La democracia no es poder, sino consentimiento del pueblo

Blog I La cultura es la clave para la supervivencia de España: http://gaceta.es/pio-moa/cultura-clave-supervivencia-espana-27012016-1228 

**Lengua, cultura y violencia en el separatismo catalán: https://www.youtube.com/watch?v=DJyPNlbDo7c

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La democracia no es poder, sino consentimiento del pueblo 

    1. La idea corriente de democracia se apoya en la falsa “evidencia” de que todos los hombres nacen iguales, cuando la evidencia es exactamente la contraria: los hombres nacen muy distintos, no solo en posición familiar y social, sino en dones o capacidades intelectuales y físicas, incluso en ese concepto etéreo que llamamos suerte; desigualdades que permanecen siempre.  La igualdad ante la ley, la igualdad en derechos a que se refiere en realidad, tampoco es evidente, ya que en la mayor parte de la historia no se ha dado, y tampoco en la democracia ocurre del todo: por ejemplo, quien disponga de mucho dinero podrá contratar a los abogados más expertos y a veces comprar a jueces, lo que no está al alcance de la mayoría.

   2. Tampoco es cierta la supuesta evidencia de que los hombres nacen libres. No solo ocurre lo contrario, ya que hasta cierta edad el individuo es muy dependiente, sino que la propia idea de la libertad no la crea él, pues está construida y le viene dada  fundamentalmente  por su entorno cultural. El concepto o sentimiento de libertad, presente en todas las culturas de un modo u otro, se concreta en interpretaciones de ella que varían considerablemente según pensadores, escuelas y partidos. Lo que llamaban libertad los comunistas, los católicos, los anarquistas y los liberales, coincidía poco.

 3.  En realidad, el concepto de democracia como poder del pueblo es un oxímoron. El poder es la capacidad de alguien  para gobernar a otros. El pueblo, como conjunto de la población, no puede ejercer el poder ya que no tiene sobre quién hacerlo. Y si consideramos pueblo a aquella parte de la población muy mayoritaria por oposición a la oligarquía, carece de sentido pensar en una inmensa mayoría gobernando a una pequeña minoría, una masa de población mandando a unos pocos.

 4.   Una segunda razón que impide algo parecido a un “poder del pueblo” es la ya mencionada ausencia en él de intereses uniformes o unánimes. Un pueblo se caracteriza por una comunidad de creencias –generalmente religiosas o similares– , de cultura y de historia. Este viene a ser su marco y su definición. Obviamente el poder, el gobierno, se ejerce siempre sobre él, y lo contrario es tanto más imposible cuanto que  en el pueblo, como en la propia oligarquía, no existe una voluntad, interés, sentimiento o aspiración unánime, o al menos “general”, como pretendían Rousseau y otros ideólogos, y  suele presuponer la izquierda. Por el contrario, en el pueblo, al igual que en la  oligarquía, bullen voluntades  con frecuencia opuestas, impulsos disgregadores e integradores que tienden a mantener o a romper el marco popular. De ahí su división en grupos afines, partidos o asociaciones, con frecuentes conflictos entre ellos, expuestos a degenerar en violencia general, como no rara vez ha ocurrido en la historia. La única “voluntad general”, apreciable en los pueblos, es la de no someterse a poderes extranjeros. Y que no suele ser del todo unánime, según demuestra en la guerra civil la existencia de partidos agentes de la URSS. O colaboracionistas de la Alemania nazi en otros países de Europa.

  5.  Una tercera razón deriva del la atracción del poder. Este seduce, no pocas veces con violencia y obsesión, a cierto número de personas, pero no así a la masa de la población, que generalmente se limita a esperar del estado la garantía de un orden y paz razonables, que con las menores molestias o coerciones posibles le permita dedicar sus energías a sus ocupaciones o aficiones. Además, los problemas políticos son complejos  y el ejercicio del poder trae consigo responsabilidades y riesgos  considerables. A la gran mayoría de la gente le disgusta asumir esas responsabilidades y por lo demás sabe poco de los problemas políticos y no desea  saber más, dando por supuesto que tal o cual personaje o grupo oligárquico sabe mejor qué hacer al respecto. Solo en momentos revolucionarios o  de fuerte tensión  social se movilizan activamente las masas, pero inevitablemente lo hacen detrás  de personajes y grupos oligárquicos que las espolean o las contienen.

 6.   Entre las tendencias o tomas de partido populares suele haber alguna mayoritaria o al menos más fuerte que las demás. Sin embargo, incluso una mayoría varía con el tiempo en función de numerosas circunstancias, pues en ella cambian con el tiempo, a veces de forma casi repentina, los intereses y aspiraciones, por influjo de experiencias frustrantes o por la sugestión de líderes o partidos con sus maquinarias para crear opinión. Así, por ejemplo, durante la guerra el Partido Comunista, que empezó muy minoritario, se hizo pronto hegemónico; o la Falange, en el lado contrario, pasó de grupo mínimo a integrar a  cientos de miles de personas; o, en la transición, el PSOE salió de la nada para convertirse rápidamente en un partido de masas, mientras que la UCD, mayoritaria al principio, se desintegró literalmente en cinco años. Lo cual vuelve a demostrar el carácter oligárquico del poder, pues son las oligarquías o partidos quienes crean o dan forma –dentro de ciertos límites—a la opinión pública.

 7.  Se podrá objetar a lo anterior con el caso contrario de la democracia asamblearia e imperialista de Atenas. Pero también en ella eran unos pocos los que hablaban y dirigían, y la participación en las asambleas nunca interesaba a la totalidad de los ciudadanos reconocidos. El pueblo votaba a los (inevitablemente) pocos que realmente gobernaban y que con mejores o peores razonamientos formaban la opinión pública sobre los asuntos políticos. 

  8.  En realidad, la propia noción de un “pueblo” con intereses y voluntad uniformes, tan extendida en la izquierda, conduce al poder totalitario de quienes se consideren intérpretes o representantes de dichos intereses o voluntad. Máxima igualdad implica máximo poder, que por naturaleza  será el de unos pocos,  iluminados por un pretendido interés general. De ahí los violentos choques entre partidos que durante la guerra compartían la idea de un  pueblo con interés único… coincidente con el que cada partido se atribuía. En un  orden de cosas más profundo, la idea entraña el anhelo utópico de retroceder del mundo moral, difícil e incierto, pero humano, a la certidumbre estrecha del instinto animal.    

 9.   De todo lo anterior se deduce que en ninguna sociedad existe poder sino consentimiento del pueblo hacia la oligarquía realmente gobernante. El  consentimiento puede manifestarse de muchas formas, activas o pasivas, y requiere algunas matizaciones.

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Democracia (I) El poder es connatural a la sociedad, y es siempre oligárquico.

Blog I.  Por qué no surge una alternativa a la cloaca política: http://gaceta.es/pio-moa/surge-alternativa-cloaca-politica-25012016-1923

***Cita con la Historia: Crítica del enfoque marxista de la Guerra Civil: www.citaconlahistoria.es

** Una versión bastante clara de lo que ocurre en Siria:  .https://www.youtube.com/watch?v=dPBf7UlUcXQ&app=desktop …

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  Dado que el término “democracia” ha sido utilizado y sigue siéndolo en sentidos muy distintos y hasta contrarios, y adjetivado de diversas formas, trataremos de precisarlo algo más. Ya la definición del término es problemática.  Literalmente significa “poder del pueblo”, y según la conocida clasificación aristotélica, sería una de las tres formas de gobierno, siendo las otras dos la monarquía (“poder de uno”) y la aristocracia (“poder de los mejores”). Cada uno de estos sistemas estaría expuesto a degenerar, el primero en tiranía, el segundo en oligarquía (poder de unos pocos) y el tercero en demagogia u oclocracia (poder de la multitud). Polibio expone la idea, probablemente común en su tiempo y basada en experiencias históricas, de que la degradación de cada sistema originar otro, en una rueda de sucesivas revoluciones: la monarquía pervertida en tiranía da lugar a la aristocracia, cuya corrupción en oligarquía causa  la democracia, y esta, una vez decaída en demagogia, da paso a la monarquía, etc.  

    La idea democrática queda recogida en frases célebres como la de Lincoln en su alocución en Gettysburg: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, muy citada y aceptada como definición precisa, quizá oponiéndola al lema del despotismo ilustrado “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.  Por su misma formulación, es un concepto muy sugestivo, llegando a ser   la única legitimidad política reconocida después de la II Guerra Mundial, al menos en Occidente. Ello le da un contenido mesiánico, hasta el punto de descartarse como ilegítima cualquier forma de poder distinta e incluso anterior a ella. Así, la humanidad habría vivido bajo regímenes ilegítimos durante casi toda su existencia civilizada. Esto es un claro disparate, de modo que convendrá  esquematizar algunas objeciones al concepto.

  1. El poder es por naturaleza oligárquico, autoritario y se apoya en la violencia
  1. El poder es una exigencia natural en toda sociedad humana, aunque se ejerza de formas muy variadas. Se concreta tanto en los estados como en los equipos dirigentes en cualquier asociación, incluso festiva o deportiva. El poder deriva de un doble hecho evidente: por un lado, la necesidad de hacer hincapié en los elementos unitarios para afrontar como conjunto, como grupo, las cambiantes circunstancias internas y externas, las cuales exigen liderazgo. Y por otro lado, la desigualdad y a menudo oposición de los individuos y grupos en inclinaciones, fuerzas,  intereses, capacidades, sentimientos, aspiraciones, etc., obliga a imponer normas de conducta o leyes con capacidad de castigar a los infractores, a fin de que las diferencias no degeneren en colisiones. Toda sociedad humana es a un tiempo centrípeta y centrífuga, y de esa tensión deriva su supervivencia o su derrumbe. Estas claves dan a las sociedades humanas una peculiar inquietud, inestabilidad y violencia, pero también les permiten evolucionar de modo muy distinto a las sociedades animales, que reproducen las mismas conductas, generación tras generación. Las sociedades humanas tienen historia, las animales no.
  2. Puede definirse el poder como la capacidad de generar e imponer normas de conducta social, y de hacer política, y es ejercido siempre por una pequeña minoría, es decir, una oligarquía. El término oligarquía (también llamada élite o clase política) es preferible,  por más descriptivo y neutro, al de “aristocracia”. Propio del poder es un grado de coerción que lo hace más o menos penoso, y de ahí las tendencias ácratas. Pero, dada la naturaleza de la sociedad humana, al destruir un poder los anarquistas crean otro u otros, y basta constatar las luchas internas entre ellos –luchas por el poder dentro de las asociaciones anarquistas–  para comprobarlo. La ausencia de poder solo es concebible en sociedades igualitarias regidas por el instinto, como las hormigas o las abejas, no en sociedades fuertemente individualizadas y regidas por la moral. Estos rasgos resaltan claramente en la guerra civil que venimos tratando.
  3.  El poder descansa siempre en la violencia y pretende monopolizarla, pues siempre hay personas o grupos sociales que rechazan sus normas; y  aun entre quienes las aceptan en principios,  las tensiones propenden al choque abierto si no se percibe la amenaza de sufrir el peso de la ley. Sin embargo la violencia sola, el terror, muy rara vez se presenta como único pilar del poder, y en los casos en que ha sido así, el poder ha sido poco estable o duradero.  La violencia es necesaria también frente a otras sociedades externas consideradas peligrosas o antagónicas. Y se justifica siempre o casi siempre por la necesidad de asegurar mejor o peor el orden social, el progreso, el bienestar mayoritario, etc.
  4. Por otra parte, la oligarquía carece de intereses homogéneos, y en su seno las rivalidades entre personajes, facciones, partidos o camarillas pueden causar  disturbios, golpes de estado y  luchas civiles, excitando y dirigiendo unos u otros partidos  a tales o cuales sectores populares. En cuanto a las rebeliones, han solido crear la ilusión de una nueva sociedad de igualdad sin poder, y de ahí la decepción, un tanto pueril, cuando en la realidad una oligarquía viene a  sustituir a otra.
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Fernando el Católico, rey de España

Este domingo, en “Cita con la Historia”, trataremos los enfoques y análisis marxistas sobre la guerra de España, tan difundidos como sorprendentes. La sesión de la semana pasada versó sobre la toma de Granada, la Reconquista y Al Ándalus (Al Ándalus contra España): www.citaconlahistoria.es , o https://www.youtube.com/watch?v=gISsbhWHpMo

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Con motivo del V centenario de la muerte de Fernando el Católico,  apenas se ha conmemorado en España  su figura, una de las más relevantes de su historia y también de la historia europea. Como tantos otros hechos, ello indica la profunda degradación de la sociedad española, causada por varios decenios de embrutecedora falsificación de su pasado.

Todas las grandes figuras históricas son controvertidas y no hay obra humana que sea perfecta y al gusto de todos, pero para entender la importancia de Fernando el Católico basta atender a la situación  de España cuando se casó con Isabel de Castilla y la que dejó a su muerte. El balance puede resumirse muy brevemente: al comienzo de su reinado, Aragón y Castilla se encontraban en estado próximo a la descomposición entre guerras civiles y banderías, la Reconquista estancada y el país dividido en varios reinos poco amigos entre sí. Cuando muere, España está en paz, unificada –salvo Portugal—y convertida en una de las primeras potencias de Europa, si no la primera, descubriendo y conquistando América y con un verdadero esplendor cultural.  Esto, en el espacio de solo cuarenta años desde que se consumara la unión de Castilla y Aragón, en 1475. Toda su política, junto con la de Isabel, puede resumirse en el tenaz intento, conseguido en lo esencial, de reunificar España recuperando la herencia política y  cultural del reino hispanogodo. Precisamente por no haber concluido la unión con Portugal, los Reyes Católicos no se titularon reyes de España, aunque normalmente se les reconocía  por tales, y Fernando figura como Hispaniarum Rex en las inscripciones de Italia.

En todas las sociedades se dan tendencias centrífugas o disgregadoras y centrípetas o integradoras, y la tendencia principal durante los dos primeros tercios del siglo XV era a la disgregación. Es preciso entender el estado de cosas casi imposible del que partieron ambos monarcas: la Reconquista estaba muy próxima a concluir de modo desastroso dejando a la península en situación parecida a los Balcanes, con diversidad de estados impotentes y más o menos hostiles entre sí. Aunque  persistía la idea de recuperar el terreno perdido ante los musulmanes, la Reconquista había partido de núcleos dispersos y había dado lugar a reinos diversos, no pocas veces enfrentados entre ellos. La cuestión era si la idea político-cultural de España se impondría a esas divisiones o esas divisiones permanecerían ya indefinidamente, con una base cultural bastante homogénea, pero políticamente desintegrada. Previo a los Reyes Católicos, no solo la península se hallaba dispersa en cuatro reinos españoles y uno musulmán, sino que tres de ellos, Castilla, Aragón –sobre todo Cataluña—y Navarra sufrían graves disidencias y luchas internas. La excepción era Portugal, que había emprendido sus fructíferas navegaciones por el Atlántico y la costa africana. Es decir, existía en la península un asentamiento, que podía resultar definitivo, de diversos estados poco amigos entre sí, acompañados de un proceso de descomposición interna de varios de ellos.

Por otra parte se mantenía el reino islámico de Granada, que después de una larga época de decadencia del poder árabe podía esperar la ayuda de la expansiva potencia turca, que ya había demostrado su extraordinario empuje destruyendo el Imperio bizantino y tomando  Constantinopla, solo veintidós años antes de la oficialización de la unidad castellano-aragonesa. Los turcos ya amenazaban seriamente a Italia y  la angustia por ese peligro había llevado al Papado a facilitar el matrimonio de Fernando e Isabel y la unión castellano-aragonesa, a fin de crear una potencia capaz enfrentarse a los otomanos. En ese contexto, la toma de Granada y en lo posible la expansión por el norte de África se convertían en una tarea urgente. La unión castellano-aragonesa era  en cambio muy indeseada por Francia, a quien convenía tener unos vecinos débiles al sur de los Pirineos e intentó invadir  España. Y, en fin, la nueva España a partir de los Reyes Católicos  consiguió vencer a los franceses en Italia y  convertirse en el principal freno a la expansión turca, al tiempo que descubría  América y el Pacífico, y comenzaba su conquista y colonización.

Aunque Castilla era, con gran diferencia, el reino más potente de la península y el de mayor impulso cultural, Fernando orientó su política internacional en la tradición catalanoaragonesa de enfrentamiento con Francia, contra la tradición castellana de entendimiento (y cierta subordinación) con dicho país. En esa línea entran las victorias del Gran Capitán en Italia, la recuperación del Rosellón y la Cerdaña y la de Navarra, que se había convertido en un protectorado francés, así como una política de enlaces matrimoniales con vistas a aislar al potente vecino.  Fue, en general, una política acertada, que sin obstaculizar la acción española en el Atlántico la facilitó en el Mediterráneo, también contra el poder musulmán.

La gran labor unificadora de Fernando estuvo a punto de naufragar por el matrimonio de su hija Juana con el borgoñón Felipe el Hermoso, para quien la idea de España apenas contaba. Felipe se apoyó en los nobles castellanos ansiosos de recobrar sus privilegios, que tanto habían desorganizado al país antes de los Reyes Católicos, y trató de volver a la política profrancesa, que amenazaba la unión de Aragón y Castilla y encrespaba los ánimos hasta la posibilidad de una nueva guerra civil. Fernando, expulsado de Castilla y viendo cómo hacía agua la obra de su vida, intentó contrarrestar el peligro casándose en 1505 con Germana de Foix sobrina del rey francés Luis XII, consiguiendo así aislar a Felipe. Los oligarcas castellanos, enfurecidos, entendieron que de este modo Felipe no gobernaría en Aragón, aunque no es claro que un eventual hijo de Fernando y Germana fuese a hacerlo. No obstante, el grave peligro de volver a una situación como la previa a la unidad  desapareció cuando Felipe tuvo el acierto de fallecer, en 1506. Seis años más tarde, dos y medio antes de su propia muerte, Fernando reincorporaba Navarra a España, y precisamente a Castilla, prueba de su verdadera estrategia unificadora. Finalmente ordenó ser enterrado al lado de su primera esposa, Isabel, en Granada. Entendía bien cuál había sido la tarea histórica común.

Como es sabido, los Reyes Católicos nunca se titularon reyes de España, debido a la exclusión de Portugal, que se esperaba pasajera.  Pero como esa exclusión ha permanecido, con un paréntesis no muy largo,  el nombre de España ha pasado a corresponder al resto de la península. Así, es perfectamente adecuado llamar a Fernando rey de España por encima de sus otros títulos. Más aún: es, junto con Isabel, el gran refundador de España. Es comprensible que ello irrite mucho a los balcanizadores y  entusiastas de la leyenda negra. Qué se le va a hacer.

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En twitter:

La política española solo puede interpretarse en clave de vodevil.

De no ser por la prosperidad y reconciliación legadas por Franco, estos politicastros ya habrían hundido al país

Es grotesco que españoles tan mediocres e ineptos como los actuales se permitan despreciar los grandes logros de sus antepasados.

Gregorio Ordóñez, asesinado dos veces: por la ETA y por el PP

 

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¿Una pasión inútil?

**Sería un gran error creer que en España “no puede pasar lo de Venezuela”. No creo que llegue a pasar, pero no porque no pueda, dado el embrutecimiento del votante medio.   

**Cita con la Historia: La Inquisición: https://www.youtube.com/watch?v=vCVe8BhXTI4

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(Opinión de un desconocido, llegada por correo a LD)

… Su novela Sonaron gritos y golpes a la puerta es muy entretenida, pero no es solo entretenida. Entra en el catálogo de las novelas importantes porque trata con cierta profundidad el destino humano, cosa hoy día muy rara. El tratamiento del destino parece pesimista, ya que todos los esfuerzos y luchas de los personajes terminan en fracaso: ¿la vida como pasión inútil, según decía Sartre? Pero a pesar de eso la novela no deja una impresión triste o deprimente,  más bien deja una impresión de nostalgia: ¿cómo es posible? ¿Como si el valor de la acción fuera superior a su fracaso? Es al revés del título de Shakespeare “Bien está lo que bien acaba”. Aquí diríamos que bien está la acción aunque acabe mal. El trasfondo de Guerra y paz de Tolstoi es cristiano, pero el de su novela me parece un tanto pagano.  Lo que más me ha impresionado, por debajo de la acción general, es la doble revelación del padre biológico del protagonista, Alberto,  como asesino de su padre social, de su madre y de su hermana, y el encuentro final con el mismo asesino. Y se da cuenta de que tiene muchas afinidades de carácter  con aquel asesino a quien en definitiva debe la vida y al que va a causar la muerte. No conozco ninguna novela con un tema semejante, aunque eso no dice mucho porque no soy un gran lector de novelas. Recuerda,  bien que muy transformado, el mito de Orestes. La manera de relatar no “destroza el corazón”  a pesar de sus escenas tan duras, el protagonista-narrador no quiere provocar sentimentalismos. Hay como una distancia intelectual con lo que se va narrando, pero eso lo hace todo más problemático y desconcertante que si tratase de exaltar los sentimientos de indignación o de compasión. El tema, como casi todos los temas de la novela, está tratado de un modo muy sobrio, incluso esquemático, eso no sé si es bueno o malo. Desfilan muchos personajes, me parecen bien dibujados, aunque con trazos sobrios también, a veces se echa de menos más detenimiento en las escenas. El protagonista parece un joven desconcertado e inseguro, traumatizado y temeroso del amor  y  que encuentra una salida a sus problemas personales en la violenta acción a que le llevan las circunstancias. Y en su amistad con un gran amigo… el cual termina desencadenando la tragedia. Y sin la inspiración del amigo, Alberto termina hundiéndose en una vida seguramente productiva pero anodina como profesor de filosofía, en compañía de la paciente Carmen hermana de aquel amigo…

T. M. R.

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(En LD, 28-11-2011,  Después de aquellas elecciones)

El pasado y el futuro del PSOE

Si la historia del PSOE fuera bien conocida, casi nadie le votaría. Parlotean las izquierdas de un inexistente pacto de silencio, en la transición, para ocultar las fechorías franquistas, cuando la realidad es la inversa. Lo que se ocultó fueron sus méritos, extraordinarios en los últimos cuatro siglos de nuestra historia, mientras que la marca “antifranquista” funcionó como salvoconducto a la mentira y la calumnia más desaforadas. Y se ocultó, sobre todo, el pasado de socialistas, comunistas y separatistas, y ello al punto de que aún hoy, creo, el único estudio conjunto de los nacionalismos vasco y catalán en relación con la evolución histórica de España, sigue siendo mi Una historia chocante. Me han sugerido abordar asimismo la historia del PSOE, pero dejo a otros la tarea. Con todo, he expuesto abundante material al respecto en varios libros, y en El derrumbe de la república me ocupé de las doctrinas políticas que han orientado a unos y otros: dato imprescindible para entender la historia, pero que ha sido desatendido casi sistemáticamente por los historiadores, lo que explica muchos dislates. Algo así hizo Gerald Brenan en su Laberinto español, aunque de forma básicamente errónea.

Como he mostrado en La Transición de cristal, el PSOE, partido insignificante bajo el franquismo, fue convertido en una potencia por el esfuerzo (y el dinero) coordinado de poderes internacionales, medios de prensa y la propia derecha española, a fin de contrarrestar al PCE. Se suponía que el PSOE del posfranquismo ya no era el de la república y la guerra, pese a mantener radicalismos obscenos y reivindicar todo su pasado, incluso la revolución del 34. Y pareció ir en el buen camino cuando, tan tarde como 1979, el PSOE renunció, dicen, al marxismo. Pero no es verdad, lo mantuvo “como instrumento crítico y método de análisis”, y su programa máximo siguió impregnado de marxismo. Además, este no fue sustituido por nuevas ideas coherentes. Peor aún, la renuncia parcial no se fundamentó sobre el necesario examen del pasado, solo fue una operación de maquillaje electoralista.

En La Transición… señalaba: “La cuestión del marxismo en el PSOE es una de las de más calado histórico en la España del siglo XX, aunque la inmensa mayoría de los historiadores apenas le ha prestado atención”. Ese marxismo, aun si elemental y tópico, está en la raíz del impulso perturbador, demagógico y guerracivilista del PSOE, desde la huelga insurreccional del 17 o la insurrección del 34 al rupturismo del 76, culminado por Zapatero desde 2004. Muerto Franco, nunca dejó de constituir una amenaza para la democracia e, insisto, sus semejanzas con la ETA siguen siendo demasiado profundas. Tras el descalabro de las elecciones últimas, al PSOE se le ofrece la oportunidad de una refundación partiendo de la crítica sobre su pasado y de la efectiva sustitución del marxismo por unas ideas clara e inequívocamente democráticas. ¿Aprovechará la oportunidad? Me temo que no, porque, además, se trata de un partido harto corrupto. No obstante, la oportunidad sigue ahí, esperando al Besteiro que la aproveche.

 

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Algo sobre el cristianismo (y III)

** “Cita con la Historia”: Toma de Granada, Reconquista y al Ándalus: https://www.youtube.com/watch?v=gISsbhWHpMo

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(Estos tres artículos tienen por objeto suscitar objeciones de los lectores eruditos. En gran parte vienen de Nueva historia de España y los aplicaré con algunas modificaciones a una Introducción a la historia de Europa)

La Iglesia se vio fuertemente influida por las filosofías helenistas, lo cual creó una fuerte tensión entre  la razón, la fe y el dogma. Por otra parte, enseguida se originaron  interpretaciones discrepantes y hostiles entre sí. La vida monacal de renuncia ascética a los bienes materiales cundía por Siria y Egipto, degenerando a veces en persecuciones fanáticas  contra los paganos u otros cristianos considerados  impuros.  Otra de las tendencias, el arrianismo, produjo una crisis considerable en la Iglesia. Las discusiones versaban sobre la naturaleza del Hijo en el esquema trinitario de la divinidad. Para muchos, entre ellos Arrio, un sacerdote destacado,  el Hijo, es decir, el Logos o Verbo, es decir, Jesús, había sido engendrado por el Padre, y por lo tanto no era eterno y le estaba subordinado. La idea resultaba peligrosa para muchos, porque suponía una especie de politeísmo o bien la negación implícita del carácter divino de Jesús. Según el evangelio de Juan, el Logos, la palabra que daba sentido al mundo y a la vida era Dios mismo y estaba en el principio de todo.

   El obispo de Alejandría, Atanasio, se oponía  irreductiblemente a Arrio, pese a lo cual  el arrianismo se difundía con fuerza en la helenizada parte oriental del imperio. En la parte occidental o latina, predominaba en cambio la creencia opuesta. El emperador Constantino, preocupado, ordenó solventar los conflictos convocando un concilio en Nicea, en 325. Asistieron a él más de trescientos obispos, prueba de la pujanza eclesiástica. Lo presidió Osio, obispo cordobés y consejero del emperador, que ya había destacado en el  concilio hispano de Elvira, cerca de Granada, el primero, al parecer, que estableció el celibato de los clérigos. El arrianismo fue condenado por aplastante mayoría, gracias en gran medida a la influencia de Osio, que también parece haber compuesto el credo de Nicea, resumen de los dogmas que caracterizan al cristianismo y por ello uno de los documentos más influyentes de la historia.

    Nicea no acabó con el arrianismo, que se difundió por los pueblos germánicos gracias al obispo Ulfilas, que los fue cristianizando en esa doctrina, y hubo nuevos concilios contra ella.  Y un nuevo emperador,  Constancio, la adoptó, persiguiendo a los niceanos, paganos  y hebreos, aunque terminó fracasando.

   Otras herejías tomaron forma, a menudo con un fondo gnóstico, basado en algunos aspectos de la predicación de Jesús por medio de parábolas a veces difíciles de desentrañar, y en las sectas mistéricas paganas. Gnosis significa conocimiento, y  el conocimiento real que permitía la salvación solo sería accesible a una minoría de elegidos,previa iniciación. En general, el gnosticismo  identificaba el mal con la materia y el bien con el espíritu,  por lo que consideraban que la persona humana,  material, de Jesús solo podía ser simple apariencia. La iniciación, con una jerarquía de grados, buscaba liberar  el lado espiritual o divino del individuo, de modo que llegara a convertirse cada uno en un verdadero mesías. Algunos aceptaban la reencarnación.

Para la Iglesia, las enseñanzas de Jesucristo no son mistéricas y la salvación no requiere  iniciaciones ni secretos específicos, sino que está al alcance de todos  si aceptan las enseñanzas del Evangelio y tratan de vivir conforme a ellas; aunque  ni el hombre tiene carácter divino  ni puede  divinizarse o adquirir  plenitud espiritual en este mundo, pues siempre será pecador en mayor o menor grado. Sin embargo, corrientes gnósticas permanecerían adoptando formas  muy diversas, y según afirmó el reciente papa Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza,  la gnosis “nunca se ha retirado del terreno del cristianismo en oposición decidida, aunque no declarada,  a lo que es esencialmente cristiano”. 

   La elaboración y sutilidad del pensamiento y en general la cultura griega, atraía a los cristianos, como testimonia el intento del emperador Juliano de vedarles su acceso, aunque en otros aspectos los repelía por su racionalismo. El intento de armonizar la fe cristiana con la razón iba a ser una constante en el pensamiento cristiano a lo largo de los siglos, causa de una permanente inquietud intelectual.

   Así, Plotino, filósofo  neoplatónico, influía a  pensadores anticristianos como Porfirio o Jámblico,  pero también a Agustín de Hipona. El trasfondo de sus ideas era el antiguo problema de si el mundo, con su infinita variedad de formas, movimientos,  generación y destrucción, se explica por sí mismo o precisa un fundamento externo a él. La primera opción suele llevar al ateísmo o al panteísmo, la segunda a la noción de un Dios creador, trascendente a su creación.  Plotino va más bien en la segunda dirección: en el fondo del mundo, del espíritu (nous) y del alma hay necesariamente algo, el Uno, concepto por encima de la existencia y del ser,  identificable con el principio del Bien y la Belleza. Del Uno derivaría el mundo, no por creación, sino por emanación, como del sol emana  la luz. Un mundo no ilusorio, pero con grados menores de verdad y belleza según su lejanía del Uno. Ni aun las facultades humanas superiores pueden aprehender ese Uno, accesible solo por un esfuerzo místico, hasta la identificación con él, estadio máximo de la felicidad. Quien logra esa unión puede ser feliz hasta en medio de la tortura.

   San Agustín, que rechazaba el gnosticismo, como Plotino, supuso a este  asimilable al cristianismo. Cabría identificar al Uno, en cierto modo, con Dios, o al  nous  con el Cristo mortal. Pero no se limitó a transplantar el plotinismo. Agustín había comenzado por rechazar la fe en nombre de la razón, para encontrarlas más tarde complementarias, rasgo típico en el catolicismo. El mundo, considerado racionalmente, no se sostiene en sí mismo, debe haber sido creado. La propia razón se autorreconoce como parte de la creación, a la cual no puede entender por completo; pero incita al hombre a unirse a Dios por las vías del ser, el amor y la verdad.

   El ansia humana  de saber y de felicidad no puede satisfacerse plenamente en la vida, pero atestigua,  junco con la memoria, el entendimiento y la voluntad, la creación del hombre a imagen de Dios, aun si con la deformidad del pecado. El mundo, creación divina, es bueno, y Dios no causa el mal, solo lo permite y puede transformarlo en bien. También elaboró Agustín más a fondo la idea del Dios uno y trino, o la concepción virginal de María y su santidad: Dios nació de una mujer. La Iglesia es santa aun si incluye a malvados, porque ese mal no contamina a los buenos. Nadie se salva sin Cristo y “la reconciliación con Dios es universal, ya que Dios murió por todos los hombres”; de ahí el fervor misionero cristiano. La gracia, don gratuito divino que facilita hacer el bien, no se opone al libre albedrío, pues este “no sucumbe porque es ayudado, sino que es ayudado para que no sucumba”.

   La concepción agustiniana busca salvar al creyente de la desesperación y de la soberbia, pero no llega a conciliar la gracia con la libertad, o la predilección gratuita de Dios por algunos hombres y el amor divino a toda la humanidad. Rechazaba la tesis de Orígenes de que, al final de los tiempos, pecadores y no pecadores volverán unirse en Dios(apocatástasis), pues el castigo eterno por los pecados chocaría con la infinita misericordia divina. Según Agustín, el castigo será eterno (concepto extraño, pues en su opinión el tiempo aparece con el mundo, por lo que la eternidad negaría el tiempo);  y sentó bases para la doctrina de la predestinación: unas almas están predestinadas a la condenación, otras a la salvación. Estas ideas moldearon la filosofía cristiana y darían pie a controversias y a la gran escisión protestante del siglo XVI, decisiva en la historia posterior de Europa. De paso, la impronta cultural grecolatina aumentaría la distancia del cristianismo con respecto al judaísmo.

    La vida de  San Agustín transcurrió a caballo entre los siglos IV y V, en los últimos tiempos del imperio. Fue el mayor de una serie de intelectuales católicos, polemistas y padres de la Iglesia. Otro muy destacado durante la segunda mitad del siglo IV,  fue  Ambrosio, obispo de Milán y consejero de emperadores, que condenó algunas atrocidades estatales, como la matanza de Salónica en represalia por una revuelta. Pero no vaciló en usar el poder para llevar hasta el final su batalla contra el paganismo, promovió la intimidación contra judíos y paganos, la destrucción de sus templos y amparó atrocidades de cristianos fanáticos. En cierto grado intentó imponer una clerocracia: el emperador estaría “a las órdenes de Dios”, como los ciudadanos a las del emperador; y la Iglesia ostentaría un poder superior al de los estados del mundo, concepción susceptible de borrar la separación entre poder espiritual y poder político. No obstante, la identificación de la Iglesia con el imperio tendría un límite, que permitiría a la primera sobrevivir al segundo.

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