Blog I: Los años perdidos del franquismo / Arzallus odia lo vasco: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/los-anos-perdidos-franquismo-arzallus-odia-vasco-20131009
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La necesidad de ordenar el mundo exterior tiene dos niveles: el más evidente es el de las necesidades cotidianas, en el que la razón (conocimiento y cálculo sobre todo) funciona con bastante éxito, aunque nunca total (por mucho que intente evitarlo, siempre habrá imprevistos, accidentes, opciones equivocadas y conocimiento insuficiente; y por otra parte un orden racional demasiado estricto puede asfixiar la creatividad y la espontaneidad). El otro nivel es el del mundo en conjunto y nuestra posición en él: algo mucho más especulativo e inconcreto, pero más importante, porque sin la sensación de un orden general, las actividades corrientes pierden sentido, y los inevitables fracasos en la vida corriente, y hasta el mismo éxito, conducen a la desesperación. Por eso la necesidad de un orden general es perentoria para la psique humana, hasta el punto de que muy a menudo se prefiere mantenerlo a toda costa, aunque los hechos demuestren su falsedad o insuficiencia. Así, esa necesidad llega a generar un intenso fanatismo y odios implacables hacia quienes prefieren otro orden. Pero en ese plano general no sirven las recetas de razón utilitaria que nos permiten bandearnos mejor o peor en la vida cotidiana: los cálculos concretos, previsiones razonables y lógica o sentido común. El orden superior que dé sentido a la vida exige otras herramientas más sutiles y evanescentes: intuiciones, analogías, imaginación. Y derivan hacia la fe, al ser imposible la comprobación práctica, medible, de sus tesis o dogmas. De ahí han surgido religiones, filosofías e ideologías, siempre expuestas a los ataques de la razón, o de cierto modo de considerar la razón. Esos ataques conducen con frecuencia al ateísmo o a un escepticismo sistemático. Pero estos, a su vez, caen en un dilema: la desesperación, incluido el suicidio, o la concentración exclusiva de la psique en los asuntos de la vida cotidiana, con exclusión deliberada de toda inquietud espiritual superior, vista como inútil y arbitraria. Lo segundo viene a constituir una mutilación fundamental si consideramos la búsqueda de orden y sentido como rasgo imprescindible de la condición humana, según indica la historia. Aunque su necesidad sea negada por ideologías fundadas en una razón absolutista.
La técnica, como la ciencia, prescinden metodológicamente de esa inquietud esencial. Laplace lo expresaba en su respuesta a Napoleón, cuando este le reprochaba no haber citado a Dios en su explicación del universo: “No he necesitado esa hipótesis”. Si para explicar el funcionamiento del universo no hace falta la “hipótesis” de Dios, entonces esta resultará superflua para todo lo demás, y la fe resultaría innecesaria y contraproducente. La especulación sobre la razón y la fe, y la dificultad de armonizarlas, es tradicional en la religión católica. Por eso Lutero, que optó por la fe, calificaba a la razón de “la gran ramera del diablo”. Lo que tiene su lógica, es decir, de algún modo su razón.
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El prólogo y el epílogo
El primer capítulo de Sonaron gritos… viene a ser un prólogo donde el protagonista explica por qué va a contar su tormentosa juventud, y el epílogo explica en qué derivó ella finalmente. También puede leerse primero el epílogo, donde expresa disimuladamente, al hablar de sus hijos, el desencanto por el parvo o más bien trivial fruto de las ordalías de su juventud. A los dos primeros, chico y chica, a quienes han puesto los nombres de Paco y Luisa, los presenta como unos inteligentes profesionales volcados, como objetivo primordial, en ganar dinero. Han heredado el sentido práctico de Carmen, pero exacerbado y han hecho excelentes carreras como ejecutivos o expertos de empresas en España y otros países, considerándose ciudadanos del mundo, cualquier cosa que eso fuere. De forma no muy convincente, el padre afirma sentirse orgulloso de ellos, “salvo por su escaso apego a su país”, por el cual tanto bregó él en su juventud. Y porque “están convencidos de debérselo todo a sí mismos y desprecian como pobretones y cutres los arduos tiempos, los desafíos afrontados, las luchas y sacrificios gracias a los cuales han podido disfrutar de paz y de existencias tan cómodas”. Bien es verdad que Alberto nunca les explicó sus vivencias juveniles (pasó con muchas personas de la época), aunque ,debe suponerse, alguna somera referencia les habría dado. Los encuentra tan diferentes de él, dice, que podría sospechar de su paternidad si no tuviera plena seguridad en la fidelidad de Carmen. Por otra parte, el prólogo tiene algo de canto al amor conyugal, cualidad harto menos intenso en sus vástagos: “Los dos se han divorciado, Paco dos veces, y tienen uno y dos hijos respectivamente , a quienes nunca han prestado especial atención”, excepto por llevarlos a colegios caros. Carmen se había empeñado en inculcarles una educación católica, pero el ambiente (su adolescencia data de los años 60) había podido más, cosa muy frecuente.
El tercer hijo, Diego Hipocrates, el más querido de sus padres, ha heredado el idealismo de ambos, pero en dirección opuesta: metido en grupos comunistas, debió exiliarse una temporada. A su vuelta, en la transición, se pasó a los socialistas, se asqueó de unos y de otros, cayó en la heroína. Salió de ella a duras penas, y finalmente sobrevivía como profesor de matemáticas en un instituto de barrio y en un piso modesto. Ha vivido con algunas chicas, sin casarse, y no tiene hijos. En contraste con sus triunfadores hermanos mayores, tiene mucho de fracasado. Cabe señalar que las breves semblanzas del epílogo tienen algo de costumbrismo, en contraste con el cuerpo de la novela.
Sin aventurar una respuesta, Alberto se pregunta cómo acogerán sus hijos el relato de su juventud, de la cual ellos apenas tendrían algunos vislumbres. Una difusa culpa flota sobre sus explicaciones finales. Culpa tanto hacia sus hijos como hacia sus antiguos camaradas, a quienes había querido olvidar, junto con sus lejanas peripecias. Esto es lo decisivo: en el prólogo afirma que la decisión de escribir su historia le viene de fuera, de unos sueños y una especie de revelación. Y en el epílogo, una vez concluido el trabajo, se entiende que cree haber cumplido un deber. Es más, que ese cumplimiento le ha salvado, aunque exprese lo vivido sin reivindicarlo ni condenarlo. La conclusión es que el mero relato de sus peripecias, independientemente de lo ocurrido después, le salva del peso de un demoledor fracaso vital
