Gran debate intelectual en los años 40-50

Creo que ya está en la librerías “Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia”

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Blog I: Frivoliberales  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/frivoliberales-20131202

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Un gran debate intelectual en los años 40 y 50

El historiador Antonio Martín Puerta ha escrito un interesante estudio en Ediciones Encuentro:  Ortega y Unamuno en la España de Franco, sobre el debate en torno a los dos pensadores dichos. En síntesis, pugnaron  por un lado falangistas como Laín, Tovar o Ridruejo a favor de Ortega y la recuperación de figuras de la cultura más o menos identificadas  con el bando perdedor de la guerra; y por el lado contrario religiosos o figuras ligadas a la jerarquía eclesiástica, como Calvo Serer,  García Escudero, Pérez Embid, Fernández de la Mora, V. Marrero y otros.  De forma algo desfigurada, podría considerarse como una polémica entre la Falange y el Opus Dei,  entre  las cuales siempre habría relaciones poco amistosas.  Algo desfigurada, porque Julián Marías, nada falangista, también  reivindicó enérgicamente a su maestro Ortega,  e intervinieron en sentido contrario diversos intelectuales jesuitas, como J. Iriarte, iniciador de la polémica  en 1942 y otros no ligados al Opus.

La polémica tiene muchas facetas interesantes, aparte de la puramente filosófica, en la que los argumentos de unos y otros distan de ser superficiales. La discusión giraba en torno a si Ortega y Unamuno, especialmente el primero, tan admirado por los falangistas, era adecuado para la nueva España como maestro de las jóvenes generaciones.

Al respecto debemos situarnos en la época: la república primero, y la guerra después,  habían aunado a marxistas, separatistas, incluso anarquistas, con republicanos de izquierda, estos caracterizables como  próximos al liberalismo en su vertiente jacobina. La derrota de este  conjunto había sido mucho más que militar: también moral e intelectual, como queda de relieve en los escritos y testimonios de ellos mismos, empezando por  los de Azaña; y en las constantes traiciones, persecuciones y hasta enfrentemientoos armados entre ellos mismos. Aquel conjunto de fuerzas e ideas solo tenía en común algo negativo: el rechazo a la Iglesia católica, contra la cual habían perpetrado un verdadero genocidio; y  también el desprecio, cuando no odio descarnado, a la España histórica.

Habiendo vencido los partidarios de la continuidad de España y de la tradición cristiana, se les planteaba  qué camino seguir en materia cultural. Si las ideas marxistas, anarquistas y separatistas quedaban descartadas,  el liberalismo era también duramente criticado, por tres cosas:  haber dominado un siglo XIX inestable y decadente, luego una Restauración mediocre, caciquil y fracasada, y finalmente haber alumbrado una república convulsa en camino a una violenta revolución totalitaria. Ortega, en parte Unamuno, se asimilaban a aquel liberalismo, acusado de ir contra la religión y la propia España.

Sin embargo, los ideólogos falangistas, con cierto liberalismo cultural,  propiciaban una apertura e integración, en lo posible, de la cultura anterior. A ese efecto crearon la revista Escorial, una iniciativa que los intelectuales del bando vencido, exiliados muchos de ellos, desdeñaron sectariamente; aunque logró reunir a muchos de los más importantes de España por entonces.

En cambio,  los sectores eclesiástisos –no todos—, con la revista Arbor del CSIC, dirigida por el Opus Dei, consideraba que la experiencia política y bélica había sido lo bastante dura y concluyente, y rechazaba cualquier aperturismo. España había sido declarada confesionalmente católica y maestros tan poco religiosos como Ortega o heterodoxos como Unamuno, estaban de sobra. La alternativa era Menéndez Pelayo en su versión más tradicionalista.

La polémica  persistió hasta finales de los años 50 y, pese a algunas actitudes amenazantes de los sectores eclesiásticos, si algo testimonió  fue la inexistencia de un régimen totalitario: posturas muy encontradas pudieron expresarse, a veces con acritud de un lado y otro.

El eje del debate fue, pues,  la relación entre religión, cultura y política. Simplificando, los tradicionalistas condenaban el eclecticismo de los falangistas y daban por vano y perjudicial su intento de armonizar  el catolicismo con pensamientos como el de Ortega, acusado este no solo de arreligioso, sino de insuficiente y mal fundado en el terreno filosófico. El problema era que, a pesar de sus críticas, a menudo agudas y bien argumentadas, no consiguieron formar una corriente intelectual fructífera sobre Menéndez Pelayo o de otra forma. De hecho, tendían a asfixiar  la vida cultural dando por supuesto que ya la tradición cristiana había resuelto todos los problemas esenciales, limitando la actividad intelectual a la erudición, el comentario y la cita, como venían a acusarles sus contradictores. Y tampoco la iniciativa falangista generó una corriente intelectual capaz de competir con el marxismo o las formas de liberalismo o socialdemocracia predominantes en Europa después de 1945.  Fue un  debate de fondo y ciertamente interesante. No cumplió la aspiración  implícita en ambos contradictores de impulsar una gran cultura española, una nueva edad de oro  que muchos creían anunciada por la gran victoria de 1939. Pero en varios aspectos el debate permanece actual y podría retomarse con la vista puesta en la experiencia histórica.

Como observa  el autor del libro, es curioso comprobar cómo la polémica se disolvió casi repentinamente cuando  llegaron los nuevos vientos eclesiales que darían lugar  al  Concilio Vaticano II, mientras la Falange se anquilosaba como un aparato burocrático. Y no menos curiosa la evolución de varios de los contendientes, en especial los más defensores de la tradición y contrarios a cualquier apertura, que llegarían a coquetear con tendencias liberales e incluso comunistas. El propio régimen se hizo cada vez más tecnocrático y menos ideologizado, privando de base a todos ellos, y los elementos dirigentes de la Iglesia adoptaron una creciente hostilidad al franquismo, que incluía el apoyo a comunistas, separatistas e incluso terroristas. Júzguese como se quiera, sin esa deriva eclesiástica serían menos  las fuerzas que han llevado al país a la grave crisis histórica actual.

Viene aquí al caso  otro libro,  en su tiempo muy comentado: El maestro en el erial, de Gregorio Morán. Lo que soprende en Morán es  su absoluto desdén hacia toda la producción intelectual de los años 40-50, acusando a Ortega de lo que él presenta como complicidad con un régimen nefasto y liquidador de cualquier cultura seria. Pero en aquellos años Ortega y muchos otros intelectuales pudieron trabajar con libertad considerable y  buen rendimiento, mientras la tan ponderada cultura del exilio languidecía y en todo caso fue muy inferior a la desarrollada en España. No hubo, ni de lejos, un “erial” o un “páramo”, como Julián Marías se encargó de aclarar documentadamente… cosa que importa un bledo a los impertérritos difusores de la patraña.

Estuve a punto de calificar de “olímpico” al desprecio mostrado por Morán –y tantísimos más–; pero ¿a qué Olimpo intelectual representan los desdeñosos? ¿Qué han producido en estos decenios en que la dominado la vida cultural del país? Me temo que sus frutos son  realmente pobres y  sí puede hablarse  hoy de páramo.  Un desdén vacuo, de pose, a menudo teñido de moralina barata o de cursilería. Actitudes ciertamente muy poco fértiles.

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Para aire céltico: http://www.youtube.com/watch?v=MO7bUhJlAek

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Sexualidad y decadencia

Blog I: El club de los antifranquistas distinguidos: http://www.intereconomia.com/blog/club-los-antifranquistas-distinguidos-20131129

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Sexualidad y decadencia  

Si  en muchos animales la actividad sexual se limita al período de celo, en el hombre es permanente, lo cual  provoca una tensión entre sus funciones como medio de placer y como medio de reproducción. ¿Podría decirse que las épocas de decadencia están relacionadas con  una tendencia a la exclusividad de la primera función que dejaría muy en segundo plano la segunda, junto con la educación de la prole?  La decadencia helenística y  las épocas de decadencia romana, mejor o peor superadas, parecen ligadas a una especie de explosión sexual desinteresada de la procreación, según diversos testimonios y literaturas de esos tiempos.  Considerados los hijos más como una carga fastidiosa que como una fortuna, y la sexualidad  solo como fuente de placer, debieron de extenderse mucho la homosexualidad y las relaciones  no estables ni fértiles, junto con una mentalidad pesimista hacia el valor de la vida humana y su futuro, volcada en aprovechar las ocasiones de placer  del presente.  No sé si hay estudios sobre fenómenos semejantes  en épocas de decadencia de otras culturas u otros países, de modo que la relación entre sexualidad y decadencia o eclosión cultural queda como una hipótesis de trabajo.

En cualquier caso,  desde los años 60 la concepción de la sexualidad como simple medio de placer se ha extendido en los países occidentales con ímpetu extraordinario, alentado por los avances técnicos que hacen mucho más fácil evitar el embarazo. El homosexualismo se ha convertido en una enorme fuerza política, las uniones ocasionales y fuera del matrimonio –el cual implica en principio un compromiso vital—se han extendido  de forma masiva, así como los abortos, y millones de parejas deciden deliberadamente evitar la descendencia.  Incluso hay corrientes favorables al exterminio indoloro de la especie humana mediante  una renuncia voluntaria y generalizada a la procreación, dado que, aun con los placeres asequibles gracias a la opulencia económica, la vida humana permanece inevitablemente  llena de frustraciones.

¿Suponen estas corrientes una decadencia de Occidente?  ¿O nacen más bien como remedio de la especie, inconsciente, al espectacular aumento de la población en el siglo XX,  susceptible de volverse muy peligroso  y ecológicamente insostenible?  La caída de la natalidad en muchos países anuncia muy serias dificultades económicas, como aquí ha recordado Alejandro Macarrón en un estudio importante –aunque esas dificultades tal vez podrían paliarse o resolverse mediante el desarrollo técnico y la ampliación de la esperanza de vida en condiciones saludables–. Pero, más allá de la economía, acaso el problema clave sea de orden moral o más ampliamente cultural. Si concluimos que el objetivo del ser humano en la tierra consiste en obtener el mayor placer posible, y ese objetivo resulta alcanzable solo en proporción escasa, debido a las limitaciones de la propia condición humana, entonces  la ideología sexualista y antinatalista  no sería una respuesta de la especie a un previo exceso de población, sino una clara tendencia autodestructiva.  He aquí una interesante  cuestión a debatir.

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Mi participación en tele-5

Blog I: ¿Franco asesino? Nota para Anasagasti: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/franco-asesino-nota-para-anasagasti-20131124

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1.-Tele5 es una más de las televisiones que prosperan con la basura, la puntera, incluso, en ese género. No creo que haya nade ofensivo en decirlo, es una mera descripción.  La escandalera sexual, la exhibición de intimidades, etc., forman  el grueso de su programación,  y no son tan inocentes que no lo sepan. Tampoco lo hacen por inclinación natural, sino porque da dinero. Es lo que diríamos una opción rentable.

2.- La basura moral es rentable porque a su vez una masa de gente opta por ella. Lo cual refleja el grado de incultura y de degradación moral de gran parte de la sociedad española. No por nada somos la primera potencia europea en botellón, alcoholismo, juvenil, consumo de porros y de cocaína, fracaso escolar, etc. Pero esta es la realidad hoy por hoy, y a ella debemos atenernos.

3.- La basura sube de tono cuando entra en la política, a menudo pornopolítica,  generalmente en medio de una algarabía de interrupciones, insultos, etc. Yo he rehusado algunas invitaciones a programas de ese tipo como “La Noria”, pero siempre queda la duda: ¿habré hecho bien? Porque los programas de televisiones  más serias a los que (muy de vez en cuando) me llaman,  alcanzan como máximo a unas decenas o pocos cientos de miles de oyentes, mientras que Antena3, o Tele5 llegan a millones. Es una audiencia en su mayoría poco culta, a la que impesionan más los adjetivos y las invectivas que los datos, y que sigue con dificultad un razonamiento algo complejo. Pero es también la ocasión de ofrecer a esas personas algunos datos y argumentos distintos de los que normalmente les llegan. La decisión no es clara.

4.- En este caso, Francisco Franco fue invitado a un programa sobre su abuelo en Tele5. Él puso dos  condiciones: que fuera yo, y que enfrente hubiera personas de un mínimo de solvencia y no  otras como Pilar Rahola, Elisa Beni, Antonia Iglesias, el enreda Carmona  y demás estrellas de este tipo de programas. Aceptaron y decidí ir.

5.- El programa resultó,  en parte, también basura: empezó con casi tres cuartos de hora concedidos a una señora que había escrito cierta pornografía sobre Franco, creyendo describir a este cuando en realidad se describía a sí misma. Luego quedó una hora y cuarto para un debate que se presumía serio. Al menos no hubo insultos ni gallinero de interrupciones, pero fue poco tiempo, porque las cuestiones a aclarar  eran de fondo histórico y demasiado amplias y a veces complejas.

6.- En el debate, la basura no vino de la presentadora, que obró con profesionalidad y bastante neutralidad, aun dando por hechas cosas como “los crímenes del franquismo”.  La basura, en este caso intelectual, vino de Anasagasti, Antón Losada, Verstringe y Massiel. Massiel hizo una brillante y premiada carrera artística en el franquismo, pero en algún momento se descubrió antifranquista; y Verstringe más o menos lo mismo, hasta dar con las maravillas doctrinarias de Trotski y la necesidad de reparar la expulsión de los moriscos. Losada  solo tenía nueve años al morir Franco, pero era ya igualmente antifranquista, pues  se percató enseguida, como Verstringe y Massiel, de  la “pobreza y la tristeza” de aquel régimen, habiendo nacido en su casa y no en un centro de la Seguridad Social, etc.  Las tonterías de Massiel son perfectamente excusables, pero en profesores de universidad como Verstringe y Losada resultan chocantes… mientras uno no recuerda el bajo nivel de nuestras universidades,  nivel ya ínfimo en los departamentos de historia y de políticas. Siempre con las excepciones de rigor, pocas. Frente a estos señores son inútiles los datos que Francisco Franco, el profesor Bárcena y yo dábamos sobre los índices de renta, de paro, de población reclusa, de condiciones de la construcción del Valle de los Caídos, de realidad del Frente Popular y de la represión franquista y roja,  etc.  Inútil frente a ellos, creo, pero no frente a una buena parte de los televidentes, a quienes al menos debieron suscitarles algunas dudas sobre la versión oficial. Así pues, en definitiva valió la pena.

7.-  El debate despertó gran interés en la audiencia, que de todas formas quiere enterarse del pasado  para no mirar vacuamente al futuro, como preconiza el PP. Terminó abruptamente con una intervención de Anasagasti: quise  contestarla y ya no pude, por lo que lo hago ahora con una nota en el blog de la Gaceta. Anasagasti, fue privilegiado en el debate, pues lo abrió, intervino varias veces y lo cerró. No es un dato anecdótico que sea él  un dirigente de un partido  caracterizado por la colaboración con la ETA, experto en sacar rentas políticas de sus asesinatos  (la “recogida de nueces” de Arzallus).

8.- Aparte de las consideraciones dichas, hay otra de más calado: lo que Gregorio Marañón llamaba la insoportable y constante mentira de  los rojos. Deja a uno apabullado el envenenado desafío a los hechos por parte de Losada, Anasagasti o Verstringe. Es algo realmente llamativo. He calificado a la izquierda española como la más descerebrada y violenta de Europa, siempre ligada al terrorismo.  Una izquierda muy dada a la corrupción,  de consigna y griterío, guiada por una inextinguible sed de poder a cualquier precio,  solo capaz de una política “incompetente, de amigachos, codicia y botín, sin ninguna idea alta”, como la definía Azaña. E  inepta para producir un solo pensador de algún fuste en sus propias doctrinas  –marxistas, anarquistas o separatistas—, pues no pasa de vulgarizar y a menudo distorsionar ideas  surgidas en otras latitudes, sin saber aplicarlas siquiera a la realidad concreta de España, de cuya historia tienen solo una caricatura. Cabría atribuirlo a una característica española, pero la derecha tanto la tradicionalista como la más o menos liberal, sí ha producido un pensamiento muy considerable: Donoso Cortés, Balmes, Menéndez Pelayo, Maeztu, Ortega, Unamuno, Amor Ruibal, Zubiri, Julián Marías, Eugenio D´Ors, etc. (Otra cosa es que la derecha política haya mostrado casi siempre una especial mezquindad y desprecio por las ideas). Dejo abierta la cuestión  de por qué “disfrutamos” de una izquierda tan cutre.

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El individuo imaginario

Blog I: Tesis sobre Franco. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tesis-sobre-franco-20131120  

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En mi próximo libro  Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia, expongo este razonamiento: “Renan rechazaba el nacionalismo alemán argumentando que  “El individuo no pertenece a su lengua ni a su raza: no se pertenece más que a sí mismo, puesto que es un ser libre y moral”. Un nacionalista alemán podría replicarle: “Yo, como ser libre y moral,  estoy convencido de que la raza y la lengua son elementos constitutivos  y fundamentales de mi nación y de mí mismo”. Renan caía en lo una contradicción al apropiarse de la noción de individualidad, libertad y moralidad y excluir de ella a quienes piensen de otra forma…  Llevada  la pretensión al extremo, hasta podría privarse a otros de libertad arguyendo que no son lo bastante libres y morales para disfrutar de ella… pese a que son tan individuos como el individualista. Es típico de las ideologías apropiarse de rasgos positivos para excluir de ellos a los demás.

Esta falacia está hoy extendidísima. A izquierdas y derechas vemos invocar al individuo como la suma de todas las virtualidades y derechos, oponiéndolo a la sociedad, al poder, al estado o a los competidores ideológicos…  No solo ocurre con los seguidores de Ayn Rand o de Rousseau, también con muchos sedicentes liberales,  extrema izquierda, anarcocapitalistas, etc. La sociedad (o la competencia) se presenta como un mal, ya que impone al individuo mil coerciones. Desde ese punto de vista, las personas menos exaltadamente  individualistas no serían propiamente individuos y se les podrían quitar sus derechos.

Pero claro está que esos individualistas nos toman el pelo. Casi ninguno de ellos sería capaz de poner al individuo (a él mismo), por encima de cualquier consideración de identidad o interés social. En realidad, solo los delincuentes serían entonces adecuadamente libres y por tanto  “individuos”, o a la inversa. No es una caricatura: las corrientes anarquistas siempre han simpatizado con los bandidos y sus crímenes, como hombres y acciones “auténticamente libres”. Baste recordar a Bakunin o a Stirner. El problema tiene su lado metafísico, por así decir, pero lo trataré de forma más práctica: salvo ese tipo de ácratas, ningún individualista está dispuesto a obrar al margen de las leyes y costumbres que le imponen, claramente, unas conductas determinadas y no elegidas por él. De ser consecuente, debería admitir que si no se vulnera la ley es solo porque  sabe que esta tiene a su servicio la suficiente dosis de violencia como para  meterle en vereda. Por no hablar de las influencias familiares, de trabajo, de conocidos, jefes etc., que a menudo contrarían los deseos de cada cual y condicionan su vida de forma poco agradable.

Se trata, pues, de un individuo puramente imaginario, dueño de todas las potencialidades, cuyos deseos y aspiraciones nadie tendría derecho a coartar, y menos que nadie el poder. Se atribuye a los individuos todas las capacidades de progreso, ideas  brillantes, o simplemente posibilidades de autorrealización que harían progresar a la humanidad. Lo cual tiene algo de cierto, porque las buenas ideas, el arte, las invenciones, etc., surgen de individuos, no nacen colectivamente. Pero también es cierto que esas ideas y aspiraciones son a menudo simples caprichos o extravagancias, o que chocan con los deseos y aspiraciones de otros individuos, o que fracasan por su propio error, sin que sea posible culpar a la sociedad, al poder  o a otras personas.

El  individuo real no puede concebirse siquiera al margen de la sociedad, lo que significa también del poder. Nadie tiene tanta autonomía como para elegir su lugar y época de nacimiento, ni su familia o la posición social de esta, ni  la lengua materna, ni la tradición cultural en la que se formará, ni el tipo de enseñanza que recibirá, ni sus dones físicos e intelectuales. Casi nunca podrá tampoco elegir su trabajo, su forma de ganarse la vida,  a no ser entre opciones mucho más  limitadas que las teóricamente posibles o deseables. Ni su familia.  Para colmo, gran parte de sus mismos deseos  e ideas tienen un componente no consciente que escapa a la voluntad de su yo. Y todas esas cosas condicionan y modelan profundamente a los individuos y sus conductas.

Parece que el individuo es un ser libre y por tanto moral, pero su autonomía es harto más limitada que la  pretendida por tales individualistas. La  relación entre él y la sociedad o su mero entorno inmediato  es muchísimo más compleja e interesante de lo que sostienen los apóstoles del individuo como suma y medida de todas las cosas.

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La política y el poder / Narcís o Narciso,

Blog I.  Liberalismo, catolicismo y ley natural: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/liberalismo-catolicismo-y-ley-natural-20131118

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(Debo advertir que estos artículos vienen a ser esbozos o tanteos de un ensayo que espero escribir sobre el poder y la democracia; de ahí que no estén muy elaborados, esperando que las críticas de los lectores ayuden a mejorarlos)

——-Poder y política:————–

El poder, en las sociedades civilizadas, consiste en un aparato institucional más o menos complejo, basado en la autoridad y la potestad, por seguir la división romana. Ese aparato está ocupado o dirigido por una oligarquía (el poder, por definición, lo ejercen unos pocos  sea cual sea el modo como llegan y se mantienen en los puestos de mando).  La oligarquía, a su vez, está jerarquizada, no es un grupo de iguales, y casi siempre está dirigida por una sola persona.

Cuando decimos que el objetivo del poder es asegurar el orden social, entendemos por orden los medios para que la sociedad obre como un conjunto y no se desarticule en movimientos internamente desgarradores. La sociedad debe funcionar como un todo, por encima de las discrepancias internas particulares y con vistas a defender los intereses propios frente a otras sociedades o grupos humanos (diplomacia y guerra exterior). Pero no es el poder, como aparato, el que lo garantiza, sino su ejercicio, es decir, la política.

No son lo mismo política y poder. Este se presenta como una burocracia más o menos impersonal, racional y eficiente, incluso al margen de ideologías (a veces cambia un régimen, pero el aparato estatal permanece con pocas variantes); en cambio la  política es un arte, y como tal depende enormemente de las personas al cargo: de sus luces, voluntad, experiencia y conocimiento de las realidades sociales y externas. El ejercicio del poder presenta, además,  una constante aparición de problemas y de desafíos mayores o menores muy difíciles de predecir. Por ello un estado  eficiente no garantiza la estabilidad social ni su propia permanencia si  los políticos al cargo obran de manera desacertada. Un buen ejemplo lo encontramos en la república, que heredó un estado pasablemente sólido, pero cuyos políticos lo destrozaron con actitudes demagógicas por no decir demenciales, como creo haber expuesto en Los personajes de la república vistos por ellos mismos.

La política persigue, por supuesto, el mantenimiento del estado, del  poder, pero utilizando este, ante todo, como instrumento que permita el funcionamiento y acción de la sociedad como un todo. Cuando se convierte en mero instrumento del autosostenimiento estatal, termina por descomponer la sociedad y al propio estado. Peligro permanente, por cuanto toda oligarquía aspira a perpetuarse en el control del poder. Vemos esa dinámica en momentos avanzados de la decadencia romana, cuando la política llegó a cifrarse esencialmente en mantener un ejército fuerte y satisfecho, sin importar el coste para la sociedad. Actualmente percibimos algo así en la llamada “casta política”, que ha llevado al país a una crisis política, nacional y económica, de la que no se hace en absoluto responsable. En cualquier caso existe siempre una tensión entre los intereses de la oligarquía en el poder  y los presentes en la sociedad, entre la tendencia del poder a convertir a la sociedad en un ente meramente pasivo y las tendencias centrífugas siempre actuantes en la sociedad. Esta tensión y los equilibrios resultantes, nunca muy estables, condensa la esencia de la política. A su vez muy relacionada con tensiones externas derivadas de amenazas o conflictos con otras sociedades.

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Un personaje importante en la trama de Sonaron gritos…  es el tío de Alberto, Narcís o Narciso, según los momentos. Se trata de un personaje muy típico. Alberto lo describe como un separatista  que ve con muy malos ojos el matrimonio de su hermano José  o Josep con la almeriense  Soledad, tanto por ser  esta  “charnega” como por su origen  humilde.  Siendo niño Alberto, Narcís visitaba a su hermano de vez en cuando, y trataba a su sobrino  con hostilidad y desprecio. El protagonista cuenta que  una vez se vengó de su tío untando de cola la pesada silla de roble donde este iba a sentarse y ocasionándole la  rotura del pantalón. Alberto le oía sus invectivas nacionalistas antiespañolas, y esa era una de las razones por las que detestaba el separatismo: lo personificaba en Narcís.

De ahí el enorme desconcierto de Alberto cuando, terminada la guerra, vuelve a su casa paterna y allí encuentra a su tío con camisa falangista, en plan de amo y señor del piso y con el nombre de Narciso.  No menor es el desconcierto de este, pues daba por muerto a su sobrino, junto con los demás miembros de la familia. Narciso es el primero en reponerse, y ante las exigencias de propiedad  de Alberto, informa triunfante a este de su más que incómoda historia familiar. Queda clara la ingenuidad  del sobrino,  a quien no han hecho sospechar  otros indicios como la actitud de su abuelo  cuando van a organizar el contrabando por los Pirineos. Cabe deducir la discreción de sus padres.  Con dificultad, Alberto se repone y contraataca recordando a Narciso su pasado y lo sospechoso de su nuevo entusiasmo falangista.  He aquí el choque entre el joven  ingenuo a quien la guerra ha espabilado, pero  quizá no del todo,  y el maduro superviviente nato, capaz de adaptarse a las más variadas situaciones. Tal como lo presenta Alberto, y  aparte de la repugnancia que le profesa, Narciso resulta un hombre inteligente, adaptable, con habilidad para  negocios de muy variado carácter y que, sorprendentemente, sabía ser encantador cuando le convenía.

Pero después de todo, ¿no ha hecho Alberto algo semejante a Narcís?  También él ha vivido con un falso carnet de la CNT, ha  espiado y traicionado a los padres de su amigo Paco, ha engañado a su amante Luisa…  De hecho él y Paco  se plantearán, en Rusia, el mismo problema: “¿Acaso no hacemos unos y otros  cosas muy parecidas?”.  Pero hay diferencias. Narcís cambia de chaqueta para trepar en la situación de posguerra, destreza en la cual demostrará talento. Alberto ha engañado, traicionado y usado identidad falsa,  no para desenvolverse en la revolución, sino para combatirla. En un caso hay adaptabilidad, en el otro riesgos muy graves.  Es discutible quién pueda tener razón desde un punto de vista digamos darwiniano.  Eso sí, Narcís, a la defensiva,  ha de aguantar por un tiempo las imposiciones de su sobrino y convertirse casi en sirviente suyo. Lo cual, cabe suponer, no le agrada lo más mínimo.

Narcís reaparece cuando Alberto le comunica su marcha a Rusia. De acuerdo con el sobrino,  la conversación –telefónica—no puede ser más instructiva. El tío, con falso fervor, le asegura que él también se iría si fuera más joven y no estuviera a punto de casarse con una viuda de guerra, de la buena sociedad.  Hipócritamente le  dice que pensaba invitarle a la boda, pero ya que se marchaba… Narcís estaba ganando dinero con el estraperlo y otros negocios,  su matrimonio le iba a proporcionar buenos agarres, y “con un poco de suerte, su estúpido sobrino se dejaría la piel en Rusia, alejando la negra nube que le amargaba la existencia (…) Por qué  no? –me puse mentalmente en su lugar—Los bienes se enlazan como las cerezas, igual que las desgracias. Con qué gozo recibiría, sin duda, la noticia de mi muerte. El mal de unos trae la fortuna de otros”.

Todo cambia cuando la guerra mundial está próxima a terminar y casi todo el mundo da por hecha la liquidación del franquismo. Narciso ha estafado a Alberto mientras este estaba en la División Azul,  y responde altanero y amenazador  a la furia de su sobrino: “Caramba, qué humos.  ¿Te ascendieron a sargento chusquero en Rusia o qué?  Las cosas han cambiado mucho, noi, y tus chulerías me las paso por la entrepierna (…) A lo mejor vas a ser tú quien tenga que esconderse y disimular dentro de poco (…) A la gentuza como tú le queda ya muy poco, así que ándate con ojo, gilipollas, y trátame con más respeto o yo haré que alguien te clare las ideas…”.

Alberto consigue pararle los pies   con ayuda de Andrés, su viejo contacto en la quinta columna.  Pero finalmente no se ensaña con él.  Le  obliga a devolver el dinero  y, una vez logrado, prefiere olvidarlo: “Narcís, cómo nos empeñamos en complicarnos la vida. Podríamos hacerla más llavadera” –dije, concilicador, al marcharme–  Intentó disimular su rencor y solo le salió un rictus: Leí sin dificultad su pensamiento:” “Espera a que vuelvan los nuestros. Entonces ya te arreglaré yo a ti”.

Alberto vuelve a dejar clara su posición ante un matrimonio joven, invitado a su boda.  El marido le critica sarcásticamente:

“Una cruz de hierro debe de costar muchas de madera, ¿no?” Tardé unos instante en comprender la alusión. “Ni una sola. Los soviéticos no ponen cruces en sus tumbas” “Ya… pero viene a ser lo mismo”.  “Sí, cuando llega la guerra, hay muertes. Estarás enterado, supongo”. “Claro, claro, por eso yo estoy en contra de todas las guerras. Soy pacifista”.  “Te felicito, eres hombre lleno de virtudes. Pero no todo el mundo es tan bueno como tú. Stalin piensa de otro modo, y a la mayoría de los políticos y a mucha otra gente les ocurre lo mismo”. “Oh, Stalin, el comunismo, esas cosas… No hay que tomarlo tan por la tremenda. Si se tomaran las cosas con más calma, de forma más razonable, no habría pasado nada. Ni en España ni en Europa”. “Por lo menos a personas como tú no les habría pasado nada. Estoy seguro de que te habrías adaptado sin problemas al comunismo, al nazismo y a lo que fuera, y treparías en cualquier situación. Porque virtudes como las tuyas siempre obtienen recompensa”. Nos tirábamos dardos envenenados con aparente tranquilidad y los demás  circunstantes se removían en los asientos. Carmen me daba pataditas bajo la mesa. “Te equivocas. Yo tengo mis convicciones y no transigiría con ninguna dictadura”. “Pues me han dicho que te va muy bien con esta que tenemos en España. Que te estás forrando, vamos que no eres ningún pelagatos. ¿O no es una dictadura?”.  Su mujer no sabía adónde mirar.  “Lo es  pero… Total, para lo que va a durar ya, no merece la pena hacer sacrificios, no sería razonable…”.

La conversación puede parecer muy actual, pero por aquellos días, finales del 44, ambientes así menudeaban.  Luego, el franquismo  permaneció y aquellas euforias  quedarían un tanto olvidadas. Me ha parecido interesante recordarlas en la novela.

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