La injusticia y el sufrimiento / ¿Fue la guerra civil inevitable?

 

Si todo lo existente con todos sus sucesos, son justificables –y es difícil ver cómo podría ser de otra manera—, son por ello justos. Es decir, responden a leyes, las conozcamos o no (orden y justicia vendrían a ser sinónimos). Ello es fácil de admitir para el mundo inanimado, incluso para el mundo viviente… menos para la sociedad humana. Esta, por el contrario, nos produce una viva sensación de injusticia o de que en ella proliferan injusticias de todo género. “La sociedad es injusta”, incluso “la vida es injusta”, decimos, oímos y leemos con frecuencia. De algún modo se quiere decir que algo o algún suceso reales no merecerían tener existencia. Y solemos considerar, al menos en parte, como una eliminación de “injusticias”  para conseguir una sociedad más “justa”.

Pero ¿qué significa una sociedad más justa,  esto es, más “digna de existir”? Todas las sociedades existentes en el pasado y ahora mismo tuvieron o tienen, necesariamente, su razón de ser, es decir, su orden, su justicia, ni más ni menos que la que consideremos ahora más justa.  Cada una  sería plenamente justa, por su mera existencia,  en su tiempo y lugar. Creo que esta sería una aproximación científica, por cuanto prescinde de toda finalidad: lo existente se justifica como producto de las leyes de la existencia, pero sin ninguna finalidad determinada (sin ningún sentido). Y al hablar de las sociedades debemos entenderlas en su estabilidad como en su inestabilidad, en sus paces y en sus guerras, etc.  La forma de existir de las sociedades humanas sería una continua contienda interna y externa, más o menos controlada por las leyes humanas.  Estas buscan un orden estable, pero nunca lo consiguen del todo. Y  por ello cabe atribuir su mezcla de orden y “desorden” (con arreglo al criterio convencional) a alguna ley o leyes superiores a las humanas y su correspondiente justicia, que intuimos  trascienden las capacidades e ilusiones que el hombre se hace sobre sí mismo.

La razón por la que consideramos  injusta la sociedad radica en el sufrimiento. La vida entraña una fuerte dosis de sufrimiento, y termina con la muerte, cuyo mero pensamiento provoca una angustia dolorosa. Pero en la vida encontramos también placer (en un sentido muy amplio: físico, intelectual, estético, moral…), y hasta esos momentos que llamamos de “plenitud”  o de sublimidad. Nuestra psique anhela extender al máximo el placer y disminuir en lo posible el sufrimiento, incluso hacerlo desaparecer. Por tanto, la sensación de injusticia parte del sufrimiento. Nos parece injusto lo que nos hace sufrir y achacamos la causa a una razón u otra, a otras personas, a errores propios, a fatalidades a las que  no nos resignamos fácilmente.  Pero si el sufrimiento forma parte de la vida, de la existencia viva, lo forma también de su justicia, no de una supuesta injusticia. Aceptar el sufrimiento como parte de la existencia — de la justicia–, es difícil, quizá imposible,  y el pensamiento humano a lo largo de la historia está lleno de especulaciones y razonamientos con vistas a obtener cierta felicidad a pesar del dolor. Por  poner dos ejemplos: los estoicos esperaban la felicidad del conocimiento de un orden cósmico que rige nuestros destinos: viviendo de acuerdo con ese orden, seríamos razonablemente felices. Sin embargo la presunción estoica de conocer ese orden suena harto exagerada. El estoicismo influyó mucho en el cristianismo, si bien este, en cambio, tiende a considerar un más allá donde el sufrimiento quedaría abolido (para los que hubieran sabido ser buenos en este mundo), compensando así la injusticia de esta vida. Son temas inagotables en los que habrá que entrar con tiento.

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La crítica de Malefakis a Los orígenes de la guerra civil, se extiende con mayor dureza a  1934, Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Para Malefakis, este libro es aún más parcial que el primero, porque, afirma, la pretensión de que la contienda comenzó en 1934, es “ridícula”, “equivale a decir que la Segunda Guerra Mundial empezó durante la crisis de Munich de septiembre de 1938 y no con la invasión alemana de Polonia” un año después.  España no se sumergió en la guerra civil hasta julio de 1936”.

   La comparación con la crisis de Munich no parece acertada. Lo sería si Hitler hubiera invadido Checoslovaquia de modo unilateral y sin acuerdos previos  con Francia e Inglaterra, y estas hubieran aceptado el hecho. Pues la rebelión de octubre del 34 fue textualmente una declaración de guerra a un gobierno legítimo por ser “burgués” y derechista. Así lo plantearon el PSOE y la Esquerra, y de no haber sido derrotados pronto, la lucha se habría extendido como ocurrió en el 36.

Pues bien, entre los movimientos del 34 y los del 36 hay una continuidad fundamental, a pesar de la interrupción motivada por la impotencia de quienes declaraban buscar la guerra civil. Dice Malefakis:”Estos sucesos (los de octubre) incrementaron, sin duda alguna, la posibilidad de que estallara una guerra civil, pero no la hacían inevitable. Con tan solo uno entre una docena de acontecimientos anteriores a la insurrección militasr se hubiera desarrollado de manera diferente, España se habría librado del derramamiento de sangre. Por ejemplo, habría, tal vez, bastado con que el presidente Alcalá Zamora hubiera decidido que Gil Robles no suponía un riesgo político tan grande y no se hubiera empeñado en bloquear  todos sus intentos de formar gobierno. O también con que la coalición de centro derecha que gobernó a lo largo de 1935 hubiera adoptado una políticas un poco más populistas y, en consecuencia, hubiera ganado, en lugar de perder, las elecciones de 1936. Y, al contrario, con que el Frente Popular  no hubiera llegado al poder porque los anarcosindicalistas no hubieran abandonado tan completamente como lo hicieron su abstencionismo electoral acostumbrado. También es posible, claro está, que aun habiéndose declarado la guerra civil, esta hubiera tomado un curso distinto de¡l que tomó (…Sin el transporte aéreo que le facilitaron Alemaina e Italia, el ejército de Franco hubiera languidecido en Marruecos”

Y así  algunas especulaciones más. En primer lugar, yo no he dicho que después de la insurrección del 34 la guerra (su continuación) fuera inevitable. Para impedirlo habría bastado con que los partidos derrotados hubieran renunciado a su designio de destruir la legalidad republicana y hubieran aceptado el veredicto de las urnas. Pero el hecho es que no aprendieron de la experiencia otra lección que la que aprendió Hitler después del fracaso de su inicial  putsch armado: había que tratar de lograr el poder por vías legales para destruir la legalidad republicana. Una legalidad, incluida la ley electoral,  impuesta las propias izquierdas  en 1931 con intención de ser los dueños “legales” absolutos del régimen… pero que les había dado la mala sorpresa de no haber impedido  el triunfo electoral de las derechas en 1933. La “lección” extraída de octubre del 34 consistió en un Frente Popular cuyo programa consistía precisamente la abolición de la legalidad. Y a ello se aplicaron furiosamente después de ganar las anómalas, no democráticas, elecciones de 1936.  La causa fundamental de la guerra fue el intento de destruir la legalidad vigente en 1934, y su efectiva destrucción desde el poder y desde la calle en 1936.

Cierto, no fueron izquierdas y separatistas los únicos responsables, y tiene bastante razón Malefakis cuando alude a las maniobras de Alcalá-Zamora. Este consiguió arruinar los efectos de la victoria sobre la insurrección de octubre, dividiendo  con sus intrigas a las derechas y llevándolas a unas elecciones apresuradas, montadas para escapar al procesamiento de su criatura Portela Valladares por las Cortes. Alcalá-Zamora fue el máximo responsable de que la guerra iniciada en 1934 tuviera continuidad en el 36, en lugar de quedar como  una convulsión aislada.

Otra observación: antes de que llegaran a Marruecos aviones italianos y alemanes, Franco ya había organizado transportes de tropas por mar y por aire. Tropas escasas, pero con el efecto estratégico clave de asegurar el dominio de Cádiz, estabilizar Sevilla y Huelva, y emprender la ofensiva por Extremadura para unir las dos zonas rebeldes. Los aviones alemanes entraron plenamente en acción cuando esos objetivos estaban conseguidos  o a punto de conseguirse. Y hubo otro transporte importante por mar. El empeño en disminuir los méritos militares –y de todo tipo—de Franco, lleva a historiadores que se dicen solventes a cometer estos  errores elementales.  Menos corazón y más cabeza, me permitiría recomendar al señor Malefakis.

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El corazón de Malefakis / Tres mitos innecesarios

Blog I: Los timbres de alarma no sonaron / El odio en la historia reciente: http://www.intereconomia.com/blog/los-timbres-alarma-no-sonaron-odio-historia-reciente-20130517

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El corazón de Malefakis

El señor Malefakis considera que mi libro  Los orígenes de la Guerra Civil “es uno de los treinta más importantes sobre el tema” (esto no puede haber gustado ni un pelo a los de la revista Ayer), y  que constituye “una contribución importante a la historia del decenio de 1930”, lo cual “compensa, en parte, sus muchos errores”.

Errores “enormes”, consistentes, a juicio de Malefakis,  en una  “extraordinaria parcialidad”  porque no trata de los orígenes de la guerra, como promete el título, sino “de los errores y excesos de los socialistas y otras fuerzas de coalición de Azaña  que pudieron haber proporcionado al ejército una justificación para su decisión de derrocar al gobierno democráticamente elegido (…) No hay ni una sola mención de las conspiraciones militares o de los grupos para derrocar a la República, y eso pese a que varias de esas conspiraciones fueron anteriores al peor de los errores republicanos”.

La crítica no parece muy ajustada, porque el libro se centra en las reacciones golpistas de la izquierda al triunfo electoral de la derecha, hasta culminar en la insurrección revolucionaria de 1934 contra la república. Y no  es adecuada porque  entonces no hubo la menor conspiración algo seria en marcha por parte del ejército ni de civiles. La única –y sí la señalo–, fueron los tratos de  los monárquicos con Mussolini: este debía suministrar 1,5 millones de pesetas, 20.000 fusiles, 200 ametralladoras y 20.000 bombas de mano, así como entrenamiento militar. Estos acuerdos  no se hicieron  contra un gobierno de izquierdas, sino contra el de centro-derecha que entonces gobernaba. Y su único resultado fue  mostrar la inoperancia típica de las conjuras monárquicas. También aludo a otras conspiraciones perfectamente ineficaces, empezadas no desde el principio de la república, como suele sostenerse, sino de la “quema de conventos” (y bibliotecas y escuelas). Por algo Franco, llegado el momento, impuso que la rebelión se hiciera “por España”, no “por la monarquía”. De modo que aquellas conspiraciones –que sí expongo– carecieron de cualquier trascendencia real, al revés que las maniobras izquierdistas. La crítica falla también en otro concepto: no estaba mezclado en conspiraciones “el ejército”, sino fracciones insignificantes de él, como demostró el golpe de Sanjurjo en 1932, que también señalo, contra lo que afirma Malefakis, para mostrar sus grandes diferencias, cuantitativas y cualitativas, con la insurrección izquierdista del 34). Por tanto no me parecen muy adecuadas  las observaciones de Malefakis.

Un ejemplo específico de la parcialidad de los análisis de Moa es su tratamiento radicalmente diferente de las consecuencias inmediatas de las elecciones de 1933 y de 1936. En el caso de las primeras, critica severamente los intentos republicanos de convencer al presidente Alcalá Zamora para que modifique los resultados de las elecciones, que habían sido contrarios a ellos. En realidad, considera que  la participación de Azaña en estos intentos es su segunda tentativa de golpe de estado (siendo la primera su supuesto respaldo al levantamiento de 1934 en Barcelona, una acusación que hacía ya tiempo había sido desestimada por los tribunales). En cambio, Moa nunca menciona las intentonas derechistas, mucho más enérgicas, lideradas por Franco y Gil Robles en 1936, para que se anularan las elecciones del Frente Popular”.

Creo que hay  en el texto una confusión de fechas. Los primeros intentos golpistas de Azaña tuvieron lugar  en 1933, a raíz de las elecciones de noviembre. Hubo un segundo en verano de 1934, desconocido hasta que la he documentado en los archivos de la Fundación Pablo Iglesias. Y un tercer, algo — aunque poco– dudoso, en octubre,  a pesar de su exoneración por los tribunales (que también exoneraron a Largo Caballero por  la insurrección de octubre. No es cosa de ahora en España la poca fiabilidad de la justicia referente a los políticos). Ello aparte, Azaña no dejó de intrigar con Prieto y  los separatistas catalanes y vascos para desestabilizar al gobierno de  legítimo de centro derecha.

Tampoco me parece muy acertado el reproche por no haber tratado “las intentonas derechistas de Franco y Gil Robles  en 1936″, porque el libro cuestionado solo se extiende hasta finales de 1934. He tratado dichas intentonas –a raíz de una elecciones muy distintas de las del 33– en otro libro, El derrumbe de la República y la Guerra Civil. Por cierto, muy en breve saldrá la primera parte de esa obra, corregida y comentada, excluyendo la propia guerra. Me ha parecido que el proceso de destrucción de la república entre octubre del 34 y julio del 36 merece por su cuenta una monografía especial.

Hay otras especulaciones de Malefakis sobre el comienzo de la guerra, de las que me ocuparé en otro artículo. Pero el lector habrá advertido que  el crítico sostiene una idea de la república no por  vastamente compartida menos extravagante: solo concibe una república de izquierdas, hasta el punto de que cuanto estas se alzan para derribar su legalidad, siguen siendo republicanas; en cambio las derechas y el ejército –que, precisamente salvaron la legalidad del régimen en 1934, en lugar de aprovechar el golpe izquierdista para derrocarlo–, son objeto permanente de sospecha, atribuyéndoles el anhelo constante de acabar con la república.  El secreto de una actitud tan despectiva hacia los hechos  podría encontrarse en la parte que Malefakis dedica a Preston: “su corazón, al igual que el mío, está con la República y sus defensores”.  Bien, así se aclara el embrollo. Es cosa del corazón.

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(En LD,  19-12-2000)

Tres mitos innecesarios 

No hay duda de que las dos experiencias republicanas en España han sido desastrosas. La primera llegó a amenazar la subsistencia de España como nación, hasta que la disolvió el general Pavía, él mismo republicano. La segunda comenzó por un pronunciamiento militar fallido, cuyo 70 aniversario se ha festejado estos días con un concienzudo olvido, y siguió con una enorme pira de iglesias, bibliotecas, escuelas y obras de arte; luego vinieron varias sangrientas insurrecciones anarquistas, el golpe de Sanjurjo y la insurrección de octubre del 34, primera batalla de la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil en julio de 1936.

Desde luego, si algún día ha de volver una república, más valdrá que lo haga sobre un frío análisis del pasado, que, en mi opinión, sólo puede conducir al rechazo crítico de aquellas viejas retóricas y tradiciones. En cambio, estos últimos años nos han traído una idealización beata de la II República como ¡ejemplo de democracia! Para entender esa siniestra y estúpida falsificación, sólo hay que recurrir a los testimonios de los prohombres republicanos, empezando por Azaña.

¿A qué obedecen esos cánticos a un régimen tan poco recomendable? Creo que al intento de fabricar un mito que sustituya a otros dos, ya averiados. El primero fue la glorificación del Partido Comunista como el campeón de la lucha contra Franco. Desde luego, al lado de la acción del PCE, la de los demás partidos resulta casi insignificante, pero su ejemplaridad se tambaleó cuando Jorge Semprún expuso algunos rasgos perversos de esa larga lucha, y se derrumbó con el emblemático muro de Berlín. El segundo mito, los célebres “cien años de honradez”, sobrevivió también poco más de una década. El de la república no tiene mayor consistencia que los anteriores, y por tanto es improbable que dure mucho más.

A mi juicio, se trata de mitos innecesarios, intentos de utilizar la historia como arma política arrojadiza. La transición se hizo sobre el principio de que ningún partido iba a pedir cuentas a otros por el pasado, y eso ha hecho posible una democracia relativamente tranquila, que, por fortuna, nada debe a la república. Naturalmente ese acuerdo de enterrar viejas querellas no incluye a la historiografía, que debe rastrear insobornablemente el pasado, no para construir ni destruir mitos, sino para acercarse a la verdad. Pero algunos, especialmente en la izquierda, siguen empeñados en desfigurar la historia por conveniencias políticas. Ello hace más necesario sanear la memoria.

 

 

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Malefakis, victimismo, honradez intelectual y el suceso clave de la España del siglo XX

 Blog I: Fallo crucial en la enseñanza / Sobre la decadencia de España http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/fallo-crucial-ensenanza-sobre-decadencia-espana-20130515

En twitter: PioMoa1 / En Facebook: Pio Moa.

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Me ha pasado el historiador  J. M. Cuenca Toribio el número de marzo de 2013  de la Revista de Occidente con un largo artículo de Edward Malefakis, “Alguna bibliografía sobre la Guerra Civil española”, en que escribe con cierta amplitud dos libros míos. De ese artículo –creo que es el mismo–, tuve noticia hace tiempo por un conocido próximo a la revista Ayer: en esta le fue rechazado a Malefakis porque …¡me mencionaba! Esto ya no es sectarismo, sino pura estupidez, y refleja el nivel a que ha descendido la historiografía universitaria española (hay excepciones, naturalmente).

El propio Malefakis advierte esa mezcla de aversión y temor a mi persona y trabajos en esos lamentables ambientes, a raíz de la publicación de mi  estudio Los orígenes de la Guerra Civil española: “Dos eminentes historiadores (S.Payne y C. Seco Serrano) dedicaron grandes elogios al libro, pero la reacción general en la profesión fue una mezcla de silencio público y vehemente rechazo privado.  Que yo sepa, la obra apenas ha sido reseñada, ni tampoco ha habido ningún historiador competente que haya rebatido las teorías de Moa (…) En 2006 pregunté a varios amigos historiadores, todos simpatizantes de la República, por qué no se habían enfrentado directamente a Moa. Su respuesta, que no dejó de sorprenderme en su momento, fue que Moa no estaba realmente interesado en un intercambio de ideas, que estaba profundamente aferrado a sus opiniones y no deseaba cuestionárselas. Lo que Moa quería realmente, decían, era la publicidad que acompañaría a una discusión abierta con historiadores de reconocido prestigio”.

Se acerca algo a la verdad Malefakis, aunque yerra en buena medida. Algunos historiadores, por su cuenta o con el respaldo explícito de muchos otros que no salían a la palestra, sí intentaron rebatirme. Así  el señor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, o más aún el señor Reig Tapia, que me hizo el honor de dedicarme un libro El Anti Moa, al que respondí en una serie de artículos en LD (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/breve-historia-de-un-no-debate-34125/ y siguientes), luego recogidos en el libro  La quiebra de la historiografía progresista (2007) Otros muchos me han dedicado invectivas o juicios arbitrarios, a los que he respondido, a veces con dureza, pero siempre en un plano académico y no personal.  No quiero parecer arrogante, pero tengo la impresión de que  la experiencia no resultó muy reconfortante para el prestigio de mis contradictores ni animó a otros a seguir su ejemplo.

Por otra parte, la falta de debate no quiere decir que esos historiadores, periodistas, directores de medios de masas  y políticos hayan cejado en una actitud  que nada tiene de académica ni de democrática. Empezó Tusell propugnando  desde El País la censura a mis investigaciones, con éxito, pues ese periódico me negó el derecho de réplica, (lo comenté en, por ejemplo, http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/lo-malo-de-javier-tusell-42848/) El éxito se extendió a los grandes medios de masas, no solo de la izquierda, como podría suponerse, sino aún más de la derecha: para El Mundo, La Razón, ABC, La Vanguardia  o El Correo, simplemente no existimos ni yo ni mis libros, no ya de historia, sino ni siquiera mi novela reciente Sonaron gritos y golpes a la puerta, o el relato Viaje por la Vía de la Plata). El otro medio utilizado por esta buena gente ha sido la descalificación propagandística en alusiones ocasionales  un tanto desvergonzadas: yo no había consultado archivos, me basaba en Arrarás o Ricardo de la Cierva, me limitaba a repetir la propaganda franquista, etc., etc.  Sin excluir insidias más personales.

Es decir, que Malefakis no dice del todo la verdad. Quien la sintetizó perfectamente fue Stanley Payne: “Cada una de las tesis de Moa aparece defendida seriamente en términos de las pruebas disponibles y se basa en la investigación directa o, más habitualmente, en una cuidadosa relectura de las fuentes y la historiografía disponibles”. Lamentablemente, “Lo más destacable de la respuesta a la obra de Moa ha sido la ausencia de debate y la negativa a discutir el gran número de temas serios que suscita. Con sólo unas pocas excepciones, ha sido recibida con una hostilidad gélida o furibunda. (…) Aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones (…) “El asunto principal no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Eso no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo de varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española, anquilosada desde hace mucho tiempo en angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política determinante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis capaz de retomar los temas cruciales en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”. Creo que lo anterior expone perfectamente hasta qué punto el “reconocido prestigio” de tantos intelectuales del momento tiene los pies de barro.

No obstante, si bien Malefakis se sintió extrañado en un principio por las extravagantes actitudes de  tantos historiadores, fue viendo la luz. “ Por entonces me sorprendió la respuesta de mis amigos y pensé que se equivocaban al ignorar a Moa en lugar de rebatirlo. Pero poco a poco fui cambiando de opinión, sobre todo al toparme con signos evidentes de que a Moa le gusta hacer el papel de víctima. Esto le proporciona muchas ventajas, no siendo la menor el que aumenta su atractivo  para una gran proporción del público general que, por las razones que sean, quiere creer en la legitimidad de la revuelta armada contra la República. Para ellos, Moa no es solo un historiador, sino también un héroe. Y nadie renuncia fácilmente al papel de héroe.  Mi primera opinión sobre la obra de Moa, que ya era bastante contradictoria, pasó a ser del todo negativa después de leer 1934: comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda”

De modo que Malefakis, sin notar en apariencia su contradicción, después de justificar a quienes pretenden imponer la censura del silencio, dedica un amplio espacio a mostrar por qué no está de acuerdo conmigo. Razón suficiente para que los de la revista Ayer, más consecuentes,  le rechazaran el artículo. De su crítica, que tiene más interés, trataré en otro u otros dos artículos, pero aquí solo quiero recordar cómo, lejos de hacer el papel de víctima ni de héroe, he señalado reiteradamente la importancia del debate  racional y no personalista, y he invitado a él a mis adversarios. Si estos han pretendido hacerme víctima de su censura y de su demostrada ausencia de honradez intelectual, no es, desde luego, culpa mía ni algo que me agrade, al contrario. Y como las cuestiones en polémica son de la mayor importancia –en rigor se trata del suceso decisivo de la historia de España en dos siglos, que ha determinado en gran medida su historia posterior hasta hoy mismo—sigo empeñado en clarificar las cuestiones relacionadas, como verá Malefakis en el siguiente o siguientes  comentarios de este blog.

En fin, invito a mis pacientes lectores a dar la mayor difusión posible a estos comentarios. Muchas gracias.

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Inevitabilidad de la justicia y la fe / La vieja farsa en torno a la ETA.

 

Sobre fe y justicia

Mi contribución al libro Hablando con el Papa (http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/hablando-papa-20130430),  se centró en la cuestión de la justicia y el mal, sobre la que expuse dos enfoques. El segundo es este: ¿Se caracterizan por la injusticia  el mundo, la vida,  la historia? La sociedad humana, según el protestantismo, tendría que ser radicalmente injusta, al ser obra de seres radicalmente caídos por el pecado original y cuyas obras carecen de valor. Solo una gracia arbitraria de Dios, cuya decisión y alcance no puede discernir con claridad nuestra mente, enmendaría parcialmente tan triste  condición. El catolicismo, más esperanzador, valora las obras humanas, y por tanto considera la injusticia como un hecho parcial, no radical.

   Pero cabe imaginar un punto de vista más amplio: la justicia como fundamento de la existencia. En las sociedades complejas, la justicia va ligada a la ley, que funda la existencia misma de la sociedad. La idea resulta en parte aplicable a la naturaleza en general, a la que hemos extendido, por analogía, el concepto de “ley”:  llamamos “leyes” a aquellas regularidades conforme a las cuales se comporta el mundo físico, y sin las cuales este se  convertiría en un caos inimaginable, no podría simplemente existir, al menos  según nuestras capacidades psíquicas y racionales.  Aunque no llamamos “justicia” a la gravedad, la llamamos ley, que, al cumplirse con plena regularidad al contrario que las leyes humanas, no va acompañada de “injusticia”.  Debemos concluir de esta concepción que una sociedad radicalmente injusta no podría existir, o al menos mantenerse. La existencia de las sociedades humanas responde a una justicia, de la que las leyes distintas y aun contradictorias, así como las injusticias, solo serían manifestaciones parciales, subsumibles en una justicia más general.  De este modo, lo que se presenta como injusticia a nuestro sentimiento y capacidad de raciocinio, podría no serlo en un sentido más amplio.  Creo que esa viene a ser la lección que Dios da a Job: “tu sentido de la justicia, tu  capacidad racional, solo alcanzan para juicios limitados”. Aunque, como dice la experiencia, no rígidamente limitados, sino expansivos o perfectivos. O, en otras palabras: la justicia inmanente que sostiene el mundo solo es accesible parcialmente a nuestra razón. Conclusión penosa pero difícil de eludir para el ser humano, desbordado por el mundo y por el misterio de su propia existencia.

La idea es esta: la justicia es el fundamento de la existencia,  y la sociedad se sostiene porque es fundamentalmente justa, aunque nos sea difícil entender esa justicia. No haría falta, entonces, pensar en un “más allá” donde se compensara la injusticia de este mundo: serían solo nuestras limitaciones las que nos impidieran comprender del todo la justicia, es decir, el fundamento de la sociedad, análoga al fundamento de todo lo existente. No obstante, la intuición –por confusa o incompleta que sea— y el sentimiento de la justicia  es inherente al hombre, y sin ella la vida social sería imposible.

Ello tiene relación con la fe.  Me parece haber propuesto que la fe consiste en la creencia en el sentido de la vida, del mundo. Creencia y no conocimiento,  porque el mundo se nos presenta más bien como un revuelto de objetos, sensaciones y cambios, de modo que nos ofrece  más bien  la impresión de un sinsentido. Y sin embargo nuestra psique exige perentoriamente  una creencia que ponga orden en ese aparente caos, que le dé un sentido  por una parte como fundamento (como justicia que tiene también relación con la idea de armonía) y por otra parte como finalidad de la existencia.

Esa exigencia psíquica podría ser una ilusión, y la vida y el mundo carecer de significado  y finalidad, pero entonces tendríamos que preguntarnos de dónde viene esa ilusión y cómo podríamos estar tan radicalmente separados de la vida, cuando somos una creación de esta. Por lo demás, la conclusión del sinsentido del mundo nos llevaría al suicidio o a la mutua destrucción, en función de los deseos contradictorios que, sin objeto alguno, la vida ha puesto en nosotros. Esa “ilusión” solo puede reflejar algo real del mundo y la vida

Así, el ser humano se mueve en la tensión entre una exigencia de sentido, una intuición insuficiente de él, y la angustiosa inseguridad resultante. La historia del pensamiento –y no solo del pensamiento—testimonia ese esfuerzo, que a veces recuerda al de Sísifo. La elaboración más básica del “sentimiento e intuición del sentido”  la producen las religiones, los mitos.  Pero estos no solo contienen una visión consoladora, por llamarla así, sino también terrorífica, que conviene examinar.

http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-justicia-de-la-vida-4203/

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(Decíamos ayer) LD,  28-11-2000

Pesimismo y optimismo

“¿Qué carajo podemos hacer?”, preguntaba Ibarreche afectando desesperación ante uno de los últimos atentados. ¿Qué hace la autoridad legítima de un estado de derecho ante el crimen organizado? Nada más sencillo: reprimirlo con la ley en la mano. Y eso es justamente lo que no hace Ibarreche. Al contrario, su gobierno autónomo protege a los terroristas y su entramado legal por medio de la pasividad policial, una propaganda favorable y subvenciones multimillonarias. Ibarreche y los suyos no ven en la Eta un grupo criminal, sino unos hermanos nacionalistas, algo descarriados, pero con los que desea repartirse los papeles contra la democracia española, como tan expresivamente ha teorizado Arzalluz y los hechos confirman. Eso significa pura y simple complicidad con el terrorismo, y la pregunta de Ibarreche, con toda su hipocresía, ya es una respuesta: van a seguir por la misma línea.

La trampa tendida a Aznar por nacionalistas y socialistas catalanes en la manifestación por Ernest Lluch revela algo no menos alarmante: la conjunción de un sector, al menos, del PSOE con los nacionalistas catalanes y vascos para socorrer a estos últimos, con la mira puesta en progresar hacia la desmembración de España. La historia guarda recuerdo de coincidencias semejantes, como en el verano de 1934, cuando ambos nacionalismos y el PSOE cooperaron a desestabilizar al Gobierno legítimo de centro derecha. He aquí un incidente significativo de entonces: varios diputados acusaron en las Cortes a la Esquerra catalana, dueña del gobierno autónomo, de repartir armas y preparar la insurrección. El entonces jefe del Gobierno, Samper, hombre bienintencionado pero débil, replicó que eso sería “incubar una catástrofe”, por lo que él no daba crédito a la denuncia ni sería “capaz de inferir a los representantes de la Generalidad semejante injuria”. Pero la denuncia era totalmente cierta y, en efecto, la Esquerra “incubaba la catástrofe” de la guerra civil, junto con el PSOE y, en plano secundario, el PNV.

Creo que Aznar no es Samper, pero conviene advertir que los tiempos no van a ser fáciles ni la solución rápida. Las aguas han llegado muy lejos, en gran medida por la claudicación sistemática de izquierdas y derechas, durante más de veinte años, ante la demagogia nacionalista, que ha conquistado en el País Vasco a un sector muy amplio de la opinión. Hay, sin embargo, motivos para el optimismo. Desde hace unos años se percibe allí, por primera vez, una valerosa reacción intelectual, moral y política. La situación ya no es la que era.

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Problemas del mercado / Pensamiento simplón (3)

 

La crisis actual parece  tener relación con una perversión del mercado, más bien que con la intervención pública. Al menos en lo que respecta a su sector inmobiliario. Durante años el precio de la vivienda creció de manera extraña (extraña, porque había una gran oferta y gran número de casas vacías). El PP creyó que liberalizando el mercado con la ley de 1998,  que declarase edificable todo terreno, salvo que estuviera expresamente prohibido, el mercado se racionalizaría, el ritmo de construcción  descendería  y los precios también. Pero ocurrió lo contrario. Y entonces muchos expertos y políticos, creo que la gran mayoría,  insistían en que se había entrado en un “círculo virtuoso” generador de empleo y prosperidad indefinidamente. Es más, se predicaba que endeudarse era enriquecerse, máxime con la entrada en el euro, el cual –aseguraban los políticos y los expertos– garantizaba  el indefinido funcionamiento del sistema. Por otra parte, que la construcción adquiriese tal peso relativo en la economía no era motivo de preocupación, no solo porque impulsaba una infinidad de otras industrias, sino porque cada país tiene sus ventajas particulares en las que apoyarse, como pasaba también con el turismo, nuestro “petróleo”. Quienes dudaban de tales prodigios eran pocos, la mayoría no osaba expresarse, ya que la realidad más evidente parecía desmentirle año tras año, y si se expresaba nadie le hacía caso.

Es decir, los mercados, por su dinámica propia, pueden crear efectos perversos. Otro caso, que plantea problemas muy varios, lo tenemos en la televisión. Cuando se permitieron cadenas privadas se dio por sentado que ello mejoraría mucho su calidad, gracias a la competencia. Pero, aparte de que ya bajo los socialistas la televisión pública cabalgaba hacia la basura, la competencia se estableció sobre la base de la basura, precisamente. Desde el punto de vista de algunos liberales, ello no era nada malo, pues la basura satisfaría los deseos de los individuos, y contra eso no habría nada que decir. Es más, quedaría inapropiado hablar de basura o no basura, solo de la opción de los individuos. En los “Diálogos de Porriño” caricaturizaba esa visión de la supuesta bondad y eficiencia del mercado dejado a su exclusiva dinámica: los políticos competían por superar la crisis basándose en la prostitución, el juego o el fomento de la delincuencia.

El problema de la crisis se plantea, desde ciertos puntos de vista, en relación con el estado y su intervención: la dificultad de encontrar  el punto de equilibrio, si este existe, entre el estado y la sociedad civil. Los anarcocapitalistas imaginan –con argucias sofísticas, en mi opinión—que la sociedad podría funcionar sin ningún otro poder que las relaciones contractuales entre individuos (que podrían incluir, por ejemplo, el asesinato profesional).Y otros muchos establecen una contraposición entre sociedad, en general,  y estado, cuando este siempre fue parte de la sociedad, es una creación de esta.

El papel del estado permanece oscuro.  La crítica a la intervención keynesiana tiene buenos argumentos, salvo que las políticas keynesianas no han sido, en general, tan ruinosas cono cabría esperar de tales argumentos. Otra crítica mayor sería que la intervención creciente del estado conduciría –conduce— a regímenes realmente despóticos bajo ropajes democráticos.

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El pensamiento simplón (y3) (LD, 1-II-2001)

Nadie en sus cabales puede negar que la cultura española ha sido, y en lo fundamental sigue siendo, latina y cristiana: el idioma común, el derecho, las costumbres y actitudes corrientes, la religión vastamente mayoritaria –y hasta hace pocos decenios prácticamente unánime–, etcétera. Que esa cultura quedó asentada en la Edad Media, mediante un largo combate con la cultura islámica, también salta a la vista; los restos islámicos en España son arqueología, lo mismo que los latinos y cristianos en Marruecos. También está de sobra claro, aunque algunos no quieran verlo, que esa lucha de siglos fue posible porque antes de la invasión islámica España había sido latina y cristiana, y tenido un estado propio. Gracias a ello, existió la Reconquista. Si los árabes hubieran encontrado la península en las condiciones de división cultural, política e idiomática que la encontraron los romanos, hoy seguramente seríamos un país como los del Magreb, sin valorar ahora lo fausto o infausto del hecho. Sería la realidad, sin posible comparación con otra alternativa.

Estos hechos, que constituyen nuestra identidad más básica, son sentidos como un peso o una carga insufrible por Goytisolo o Fuentes. Les parecen opresivos, los niegan o los desacreditan. Lo importante, dicen, no fue la lucha, sino el “mestizaje” cultural, que ensalzan, haya existido o no. Todos los pueblos son mestizos, aunque unos muchos y otros muy poco. Ello no constituye un mérito, ni mucho menos una obligación. Es simplemente una realidad histórica no valorable, excepto para los racistas (la manía mestizadora de Goytisolo y compañía resulta tan absurda como la contraria de los hitlerianos). Pero si por algo sorprende el mestizaje cultural español con el Islam , es por su escasez, teniendo en cuenta el prolongadísimo contacto entre ambas partes. Naturalmente en esos siglos hubo intercambios de todo tipo entre España y Al Andalus, pero en un contexto histórico de hostilidad, en que uno de los contendientes venció (en el Magreb ganaron los que en España perdieron). No debe extrañarnos. Difícilmente ocurriría en la Edad Media algo distinto de lo que ocurre ahora en Palestina, entre árabes y judíos.

La incapacidad de aceptarse a uno mismo suele ser un rasgo neurótico. ¿Puede extenderse ese rasgo a grupos sociales? Da la impresión de que sí, de que esa tara afecta a muchos españoles desde el siglo pasado. Goytisolo y sus amigos no soportan la España real –ellos la llaman, osadamente, “oficial”–, la encuentran poco progresista, poco tolerante, poco libre. No como el Marruecos de Hassan o el Méjico del PRI, insistamos en ello porque nos da una clave para interpretarlos.

 

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