La legitimidad del franquismo y la democracia.

Blog I:  ¿Puede ser soberano el pueblo? /Recuerdos sueltos: Viaje a Las Hurdes. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/puede-ser-soberano-pueblo-viaje-hurdes-i-20130410#comments

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No pocos descalifican de raíz al franquismo por no haber sido democrático: coinciden en ello desde marxistas a bastantes liberales, lo que ya indica algo. Lo cierto es que, si bien en  la España de Siglo de Oro encontramos fundamentos importantes del pensamiento democrático europeo –dejando aparte a Grecia–,  posteriormente no se desarrollaron, siendo ese vacío mal rellenado, en los siglos XIX y XX,   con una  especie de beatería “democratista”. Hoy muchos enarbolan  el ideal de democracia, reducido a tópico confuso,  como el alfa y omega legitimador y deslegitimador de cualquier sistema político. Con ello quedarían absurdamente deslegitimados todos los existentes en la historia de Europa hasta el siglo XX. Aparte, el término es usado con sentidos distintos y hasta opuestos, así democracia popular, proletaria, orgánica, asamblearia, socialista, etc. Aquí me refiero a la democracia liberal, con sus libertades políticas,  limitación y separación de poderes,  sufragio universal y economía de mercado.

   Los demoliberales en la España de los años 30 eran  pocos y pronto desbordados  por los partidarios de una democracia/dictadura proletaria o exclusivamente izquierdista, y solo la reacción autoritaria del franquismo fue al fin capaz de quebrar su ímpetu revolucionario. El objetivo del franquismo no  sería restaurar una democracia entonces imposible, sino salvaguardar la más profunda y básica unidad nacional y cultura cristiana. Solo un largo proceso de reconstrucción, reconciliación y prosperidad,  permitió asentar una democracia no epiléptica a partir de 1977. Y  ocurrió por la propia dinámica de la nueva sociedad y no por intervención militar extranjera, como en casi toda Europa occidental. Aun así, no cabe un excesivo optimismo, porque el pensamiento demoliberal sigue siendo muy débil y no cala en la mayoría de los partidos y políticos: subsisten las viejas tendencias, que intentan imponerse incluso por ley, idealizando puerilmente a la república, reivindicando la “libertad” del Frente Popular y condenando al régimen que libró al país de ella.

   Suele definirse la democracia según su etimología como “poder del pueblo”, lo que es un contrasentido.   La democracia liberal puede definirse mejor como lucha reglamentada de partidos (oligarquías)  por atraerse a  sectores lo más amplios posible de la opinión pública y gobernar por un período limitado, respetando las libertades, la separación de poderes, la propiedad privada y  el mercado libre. Un respeto mantenido en líneas generales gracias a los equilibrios y contrapesos del sistema, pero nunca muy completo, ya que los gobiernos tienden a afianzarse indefinidamente y a expandir su dominación –lo observamos en la involutiva democracia española actual–. No debe olvidarse tampoco que la opinión pública es moldeable y maleable, lo que la hace propensa a la demagogia, muy presente en las democracias y que llega a destruirlas si no es contenida.

     Basten estas breves consideraciones para mostrar las dificultades y puntos débiles de este tipo de régimen, distintos de los que supone la beatería al uso. Aun así, resultan inconvincentes la mayoría de las críticas  a sus tendencias demagógicas o al olvido del interés común por las pasiones de partido. Fuera de las democracias siguen existiendo los partidos en forma de camarillas opacas en oscura lucha por el poder, y la necesidad de lograr la aquiescencia popular también se resuelve a menudo con demagogias, solo que menos variadas y contrapesadas. Además, la democracia permite más libertades políticas y control sobre los gobiernos, imponiendo a estos una mayor contención. Si la democracia tiene serios problemas y propensiones degenerativas, cualquier otro régimen experimentado hasta ahora los tiene a su vez, con mayor dificultad para corregirlos.

   La relativa democracia de la II República terminó hundida por el excesivo peso de las demagogias, la escasez de demócratas y la orientación totalitaria prevaleciente en la izquierda y los separatismos. La oportunidad de una corrección gracias a las elecciones de 1933 no fructificó porque la derecha, si bien aceptaba la república, no sentía una convicción demoliberal, y de ahí que su defensa del régimen fuera poco enérgica o  inspirada. Contra la interesada versión de los totalitarios, la república no naufragó porque la derecha defendiera brutalmente sus privilegios sino porque defendió con poca resolución la democracia frente a sus enemigos izquierdistas y separatistas.

   Al tratar el problema de la legitimidad política suele hablarse del origen y el ejercicio del poder. En cuanto al origen, Franco no derrotó a un régimen legal y democrático, como suele pretenderse con sorprendente obstinación. El Frente Popular –lo prueba el simple relato de los hechos–  agrupaba a  quienes en 1934 habían intentado destruir la república, tomó el poder en unas elecciones en gran medida fraudulentas y no democráticas, e inmediatamente arrasó la legalidad republicana. Ninguna fuerza demoliberal, entonces en ruinas, podía haber impedido el proceso revolucionario: solo el franquismo. Este mero hecho le otorga una incuestionable legitimidad de origen.

   Y a la legitimidad de origen añade la de ejercicio, ya que en el tiempo que duró  libró a España de la catástrofe mayor que habría supuesto la entrada en la II Guerra Mundial, derrotó sucesivamente al maquis, intento de reanudar a la contienda civil, y al injusto aislamiento internacional. Frente a quienes le acusaban de empobrecer al pueblo en beneficio de una casta privilegiada, protagonizó el mayor crecimiento económico que haya gozado España en su historia, acercándola a los niveles de los países europeos más ricos, e hizo masiva la clase media.  Frente a quienes le acusaban de oscurantista, extendió la enseñanza como nunca antes –incluida destacadamente la presencia femenina en las aulas— y redujo a cifras marginales el analfabetismo.  La salud física mejoró, como indica que los españoles pasaran de tener  una relativamente corta esperanza de vida en los años 30 a estar entre los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza vital. La salud social, manifiesta en los índices de delincuencia y población penal, alcoholismo, drogas, fracaso escolar, fracaso matrimonial, violencia doméstica, etc., era probablemente la mejor de Europa. Pasadas las condiciones de la posguerra, cuya dureza fue aumentada por la  guerra mundial y el injusto trato internacional  posterior, el régimen se liberalizó progresivamente. De hecho nunca tuvo oposición democrática apreciable ni hubo demócratas en sus cárceles: prácticamente toda la oposición fue comunista y /o terrorista, dato por demás esclarecedor.   

   Tras la absoluta decepción republicana, el franquismo aspiró a convertirse en un sistema político superador tanto de los peligros demoliberales como de los comunistas. No obstante,  en su mismo seno algunos lo entendían como una respuesta excepcional a una crisis también excepcional, la más grave sufrida por España desde la Guerra de Independencia y, por lo tanto,  debía ser un remedio provisional. En todo caso, el régimen tuvo un éxito sin precedentes, garantizando una paz que aún dura, la mayor prosperidad alcanzada por el país y el olvido de los odios que hundieron a la república. Pero sus propios éxitos fueron demostrando que no superaba el demoliberalismo, sino que iba progresivamente acercándose a él. Y  finalmente quedaría como el régimen que permitió una democratización no convulsiva, un añadido más a su legitimidad de ejercicio. Otras críticas afirman que Franco debía haber dejado paso a la democracia mucho antes. El problema –entre otros– es que entonces no había apenas demócratas. Y aún después de Franco no hay muchos, como demuestran los procesos involutivos actuales.  No por azar las fuerzas que hacen peligrar hoy la democracia se declaran también antifranquistas o antiespañolas y pretenden inspirarse en el Frente Popular. 

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Un viejo artículo: El pensamiento simplón (I)

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-pensamiento-simplon-1-1824/

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Razón y sinsentido de la vida. Vidas de calidad

Blog I:  Solución al problema de Gibraltar / Legitimidad y democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El sinsentido de la vida

La idea de que la vida humana tiene un valor y un sentido está implícita con enorme fuerza en nuestra psique. Sin ella desfalleceríamos ante los mil retos, sacrificios e incomodidades frecuentes,  o bien oscilaríamos locamente entre la euforia de los éxitos y la desesperación de los fracasos. Es más, los éxitos y momentos felices también nos parecerían faltos de sentido y no tendríamos nada a los que agarrarnos para vivir. He supuesto que en la necesidad de sentido se encuentra la clave de la religiosidad, expresada en el lenguaje peculiar, no lógico, no racional, de los mitos.

      Una cuestión que venimos tratando en estas reflexiones algo divagatorias es la de si la razón puede explicar ese sentido mejor que los desconcertantes productos religiosos. Creo que no solo no puede, y por tanto si el hombre fuese mera o esencialmente racional, fracasaría. Es más, la razón obra precisamente como enemiga de la necesidad psíquica de sentido. Un argumento típico contra la religión es la existencia del mal. Pero es también un argumento más profundo contra el valor de la vida. La vida, la historia, consideradas racionalmente, parecen probar las frases de Macbeth, sobre todo en las guerras, pero también en las paces, con los incontables crímenes, injusticias y atropellos que sufren millones de personas. No se pueden contraponer esos sufrimientos a los placeres y éxitos también existentes, pues los primeros vuelven vacuos a los últimos.  Y hay algo más definitivo: la muerte. Como recuerda el Eclesiastés, “la suerte de los animales y de los hombre es la misma (…) Todos vienen del polvo y van al polvo”. Dejamos el cadáver de un perro pudrirse en una cuneta y en cambio rodeamos de ritos y de pompas el de una persona, pero estas ceremonias no cambian en absoluto la realidad, solo expresan aquella perentoria necesidad psíquica. La suerte del que pasa la vida con grandes contrariedades y sufrimientos, y la del que la pasa entre placeres y éxitos es la misma. Y no solo porque terminan de la misma forma, sino porque son igualmente vacuos, al margen del talante con que cada cual haya afrontado su vida.

   Ocurre, además, que el valor  de la vida humana no puede  darlo la subjetividad de los humanos, sino algo o alguien exterior a ellos, algo o alguien, por expresarlo así,  que está por encima y decide de algún modo sobre su destino. Podría ser la naturaleza, pero no tenemos la impresión de que esta emita juicios o valoraciones de ninguna clase. La razón no ayuda, y queda solo el instinto de supervivencia, común a toda forma de vida, como expresión de  un posible valor  que no entendemos.

  Sin embargo, cuando salimos del instinto, es precisamente la razón la que plantea la cuestión del sentido de la propia vida –y más aún, de la humanidad—. Pregunta a la que no logra responder o incluso lo hace negativamente, como vemos, lo cual conduce a la destrucción psíquica. Productos típicos de la razón son las ideologías. Se las ha acusado de obrar como sucedáneos de la religión,  pero sería más justo considerarlas intentos de sustituir la religión por la razón, soslayando al mismo tiempo la demolición de la psique. Ya esbozamos en el blog la racionalidad indudable de ideologías como el nacionalsocialismo, el marxismo o algunas formas de liberalismo como la que  pretende valorar la vida humana en términos ante todo económicos (estas divergencias racionales indican, además, que la razón tiene muchas variantes, no llega a verdades únicas incluso partiendo de unas mismas premisas). El objetivo fundamental de las ideologías consiste en dar valor y sentido a la vida humana prescindiendo de la fe religiosa, pero han conducido a su máxima desvaloración.   

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Opinión

Una vida de calidad

 

Después de hacerse algunas revisiones, Kepa Pérez Smith, Bulkcarrier, para los amigos, se llevó un susto morrocotudo.
– ¡Pero qué coño! ¡Si llevo casi treinta años sin fumar!
–Bueno, ya sabe usted, hay quien fuma como una chimenea y nunca pilla un cáncer, y otros lo cogen sin probar un pitillo. Es raro, pero pasa. Estadística, ¿entiende?Salió de la consulta tambaleándose y se metió en un bar. Pidió un whisky, lo bebió de un trago, tosió un poco y, por hacer algo, pasó revista a su vida.Sus padres le habían dado una buena educación, como dicen los anglosajones. Es decir, buenos colegios, buena universidad. Por eso, y porque no era tonto, había tenido empleos bien pagados, cada vez mejores, desde joven. Había viajado por medio mundo, comido en los mejores restaurantes de muchos países. Tenía un paladar fino y había disfrutado de la comida, de los buenos vinos… de apartamentos y casas amplias, cómodas, bien situadas, coches caros. Le gustaba vestir bien, y se daba el gusto. Se vio como un tipo refinado, bastante refinado… Por ahí no había queja.

Pidió otro whisky.

¿Y el sexo? Su amigo Charly se jactaba de llevar la cuenta de los polvos que había echado desde los trece años, que decía que había echado el primero. ¿Cuántos polvos decía? No recordaba. Seguramente Charly exageraba, era un chulo, pero él ya no podía entrar en la competición, nunca había llevado la cuenta, lástima. Podía calcular un promedio por década, desde los quince a los veinticinco, y así sacar un total aproximado… En fin, daba igual. Nunca había tenido prejuicios, no estaba mal físicamente, se había enrollado bien con las tías. Un par de líos homosexuales, por curiosidad, sin cuajar. Aparte rollos de ocasión, se había casado dos veces ¡error!, y vivido con varias tías más. ¿Cuántas? Habría que distinguir cuándo un rollo pasa de ocasional a mínimamente… Bueno, qué más daba. Ahora estaba con Marta o, mejor, Martha. Se llevaban bien, no para echar cohetes, pero aceptablemente. ¡Qué hostia, mejor que aceptablemente! ¡Ah, Martha…!

Le invadió una oleada de ternura por Marta o Martha, fuera por sentirse vulnerable a causa de la recién descubierta enfermedad, o por el whisky.

Si de algo se felicitaba era de no haber tenido hijos. Los hijos te empeoran la calidad de vida. Irremediablemente. Más gastos, menos libertad, te quitan independencia… Y no sólo es el crío, es que te hace depender aún más de la consorte… Eso de la reproducción está bien, la continuidad de la especie, esas cosas, pero si puedes librarte del marrón, ¿por qué no? Por eso se había divorciado la primera vez, la tía se empeñaba… Y mira que estaba buena. Pero él nunca se había arrepentido, al contrario. Sobre eso tenía las ideas muy claras. Desde joven.

¿Algo más? Bueno, era un tipo sociable, siempre había tenido amigos, contaba los chistes con gracia, se llevaba bien con los jefes, y no mal con los subordinados… ¿Cosas malas? Se sorprendió de que ninguna le viniese a la mente. Quizá la bebida empezaba a ponerle contento. Con un esfuerzo recordó algunos episodios desagradables de los dos divorcios, algunas riñas, alguna humillación, el mono cuando la desintoxicación… putadas que le pasan a cualquiera. Pero se había divertido de lo lindo, había probado de todo. ¡Había tenido una excelente calidad de vida, qué coño! Una vida de calidad, calidad de verdad. ¡Ya quisieran muchos…!

Al pedir el tercer whisky dijo al camarero:
–En la vida lo que importa es la calidad, ¿comprendes? Además, hoy día la mayoría de los cánceres se curan. Te pasas unos meses jodido, pero después…
–¿Desea alguna cosa más?

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Contraposición de Hayek y Keynes sobre la crisis / Sobre Roosevelt y Churchill

Blog I: El gran problema de España hoy / Sobre una segunda idea del historiador Varela Ortega: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gran-problema-hoy-varela-ortega-2%C2%AA-perla-20130405

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Ya hemos visto ciertos aparentes problemas conceptuales en torno al ahorro y la inversión, con los que Hayek maneja su teoría de la crisis. Pero antes de seguir por ahí, conviene compararlo con las ideas de Keynes.  Para Hayek, las crisis se producen por un exceso de masa monetaria creada sin respaldo del ahorro (por ejemplo mediante tipos de interés demasiado bajo), del que suele ser culpable el estado o, en el caso de su isla algún banco emprendedor.  En otras palabras: por un exceso de inversión sobre el ahorro voluntario. La  causa última de estas políticas económicas erróneas radicaría en la dificultad para calcular las expectativas  y la información errónea correspondiente por parte de los empresarios. El exceso y el desequilibrio se hacen patentes cuando  una serie de inversiones realizadas en los momentos de euforia carecen de  rentabilidad y deben ser abandonadas.  No obstante, los gobiernos o los  bancos tienden a mantener la política de expansión del dinero que ha llevado a tal situación. Contra esa tendencia, la solución sería pechar con las consecuencia de los errores y dejar que la natural recesión vuelva a llevar la economía a su posición de equilibrio entre ahorro e inversión, entre producción y consumo.  Algo que no gusta a los gobiernos, para empezar, por los costes políticos que acarrea.

    Keynes respondió con otro modelo explicativo. Él imagina otra comunidad, que podemos igualmente considerar una isla en el sentido de una economía globalizada  y simplificada. La isla está dedicada a la producción de plátanos y hay un equilibrios entre ahorro, inversión producción y consumo. En este equilibrio la población se siente inclinada, por una campaña de propaganda moralizadora, o por otras causas a aumentar su  propensión voluntaria al ahorro, dedicando al consumo de plátanos una parte menor de la renta que hasta entonces, con vistas a aumentar la inversión en la mejora de las plantaciones y conseguir más y mejor producción en el futuro. Sin embargo, el ahorro no redunda automáticamente en inversión. Puede ocurrir que los plantadores, teman una sobreproducción que derrumbe los precios, o porque la técnica disponible no exija el consumo de todo el ahorro, o porque no se encuentran suficientes obreros cualificados para los proyectos en principio posibles, o porque  se crea un desfase temporal entre la preparación de las plantaciones para absorber la inversión y la inversión misma.  Es decir, por diversos motivos no hay una correspondencia automática entre el ahorro y la inversión.

   El resultado puede ser que,  a pesar del ahorro, la producción de plátanos apenas varíe, por el desfase en las inversiones. Pero como el ahorro hará que la gente consuma menos plátanos, o bien parte de la producción se estropea o tiene que venderse a precios más bajos. En el segundo caso, los consumidores pueden felicitarse de obtener los plátanos más baratos, pero los plantadores, que tienen que mantener los salarios de sus obreros, perderán sus beneficios, a menos que bajen los sueldos o despidan a parte de sus empleados. Con lo cual bajará el dinero disponible para la mayoría de la gente. Si siguen manteniéndose el ahorro y el consumo a menor precio, la tendencia será a una baja creciente de los precios, los salarios, los empleos y las ganancias, que no podrá frenarse a menos que se frene el ahorro o se encuentre el medio de reforzar la inversión. En suma, el ahorro no genera necesariamente inversión y  en ese caso conduce a  una bajada en espiral de la renta de la comunidad bananera. Es decir, el ahorro voluntario, al contrario de lo que decía Hayek, puede convertirse, si bien no necesariamente, en la causa de la crisis. Y una vez la crisis se pone  en marcha, urge, en definitiva, una política expansiva de inversiones, aumentando la masa de dinero y reduciendo la tasa de interés, que, según la visión de Hayek, eran precisamente las causantes de la crisis, que de ese modo empeoraría.

   El contraste entre ambos sugiere algunas observaciones que dejaré para otra ocasión, animando entre tanto a los lectores a hacerlas por su cuenta.

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Un viejo artículo:

Opinión

Roosevelt y Churchill, ¿figuras del siglo?

Hugh Thomas ha propuesto, con buenos argumentos, a F. D. Roosevelt como la figura política más importante del siglo. Eso de buscar “el más” de cualquier cosa, desde “miss mundo” hasta “el mejor científico”, tiene algo de manía, pero entra en el estilo anglosajón de la competencia, y lógicamente los españoles, sometidos a su cultura, no nos libramos de ella. Hace poco el diario El Mundo proponía para el puesto a Churchill, de quien trazaba un exuberante panegírico (incluyendo observaciones despectivas hacia los españoles en la guerra de Cuba, aunque lo cierto es que Churchill escribió entonces muy a favor nuestro).

Ciertamente, los méritos del estadista inglés son sobresalientes, pero si queremos evitar la beatería, tan frecuente en la izquierda como en la derecha hispanas, conviene no olvidar una mancha terrible en su carrera y en la del norteamericano: los espeluznantes bombardeos terroristas sobre la población civil durante la II Guerra Mundial. Si en Guernica, según los estudios más fiables, la Legión Cóndor mató a 120 personas, la cifra fue multiplicada casi por mil en las gigantescas incursiones aéreas sobre los suburbios obreros de Tokio o sobre Dresde, aparte de decenas de otras acciones similares, cuyas víctimas eran, sobre todo, niños, mujeres y ancianos. Aunque el método lo iniciaron los nazis, debe reconocerse que encontraron en los políticos anglosajones unos discípulos en extremo aventajados. Esto es sabido, pero casi nunca recordado, y no veo por qué.

Una atrocidad más pesa sobre Roosvelt y no sobre Churchill. Éste escribió que en un almuerzo durante la Conferencia de Teherán, Stalin anunció su intención de fusilar a 50.000 oficiales alemanes. Churchill replicó: “preferiría que me sacaran ahora mismo al jardín y me fusilaran antes que manchar mi honor y el de mi país con semejante infamia”. Roosevelt, complaciente, sugirió dejarlo en 49.000, y el hijo de Roosevelt brindó por la muerte “no sólo de esos 50.000 nazis, sino de cientos de miles más”. Stalin, encantado, le abrazó. Churchill, fuera de sí, abandonó la sala. Stalin fue a buscarle y, conciliador, le dijo que se trataba de una broma. El inglés estaba seguro de que hablaba en serio.

Y también Roosevelt hablaba en serio. Terminando la guerra, los prisioneros de guerra alemanes en manos norteamericanas, junto con miles de civiles, incluidos niños, fueron hacinados entre alambradas, sin cobertizos ni apenas agua, alimentos o ropas de abrigo, y sin permitir ayuda de la Cruz Roja o de la población. Así fueron exterminados alrededor de un millón de prisioneros. El espectáculo, según diversos testimonios, recordaba el de los campos nazis de Belsen o Dachau.

El general Patton dijo que su jefe, Eisenhower, empleaba “prácticamente los métodos de la Gestapo”. La cronista D. Thompson acusó: “Al adoptar los principios y métodos de Hitler, Hitler ha terminado por ganar, aunque hayamos vencido a Alemania”. Estos hechos están documentados por el historiador canadiense James Bacque en su libro “Other losses”, no traducido al español y cuya consulta debo a la amabilidad de J. Jiménez Lozano. Aunque Roosevelt falleció en abril de 1945, esa política estaba ya en marcha.

No sé si es preciso algún comentario.

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¿Fue decisiva la intervención exterior en la guerra de España?

   Blog I: El historiador Varela Ortega no es un lince: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/historiador-varela-ortega-no-un-lince-20130403#comment-2170842

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¿Fue decisiva la intervención extranjera en la guerra de España?

En el afán finalmente pueril por quitar méritos a la conducción militar de Franco, los historiadores lisenkianos, junto con otros antifranquistas retrospectivos de derechas, han insistido mucho en que fue la ayuda alemana e italiana y la inhibición de las democracias lo que dio la victoria a los nacionales. Les rebatí, en la persona de Moradiellos, en un debate de la revista El Catoblepas, de Gustavo Bueno.

   Realmente, como señalé en el artículo anterior, España se convirtió en una especie de foco  donde confluían las tensiones e ilusiones ideológicas y políticas del resto de Europa. Pero no son lo mismo los niveles ideológico y político. Si en Inglaterra, por ejemplo, existió un verdadero apasionamiento del primer tipo, sus gobiernos trataron a toda costa de que, políticamente, el conflicto no saliese del límite de los Pirineos, propugnando la No Intervención. Francia siguió la misma línea, aunque  implicándose mucho más al lado del Frente Popular. En ello, Londres coincidía con Franco, que no deseaba en modo alguno extender la guerra a Europa, mientras que el Frente Popular, por el contrario, lo deseaba ardientemente, al igual que la URSS.  La política de Londres y París fracasó al no impedir las intervenciones extranjeras, pero tuvo éxito en mantener estas equilibradas y sobre todo en impedir que la guerra se extendiese más allá de España.  Por otra parte, en un primer momento  la No Intervención favorecía al Frente Popular, dada su casi absoluta ventaja material. Fue pronto, al ir imponiéndose la superioridad cualitativa de las tropas de Franco, cuando el  bando rojo buscó de mil formas la máxima intervención extranjera.

Para Alemania e Italia se trataba de ganar un posible aliado en una crucial posición estratégica, y para la primera, además, de distraer la atención del resto del continente  sobre su rearme y acciones en el centro de Europa. Franco y las democracias, en primer lugar Inglaterra, deseaban una guerra corta. También la esperaba el Frente Popular al principio, pero según la situación empeoró para él procuró alargarla al máximo, con la esperanza de que por fin confluyera  con la esperada y deseada contienda europea. Tanto a Hitler como a Stalin les convenía asimismo una guerra larga, el primero con el propósito de distracción dicho, y el segundo porque su prolongación aumentaba la probabilidad de una implicación de las demás potencias.

   ¿Fue una guerra larga o corta?  Al empezar la lucha, casi todo el mundo la esperaba corta, dada la posición casi desesperada de los sublevados: sin apenas medios financieros ni industriales ni el grueso del armamento moderno, que habían quedado en manos del Frente Popular. Así lo expresó Prieto en un célebre discurso. Luego resultó que la excelente conducción bélica de los nacionales puso a sus enemigos, sorprendentemente, a la defensiva, y volvió a parecer que el conflicto solo podría durar unos cuantos meses, una vez cayera Madrid. Y fue precisamente la batalla por la capital, cuando la contienda entró en otra fase, que exigió formar grandes ejércitos en cada bando y una intervención extranjera mucho mayor, pues hasta entonces había sido escasa por los dos bandos.

    Un fallo crucial de las izquierdas y separatistas, que permitía pronosticar  su derrota fue su incapacidad para aprovechar sus posibilidades, sobre todo en Barcelona y Bilbao, así como las fábricas militares de Asturias y Santander, para crear una potente industria de guerra. A pesar de las advertencias de Stalin, los logros fueron ínfimos (ensamblamiento de aviones enviados por piezas de Rusia, etc.), y la producción de todo tipo en Bilbao y Barcelona se derrumbó (es significativo que cuando los nacionales conquistaron Bilbao, la industria pesada, que les había entregado intacta el PNV, volvió a funcionar a todo ritmo).

    En la polémica con Moradiellos sostuve que la ayuda (pagada) recibida por los dos bandos fue equivalente, aparte de que la escalada la empezó la URSS. Y las cifras así lo indican. Por tanto, no pudieron tener un papel decisivo en el conjunto del conflicto. Lo tuvieron, en cambio, en un momento dado, la batalla de Madrid, veremos por qué. Y otros –el mismo Hitler—afirmaba que también al comienzo de la lucha, cuando los aviones alemanes habían permitido el paso del Ejército de África a la península. Esto último lo traté en Los mitos de la Guerra Civil siguiendo los documentados trabajos de R.  y J. Salas Larrazábal. El puente aéreo comenzó con aviones españoles, y antes de que los alemanes e italianos hubieran entrado plenamente en acción, Franco había conseguido el objetivo estratégico de asegurar el dominio de Andalucía occidental y estaba a punto de enlazar la zona sur de la rebelión con la norte, de Mola, que se hallaba al borde del colapso por la falta de municiones. Por lo tanto, la intervención  de los pocos aviones germanoitalianos fue un refuerzo muy importante, pero no la clave de aquel dramático cambio de perspectivas.

   En cambio, al llegar a Madrid (dejo aparte el mito de que el desvío a Toledo costó a Franco la pérdida de la capital), los poco numerosas tropas nacionales chocaron de pronto con una intervención masiva soviética. No solo debían enfrentarse a unas tropas más numerosas y –se suponía—bregadas en los meses de combates anteriores, y de una retaguardia, la propia ciudad de Madrid, capaz de proporcionar reservas casi ilimitadas, sino con más y mejores aviones soviéticos, tanques muy superiores a las tanquetas alemanas e italianas, una artillería relativamente poderosa y un nuevo ejército regular que debía superar a las milicias, así como brigadas internacionales que elevaron muy alta la decaída moral roja. Además, las líneas de comunicaciones de los nacionales se habían alargado, lo que proporcionaba al adversario la magnífica oportunidad de cortarlas por retaguardia y aplastar a los excesivamente audaces asaltantes de Madrid. Y de hecho ese fue el plan de los rojos, bien diseñado, con fuerzas y tácticas superiores y que, de haber salido bien, habría resuelto la guerra a su favor después de unos meses de zozobra. Pero no salió bien. Los nacionales no pudieron tomar Madrid, pero los rojos tampoco lograron aplastarlos y la batalla quedó en tablas. No fue, desde luego, culpa de Stalin, que se había volcado a favor de sus protegidos.  

   Franco, en gran inferioridad material, había estado muy cerca de resolver la contienda en unos cuantos meses, y había estado también muy cerca de ser aniquilado finalmente. El resultado fue decisivo en otro sentido: la guerra se volvió inevitablemente larga, las columnas poco numerosas del principio cedieron el paso a una movilización masiva en la que cada bando llegó a reclutar más de un millón de soldados (más los rojos que los nacionales), la afluencia de material extranjero se hizo  mucho más abundante y sostenida, y las Brigadas Internacionales fueron respondidas con la Legión Cóndor y los voluntarios italianos del CTV.

  Por el resto de la lucha, las intervenciones extranjeras se mantuvieron bastante parecidas, con desequilibrios parciales en uno u otro momento, nunca decisivos. Con una excepción: el ejército rojo llegó a convertirse en una fuente nada desdeñable de material para los nacionales: los grupos de tanques se formaron con los rusos capturados al adversario, por ejemplo. Y los apresamientos en alta mar de barcos enemigos cargados de armas desempeñaron un papel importante en alguna ofensiva.

   Y la ayuda fue pagada a costa del oro del Banco de España y de otras entregas de materiales valiosos, por un valor casi vez y media mayor que los pagos de los nacionales a Alemania e Italia. El pago a la primera si hizo en buenas condiciones, y a la segunda en gran parte a precios de saldo: en la lira muy devaluada de después de la guerra mundial.

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Fe y moral, sobre ciencia, Freud, etc.

Blog I: ¿Quiénes perdieron el 1 de abril de 1939? / Violencia política actual http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La fe y la moral

Aunque  en los países occidentales existe, desde el siglo XVIII, una poderosa corriente antirreligiosa, hay tres argumentos, al menos, a favor de la religiosidad a) Todos los pueblos han sido religiosos, lo que es difícil considerar una casualidad o un error fundamental.  b) Parece difícil fundamentar una moral no religiosa, siguiendo la frase de Dostoievski de que sin Dios todo estaría permitido. c) Tiene algo de cierto la frase de Chesterton según la cual “quienes dejan de creer en Dios pasan a creer en cualquier cosa”, es decir, en cualquier fetiche ideológico.

   A ello cabe objetar que a) la razón y la ciencia han demostrado sobradamente la inconsistencia lógica y real de los mitos, su carácter a menudo absurdo. b) Tenemos ante nuestra vista el hecho de que muchas personas ateas son moralmente rectas y bondadosas, mientras que muchos religiosos son hipócritas e incluso malvados. c) Quizá la fe en la ciencia y la razón ha llevado a veces por malos caminos pero, como decía Freud, nos ha permitido tales avances  en el conocimiento del mundo y de nosotros mismos, que no se puede decir que sea una fe arbitraria. Sus logros son concretos y lo que no da, tampoco pueden darlo las ilusiones religiosas.

Para cada respuesta hay casi  siempre una réplica. a) Desde cierto punto de vista los mitos son ilógicos y absurdos, irracionales en suma. También lo es el arte. No obstante, quizá el problema radique en su comprensión. Los mitos no emplean un lenguaje lógico, posiblemente porque su objeto va más allá de la ciencia y la razón. Aquí los hemos definido como elaboraciones psíquicas espontáneas a partir de la angustia existencial. La ciencia no puede desecharlos, como no puede desechar el arte, solo porque no hablen el lenguaje de la razón o de las matemáticas. Por el contrario, si los mitos tienen presencia universal, persistente incluso en plena era científica, lo lógico y científico, en principio, es  entender que responden a una necesidad psíquica profunda, y a partir de ahí, tratar de desentrañar su significado.

b)  Es cierto que muchas personas ateas o agnósticas tienen una conducta  que consideramos moralmente elevada, y que muchas personas religiosas no. Pero también lo contrario es cierto: muchas personas religiosas son buenas y muchos ateos y agnósticos malvados. De ahí cabría inducir que la religiosidad es indiferente a la hora de la práctica moral. Pero hay que señalar que nuestras ideas sobre el bien y el mal proceden de la religión –cristiana en nuestro caso—y que los ateos y agnósticos las siguen mejor o peor, por tradición que se ha vuelto inconsciente. Y sigue en pie la cuestión, ligada a la angustia por el sentido de la vida: sin una referencia a la divinidad, la moral se convierte en una mera convención social sin asidero firme y sin capacidad real normativa, ya que nadie se cree obligado a respetar normas diseñadas e impuestas por otros, a no ser que se le impongan por la fuerza. Efectivamente, parece que sin Dios todo estaría permitido y nada tendría sentido especial, fuera, si acaso, de lo que cada cual juzgase su conveniencia.

c)   Además, la cuestión requiere una valoración estadística: en conjunto, ¿se comportan mejor los grupos sociales religiosos o los irreligiosos? Teniendo en cuenta los efectos de las ideologías ciencistas  del siglo XX (en particular el marxismo y el nacionalsocialismo), cabe dudar de que los irreligiosos, en conjunto,  hayan tenido una conducta moralmente superior a los religiosos. Cuando Freud dice que  el consuelo ofrecido por la religión es meramente ilusorio y que no puede dar  lo que en cambio da la ciencia, quizá está mezclando los planos.

Y lo dejo aquí, de momento.

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(un viejo comentario de blog)

Por otra parte, la ciencia y la razón, tales como suelen ser concebidas, tienen una desagradable tendencia a socavar las normas morales, a privarlas de sentido. Un buen exponente de la actitud cientista optimista es Freud, por ejemplo, en El porvenir de una ilusión. Para él, la religión es un montaje ilusorio construido por la psique humana para calmar sus angustias más esenciales. Una vez la ciencia ha puesto de relieve su naturaleza ilusoria, la religión irá desapareciendo y siendo sustituida por la ciencia. El problema es: Podrá la ciencia cumplir ese papel que la religión ha tenido en las sociedades tradicionales? Freud creía que sí, que la ciencia podría proporcionar “un cierto sentido y equilibrio a la vida humana”. Con todo, Freud, que nunca fue un optimista loco, consideraba que la ciencia podría no ser tan eficaz como la religión en cuanto a proporcionar esa calma y serenidad. Pero lo sería en grado suficiente, y además no se apoyaría en una simple ilusión, por lo que valdría la pena. En definitiva, la religión sería un placebo y la ciencia una medicina real, aun si quizá no perfecta.

Pero la esperanza de la ciencia como portadora de equilibrio psíquico se ha venido abajo en estos años. Monod, en su libro “El azar y la necesidad”, plantea, desde un cientismo algo desesperado, la urgencia de fundamentar la moral sobre bases científicas. Lo malo del intento es, como subraya Monod, que al haber conseguido la biología explicar plenamente –según parece—la evolución a través del “azar y la necesidad”, prescindiendo de toda idea de finalismo, la misma idea de sentido de la vida se viene abajo. La vida humana sería el resultado de una cantidad gigantesca de mutaciones al azar a lo largo de millones de años, mutaciones que han ocurrido como pudieran no haberlo hecho, sin ninguna predeterminación ni ningún sentido. “Pero entonces ¿quién define el crimen? ¿Quién el bien y el mal? Todos los sistemas tradicionales colocan la ética y los valores fuera del alcance del hombre. Los valores no le pertenecen: ellos se imponen y es él quien les pertenece. Él sabe ahora que ellos son solo suyos y, al ser en fin el dueño, le parece que se disuelven en el vacío indiferente del universo”. Y la consecuencia es que la ciencia, lejos de calmar la angustia innata, la exacerba. En efecto, desde ese punto de vista que se presenta como científico y racional, la misma idea del valor o la dignidad de la vida humana, por ejemplo, pierden todo significado, y fenómenos como los campos de concentración nazis o el GULAG soviético se entienden bastante bien.

Por eso quizá el enfoque científico de los supuestos placebos metafísicos tendría que cambiar.

Considerar los valores como simples convenciones que se impondrían por la propaganda tiene muchos riesgos, como se sabe de antiguo. Cuando los sofistas mostraban en Atenas la relatividad y la convencionalidad de las normas, amenazando con ello la estabilidad de la polis, Aristófanes replicó en su comedia “Las nubes” exponiendo el caso de un hijo que propone que la ley autorice en adelante que los hijos peguen a los padres. Para lo cual expone varios argumentos impecablemente racionales, pero sobre todo uno: si la ley autoriza a los padres a pegar a los hijos y no a la inversa, es porque alguien lo propuso y convención a los ciudadanos de que así fuera. ¿Acaso no es lícito que alguien venga ahora a proponer y demostrar la conveniencia de lo contrario?, venía a decir.
Y así es, si los valores son simples convenciones o tienen un carácter meramente “cultural”, como se decía en estos años, resultan en definitiva arbitrarios y pueden ser sustituidos y cambiados sin más problema. Los valores pueden ser invertidos, como quería Nietszche. Y no puede haber límite a la arbitrariedad del cambio, porque ese límite significaría reconocer alguna objetividad en los valores. Tampoco pueden apoyarse en la “conveniencia social”, por ejemplo, porque esta se puede ver desde muchos puntos de vista.

La historia reciente nos muestra que el cambio arbitrario de los valores puede tener consecuencias desastrosas. Da la impresión de que hay cierta objetividad en ellos, a pesar de sus posibilidades de cambio, y que hay, como hace decir Sófocles a Antígona, “leyes antiguas, inmutables, de los dioses, que existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempos se remontan”.

Además, creo que todos sentimos una mezcla de vergüenza y de repulsa frente a las “inversiones de los valores”, aunque no podamos razonar con toda claridad contra ellas. Sentimos que hay valores totalmente equivocados o falsos, y que estos solo pueden imponerse mediante un envilecimiento de la gente (que la experiencia demuestra que puede lograrse a través de la propaganda). Se puede lograr un notable consenso en normas falsas, gracias a la complicidad o la cobardía de muchos, apoyada en la dificultad de rebatir racionalmente tales propuestas. En “La Celestina” hay un buen ejemplo de esto cuando la vieja arpía elogia ante Pármeno las inelogiables cualidades de la finada madre del muchacho, que había sido una bruja y alcahueta profesional. Con tales elogios se crea una complicidad entre los dos, que se rompe cuando Pármeno hace una observación indiscreta que pone en evidencia la falsedad del discurso de Celestina. Y esta dice para sí: “Herísteme, don Loquillo. ¿A las verdades nos andamos? Pues ahora te daré donde te duela”. Y se dedica a ensalzar todavía más desmesuradamente las fechorías de la madre de Pármeno.

Así que el problema es muy enredado. La propuesta concreta que Racionero hace para salir del atasco resulta curiosa. Él propone diez normas “en la tradición humanista occidental”, y las supone satisfactorias para los “laicos”. Son normas como “conócete a ti mismo”, “el hombre es la medida de todas las cosas”, “unidad en la diversidad”, “unión por Amor”, “el aumento de la Complejidad es deseable”, etc., una mezcla algo incoherente, en parte de origen religioso, que suena algo pintoresca.

En el proceso de conocerse a sí mismo, la razón humana puede llegar a la conclusión sartriana de que “el infierno son los demás”, idea muy racional, que resume muchas filosofías. ¿Qué conclusiones prácticas sacar ¿Cómo conciliarlas con “unión por Amor”, suponiendo que eso signifique algo?

Racionero cree que las normas que él propone –y que en realidad no son normas casi ninguna de ellas—podrían “equipararse a cumplir los diez mandamientos de la sociedad laica”, y que podrían unirse a casi todos los diez mandamientos tradicionales (no todos, claro, porque el primero, por ejemplo, resulta inadmisible, y algunos otros, como los referidos a la moral sexual, irrelevantes para cualquier “laico” actual) Y entre unos y otros mandamientos, el señor Racionero cree que tendríamos “un cuerpo normativo suficiente para dotar de un código ético a la nueva sociedad mundial que emerge a través de las fronteras de naciones y culturas”. Esto suena a un optimismo realmente inmoderado”

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