Blog I: Charlie, libertad de expresión e islamofobia: http://www.gaceta.es/pio-moa/charlie-libertad-expresion-e-islamofobia-09012015-1457
Hoy, domingo, trataremos la neutralidad española en el siglo XX. Un tema histórico-político esencial.
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FABRICIO.- Bueno, del dinero ya hablaremos…
PICIO.- ¡Cómo, ya hablaremos! ¡Si el dinero es la sangre, yo diría la esencia de la economía…! Además, si no te importa, Fabricio, tu visión de la época de 1945 a la actualidad me parece demasiado optimista. En esos años ha habido muchos ciclos y bastantes más crisis que las del 73 y 79 que has mencionado; y además, ¿tú tienes idea de lo que ha aumentado la inflación en todo este tiempo, tío? ¡Una burrada! ¡Y la que se nos viene encima con el petróleo, que se acaba, tío, se acaba! Fíjate que Usa está montando guerras por todas partes para asegurarse el petróleo, y en vano, una pura tontería porque, por mucho que guerreen, el oro negro se acaba de todas todas. Lo más que conseguirán es quedarse ellos con todo el poco petróleo que queda a costa de quitárselo a los demás, provocando una catástrofe mundial. Además, Usa vive de darle a la máquina de los billetes, estafando a los demás y provocando la inflación…
FABRICIO.- A lo peor tienes razón. Lo de la máquina de billetes, lo dejaremos: si de ese modo se pudiera vivir bien, todo el mundo imitaría la receta. Los alemanes lo intentaron a principios de los años 20 y no les salió bien del todo. El petróleo, ya en los años 30 se decía que estaba a punto de acabarse, que no quedaba más que para diez o veinte años, eso no es nuevo. Pero si esta vez se acabase de verdad, se encontrarán remedios, nuevas fuentes de energía, a no ser que la inventiva humana se haya agotado también. Ya se está investigando y probando con coches eléctricos y demás, por ejemplo, aunque por ahora no sean rentables y vayan más despacio. Y si se consiguiera domar la energía nuclear de fusión… sería el no va más, todos los problemas energéticos quedarían resueltos. Las crisis del petróleo de 1973 y 1979 sirvieron entre muchas otras cosas para buscar formas de ahorrar de combustible y para diseñar motores que consumían menos y rendían más. Hay que tener confianza. Sin confianza en el ser humano no vas a ninguna parte…
SIMPLICIO.- Eso último que has dicho me parece muy progresista, Fabricio. Cuanto más Ser Humano, menos Dios, y cuanto más Dios, menos Ser Humano. Se lo he oído decir a gente muy culta.
FABRICIO.- Bueno, bueno… En cuanto a la inflación y los ciclos: si con toda esa inflación y esos ciclos ha crecido tan desmesuradamente la producción y el consumo, la renta de los países desarrollados, es que la inflación y los ciclos no han sido un problema tan grave como suponía Hayek: un contratiempo, pero no un impedimento. Claro, en comparación con un crecimiento ideal, uniforme y sin altibajos, los ciclos son bastante fastidiosos, pero también puede ocurrir que tanta perfección sea en realidad imposible.
SIMPLICIO.- ¿Y por qué tenemos que resignarnos a la imperfección? El Ser Humano es perfecto, al menos en potencia, y esa potencia debe convertirse en realidad, en progreso.
MAURICIO.- Yo encuentro otra pega, camarada Fabricio, y es que solo consideras los aspectos puramente materiales, la comida y todo eso, pero ¿y qué me dices de asuntos menos materiales, como el arte, por poner un ejemplo? ¿Lo metes también en la producción?
FABRICIO.- Hombre, Mauricio, es evidente que escribir un poema no es lo mismo que cavar un patatal u ordeñar una vaca. Pero el poema puede tener valor económico o no, depende. Considera, si te place, los poemas con que nos deleitan –es un decir– Picio y Patricio, o hace poco Salicio con su zambomba, sin cobrarnos un leru. Ahí no hay producción que valga, en sentido económico. Pero ¿y si recogen todos sus poemas en sendos libros y los ponen a la venta? Ahí sí puede decirse que existe producción y por tanto economía: alguien tiene que hacer los libros, lo que cuesta dinero; ponerlos en las librerías de Porriño, que también tiene su lado económico… Puede ser que no vendan ningún ejemplar, lo que sería muy doloroso pero por desgracia lo más esperable, y entonces Picio y Patricio perderían el dinero y el esfuerzo, la inversión, por así decir, no habrían estimado bien los gustos ilustrados de los porriñeses. Es sin duda muy triste y deplorable que el vulgo municipal y espeso sea tan insensible a la poesía, por lo menos a la de nuestros dos vates, pero estos pueden consolarse, en cambio, pensando en el aumento de la producción social y en el bien que han hecho a muchas otras personas con los sueldos pagados al impresor, al encuadernador, al distribuidor, por no hablar del leñador que corta los árboles, el empresario que los transforma en papel, etc.: ¡han contribuido al progreso y al bienestar humano, aun si ha sido a costa de su bolsillo, y eso no deja de tener mérito! Sus libros, además, podrán venderse como papel viejo a los traperos, con lo que estos también tendrán su parte. Nada se pierde en estos asuntos, si pasamos de considerarlos individualmente a considerarlos socialmente,
SIMPLICIO.- No diré que no a todo eso que nos cuentas, preclaro Fabricio, pero olvidas un hecho fundamental: la prosperidad de los países capitalistas se ha construido sobre la miseria de los países proletarios, mediante el saqueo del Tercer Mundo, el comercio desigual, por lo que los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres…
MAURICIO.- Venga, Simpli, eso es ya muy viejo. Si eres pobre, ¿qué te pueden quitar? Solo se puede quitar a los que tienen algo. Si quitas al pobre lo casi nada que posee, se morirá enseguida de hambre y ya no podrás quitarle nada de nada. Además, los países desarrollados sacan la mayor parte de los beneficios del comercio entre ellos, sea desigual o no. Pero Fabricio, buen hombre, tú te planteas una robinsonada con lo de Pepiño y su mantequilla. Supongamos que Pepiño necesite dedicar diez horas para fabricarla. Pero decide construir un artilugio que le permita obtener más cantidad en la mitad de tiempo; ahora bien, construir ese artilugio le obliga a gastar cinco horas del tiempo que dedicaba a hacer la mantequilla y cinco más de su tiempo de descanso. Por lo tanto, para construir el artilugio tiene que sacrificar tiempo de trabajo y tiempo de descanso, y eso es el ahorro. Por tanto, el ahorro existe y es lo que permite la inversión.
FABRICIO.- No me parece un buen ejemplo, caro amigo, y ello en dos sentidos. Ante todo, Pepiño puede dedicar su tiempo a lo que le plazca o le exijan las circunstancias, pero solo puede ahorrar si prescinde de una cantidad de mantequilla ya producida, pues solo se puede ahorrar de lo que ya se tiene. Con lo cual solo conseguirá que la mitad de la mantequilla se estropee, sin que ella tenga la menor utilidad para la inversión que pretende; y además se debilitará físicamente por insuficiencia de alimento, con efectos previsiblemente malos. Porque, ya lo indiqué antes, el consumo es también inversión: así como inviertes en mantener una máquina en buen estado o en comprar otra, inviertes también, mediante el llamado consumo, en mantener tu salud y tu vigor. En segundo lugar, el caso de Robinson no es exactamente el de Pepiño. La robinsonada es solo un ejemplo teórico, una especie de parábola sobre cómo podría funcionar una sociedad, que todos sabemos que no funciona así, pero puede orientarnos un poco… Mientras que con Pepiño y la mantequilla he querido resumir el funcionamiento real de la sociedad…
PATRICIO.- Pero, maldita sea, ninguna sociedad produce solo mantequilla. La economía funciona como el comercio entre productos y personas muy distintos…
FABRICIO.- Eso es así si consideras la sociedad dividida entre sus numerosas actividades, pero si la consideras como un conjunto, todas las actividades, intercambios, etc., puedes reducirlas a una cosa: a la mantequilla. De igual modo que los diversísimos intercambios y actos económicos puedes reducirlos a su valor en dinero, al PIB de Porriño, por ejemplo, aunque yo prefiera aquí la mantequilla como signo de todo ello. De igual manera, las personas que componen una sociedad son muy desiguales, se comportan de modos muy distintos, unos son vagos, otros laboriosos, unos listos, otros tontos, unos derrochadores, otros sobrios… Pero hablando en conjunto podemos reducir la sociedad a un solo ser humano, en este caso a Pepiño, que contrapesa y condensa todas las actitudes humanas desde el punto de vista económico: ¡Pepiño y la mantequilla! Es decir, la sociedad y la producción-consumo.
MAURICIO.- Ya te contaré unas cuantas cosas sobre eso; pero volviendo a lo de antes, magnánimo tartaja, ¿acaso no puede sostenerse que en la época de 1945 hasta ahora ha habido dos tipos de elementos, unos proliberales hayekianos y otros prosocialistas keynesianos, más o menos mezclados, y que el auge económico se debe a los primeros, mientras que los aspectos insanos de inflación, intervención estatal, etc, a los segundos? Es decir, habrían prevalecido, en conjunto los elementos hayekianos, aunque con graves distorsiones ocasionadas por los keynesianos.
FABRICIO.- Verás, excelente pelaovejas, la inflación no existe…
TODOS LOS DEMÁS, A CORO.- ¿¡¿¡ Cómooooorrr?!?!?!
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SALICIO.- Perdona un momento, Fabricio, y que insista en lo de Picio. Yo creo que nos están enredando al decir que Pepiño no ahorra nada si restringe cinco horas de las diez que dedica a la producción de mantequilla, para construir una ordeñadora mejor, por ejemplo. Claro que ahorra esas cinco horas. Además, como dice Von Mises, tal como funciona la economía con la expansión crediticia, debida, en fin, a la intervención del estado, “no hay forma de evitar el colapso final de todo auge”. Así que, o bien se provoca cuanto antes la crisis para acabar con la expansión crediticia, o se deja que todo siga igual hasta que el desastre y la ruina total del sistema monetario se produzca algo más tarde” ¡Chúpate esa!
FABRICIO.- Atiende, camarada, si no prestamos atención a lo que decimos, nos pasaremos la vida dando vueltas a la noria. Pepiño solo puede restringir las horas que dedica a la producción de mantequilla si no necesita de esas horas “ahorradas” para cubrir sus necesidades; o bien si ha dedicado previamente cinco horas más de las habituales para tener de qué mantenerse mientras se “sacrifica” para conseguir la ordeñadora. En ninguno de los dos casos ahorra nada. Si tú llevas cien lerus al banco, estás dejando de comprar mercancías existentes y provocando la pérdida de ingresos para sus fabricantes. Si todo el mundo hace lo mismo, ya puedes imaginar la catástrofe para los fabricantes. A menos que esos lerus ahorrados no tengan en realidad mercancías en los que consumirse, lo que es absurdo. Eso no puede permitírselo Pepiño, es decir, la sociedad en su conjunto, sin hundir su economía. En el plano individual, tú “ahorras”, es decir, dejas mercancías sin consumir pudiendo consumirlas. Pero en el plano general, social, lo que haces es facilitar dinero a los inversores para que produzcan más mercancías. No hay ahorro en el sentido de sacrificio actual con vistas al futuro, porque lo que consigues así es estropear ese futuro. Lo otro es organización del tiempo, que depende de muchas cosas. En cuanto a Mises, creo que ha tenido a bien hacer pronósticos errados. Cuando regía el patrón oro, ¿no había crisis y ciclos? Y desde principios del siglo XX no ha cesado la expansión crediticia sin que se haya llegado al desastre y la ruina total del sistema monetario como él pronosticó. Hayek estuvo muchos años esperando una repetición de la Gran Depresión del 29, porque sus teorizaciones lo exigían, pero murió sin haberla conocido. Con todos los factores que Mises denuncia como conducentes al desastre inevitable, la realidad ha sido una expansión económica gigantesca. A menos que el período de tiempo necesario para que se cumplan sus predicciones sea mucho mayor que el que conocemos, ¿doscientos años, quizá? Pero creo que él nunca hizo un cálculo al respecto. Además, si me lo permites, te diré que la promesa de un desarrollo lineal, sin errores, sin ciclos ni crisis ni sacrificios de ese tipo, me suena bastante a las promesas de los utópicos.
MAURICIO.- Pero Fabricio, te digo que todo eso son disparates. Entonces, ¿sostienes que la intervención del estado es beneficiosa para la economía? ¿Qué a más estado mayor prosperidad? ¡Vas de cabeza al totalitarismo! ¿Te gustaría que el estado determinase cuántas cabras podemos tener, cuánta leche vender, cuánta lana obtener…?
FABRICIO.- ¡Pero si eso ya ocurre en Europa, tío! El estado te dice la leche que puedes producir, te obliga a arrancar olivos o lo que sea. Yo no sostengo nada, muchacho racionalista hasta para fornicar (ver 11, 18 y 19 de mayo de 2009). Yo solo especulo, como creía que hacíamos todos aquí. Hayek ha alertado sobre esos peligros que dices, y me inclino a creer que con mucha razón. Pero tenemos estas pegas, ¿qué hacemos con ellas? En las sociedades humanas, según leí en algún sitio, todo es cuestión de proporciones y equilibrios. ¿Cuándo se vuelve excesiva la intervención estatal? Esto habría que verlo, pero parece que no siempre es mala. Además, oponer sociedad y estado de forma radical, ¿es razonable, tío racionalista? El estado no es ajeno a la sociedad, es parte de ella. Que tienda a comerse al resto de la sociedad es una cosa, y otra que una sociedad compleja pueda vivir sin algo parecido a un estado.
PICIO.- ¡Pues ya nos contarás tu teoría! Todas las que conocemos demuestran que las cosas no pueden ser como dices. Además, acabas de negar la realidad económica más evidente para cualquier ciudadano de a pie: la inflación. ¿Acaso no vemos todos como una oveja que valía diez lerus hace quince años vale ahora casi cien?
FABRICIO.- Maldita sea, yo no tengo ninguna teoría, solo doy vueltas a todos eso. Y el dinero, ¿no es una medida del valor de las cosas? Supón que un alto empleado de banca, cuyo trabajo es valorado en un sueldo de 20.000 lerus, tiene la delicadeza de comprarte por 100 lerus una oveja como mascota. Supón ahora que dentro de diez años la oveja vale 200 lerus y el bancario gana 40.000. Los valores se han multiplicado por dos, ha habido una importante inflación, pero, ¿qué ha cambiado? ¡No ha cambiado nada! Simplemente que dentro de diez años la medida del valor será otra, aunque sigamos llamándola por el mismo nombre. Es como si en vez de medir en metros pasáramos a medir en decímetros, pero siguiéramos llamando metros a los decímetros. Por eso, cuando medimos el producto económico de un país, podemos hacerlo según los precios del momento o, si queremos compararlo con el de diez años antes, debemos deflactarlo según la moneda de diez años antes.
FELICIO.- ¡Rediez! Entonces, ¿por qué nos fastidia tanto que suban los precios?
FABRICIO.- Nos fastidia si no suben también los ingresos. Pero en general y salvo algunas épocas pasajeras, hasta ahora los ingresos han subido más que los precios, porque no me negarás que el poder adquisitivo de la gente ha aumentado mucho en estos años, sin llegar la catástrofe que preveía Hayek. Los coches han subido de precio, pero con lo que ganabas hace cuarenta años no podías comprarte uno, y ahora tú tienes uno y tu esposa Azulilis otro.
MAURICIO.- Pues explica entonces, genio, por qué les da a los precios por subir. ¿Es que tienen esa manía, sin ton ni son?