La democracia y la izquierda (I)

Blog I: Los comienzos de la Reconquista:http://www.gaceta.es/pio-moa/los-comienzos-reconquista-joseph-perez-21052014-1425

**Próximo domingo, en “Cita con la Historia”, en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde: “Los felices años 40 en España”

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Conferencia dada el 20 de mayo en el Instituto de Estudios de la Democracia,  presidido por J. M. Otero Novas:

La izquierda y la democracia

  Dejando aparte el tradicionalismo y el anarquismo, en España se ha dado la doble circunstancia de que la derecha ha sido más bien liberal, pero no demócrata, y la izquierda en cambio ha enarbolado siempre la bandera de la democracia, pero contra el liberalismo, juzgado ideología del capital. También desde le derecha, Ortega y Gasset llegaba a considerar el liberalismo opuesto a la democracia y él optaba por el primero. Por parte de la izquierda, la cuestión podría resumirse así: “Puesto que la democracia es  el poder del pueblo, y nosotros representamos al pueblo trabajador frente a una oligarquía explotadora y parasitaria, la democracia consiste en que mandemos nosotros”. Esto no es una caricatura, sino el núcleo mismo del pensamiento izquierdista en España, hoy algo atenuado  pero no desaparecido, y del que  sus políticos extraen una pretensión de superioridad moral e hiperlegitimidad. También debe observarse que la izquierda española no ha producido un pensamiento de alguna enjundia, no habiendo ido más allá, normalmente, de la consigna y la glosa a pensadores foráneos. Pero la democracia es una idea muy poderosa,  y el casi monopolio de su bandera por una izquierda poco ilustrada ha influido seguramente en las convulsiones políticas sufridas por España en los siglos XIX y XX.

   Dado que el término “democracia” ha sido utilizado y sigue siéndolo en sentidos muy distintos y hasta contrarios, y adjetivado de diversas formas, conviene analizarlo con algún detenimiento. En sentido literal significa “poder del pueblo”, o, en la célebre expresión de Lincoln, “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, quizá oponiéndolo al lema del despotismo ilustrado “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.  Es obvio que la izquierda, y no solo ella, lo ha interpretado siempre así. Por su misma formulación, es un concepto muy sugestivo, llegando a ser   la única legitimidad política reconocida después de la II Guerra Mundial, al menos en Occidente. Ello le da un contenido mesiánico, hasta el punto de descartarse implícitamente como ilegítima cualquier forma de poder anterior a ella. Así, la humanidad habría vivido bajo regímenes ilegítimos durante casi toda su existencia civilizada. Esto es un claro disparate, de modo que haré  o recordaré algunas objeciones al concepto.

 1. Ante todo, la palabra democracia es un oxímoron. El pueblo no puede ejercer el poder, no puede gobernar, pues no tendría, simplemente sobre quién ejercerlo, ya que nada hay fuera de él. Incluso si tomamos el concepto de “pueblo”  en sentido restringido, oponiéndolo a la oligarquía (este es el sentido originario griego), resulta absurdo pensar en una  enorme mayoría ejerciendo el poder sobre una pequeña minoría, imaginar a la masa de la población dedicada a mandar sobre unos pocos. El poder, siempre y necesariamente, se ejerce sobre el pueblo, es decir, lo ejerce una minoría sobre la inmensa mayoría. Otra cosa es el modo como esa oligarquía gobierne.

2.- La idea expresada en la palabra democracia implica que “el pueblo” tendría una voluntad, un interés y un sentimiento unánimes, o al menos “generales”, siguiendo la concepción de Rousseau. Pero la realidad demuestra lo contrario. Las sociedades humanas, distintas de las animales regidas por el instinto, se caracterizan por una gran diversidad y desigualdad internas, resultado de la individuación. Diferencias y divergencias en intereses, ideas, aspiraciones, talentos, sentimientos, habilidades, etc.  Estas diferencias individuales y de grupos de afines dentro de la sociedad, generan incesantes conflictos que amenazan la convivencia social y pueden desembocar en violencia generalizada. El poder se justifica, precisamente, por la necesidad de mantener la sociedad en un orden aceptable frente a los impulsos disgregadores. Y, nuevamente, entendemos que el poder no puede ser ejercido por la inmensa mayoría, pues cuanto más amplia sea esta, más expuesta se halla a aquellas divergencias conflictivas. La oligarquía, en cambio, puede mantener una mayor unidad de intereses, ideas y proyectos. Unidad siempre relativa, claro, porque las diferencias individuales y de grupos  también afectan a la oligarquía, y no debe extrañar que, en la práctica, los diversos sectores oligárquicos choquen entre sí, un fenómeno que afecta igualmente a los grupos izquierdistas autoproclamado representantes del pueblo, de la clase obrera, etc., los cuales han luchado entre ellos, no pocas veces de modo sangriento.

3.- A pesar de esta experiencia, persiste con fuerza en la izquierda  la idea de un pueblo con voluntad más o menos unánime que evitara la compleja y a menudo dolorosa política habitual.  Pero,  ¿en qué condiciones podría gobernar el pueblo o al menos la inmensa mayoría? En condiciones en que prácticamente todo el mundo tuviera unos mismos intereses, ideas y sentimientos. Siendo así, el concepto “democracia” conduce, en su desarrollo, a la desaparición del poder, que se vuelve innecesario: si gobierna ese pueblo es como si no gobernara nadie, pues no haría falta. Esta sería la superación del oxímoron. De ahí que la izquierda haya sido especialmente proclive a la idea de la acracia, de una sociedad sin poder, alcanzada por un golpe revolucionario o por una evolución más o menos lenta. El argumento achaca al poder una maldad esencial, ya que restringe inevitablemente la libertad de los individuos. Así, parecería que la izquierda defiende esa libertad de modo consecuente. Sin embargo, se trata de una nueva contradicción.  Los individuos imaginados por la izquierda no necesitarían un poder sobre ellos porque todos pensarían y actuarían de forma básicamente igual, al modo de las hormigas o las abejas. Ello supondría retrotraer el comportamiento y el pensamiento humanos, con sus mil profundas diferencias  y conflictos, al nivel instintivo de los animales. En esta lógica, observamos en las prácticas izquierdistas más consecuentes  el intento de crear un “hombre nuevo”, unos individuos modelados sobre una radical igualdad en ideas y conductas.

4.-  Tal  sería la culminación de la democracia concebida como supuesto poder del pueblo, y sobre esa concepción se han construido, efectivamente, los totalitarismos del siglo XX: un grupo, de hecho una oligarquía que afirma representar y hasta encarnar los intereses y voluntad del pueblo, tiende a aplastar en su nombre cualquier discrepancia y con ello las libertades políticas; tiende  a ocupar la sociedad entera por el estado. Para ello se ha recurrido a  teorías presuntamente científicas que permitirían discernir cuál es el “verdadero” interés del pueblo, en nombre del cual sería legítimo aplastar cualquier oposición por “antipopular”. Este es, precisamente, el concepto de democracia más querido por la izquierda, y objeto de los miedos y críticas de la derecha.

5.-  Las tendencias totalitarias pueden operar mediante la fuerza y el terror o, como previó Tocqueville, mediante trabas burocráticas y demagogia infantilizante del ciudadano por parte de un poderoso estado supuestamente benefactor. En la práctica, los totalitarismos han combinado ambos  medios, la fuerza y la demagogia benefactora.

6.- La tendencia a unas ideas y conductas igualitarias, en el fondo instintivas, necesarias para este concepto de la democracia, suponen la anulación del hombre como ser moral, obligado a distinguir entre lo bueno y lo malo y a elegir y soportar el peso de la responsabilidad. Tocqueville, adelantándose, describió inmejorablemente ese estado que recuerda un tanto al ideal socialdemócrata: Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un  poder tutelar que se asemejaría a  la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia (…) Un poder que degradaría a los hombres sin atormentarlos (…) que “a la larga despojaría a los hombres de los principales atributos de la  humanidad (…) Siempre he pensado que esta clase de servidumbre reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad, y que no le sería  difícil establecerse junto a la misma soberanía del pueblo

7.-   Es llamativo el  hecho de que tanto si se considera al ser humano bueno por naturaleza, como Rousseau, o malo, como Hobbes, las consecuencias son en ambos casos totalitarias. La razón es que, se le considere de un modo u otro, el hombre pierde su carácter moral, su atormentadora oscilación entre el bien y el mal, a menudo tan difíciles de discernir. Pues si el hombre es bueno por naturaleza, no conocerá el mal, y si es malo, no conocerá el bien. La democracia, tal como a menudo se interpreta, y la interpreta casi siempre la izquierda,  es decir, como un imposible poder del pueblo, conduce en esa dirección, y este es uno de sus peligros.

8.- En definitiva, la democracia en sentido etimológico nunca ha existido ni puede existir. Por tanto, las críticas a ella lo son a un fantasma.  Y tampoco puede llegarse a un totalitarismo consecuente, con un estado ocupando prácticamente todo el espacio social, a menos que  consiguiese despojar al ser humano de los atributos que le humanizan, como advertía Tocqueville. Algo inimaginable,  salvo por  períodos históricamente breves. Sin embargo esa situación persiste borrosamente como ideal político izquierdista, adornado por la falsa ilusión de terminar así con los dolorosos conflictos propios de la convivencia humana.

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Calzadas romanas

 

Blog I: Los prodigios de Al Ándalus y Joseph Pérez / Qué debe España a la UE: http://www.gaceta.es/pio-moa/los-topicos-prodigios-andalus-joseph-perez-19052014-1905

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Recuerdos sueltos

 

Alguna   vez me he referido a un viaje que hice a pie, por la Vía de la Plata en su   mayor parte, desde Huelva a Cangas de Onís. Lo hice a trozos, cuando tenía   tiempo y algún dinero, a lo largo de dos años, empleando unas veces dos o   tres días, otras una semana, y tengo escrito un libro sobre él, que espero   publicar pronto.

Por el mismo tiempo, 1986-87, traté de organizar en el Ateneo un grupo que explorase las calzadas romanas en la provincia de Madrid e hiciera algún estudio. Con vistas, incluso, a recuperar algo de ellas, tarea difícil, por cuanto las urbanizaciones y carreteras se las habrán comido casi todas, irreversiblemente. En los años 20 ó 30 ya se hicieron estudios interesantes, creo que Sánchez Albornoz estuvo también en la empresa. Un poco hicimos a nuestro turno en el Ateneo, si bien con muy poca participación y un nivel general un tanto descorazonador. El español actual, debe reconocerse, tiene muy poco empuje y está infantilizado por una televisión apestosa y una enseñanza no mejor, la trivialidad convertida en modelo.

Pese a vivir en Madrid prácticamente desde 1967, sólo había ido al Ateneo un par de veces. Me inscribí en él por consejo de Daniel Haener, un amigo suizo a quien mencioné en otra ocasión. Iba allí por la mañana y desayunaba en el bar de la casa, donde me pasaba unas horas leyendo o escribiendo, y al mismo tiempo prestaba atención a las charlas de las mesas vecinas, donde hablaban bien alto los jóvenes mientras descansaban de la preparación de sus exámenes. No recuerdo una sola conversación de interés intelectual o político. Toda su atención se concentraba en los problemas más vulgares de sus estudios, o en ligues, fútbol, ropas y muy poco más.

Ninguno manifestaba por la materia de sus esfuerzos otro interés que el más estrechamente pragmático de buscarse un buen empleo. Mezquindad en sus aspiraciones y actitudes, matizada por una buena voluntad general, aunque un tanto frágil si les imponía un sacrificio.

Acercándome a los cuarenta años, estas actitudes me parecían deprimentes, haciéndome caer en la traición de la memoria con respecto a los propios años mozos, cuando, supuestamente, teníamos intereses más elevados. Un recuerdo preciso me mostraba a los más comprometidos políticamente quejándonos del consumismo, opio sucedáneo de la religión, con el cual la maldita burguesía atontaba a la gente y desviaba a la juventud de la lucha contra el franquismo y otras nobles empresas.

Probablemente esa mediocridad no sea tan mala, como vio Julián Marías: la excesiva politización, la ilusión de que la política –tal o cual receta política– trae el remedio a los males del mundo, contribuye casi siempre a aumentarlos. Pero aun admitiendo esto, debe haber siempre una minoría con otros horizontes, políticos e intelectuales, y me sorprendía su casi completa ausencia en una institución como el Ateneo, concebida precisamente para ese tipo de minorías.

La biblioteca del centro dispone de fondos bibliográficos muy valiosos para investigaciones de diversa índole, pero son poco utilizados. Las salas de lectura distan de estar desiertas, a algunas horas y épocas se encuentra sitio con dificultad, pero casi todos los asientos son calentados por opositores o estudiantes, y el BOE y los apuntes son las materias más trabajadas. Fuera de eso, las reuniones y tertulias de jóvenes, maduros, viejos o mixtas, se dedicaban mayormente al chismorreo. Y entre los pocos con inquietudes, más bien por el “poder” que por la cultura, abundaban los auténticos macarras. Las excepciones solían ser individuos aislados y renuentes a actuar organizadamente.

En su pintoresco libro de viajes por España, G. Borrow hace bastantes observaciones inexactas, pero una de ellas, referida a los señoritos andaluces, sospecho que debió de acercarse mucho a la realidad, pues describe muy bien un ambiente extendido hoy por todo el país:

Los andaluces de clase alta son probablemente los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza y su prodigalidad en su avaricia. Las clases bajas son por lo general más corteses y, con seguridad, no más ignorantes“.

Parece una pintura perfectamente actual, un retrato de la España del botellón y la telebasura, esa España de la bajeza a la cual ya no la reconoce “ni la madre que la parió”, como programó no sé qué enterrador de Montesquieu. Siempre con las excepciones obligadas, reitero, aquella Docta Casa, como aún se la llamaba con cursilería, respiraba pesadez y maledicencia, un clima asfixiante para cualquier iniciativa un poco elevada.

En el Ateneo y en la prensa venía yo abogando, desde hacía años, por la creación de una red de sendas para aficionados a viajar a pie –la forma más ilustrada y deportiva de hacerlo– como existían en otros países, y que también han terminado por construirse, mejor o peor, en España. Pero el viaje mencionado al principio me dio la idea de que esa red, o una buena parte de ella, podría consistir en la recuperación, dentro de lo posible, de las calzadas romanas, y la promoción de los viajes a pie por ellas, quizá también en bicicleta o a caballo, tal como ocurre de veinte años acá con el Camino de Santiago. Creo que ello tendría un valor intelectual de primer orden, por cuanto a través de las calzadas se romanizó España; a través de ellas se forjó la base de nuestra cultura.

Al terminar mis andanzas por la Vía de la Plata hicimos un proyecto entre una amiga y yo en relación con dicho camino romano, pero extensible a la red de calzadas del Itinerario de Antonino y otras también conocidas. Presentamos el proyecto a la Junta de Extremadura, a la de Castilla León y al Ministerio de Cultura, que no le prestaron atención alguna. Pero, lo que son las cosas, años después los políticos extremeños empezaron a hablar de la rehabilitación y señalización de la Vía, y hasta de edificar algunos albergues. Una versión degradada de nuestra propuesta, la cual, obviamente, ni siquiera fue mencionada. Lo propio ocurrió en Castilla-León. Algunos políticos debieron de ver ahí la ocasión de retratarse como interesados en la cultura. Bueno, algo es algo.

Hace poco la televisión pública sacó una serie de reportajes muy costosos y con buena fotografía sobre la Vía de la Plata. Reportajes de una simpleza y domesticidad espeluznantes, muy al nivel de esa España “necia y vana” que de vez en cuando siente el prurito de darle un poquillo a esas cosas de la cultura, ya saben ustedes, Mahler o Machado y tal y tal.

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La UE: ¿Una cultura muerta?

Blog I: Réplica a Joseph Pérez: el porqué de la “pérdida de España”:http://www.gaceta.es/pio-moa/replica-joseph-perez-perdida-espana-17052014-1944

***Domingo, de 4 a 5 de la tarde en radio Inter: Franco y los Aliados en la SGM

***Domingo a las 12 horas en el Auditori La Farga C/ Girona 10 L’Hospitalet Te esperamos!!! @PioMoa1 @_AriadnaHT_ pic.twitter.com/vB7T9hH97h

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¿Una cultura muerta?

Una cultura cuyos rasgos y cuestiones morales centrales son  el “derecho” al aborto, el homosexualismo  y la negación de la sexualidad normal, es una cultura  de la muerte,  una cultura muerta. Justamente la cultura de la UE.  

   No por casualidad van juntas las tres tendencias, pero creo que la cuestión principal, que centra el problema, se encuentra en el aborto ensalzado como “derecho de la mujer sobre su propio cuerpo”.  Dado que el cuerpo en cuestión no es el de la madre, sino de otro ser humano, se trata directamente del derecho al asesinato, lo cual cuestiona de raíz el valor de nuestra cultura, como ya traté  en otra entrada (https://www.piomoa.es/?p=2076). Pero revela mucho el argumento del derecho sobre el propio cuerpo. Obviamente, no existe ese derecho, pues el cuerpo funciona sin nuestra voluntad e incluso sin nuestra conciencia. Solo podemos servirlo para hacerle el menor daño posible o mantenerlo sano, pero eso no es propiamente un derecho. Como derecho sobre el cuerpo solo puede entenderse el suicidio, una idea absurda porque  acaba con todos los derechos.

   No menos significativo, la palabra cuerpo designa aquí en realidad a los órganos sexuales femeninos. Así lo expresan las consignas feministas, generalmente con lenguaje obsceno,  tales como “En mi coño mando yo” (cuando ocurre más bien al revés). Nada más sexista, realmente, que el feminismo. Claramente se percibe en esas consignas una rebelión histérica contra la condición femenina y odio visceral al padre. En su retórica, el padre no pinta nada, obviamente tampoco el hijo no nacido, equiparado a un tumor o  una excrecencia. La maternidad, en efecto, entraña una desigualdad profunda con el varón, concebida como una humillante inferioridad por el feminismo, obsesionado con una desigualdad impuesta por la biología.  En esa dirección era preciso dar un paso más, y se está dando: la declaración de que el sexo no es algo natural sino “cultural”,  palabra empleada en el sentido de arbitrario, a merced de intereses o interpretaciones políticas. Lo cual enlaza, entre otras cosas, con la idea “progre” de la sexualidad como simple pasatiempo agradable, que equipara  cualquier manifestación de ella, desde la pederastia (se van dando pasos hacia su “normalización”) al bestialismo. Al mismo tiempo quiere igualarse  el  “amor estéril” u homosexual con la sexualidad normal,  destruyendo, de paso, los cimientos de la familia.  ¿Se han fijado ustedes en la campaña de identificación de la conducta, real o supuesta, de los monos  bonobos como ideal para el ser humano? No se trata de una broma, sino de un retroceso, una involución, para empezar en el terreno intelectual y cada vez más en la conducta de mucha gente.

    Otro paso todavía, y llega la prédica de la extinción indolora de la humanidad por el método de no tener hijos (o abortar los concebidos). El derecho al asesinato, nuevamente, es decir, la abolición de la moral. Lo proponen ya algunos intelectuales, y su mera exposición revela una cultura cansada y sin perspectivas: se dirá que no pasa de chifladura de unos pocos, pero lo cierto es que el abortismo, el homosexualismo y demás empezaron con las prédicas de algunos “chiflados” y hoy se han convertido en políticas oficiales e impuestas sin contemplaciones: véase cómo los activistas de esas ideologías atacan e insultan cualquier disidencia, presionando políticamente para convertir en delito la discrepancia, al paso que en derecho el asesinato.

El proyecto de la UE, por lo demás, es directamente contrario a las raíces culturales más propias de Europa, las cristianas. También lo eran los proyectos nacionalsocialista y comunista. Europa contra Europa. Y desde la II Guerra Mundial, la cultura europea no ha levantado cabeza, convirtiéndose en satélite de la useña. Aventuraré una hipótesis: el mal viene de la no asimilación de la tremenda historia del continente en el siglo XX. Una tarea pendiente.

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La historia ininteligible de Joseph Pérez

**Blog I: Cake Minuesa en Gibraltar o la realidad internacional de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/cake-minuesa-gibraltar-o-realidad-internacional-espana-15052014-1249 

**Este domingo, en “Cita con la historia”, de Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde,  trataremos de las relaciones entre España y los Aliados durante la II Guerra Mundial

**También el domingo, a las 12,00 en Barcelona, conferencia sobre el separatismo: voxbarcelona.blogspot.com.es/2014/05/domingo-dia-18-de-mayo-conferencia.html  @_AriadnaHT_ @PioMoa1 @Santi_ABASCAL pic.twitter.com/uj8Oc9Bnq8

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El premio Príncipe de Asturias es normalmente repartido con vistas a dar una imagen “progre”, lo que a menudo significa hispanófoba, de España.  En la transición se fue conformando una especie de “casta intelectual” muy acorde con la política, que se reparte prebendas y premios. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen, según el dicho. Ahora el agraciado ha sido Joseph Pérez, discípulo del marxista Pierre Vilar, que quiere que la historia “se entienda”,  noble propósito.

En febrero de 2012 escribí en este mismo blog una serie de artículos (hasta siete, luego me cansé), sobre un libro suyo, Entender la historia de España, título notablemente audaz. Copio aquí los dos primeros artículos y los enlaces con los siguientes:

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Joseph Pérez, sospecho que como respuesta indirecta a mi Nueva historia de España, ha publicado un libro de altos propósitos no sé si muy logrados: Entender la historia de España. En sus propias palabras, ¿Puede hablarse, en rigor, de España antes de la invasión árabe de 711? Tengo mis dudas (en realidad no tiene ninguna: lo niega). En 711 la Península Ibérica queda dividida entre dos civilizaciones: moros y cristianos. Estos acaban venciendo en 1492, pero siguen divididos en distintas comunidades políticas que acaban configurando tres coronas (…) Los Austrias inauguran una nueva era que termina con los tratados de Westfalia (1648), era de hegemonía en Europa y en el mundo, era de gloria, si se quiere (no me parece que Pérez lo quiera demasiado), pero ¿para quién y para qué? La que ocupa entonces el primer puesto en Europa no es precisamente España, sino la dinastía reinante. Manuel Azaña lo vio claramente; tal vez, como buen conocedor de la historia de Francia, se haya acordado de lo que (…) aprendían los alumnos franceses en la escuela (…) Francia se enfrentó, no tanto con España, sino con la Casa de Austria. La hegemonía era cosa de la dinastía, pero a los españoles les costó caro: les impidió desarrollar sus intereses propios como nación. La llegada de los Borbones, a principios del siglo XVIII, cambia muchas cosas. Aparentemente, España pierde territorios, pero territorios que no eran hispánicos (Flandes, Italia); en cambio conserva las posesiones peninsulares y el imperio de América, lo que la convierte en la tercera potencia de Europa, después de Inglaterra y Francia; en contra de lo que se escribe a veces, la España del siglo XVIII no es una nación decadente. La decadencia y la marginación son posteriores, son consecuencia de la Guerra de Independencia, de las guerras civiles del sigloXIX y de la emancipación del imperio colonial. Entonces sí es cierto que España pasa a ser una nación de segunda categoría (…) La recuperación viene mucho más tarde, a mediados del siglo XX y se confirma después de la muerte de Franco. Con una economía renovada, una sociedad moderna y un régimen político semejante al de las demás democracias, España se reincorpora a Europa; vuelve a ser una de las grandes potencias, con todos los inconvenientes que ello supone en el mundo de hoy. Estos van a ser los ejes principales de mi reflexión (…) siguiendo a mi manera (…) la pauta de mi maestro Perre Vilar: importa menos dar a conocer que dar a entender lo que ha pasado”.

Tiene interés explicitar qué quería “dar a entender” Pierre Vilar: trataba de divulgar una visión marxista (es decir, lisenkiana, como he explicado en otras ocasiones) de la historia. Me temo que ninguno de los asertos de Pérez resiste una crítica algo rigurosa, o bien deben ser muy matizados como iremos viendo.

 

II ¿Era Séneca español?

Joseph Pérez: “Los habitantes (hispani) no forman una comunidad homogénea (…) por eso carece de sentido ver en Viriato un símbolo de la resistencia hispana a Roma. Lucha por su patria chica, no por una Hispania que no tiene más existencia que geográfica. Y lo mismo cabe decir de los hispani en general: se les llama así porque han nacido en el territorio de la Península, pero no tienen conciencia de pertenecer a una comunidad política. Américo Castro lleva toda la razón cuando niega a Trajano, Séneca, Marcial, Lucano, etc., la condición de españoles. Ser español y haber nacido en la Península Ibérica son cosas distintas. Séneca vivió y escribió en Roma y Roma fue el centro de su mundo y aspiraciones. Contra la ingenua idea del “senequismo español”, afirma Castro, con razón, que los pensamientos de Séneca son incomprensibles si se le desconecta del estoicismo de los griegos y los romanos. O sea que Lucano, Trajano, Séneca y otros no son de ningún modo españoles; son hispani, una variedad de romanos (…) Culturalmente (…) Séneca, Lucano y tantos otros a quienes tocó nacer en la Península Ibérica (…) pertenecen de pleno derecho a la civilización romana.

Creo que D. Joseph Pérez confunde el aspecto político con el cultural en general. Políticamente, es evidente que no puede hablarse de españoles por entonces, pero culturalmente no es un abuso sostenerlo, porque aquella cultura transmitida por Roma es precisamente la base y sustancia de lo que definirá a España cuando esta se convierta en una entidad política, con los visigodos. Y lo fue con tal potencia que ni la conquista islámica pudo arrasarla, como arrasó en cambio la floreciente cultura latina en el norte de África. El absurdo de Américo Castro, a quien Pérez da tanto crédito, queda de manifiesto cuando, en cambio, considera españoles a musulmanes y judíos, completamente ajenos, sobre todo los primeros, a la cultura latina, la propiamente española. Este absurdo ha hecho fortuna, de modo que no es raro oír, incluso a personas cultas, que la Reconquista fue una “guerra civil”. Dejemos aparte el supuesto senequismo español, tesis más bien que ingenua difícil de concretar, no ya porque las ideas de Séneca proviniesen de otras fuentes (las ideas de cualquier pensador de cualquier país tienen casi siempre raíces extranjeras), sino porque los rasgos “senequistas” no caracterizan demasiado a la cultura española, y pueden encontrarse en otras culturas. En Nueva historia de España abordé el problema de los hispanorromanos:

“La eminencia y abundancia de autores nacidos en Hispania ha nutrido polémicas sobre su posible españolidad. Para Américo Castro, resuelto a comenzar España en la Edad Media y en relación con musulmanes y judíos, antes de la invasión árabe apenas existía nada parecido a una “forma de vida española”. Al igual que otros muchos estudiosos, Castro atribuye a Marcial, Séneca y los demás, un carácter romano, sin relación de alguna densidad con lo que hemos llegado a conocer como España. Sánchez Albornoz aceptó algunos rasgos distinguidos por Castro en la forma de ser de los españoles “auténticos”: el carácter personalista, visible en sus escritores y artistas, “el estar inmerso y presente de continuo en su obra y con todo su ser. La vida y el mundo son en ella inseparables del proceso de vivirlos, como dice Castro”. Pero, al revés que este, Albornoz encuentra esas notas entre los hispanorromanos de la Edad de plata; una de ellas, el gusto por lo soez o indecente: “Séneca escribía en primera persona, refería obscenidades y porquerías y hablaba de sí mismo”; “Ningún filósofo romano sintió tan clara inclinación como Séneca hacia los relatos sucios y hasta malolientes, y Marcial superó en gusto por lo rahez a los otros líricos romanos de la época augustea y del primer siglo del Imperio; notas todas que caracterizaron luego a los peninsulares”.

Pero esos rasgos –junto con otros, incluida una mayor delicadeza— se encuentran claramente definidos en los demás latinos, y las expresiones y relatos “sucios y hasta malolientes” aparecen en el mismo Horacio, por no hablar de Catulo, Petronio, etc., y es difícil decidir si son más o menos raheces. Las características del espíritu romano, pragmático y combativo, con mucho genio para la normativa y menor para la especulación y la metafísica, fueron acogidas en la cultura hispana posterior, y seguramente también en la de entonces. Otros autores, como Brenan,  distinguen entre el carácter español de Marcial o Quintiliano y el netamente latino de Séneca o Lucano.
El debate entre Castro y Sánchez Albornoz se ha centrado en conceptos como “formas de vida”, “vividura”, “herencia temperamental”, “contextura vital”, etc., un tanto evanescentes. Pisamos terreno más firme, a mi juicio, si dejamos la consideración, no necesariamente falsa pero sí nebulosa, sobre el carácter nacional, y buscamos otras evidencias.  Todos aquellos autores sentían el orgullo de Roma, bien expreso en frases como estas de Séneca: “Has prestado un inmenso servicio a la ciencia romana (…); inmenso a la posteridad, a la que la verdad de los hechos, que tan cara costó a su autor, llegará incontaminada; (…) su recuerdo se mantiene y se mantendrá mientras se valore el conocimiento de lo romano, mientras haya quien quiera (…) saber qué es un varón romano, insumiso cuando todas las cabezas estaban rendidas al yugo (…), qué es un hombre independiente por su forma de ser, por sus ideas, por sus obras”, dice a la hija de Aulo Cremucio Cordo, de memoria hoy perdida. En Marcial observamos una reivindicación más explícita de su cuna hispana: “Varón digno de no ser silenciado por los pueblos de la Celtiberia y gloria de nuestra Hispania, verás, Liciniano, la alta Bílbilis, famosa por sus caballos y sus armas, el viejo Cayo con sus nieves y el sagrado Vadaverón con sus agrestes cimas y el agradable bosque del delicioso Boterdo que la fecunda Pomona ama (…) Pero cuando el blanco diciembre y el invierno destemplado rujan con el soplo del ronco Aquilón, volverás a las soleadas costas de Tarragona y a tu Laletania (Barcelona)…”. “Lucio, gloria de tu tiempo, que no consientes que el cano Cayo y nuestro Tajo cedan ante el elocuente Arpino, deja al poeta nacido en Grecia cantar a Tebas o Micenas o al puro cielo de Rodas o a los desvergonzados gimnasios de Lacedemonia, amada por Leda: nosotros, nacidos de celtas y de íberos, no nos avergonzamos de introducir en nuestros versos los nombres algo duros de nuestra tierra”. “Gloriándote tú, Carmenio, de haber nacido en Corinto – y nadie te lo niega– ¿por qué me llamas hermano si desciendo de los íberos y de los celtas y soy ciudadano del Tajo? ¿Será que nos parecemos? Pero tú paseas tus ondulados cabellos llenos de perfume mientras que los míos de hispano son hirsutos; tienes los miembros lisos por depilarlos cada día; yo, en cambio, tengo piernas y rodillas llenos de pelos; tu lengua balbucea y no tiene vigor: mi vientre, si fuera preciso, hablaría con voz más viril; no hay tanta diferencia entre la paloma y el águila ni entre la tímida gacela y el rudo león. Deja, pues, de llamarme hermano, Carmenio, o tendré que llamarte yo hermana”.

Estas efusiones no las encontramos en la obra conocida de los demás autores, pero es muy probable que las gentes de origen hispano formasen en Roma un grupo de afinidad y solidaridad, como suele ocurrir en las metrópolis y lo formaban los judíos, con seguridad los griegos, los galos, los egipcios y tantos otros. A los hispanos se les reconocía como tales, incluso por su entonación del latín. Cuando Marcial llegó a Roma buscó la protección de los hispanos Séneca y Lucano, y después del trágico fin de estos se dirigió a Quintiliano (así como a Plinio el Joven). En unos de sus poemas canta las glorias de Hispania: “La elocuente Córdoba habla de sus dos Sénecas y del singular Lucano; se recrea la jocosa Gades con su Canio; Mérida con mi querido Deciano; nuestra Bílbilis se gloriará contigo, Liciniano, y no callará sobre mí”. Pese a las alusiones de Marcial a íberos y celtas, estos y sus viejas diferencias se iban diluyendo no ya en la cultura romana, sino en la misma Hispania, donde, recuerda Julián Marías, existían centros como Tarraco, actual Tarragona, sedes comerciales y artísticas de amplias regiones por encima de las antiguas divisiones tribales.

La tesis de Américo Castro resulta aún más singular ante la evidencia de que el latín llegó a ser el español, y la cultura y la religión transmitidas por Roma son el cimiento de la cultura española posterior. Sin ellas nunca podría entenderse cómo llegaría a existir confrontación entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Podría discutirse interminablemente sobre la “contextura vital” española de Averroes o Maimónides, como la de Séneca o Quintiliano, solo si se olvida la clarísima verdad de que los dos primeros ni se expresaron en una lengua latina ni pertenecieron en absoluto a la cultura española conocida por la historia, sino, precisamente, a aquella que aspiraba a destruirla y reemplazarla por otra de carácter oriental (…)”.

Pero aun dentro de la conciencia cultural latina de los hispani existía cierto orgullo particularista, como lo expresarán diversas alabanzas de Hispania, incluso por autores foráneos, o reivindicaciones de las heroicas resistencias a la invasión romana. Así en Paulo Orosio:

(…) Paulo Orosio, teólogo e historiador natural de Braga, en Gallaecia, nacido hacia 380, viajero por Jerusalén, el este y África del norte, fue discípulo de San Agustín, defensor del libre albedrío contra diversas herejías y enemigo de Prisciliano. Su Historia contra los paganos, de gran difusión en siglos posteriores, es la primera historia universal desde un punto de vista cristiano, explicada como desarrollo del plan divino: el imperio romano se transformaría en instrumento de Dios para proteger a la Iglesia frente al caos. Rebatiendo la acusación pagana al cristianismo de provocar la decadencia de Roma, sostenía que bajo el paganismo habían sido continuas las crisis y agresiones despóticas a otros pueblos. En cambio, en la nueva era cristiana “tengo en cualquier sitio mi patria, mi ley y mi religión”, y las regiones del mundo (imperial) “me pertenecen en virtud del derecho y del nombre [cristiano] porque me acerco, como romano y cristiano, a los demás, que también lo son. No temo a los dioses de mi anfitrión, no temo que su religión sea mi muerte, no hay lugar temible a cuyo dueño le esté permitido perpetrar lo que quiera (…), donde exista un derecho de hospitalidad del que yo no pueda participar. El Dios único que estableció esta unidad de gobierno (…) es amado y temido por todos” “Temporalmente toda la tierra es, por así decir, mi patria, ya que la verdadera patria, la patria que anhelo, no está de ninguna forma en la tierra”.

Ello no le impedía ensalzar con entusiasmo a los hispanos que habían resistido a Roma: Viriato “tras haber destrozado durante catorce años a los generales y ejércitos romanos, fue asesinado traidoramente por los suyos; mientras que los romanos solo actuaron con valor en no considerar dignos de premio a los asesinos”. “El dolor nos obliga a gritar: ¿por qué, romanos, reivindicáis sin razón esos grandes títulos de justos, fieles, fuertes y misericordiosos? Aprended, más bien, esas virtudes de los numantinos. ¿Fueron ellos valientes? Vencieron en la lucha. ¿Fueron fieles? Leales a otros como a sí mismos, dejaron libres, porque así lo habían pactado, a los que habrían podido matar. ¿Demostraron ser justos? Pudo comprobarlo incluso el atónito Senado cuando los legados numantinos reclamaron, o una paz sin recortes, o a aquellos a quienes habían dejado ir vivos como prenda de paz. ¿Dieron alguna vez pruebas de misericordia? Bastantes dieron dejando marchar al ejército enemigo con vida y no aceptando el castigo de Mancino”. Destruida Numancia, los romanos “ni siquiera se consideraron vencedores (…) Roma no vio razón para conceder el triunfo”. “A ver si ahora esos tiempos son incluidos entre los felices, no ya por los hispanos, abatidos y agotados por tantas guerras, pero ni aún por los romanos, afectados por tantas desgracias y tantas veces derrotados. Por no contar el número de pretores, legados, cónsules, legiones y ejércitos que fueron vencidos, recuerdo solo esto: el loco temor de los romanos los debilitó a tal punto que no podían sujetar los pies ni fortalecer su ánimo ni siquiera ante un ensayo de combate; es más, en cuanto veían a un hispano, sobre todo si era enemigo, se daban a la fuga, sintiéndose vencidos antes de ser vistos”. La misma simpatía le lleva a afirmar, exagerando algo: “César [Augusto], dándose cuenta de que lo hecho en Hispania durante doscientos años no serviría de nada si permitía seguir usando de su independencia a los cántabros y astures, poderosísimos pueblos de Hispania…”

Ciertamente los “hispani” no eran españoles en sentido político, pues no existía una nación española, pero tampoco la romanidad era una capa homogénea extendida sobre todo el imperio. Como romanos culturales, los “hispani” tenían sus particularidades y eran reconocidos como tales.  Y lo que los hizo españoles desde el punto de vista cultural fue aquella romanidad, que perdura hasta nuestros días. Sí podemos llamar a los “hispani” de entonces nuestros antepasados y fundadores de la hispanidad cultural.

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***Artículo tercero sobre J. Pérez: Reino hispanogodo y nación española: https://www.piomoa.es/?p=63

Cuarto artículo: Por qué se produjo la pérdida de España: https://www.piomoa.es/?p=82

Quinto artículo: J. Pérez y los prodigios de Al Ándalus: https://www.piomoa.es/?p=111

Sexto artículo: J. Pérez y la Reconquista: https://www.piomoa.es/?p=126

Y séptimo artículo: Los comienzos de la Reconquista: https://www.piomoa.es/?p=162

 

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Unos meses en Bilbao (recuerdos sueltos)

Blog I: Atraco a las tres. http://www.gaceta.es/pio-moa/atraco-tres-13052014-1139

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Viví unos cuantos meses en una pensión de Bilbao, donde se alojaban también dos chicas, novias de policías o empleadas en dependencias policiales, lo que me obligaba a esmerar las precauciones. Después me mudé a casa de un compañero de trabajo que me ofreció habitación y comida a precio razonable. Era un portugués ya mayor, y vivía con su mujer, de la misma nacionalidad, en un caserón decrépito, saliendo de Baracaldo hacia Sestao. El edificio, de fachada terrosa y tres o cuatro pisos, se levantaba junto a un puente. Al lado se pudrían vetustas instalaciones de Altos Hornos. Frente  al portal cruzaba la carretera, de tráfico denso. Cuando circulaban camiones pesados, y los hacían constantemente, trepidaban los pisos de la casa: supe que estaba en vías de ser declarada en ruina. Mi ventana daba al sucio riacho, y en el balconcillo guardaba la patrona unas cajas donde criaba tres o cuatro gallinas.

La mujer, madura de edad y carácter, atendía la casa y la mantenía muy limpia. Trabajaba aún más fuera, de asistenta. Con una pierna hinchada por la flebitis, la dura necesidad de imponía doblarse y arrodillarse muchas horas al día, fregando y limpiando. El marido, rezongón, socarrón y bienhumorado, estuvo en paro largas semanas. Entonces las estrecheces introducían hosquedad en el ambiente; por más que el humor de ambos y la discreción de ella salvaban las riñas.

Hospedaban a un segundo realquilado, paisano mío, no anciano pero sí envejecido. Antaño había trabajado en Madrid, donde vivía con su familia. Un día comprobó que su mujer le era infiel,  y abandonó el domicilio sin querer dar ni pedir explicaciones. Nunca se refería a su desventura personal. Atormentado e incierto de su porvenir, se había aficionado al alcohol. Cuando llegaba algo bebido, se ponía pesado y la mujer del portugués no lo soportaba bien: “Ya sé que no tiene culpa, que es muy boa persona, pero é que non poso, non poso aguántalo”, se excusaba  después de regañarlo, mezclando el portugués y el castellano.

Yo me despertaba con el tiempo justo para llegar al trabajo, recogía las dos marmitas que me dejaba la patrona llenas de comida, a menudo bacalao, como es de rigor, y salía hacia el tren. La carretera no tenía aceras, sino una estrecha cinta lateral sin pavimento, respetada más o menos por los vehículos. Corría por ella, pegado a las casas semiabandonadas, a los talleres ruinosos, sintiendo el empuje del aire despedido por los camiones al pasar a pocos centímetros; sorteaba el rosario de charcos bajo las grandes tuberías  oxidadas que cruzaban a varios metros por encima de la carretera. En la estación de Baracaldo esperaba a un tren antiguo, verde, de chapas remachadas y plataformas abiertas. Los obreros se abalanzaban a él con más brío aún que el derrochado en el metro  madrileño a las horas punta. Una vez llenos, a presión, los vagones, me colgaba de la plataforma, reviviendo los tiempos lejanos de los tranvías de Vigo, cuando iba al colegio de la misma forma, saltando en marcha al venir el cobrador, por no pagar el billete y por gusto.

En la estación de Olaveaga el tren perdía sus viajeros. La masa humana bajaba hacia la ría por caminuchos embarrado. entre talleres, edificaciones viejas y huertecillos. Aún no amanecía, y por aquellos recovecos oscuros, aprovechando algún muro mal iluminado por un farol solitario, pegábamos de cuando en cuando carteles contra el franquismo. Los hombres que venían del ferrocarril se apiñaban un momento en torno a ellos y seguían su camino en silencio, o haciendo comentarios confusos, o hablando de sus asuntos.

Llegados al muelle, quedaba todavía un buen trecho que andar en dirección a Bilbao (Para llegar a los astilleros Euskalduna, señalo ahora. El astillero y su entorno desapareció hace mucho, creo que a principios de los 80, como comprobé en una ocasión en que fui a dar una conferencia a Bilbao, hace algunos años). Subía un olor intenso a alquitrán,  gasoil, breas, a agua putrefacta, a salitre si soplaba el viento del mar. Las luces de los barcos y las fábricas se miraban quietas en la ría, titilando imperceptiblemente, y contra el cielo que clareaba poco a poco se erguía el bosque de hierros, las estructuras metálicas de grúas y buques. A la derecha del muelle, espaciadas, dos tabernas donde se detenían muchos a largarse un copazo antes de iniciar la jornada.

Después, a ponerse la ropa de faena y acudir por la herramienta y las instrucciones de los encargados. A uno de estos los apreciábamos. Nunca le oí una mala palabra. En ocasiones concluía él mismo tareas que, no sin justificación, dado el sueldo  que percibíamos — ejecutábamos mal. Tenía, pese a ello, autoridad. De expresión inteligente y melancólica, no se inclinaba políticamente por ningún bando. Le tanteé con motivo de unos panfletos que sacamos, pero reaccionó con escepticismo desdeñoso: “¿Qué dicen? Lo de siempre, claro, ¡qué van a decir!” Muchos obreros,  en especial si se despedían, quemados, de alguna militancia, mostraban un sincero desprecio por el fondo de demagogia que intuían en tales escritos. No obstante les agradaban las denuncias concretas de la explotación sufrida a diario en su piel.

Las charlas entre compañeros solían ser instructivas. Antes de trasladarme a Baracaldo acostumbraba a desayunar en una tasquilla donde paraban unos obreros de Euskalduna. Entre ellos afloraba en ocasiones la enfadosa o boba pretensión de superioridad hacia los “maquetos”.  Había uno a quien llamaban “Achuri”. Alguien de la cuadrilla le cogió, por broma, la cartera y leyó su carné de identidad. “Ahí va, si se apellida Pérez. Conque Achuri, no te jode el Achuri. Este, de Burgos lo más cerca”, reía. El aludido no tenía ganas de seguir la chanza. “¿A ti qué cojones te importa de dónde soy? ¿Te debo algo a ti o qué!”. ¿Por qué te llaman Achuri, pues? ¡De Burgos para abajo eres!”, repetía el bu´rlón instigando a los demás. “Le llamarán Achuri porque vive en el barrio de Achuri. ¿Y qué, si sería de Burgos?” “Pues que ha venido aquí a llenarse la tripa” “Si me lleno la tripa a mi trabajo se lo debo, no a ti. Y ya vale, ¿eh?”. Prefiriendo evitar la bronca, cambiaron de tema. Por entonces había habido en Madrid un atraco de varios millones a una furgoneta bancaria. La prensa informó a los pocos días que los atracadores eran extranjeros: “¡Mira a los que vienen esos hijos de puta! ¡Si se fueran a robar a su tierra!”, exclamaban indignados los de “Achuri”.

La confusión tomaba a veces un cariz sorprendente y hasta grotesco Una mañana dejé octavillas en la ruta que seguían en su tarea unos obreros a quienes conocía ligeramente. Cuando las cogieron, me acerqué a ellos haciéndome el despistado. Leían con fruición los dnuestos contra los patronos, hasta tropezar con los inevitables ataques a Comisiones Obreras (Entonces se llamaban panfletos a las hojas de agitación, octavillas y demás Eran de la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles, donde considerábamos a Comisiones, como lo eran, una correa de transmisión del PCE  de Carrillo, al que atacábamos por “revisionista”, “socialfascista” y otras menudencias). Se desconcertaron: “¡Lo que dice de Comisiones! ¡Estos es raro, verdad!”. “Los de Comisiones es que también dicen unas cosas que te cagas. Se empeñan en defender los derechos yendo con los nombres por delante, como si no existiera la policía”, improvisaba yo.  “Esto no hay quien lo entienda. Ya no sabes quién dice la verdad y quién es un embustero” “Es que este país está hecho un asco, hombre. Y la culpa la tiene el gobierno. Hay que joderse lo burro que es el gobierno. Así marcha todo” “Tendría que venir alguien a poner el país en orden y acabar con tanto chupón como anda suelto. Aquí hacía falta un tío como Fidel Castro, o como Hitler” “¡Pero qué dices! Hitler era un enemigo de los trabajadores” “No, hombre, Hitler hizo unas salvajadas tremendas en Alemania. Menuda ruina trajo” “Bueno, da igual, lo que quiero decir  es que tenía que acabarse este follón, porque aquí no se piensa más que en chupar y poner el cazo”…

(De De un tiempo y de un país)

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