Por una España reconciliada

Blog I:  La situación y los nuevos partidos: http://www.intereconomia.com/blog/situacion-y-los-nuevos-partidos-20140117

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   La invasión francesa de 1808 dejó tras sí un país arruinado económicamente, pero más aún dividido política e ideológicamente. No una simple división entre liberales y tradicionalistas (aunque su tradicionalismo fuera más francés que español) sino entre los propios liberales, un “detalle” al que no suele prestarse la atención debida. El conflicto carlista-liberal se solucionó de forma casi definitiva en una dura y larga guerra civil (las otras dos fueron insignificantes, por comparación), mientras que las pugnas entre liberales, que empezaron llamándose moderados y exaltados, salpicaron al país de pronunciamientos y golpismo hasta desembocar en una república delirante. La Restauración resolvió los dos conflictos, y  si hubiera logrado el necesario apoyo intelectual, es probable que el siglo XX hubiera sido mucho más tranquilo y productivo, máxime cuando aquel régimen supo eludir la terrible trampa europea de la I Guerra Mundial.  

  Pero el Desastre del 98 metió al país en una profunda crisis moral no menos grave que la derivada de la invasión napoleónica: ahora tomaron impulso nuevos movimientos, hasta entonces testimoniales o poco más: los utopismos socialista y anarquista, y los separatismos vasco y catalán. Estos últimos producto de una confusa amalgama de antiliberalismo –en buena parte clerical-tradicionalista, pues Cataluña y Vascongadas habían sido las regiones más carlistas–   y racismo, un racismo particularmente estrafalario, pero no por ello menos intenso. No es dato nimio que el antiliberalismo se transformase en hispanofobia,  extendida también al anarquismo y al socialismo.

   La liberal Restauración, de constitución bastante flexible, pudo haber afrontado estos retos, y de hecho resistió su agitación, a ratos brutal, durante un cuarto de siglo. Sin embargo quedó gravemente herido por la defección de los intelectuales. Menéndez Pelayo llegó a ser, para enfado de los tradicionalistas, el intelectual más  conspicuo de aquel régimen y casi en solitario, mientras que el regeneracionismo proponía una visión extremadamente negativa de la historia de España, unida a un rechazo visceral del una Restauración en la que y de la que vivían sus adalides, como Costa, Ortega, Unamuno, Azaña, etc. Y un régimen sin suficiente respaldo intelectual, y por tanto moral, pierde su espinazo.

    La hispanofobia fue, pues,  el común denominador de todos aquellos movimientos, como he expuesto en España contra España. Hispanofobia contra el país real e histórico, caricaturizado ferozmente, aunque al mismo tiempo muchos le opusiesen una España tan ideal como irreal,  forjada con ensueños ideológicos de poca altura, mezclados con un europeísmo vacuo y poco acorde con las realidades europeas.  Todo ello culminó en una segunda república en la que, como disgnosticaba el diario El Sol  a finales de 1935, nada común unía a los españoles; o como lamentaría Azaña durante la guerra, no había en su bando la menor solidaridad o conciencia nacional.

    La discordia entre los españoles fue resuelta de modo bastante satisfactorio por el franquismo. La reconciliación se produjo ya en los años 40, y si algo lo demuestra con claridad es el fracaso del maquis en una situación objetiva tan favorable a él. Los hijos del desastre del 98 –socialismo, anarquismo y separatismos– desaparecieron prácticamente, y el comunismo se sostuvo, pero marginalmente. Salvo mínimos círculos irreconciliables,  el régimen pudo afrontar las muy difíciles circunstancias de los años 40 y 50,  e impulsar  luego un desarrollo económico sin precedentes –ni consecuentes–, gracias a una sociedad básicamente reconciliada, estable y patriótica. Ello solo empezó a cambiar, y precisamente en los años de mayor prosperidad y liberalización del régimen, por efecto en gran medida del cambio de orientación de la Iglesia, cambio al que van ligados un progresivo auge del PCE, de la ETA y los separatismos, cosa que no suele recordarse ni analizarse.

   Aun así, cuando llega la transición, España sigue siendo muy mayoritariamente una sociedad reconciliada, con olvido de los feroces odios de la república y el Frente Popular. No es, como pretende una interpretación  superficial o falsaria,  que la transición reconciliase a los españoles, sino que la reconciliación previa permitió la transición. Este dato fundamental permite entender cómo el cambio se produjo gradualmente y sin graves traumas, a pesar de dirigirlo unos políticos como Suárez, Juan Carlos, Felipe González y tantos más, cuya extrema mediocridad construyó, de todas maneras, una democracia igualmente mediocre  y deficiente, sembrada de minas.

    Desde entonces, y por medio de una falsificación histórica que he denunciado a menudo,  el espíritu patriótico y reconciliado ha sido corroído activa o pasivamente por la mayoría de los partidos, cuya corrupción , frivolidad e incompetencia han llevado al país a una situación en la que resurgen los viejos demonios, amenazando todo lo logrado anteriormente. La hispanofobia campa de nuevo por sus respetos,  a menudo disfrazada de antifranquismo, tal como en la Restauración se disfrazaba de antiliberalismo.  Y nuevamente se impone la necesidad de sanar esa especie de enfermedad moral, lo que solo puede hacerse por medio de una intensa, tenaz y prolongada campaña de aclaración contra el enorme amasijo de falsedades, enredos e irracionalidad que han convertido la política española en una farsa siniestra y cada día más peligrosa. Porque la falsedad sobre el pasado envenena el presente con odios  que solo pueden superarse investigando, exponiendo y defendiendo  la verdad.

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¿Por qué hay revoluciones? / Generación del 68

¿Por qué hay revoluciones?

Blog I: Los éxitos económicos de los años 40 / El secreto del antifranquismo:

http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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En La Europa revolucionaria, Payne aborda esta cuestión crucial: ¿por qué se producen las revoluciones, en general, y por qué la primera mitad del siglo fue “no solo la de la más generalizada violencia internacional en la historia de Europa, sino la de mayor conflictividad interna” o revolucionaria? A su juicio, fueron diluyéndose al final de ese período los factores que alentaron tanto conflicto: “virulencia nacionalista, rivalidad entre imperios o aspirantes a imperios, ideologías basadas en el vitalismo y el conflicto y competencia económica entre regímenes autárquicos”. ¿Cómo interpretar aquellos explosivos años?

Se han solido examinar las revoluciones, guerras civiles o guerras internas desde dos puntos de vista. Uno sería el sociológico (unas estructuras socioeconómicas en crisis por diversas razones) y otro el conductista o psico-político (un cambio en la mentalidad, “una revolución mental” según cita de Jonathan Israel). Dos enfoques en parte contradictorios, pero que también pueden considerarse complementarios, aunque habría que explicar con claridad de qué modo se complementan. Así, una explicación ingenua, pero muy extendida, atribuía las revoluciones al hambre o la catástrofe económica. Más compleja, pero con el mismo fondo, es la interpretación marxista, aún muy influyente. Sin embargo, señala Payne, ya Tocqueville observó que el descontento revolucionario ante el Antiguo Régimen en Francia era mayor precisamente en los sectores que habían registrado más mejoras. De lo que ha derivado la tesis de que el factor determinante sería el crecimiento de las expectativas sociales ante un freno momentáneo de ellas. Por otra parte, emprendida la revolución se hace imposible volver al pasado porque, advirtió De Maistre, las revoluciones engendran reacciones que son en realidad nuevas revoluciones de signo distinto.

La idea implícita es que la revolución y la guerra civil se oponen a una estabilidad “normal” o al menos alcanzable, pero creo que ninguna sociedad humana es realmente estable ni puede serlo, aunque las doctrinas utópicas lo teoricen y crean posible. Una sociedad tal se parecería más a la de las hormigas o abejas que a la de los hombres. En estas últimas, la profunda individuación y alejamiento del instinto crea corrientes internas en conflicto de intereses, sentimientos, aspiraciones y personalidades. Las guerras internas y externas, tan numerosas a lo largo de los siglos, no son un fenómeno excepcional o anormal, sino tan normal como las paces y los períodos de (relativa) calma. Creo que desde este punto de vista, aunque necesitado de mayor elaboración, pueden enfocarse mejor estos fenómenos.

La estabilidad tiene un coste de contención para las corrientes sociales que a menudo se juzga excesivo y da lugar al choque violento. A su vez, los daños de este choque han llevado a buscar formas de impedirlo, bien sea mediante un poder despótico, visto como mal menor, o mediante una ley más o menos aceptada, pero siempre con auxilio de la violencia institucional. En tiempos históricamente recientes, el sistema demoliberal ha sido el más exitoso en la canalización del conflicto interno, y hasta podría pensarse que las oleadas de violencia revolucionaria después de la Primera Guerra Mundial y poco antes de la Segunda, tienen que ver con profundas crisis de la democracia liberal, la primera porque la guerra del 14 se libró entre regímenes básicamente liberales, y la segunda por la depresión mundial a partir de 1929.

Ciertamente, para que una parte de la sociedad se rebele es preciso que se generen unas expectativas de lo que entienden los interesados como una mayor justicia, o simplemente de triunfo sobre un poder al que se cree débil y caduco. Pero aquí entra otro factor imposible de cuantificar: la impronta de los líderes. Así, es muy difícil imaginar la Revolución bolchevique sin Lenin (la mayoría de los líderes de su partido se oponía), el rechazo de la paz entre Inglaterra y Hitler sin Churchill (la paz estuvo cerca de producirse) o la victoria de los nacionales sin Franco (el propio Mola estuvo a punto de abandonar la partida ante el fracaso inicial). La Alemania posterior a 1918 sufrió tensiones sociales muy graves, pero, observa Payne, “no hubo un Lenin alemán”.

Por esto, aunque podemos examinar a posteriori los factores que intervienen en una revolución y señalar cada uno de ellos, es mucho más difícil analizar las relaciones e interinfluencias entre todos ellos, e imposible utilizar esos estudios para predecir cuándo habrá una revolución o guerra civil y cuando no. No es esta una verdadera discrepancia con el libro de Payne, solo algunas consideraciones a partir de él.

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La (de)generación del 68http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-degeneracion-del-68-4365/

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Cervantes y Andy Warhol / Albergues para caminantes

Blog I:  Destrucción de archivos / Insistiendo en el desplazamiento del español: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Héroes de nuestro tiempo

Cervantes y Andy Warhol

   Estimados alumnos, a ver si os voy desasnando para que no andéis a tumbos por la vida. Habéis pagado una pasta por este seminario y no quiero que os vayáis protestando que no os ha servido para nada. En la vida hemos de buscar siempre criterios para conducirnos, y para conducirnos correctamente debemos aprender a valorar las cosas y las personas, de otro modo iremos de culo. Pues bien, no hay criterio más objetivo y serio que el del dinero. Siempre oímos decir que para gustos  se pintan colores, y es verdad, cada uno tiene su opinión sobre esto y aquello, y no hay modo de ponerse de acuerdo; pero cuando interviene el dinero como unidad de medida, se acabó la discusión. No creo exagerar si afirmo que la medida del éxito en la vida es la cantidad de dinero que una persona gana a lo largo de ella. Cierto, hay otras muchas cosas en la vida, lo admito,  pero a la hora de la verdad, todas dependen de euros, dólares o la moneda que sea. Todos queremos divertirnos, y la diversión es uno de los máximos objetivos de cualquier vida humana,  sólo hay que ver lo mucho que gasta en ella todo el mundo, el inmenso volumen de negocio que mueve en el mundo. Ahora bien, seamos realistas:  si no hay pasta, no hay diversión. A lo mejor a algunos de ustedes les interesará culturizarse, pero para eso debe comprar libros, discos, asistir a cursos… qué sé yo… ¿y cómo va a hacerlo sin unas finanzas saneadas? O si quiere viajar por placer, o para conocer los centros comerciales de otras ciudades del mundo… En fin, siempre en definitiva llegamos a la cuestión primordial, la cuestión económica. No por nada un profundo pensador lo expresó en una frase magistral en su sobriedad: “La economía lo es todo”. El dinero es la clave de la vida, de una vida lograda, y lo explicaré con dos ejemplos para que lo entendáis mejor.

   Tomemos  a Cervantes. Sin duda fue un hombre equivocado desde la cuna a la tumba. Anduvo de acá para allá, en oficios de poca monta y sin hacer nada o casi nada de provecho. Anduvo de soldado ganando cuatro perras, y eso cuando recibía el salario, y ¿qué sacó? Quedarse manco e ir a parar de esclavo en el norte de África, donde  le pagarían sus trabajos con palizas. Vuelto por milagro a España, siguió con la misma tónica. Tuvo su oportunidad recaudando dinero para el estado, y parece que algo logró, el riesgo es connatural a la ganancia, pero lo hizo con tal torpeza que lo descubrieron y fue a parar al trullo. ¿Qué más se puede decir? Toda su vida fue por el estilo. Se dedicó a la literatura  otra mala elección, porque en aquellos tiempos nadie se hacía rico así… Y sí, no voy a negar lo, escribió alguna obra de mérito, El Quijote y todo eso… Está claro que el Quijote  ha movido mucha pasta a lo largo de varios siglos, más de cuatro y más de cuarente se habrá forrado con esa obra, pero a Cervantes apenas le sirvió de nada, siguió siempre en la pobreza o a un paso de la pobreza.  Componer esos libros fue para él un esfuerzo absolutamente poco rentable, un despilfarro de recursos. Otros lo han aprovechado, sí, vale, pero eso no impide reconocer que Cervante fue un pringado, con una vida lamentablemente malograda que solo puede servir de modelo a tontos sin remedio.

   Pensaréis que con esto estoy descalificando a la literatura, al arte en general, como una opción equivocada, pero no es así. El arte puede producir grandes beneficios, y os pondré el ejemplo de Andy Warhol, figura gigantesca del arte pop, que renovó la percepción artística de la segunda mitad del siglo XX y con el cual  Warhol se forró literalmente. Él mismo explicó inmejorablemente su filosofía: Making money is art, and working is art and good business is the best art….Todos domináis el inglés, ¿no? ¿Algunos no? Pues ya podéis espabilar, porque sin el inglés no vais a ningún sitio en el mundo de hoy, muchachos… En fin, os lo traduzco, sin que sirva de precedente. En dos palabras, “Hacer dinero es arte, trabajar es arte y no hay mejor arte que los buenos negocios”. Ese sabía vivir, sabía lo que realmente importa en nuestra corta existencia y no la desaprovechó lamentablemente como nuestro pobre  manco de Lepanto. Aunque  sufriera algún contratiempo, como con aquella feminista chiflada que casi lo mata, pero ¿quién no tiene algún contratiempo en un momento u otro? En todo caso, Andy supo explotar a fondo su arte, hacerse millonario,  demostrando con ello un talento verdadero,  en fin, no como el pobrecillo Cervantes. ¡Es que no hay color!  Alguno de vosotros lo mismo pone objeciones, lo mismo sale con que el  Quijote vale más artísticamente que los cuadros  y composiciones de Warhol. Y yo os digo, ¿ah, sí? ¿Y cómo medís vosotros el valor artístico? Cada experto, cada crítico, tiene sus gustos y sus varas de medir y nunca coinciden del todo. ¿Cómo os decidís por uno u otro?  Así que volvamos al principio y dejémonos de metafísicas, muchachos. Solo tenéis una vida por delante y debéis aprovecharla. Y os digo lo siguiente: si no tenéis arte para haceros multimillonarios como nuestro excelente Warhol, no  todo el mundo puede hacerlo,  por lo menos no os distraigáis con historias románticas y dedicad todo vuestro esfuerzo a conquistar una posición desahogada. De otro modo seréis un completo fracaso. No digáis que no os lo he advertido.

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Señor Moa:

  He leído que usted proponía crear una red de sendas en España que siguiera las calzadas romanas, una idea excelente, me parece. ¿Hay algún avance en eso? Por mi parte, creo que una buena red de sendas, como siguiendo la Vía de la Plata sobre la que ha escrito usted un libro, podría poblarse cada cierto trayecto con albergues que combinarían dormitorio, taberna (leí su encendido elogio de la taberna en su libro) y una pequeña biblioteca con libros referentes a viajes, peregrinaciones y demás. Esto sería maravilloso, y podría dar lugar a una cultura particular, por ejemplo a una culinaria de las sendas, vestimenta, etc. ¿Lo cree usted posible?  Luis Pérez Brown.

Posible sí es, y la idea me parece muy buena. De avances en la idea primitiva, nada de nada. La expuse hace años  con la esperanza de que llegara a personas  con capacidad  de hacerla realidad, pero la respuesta ha sido un silencio total. El país está demasiado absorto en las aventuras de Belén Esteban, Pilar Rahola, el ministro del Interior, Mas,  etc., para perderse en estas menudencias.

 

 

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Una diferencia entre la primera y la segunda guerras mundiales.

Blog I: El muro de silencio. Su eficacia: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/muro-silencio-20140107

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Una diferencia entre la Primera y la Segunda Guerras Mundiales.

Como este año se celebra el centenario del comienzo de  la I Guerra Mundial, y el 75 aniversario de la segunda, no estarán de más algunas  aproximaciones a estos fenómenos que han marcado el siglo  XX y en particular el destino y la posición de Europa. Un siglo que dista mucho de haber sido asimilado intelectual y políticamente.

    En cierto modo, la segunda  de estas contiendas fue consecuencia de la primera, y es interesante preguntarse en qué medida, al margen de las  habituales consideraciones sobre los defectos del Tratado de Versalles de 1919.  Hay una diferencia esencial entre ambas guerras, y es que la primera fue librada entre potencias básicamente liberales (con la excepción del Imperio otomano). Liberalismo no equivale a democracia, y el siglo XIX europeo fue liberal pero en general no democrático o solo a trompicones en algunos países (entendiendo por liberalismo las restricciones y y controles del poder, y por democracia el sufragio universal, al menos masculino). Los parlamentos, libertades básicas y una mayor o menor independencia judicial, existían lo mismo en el Imperio Austrohúngaro y Alemania que en Francia e Inglaterra, y la misma autocracia rusa se liberalizaba con cierta rapidez. Pero el sufragio universal no existía en Inglaterra, aunque sí en el Imperio Austrohúngaro, Alemania y Francia. La única democracia liberal consolidada era la useña, que solo intervino muy avanzado el conflicto. Inglaterra tenía una fuerte tradición aristocrática y extremadamente clasista. En sus recuerdos de entonces, Robert Graves recuerda el despotismo de los oficiales británicos con sus soldados, su clasismo insufrible, mucho peor que el del ejército alemán. Madariaga recuerda cómo un profesor de Oxford le advirtió que la universidad no estaba para promover talentos, sino ante todo para formar a la clase dirigente, tuviera más o menos talento; y hasta hace muy poco, la mayoría abrumadora de los gobernantes se había formado en Oxford o Cambridge. La tradición francesa era más populista y anticristiana. La alemana más jerárquica y con mayor autoridad del káiser;  y más “liberal” o distendida la austrohúngara.

  El liberalismo coexistía con, o integraba otras corrientes, en particular el racismo y el nacionalismo. El racismo se apoyaba sobre presupuestos tenidos por científicos a partir de una concepción darvinista o spenceriana y estaba ampliamente asumido por la élites políticas e intelectuales  europeas y useñas. Así, la  derrota de España en 1898 se juzgó habitualmente como prueba de superioridad de la pujante raza anglosajona sobre la decadente latina, y la política en las colonias, que causó genocidios, se apoyaba en las mismas ideas.

   Por su parte, el nacionalismo es la doctrina democrática que deposita la soberanía en la nación, en el pueblo, aunque puede tener derivaciones antiliberales o antidemocráticas. Las potencias liberales eran también muy nacionalistas. Como suele pasar,  el sentido del término se ha ampliado o distorsionado mucho, haciéndolo sinónimo de  patriotería agresiva, o suponiendo que las naciones son productos del nacionalismo, lo cual solo es verdad en el caso de la disolución de los imperios en los siglos XIX y XX. La nación española es muchos siglos más antigua que su nacionalismo, el cual aparece con las Cortes de Cádiz.  Se ha achacado al nacionalismo la causa de la guerra mundial, pero podría atribuírsela más bien al imperialismo (no todos los nacionalismos eran imperialistas), a la pugna por el reparto del mundo  entre las grandes potencias, tanto en un sentido territorial como económico y militar, en el que cada potencia debía tener su puesto. Alemania surgía entonces como una gran nación de extraordinario dinamismo en un mundo ya repartido, y de ahí un conflicto difícil de resolver.

   Por estas características, la guerra mundial trajo consigo una profunda crisis moral e ideológica del liberalismo. La crisis impulsó por una parte una mayor democratización del continente, y por otra abrió paso a ideologías contrarias, con raíz común en la Ilustración, pero que a lo largo del siglo XIX no habían logrado triunfar pese a causar  numerosos disturbios  e intentonas revolucionarias. La principal de ellas, el marxismo, se hallaba en pleno retroceso al acercarse la guerra, debido sobre todo al revisionismo alemán, pues era en Alemania donde más había arraigado. Sin embargo, la contienda alumbró en Rusia la primera gran experiencia marxista o comunista de la historia, la cual  ejerció de inmediato fuerte atracción sobre el resto del continente y creó un peligroso ejército internacional de revolucionarios profesionales. Los impulsos y peligros comunistas  profundizaron la crisis liberal: en varios países los regímenes liberal-democráticos se mostraron incapaces de resistir el empuje revolucionario y fueron sustituidos por gobiernos autoritarios o fascistas. La lucha entre estos y la URSS o las intentonas marxistas formaría parte del panorama político en el período de entreguerras. Conviene  señalar otro fenómeno de la crisis liberal: para convencer a la opinión pública useña de entrar en la guerra europea, se diseñó un vasto plan de propaganda (la “Comisión Creel”) de rasgos típicamente totalitarios,  que serían imitados por  los totalitarismos marxista, nacionalsocialista y en menor medida fascista. El descrédito liberal-democrático entre grandes masas de población se agravó  todavía con la crisis iniciada en Usa en 1929

    En otras palabras, la IIGM ya no fue un choque entre potencias más o menos liberales, sino, en gran medida,  resultado de la crisis del liberalismo subsiguiente a la IGM. Y no por azar dicha crisis se resolvió bélicamente mediante una alianza de las democracias liberales con el totalitarismo soviético para aplastar a otro totalitarismo, el nacionalsocialista. Es un caso históricamente excepcional que la potencia alemana, aplastada solo veinticinco años antes,  recobrara tal ímpetu que su segunda derrota exigiera los esfuerzos conjuntos del Imperio Británico, la Unión Soviética y Usa. A su vez, la Europa de 1914, capaz de repartirse el mundo de un modo o de otro, pasó a partir de 1945 a dividirse en dos zonas tuteladas respectivamente por Usa y la URSS, situación superada solo por la reunificación alemana de 1991, con Alemania convertida otra vez en el poder determinante de Europa. Estos procesos, así como la posición de España respecto de ellos,  deberían provocar detenidas reflexiones.

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De cobardía y amor

Blog I: ¿Son descerebrados los etarras? / La visión cristiano-progre (y III): http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/etarras-descerebrados-vision-cristiano-progre-y-iii-20140103

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Recuerdos sueltos

En  1958, teniendo yo diez años, mi padre compró por 300.000 pesetas,  con un préstamo de la Caja de Ahorros, un chalet en el barrio vigués de Sampaio. Lo hizo como inversión, pensando que la expansión urbana lo revalorizaría  pronto, pero la expansión fue por otro lado y el beneficio resultó insignificante.

   Antes vivíamos en un piso bastante céntrico, en la Travesía de Finisterre. Años después, cuando estaban demoliendo el edificio, lo visité y quedé sorprendido de cómo en un piso tan pequeño  habíamos llegado a vivir ocho o nueve personas: mis padres, cuatro hermanos, dos tías maternas (una emigraría a Brasil) y la hija de una de ellas. En aquellas calles y en el colegio del Pilar próximo  yo estaba bastante integrado,  es decir, participaba en los juegos y travesuras, y tenía amigos. Pero no me integraba del todo, acaso porque los fines de semana no iba al fútbol o al cine, como la mayoría de los compañeros. Mi padre decía que ya tendría ocasión de ver películas cuando fuera mayor,  lo que no sé si fue  bueno o malo; y el fútbol me gustaba jugarlo, pero no como espectáculo. Por eso las estrellas del deporte y del cine me llamaban poco la atención y no hablaba de ellas o de los argumentos de las películas, que constituían buena parte de la conversación, sobre todo los lunes.  En cambio leía, desordenadamente, bastante más que la mayoría, y generalmente tenía un solo amigo con quien conversar sobre asuntos más interesantes para mi gusto, o proyectar aventuras.

   Con el traslado a Sampaio entré en una experiencia poco placentera, y los cinco años que pasé allí  figuran entre mis recuerdos más deprimentes.  Era un arrabal típicamente obrero, en la ladera de un monte con caminos  pedregosos, casas y pequeños huertos desperdigados alternando con bosque de pinos. Al pie del monte pasaba una carretera y los tranvías que tomaba para ir al colegio. El ambiente infantil y luego adolescente en el barrio era harto degradado,  yo no conocía a nadie al principio, y los conocimientos que hice, en su gran mayoría, distaban de satisfacerme (…e logo ti dasme a min polo cú… oí que conversaban una vez). Mi madre tuvo la mala ocurrencia de meterme miedo: aquella gente, sobre todo los algo mayores –decía– eran muy golfos, y podían un día echarme una chaqueta por la cabeza y darme una paliza, si les caía mal. Yo no era precisamente dócil, pero las advertencias  maternas simpre influyen en los niños. El caso es que no traté de caer bien ni mal, sino simplemente de esquivar a aquellas pandillas al ir o venir del colegio, en cuanto las veía daba largos rodeos  y  si avanzaban hacia mí, echaba a correr. Eso no me llenaba precisamente de orgullo. Mi padre me dijo: “no escapes nunca, porque detrás del que escapa todos corren”. Pero realmente estaba acobardado. Alguna vez salí con un cuchillo entre la ropa y aquello podía terminar mal. Empeoraba las cosas el hecho de que hube de empezar a llevar gafas, convirtiéndome en un “cuatro ojos”, lo cual me humillaba. Un día, una caterva de chavales  estaba junto al chalé en plan especialmente insultante, y  salí  contra ellos. Excepto uno, los demás eran más pequeños que yo, y uno a uno yo podía con todos. Repartí alguna leña pero en resumidas cuentas salí bien vapuleado. También con una dosis algo mayor de autoestima.

   Y peor aún:  debido al chalé, pasaba por ser hijo de ricos, lo que aumentaba el distanciamiento con los críos del barrio. Podía haber reducido ese distanciamiento sin mucha dificultad, pero no sentía interés por ello.  Por lo demás, de ricos no teníamos nada.  Comprábamos al fiado, como la demás gente del barrio, para pagar al final del mes, cuando llegaba  el sueldo. Yo ahorraba a menudo el dinero del travía yendo a pie o haciendo parte del recorrido colgado de la plataforma abierta, hasta que llegaba el cobrador y me tiraba en marcha. El billete valía 1,25 (sacando un “pase” mensual” salía más barato). Utilizaba el dinero para comprar libros con las aventuras de Guillermo Brown, de editorial Molino (20 pesetas),  que me divertían muchísimo…  menos cuando mi madre me requería lo ahorrado para pagar al tendero.

  Al mismo tiempo, el ambiente obrero, entre los mayores,  me gustaba por su estilo natural, sus bromas, etc. Algo más arriba de nuestra casa estaba la de un carpintero que había trabajado también en Barcelona  y hablaba cuatro palabras de catalán; tío mío, pues estaba  casado con una hermana de mi madre.  Era muy comunista,  no organizado pero oyente  asiduo de la radio “Pirenaica”, cuyas invenciones tragaba con devoción. A menudo discutía con mi padre, por entonces católico y de orden (más adelante cambiaría); no se enfadaban  y yo escuchaba con el mayor interés sus palabras, tratando de entender aquellos asuntos.  También oía por las noches, con mi padre, la BBC y Radio París, a veces Radio Moscú o la misma Pirenaica.  En los cinco años vividos en el barrio  solo hice un amigo. Se llamaba Leal y una hermana suya Fideli. Luego supuse que correspondían a Lealtad y Fidelidad, nombres como los que los anarquistas solían poner a su prole. Y así era: el padre estaba desterrado en Vigo debido a actividades subversivas por Extremadura, y trabajaba en los astilleros Vulcano. Leal,  cuando  tuvo catorce años, entró a trabajar también en Vulcano, y a su vuelta del trabajo yo lo esperaba en la puerta de casa y allí estábamos largo rato charlando de temas laborales, políticos o costumbristas. Aquel año, 1962, hubo huelgas en varias fábricas de la ciudad,  hecho muy inusual, y ello me causaba una gran excitación. Otras veces hacíamos, con algunos otros, excursiones a cazar grillos  o simplemente a pasear en torno a la carretera que llevaba al aeropuerto de Peinador.

    Conforme avanzaba mi adolescencia se me volvía insoportablemente estrecho el ambiente, no ya de Sampaio sino de Vigo. Creía poder hacer algo notable en la vida, y la perspectiva de  estudiar una carrera, por ejemplo Derecho, casarme y fundar  una familia como todo el mundo, me abrumaba.  De la religión apreciaba hasta cierto punto  las normas morales, sin hacerles mucho caso en el terreno sexual, al menos en teoría;  pero las ceremonias, rituales y liturgias  no iban conmigo.   Hacia el término de mi estancia en Sampaio dejé de sacar buenas notas y  pasé a estudiar en el Instituto Santa Irene. Quería salir de Vigo y de España, ir a otro país donde, imaginaba, encontraría unos horizontes vitales más despejados. Pensaba incluso meterme de polizón en algún transatlántico de los que arribaban al puerto desde Suramérica hacia Inglaterra. Al final, mi padre me autorizó a ir a un campo de trabajo vacacional en Inglaterra, y convencí a Arturo, de quien he hablado en alguno de estos recuerdos (http://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/el-cafe-derby-1276231295.html)

 y a otros compañeros,  para ir juntos. Teníamos 16 años, se fueron ellos y yo me quedé, no recuerdo la causa; al año siguiente  marché solo, haciendo auto-stop.

   Cuando uno recuerda hechos antiguos, con pocos detalles y fáciles confusiones de fechas, parece  no haber hecho más que lo recordado,  pero en realidad, en cada época hacemos o nos pasan cosas muy diferentes, que corren en paralelo o se cruzan y mezclan. Así,  dos meses antes de trasladarnos a Sampaio me enamoré perdidamente de una niña de mi edad, es decir, diez años, madrileña de las que venían a pasar algún mes de vacaciones a Galicia. Digo perdidamente porque hasta entonces detestaba a las chicas en general. No sé de dónde vendría esa aversión, pero las consideraba embusteras, enredosas y molestas, y de cuando en cuando manifestaba  ese sentimiento en voz alta. Un tío mío se escandalizó una vez: “Por Dios, qué dices, si ellas son las que nos traen al mundo”;  y mi padre me regañaba, cuando salía por peteneras.  Mis hermanas se burlaban cantándome que yo tenía novia, lo cual me enfurecía porque tener novia me parecía el colmo de la degradación. Además, alguna otra chica de Madrid había suscitado nuestra hostilidad: encontrábamos su acento ridículo y llegábamos a  hostigarla con cerbatanas. Pero en esta otra, la llamaré Lucía, el acento madrileño (no el castizo, sino el normal) me sonaba encantador,  su sonrisa, su risa, su rostro, sus ojos un poco ensoñados, me fascinaban y la contemplaba a hurtadillas  todo lo que podía…  siempre que ni ella ni nadie más se percatase. Una mirada casual suya bastaba para disolver mi infantil misoginia. Volví a verla tres años más tarde, ya con la sexualidad a flor de piel, y el efecto fue el mismo.  La sentía como la feminidad  sin pizca de ordinariez ni cursilería, aunque yo era tan pudoroso de mis sentimientos que no estaba dispuesto a darlos a entender a nadie. Otro verano, con quince años, hice algunos avances una noche en que escuchábamos las danzas polovtsianas de Borodin, en el anfiteatro al aire libre de Castrelos.  Ella me rechazó. Tenía novio en Madrid. Hice como si no me importara, pero vaya si me importó.  En fin, tiempo después, cuando estudiaba periodismo en Madrid y había entrado en el PCE, mantuvimos durante un año y medio una intensa relación amorosa, rota cuando ella decidió volver con su novio, a quien nunca había dejado del todo. Fue una experiencia terriblemente dolorosa para mí. Más tarde ella me explicaría que si bien sentía admiración por mi estilo, digamos cheguevariano,  no era eso lo que  deseaba para su futuro.  

   Quien haya leído Sonaron gritos…, notará que he aprovechado algunas de esas vivencias. Paco también quiere hacer desde muy joven  algo “grande” sin saber bien qué, y desea apurar todas las experiencias posibles de la vida. Alberto, a su vez, experimenta un enamoramiento de infancia con Carmen  y luego el repentino con Iliena.  Esta podría tener algo de Lucía, en particular un fondo de debilidad y ensoñación.  Lucía sabía mirar a veces de esa forma tan femenina, a un tiempo desafiante, burlona e invitadora, que en la novela atribuyo  a Luisa y que hace perder el control a Alberto. Carmen, por el contrario, no tiene nada de Lucía: es una chica muy fuerte y empeñada,  y aunque Alberto siente su atracción, teme atarse a ella (un temor ausente por completo en mi relación con Lucía)

   La atracción sexual, más aún la amorosa,  es tema predilecto del arte, de las canciones,  y resulta tan evidente que no nos preguntamos sobre ella. Sin embargo se trata de algo sumamente misterioso, como un impulso cósmico  del que fuéramos, en  gran medida, simples objetos, por no decir juguetes. En la novela, Alberto cita a Sófocles para burlarse de las teorías de Paco sobre el amor. La literatura y  los informes judiciales abundan en relatos de  actos insensatos, contraproducentes para el propio interesado, hasta suicidios o crímenes pasionales,  causados por ese impulso,  incluso en personas por lo demás modosas o ponderadas. Así –en la novela— cuando Paco intenta compartir a Iliena con Alberto  y desata la venganza de su amante Irina  y la muerte  de Iliena misma. Lo más importante de la atracción amorosa  no es el lado físico, sino los sentimientos, a menudo apasionados que la acompañan hasta afectar a  toda la vida del modo más profundo; y de  hecho así ocurre cuando desemboca en el  matrimonio y la familia. Cosa distinta es que persista la felicidad  intuida o gozada  al principio.

    Al concluir algunos de estos recuerdos me suele venir a la cabeza la pregunta sobre su significado. ¿Qué significado tienen las peripecias de cada uno a lo largo de su carrera vital?  ¿Tienen alguno? ¿Y a quién preguntarlo?

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