En “Cita con la Historia”, este domingo, hablaremos de algunos problemas relacionados con el libro Los mitos del franquismo
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Juan Ramón Rallo ha escrito un artículo sobre el liberalismo y las libertades (http://vozpopuli.com/blogs/5752-juan-r-rallo-lo-que-tambien-es-el-liberalismo), al que creo que pueden hacerse algunas objeciones:
- Inmigración: El liberalismo defiende la libertad de movimientos de mercancías, capitales y personas. Los derechos individuales no son una licencia o una concesión que cada Estado-nación les otorgue a sus súbditos, sino el reconocimiento de la igualdad moral entre todos los seres humanos.
La igualdad moral entre todos los seres humanos no depende de la licencia o concesión de alguna ideología, liberal o no. O existe o no existe. En cuanto a la libertad de movimiento de mercancías (que no se mueven solas), no puede equipararse a las personas. En nombre de esa libertad se organizaron las guerras del opio, por ejemplo. El estado-nación tiene, no ya el derecho sino la obligación de impedir la libre circulación de mercancías peligrosas y dañinas, así como de capitales relacionados con ellas. Asimismo, la de proteger al país de una invasión “pacífica” de inmigrantes moralmente iguales, pero con culturas, costumbres y valores que pueden entrañar graves conflictos. Además, una cosa es moverse y otra asentarse. El concepto de igualdad moral del ser humano es muy anterior al liberalismo, y la igualdad, en ese plano, se manifiesta en una multitud de desigualdades. Las naciones y las culturas y estados nacionales, con sus diferencias unos de otros, son asimismo manifestaciones de la igualdad moral de los humanos, lo mismo que la formación de asociaciones, peñas o clubs que exigen determinadas normas de pertenencia. La igualdad moral tampoco obliga a nadie a ceder su casa a otros. Los que se oponen a la inmigración irrestricta no son moralmente inferiores a los que la defienden en nombre de un supuesto liebralismo. Ahora bien, quienes defienden la inmigración en nombre de la moral, tienen, por esa razón, obligación también moral de compartir su domicilio y su trabajo con esos inmigrantes, al menos mientras estos no encuentren otro. Y no tienen derecho a imponer su postura y que el estado-nación, es decir, los demás que no comparten sus ideas, carguen con los costes de sus propuestas.
- La vida va inexorablemente ligada a la muerte y, por tanto, la concepción de buena vida de algunas personas puede pasar por escoger el momento y las condiciones de su muerte. Eso, y no otra cosa, es la eutanasia: una buena muerte o muerte digna según la particular perspectiva de quien desea someterse a ella.
Todo suicidio es una eutanasia desde el punto de vista de la persona que lo practica. También puede decirse que es una libertad, por cuanto, aunque se lo prohíba, nunca puede impedirse.Un problema de ese derecho al suicidio es que cada individuo puede tener una idea distinta de lo que es buena y mala vida, o buena y mala muerte. Sobre ese tema hay otras concepciones: no somos dueños de nuestra propia vida, que realmente nos ha sido dada. Por mi parte no me pronuncio al respecto. Por lo demás, la “muerte digna” no es una concepción necesariamente liberal: los nazis o los comunistas la aceptaban igualmente.
- Drogas: El liberalismo reivindica el derecho a la integridad sobre el propio cuerpo, pero no porque el cuerpo humano sea un objeto sacro que merezca una protección absoluta frente a cualquier posible perjuicio, sino porque los daños sobre nuestro cuerpo pueden limitar (en ocasiones, estructuralmente) nuestra capacidad de acción y de consecución de nuestros objetivos vitales.
Obviamente, el argumento es falso. El único que puede decidir sobre la capacidad de acción y consecución de objetivos vitales es el individuo, y si prefiere las drogas y su adicción, es cosa suya, si seguimos el resto de la argumentación ultraindividualista de cierto liberalismo simple. El argumento contra las drogas no puede ser ese: el drogadicto no solo se daña a él, daña también a todo su entorno familiar y social. El individuo no es una isla, y lo que hace repercute inevitablemente en ese entorno. Por eso existen leyes que limitan inevitablemente la libertad individual. Y las leyes provienen del estado-nación.
- Prostitución: El liberalismo también defiende la libertad sexual. Los actos consentidos a este respecto entre adultos no deben ser violentados por otras personas: a saber, lo que pasa en la alcoba es sólo de la incumbencia de las personas que están en ella, no de terceros no invitados.
Con esa libertad sexual sucede lo mismo que con las drogas. Una cosa es decir que la prostitución es inevitable, y otra presentarla como algo inocuo o incluso bueno como resultado de la “libertad sexual”. La prostitución no es solo incumbencia de dos (o más) personas en una alcoba, y suele ir ligada a las drogas y diversas formas de degradación personal y social, a menudo también a enfermedades. ¿Por qué no emplea el mismo argumento que con las drogas en el sentido de que la prostitución daña la “capacidad de acción”, etc.?
- Gestación subrogada: Las tecnologías reproductivas actuales permiten la gestación del embrión en el vientre de una mujer distinta de aquella que aporta la carga genética.
Como en los casos anteriores, aquí desaparece la cuestión moral, que es la que precisamente define al ser humano en relación con los animales. Una cosa es que las técnicas permitan mil cosas, y otras que esas cosas sean buenas o aceptables. El problema no se resuelve tan simplemente.
–El liberalismo no se restringe a asuntos reduccionistamente económicos, sino que promueve una convivencia pacífica y mutuamente respetuosa entre los heterogéneos planes vitales de todas las personas.
De nuevo entramos en un dogmatismo que elude cuestiones fundamentales. La convivencia pacífica y mutuamente respetuosa no existe ni puede existir, al menos con carácter general: las relaciones humanas son inevitablemente conflictivas y generadoras de violencias de mil tipos. Y es el estado nación con sus leyes –y no buenas intenciones de paz y respeto que todo el mundo puede tener sin gasto alguno– el que procura impedir, sin lograrlo nunca del todo, que la convivencia sea aceptablemente pacífica y respetuosa.
Obviamente, el estado tiende a volverse despótico y extender su poder sobre todas las relaciones humanas, y gran parte del pensamiento político occidental se ha dirigido a evitar el despotismo. Pero entender al estado, al modo de los anarquistas, como el enemigo clave que impide a las personas “una buena vida y una buena muerte”, ya cae en el utopismo dogmático.
El fondo de todas las utopías es la negación del carácter moral del ser humano, que sería naturalmente “bueno” y “libre” si no lo impidieran tales o cuales instituciones, el “poder”, el estado o “la sociedad”… que son todos ellos creaciones de ese ser humano naturalmente “bueno y libre”. Los utopistas no admiten el “pecado original”, un mito muy expresivo del paso del instinto a la moral. Es decir, de la animalidad propiamente dicha a la humanidad, con sus cargas, riesgos y dificultades característicos.
