Blog I: Sobre el heroísmo / Escupir sobre las tumbas de los padres: http://www.intereconomia.com/blog/sobre-heroismo-20130926
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Función y tendencia absolutista del poder
Dicho de otro modo: dado que el individuo no puede vivir fuera de la sociedad, y que esta es por naturaleza conflictiva, el poder surge de modo espontáneo, como medio para mantener la cohesión social y con ella la subsistencia de sus individuos.
Cabría pensar que la sociedad humana es la suma de sus individuos, como podríamos considerar un hormiguero; pero se trata de algo distinto. La sociedad resulta de la infinidad de tensiones (conflictos y colaboraciones) entre individuos y grupos de individuos, dando lugar a complejas formas de conducta que llamamos cultura, sometidas hasta cierto punto, pero nunca por completo, a una potestad reguladora. A esa potestad la llamamos poder o, en las sociedades civilizadas, estado. La función básica del poder consiste, por tanto, en regular esas tensiones para evitar la desintegración de la sociedad.
De la conflictividad humana, de los choques de intereses (digo intereses por simplificar: muchos conflictos nacen de sentimientos que incluso contrarían los intereses prácticos de las personas), dan buena muestra las extensísimas instituciones judiciales de los países civilizados. El poder se ocupa fundamentalmente de establecer normas y dirimir la parte de esos conflictos con mayor repercusión general, atribuyéndose la autoridad correspondiente. Ello es así porque, de otro modo, los conflictos tienden fácilmente a dirimirse por la violencia. Esta puede estallar porque se agoten las vías de arreglo pacífico, porque la ofensa se sienta como algo intolerable, o porque una de las partes se considere con fuerza suficiente para imponerse, evitándose así engorrosas negociaciones, y la otra parte con fuerza suficiente para resistir. De hecho, la intimidación y la amenaza desempeñan en la vida social un gran papel, a menudo para lograr la sumisión del más débil –que no es necesariamente el más justificado—evitando el choque violento. Dado que el ejercicio de la violencia entre particulares tiende a provocar una destructiva cadena de réplicas del mismo estilo, el poder se atribuye, con más o menos éxito, el monopolio de ella, absorbiendo la violencia difusa entre los individuos. En la medida en que lo consiga, la sociedad gozará de estabilidad, y en la medida en que falle, tenderá a la disgregación o a la sustitución del poder débil por otro más fuerte.
Por supuesto, las relaciones entre particulares no solo generan conflictos, sino también colaboración. Una sociedad puramente conflictiva no podría sobrevivir, y si solo existiese colaboración, el poder estaría de sobra. Pero solo hay colaboración con respecto a unos fines determinados, nunca aceptados uniformemente por el conjunto de la sociedad como tales fines o por los medios a emplear para alcanzarlos. Así, cabría sostener que a todo el mundo le interesa la paz, lo cual es verdad como pura abstracción. Pero en el terreno concreto, la paz puede tener contenidos muy distintos y obtenerse con muchos medios, incluida la violencia o máxima expresión de ella, la guerra. Por poner un caso bien conocido, la paz más prolongada que haya disfrutado España en dos siglos viene de la guerra civil; y mantener la paz en las circunstancias prebélicas habría conducido a la liquidación “pacífica” de valores e intereses considerados esenciales por la mitad al menos de la población. O bien: durante la Guerra Fría, ambos bloques competían en el empleo de consignas de paz. Solo personas muy ingenuas o simples creen poder basar en abstracciones bienintencionadas el funcionamiento real de la sociedad.
Dada su posición por encima de los conflictos sociales, el poder cobra cierta autonomía automática con respecto al resto de la sociedad. Pero, debido a la complicación y variedad de las tensiones entre individuos y grupos, el poder nunca llega a controlarlas del todo. Por ello mismo, y en nombre del orden necesario, el poder tiende a hacerse absoluto, a imponerse sobre las incesantes querellas particulares y a dictar normas para regularizar todas las conductas. A este respecto es ilustrativo cómo pueden elaborarse soluciones equivalentes partiendo de ideas opuestas sobre el imaginario “estado de naturaleza”. Así, Hobbes encuentra calamitoso dicho estado, que para Rousseau es excelente. Pero ambos llegan a conclusiones totalitarias. Uno, para asegurar la sociedad contra la malignidad de los individuos; el otro, para recuperar en lo posible una bondad primitiva que solo podría funcionar como instinto animal. Aunque parezca otra cosa, quizá sea más humana la solución de Hobbes, que acepta al individuo tal como es (al menos en parte), mientras que Rousseau aspira a reducirlo al estado instintivo, amoral, propio de la animalidad.
De un modo u otro, el poder, que surge de la sociedad y como parte de él, adquiere inevitablemente una autonomía que genera tensión con el resto de la sociedad o más propiamente con partes de esta; y esa tensión da lugar a fenómenos muy diversos.
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Apuntes del natural (o héroes de nuestro tiempo):
Un pionero
El tertuliano José Barroz, Pepy, se sacó la pipa de la boca, exhaló una humareda perfumada o apestosa, depende de gustos, y con su peculiar estilo sentencioso, expuso:
“Los numerosos amigos de Arnulfo, entre quienes tengo el honor de contarme, escriben su nombre como Arny o como Arnie, tampoco tiene mucha importancia, es un diminutivo cariñoso y modernizador. Arnie opina que el país le debe mucho, y que es la puta envidia lo que empuja a ciertos tiquismiquis y resentidos bien conocidos a poner pegas a su brillante carrera. Y yo entiendo su disgusto, porque el mundo está lleno de gentes incapaces de apreciar el mérito ajeno, cegados por quién sabe qué traumas infantiles o lo que sea. Lo indiscutible es que Arnie, allí donde estuvo, brilló con luz propia, y eso no podrá negarlo nadie. ¿Qué hizo durante el franquismo? Hombre de temperamento audaz a la par que ardoroso, y pese a su juventud, trepó hasta cargos muy elevados, y no llegó a ministro porque el dictador tuvo la mala idea de morirse cuando ya le faltaba poco. Una carrera así, guste o no, no está al alcance de un mindundi. Cierto, trepó tan alto con ayuda de su familia, tan encumbrada en aquel régimen, pero ¿quién osaría reprochárselo? ¿No ha habido miles y miles en sus circunstancias? ¿O vamos a prohibir y declarar improcedente o vergonzoso el respaldo de familiares o amigos…? No demos pábulo a los celos de los impotentes. Hizo también excelentes negocios con algún amigo a su vez bien relacionado en las altas esferas, y nuevamente topamos con las habituales críticas biliosas. Pero ¿qué demostró su encumbramiento económico sino su talante emprendedor, sus dotes para las relaciones públicas? Y si aquellas gentes poderosas que veían en Arnie un joven con futuro, se dedicaban a ayudarle desinteresadamente, ¿iba él a hacerles el desprecio de negarse? No, Arnie no es hombre descortés de los que van por la vida haciendo desprecios a sus benefactores, mordiendo la mano que le ofrece una suculenta nutrición…
“Mas he aquí que, sin comerlo ni beberlo, el régimen cambia y viene una democracia. Muhos, confusos y desbordados, no supieron qué hacer entonces, pero no así nuestro Arnie. Arnie es, en un sentido profundo, gran admirador de lord Keynes, de quien conoceréis su aguda réplica a quien le acusaba de cambiar de opinión según las circunstancias: “¡Pues claro, tío! ¿O es que tú no lo haces?”, con lo que apabulló al pobre beocio criticón. Si el país se transformaba, él también sabría transformarse. No pocas personas de ideas dinosáuricas se lo echan en cara, pero pensémoslo con realismo y sin prejuicios: ¿cuántos hicieron lo mismo por aquellos tiempos? ¿Cuántos modificaron juiciosamente su biografía para sacarles provecho en los nuevos tiempos? ¡A millares! ¡A decenas de millares! Ahora bien, se necesita algo más que buenas ideas para salir de la mediocridad, se necesita talento, y de eso Arnie tiene para regalar. Célebre por su fama, reconocido por su vivo ingenio, granjeose rápidamente los favores desinteresados de unos y de otros, supo hacerse merecedor de un trato privilegiado y rápidamente volvió a la cresta de la ola. Porque si no sabes adaptarte al medio, vas de culo, eso ya lo vieron claramente Darwin y muchos otros científicos. O te adaptas o palmas. Y en esa capacidad su talento raya en el genio, lo he oído decir a muchos que le conocen íntimamente.
“Por lo demás, nadie ignora que adaptarse supone a veces sacrificios. Con gran dolor de su corazón hubo de reconocer que el régimen anterior, donde tan bien le había ido, era una tiranía salvaje, torturadora, opresiva a la par que ridícula y miserable. Un páramo cultural. La humanidad habría conocido muy pocos despotismos de tal calibre, genocidas, vergüenza de la humanidad. Y haciendo memoria se percató también de cómo, bajo obligadas apariencias, él siempre había ejercido una oposición al dictador, oposición no por disimulada menos eficaz. En definitiva, comprendió que gracias a personas como él había llegado la democracia y así iluminado su cerebro, se convirtió en el más férvido defensor de ella. Desde sus nuevos cargos y por medio de amigos bien situados en los medios, denunció con noble indignación –no exenta de un toque burlón moderno y europeo, porque también tiene sentido del humor– a tantos ex servidores de Franco aspirantes a lograr prebendas presentándose ahora como demócratas de toda la vida. Los fustigó y redujo a la muerte civil, mínimo castigo para lo que debieran haber recibido. Él decidía quién era demócrata y quién no, qué noticias debían darse y cuáles no, todo por el bien de la democracia. ¡Y cuántos réprobos temblaban ante sus dictámenes y dicterios!
“Otra causa de su justificado rencor al franquismo nacía de su posición progresista ante el sexo. Él, hombre sin prejuicios, había tenido que disimular dolorosamente en el régimen anterior, por razón de su cargo. Ahora, en cambio, podía dar rienda suelta a sus naturales apetitos, ser él mismo, en una palabra. Y valerosamente dio un paso al frente, predicando por doquier la buena nueva de la liberación sexual. Mas un hombre tan notable no puede librarse de asechanzas e insidias y, así, unos pervertidos enemigos suyos, cegados por pasiones inconfesables, pagaron a unos rufianes para que le grabaran mientras cultivaba sus apasionados amores con un chapero senegalés de considerable envergadura física. La grabación circuló por los corrillos, provocó gestitos de escándalo o carcajadas lamentables, y muchos dieron a Arnie por políticamente muerto. Pero no sabían con quién se jugaban los cuartos. “¡Muy bien! –declaró en televisión—. Sostengo que los hombres públicos no tienen vida privada, y menos quienes, como yo, deben dar ejemplo de su liberación sexual frente a los tabúes de la Iglesia y de la caverna, siempre enemigos del goce de los cuerpos. Señores, ¡inversión de valores! No, no me refiero a la Bolsa. Marchemos todos, y yo el primero, por la senda de la libertad. Invito a todos los políticos progresistas a sacar de una turbia intimidad estos actos tan naturales, a practicarlos en la televisión, sin complejos ni tabúes, para ejemplo de la sociedad en general y de los jóvenes y escolares de primaria en particular: ¡En ellos está el futuro, ciudadanos y ciudadanas, y no debemos defraudarles! ¡Pedagogía! ¡Pedagogía! Y para que nadie me acuse de capitán Araña…”. Y directamente se echó encima del presentador con evidente designio erótico. Todos recordaréis aquella escena vergonzosa en que el cavernario presentador le arreó varios guantazos y otros cuantos presentes, conocidos progresistas pero todavía poco liberados, lo sacaron violentamente del plató.
“Sin embargo, lo que pasa con estas cosas: después de haber pasado unos meses en el psiquiátrico y de muchas discusiones en la prensa, el Congreso y el Senado, la sociedad ha venido a reconocer lo lógico: Arnie es un pionero, ha marcado un camino. Salvo la gente más irremediablemente casposa todos lo consideran hoy un santo laico. Gracias a personas como él, España goza de una privilegiada libertad en todos los terrenos y en nuestra televisión vemos con la mayor naturalidad cómo políticos y políticas, intelectuales e intelectualas, profesores y profesoras, dan ejemplo y practican lo que un represivo pudor les vedaba hasta hace poco ”.
–¿Y si viniera ahora un régimen comunista, un decir, o nazi, o islamista, qué sé yo, cualquier cosa así, ¿tú crees que Arnie…?
–¡Por supuesto, vaya pregunta! Se adaptaría con el mismo derroche de talento que hasta ahora, porque esas virtudes no se pierden. ¡Que ya lo dijo Darwin, coño!
