín de armamento. Y 22.000 miembros del “Ejército de Euzkadi” apresados pacíficamente, muchos de ellos incorporados a las tropas nacionales.

   El origen del mito se encuentra en la prensa  useña  e inglesa, que enseguida empezó a elevar los muertos a 600, a 800… pero lo fundamental fueron las crónicas de G. Steer, periodista inglés que llegó horas después del bombardeo e inventó cuantos “detalles” acudieron a su imaginación y que durante largo tiempo han disfrutado de crédito. Otro corresponsal inglés, N. Monks, hablaba de 800 personas, mujeres y niños, masacrados por las bombas. La prensa subiría rápidamente los muertos a 1.000 y 2.000, y un escritor peneuvista, P. Baldasúa, los aumentaría a 3.000 en un texto titulado “En defensa de la verdad”.  Un documental inglés reciente hablaba de 5.000.

   Creo que el PNV ha querido hermanar a Guernica nada menos que con Hiroshima. En este desmadre sentimental-ideológico nos seguimos moviendo.

 

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23-F. La larga vida de una versión falsa y el olvidado factor Suárez.

23-f El olvidado factor Suárez

** En “Cita con la Historia”. la expulsión de los judíos de España: https://www.youtube.com/watch?v=BJBaAKDdqFE

** En relación con los cambios de nombres de calles por los provocadores irreconciliables: La División Azul https://www.youtube.com/watch?v=_cMvr7_vWBU 

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     Puede decirse que los misterios del 23-f  no lo son desde hace tiempo.  Durante muchos años, sin embargo, permaneció la versión de un  intento de golpe dado por unos fachas chiflados y chapuceros, y parado oportunamente por Juan Carlos I. Todavía hay quienes lo siguen considerando así.  No obstante, la verdad, en lo esencial, se conoce hoy bastante bien. Uno de los que más han contribuido a aclararla ha sido el historiador Jesús Palacios en El Rey y su secreto  del que ha dicho uno de los comprometidos, Luis María Ansón, que acierta en un 80%, creo recordar. Ya Sabino Fernández Campo había advertido  irónicamente a quienes no se contentaban con la versión  oficial que si buscaban la verdad corrían el peligro de encontrarla. Es interesante la persistencia de la versión oficial, que recuerda la del golpe del 11-m de 2004, de consecuencias políticas tan extraordinarias. 

   En fin, todo indica que se trató de una provocación golpista instrumentada por los servicios secretos, y en la que estaban involucrados el rey, personalidades socialistas, de derecha y otros, probablemente la mayoría de los que aparecían como miembros del gobierno de concentración que debía presidir el general Armada. Como el “factor humano” (Tejero), hizo fracasar la operación, él, Armada y otros próximos a Juan Carlos sirvieron de chivo expiatorio de un interés de estado. Porque lo que se buscaba era frenar una deriva política del país cada vez más peligrosa: un terrorismo de niveles desestabilizadores y unos separatismos cada día más insolentes y osados; un ataque sistemático y a menudo furibundo en los medios a cuanto significase unidad nacional (la propia palabra España se hizo casi tabú, como en la república),  sin olvidar el rápido deterioro de la salud social, con expansión galopante de la droga y la delincuencia. Todo ello en medio de una  crisis económica a la que no se vislumbraba salida. Tarradellas, uno de los pocos exiliados que había aprendido las lecciones de la historia, había advertido de la necesidad de un golpe de timón para enderezar una coyuntura que se iba de las manos a todos. Y se conocen los contactos y maniobras de unos y otros para preparar el evento provocando un “supuesto inconstitucional máximo” — con Tejero como peón inconsciente–  inspirado en la operación que llevó al general De Gaulle al poder en Francia  en 1958. 

    En los análisis del suceso ha solido dejarse de lado a Adolfo Suárez, el principal responsable de la situación creada, y que suele aparecer como víctima. Suárez,  un político de vuelo corraleño, desvirtuó la transición planeada por Torcuato Fernández Miranda de la ley a la ley y aprobada abrumadoramente en el referéndum de diciembre del 76; ignorante de la historia trató de congraciarse con quienes salían a la luz  sintiéndose  herederos del Frente Popular, haciéndoles concesiones innecesarias;  quiso  “olvidar el pasado” impidiendo cualquier respuesta a la creciente demagogia  izquierdista y balcanizante;  promovió una Constitución con artículos contradictorios y peligrosos, elaborada de manera poco democrática;  jugó a superar al PSOE por la izquierda y bloqueó una posible  unidad de acción con la derecha de Fraga, dinamitando de paso a su propio partido, la UCD.  He tratado en La Transición de cristal estos hechos poco atendidos u olvidados en muchos análisis  en beneficio de declamaciones emotivo-demagógicas o dudosamente democráticas. 

    La extravagancia política de  Suárez  dejaba muy pocas posibilidades de un gobierno capaz de afrontar la crisis. La UCD estaba en ruinas y Alianza Popular carecía de fuerza suficiente, además de chocar con la oposición irreconciliable de izquierda y separatistas. Suárez fue forzado a dimitir entre denuestos de casi todo el mundo –dato olvidado convenientemente cuando falleció–, dejando una herencia casi inmanejable. De ahí la solución golpista.  No voy a repetir lo ya sabido y que otros comentarán. Pero vale la pena señalar el sarcasmo de que quienes estuvieron involucrados al más alto nivel salieran indemnes a costa de los chivos expiatorios “fachas”.  La UCD, con Calvo Sotelo, demostró su ruina en muy poco tiempo, y finalmente pasó a gobernar el partido de los “cien años de honradez”.

La verdad es que si en aquel momento se hubiera sabido la verdad, las instituciones habrían quedado tan por los suelos y el país tan en peligro de anarquía que, en definitiva, se hace difícil imaginar otra salida que la habida, por injusta que sea. La moraleja es que la democracia un tanto echada a perder por Suárez ha permanecido tan chapucera como entonces, manteniéndose gracias a una inercia histórica cimentada en una larga paz, prosperidad y reconciliación mayoritarias, herencia del régimen anterior y que nuevamente ponen en crisis los demagogos.

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La persecución religiosa en España (y III) El catolicismo y la historia de España

Blog I. La matanza de Badajoz que asustó a los nazis: http://gaceta.es/pio-moa/matanza-badajoz-asusto-los-nazis-21022016-1621  

**Cita con la Historia, hoy: La expulsión de los judíos en 1492. www.citaconlahistoria.es

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(Estas consideraciones son parte de un capítulo del libro, de próxima publicación La guerra civil y los problemas de la democracia en España)

Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran muy exageradas o puramente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.

    Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos pasión por las corrientes progresistas. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón. Las ideologías, en cuanto a construcciones explicativas del mundo y de la sociedad  basadas intencionalmente en el culto a la Razón, venían a comportarse como religiones sustitutorias; y la religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.

   La fuente más profunda del empuje ideológico reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión cristiana de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta instintiva e inocente del animal a la moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.

  Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen  sin obstáculos ni castigos, con derechos y sin responsabilidad, una imposible vuelta a la seguridad del instinto:  “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente,  como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.

   Por su parte,  el catolicismo no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial  “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba la naturaleza humana propiamente social y en su conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre humanos, acuerdos que podían ser malvados. Los derechos básicos serían naturales, con fundamento transcendente, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ejercerse sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista, cuestionando que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran con igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar.  

    Como fuere, la Iglesia podía acomodarse a diversos gobiernos e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario y abiertamente antirreligioso. En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias  europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado;  y, hasta el concilio Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia. 

   Otro punto esencial en esta cuestión es el del papel fundamental del catolicismo en la historia y en la misma configuración de España.  La latinización y catolización han sido el contenido fundamental de la cultura hispana ya en tiempos del Imperio romano y hasta hoy.  Posteriormente el proceso culminó con la formación de un estado nacional con los visigodos desde Leovigildo y Recaredo[1]. La cultura cristiana y latina y el precedente de la nación latino-goda, permitieron una Reconquista frente a la conquista islámica, que poco a poco rehízo la nación originaria, con la excepción de Portugal.

    Posteriormente, España desempeñaría un papel decisivo, inigualado por cualquier otro país, en la defensa de Europa y la cristiandad frente a la superpotencia otomana, que amenazaba por el Mediterráneo, donde su flota prevalecía, y hacia el corazón de Europa por Hungría y Austria. En el frente mediterráneo, España fue decisiva en la contención de los turcos, y también desempeñó un papel importante en el primer asedio a Viena. Debe señalarse que los turcos contaron con el apoyo de potencias cristianas como Francia o Inglaterra, así como del expansivo protestantismo. España también fue el principal dique a la expansión inglesa y a la protestante en Países Bajos y en Francia  durante el siglo XVI y parte del XVII, al paso que realizaba la  mayor obra de evangelización de la historia en América y el Pacífico.

   Como ya vimos, de estos hechos han extraído algunos historiadores y comentaristas la conclusión de que España y el catolicismo van estrecha y necesariamente unidos, siendo inconcebible una sin el otro. La realidad histórica es más complicada, según también observamos  en el capítulo anterior. El liberal siglo XIX fue probablemente el de mayor  decadencia de España, pero sus dirigentes seguían considerándose católicos en su mayoría. Y por lo que respecta al siglo XX, la autoproclamación católica del régimen de Franco, con aquiescencia y buena voluntad de Roma, no impidió que esta lo traicionase, por así decir,  en los años 60.

   Desde luego, Europa y con ella España han evolucionado en un sentido distinto del integrismo. Ese sentido ha traído grandes crímenes, guerras e inestabilidad, pero la idea integrista de unir España y catolicismo carece hoy de base más allá del reconocimiento de esa religión como la más fuerte raíz cultural de la nación, de la exigencia de respeto  y libertad para ella, y del reconocimiento de los tremendos crímenes que ha traído el intento de erradicarla (crímenes por los que no parecen sentir el menor pesar sus autores o quienes se identifican hoy con ellos).  Porque, en fin, con sus bienes y sus males, dicha raíz seguía y sigue viva. La persecución trataba de aniquilarla  para sustituirla por algo supuestamente superior, pero la pretendida superioridad queda perfectamente reflejada, moral e intelectualmente, en las propias características de la persecución.

  


[1] El significado de “nación” ha dado lugar a incontables discusiones, en su mayoría bizantinas. Aquí entiendo por nación una comunidad cultural bastante homogénea, como fue la Hispania latino-cristiana, con un estado propio. Estos dos elementos, comunidad cultural y estado propio, constituyen una nación. Cuando un poder nacional se expande sobre otras comunidades culturales hablamos de imperio.  Creo que esta definición evita muchas discusiones inútiles. Ver Nueva historia de España

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Persecución religiosa en España (II) Las explicaciones

Blog I. Franco no se alzó contra la república. Qué pasó tras las elecciones de 1936 (y II) http://gaceta.es/pio-moa/franco-alzo-republica-paso-elecciones-36-ii-19022016-1528

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La cuestión mayor es: ¿cómo explicar en un país civilizado conductas tan atroces,  que dejan atrás a los crímenes actuales del Estado Islámico? Muchos han culpado por ellas a la propia Iglesia. Azaña lo decía a un antiguo profesor suyo, agustino, que por azar había salvado la vida: “la ferocidad del todo o nada” de la Iglesia, no haberse “dejado cortar un dedo para salvar la mano”, hizo que “se perdiera la mano y todo el brazo”. “Los apasionados de la religión y del orden son los causantes no solamente de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen”.  Solo que  aquellos “apasionados de la religión y el orden” habían aceptado la república y respetado su legalidad más que los republicanos y el propio Azaña, y habían insistido a este en que pusiera coto al proceso revolucionario previo a la guerra.  

  Azaña caía en la alucinación cuando aclaraba al pobre fraile: “¿No sabe usted que me pintan como un furibundo enemigo de la Iglesia católica? Es estúpido. Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores,  las abadesas o los párrocos. A lo que me opongo es que los religiosos enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias. Sobre eso tengo una experiencia personal más valiosa que  todos los tratados de filosofía política”. Azaña había prometido demoler las tradiciones religiosas, facilitado la quema de templos, aulas y bibliotecas,  impuesto una Constitución no laica sino anticatólica, prohibido a la Iglesia la enseñanza –contra los deseos y derechos de muchos padres–, disuelto a los jesuitas y causado estragos en la cultura; no había movido un dedo para impedir la gran masacre…  y decía no ser enemigo de la Iglesia. Aun más estrafalaria es la suposición de que antes de él gobernaban el país los obispos o las abadesas, o la pretensión de que su experiencia particular valía más que todos los tratados de pensamiento político.

   La acusación de “ferocidad e intransigencia” a la Iglesia, aunque tenga algún punto de apoyo en el integrismo –siempre derrotado— es falsa, y podría aplicarse más bien a sus enemigos, que ya en el siglo XIX la habían despojado de bienes materiales, habían fomentado matanzas con acusaciones falsas como que los frailes envenenaban las aguas, habían disuelto las órdenes religiosas, etc.

   Imputación muy esgrimida, no solo por las izquierdas, también por comentaristas católicos y por conservadores, achaca a la  Iglesia haberse olvidado del “pueblo” para aliarse con “los de arriba”. El ensayista Salvador de Madariaga recoge, aunque con especial falta de sentido crítico,  las principales acusaciones a la Iglesia: “La Iglesia solía ponerse infaliblemente al lado de las peores causas de la vida nacional: apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora, el sacerdote había llegado a ser con excesiva frecuencia objeto de aversión popular”. Esta era la acusación más eficaz, asumiendo que el rico, el capitalista, era necesariamente un ladrón explotador, enemigo del “pueblo”. Y tendría sentido si la persecución se hubiera centrado en las jerarquías y los sacerdotes de los barrios acomodados. Pero se cebó en todo el clero, y de modo especial en el clero bajo, que subsistía a menudo pobremente y realizaba una labor social que, por cierto, no hacían los partidos de izquierda. La Iglesia sostenía una red de asilos de ancianos y desvalidos,  asistencia a enfermos, centros de formación profesional y de enseñanza para hijos de obreros, empleadas del hogar  y jóvenes sin recursos, algo tanto más apreciable cuanto que por entonces apenas existía seguridad social. Lo que hacía la Iglesia, mucho o poco, y desde luego no era poco, no lo hacía casi nadie. Y es bien significativo que Azaña  quisiera prohibir a la Iglesia la beneficencia, o que la quema de “conventos” de 1931  afectara a centros de formación profesional  o escuelas salesianas para obreros. La labor eclesial en esos medios irritaba especialmente a las izquierdas, creídas de que esas capas sociales debían ser monopolio suyo.

   Madariaga, nada anticatólico, recoge no obstante las acusaciones tópicas y abona otra más:  “La cultura católica española es de una riqueza incomparable (…) ¿Qué se hizo con ese tesoro? Absolutamente nada. Los maravillosos autos sacramentales de Calderón se solían dar, de cuando en cuando en el pórtico de alguna catedral católica… pero en Suiza. En España, los sacerdotes no los conocían y los obispos fruncían el ceño al oírlos nombrar. La noble música de Vitoria, Cabezón, Salinas, yacía enterrada en los polvorientos archivos de las catedrales (…); mientras en nuestras iglesias y catedrales predominaba la música ramplona y aun a veces callejera (…) Este ha sido el mayor crimen de la Iglesia española (…) por el que vinieron a pagar miles de sacerdotes”. 

  La denuncia puede tener alguna base, pero no basta para juzgar en bloque al clero. Este no solo sostenía un inmenso patrimonio cultural y artístico heredado del pasado, sino que realizaba un gran esfuerzo intelectual, a través de instituciones como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP),  que rivalizaron dignamente con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), uno de los focos del laicismo español, de mucho peso en la formación de la intelectualidad  y ambientes políticos;  de centros prestigiosos como las universidades de Deusto o de Comillas o de revistas de estudios muy variados. El Debate, órgano oficioso del partido católico CEDA, no era inferior al mejor de los demás diarios españoles. Más tarde el Opus Dei representaría un papel de considerable altura en la universidad y la investigación científica,  Debe recordarse, además, que los republicanos de izquierda, no digamos ya los obreristas, procuraron desde el primer momento cercenar la actividad cultural de la Iglesia. Y no eran ellos, tan propensos a acusarla de oscurantismo, los más indicados para hablar de cultura. El propio Azaña los calificaría de botarates loquinarios y codiciosos sin ninguna idea alta; descripción no del todo injusta.

   Se ha tachado también a la Iglesia por no haber cultivado a fondo el mundo sindical. El historiador José M. Cuenca Toribio y otros han incidido en esa deficiencia, y en su insuficiente proyección sobre el mundo intelectual y universitario. Es verdad que en los dos ámbitos la Iglesia perdía terreno desde  el siglo XIX, pero no por falta de esfuerzos, a menudo de gran aliento y que de ningún modo deben ser menospreciados. Quizá la insuficiencia de su influjo social y cultural obedeciera a no haber dado con el lenguaje adecuado a los tiempos, o no haber superado cierta esclerosis intelectual que venía de lejos;  pero, como sea, ni este ni ningún otro fallo justifican la monstruosa persecución.

   Como síntesis, cita Madariaga a “una lumbrera catalana”: “Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido a la Iglesia”. La lumbrera debía de ser el cardenal Vidal i Barraquer, a quien salvaba Companys por proximidad política. El absurdo de la frase salta a la vista: ¿qué necesidad tenían de actuar los enemigos de la Iglesia, si el clero ya la había liquidado? ¿O tal vez odiaban al clero ¡por haber destruido a la Iglesia!? Sin contar que los revolucionarios iban mucho más allá de la quema de templos.  La culpa era de la víctima. Caritativa frase en boca de quien se salvaba por afinidades con los separatistas, mientras sus correligionarios, incluido su obispo auxiliar Manuel Borrás, eran asesinados a racimos, sufriendo a menudo el tormento y la muerte por no renegar de su fe, y perdonando a sus verdugos. ¿Qué otra institución o grupo de personas podía presentar un balance parejo de sacrificio y reconciliación, se compartan o no sus ideas? Pero la lumbrera tachaba a las víctimas de destructoras de la Iglesia.

    Madariaga desvaría abiertamente cuando sermonea: “Al estallar la guerra civil, la Iglesia debió haber abierto los brazos como Jesucristo, a la  izquierda y la derecha (…) debió haber luchado por la paz y la unión, y por ellas muerto. Pero no. Desde el principio se puso de un lado solo (…) No era quién la Iglesia para declararse parcial, y menos parcial en pro de la fuerza”[1]. La fuerza estaba al principio, y masivamente, del lado del Frente Popular, el cual, sin esperar ninguna toma de posición eclesiástica, llevó al frenesí una persecución comenzada ya con la llegada de la república. La Iglesia se había mostrado precisamente conciliadora –en vano–, durante los años anteriores. Y la jerarquía eclesiástica tomó  postura oficial con la Carta Colectiva del Episcopado un año después de comenzada o recomenzada la guerra. Por lo demás, pretender que la Iglesia  pusiera en el mismo plano a quienes la exterminaban y a quienes la salvaban indica cierta perturbación moral e intelectual, como en las “explicaciones” de Azaña.

   Con todo, ha habido en la misma Iglesia una corriente justificadora del genocidio. Así, en plena hecatombe, el padre Lobo colaboraba con la propaganda comunista dentro y fuera de España, utilizando el verbo ideológico de la izquierda (“soy un hijo del pueblo”, etc.).  Ossorio y Gallardo, jurista democristiano y embajador del Frente Popular, “informaba” al exterior, con la más burda falsedad, de iglesias supuestamente convertidas en “fortalezas desde las cuales se tiraba con fusiles y ametralladoras”, naturalmente “contra el pueblo”. También colaboraron con el Frente Popular los clérigos separatistas próximos al PNV– similares a los que más tarde apoyarían los crímenes de la ETA–, y las tropas navarras fusilaron a 14 o 16 de ellos. Franco detuvo los fusilamientos, que los separatistas utilizaron para hablar de “curas vascos”, aunque obviamente no fueron fusilados por ser curas ni por ser vascos. De un grupo de sacerdotes catalanes salvados por los separatistas y afincado en el Vaticano, señalaba el cardenal Gomá, también catalán:  “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido todos indemnes  mientras sucumbían a centenares sus hermanos”[2]. Aquellos curas presionaban en Roma contra cualquier reconocimiento al bando que libraba a la Iglesia del aniquilamiento.

   Un muy influyente intelectual democristiano de izquierda Jacques Maritain también maniobraba contra los nacionales, defendía al racista PNV, etc. Según él, “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo—por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxista, son cuerpo de Cristo—en nombre de la religión”. Comparación moralmente extraña: ningún sacerdote fue asesinado por fascista, sino por sacerdote. Y nadie lo fue por ser pobre, sino por razones bien distintas[3].    

   Maritain pesaría mucho  sobre el Concilio Vaticano II, después del cual la Iglesia se distanció radicalmente del franquismo. Fruto de la nueva orientación fueron actitudes como una resolución  propuesta en 1971 en la Asamblea de Sacerdotes y Obispos en Madrid, pidiendo “perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. De nuevo perseguidores y perseguidos quedaban en el mismo plano, con implícito desprecio a las víctimas y a quienes habían impedido  completar el genocidio. Y la súplica de perdón solo podía dirigirse a los verdugos y no a los salvadores. Por entonces sectores del clero amparaban a comunistas, separatistas y terroristas de la ETA buscando congraciarse con los partidos antaño perseguidores y luego reducidos a la impotencia por el franquismo.

    El Concilio Vaticano II aspiraba a renovar a la Iglesia y adecuarla a los nuevos tiempos del mundo.  Como decía una resolución de la citada Asamblea, la Iglesia debía “renovarse o decaer”. No está claro que la renovación propuesta tuviese mucho éxito,  pues fue como la señal para que gran número de clérigos ahorcara los hábitos, los seminarios se despoblasen, las asociaciones laicas como Acción Católica quedaran “en los huesos”, y la práctica religiosa descendiera a mínimos. Casualmente ha sido en Vascongadas y Cataluña donde la decadencia ha sido más pronunciada.  



[1] Las citas de Madariaga, en su obra España, Madrid, 1979

[2] Archivo  del cardenal Gomá, tomo I, editado por  J. Andrés Gallego y A. M. Pazos. Madrid, 2001.

[3] Maritain, uno de los ideólogos de la democracia cristiana, podía inventar cosas como que algunos teólogos españoles del siglo XVI sostenían que los indios americanos no eran seres humanos por no descender de Sem, Cam o Jafet: serían animales, de cuyos bienes y personas podrían adueñarse sin trabas los españoles. Nunca existió tal cosa, pero el supuesto servía para “explicar” los crímenes a su vez inventados o muy exagerados, que Las Casas  achacaba a la colonización española. Recientemente el papa Bergoglio se ha hecho eco de tales “memorias históricas”.

 

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La persecución religiosa en España (I) Los hechos

Blog I. ¿Qué pasó tras las elecciones “del Frente Popular”? (I) http://gaceta.es/pio-moa/paso-elecciones-frente-popular-18022016-1056

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Las historias de la guerra civil suelen prestar atención insuficiente a una de sus facetas más reveladoras: la persecución religiosa y más ampliamente el papel del catolicismo. Un papel más intenso que el del cristianismo en general en el resto de Europa durante el siglo XX. La causa más evidente está en la terrorífica persecución religiosa, una de las más sangrientas de la historia, bien   documentada por Antonio Montero en su Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939 y con nuevas investigaciones por Vicente Cárcel Ortí,  Jose Luis Alfaya y otros autores.

   La exposición de casos puede darnos idea del sadismo e impulso exterminador  con que se llevó a cabo: un anciano coadjutor  desnudado, torturado y mutilado, metiéndole en la boca sus partes viriles; fusilamientos lentos apuntando a órganos no vitales para prolongar la agonía; sacerdotes toreados (a alguno le sacaron los ojos y lo castraron);  a un capellán le sacaron un ojo, le cortaron una oreja y la lengua y le degollaron; otro, torturado con agujas saqueras delante de su anciana madre; otro arrastrado por un tranvía hasta morir; once golpeados con mazas,  palos y cuchillos en una cheka  hasta hacerlos pedazos; muertos a hachazos en espectáculos públicos; un cadáver con una cruz incrustada entre los maxilares; a una profesora de la Universidad de Valencia le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua para impedirle seguir gritando “viva Cristo Rey”;  una seglar violada ante su hermano, atado a un olivo y luego matados ambos; el obispo de Barbastro torturado y castrado… Hechos como estos, recogidos por Cárcel Ortí, y referidos casi todos a Valencia, abundaron en otras provincias, dentro de un terror rojo que incluyó  quemar vivas a  personas o echarlas a las fieras de los zoos de Madrid y Barcelona. Las vejaciones y el ensañamiento solían proseguir con los cadáveres, destrozados a golpes o quemados o tirados a los barrancos. En los conventos eran exhumados  esqueletos o cuerpos momificados y expuestos a la diversión pública… Perecieron cerca de 7.000 clérigos incluyendo  13 obispos y cerca de 300 monjas, a veces violadas antes de asesinarlas[1]. Miles de católicos, en número difícil de precisar, sufrieron  una suerte parecida simplemente por practicar su religión.

   Con frecuencia se ofrecía a las víctimas salvar la vida a cambio de blasfemar o  pisotear un crucifijo, pero rara vez tuvieron éxito, justificando el conocido verso de Claudel “et pas une apostasie”.  Conviene insistir en que se trata de hechos documentados, no de distorsiones tipo “memoria histórica”.  Esta ofensiva contra la Iglesia no es única en tiempos recientes, porque, sin remontarnos a las guerras religiosas causadas por el agresivo cisma protestante, la Revolución francesa, como la rusa o la mejicana dieron lugar a episodios similares, aun si quizá no tan ensañados.

    El ataque no perdonó los edificios: miles de templos y ermitas fueron incendiados o devastados, perdiéndose tesoros artísticos e históricos de valor incalculable: retablos, tapices, cuadros, custodias, imágenes de grandes  pintores y escultores como Montañés, Salcillo, Pedro de Mena, Alonso Cano, Sert. Ardieron archivos y bibliotecas en monasterios, conventos,  seminarios y catedrales: solo en Cataluña decenas de miles de volúmenes de la biblioteca franciscana de Sarriá, del seminario y del convento de los Capuchinos de Barcelona, en Igualada, etc. Joyas del gótico, del románico, del barroco y del mudéjar quemadas o voladas. En Madrid, incendiada la catedral de San Isidro, un verdadero museo de arte por sus pinturas italianas y españolas, esculturas, etc. Muchas iglesias convertidas en cuadras y los altares en pesebres. Parodias obscenas de misas…  En los cementerios solían ser rotas las cruces y lápidas con alusiones cristianas. Muchos otros bienes fueron saqueados como parte del  botín que se llevaron al exilio los líderes rojos, un expolio planeado desde muy pronto por Negrín.    

    Los revolucionarios se jactaban sin rebozo. En agosto del 36 Andrés Nin,  comunista del POUM que sería torturado y asesinado por comunistas soviéticos alardeaba: “El problema de la Iglesia lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”. José Díaz, jefe del PCE, se alababa: “En las provincias que dominamos, hemos sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy aniquilada”. No mostraban menos euforia los anarquistas, socialistas y otros. Lo que no impedía a la Komintern dar la consigna, en septiembre, de hacer campaña internacional  desmintiendo “los cuentos de persecución religiosa”.

    Un mito presenta lo hechos como una explosión espontánea, con el gobierno o las fuerzas más moderadas de él tratando de frenarla. No es verdad, fuera de algún gesto aislado e inefectivo. Companys ayudó a salvar al cardenal Vidal i Barraquer y otros clérigos nacionalistas. Juan Simeón Vidarte, socialista y masón destacado cuenta cómo Companys soltó una carcajada al saber que Vidarte acompañaba a Francia a un monje hermano de Negrín: “De esos ejemplares aquí ya no quedan”. El diario azañista Política anima con noticias como esta, el 16 de agosto del 36: “Cien millones de pesetas (unos 150 millones de euros) en la caja de unas monjas ¡Y se llamaban hermanitas de los pobres!”. Sería una de las cajas de seguridad depositadas por particulares en  los bancos, que el gobierno abrió con sopletes para apoderarse de sus bienes, joyas y dinero. Radio Barcelona animaba: “¿Qué importa que las iglesias sean monumentos de arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos. Hay que destruir a la Iglesia”. El citado Política explicaba: “Ningún tesoro más precioso que la razón, la justicia y la libertad. Casi todos esos monumentos cuya caída deploramos, son calabozos  donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad.  ¡Bien hayan los bellos versos del poeta sobre el castillo de sus antepasados, arrasado por la Revolución francesa, versos que terminan con un pensamiento tan nuevo en poesía como en política: Bendito seas tú, viejo palacio sobre el que pasa ahora la reja del arado. Y bendito seas tú, el hombre que hace pasar el arado por ti”. La razón, la justicia y la libertad usadas como cántico y acicate a incendiarios y saqueadores mientras hipócritamente  se “deploraba”.    

   Se trató de un genocidio en el sentido técnico de la palabra, el único de la guerra civil, pues buscaba exterminar a un grupo social y aniquilar toda una cultura, la cristiana, y borrar en lo posible su recuerdo.

    La persecución venía alimentada por una crudísima y amenazadora propaganda e innumerables agresiones y  vandalismos e incendios desde el mismo comienzo de la república.  Como prólogo, durante la insurrección de octubre del 34  fueron asesinados 34 religiosos y seminaristas en Asturias y tres más en otros puntos, destrozada la biblioteca de la universidad de Oviedo y varios tempos, volados monumentos entre los más valiosos del románico en toda Europa. Entre el 16 de febrero y el 18 de julio de 1936, diecisiete sacerdotes habían sido asesinados, y otros heridos, golpeados o encarcelados, y muchos más amenazados, injuriados o expulsados violentamente de sus parroquias. En muchos lugares las izquierdas organizaron farsas de actos religiosos, o gravaron estos con tasas ilegales, o prohibieron los toques de campanas o los entierros católicos públicos. Hubo profanaciones de cementerios, destrucción de cruces y cientos de iglesias, ermitas y edificios administrativos eclesiásticos incendiados.

   Los crímenes venían abonados por una propaganda feroz, de la que es muestra la encuesta del periódico satírico La traca: “¿Qué haría usted con la gente de sotana?”. Incluye 345 respuestas del estilo de las siguientes:“Pelarlos, cocerlos, ponerlos en latas de conserva y mandarlos como alimento a las tropas italianas fascistas de Abisinia” “Caparlos y ponerlos a pan y agua, incluyendo al Papa”. “Darles una buena paliza de quinientos palos a la salida del sol de cada día”. “Castrarlos, hacerles tirar de un carretón, hacerlos en salsa y darlos a comer a Gil Robles y al ex ministro Salmón”. Etc.

  Obviamente, esta sistemática y a menudo sangrienta provocación se hacía en la creencia de que, teniendo la izquierda el poder, cualquier reacción sería fácilmente aplastada. Tales actos soliviantaban a la mayoritaria población católica, y con ello crecían el miedo y el odio impotente de muchos.

(Este texto es parte de un capítulo de un libro de próxima publicación: “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”)



[1] Asombrosamente, este tipo de actos sigue haciendo gracia a muchos izquierdistas. La escritora “progresista” y un tanto pornógrafa Almudena Grandes, por ejemplo, se burlaba de las monjas violadas por “milicianos sudorosos”, imagen que ella encontraba sexualmente excitante.

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