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**Próximo domingo, en “Cita con la Historia”, en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde: “Los felices años 40 en España”
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Conferencia dada el 20 de mayo en el Instituto de Estudios de la Democracia, presidido por J. M. Otero Novas:
La izquierda y la democracia
Dejando aparte el tradicionalismo y el anarquismo, en España se ha dado la doble circunstancia de que la derecha ha sido más bien liberal, pero no demócrata, y la izquierda en cambio ha enarbolado siempre la bandera de la democracia, pero contra el liberalismo, juzgado ideología del capital. También desde le derecha, Ortega y Gasset llegaba a considerar el liberalismo opuesto a la democracia y él optaba por el primero. Por parte de la izquierda, la cuestión podría resumirse así: “Puesto que la democracia es el poder del pueblo, y nosotros representamos al pueblo trabajador frente a una oligarquía explotadora y parasitaria, la democracia consiste en que mandemos nosotros”. Esto no es una caricatura, sino el núcleo mismo del pensamiento izquierdista en España, hoy algo atenuado pero no desaparecido, y del que sus políticos extraen una pretensión de superioridad moral e hiperlegitimidad. También debe observarse que la izquierda española no ha producido un pensamiento de alguna enjundia, no habiendo ido más allá, normalmente, de la consigna y la glosa a pensadores foráneos. Pero la democracia es una idea muy poderosa, y el casi monopolio de su bandera por una izquierda poco ilustrada ha influido seguramente en las convulsiones políticas sufridas por España en los siglos XIX y XX.
Dado que el término “democracia” ha sido utilizado y sigue siéndolo en sentidos muy distintos y hasta contrarios, y adjetivado de diversas formas, conviene analizarlo con algún detenimiento. En sentido literal significa “poder del pueblo”, o, en la célebre expresión de Lincoln, “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, quizá oponiéndolo al lema del despotismo ilustrado “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Es obvio que la izquierda, y no solo ella, lo ha interpretado siempre así. Por su misma formulación, es un concepto muy sugestivo, llegando a ser la única legitimidad política reconocida después de la II Guerra Mundial, al menos en Occidente. Ello le da un contenido mesiánico, hasta el punto de descartarse implícitamente como ilegítima cualquier forma de poder anterior a ella. Así, la humanidad habría vivido bajo regímenes ilegítimos durante casi toda su existencia civilizada. Esto es un claro disparate, de modo que haré o recordaré algunas objeciones al concepto.
1. Ante todo, la palabra democracia es un oxímoron. El pueblo no puede ejercer el poder, no puede gobernar, pues no tendría, simplemente sobre quién ejercerlo, ya que nada hay fuera de él. Incluso si tomamos el concepto de “pueblo” en sentido restringido, oponiéndolo a la oligarquía (este es el sentido originario griego), resulta absurdo pensar en una enorme mayoría ejerciendo el poder sobre una pequeña minoría, imaginar a la masa de la población dedicada a mandar sobre unos pocos. El poder, siempre y necesariamente, se ejerce sobre el pueblo, es decir, lo ejerce una minoría sobre la inmensa mayoría. Otra cosa es el modo como esa oligarquía gobierne.
2.- La idea expresada en la palabra democracia implica que “el pueblo” tendría una voluntad, un interés y un sentimiento unánimes, o al menos “generales”, siguiendo la concepción de Rousseau. Pero la realidad demuestra lo contrario. Las sociedades humanas, distintas de las animales regidas por el instinto, se caracterizan por una gran diversidad y desigualdad internas, resultado de la individuación. Diferencias y divergencias en intereses, ideas, aspiraciones, talentos, sentimientos, habilidades, etc. Estas diferencias individuales y de grupos de afines dentro de la sociedad, generan incesantes conflictos que amenazan la convivencia social y pueden desembocar en violencia generalizada. El poder se justifica, precisamente, por la necesidad de mantener la sociedad en un orden aceptable frente a los impulsos disgregadores. Y, nuevamente, entendemos que el poder no puede ser ejercido por la inmensa mayoría, pues cuanto más amplia sea esta, más expuesta se halla a aquellas divergencias conflictivas. La oligarquía, en cambio, puede mantener una mayor unidad de intereses, ideas y proyectos. Unidad siempre relativa, claro, porque las diferencias individuales y de grupos también afectan a la oligarquía, y no debe extrañar que, en la práctica, los diversos sectores oligárquicos choquen entre sí, un fenómeno que afecta igualmente a los grupos izquierdistas autoproclamado representantes del pueblo, de la clase obrera, etc., los cuales han luchado entre ellos, no pocas veces de modo sangriento.
3.- A pesar de esta experiencia, persiste con fuerza en la izquierda la idea de un pueblo con voluntad más o menos unánime que evitara la compleja y a menudo dolorosa política habitual. Pero, ¿en qué condiciones podría gobernar el pueblo o al menos la inmensa mayoría? En condiciones en que prácticamente todo el mundo tuviera unos mismos intereses, ideas y sentimientos. Siendo así, el concepto “democracia” conduce, en su desarrollo, a la desaparición del poder, que se vuelve innecesario: si gobierna ese pueblo es como si no gobernara nadie, pues no haría falta. Esta sería la superación del oxímoron. De ahí que la izquierda haya sido especialmente proclive a la idea de la acracia, de una sociedad sin poder, alcanzada por un golpe revolucionario o por una evolución más o menos lenta. El argumento achaca al poder una maldad esencial, ya que restringe inevitablemente la libertad de los individuos. Así, parecería que la izquierda defiende esa libertad de modo consecuente. Sin embargo, se trata de una nueva contradicción. Los individuos imaginados por la izquierda no necesitarían un poder sobre ellos porque todos pensarían y actuarían de forma básicamente igual, al modo de las hormigas o las abejas. Ello supondría retrotraer el comportamiento y el pensamiento humanos, con sus mil profundas diferencias y conflictos, al nivel instintivo de los animales. En esta lógica, observamos en las prácticas izquierdistas más consecuentes el intento de crear un “hombre nuevo”, unos individuos modelados sobre una radical igualdad en ideas y conductas.
4.- Tal sería la culminación de la democracia concebida como supuesto poder del pueblo, y sobre esa concepción se han construido, efectivamente, los totalitarismos del siglo XX: un grupo, de hecho una oligarquía que afirma representar y hasta encarnar los intereses y voluntad del pueblo, tiende a aplastar en su nombre cualquier discrepancia y con ello las libertades políticas; tiende a ocupar la sociedad entera por el estado. Para ello se ha recurrido a teorías presuntamente científicas que permitirían discernir cuál es el “verdadero” interés del pueblo, en nombre del cual sería legítimo aplastar cualquier oposición por “antipopular”. Este es, precisamente, el concepto de democracia más querido por la izquierda, y objeto de los miedos y críticas de la derecha.
5.- Las tendencias totalitarias pueden operar mediante la fuerza y el terror o, como previó Tocqueville, mediante trabas burocráticas y demagogia infantilizante del ciudadano por parte de un poderoso estado supuestamente benefactor. En la práctica, los totalitarismos han combinado ambos medios, la fuerza y la demagogia benefactora.
6.- La tendencia a unas ideas y conductas igualitarias, en el fondo instintivas, necesarias para este concepto de la democracia, suponen la anulación del hombre como ser moral, obligado a distinguir entre lo bueno y lo malo y a elegir y soportar el peso de la responsabilidad. Tocqueville, adelantándose, describió inmejorablemente ese estado que recuerda un tanto al ideal socialdemócrata: Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia (…) Un poder que degradaría a los hombres sin atormentarlos (…) que “a la larga despojaría a los hombres de los principales atributos de la humanidad (…) Siempre he pensado que esta clase de servidumbre reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad, y que no le sería difícil establecerse junto a la misma soberanía del pueblo
7.- Es llamativo el hecho de que tanto si se considera al ser humano bueno por naturaleza, como Rousseau, o malo, como Hobbes, las consecuencias son en ambos casos totalitarias. La razón es que, se le considere de un modo u otro, el hombre pierde su carácter moral, su atormentadora oscilación entre el bien y el mal, a menudo tan difíciles de discernir. Pues si el hombre es bueno por naturaleza, no conocerá el mal, y si es malo, no conocerá el bien. La democracia, tal como a menudo se interpreta, y la interpreta casi siempre la izquierda, es decir, como un imposible poder del pueblo, conduce en esa dirección, y este es uno de sus peligros.
8.- En definitiva, la democracia en sentido etimológico nunca ha existido ni puede existir. Por tanto, las críticas a ella lo son a un fantasma. Y tampoco puede llegarse a un totalitarismo consecuente, con un estado ocupando prácticamente todo el espacio social, a menos que consiguiese despojar al ser humano de los atributos que le humanizan, como advertía Tocqueville. Algo inimaginable, salvo por períodos históricamente breves. Sin embargo esa situación persiste borrosamente como ideal político izquierdista, adornado por la falsa ilusión de terminar así con los dolorosos conflictos propios de la convivencia humana.
