Si todo lo existente con todos sus sucesos, son justificables –y es difícil ver cómo podría ser de otra manera—, son por ello justos. Es decir, responden a leyes, las conozcamos o no (orden y justicia vendrían a ser sinónimos). Ello es fácil de admitir para el mundo inanimado, incluso para el mundo viviente… menos para la sociedad humana. Esta, por el contrario, nos produce una viva sensación de injusticia o de que en ella proliferan injusticias de todo género. “La sociedad es injusta”, incluso “la vida es injusta”, decimos, oímos y leemos con frecuencia. De algún modo se quiere decir que algo o algún suceso reales no merecerían tener existencia. Y solemos considerar, al menos en parte, como una eliminación de “injusticias” para conseguir una sociedad más “justa”.
Pero ¿qué significa una sociedad más justa, esto es, más “digna de existir”? Todas las sociedades existentes en el pasado y ahora mismo tuvieron o tienen, necesariamente, su razón de ser, es decir, su orden, su justicia, ni más ni menos que la que consideremos ahora más justa. Cada una sería plenamente justa, por su mera existencia, en su tiempo y lugar. Creo que esta sería una aproximación científica, por cuanto prescinde de toda finalidad: lo existente se justifica como producto de las leyes de la existencia, pero sin ninguna finalidad determinada (sin ningún sentido). Y al hablar de las sociedades debemos entenderlas en su estabilidad como en su inestabilidad, en sus paces y en sus guerras, etc. La forma de existir de las sociedades humanas sería una continua contienda interna y externa, más o menos controlada por las leyes humanas. Estas buscan un orden estable, pero nunca lo consiguen del todo. Y por ello cabe atribuir su mezcla de orden y “desorden” (con arreglo al criterio convencional) a alguna ley o leyes superiores a las humanas y su correspondiente justicia, que intuimos trascienden las capacidades e ilusiones que el hombre se hace sobre sí mismo.
La razón por la que consideramos injusta la sociedad radica en el sufrimiento. La vida entraña una fuerte dosis de sufrimiento, y termina con la muerte, cuyo mero pensamiento provoca una angustia dolorosa. Pero en la vida encontramos también placer (en un sentido muy amplio: físico, intelectual, estético, moral…), y hasta esos momentos que llamamos de “plenitud” o de sublimidad. Nuestra psique anhela extender al máximo el placer y disminuir en lo posible el sufrimiento, incluso hacerlo desaparecer. Por tanto, la sensación de injusticia parte del sufrimiento. Nos parece injusto lo que nos hace sufrir y achacamos la causa a una razón u otra, a otras personas, a errores propios, a fatalidades a las que no nos resignamos fácilmente. Pero si el sufrimiento forma parte de la vida, de la existencia viva, lo forma también de su justicia, no de una supuesta injusticia. Aceptar el sufrimiento como parte de la existencia — de la justicia–, es difícil, quizá imposible, y el pensamiento humano a lo largo de la historia está lleno de especulaciones y razonamientos con vistas a obtener cierta felicidad a pesar del dolor. Por poner dos ejemplos: los estoicos esperaban la felicidad del conocimiento de un orden cósmico que rige nuestros destinos: viviendo de acuerdo con ese orden, seríamos razonablemente felices. Sin embargo la presunción estoica de conocer ese orden suena harto exagerada. El estoicismo influyó mucho en el cristianismo, si bien este, en cambio, tiende a considerar un más allá donde el sufrimiento quedaría abolido (para los que hubieran sabido ser buenos en este mundo), compensando así la injusticia de esta vida. Son temas inagotables en los que habrá que entrar con tiento.
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La crítica de Malefakis a Los orígenes de la guerra civil, se extiende con mayor dureza a 1934, Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Para Malefakis, este libro es aún más parcial que el primero, porque, afirma, la pretensión de que la contienda comenzó en 1934, es “ridícula”, “equivale a decir que la Segunda Guerra Mundial empezó durante la crisis de Munich de septiembre de 1938 y no con la invasión alemana de Polonia” un año después. España no se sumergió en la guerra civil hasta julio de 1936”.
La comparación con la crisis de Munich no parece acertada. Lo sería si Hitler hubiera invadido Checoslovaquia de modo unilateral y sin acuerdos previos con Francia e Inglaterra, y estas hubieran aceptado el hecho. Pues la rebelión de octubre del 34 fue textualmente una declaración de guerra a un gobierno legítimo por ser “burgués” y derechista. Así lo plantearon el PSOE y la Esquerra, y de no haber sido derrotados pronto, la lucha se habría extendido como ocurrió en el 36.
Pues bien, entre los movimientos del 34 y los del 36 hay una continuidad fundamental, a pesar de la interrupción motivada por la impotencia de quienes declaraban buscar la guerra civil. Dice Malefakis:”Estos sucesos (los de octubre) incrementaron, sin duda alguna, la posibilidad de que estallara una guerra civil, pero no la hacían inevitable. Con tan solo uno entre una docena de acontecimientos anteriores a la insurrección militasr se hubiera desarrollado de manera diferente, España se habría librado del derramamiento de sangre. Por ejemplo, habría, tal vez, bastado con que el presidente Alcalá Zamora hubiera decidido que Gil Robles no suponía un riesgo político tan grande y no se hubiera empeñado en bloquear todos sus intentos de formar gobierno. O también con que la coalición de centro derecha que gobernó a lo largo de 1935 hubiera adoptado una políticas un poco más populistas y, en consecuencia, hubiera ganado, en lugar de perder, las elecciones de 1936. Y, al contrario, con que el Frente Popular no hubiera llegado al poder porque los anarcosindicalistas no hubieran abandonado tan completamente como lo hicieron su abstencionismo electoral acostumbrado. También es posible, claro está, que aun habiéndose declarado la guerra civil, esta hubiera tomado un curso distinto de¡l que tomó (…Sin el transporte aéreo que le facilitaron Alemaina e Italia, el ejército de Franco hubiera languidecido en Marruecos”
Y así algunas especulaciones más. En primer lugar, yo no he dicho que después de la insurrección del 34 la guerra (su continuación) fuera inevitable. Para impedirlo habría bastado con que los partidos derrotados hubieran renunciado a su designio de destruir la legalidad republicana y hubieran aceptado el veredicto de las urnas. Pero el hecho es que no aprendieron de la experiencia otra lección que la que aprendió Hitler después del fracaso de su inicial putsch armado: había que tratar de lograr el poder por vías legales para destruir la legalidad republicana. Una legalidad, incluida la ley electoral, impuesta las propias izquierdas en 1931 con intención de ser los dueños “legales” absolutos del régimen… pero que les había dado la mala sorpresa de no haber impedido el triunfo electoral de las derechas en 1933. La “lección” extraída de octubre del 34 consistió en un Frente Popular cuyo programa consistía precisamente la abolición de la legalidad. Y a ello se aplicaron furiosamente después de ganar las anómalas, no democráticas, elecciones de 1936. La causa fundamental de la guerra fue el intento de destruir la legalidad vigente en 1934, y su efectiva destrucción desde el poder y desde la calle en 1936.
Cierto, no fueron izquierdas y separatistas los únicos responsables, y tiene bastante razón Malefakis cuando alude a las maniobras de Alcalá-Zamora. Este consiguió arruinar los efectos de la victoria sobre la insurrección de octubre, dividiendo con sus intrigas a las derechas y llevándolas a unas elecciones apresuradas, montadas para escapar al procesamiento de su criatura Portela Valladares por las Cortes. Alcalá-Zamora fue el máximo responsable de que la guerra iniciada en 1934 tuviera continuidad en el 36, en lugar de quedar como una convulsión aislada.
Otra observación: antes de que llegaran a Marruecos aviones italianos y alemanes, Franco ya había organizado transportes de tropas por mar y por aire. Tropas escasas, pero con el efecto estratégico clave de asegurar el dominio de Cádiz, estabilizar Sevilla y Huelva, y emprender la ofensiva por Extremadura para unir las dos zonas rebeldes. Los aviones alemanes entraron plenamente en acción cuando esos objetivos estaban conseguidos o a punto de conseguirse. Y hubo otro transporte importante por mar. El empeño en disminuir los méritos militares –y de todo tipo—de Franco, lleva a historiadores que se dicen solventes a cometer estos errores elementales. Menos corazón y más cabeza, me permitiría recomendar al señor Malefakis.
