Blog I: “Diada”: la farsa dentro de la farsa / Diez años de “Los mitos de la guerra Civil”: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/diada-farsa-farsa-diez-anos-los-mitos-guerra-civil-20130910#comments
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La cuestión de Siria, como antes las de Irak y Afganistán, ponen sobre la mesa la ausencia de una política internacional de España, más allá de los beatos fervores “europeístas” y de la supeditación a las decisiones de Usa. La ignorancia de nuestros políticos y de mucha gente dice que de otro modo nos separaríamos de “Europa”, nos aislaríamos. Otros afirman que es mejor que nos gobiernen desde Bruselas o Berlín, porque con los políticos que tenemos… Pero los políticos de fuera no son mucho mejores, y obviamente mirarán por los intereses de sus países, no del nuestro: la confusión y falta de criterio por aquí no tienen límites. El hecho es que España, dentro de Europa, es un país excéntrico, como Inglaterra o Suecia; que tiene un ámbito cultural amplísimo, sobre todo en América, al que debe atender; que solo tiene un enemigo potencial, Marruecos, agresivo pero afortunadamente débil, y frente al cual no son ninguna garantía la UE ni la OTAN. Estos datos, muy desarrollables, señalan unos intereses españoles fuertemente diferenciados de los de otros países vecinos, lo que implica una política internacional propia, no enemiga pero tampoco subordinada a las otras potencias europeas. El éxito de España en el siglo XX – y fue un éxito realmente magnífico–, consistió en mantener la neutralidad en las dos guerras mundiales. Neutralidad solo parcial e inevitablemente rota durante la guerra fría, mediante una relación particular y mutuamente beneficiosa con Usa, sin subordinación (Cuando Johnson pidió el envío de tropas a Vietnam, Franco se negó, y le vaticinó la derrota –mandó un grupo de 12 sanitarios, nada más). Terminada la guerra fría, opino que esa relación debe mantenerse, aunque con otras formas, y utilizándola también, e igualmente a la OTAN, como presión para la devolución de Gibraltar. Hace años escribí este artículo, contra los que hablaban de aislamiento, de salir de “Europa” y similares:
¿Está Suiza en Europa?
Los suizos siempre han tenido fama de aficionados a las armas, hasta el punto de que solían alistarse en otros ejércitos como mercenarios; a veces en ejércitos enemigos entre sí, y, según cuentan, en las treguas se reunían suizos de uno y otro bando a beber y comentar los incidentes de los combates. Todavía observamos ese carácter en la seriedad con que se toman la preparación militar. Pero, como país, es el que ha disfrutado de más larga paz en Europa, permaneciendo neutral en todos los conflictos que han devastado el continente en los últimos dos siglos.
Esa neutralidad ha tenido algunos costes, y en la última guerra mundial el comportamiento suizo en relación con, por ejemplo, los judíos, distó de ser modélico —mucho mejor fue el de Franco, por poner un caso—. Pero el balance de conjunto es inmensamente positivo, y no sólo para la propia Suiza, país elegido como sede de la Sociedad de Naciones, donde nació la Cruz Roja, y donde numerosos estados contendientes han firmado o negociado el fin de sus querellas. Suiza es, además, una de las más antiguas y prestigiosas democracias del mundo. Es una considerable potencia industrial y también científica —superior a España, por cierto— y artística; la célebre opinión reflejada en “El tercer hombre” simplemente no pasa de tontería. Y es quizá el país más sólidamente rico de Europa.
Suiza ha seguido, en general, el camino de apoyarse en sus propias fuerzas y en su propia experiencia, evitando mimetismos y sin aislarse, no obstante, del exterior. Pese a las fuertes presiones para que se sume a la corriente, ha declinado entrar en la Unión Europea. Obviamente, no muestra el menor complejo por ello, ni a ningún político se le ocurre presentarla como ajena a Europa. Al contrario, los suizos tienen la impresión de ser en muchas cosas más bien un modelo para el resto del continente. Que un país tan pequeño muestre tal confianza en sí mismo es un hecho destacable, pero mucho más el que esa confianza se haya demostrado tan justificada.
Nuestro caso es casi justamente el contrario. Parece que estuviéramos siempre dispuestos a olvidar o menospreciar nuestra propia experiencia, a no darnos a nosotros mismos un margen de confianza, a buscar fuera, con espíritu milagrero, algún bálsamo de Fierabrás a nuestras heridas. Cuando oigo referencias al “orgullo español”, por parte de franceses o ingleses, me quedo perplejo. No sé si habrá ahora mismo en Europa un pueblo más servil y falto de confianza en sí mismo. Autodesconfianza tan justificada como la confianza suiza, pues, en círculo vicioso, engendra sus propios males. (LD, 11-5-2003)
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Sobre una extraña reacción de Carmen:
En el capítulo V, Alberto emprende su nueva vida sin estar aún repuesto, empujado por Carmen a buscarse la vida fuera de la casa ocupada por ella y su hermano Paco. Sus otros avatares, en los que se mete un tanto a desgana pero sin poder evitarlo, haciéndose con un carné de la CNT, que le facilita su amigo, e ingresando en un cuartel de milicias, solo son hechos no demasiado infrecuentes por entonces en Barcelona, salvo el segundo. Es decir, en medio del caos de los primeros meses, mucha gente, de derechas o indiferentes, se hacía con algún carné de cualquier grupo político de izquierdas, pero no para combatir, sino para andar con alguna seguridad por las calles o enchufarse en alguna labor cómoda de retaguardia. La cuestión es por qué Carmen expulsa a Alberto, algo que solo se aclarará más adelante. Siendo Carmen un tanto “beata” según la descripción de su hermano, se siente aparentemente perturbada por tener que vivir en la misma casa con un amigo: “Son sus principios morales –le informa Paco—Te aceptó porque estabas en las últimas, y como ya has mejorado debes arreglarte por tu cuenta, dice que otros están peor y espabilan. Ella misma, tan joven y sin experiencia, bandeándose en el Ritz con moscardones y jefecillos déspotas…”
Obviamente, ni el sagaz Paco ni, sobre todo, Alberto, aún con la resaca de su anterior desdicha, interpretan mal la situación y los motivos de Carmen. Paco, porque está atento a otras cuestiones: acepta el despotismo de su hermana porque no quiere disputas con ella que pongan en peligro el piso, su refugio. Y Alberto marcha, resentido y débil, para enfrentarse a unas tareas que por entonces no habría podido sobrellevar sin la tutela de su gran amigo, tan nietzscheano, según lo ve zgzna y otros.
Hay dos tipos de atracción, la puramente sexual, es muy amplia, quizá más en el varón, y la amorosa, mucho más complicada y exclusiva, de origen total o casi totalmente inconsciente: la leyenda de Tristán e Isolda lo representa con la pócima mágica, que se impone a la voluntad. Como sabremos más tarde, Alberto se había sentido atraído ya de niño por Carmen. Es difícil decir cómo se compagina esto con su actitud frustrada ante la expulsión del piso. Cree haber hablado poco con la chica y sin ningún interés especial. Estaba todavía un tanto fuera de sí, pero ella quizá había considerado menos anodinas las charlas diarias al volver del Ritz. De todas formas, en adelante serán las empresas aventuradas las que tiren de él. Esto es un tópico en cierta literatura épica, donde el personaje elige la acción heroica por encima de la vida amorosa o doméstica. Aquí, la elección le viene impuesta por la mujer, sin quererlo en realidad ninguno de los dos.
