Algo sobre el cristianismo (II)

 

Blog I: el partido más nefasto de la historia de España: http://gaceta.es/…/partido-nefasto-historia-espana-18012016…

***************

Jesús no elaboró una doctrina algo sistemática. En cuanto a moral, no era nueva y se basaba en la Biblia, o más propiamente en pasajes de ella, pues se trata de un libro en el que se encuentran  las más delicadas consideraciones morales y también justificaciones hasta para el genocidio. El enfoque de Jesús rechazaba los formalismos de la tradición judía: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. “Lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe”. Los Diez Mandamientos se resumían en dos principios: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo: en estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas”. “Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los mandamientos: no matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio, honrar padre y madre y amar al prójimo como a uno mismo”. Exigía  devoción a estas obligaciones, algunas arduas, “con todo el corazón, toda el alma y toda la mente”. Respondió a un joven rico sobre si era posible un compromiso aún mayor: “Si quieres ser  perfecto, vende tus bienes y da el producto a los pobres, así tendrás riqueza en el cielo; luego vuelve y sígueme”. Ese amor-fe sin formalismos o hipocresías debía dar al individuo una inmensa fuerza moral frente al mundo. En el Sermón de la Montaña prometió el reino de los cielos  a los pobres de espíritu, los mansos, los ansiosos de justicia y perseguidos por su causa, los  misericordiosos, los pacíficos, los perseguidos por seguirle.

   Gran parte de sus prédicas morales podían ser asumidas por otras religiones o filosofías, también su predilección por los desdichados. En la griega, los vagabundos “son de Zeus”, que puede transfigurarse en mendigo para comprobar la bondad de unos o castigar a los insolentes; concepto claro, por ejemplo, en las escenas entre Odiseo mendigo y los pretendientes de Penélope; y una diosa, Aidos, simbolizaba la vergüenza del afortunado ante el desgraciado, por saber que fortuna y desdicha nunca son del todo merecidas. El taoísmo recalcaba las “tres joyas” de la buena conducta: compasión, moderación y humildad, y  la relación entre el hombre y la naturaleza por encima de las normas y leyes políticas. El confucismo, más político, viene a ser un conjunto de normas éticas acordes con los Mandatos del Cielo y concebidas para superar los desórdenes recurrentes en la sociedad china: la paz y la justicia procederían de la bondad, el amor al prójimo, la lealtad y el respeto a las jerarquías y los antepasados, resumidos en un principio básico: “No impongas a los demás lo que no quieras para ti”. El estoicismo proponía algo semejante.  El budismo iba más allá: buscaba la iluminación en la renuncia a los deseos, causa de todos los males, y el propio Buda, un príncipe, pasó a vivir como un mendigo.

    En la práctica las reflexiones y consejos morales se parecen, también en su referencia a una fuerza superior, divina, como fuente de la conducta buena del hombre, ya que ese referente  no podría consistir en convenciones o acuerdos entre más o menos personas: de otro modo, la bondad no se asentaría en una verdad  por encima de los hombres, sino en conveniencias entre ellos, por naturaleza discordantes y que harían imposible cualquier estabilidad o certeza. Pero hay diferencias relevantes. La noción de la divinidad es mucho más precisa y fuerte en el cristianismo, y más difusa en el budismo o el confucismo o en las éticas racionalistas como la estoica. Y resalta en Jesús una mayor afección por los infortunados y desdén por las riquezas, lo que daría lugar  en la cristiandad a frecuentes conflictos morales y políticos.

    También en la personalidad y biografía de Jesús, tan dramáticas y provocadoras de extremas reacciones sociales y políticas, hallamos diferencias significativas con los fundadores de otras religiones. Sidarta o Sidharta,  príncipe de origen nepalí,  anterior a Jesús en más de cinco siglos y también con una historia pródiga en milagros, se declaró o fue declarado solamente Buda, es decir “Despierto” o “Iluminado”, o “Sabio”. Dejó sus riquezas,  esposa e hijo,  para alcanzar la iluminación viviendo ascéticamente, predicó con relativo éxito y sin mayores problemas, murió a los 80 años, de alguna indigestión o intoxicación, y su doctrina cobraría su mayor impulso desde que Asoka la convirtió en religión  prácticamente oficial. Confucio, contemporáneo de Buda en China,  fue un  funcionario sin pretensión de otra cosa y tuvo altibajos en sus tentativas de que algún príncipe adoptara sus enseñanzas; pero gozó siempre de respeto como hombre sabio y justo, y falleció apaciblemente a los 72 años. Le decepcionaron sus contemporáneos, pero sus prédicas conocerían una aceptación muy grande una vez las autoridades las entendieron como un instrumento excelente de orden y buen gobierno. La historia de Lao Tse, Viejo Maestro, acaso contemporáneo de Confucio o dos siglos posterior, entra en la leyenda y tampoco tiene paralelismo con la de Jesús: algo amargado por el débil eco de sus enseñanzas, saldría de China internándose en algún país bárbaro. Solo tras su desaparición arraigarían sus doctrinas. La trayectoria de Mahoma tampoco ofrece la menor relación con la de Jesús, empezando por su carácter abiertamente belicoso.

    Ningún otro fundador religioso parece haberse declarado de naturaleza directamente divina como hijo de Dios. En la  mitología griega, algunos héroes tienen un padre o madre mítico divino, como señal de alguna cualidad destacada en ellos, un “don de los dioses”;  algunos emperadores romanos se declararon dioses en vida y la mayoría fueron divinizados tras su muerte. Pero ello tiene poco que ver con el caso de Jesús, un dios encarnado que ofrece su persona  para la redención de una humanidad caída. En la religión judía, también en la grecolatina, la maldad humana es castigada con un diluvio purificador del que se salva solo una familia o una pareja. En el cristianismo, Dios mismo se hace hombre.  La crucifixión de Jesucristo sería un hecho en cierto modo trivial, una de las miles  de ejecuciones o asesinatos realizados oscuramente a lo largo y ancho del mundo. Lo que le otorga su  valor excepcional consiste en el carácter divino de la víctima inocente. Y por la misma razón era preciso que triunfara sobre el mal y la muerte mediante la resurrección. Por eso dice San Pablo que sin la resurrección “es vacía nuestra predicación y es vacía nuestra fe”.

     Aunque predicaba la humildad, la compasión y el amor al prójimo, la de Jesús no era una ética sentimental, pues admitía que sus palabras desatarían la violencia, en aparente paradoja: “No he venido a traer la paz, sino la espada, porque yo he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y la nuera de su suegra…”. Por la espada cabría entender su doctrina, difícil de aceptar y a menudo violentamente rechazada;  sin la menor relación, por lo demás, con la yijad islámica. La parte más misteriosa consiste en la redención, como si el pecado de Adán y Eva, constitutivo de la condición humana, quedase borrado por la sangre de Jesucristo. Pero los  efectos del pecado original  continúan evidentemente, pues los humanos han seguido comportándose de forma aproximadamente igual, con su carga de maldad y pecado. Quizá Jesús mostraba solo el camino para eludirlos.

   Estas cuestiones entran en el campo de la fe, desde luego, pero sus consecuencias culturales y en general sociales de todo tipo pertenecen a la historia investigable.

Creado en presente y pasado | 47 Comentarios

Algo sobre el cristianismo (I)

Blog I. El partido más nefasto de la historia de España: http://gaceta.es/pio-moa/partido-nefasto-historia-espana-18012016-1220  

**Cita con la Historia. El legado del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=CH_q4cerFd4   

  ****************************

Que en tan breve tiempo el cristianismo pasara de soportar la persecución sañuda de un poder absolutista al triunfo absoluto convirtiendo a su causa a ese poder, revela por un lado la descomposición intelectual y moral del politeísmo imperial, y por otro la fuerza de convicción o sugestión del propio cristianismo. Como en las demás civilizaciones, en la  romana la religión y el poder político estaban estrechamente ligados, considerándose la primera una garantía del orden social. El estado admitía cualquier religión, siempre que tributase culto al emperador como garante último de la paz y el orden, pero el cristianismo suponía un peligro por cuanto rechazaba tanto a las demás religiones como la divinización del poder político. La nueva doctrina había llegado pronto a Roma, organizada en la Iglesia (asamblea) y solo tres décadas después de la muerte de su fundador sufría la primera persecución, a manos de  Nerón.  

  Algo semejante ocurría con el judaísmo, de donde nacía el cristianismo y cuya resistencia había terminado con la destrucción de su ciudad sagrada, Jerusalén, y la expulsión de los hebreos  de Judea. Pero pese a su raíz  judía, la nueva doctrina mostraba profundas diferencias con ella, empezando porque proclamaba un ideal universalista (católico), alejándose de la idea judaica de constituir un pueblo especial, elegido por Dios. El judaísmo, como el politeísmo latino, era una religión política, que esperaba un mesías o redentor político, mientras que el cristianismo proclamaba un reino que “no es de este mundo”, y la separación entre “lo que es de Dios y lo que es del César”. Eso lo hacía mucho más peligroso como factor de disgregación, y por lo demás las primeras persecuciones partieron de los propios judíos. Los paganos lo acusarían más  adelante de la caída de Roma, por el abandono de los viejos dioses tutelares;  pero ese abandono testimoniaba más bien la decadencia de aquellos cultos, cada vez más faltos de creyentes sinceros, empezando por las oligarquías dirigentes e intelectuales, para quienes la religión constituía simplemente una sarta de engaños para mantener tranquila a la plebe pasional e ignorante, como ya recomendara Polibio.  

   Aún así los intelectuales veían en el cristianismo un pésimo relevo al politeísmo, una religión “de esclavos, niños, mujeres y mendigos holgazanes” (el tema lo recogería siglos después Nietzsche). Ya en el siglo II uno de sus detractores, Celso, tachaba a Jesús de impostor que utilizaba trucos de magia  para deslumbrar a los crédulos e ignorantes, y  que demostraba no tener nada de divino, al no haber podido evitar un tormento y muerte humillantes, reservados a gente vil. Y su resurrección “¿quién la vio? Una mujer histérica y algún otro de la misma cofradía de hechiceros, o bien la soñó o la imaginó con mente extraviada; cosa, por cierto que ha sucedido infinitas veces”. Otro más tardío, Porfirio de Tiro, desechaba las prédicas de Jesús por “llenas de estupideces”, y afirmaba que su misma persona había sido inventada por falsarios, como probarían las discrepancias entre los evangelios. Muchos de esos ataques, a los que replicaban apologetas cristianos como Orígenes o Eusebio de Cesarea, serían retomados en Europa a partir del siglo XVIII. Aun después de legalizado el cristianismo, otro emperador, Juliano, que se proclamaba hijo del dios Sol y reencarnación de Alejandro Magno, trató de frenar el ascenso de los cristianos promoviendo apostasías  y prohibiéndoles el acceso a la cultura grecolatina: “Si quieren aprender literatura, tienen a Lucas y a Marcos; que vuelvan a sus iglesias y lo expliquen”.

    La aceptación estatal de la nueva doctrina y luego su elevación a religión oficial, con Teodosio, marcó una revolución profunda. La concepción cristiana igualaba a los hombres en un sentido espiritual, fácil de extrapolar al terreno social e interpretable en términos políticamente subversivos, fuente de variados movimientos posteriores. Como el estoicismo, del que recibía influencias, implicaba un rechazo a la esclavitud, admitida no obstante en la práctica como efecto maligno del pecado original. Proponía igualdad esencial entre hombre y mujer –“compañera  y no sierva”– que, unidos,  forman “un solo ser” o “una sola carne”, aun si con autoridad prevalente del varón; y matrimonio estrictamente monógamo y de fidelidad hasta la muerte, con evidentes repercusiones en cuanto a la estabilidad familiar, la educación de la prole y la transmisión cultural; condena de la homosexualidad, siguiendo la tradición judaica (en el imperio también había leyes, poco cumplidas, contra esas práctica). Todo ello chocaba con costumbres e ideas muy extendidas en la antigüedad. En la práctica, el cristianismo suavizó las costumbres: abolió la crucifixión y otros tormentos, así como los bárbaros combates de gladiadores y de fieras –también los más civilizados juegos olímpicos –, dio mayor protección legal a la mujer, impuso el descanso semanal, dedicándole el domingo, mejoró la suerte de los presos y de los esclavos, favoreciendo su manumisión, etc.

    El poder dejaba de ser objeto de culto, y a su vez la Iglesia, hasta entonces desentendida de un estado hostil, se involucraba inevitablemente en la política, mientras el paganismo pasaba a ser perseguido como enemigo del nuevo estado. Antes, la Iglesia predicaba un pacifismo esencial y ahora debía apoyar a los líderes favorables a su causa en los disturbios, guerras civiles y agresiones externas. Por otra parte, la nueva situación se interpretaba como una aceleración casi milagrosa del designio universalista de la Iglesia: hasta entonces el cristianismo había crecido con lentitud a lo largo de cuatro siglos hasta convertir quizá a un diez por ciento de la población del imperio,  pero desde entonces  su velocidad de expansión se multiplicó.

     Y a la inversa, el poder tendía a inmiscuirse en la  vida de la Iglesia. Desde entonces la  cultural europea se vería marcada profundamente  por la tensión entre la Iglesia y el estado, llamados poder espiritual y temporal. Tensión que daría lugar a injerencias mutuas, conflictos y hasta guerras, y que estaría en la base de una inquietud espiritual y política constante y en conjunto fructífera a lo largo de la civilización europea.

 —

   El cristianismo nació en tiempos de Tiberio, en una Judea  socialmente muy  inquieta y dividida bajo el yugo romano. Por el imperio proliferaban las sectas y predicadores, pero en Judea alcanzaban especial intensidad.  Los grupos más poderosos eran los fariseos y los saduceos. A partir de la predicación de Jesús, la palabra fariseo ha adquirido el  significado de hipócrita, pero significaba algo así como “autosegregado”,  el que rehuía el contacto con los infieles  para mantener la pureza religiosa. Los fariseos trataban de seguir estrictamente los ritos y normas de conducta bíblicos, y creían en la inmortalidad del alma, el castigo eterno a los malvados y la resurrección de los muertos, ideas no compartidas por los saduceos, más contagiados del racionalismo helenista y mucho más dúctiles a la dominación extranjera, primero griega y después romana, con la que colaboraban y de la que obtenían beneficios económicos y políticos. Las luchas entre fariseos y saduceos habían dado lugar en el pasado a persecuciones, asesinatos y crucifixiones masivas, pero bajo el poder romano convivían odiándose. Otra secta, muy violenta, era la de los zelotes, y una pacifista y de comunidad de bienes, la de los esenios, los más afines a las prédicas de Jesús. 

   La inquietud política   se acentuaba  por la esperanza de un próximo Mesías o ungido, un enviado de Dios para liberar a Israel de opresores internos y externos. Jesús se presentaría como ese Mesías  o Cristo, en traducción griega, pero no en el sentido de liberador político que la mayoría deseaba, sino en un sentido más espiritual y universal.  Más aún, se atribuía carácter directamente divino y el poder de perdonar los pecados, lo cual irritaba especialmente a los fariseos, a quienes Jesús trataba de malvados bajo sus pretensiones de cumplidores estrictos de la Ley.

   La aversión llegó al punto de que fariseos y saduceos se unieron para perderle. El relato de lo ocurrido, profundamente emotivo y cargado de implicaciones filosóficas y legales, es bien conocido.  Valiéndose de la traición de  Judas, prendieron a Jesús  en Jerusalén y lo acusaron de blasfemia para ejecutarlo. Pero solo el poder romano podía condenar a muerte, y la acusación no bastaba para ello, por lo que recurrieron al subterfugio de presentarlo al gobernador romano, Pilato, como un rebelde que trataba de reinar sobre los judíos, interpretando así su afirmación de ser el mesías. Pilato no lo vio culpable, pero impresionado por la cólera de los sacerdotes y del gentío agitado por ellos, les dio a elegir entre liberar a Jesús o a un bandido o rebelde llamado Barrabás. La turba pidió la libertad de Barrabás, gritando que cayera la sangre de Jesús sobre ella y sus hijos. Pilato aceptó, lavándose las manos en señal de inocencia por  la condena.

   Jesús fue atormentado y crucificado, una ejecución cruel, lenta  y afrentosa, al parecer de origen persa y adoptada por los latinos de los cartagineses. Soldados romanos lo azotaron y cubrieron con un manto rojo, lo coronaron de espinas y le pusieron en la mano una caña a modo de cetro, entre golpes y burlas. Después hubo de llevar la cruz a cuestas, pese a su debilidad y pérdida de sangre, hasta el lugar de la ejecución, sobre un montículo llamado Gólgota (o de la Calavera, por su forma). Allí fue crucificado entre dos ladrones y bajo un cartel que lo proclamaba “Rey de los judíos” (INRI), fuera  por mofa o por exponer la causa legal de la ejecución. Según la tradición, Jesús tenía entonces 33 años.

    El conocimiento de la vida de Jesús  procede de relatos (evangelios, “buena nueva”) cuatro de ellos admitidos por la Iglesia. En pro de su posible falsedad se han argüido discrepancias entre ellos y su tardía composición (poco tardía: entre 35 y 60 años después de la crucifixión, quizá menos), y la casi inexistente referencia a Jesús en testimonios no cristianos. Sin embargo las discrepancias tienen relevancia menor y cabe achacarlas al previo carácter oral de la tradición; la considerable distancia entre el evangelio de Juan y los demás no implica discrepancias de fondo. La escasez de otras referencias  contemporáneas es normal: dentro del imperio se trataba de sucesos menores y  periféricos, sin contar la pérdida de documentación de aquellos siglos: las referencias a hechos y personajes latinos de los que tenemos pocas  dudas, provienen en su mayoría de documentos transcritos en el llamado Medievo. Los evangelios ofrecen –exceptuando actos sobrenaturales—una descripción vívida de la época y el país, muy reconocible por cuanto sabemos de ellos, lo que aboga en pro de su historicidad. Suena improbable que una asociación de estafadores se confabulase para inventar una leyenda así, de la que no iban a sacar ningún provecho material, más bien al contrario.     

    La predicación de Jesús terminó en fracaso degradante, los  pocos discípulos, desconcertados y asustados, empezaron a dispersarse, y allí pudo haber concluido todo. Pero según el relato evangélico que aquí entra en el terreno de la fe, Jesús, el Mesías o Cristo, resucitaría al tercer día, se presentaría a María Magdalena y a otras discípulas suyas y luego a los discípulos. La resurrección significaba la victoria sobre el Mal. A partir de ahí comienza la expansión de la nueva doctrina, sistematizada por  un apóstol algo posterior, Pablo de Tarso, originariamente un fariseo fanático y perseguidor de los cristianos, que no había conocido a Jesús. Tras su célebre revelación mientras cabalgaba hacia Damasco, Pablo conocería a los apóstoles originarios y daría un renovado impulso al cristianismo al propagarlo más allá de la nación judía. Él reafirmó la doctrina de la divinidad de Cristo: lo que salva al hombre es la fe en él, no el cumplimiento de la ley, idea ya expuesta en la predicación de Jesús. Pablo, aunque judío, era ciudadano romano por haber nacido en la ciudad de Tarso, que gozaba de ese privilegio; y tenía profundo conocimiento e influencia de la cultura helenística y latina.

    El nuevo apóstol predicó resueltamente  a los  gentiles,  abandonando el concepto de “pueblo elegido”. Asunto espinoso al principio, el Concilio de Jerusalén, hacia el año 50, lo resolvió al acordar que los adherentes gentiles no tenían por qué circuncidarse ni practicar la ley mosaica, bastándoles con creer en Jesús y bautizarse. El Evangelio abarcaría así a toda la humanidad, en principio. No obstante, la predicación seguiría siendo peligrosa, y varios apóstoles terminaron ejecutados, entre ellos Pedro, a quien Jesús había nombrado jefe de su  congregación o Iglesia y crucificado cabeza abajo en Roma;  o Pablo, que como ciudadano romano fue decapitado en lugar de crucificado.

   Los relatos evangélicos, cargados de dramatismo (la inocencia aplastada por la iniquidad del mundo), de contenido moral  y simbólico, se convertirían en el eje de la cultura convencionalmente llamada occidental. Muchos de sus elementos, reales  o simbólicos, pasarían al imaginario colectivo con extraordinaria fuerza inspiradora, así el nacimiento en el pesebre, la matanza de los inocentes, milagros como el de los panes y los peces o la resurrección de Lázaro, bienaventuranzas y parábolas como la del hijo pródigo, a veces difíciles de desentrañar, episodios como el de Marta y María, frases como “no solo de pan vive el hombre” o “quien esté libre de culpa tire la primera piedra”; y especialmente el final: la entrada triunfal en Jerusalén, la última cena, el huerto de los olivos, el beso de Judas, el lavado de manos de Pilatos, la  corona de espinas, la resurrección, etc.; o la cruz, transformada de signo de suplicio infamante en símbolo del triunfo sobre el mal y la muerte.

Creado en presente y pasado | 48 Comentarios

Por qué los partidos tienden a convertirse en mafias

Blog I. Por qué está en ruinas la democracia española: http://gaceta.es/pio-moa/ruinas-democracia-espanola-14012016-1254

**Este domingo en “Cita con la Historia” trataremos el significado de la toma de Granada y la discutida Reconquista. Otros programas en www.citaconlahistoria.es

*********************

Este artículo fue escrito en LD, en 2007. Olvidé algo esencial para prevenir el enmafiamiento partidista: el patriotismo, un valor básico sin el cual no es posible la democracia. Pues en ausencia de él, los intereses de partido se absolutizan y se convierten en elementos de disgregación del país.

Por mafias entendemos normalmente asociaciones para delinquir. La delincuencia de los partidos consiste en el abuso del poder y del erario, tendencia de gran intensidad, según demuestra una amplísima experiencia: los partidos, emanación de las libertades, pueden convertirse en los mayores peligros para ellas. La democracia funciona oponiendo a esa tendencia una serie de trabas: leyes, división de poderes, libertades públicas, en particular la de expresión, y el propio juego y rivalidad entre partidos. Y una democracia se descompone cuando esos mecanismos funcionan mal o no funcionan, algo muy visible en la mayoría de los países latinoamericanos, en la España de la II República y en la de ahora mismo, con el consiguiente enmafiamiento de la política.

Ya la etapa de Felipe González, con su inmensa corrupción y su terrorismo gubernamental puso bien de relieve la fuerza de esa tendencia que, de desarrollarse algo más, pudo haber terminado con el sistema. De momento quienes terminaron mal, en la cárcel o fuera del poder, fueron parte de los responsables. Cabía esperar que hubiesen escarmentado (Aznar lo esperó), pero no ocurrió así en absoluto. Los políticos mafiosos salieron del poder resentidos, apoyados todavía por una parte de la sociedad moldeada por la telebasura y la falsificación de la historia, y jurando desquitarse en cuanto tuvieran oportunidad. Ya en la oposición demostraron cumplidamente con sus chapapotes no haber cambiado en absoluto. Vueltos al poder, se han aplicado a fondo a socavar la independencia judicial, a atacar la libertad de expresión mediante campañas típicamente mafiosas contra quienes –no muchos, desgraciadamente– defienden con eficacia el Estado de Derecho, en particular Jiménez Losantos; y a exacerbar la falsificación histórica de la que tan buenas rentas políticas han extraído.

Pero hay un hilo conductor especialmente podrido en todo este proceso de enmafiamiento, que no afecta solo al PSOE, y es la colaboración con el terrorismo nacionalista vasco. La ETA constituye el partido-mafia por excelencia, ya que el asesinato y la extorsión directas son la clave de su política. Ese carácter le viene desde el mismo principio de su actuación, aunque quedase disimulado durante la dictadura por atacar a un régimen de escasas libertades. Pero ya entonces se trataba de un partido no antifranquista, sino antiespañol y totalitario.

Llegada la democracia el disfraz de “luchadores antifranquistas” debió caer por su propio peso, pues nada impedía a los héroes del tiro en la nuca defender legalmente sus puntos de vista. Pero, lo he indicado reiteradamente, el problema se complicó porque tanto derechas como izquierdas aceptaron esa forma vergonzante de colaboración con los asesinos que llamaron “solución política”. Una actitud comprensible en los primeros años de la democracia, cuando la esperanza de resolver el problema por las buenas parecía razonable, pero que se agotó muy pronto, pese a lo cual se consolidó como línea esencial de actuación de todos los gobiernos. La “solución política” implicaba una imagen de debilidad de la democracia y un plus de respetabilidad para los criminales, dándoles esperanzas de que antes o después lograrían sus objetivos o parte sustancial de ellos. Al mismo tiempo, la “solución política” ultrajaba a las víctimas directas, corroía como un ácido, año tras año, los engranajes del estado de derecho, desmoralizando y convirtiendo en víctima a toda la sociedad. Este ha sido el mayor pecado de la etapa democrática, que ha convertido a una reducida mafia de pistoleros en uno de los ejes cruciales de la política española. En la medida en que colaboraban de este modo con la ETA, todos los partidos y no solo los recogenueces separatistas, daban pasos significativos hacia su propia conversión en mafias.

Fue durante la época de Aznar, y no toda ella y a menudo de forma poco resuelta –y gracias sobre todo a Mayor Oreja, contra los Arriolas y similares– cuando por primera vez se abordó el problema de forma justa, democrática y antimafiosa. Política que se vino abajo por la conjunción del mayor atentado terrorista de la historia de España y la flojera –llamémosla así– de Rajoy. Desde entonces, el proceso de colaboración con los asesinos etarras, y consiguientemente de enmafiamiento de los partidos, sobre todo de izquierda y separatistas, se ha acelerado de modo extraordinario.

Técnicamente diremos que si la ETA es el partido-mafia por excelencia, todo partido que colabora con ella se transforma de modo automático en mafioso, en mayor o menor grado. En grado altísimo hoy: los partidos, en su mayoría, funcionan como camarillas contra los más elementales intereses de la sociedad, conculcan la ley de acuerdo con jueces corrompidos hasta el punto de utilizar la justicia directamente contra las víctimas del terrorismo, anulan la separación de poderes, se inventan estatutos de autonomía para transformar la nación española en un aglomerado de nacioncitas de fantasía, o simplemente para disgregarla de una vez. Al objetivo etarra de liquidar la Constitución, echar por tierra lo construido en la transición y desarticular España están contribuyendo, con mayor o menor intensidad, casi todos los partidos y el Gobierno.

Debe reconocerse que la democracia diseñada en la transición no se ha desarrollado, sino que ha degenerado muy peligrosamente. Si no hay una respuesta adecuada de la sociedad, el proceso hacia la latinoamericanización puede hacerse imparable.

2007-10-22

Creado en presente y pasado | 163 Comentarios

Un salvador de las mujeres

Blog I El gran problema de fondo en la crisis política: http://gaceta.es/pio-moa/gran-problema-fondo-crisis-politica-12012016-1114

**********************

La penúltima ocurrencia de Zapo ha sido decir que España se siente orgullosa de su pasado musulmán. Se siente o debería sentirse  orgullosa de su pasado antimusulmán, pues gracias a él existe España y no Al Ándalus. Esto otro es anterior.

El feminista

 Rodríguez Zapatero ha explicado a Time: “Lo que despierta mi vena rebelde son 20 siglos de un sexo dominando a otro. Hablamos de esclavitud, feudalismo, explotación, pero la dominación más injusta es la de una mitad de la raza humana sobre la otra mitad”. Se comprende que el buen Rodríguez esté afligido y furioso por tanta injusticia de las generaciones anteriores durante veinte siglos. ¿Y quién no? Así que vamos a darle una mala noticia primero, y una buena noticia final que quizá calmen su atribulado ánimo, tan rebelde que da miedo. 

Cuando él habla de 20 siglos se refiere, claro está, al cristianismo. En el catecismo progre, el cristianismo tiene la culpa de casi todos los males. Pues he aquí la mala noticia: lo que él considera desigualdad y opresión de la mujer por el hombre no ha durado veinte siglos, sino, probablemente, toda la historia humana. Incluso cabría decir sin injusticia que el cristianismo ha ayudado poderosamente a suavizar las relaciones entre ambos sexos: desde el “todos (y todas, claro) somos hijos de Dios” al “compañera te doy y no sierva”, pasando, en el catolicismo, por la relevancia de la Virgen y de una multitud de santas, puede decirse que, en cuanto a esas opresiones, el cristianismo ha sido mucho más positivo que, por ejemplo, el islamismo, cuyas virtudes y necesidad de ser comprendido y apreciado por los malos cristianos no cesa Rodríguez de encomiar. Y sólo tiene que consultar Rodríguez los más antiguos documentos históricos (puede empezar por La Ilíada en relación con nuestra civilización) para ver que en las relaciones humanas, comprendidas las existentes entre mujeres y varones, siempre ha existido una veta muy dura y dolorosa.  

En este sentido puede Rodríguez revolverse, y quizá deprimirse todavía más: “¡Progreso mío!, así que ahora resulta que la opresión de la mujer dura ya mucho más de veinte siglos. ¡Oh, no sé si tendré fuerzas para corregir tan extendido y duradero mal! ¡Acude a mí, Progreso, confórtame y ayúdame!”. Pero puede también experimentar un cierto alivio: “Por lo menos algo se ha progresado en veinte siglos. ¿Y gracias al cristianismo, por lo menos en parte? Increíble, realmente. Tendré que consultar de nuevo el manual. Bueno, eso permite albergar alguna esperanza, de todas formas”. 

Y la buena noticia. A pesar de esa veta dura y dolorosa, veta inmensamente ancha y profunda en ocasiones, en general han predominado en la historia aspectos más soportables, incluso agradables, pues de otro modo la humanidad habría desaparecido mucho tiempo ha. Es más, y aquí viene la gran noticia que liberará a Rodríguez de sus cuitas y rebeldías, tan perturbadoras para la serenidad que siempre buscan las personas equilibradas: ¡nunca ha existido esa opresión de la mujer por el hombre! Asombroso, ¿verdad? Pero indudable. A lo largo de los siglos, y ahora mismo, muchas mujeres (y muchos hombres) han sufrido y sufren opresión. Hasta podemos afirmar que todos sufrimos opresión de algún tipo, en mayor o menor grado y en unos u otros momentos. La vida de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres ha sido muy similar: oscura (muy pocas personas han “pasado a la historia”, y así será siempre, por lógica, aunque, para un cristiano, todas estén presentes ante Dios), trabajosa, sometida a ignorancias y aciertos, a costumbres mejores o peores, a mil azares… y, dentro de ello, todos y todas han experimentado alegrías y sinsabores en mezcla muy desigual según las personas. Esto es importante: según las personas, no según las clases ni según los sexos. 

Naturalmente, entre varones y mujeres siempre ha habido y siempre habrá diferencias físicas y anímicas muy considerables. Esto puede parecer muy triste a personajes de mentalidad mesiánica y estereotipada, pero la vida resultaría invivible sin esas diferencias. En todas las sociedades ha existido una especie de división del trabajo basada en esas diferencias naturales. Por ejemplo, el cuidado del hogar y la educación de los niños suele ser tarea fundamental, aunque no exclusivamente, femenina (la raíz del feminismo está en la aversión a esa tarea, tan opresiva en comparación con las divertidas y gratificantes actividades de que, según parece, siempre ha disfrutado el varón). Otras diferencias tienen rasgos más crudamente naturales. Otro ejemplo: mientras se ignoraron algunas normas de higiene y la existencia de los microbios, el parto fue un riesgo muy grave, además de doloroso, y el tiempo medio de vida era menor en las mujeres. Los avances en el conocimiento y la técnica, debidos a la actividad del varón –no siempre ha sido éste tan malvado con sus pobres compañeras–, ha cambiado bastante las cosas, y hoy en casi todas partes las mujeres viven más que los hombres.  

La mesiánica ideología feminista no cesa de ponderar la superioridad de la mujer actual sobre sus humilladas predecesoras, tanto más despreciables cuanto que no solían mostrar descontento con su intolerable posición; ni cesa de ensalzar la “conquista de actividades y puestos sociales antes reservados al varón” y otros logros parecidos. Con ello pasan por alto dos cosas: en primer lugar, que en la historia real esas actividades y puestos sociales han sido el fruto, no siempre agradable, de la actividad masculina dentro del reparto tradicional de papeles. Es decir, han sido creaciones masculinas, y no, como sobreentiende la ideología, acaparamiento masculino de algo previamente existente (ocurre lo que con ciertas teorías de la explotación tercermundista: dan por supuesto que la riqueza cae del cielo, pero que unos cuantos sinvergüenzas imperialistas se la apropian, despojando a los demás). La entrada masiva de la mujer en ese mundo masculino ha tenido muchas causas, entre ellas las propia exigencias del desarrollo económico; o las guerras mundiales que obligaron a una movilización masiva de los hombres y a su sustitución por mujeres en el aparato productivo.  

Y la otra cosa que ignoran alegremente esas ideologías es el precio de esa “conquista”. La parte femenina aunque menos ostentosa que la masculina, daba estabilidad y continuidad cultural a la sociedad, y permitía encajar los conflictos creados por la mayor agresividad del macho. Todo eso peligra ahora. La incorporación de las mujeres a ese mundo creado por el varón tiene aspectos atractivos, pero sólo los tontos creen que todo el monte es orégano. Los mesiánicos siempre creen haber descubierto la fuente del mal (la opresión de la mujer, viene a decir Rodríguez) y, queriendo secarla, han provocado, por lo común, inundaciones. 

Así que si nuestro buen presidente repasa la historia en general y la de las ideologías mesiánicas en particular, acaso termine viendo las cosas de otra manera. En resumen: las mujeres no tienen la menor necesidad de la hiperactividad salvífica de nuestro presidente. Esto quizá desilusione un poco a Rodríguez, dada su natural tendencia a las misiones esforzadas, pero tiene la ventaja de que le permitirá descansar. Y, algo casi tan importante, también dejará descansar un poco a la atribulada sociedad española.

(En LD, 22-9-2004)

Creado en presente y pasado | 144 Comentarios

La II Guerra Púnica y la religiosidad romana

**Blog I: Qué revela “lo” de Colonia: http://gaceta.es/pio-moa/revela-colonia-10012016-1337

**”Cita con la Historia”: En Radio Inter, domingos de cuatro a cinco de la tarde. Últimos programas: www.citaconlahistoria.es. También en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=Lb275HQRDec (La corrupción del PSOE durante la guerra civil)

**************

    Si Aníbal hubiera vencido, y muy cerca estuvo, quizá Cartago no  habría emulado el impulso romano hacia el este, pero sin duda habría impuesto su civilización oriental-africana en el Mediterráneo occidental. El imperio romano no habría llegado a nacer  y el destino cultural y político de Europa habría sido muy otro. Ciertamente, aquella magna contienda no es una más en la historia, tiene verdadero carácter fundacional: con ella  nació  la civilización europea, y nació como civilización mediterránea.    

   Los romanos entendían que sus prodigiosas victorias no podían explicarse solamente por factores racionales, tales como el genio de Escipión o la organización legionaria o la capacidad económica. Después de todo, los mejores planes fracasan a veces, y otras una intuición momentánea lleva al triunfo, y los cambios de fortuna escapan a los cálculos de la razón. Desde siempre los hombres han intuido la intervención de fuerzas misteriosas por  encima del cálculo racional, fuerzas divinas, y para los romanos la causa última de sus éxitos estaba en la protección de los dioses tutelares de la ciudad, a quienes oraban y sacrificaban y cuyos mandatos morales se esforzaban en seguir. Expone Polibio: “La mayor diferencia positiva de la constitución romana es, a mi juicio, la convicción religiosa. Pues me parece que la religión ha sostenido a Roma a pesar de ser objeto de burla por los demás pueblos. Entre los romanos  la religión está presente  con tal dramatismo en la vida privada  y en la pública, que no es posible estarlo más.  Esto sorprenderá a muchos, pero creo que lo han hecho pensando en la gente común. Si  fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, (la religión) no sería precisa. Pero la masa es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de rabias violentas. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por azar en la multitud las imaginaciones de los dioses y las narraciones del Hades”. Por ello, Polibio tachaba de temerarios a quienes creían posible o conveniente suprimir la religión, despreciada por la gente instruida como un rosario de ficciones  absurdas pero apreciada como instrumento útil para asustar al pueblo y mantenerlo en calma.

   Polibio ensalza también otra conducta ligada a la religiosidad: la honradez de los cargos públicos en asuntos de dinero. La práctica del soborno estaba penada con la muerte, mientras que en  Cartago era pública y aceptada, y las ciudades griegas se habían hecho famosas por la insolvencia y corrupción de sus magistrados: al respecto, los romanos acuñaron la expresión graeca fides, nulla fides.

    Como ocurría en otras culturas, la religión estaba ligada íntimamente al estado, a la protección del estado y de la ciudad, luego del imperio; y todas las acciones, políticas, guerreras, etc., debían contar con el beneplácito divino, obtenido a través de los ritos presididos por los sacerdotes. Los cónsules  ejercían también funciones religiosas, y los éxitos políticos y  guerreros, que no excluían una minuciosa racionalidad, se atribuían en definitiva a la protección divina. Con el tiempo, los emperadores llegarían a ser divinizados directamente, como garantes providenciales del orden del estado. La religión latina no solo era politeísta sino que estaba dispuesta a integrar a los dioses y ritos de otros pueblos conquistados, siempre que no se opusieran al interés del estado. 

    Con todo, la abundancia de divinidades mayores, menores, públicas y domésticas, no excluía una jerarquía, la “tríada capitolina”, con Júpiter, el dios más poderoso y protector, Juno, su esposa-hermana, protectora del hogar y el matrimonio, y Minerva, diosa de la sabiduría y de la guerra. Según el investigador francés G. Dumézil, la tríada superior caracterizaba a las religiones indoeuropeas, apreciable en la griega (Zeus, Poseidón y Hades), en la celta, la hindú o la germánica. Algunos autores han querido ver ahí un precedente de la Trinidad cristiana. La triada se relacionaría también con la división del orden social en tres ámbitos: el del sacerdocio, el del guerrero y el de los productores (campesinos, comerciantes,  artesanos). División rígida en el sistema de castas hindú, pero perceptible asimismo en las demás culturas del mismo origen, incluso en la civilización europea hasta la Revolución francesa. Sin embargo, una división semejante existe de modo similar en culturas no indoeuropeas.

   En estas religiones los dioses son inmortales, pero no eternos, pues tienen un principio a partir de fuerzas más oscuras e indefinibles, como el amor, la guerra, “el cielo y la tierra”, surgidas sucesivamente desde el Caos, algo así como una situación confusa e indiferenciada previa al mundo ordenado. No eran, por tanto, los creadores del mundo, sino más bien los fundadores  y mantenedores de su orden, así como del orden social. 

   Por lo que respecta a los humanos, eran religiones melancólicas. La humanidad habría ido decayendo desde una Edad de Oro, en que los hombres, semejantes a los dioses vivían en armonía con la naturaleza, sin fatigas ni sufrimientos, y morían plácidamente, como durmiendo. Le sucedió una Edad de Plata, de gente longeva, pero condenada a  trabajar la tierra para vivir y ganada por la hybris (desmesura,  orgullo), dada a las violencias  y a despreciar a los dioses. Zeus la exterminó. Los humanos de la Edad de Bronce destacarían por una belicosidad extremada que habría terminado por destruirlos, junto con un diluvio del que solo se salvaría una pareja. Seguiría la Edad Heroica, identificada con los tiempos de la guerra de Troya, que también llegaría a su fin, dando paso a una Edad de Hierro, la presente para griegos y romanos, plagada por la codicia, la violencia, la mentira y  la deslealtad. Hay, pues, una evolución  descendente del ser humano, caracterizada por una creciente hybris e impiedad con sus consecuencias nefastas. Otros mitos  exponen la creación del hombre por un titán hijo de la tierra, Prometeo, que regala a sus criaturas el fuego (la técnica) y les enseña a despreciar a los dioses, que lo encadenan a una roca, símbolo de las apetencias meramente materiales, mientras le roe el hígado un águila, símbolo del castigo por la traición al espíritu[1]

   Si el destino de las personas en vida resultaba expuesto a muchos males, tampoco era brillante el que le esperaba en el más allá, cuando sus almas bajaran al Hades o Averno, donde recibirían premio o castigo, en regiones del Hades como los Campos Elíseos para los buenos y el Tártaro para los malvados. Pero en la expectativa no dejaba de ser lóbrega. En La Odisea, Aquiles afirma preferir ser un siervo en casa de un pobre entre los vivos a reinar entre los muertos. El emperador Adriano recoge el tema  en su poema Animula vagula blandula,  “huésped y compañera del cuerpo, que irás a lugares lívidos, helados, desnudos”. La religión grecorromana exigía de los hombres una conducta justa pero poco esperanzada aunque tratasen de ajustarla a los mandatos divinos, percibidos de modo a menudo contradictorio. Y prometía una vida de sombras en el más allá. Pese a sufrir una penosa Edad de Hierro, o por ello mismo, el hombre debía suplicar siempre el auxilio de los dioses, garantes en definitiva del orden y felicidad posibles

   Polibio revela un declive del politeísmo, al menos entre la gente intelectualizada del helenismo. La fe en los dioses había sido socavada por la poca esperanza propiciaba y por el racionalismo. Los temas metafísicos de Platón y Aristóteles habían cedido en otros filósofos a cuestiones más abordables por la razón, buscando una moral capaz de orientar al hombre hacia la felicidad. Pero la ventaja de sustituir relatos míticos por razones traía también inconvenientes, pues desde unas mismas premisas, la razón construye discursos dispares, incluso opuestos. Así, dando por sentado que el bien es el placer y el mal el dolor, la felicidad supondría un hedonismo que permitiese lo máximo del primero y lo mínimo del segundo, pero de ahí no deriva una conducta unívoca, pues, ¿cómo practicar con tino la búsqueda del placer?  El hedonismo podía entenderse como rienda suelta a los deseos sensuales, o como una selección entre los mil deseos humanos, descartando los más “bajos” o peligrosos; o incluso como una renuncia ascética a los deseos, ya que estos, por incumplibles en muchos casos o por lo breve de su satisfacción, traían consigo  el dolor. El hedonismo podía inducir  asimismo al suicidio, razonando que las penas en el mundo son a menudo mayores que los placeres. De ahí diversas escuelas como la de Cirene, el epicureísmo o el estoicismo. 

   Por otra parte era difícil eludir la referencia a la fuente de la moral en algún concepto metafísico. Si la moral dejaba de ser expresión de la voluntad divina, debía buscársele un fundamento distinto y más asequible a la razón, pero con ello se entraba en una nebulosa. Se trataba, en definitiva, de vivir de acuerdo con la Naturaleza, con el orden cósmico,  ya que de ahí vendría el bien y la felicidad, y de ignorar el orden natural procederían los males.  Por desgracia, la Naturaleza  resultaba en sus órdenes tan misteriosa como la voluntad de los dioses, y quienes predicaban una vida de acuerdo con ella se encontraban enseguida con diversas opciones y problemas de difícil salida. 

   Hasta la II Guerra Púnica, la religiosidad romana resultaba  muy sólida a los ojos escépticos de los filósofos y personas cultivadas de Grecia. Pero a partir de entonces muchos rasgos iban a cambiar en la propia Roma, entre ellas la religiosidad.


[1] Según la interpretación de Paul Diel en El simbolismo en la mitología griega

Creado en presente y pasado | 122 Comentarios