Dos niveles en la razón / Motivos de Alberto

Blog I: Los años perdidos del franquismo / Arzallus odia lo vasco: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/los-anos-perdidos-franquismo-arzallus-odia-vasco-20131009

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La necesidad de ordenar el mundo exterior tiene dos niveles: el más evidente es el de las  necesidades cotidianas, en el que la razón (conocimiento y cálculo sobre todo) funciona con bastante éxito, aunque nunca total (por mucho que intente evitarlo, siempre habrá imprevistos,  accidentes, opciones equivocadas y conocimiento insuficiente; y por otra parte un orden racional demasiado estricto puede asfixiar la creatividad y la espontaneidad). El otro nivel es el del  mundo en conjunto y nuestra posición en él: algo mucho más especulativo e inconcreto, pero más importante, porque  sin la sensación de un orden general,  las actividades corrientes pierden sentido, y los inevitables fracasos en la vida corriente, y hasta el mismo éxito, conducen a la desesperación.  Por eso la necesidad de un orden general es perentoria para la psique humana, hasta el punto de que muy a menudo  se prefiere  mantenerlo a toda costa, aunque los hechos demuestren su falsedad o insuficiencia. Así, esa necesidad  llega a generar un intenso fanatismo  y odios implacables hacia quienes prefieren otro orden.  Pero en ese plano general no sirven las recetas de razón utilitaria que nos permiten bandearnos mejor o peor en la vida cotidiana: los cálculos concretos, previsiones  razonables y lógica o sentido común. El orden superior que dé sentido a la vida exige otras herramientas más sutiles y evanescentes:  intuiciones,  analogías,  imaginación. Y derivan hacia la fe,  al ser imposible la comprobación práctica, medible, de sus  tesis o dogmas. De ahí han surgido religiones, filosofías e ideologías, siempre expuestas a los ataques de la razón, o de cierto modo de considerar la razón. Esos ataques conducen con frecuencia al ateísmo o a un escepticismo sistemático.  Pero estos, a su vez,  caen en un dilema: la desesperación,  incluido el suicidio, o la concentración  exclusiva de la psique en los asuntos de la vida cotidiana, con exclusión deliberada de toda inquietud espiritual superior, vista como inútil y arbitraria. Lo segundo viene a constituir una mutilación fundamental si consideramos  la búsqueda de orden y sentido como rasgo imprescindible de la condición humana, según indica la historia. Aunque su necesidad sea negada por ideologías fundadas en una razón absolutista.

La técnica, como la ciencia, prescinden metodológicamente de esa inquietud esencial. Laplace lo expresaba en su respuesta a Napoleón, cuando este le reprochaba no haber citado a Dios en su explicación del universo: “No he necesitado esa hipótesis”. Si para explicar el funcionamiento del universo no hace falta la “hipótesis” de Dios, entonces esta resultará superflua para todo lo demás, y la fe resultaría innecesaria y contraproducente. La especulación sobre la razón y la fe, y la dificultad de armonizarlas, es tradicional en la religión católica. Por eso Lutero, que optó por la fe, calificaba a la razón de “la gran ramera del diablo”. Lo que tiene su lógica, es decir, de algún modo su razón.

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El prólogo y el epílogo

El primer capítulo de Sonaron gritos…  viene a ser un prólogo donde el protagonista explica por qué va a contar su tormentosa juventud, y el epílogo explica en qué  derivó ella finalmente. También puede  leerse primero el epílogo, donde expresa disimuladamente, al hablar de sus hijos,  el desencanto por el parvo o más bien trivial  fruto de las ordalías de su juventud.  A los dos primeros, chico y chica, a quienes han puesto los nombres de Paco y Luisa, los presenta como unos inteligentes profesionales volcados, como objetivo primordial, en ganar dinero. Han heredado el sentido práctico de Carmen, pero exacerbado y han hecho excelentes carreras como ejecutivos o expertos de empresas  en España y otros países, considerándose ciudadanos del mundo, cualquier cosa que eso fuere.  De forma no muy convincente,  el padre afirma sentirse orgulloso de ellos,  “salvo por su escaso apego a su país”, por el cual tanto  bregó él en su juventud. Y porque “están convencidos de debérselo todo a sí mismos y desprecian como pobretones y cutres los arduos tiempos, los desafíos afrontados, las luchas y sacrificios gracias a los cuales han podido disfrutar de paz y de existencias tan cómodas”.  Bien es verdad que Alberto  nunca les explicó sus vivencias juveniles (pasó con muchas personas de la época), aunque ,debe suponerse,  alguna somera referencia les habría dado. Los encuentra tan diferentes de él, dice, que podría sospechar de su paternidad si no tuviera plena seguridad en la fidelidad de Carmen. Por otra parte, el prólogo tiene algo de canto al amor conyugal, cualidad harto menos intenso en sus vástagos: “Los dos se han divorciado, Paco  dos veces,  y tienen uno y dos hijos respectivamente , a quienes nunca han prestado especial atención”, excepto por llevarlos a colegios caros.  Carmen se había  empeñado en inculcarles una educación católica, pero el ambiente (su adolescencia data de los años 60)  había podido más, cosa muy frecuente.

   El tercer hijo, Diego Hipocrates,  el más querido de sus padres, ha heredado el idealismo de ambos, pero en dirección opuesta: metido en grupos comunistas, debió exiliarse una temporada. A su vuelta, en la transición,  se pasó a los socialistas, se  asqueó de unos y de otros, cayó en la heroína. Salió de ella a duras penas, y finalmente sobrevivía como profesor de matemáticas en un instituto de barrio y en un piso modesto. Ha vivido con algunas chicas, sin casarse,  y no tiene hijos.  En contraste con sus triunfadores hermanos mayores, tiene mucho de fracasado. Cabe señalar que las breves semblanzas del epílogo tienen algo de costumbrismo, en contraste con el cuerpo de la novela.

    Sin aventurar una respuesta, Alberto se pregunta cómo acogerán sus hijos el relato de su juventud,  de la cual ellos apenas tendrían algunos vislumbres.  Una difusa culpa  flota sobre sus explicaciones finales.  Culpa tanto hacia sus hijos como hacia sus antiguos camaradas, a quienes había querido olvidar, junto con sus lejanas peripecias. Esto es lo decisivo:  en el prólogo afirma que la decisión de escribir su historia le viene de fuera, de unos sueños y una especie de revelación.  Y en el epílogo, una vez concluido el trabajo,  se entiende  que  cree haber cumplido un deber. Es más, que ese cumplimiento le ha salvado, aunque exprese lo vivido sin reivindicarlo ni  condenarlo.  La conclusión es que el mero relato de sus peripecias, independientemente de lo ocurrido después, le salva del peso de un demoledor fracaso vital

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Laberintos de la razón (I) / Los ricos y los pobres

Blog I: ¿Es pública la enseñanza pública? / Dificultades del ateísmo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Interrumpo ahora las consideraciones sobre el poder  para entrar en otras: cómo la razón  ha producido en Europa las ideologías más dispares, sobre todo en un siglo XX que dista de haber sido asimilado intelectualmente; en una época en la que Europa ha perdido su vieja hegemonía, no solo material, sino también espiritual.  El problema de la razón, dejando aparte la época griega, es muy antiguo en Europa, así como  su conflicto con la fe. Desde  el siglo XVIII,  el conflicto ha ido decantándose a favor de la razón, o así parece.

Pero ¿qué es la razón? El concepto, como otros abstractos,  admite diversos significados,  pero aquí optaré por este:  es la facultad humana para ordenar las  impresiones del mundo en causas y efectos o similares, de donde deriva la capacidad de hacer previsiones y proyectos relacionando fines y  medios.  El mundo se presenta al hombre  como un conjunto de impresiones caótico, al mismo tiempo acogedor y amenazante, en el que debe desenvolverse.  En los animales debe de ocurrir algo semejante, pero a otro nivel: su “pensamiento”, el instinto, pone orden en el mundo de acuerdo con sus necesidades de supervivencia, alimentación y reproducción básicamente. No parece probable que perciban el mundo exterior como un todo objetivo y ajeno a esas necesidades. El instinto establece así un orden anímico, pero al mismo tiempo muy limitado, en función de tales necesidades primarias, de los medios de satisfacerlas y de las amenazas que se lo dificultan o impiden. En el ser humano,  la percepción del exterior en función de sus necesidades también existe, y en algunas personas de modo tan primario que superficialmente recuerda al del animal. Pero el hombre puede apreciar el exterior como un conjunto  objetivo, ajeno y por encima de esas necesidades particulares. Y apreciarlo también como un tiempo que acabará con su vida y capacidad de percibir. Lo cual  diferencia radicalmente la posición humana con respecto a la animal.

La más primaria  impresión humana del mundo es lo que llamamos caos,  algo múltiple, infinito, oscuro y móvil, ante el cual la psique pugna por introducir un orden para hacerlo comprensible, y  en esa pugna consiste la razón. Cabría pensar que, en fin de cuentas, la razón no es más que el instinto evolucionado, con la diferencia de que, en lugar de adaptarse al medio para satisfacer la necesidad de supervivencia, trata de adaptar el medio a dicha necesidad. De hecho así se tiende a interpretar desde ciertas concepciones de la razón. Pero la visión global del mundo (en espacio y en tiempo), impone una consideración más amplia: el ser humano sabe que sus antecesores han muerto y que él también morirá, puede pensar que todo aquello que le permite vivir –la cultura, en definitiva–  también perecerá;  y que el sentido fácilmente  perceptible en cada acción particular de su vida cotidiana se encuentra desafiado por el sentido más vasto y enigmático del mundo y de su propia persona  dentro del mundo. Y así como la razón permite hallar un sentido –aun si dificultoso y lleno de azares— en el día a día, fracasa ante la inmensidad del mundo y de la vida, incluyendo su vida individual como conjunto. ¿Qué significado tendrán, en definitiva, los esfuerzos, penas y alegrías, satisfacciones y penurias que marcan su existencia en la tierra? Para todo ello no existe una respuesta racional al modo como la hay para un horario de trabajo, una mesa o un automóvil,  por ejemplo. Pese a lo cual, la razón trabaja sobre tan angustioso problema echando mano de la imaginación y la analogía, y de ahí surgen probablemente las religiones.

Así, la religión también sería un producto sui generis de la razón enfrentada al misterio, es decir, a sus límites. Algunas personas sienten profundamente la cuestión, la mayoría solo en raras ocasiones, pero es probable que la vida corriente se volviera mucho más desequilibrada e inquietantes sin los ritos y creencias proporcionados por la religión. Según algunas orientaciones filosóficas, las cuestiones sin respuesta están simplemente mal planteadas, son “irracionales” en el sentido de absurdas y no merece la pena gastar en ellas un tiempo que debe emplearse para las cuestiones más prácticas de satisfacer las necesidades “materiales” . Más vulgarmente,  no faltan quienes interpreten las religiones como simples estafas de algunos aprovechados explotando la credulidad de los ignorantes. No obstante, las preguntas mencionadas pesan ineludiblemente sobre la condición humana, aunque no tengan esas respuestas racionales.

La mayoría de los racionalistas, y lo mismo el razonalismo de Fernández de la Mora, admiten los límites de la razón ante lo misterioso;  pero suponen que, dentro de esos límites, la razón proporciona unas interpretaciones sólidas y unívocas a partir de unas premisas claras. A mi juicio, no hay tal cosa: de las mismas premisas pueden surgir conclusiones distintas y aun opuestas. Con lo cual, la limitación de la razón no se ejercería solo hacia misterios como el sentido, en general, de la vida; también en aquellos terrenos donde la razón está  más a sus anchas, sus productos resultan mucho  menos precisos e infalibles de lo esperado.

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En relación con Gritos y golpes, hablaré en adelante como si el relato lo hubiera escrito Alberto.  Ello parece artificioso, pero tiene su lógica, porque  el personaje no lo debe todo a la deliberación y planificación del autor.  Si las novelas fueran plenamente hijas de los autores, ninguno se conformaría con escribir obras peores que las de Cervantes o Dostoievski, pero en cada una late un espíritu particular que no depende de la voluntad o las aspiraciones  del escritor. Ni siquiera de sus dotes para la narración o la descripción, pues a menudo nos parecen mediocres o insulsas obras objetivamente muy bien escritas, y hasta con muy bella prosa.  Así que dejo a Alberto la responsabilidad. Con los personajes inventados pasa como con los hijos: los padres los “hacen”, pero no salen como  aquellos desearían, sino con sus propias características

Decía que el atentado contra Companys viene a ser el elemento decisivo de la narración, algo que Alberto nunca emprendería por su propia iniciativa, y menos en aquellas condiciones de confusión y debilidad. Sus vacilaciones de futuro profesor de filosofía se muestran en sus objeciones ya señaladoas y también de un modo más general: la explosión revolucionaria, que él compara a un movimiento telúrico, ¿no estará justificada en definitiva? Los revolucionarios no obran porque sí, aspiran a una vida mejor para la mayoría,  y ¿quién sabe si el único modo de alcanzarla sea  aquella convulsión sangrienta, aun con todos sus crímenes? Paco le recrimina su endeblez moral: por el contrario, son esos crímenes los que realmente definen aquellas aspiraciones, “las cuentas no les han salido y tienen hambre. Y echan la culpa a los fascistas”. Pero, objeta Alberto, “¿Son mejores que ellos esos ricos vacíos, viciosos y estúpidos?”  Los de abajo perciben que no, que no valen más que ellos   y se rebelan contra el hecho de que, siendo así, puedan los explotadores disfrutar de sus privilegios. Naturalmente, el argumento destruye la justificación del atentado, basada en la criminalidad de revolucionarios y separatistas: si en definitiva son igual de malos quienes mantenían el orden y quienes lo arrasaban, los de arriba y los de abajo,  los sucesos de Barcelona entrañaban una justicia peculiar. Y en todo caso,  cualquier acción que se tomase al respecto, en favor o en contra, resultaría fútil.  Paco, nuevamente, le rebate ateniéndose a hechos reales, pero la cuestión queda ahí, como todas las cuestiones especulativas en la  narración, ya que, repito, no es una novela de tesis. Como profesor de filosofía, Alberto ha aprendido a a plantear problemas mejor que a resolverlos.

La misma actitud cuando Carmen se entera, casi dos años después, mientras cenaban en el piso–refugio:  “Eras tan joven… Pensamos que no lo comprenderías”. “¿No comprendería que os hubierais convertido en criminales? Una cosa es matar en el frente, y otra asesinar a sangre fría. Los cristianos no podemos caer a ese nivel”. Paco le replica, brutalmente, que con “esos idiotas problemillas de conciencia nos exterminarían como a un rebaño de ovejas”.  Carmen insiste, comparándolo con lo que habían hecho los meses anteriores, salvar a los perseguidos, algo “tan bonito, tan… tan cristiano”. Pero con un asesinato así, “es como si os parecierais a ellos”, a los rojos.

A su vez, Alberto replica: “Pues sí, ¿no somos todos seres humanos? Por tanto hemos de parecernos”.  Antes, señala,  llamaban paz a una situación en que los rojos mataban por cientos. Ahora morían por miles en los dos bandos. “Antes sería una matanza lenta e interminable, pero con la guerra acabará pronto y vendrá una paz mejor… A esos curas canallas les parecía bien un exterminio poco a poco en vez de una lucha cara a cara. ¡Muy Bien! ¡Que piensen así, si les da la gana! Pero a nosotros no nos da la gana y casualmente los salvamos a ellos y no al revés” “Ah, es todo tan confuso y tan miserable!” lamenta Carmen  “Luchar contra todo eso no es miserable. Es noble”, del rebate su hermano. Y añade Alberto: “Me alegró que no hubiera añadido  a lo de noble: “y divertido”.

Carmen no daba su brazo a torcer y  la cena resulta deprimente. Ya en la calle los dos amigos, Paco concluye: “¡Bah! Esos remilgos los deshace la necesidad. Ella sabe que nos salvamos juntos o nos hundimos juntos. No dejará de colaborar. Además, nos quiere, a cada uno de un modo distinto, desde luego”. En los dos casos es la acción la que resuelve los dilemas morales, pero solo a medias.

 

 

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Albania, España y Suecia / Companys (II)

Blog I: Roosevelt y Churchill, ¿figuras del siglo? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/roosevelt-y-churchill-figuras-siglo-20131004

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  1. Los casos de  Albania, España y Suecia

Como observa I. Berlin, no hay una conexión directa entre la libertad personal o negativa, y la democracia. Esta puede ser, incluso, más restrictiva que un despotismo para la libertad negativa, ya que a menudo trata de entrometerse y reglamentar todos los órdenes de la vida (lo vemos hoy).  Ello explica que un régimen no democrático, como el franquismo, permitiera una amplia libertad personal, mientras que hoy, por motivos o pretextos  de seguridad, la democracia llega a establecer sobre los ciudadanos una vigilancia mayor que nunca.

Al  discutir las diversas y a menudo evanescentes interpretaciones de la libertad, Berlin afirma: comoquiera se entienda el concepto,  los suecos serían más libres que los españoles  (en el franquismo) o los albaneses de su tiempo. Poner en el mismo plano la España de Franco con la Albania de Enver Hoxha es un despropósito muy notable, poco sorprendente en los ambientes eurooccidentales de entonces. Ya  Kolakowski o Solzhenitsin, más agudos, mostraron con ejemplos las cruciales diferencias entre el franquismo y el socialismo real, aunque sin profundizar en la naturaleza de esa diferencia. Pero la frase de Berlin tiene interés a nuestro objeto de la relación entre el poder y la libertad.

En los regímenes comunistas que Berlin ejemplifica en Albania, el estado absorbe prácticamente a toda la sociedad,  al eliminar la propiedad e iniciativa privada y adoctrinar a la población sobre lo que debe hacer y pensar. En esto consiste el totalitarismo, y ello nunca se produjo, ni remotamente, en España. Pero no debe trivializarse la argumentación totalitaria. La experiencia más inmediata nos muestra cómo los individuos utilizan su libertad, muy a menudo, en acciones contraproducentes para otros o para sí mismos, y revelan una  ignorancia profunda de problemas que rebasan los suyos más inmediatos, o de la relación entre estos últimos e intereses más generales. En ese sentido decía Churchill que el argumento más fuerte contra la democracia consistía en unos minutos de charla con el votante medio. Con una ignorancia muy extendida, la libertad no servirá a algún fin elevado o simplemente racional, y creará más bien un caos de abusos e injusticias. Disponer, no ya del sentido común o de racionalizaciones moralistas,  sino de una teoría científica como el marxismo, permitiría superar esa ignorancia. Y autorizaría a los poseedores de tal teoría a imponerse al resto de la sociedad por su propio bien, y a adoctrinar a los individuos  hasta que no fuera ya precisa ninguna imposición, pues la gente, instruida, obraría espontáneamente de forma correcta. Esa imposición más o menos larga, pero transitoria, no significaría opresión o recorte de la libertad, sino, hegelianamente, una libertad mucho más profunda y auténtica: permitiría a los individuos realizarse como seres libres por encima del capricho, la confusión y  la explotación propios de las sociedades orientadas por la ciencia social. Crearían un “hombre nuevo”. El argumento, en teoría, no es fácil de rebatir, y por algo ha seducido a tantos individuos de la más variada posición. Ha sido más bien la experiencia práctica  la que ha echado por tierra las ilusiones al respecto.

El franquismo se regía, mejor o peor, por unas concepciones cristianas tradicionales. Las tendencias totalitarias  de la Falange o de sectores de ella fueron  contenidas pronto, y el régimen se definió preferentemente como “católico”. Como tal, rechazaba la omnipotencia del estado, mantenía la propiedad privada y consideraba que la propia naturaleza humana (el “pecado original”) impedía algo semejante al “hombre nuevo”.  La tendencia de los individuos  a la maldad, y la ignorancia, al menos parcial, eran entendidas como obstáculos insalvables para una sociedad “perfecta”, basada en una supuesta ciencia que solo aportaría esclavitud  espiritual y social. El régimen se atribuía la virtud de distinguir lo bueno y lo malo para la sociedad — aunque admitiendo un margen importante de error– y la autoridad para reprimir las organizaciones  y, en menor medida, ideas  consideradas perjudiciales, condensadas en el derrotado Frente Popular. Casi siempre se olvida que el franquismo no tuvo oposición democrática, y tampoco socialista o separatista (hasta la ETA, tardíamente), sino, de modo casi exclusivo, comunista y terrorista, esporádicamente anarquista. Se entiende que fuera fatal para él la hostilidad que, en sus años finales, le demostró gran parte de la Iglesia. Como fuere, aquel régimen edificó un estado reducido, y ese mero hecho junto con el mantenimiento de la propiedad privada, garantizó una libertad personal muy amplia, algo inexistente en los regímenes comunistas.

En cuanto a Suecia, si bien una democracia por cuanto se permitían los partidos y el cambio político, fue gobernada durante decenios por una socialdemocracia en la que el estado no cesó de expandirse y de reglamentar una gran parte de la vida social e individual. La particularidad consistía en que no llegaba al absolutismo de los países sovietizados, mantenía la propiedad privada  y ejercía su poder de forma mucho más suave, mediante  una intensa propaganda y control de la enseñanza. Propaganda convincente por el éxito económico espectacular que lo acompañó. Berlin, no obstante, omite la posible crítica ya adelantada por Tocqueville, a un poder providente que, manteniendo las formas externas de la democracia, sometería las personas a una “servidumbre reglamentada, apacible y benigna”, que “busca la felicidad de los ciudadanos, pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar”. Un “poder tutelar semejante a la autoridad paterna si, como esta, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, solo persigue fijarlos irreversiblemente en la infancia.” Y “a la larga privaría  al hombre de uno de los principales atributos de su humanidad” ¿Hasta qué punto representaba la sociedad sueca esta tendencia? Difícil saberlo, pero no es difícil encontrar en la ideología socialdemócrata esta orientación, más suave pero no distinta e en esencia de la soviética.

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El atentado nacionalista contra Companys (y II)

El atentado contra Companys tiene una importancia decisiva en  el relato de Alberto, porque viene a ser el bautismo de fuego y el empujón decisivo para embarcarle en un género de vida ni pensado antes ni deseado.  A partir de él todo cambiará ya sin posibilidad de vuelta atrás. En principio, Alberto está decidido y ensaya minuciosamente con su compañero,  en casa de los padres de Paco cuando estos no están, los movimientos precisos tanto contra el jefe de la Generalidad como contra  los coautores separatistas del atentado,  previendo que estos intenten liquidarles momentos después. Pero la inseguridad del protagonista continúa.

Uno de aquellos días, cree recordar Alberto, tuvo lugar el entierro de Durruti, recién caído o asesinado en Madrid. Fue uno de los espectáculos más multitudinarios que haya vivido Barcelona en su historia. Paco y Alberto, con sus vestimentas de milicianos,  se acercaron a observarlo  perdidos entre la multitud. Alberto percibe un cambio en  el ambiente: entre los atuendos obreros y chaquetones de cuero  destacaban otros “burgueses”, con chaquetas, corbatas, sombreros y gabardinas.  Alberto ve por primera vez a su víctima a pocos pasos:  “Companys, al lado del anarquista García Oliver, el ministro de Justicia (…)  Era delgado, de baja estatura, rostro y nariz afilados y aire despistado e inseguro; entendí por qué le apodaban El Pajarito. Un pañuelo le desbordaba del bolsillo superior de la chaqueta. Me chocó su traza insignificante en contraste con su poder, mientras que hombres de exterior imponente y autoritario no suelen pasar de subalternos”. Y comenta  Paco: “Extraña ver en vida a quien mañana no lo estará, ¿verdad? Si él supiera que lo contemplaban quienes iban a mandarle con Durruti…”

Pasado el entierro, se retiran a un café y Alberto hace observaciones más vacilantes: la hipocresía de los políticos del cortejo fúnebre,  que seguramente odiaban al finado, y acaso habían organizado su muerte.  Paco se burla de los anarquistas convertidos en ministros  y habla de Durruti como un “pistolero de ideas simples”. Su amigo  vacila aún más. Encuentra en Durruti algo heroico por haberse  jugado la vida y especula: aquella masa devota del líder caído aspiraba a una cultura y una vida mejor y quién sabe si aquella violencia fuera necesaria  para alumbrar un mundo más justo. Sus comentarios provocan la indignación de Paco. Le recuerda el asesinato de su familia, niega que la violencia revolucionaria pueda alumbrar más que sangre y robos. Su aspiración a la cultura era tan falsa como la de sus compañeros de estudios en el colegio, muchachos de “buenas familias” perfectamente banales y sin intereses de una mínima altura:   “Les jodía que tú y yo no fuéramos como ellos, y si no hubiéramos sacudido a más de uno, nos habrían amargado. Pues con la revolución, peor. Las cuentas no les han salido y tienen hambre. Y echan la culpa a los fascistas”.

La discusión sube un poco de tono,  por el temor de Paco a que  todo se venga abajo en el último momento, a causa de  las vacilaciones de Alberto.  Este sin embargo explica al lector: “Yo no flaqueaba, solo me oprimía lo desmesurado de la idea. No me gustaba el peligro hasta haberlo dejado atrás. Paco, al revés, disfrutaba del peligro mismo. La perspectiva del atentado me enfermaba y a él le estimulaba”. Confiesa a su amigo: “Vivo como en sueños. Si no estuvieras tú tan firme y tan seguro, lo dejaba. Pero no temas, iré cueste lo que cueste”.  Aun teniendo por compañero a Mario, a quien considera un rufián y cuya presencia le repugna.

Lo importante aquí es la diferencia  de actitudes en Gritos y golpes. Paco podría ser un delincuente frío e imaginativo, él mismo lo admite alguna vez, pero lo salva cierta elevación intelectual  y sentimiento patriótico y poco aprecio por los  bienes materiales aunque no deje de tenerlos en cuenta.  A los dos los hermanan  sobre todo sus intereses intelectuales y algunas afinidades inconscientes,  pero las especulaciones de Alberto no pueden llegar en peor momento, cuando la acción exige concentrar toda la voluntad y los nervios en ella, y en ese momento Paco lo mira con exasperación. En el fondo, Alberto siente una especie de  horror  instintivo, que disfraza con objeciones parciales, ante la idea de quitar la vida a un hombre. Por lo general, el asesinato se presenta como el crimen máximo, el despojo máximo que puede hacerse a alguien: se le despoja de su propiedad más íntima, más definitiva, por más que esa propiedad no  la ha ganado él, sino que le viene dada gratuitamente, regalada por… ¿por quién?  En todo caso,  ¿qué significa acabar con ella? ¿Con qué derecho?  Preguntas impresionantes quizá para un creyente,  pues si Dios ha dado la vida, también ha dado sus circunstancias, es decir, nadie tendría derecho a quitarla. Y aun sin necesidad de ser creyente, existe en la mayoría de las personas una repulsa  moral o sentimental muy intensa a tal acción.  Para Paco, joven mucho más racional, el atentado está plenamente justificado: Companys es culpable, pero sobre todo  su muerte, en combinación con la toma de Madrid por los nacionales, que da erróneamente por inminente,  abreviará la guerra y evitará muchos homicidios  y asesinatos más. Si fuera creyente, podría pensar que Dios le ha elegido para tal misión. En cualquier caso, su mente carece, a este respecto de la confusa y para él irritante inquietud de su amigo. Además, ya ha combatido en el frente y  las armas y sus consecuencias le son familiares.

 

 

 

 

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4.El poder y la libertad / Julie Rock

Blog I:  ¿Qué hará Rajoy? / Franco y el gallinero progre: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/que-hara-rajoy-20131002

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  1. El poder y la libertad

Percibimos la libertad como  una evidencia, aunque abstracta, pero analizada de cerca se pierde en una niebla casi impenetrable. En un sentido amplio, el hombre es siempre libre, incluso en condiciones de esclavitud: puede rebelarse, suicidarse, matar al amo, huir, resignarse a ella como mal menor… y todas esas reacciones se han dado en la realidad. Pero no es una libertad  muy deseable, ni la que consideramos aquí.

A primera vista, el poder se nos presenta como enemigo de la libertad, ya que obliga a muchos a obedecer a unos pocos. Su mera existencia supone una merma de lo que solemos entender por libertad de los individuos, y conforme el poder tiende a hacerse absoluto, la  sumisión de los individuos tiende a hacerse igualmente absoluta. Podemos inducir de ahí la hipótesis de que en todo grupo humano la cantidad de libertad, como de violencia, es estable, variando solo su distribución: al concentrarse el poder, la libertad de quienes lo ejercen aumenta en la proporción que lo pierde el resto de la sociedad. Según cierta idea expuesta a menudo, el opresor pierde también su libertad, pero ello suena a retórica seudomoralizante. Así, el poder  se enfrentaría radicalmente a la libertad del individuo. Aclaremos: de los individuos que no lo tienen, porque el poder es libertad para quienes disponen de él. Pero esto no suele tenerse en cuenta.

Sin entrar en cuestiones filosóficas, intuimos el significado del término al contemplar la tristeza de un animal arrancado de su medio y enjaulado, aunque tenga comida segura.  La libertad aparece entonces como la posibilidad de hacer lo que se quiere. Pero en el animal, esa libertad está dictada por el instinto, y lo que “quiere” son muy pocas cosas. En el ser humano, la libertad  tiene menos que ver con instintos y más con su capacidad en principio inagotable de desear y de representarse objetos de deseo. Podría definirse como la ausencia de trabas para el esfuerzo por satisfacer los deseos, y creo que la mayoría de la gente lo entiende aproximadamente así.  Pero el individuo aislado no puede sobrevivir  y por tanto no existe en él la  libertad. Aun suponiendo un Robinson, este no es libre ni deja de serlo: su capacidad de obrar es limitadísima, y  depende esencialmente de lo que haya aprendido cuando vivía con los demás hombres. La libertad solo cabe entenderla en relación con la sociedad, y por tanto con el poder. De este modo,  la mera existencia de la sociedad contraría la libertad individual, y de esa especulación nacieron las doctrinas contractualistas y ácratas.

Algunas ideologías, anarquistas y de cierta tendencia liberal, insisten en poner al individuo y sus deseos como el centro y  norma de la vida social. Esto es tan falso como el  estado de naturaleza o el individuo aislado. Los deseos son inagotables, a menudo contradictorios o caprichosos, apasionados y absorbentes o bien débiles e intercambiables,  se extienden a otros individuos con cuyos deseos chocarían fácilmente, o dependen de estos para poder realizarse. Y, más en general, dependen de la sociedad, que le aporta una masa de conocimientos, relaciones, posibilidades, normas… fruto de una larga historia y experiencia y que ningún individuo podría crear. La idea del emprendedor tipo Ayn Rand, enfrentado a la sociedad, vista como una suma de prejuicios y abusos, es irreal, aunque pueda darse muy parcialmente. Todo emprendedor, aún el más original, solo puede tener éxito aprovechando lo que la sociedad le ofrece, a menudo gratuitamente. Y ha de sujetarse a unas normas si no quiere verse marginado o en la cárcel. Además, una gran proporción de las empresas individuales es desatinada, o fracasa, no por la oposición social sino por estar mal enfocadas o ser absurdas; o tiene éxito a costa  bienes más generales u ocasionando perjuicios a otros. A este respecto distinguimos deseos e ideas sensatos o insensatos. La libertad, por tanto, no puede concebirse en relación solamente a los deseos, sino a la vasta  red de normas, conocimientos y creencias de un  grupo dado.

Sin embargo, el impulso de los deseos, sensatos o insensatos, contradictorios o bien fundados, elevados o rastreros, permanece como una fuerza que reta constantemente a la sociedad y a su poder, y la obliga a evolucionar. Definir los deseos sensatos es difícil. No puede hacerse a partir de su éxito, pues no no rara vez se imponen los deseos insensatos, con malas consecuencias para casi todos. También podríamos referir la sensatez al acuerdo con las normas sociales, pero no siempre lo que se aparta de ellas significa insensatez. Como en otros rasgos de la condición humana, la libertad consiste en un equilibrio inestable entre tendencias opuestas o diversas. Esa inestabilidad permite la evolución pero también puede destruir el equilibrio.

Hay otro aspecto importante: aunque el poder se manifiesta en cualquier asociación, hablamos aquí del poder político, y por tanto de la libertad en relación con él. Podemos distinguir entre libertad personal –quizá asimilable a la ”libertad negativa” de  I. Berlin, e imposible de destruir en último extremo, como veíamos en el caso de la esclavitud— y libertad política.  El poder político asegura una serie de normas relacionadas generales, pero deja al margen un amplio terreno donde los individuos funcionan sin imposición, o apenas: así la vida familiar y vecinal o del círculo de conocidos, el ocio, la creación artística o la investigación científica, etc. En todas esas actividades también surgen conflictos y poderes, generalmente débiles y distintos o de otro nivel que el poder político. En la historia, el estado  solo ha interferido en la libertad personal cuando la consideraba atentatoria al interés político.

No obstante, el poder político, el estado  en nuestras sociedades, tiende por su propia dinámica a hacerse absoluto, a penetrar y regular todos los aspectos de la vida humana, reduciendo al máximo la libertad personal, una tendencia desarrollada especialmente desde la Ilustración. Pero también la sociedad opone una tenaz resistencia a ese impulso absolutista o más bien totalitario, y de ahí las libertades políticas. Podemos entenderlo comparando el franquismo y el régimen soviético, bien ejemplificados por Solzhenitsin. El franquismo disponía de un estado pequeño (mucho menor que el actual), y la inmensa mayoría de las actividades sociales era privada, de modo que existía una libertad personal muy amplia (en muchos aspectos mayor que en la actualidad). En la URSS, el estado lo ocupaba todo y pretendía orientar hasta los pensamientos de la gente. Obviamente no lo hacía por una maldad particular, sino por una filosofía  de la vida y de la historia que lo justificaba. De lo cual  merece la pena hablar.

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(Apuntes del natural, o héroes de nuestro tiempo)

Habláis  de Julie Rock sin conocerla. Solo contáis rumores sin fundamento. Parloteo 

–¿Acaso la conoces tú? 

–¡Y tanto que la conozco! Me ha invitado a comer a su casa más de una vez.  Diréis que es porque le conviene hacer la pelota a los periodistas, pero ella tiene mucha más altura que eso, no invita a cualquiera.  Aunque sea medio sociata, Julie Rock, antes Julia Roque, es una rendida admiradora de Churchill.  Trasiega alcohol que da gusto y fuma puros  como él, solo eso ya os da un indicio de su talla política. Pero, por supuesto… tranquilos, tranquilos, no interrumpáis… por supuesto, no se limita a eso. Ella tiene dos ideas en la cabeza. O mejor dicho, tres. Primero, España debe volver a ser un gran país, una gran región dentro de ese gran país que estamos construyendo entre todos, la Unión Europea.  Segundo: si queremos salir de la crisis y del atraso y competir en el mundo, ha de ser en inglés, hoy vivimos en un mundo global y el inglés es indispensable, sin él no vas ni al retrete de este restaurante, vamos… ¡Que sí, joder, que se ve que tú no has viajado y no sabes…!  ¿Viajado más que yo? ¡Amos, anda! Pues entonces es que no te has coscado de nada, hay muchos que viajan como las maletas… ¡Te digo que el inglés…! ¿Que si yo no lo hablo?  Lo estoy estudiando como un loco, porque no quiero perder el tren… Mira, tío, deja de dar el coñazo. Cualquier día te despiertas y te enteras  de que todo el mundo lo habla y no sabrás ni qué decir, porque es el idioma de la cultura, tío, el idioma del futuro… ¿Y qué pasa si el español…? Pues no pasa nada. Un idioma es solamente un instrumento para entendernos  y el inglés, nos guste o no, es muy superior en eso al… Mira, si sigues interrumpiéndome me largo, bye bye, baby, y te dejo con la palabra en la boca… O te largas tú, que aquí estamos muy a gusto sin tanta discusión… Hay que ser ciudadano del mundo, joder, abajo las fronteras… Bien,  ¿vale? ¿Okey?  Bueno, pues nos guste o no…  ¡Y dale ahora con Gibraltar! Gibraltar está muy bien como está, coño, lleva tres siglos en manos inglesas y han hecho allí maravillas, viven como dios… pues como para exportarles nuestros impuestos y nuestro paro, no te digo… Y vosotros, callaros también, que así no hay forma de entenderse.  Julie Rock es también muy partidaria de un Gibraltar inglés, ve en la Roca, “The Rock”, como ella misma se apellida, el destino de toda España para convertirse en un gran país, nos guste o no, por ahí va Europa, por ahí va el mundo y por ahí va todo… Bueno, venga, vamos a dejarlo, porque veo que no entendéis nada… Pero a lo que iba. El tercer punto del programa de Julie Rock  es una mayor liberalización sexual y poner a la Iglesia en su sitio, que las mujeres puedan disponer de su propio cuerpo y todo eso, talleres de sexo por todas partes, eso también es cultura, y cultura de la fina, hay que dar en la jeta a los retrógrados y a los curas, a la caverna, me cago en la leche… Sí, sí, sí, con explicaciones en inglés, para que se vaya aprendiendo, ¿o de dónde creéis que viene la cosa, la liberación sexual y todo eso, que ya hemos avanzado mucho pero todavía queda…? ¿De dónde va a venir? De Estados Unidos de América del Norte y de el Reino Unido, como casi todo lo bueno.  Venga, rendíos de una puta vez a la evidencia, mirad al futuro y dejaros de hostias. ¡Puaj! Con esta gente no vamos a ninguna parte, qué pena de país.

(Como siempre, basado en hechos reales)

 

 

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Poder y violencia / El atentado contra Companys

Blog I: La indiscutible genialidad de Zapatero: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/genialidad-zapatero-20130930

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Poder y violencia

Toda sociedad humana es conflictiva, por las razones dichas, y tanto más cuanto más amplia, compleja e individualizada. Por ello tiende a la violencia, incluso a una violencia generalizada. A menudo  oímos decir que tal cosa es “bestial” o “propia de animales”, o cosas parecidas. Sin embargo en  ninguna sociedad animal se produce ese tipo de comportamiento. Se trata, propiamente, de un fenómeno muy humano. Y no siempre destructivo, por otra parte.

La esencia del poder consiste, en definitiva, en el monopolio –nunca plenamente logrado–de la violencia. Cabría pensar en la violencia de una sociedad determinada como una cantidad constante, variando su concentración: concentrada en el poder o difusa y más o menos incontrolable  por toda la sociedad.

La violencia del poder se manifiesta de dos formas: dentro de él y en su origen. En cuanto al origen, probablemente todos los sistemas de poder nacen de un acto fundacional violento (golpe de estado, revolución o guerra civil)  o por la amenaza de él o por contagio de otras situaciones de éxito de origen violento. A menudo se considera esta violencia de origen como causa de ilegitimidad, pero en tal caso todos los sistemas políticos serían ilegítimos.  Por lo demás, cada sistema  entiende como positiva su violencia original.  Así nacieron los estados antiguos y se impusieron a otros estados o  a sociedades precivilizadas, y así hasta nuestros días. El régimen aristocrático-liberal inglés nació de un golpe de estado apoyado por una invasión holandesa.  La democracia useña, de una guerra de independencia combinada con guerra civil, reafirmada por otra guerra civil muy sangrienta. Los regímenes liberales, de la muy sanguinaria Revolución francesa, seguidos de revoluciones o guerras civiles en otros países. Los regímenes comunistas, de guerras civiles o invasiones. El fascismo italiano y el nacionalsocialismo llegaron al gobierno de forma pacífica (si dejamos aparte las luchas callejeras menores que les precedieron), pero utilizaron los recursos del poder para afianzarse en verdaderos golpes de estado. Las democracias de Europa occidental deben su reposición o sostenimiento a la intervención bélica useña. Etc.  Hay excepciones, claro está, pero casi siempre encontramos en un cambio pacífico la amenaza de la fuerza o de la revolución.

En nuestra historia, el liberalismo se impuso después de una dura guerra civil, pero encontramos también excepciones interesantes: la monarquía cayó dos veces sin violencia real, por la pura quiebra moral de sus defensores. La república se derrumbó –después de un asalto armado de las izquierdas– por unas elecciones fraudulentas.  El franquismo venció bélicamente, pero originó una democracia a partir de la corriente principal del propio régimen. Hoy esa democracia sufre una crisis en la que ha desempeñado un papel crucial, directo e indirecto, la violencia terrorista…

Los regímenes triunfantes aspiran, en general, a asegurar su continuidad y estabilidad mediante el monopolio de la violencia, pero nunca lo consiguen definitivamente. Dentro de un mismo régimen, el poder atrae como un imán a grupos y personajes que lo disputan,  fiados en una fuerza adquirida y en la fortuna. En esa atracción se mezclan desde la insatisfacción más o menos justificada con los gobernantes (nunca perfectos y a veces muy imperfectos) a aspiraciones personales de  riqueza,  honor o gloria, de patriotismo y mejor servicio a la comunidad, etc. Pero el ejercicio del poder siempre fue un oficio de riesgo, a menudo de muy alto riesgo. Así, hubo épocas en el Imperio romano en el que la mayor parte de los emperadores sufrieron una muerte violenta. Lo mismo ocurrió con los reinos bárbaros instalados sobre sus ruinas, y en España es claro el caso de los visigodos. La historia de todos los países demuestra claramente estos asertos. Y varios presidentes y altos cargos en Usa y en Europa han sido asesinados; en España, cuatro jefes de gobierno en menos de un siglo. La necesidad de controlar esa violencia ha llevado a establecer sistemas de gobierno en que puedan alternarse distintos grupos, con lo que en la actualidad, en una minoría de países, los derrocamientos y cambios de régimen se han hecho más raros.

La violencia está presente asimismo en las relaciones entre unas comunidades (nacionales o imperiales) y otras,  como proyección en un plano ampliado de la conflictividad interna en cada sociedad.  Con instituciones como la ONU se pretende solventar los conflictos por medios pacíficos, con éxito mediocre y sin que sepamos cuánto tiempo  se mantendrán.

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El atentado contra Companys (I)

Quienes hayan seguido mis artículos sabrán de un hecho muy poco publicitado y todavía no aclarado por completo: el atentado contra el nacionalista  Companys proyectado por otra familia de separatistas, Estat Catalá, a partir de un enredo de faldas (http://www.ilustracionliberal.com/23/el-lado-oscuro-de-lluis-companys-jose-garcia-dominguez.html).

En Gritos y golpes, Paco se entera del proyecto a partir de un anarquista-separatista, llamado Mario. Alberto  da una somera descripción de la trama real, según se la cuenta su amigo, necesaria para entender la acción, pero lo importante en el relato son los personajes y sus conductas.  El protagonista describe a Mario como un obrero murciano apuesto y “con labia”, que ha camelado a la hija de una familia de buena posición”.  La  palabra “murciano” tenía entonces entre los nacionalistas un contenido especialmente despectivo, y la familia, después de amenazar a la hija con desheredarla, cede de muy mala gana, esperando que  se trate de un capricho pasajero. La chica, que  “debe de ser tan cretina como él”,  milita en Estat Català  y  ha metido a  Mario en la cabeza “no sé cuántas historias nacionalistas, y él se ha formado un mejunje mental de mucho cuidado”. Algo por entonces raro, pero hoy bastante frecuente entre “charnegos” domesticados.  El amante de la moza admira rendidamente a Paco después de compartir con él las trincheras frente a Zaragoza, y le explica el plan contra Companys, y cómo los separatistas quieren hacer participar a algunos anarquistas de confianza, más expertos en este género de acciones (Companys había hecho algo parecido para liquidar a los hermanos Badía, atribuyendo luego el asesinato a falangistas). Paco sospecha desde el primer momento que el designio de los nacionalistas consiste en hacer que ellos maten a Companys y  sobre la marcha matarles a ellos, para  aparentar un  crimen de la CNT. Pero acepta entrar en el juego, por su espíritu arriesgado y confianza en su buena estrella: irá prevenido para adelantarse a cualquier intento de eliminarlos a traición.

Paco intenta persuadir a Alberto de tomar parte en el atentado, pero Alberto vacila. La idea de matar a sangre fría le hacía sentirse mal, y recuérdese que tampoco tenía especial deseo de tomarse la justicia por su mano en el caso del asesino de su padre. Esto podría atribuirse a escrúpulo moral o a que aún no estaba plenamente restablecido de su brutal experiencia pasada, o a una reacción  lógica ante el homicidio. Si los jueces que condenan a muerte tuvieran que ejecutar ellos mismos la sentencia…  Alberto suda frío ante la  proposición  y  procura rebatir a su amigo.  “¿Por qué hemos de ser nosotros?”  “A mí no me interesa pasar a la historia”.  Paco se hace el comprensivo: “A mí también me repugna y me da miedo”, aunque a Alberto no se lo parecía. “Recuerda a tu familia”, insiste. ¿Qué era Companys más que un hombre cualquiera, como los que a diario morían asesinados o en el frente? Pero al mismo tiempo era uno de los mayores culpables de tantas muertes,  mientras que la suya evitaría muchas más. Alberto, algo desesperado,  le opone que no era un hombre cualquiera, pues representaba a mucha gente.  “Razón de más”.  Los dos, muy equivocados,  creían  que pronto los nacionales entrarían en Madrid y acabando la guerra en poco tiempo.  Esa falsa impresión tendrían muchos, seguramente,  en aquel otoño de 1936. Por consiguiente, argüía Paco,  acabar con Companys sería un golpe  decisivo en la retaguardia roja, facilitaría su rápida descomposición y ahorraría mucha sangre. Había que estar a la altura “por mucho que los nervios se nos rebelen”.

La diferencia entre Paco y Alberto es evidente. Para Paco no existe en absoluto problema ético, el cual se presenta en Alberto de forma primaria, física, tal vez porque todavía se encuentra disminuido psíquicamente: solo sabe oponer argumentos muy particulares, casi de conveniencia.

¿Por qué cede el protagonista?  La exposición de Paco le ha hecho mella, pero también siente una fuerte obligación moral  hacia su amigo, a quien debía tanto: la cordura y la vida misma.  Acepta con enorme pesar. Y desprecia a Mario en cuanto lo conoce, por el carácter fanfarrón y chabacano de matarife que cree encontrar en él.  Aún aumenta  su inseguridad la suposición de que los  de Estat Català son unos bocazas y probablemente harían  fracasar la empresa.  Los días siguientes vivirá  “dominado por el miedo y la obsesión erótica” por la hermana mayor de su amigo, Luisa. Con el sentimiento hipocondríaco  de un desenlace fatídico, que en un momento de debilidad le lleva casi a confesarse a su amante-enemiga. Solo la confianza y meticulosidad de Paco le arrastran, siempre con la esperanza de cualquier imprevisto que al final impida el atentado.

Posteriormente veremos la reacción de Carmen, al enterarse cuando todo ha pasado. Reacción de horror y rechazo hacia lo que considera un crimen, comoquiera se justifique.

 

 

 

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