Blog I: ¿Puede ser soberano el pueblo? /Recuerdos sueltos: Viaje a Las Hurdes. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/puede-ser-soberano-pueblo-viaje-hurdes-i-20130410#comments
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No pocos descalifican de raíz al franquismo por no haber sido democrático: coinciden en ello desde marxistas a bastantes liberales, lo que ya indica algo. Lo cierto es que, si bien en la España de Siglo de Oro encontramos fundamentos importantes del pensamiento democrático europeo –dejando aparte a Grecia–, posteriormente no se desarrollaron, siendo ese vacío mal rellenado, en los siglos XIX y XX, con una especie de beatería “democratista”. Hoy muchos enarbolan el ideal de democracia, reducido a tópico confuso, como el alfa y omega legitimador y deslegitimador de cualquier sistema político. Con ello quedarían absurdamente deslegitimados todos los existentes en la historia de Europa hasta el siglo XX. Aparte, el término es usado con sentidos distintos y hasta opuestos, así democracia popular, proletaria, orgánica, asamblearia, socialista, etc. Aquí me refiero a la democracia liberal, con sus libertades políticas, limitación y separación de poderes, sufragio universal y economía de mercado.
Los demoliberales en la España de los años 30 eran pocos y pronto desbordados por los partidarios de una democracia/dictadura proletaria o exclusivamente izquierdista, y solo la reacción autoritaria del franquismo fue al fin capaz de quebrar su ímpetu revolucionario. El objetivo del franquismo no sería restaurar una democracia entonces imposible, sino salvaguardar la más profunda y básica unidad nacional y cultura cristiana. Solo un largo proceso de reconstrucción, reconciliación y prosperidad, permitió asentar una democracia no epiléptica a partir de 1977. Y ocurrió por la propia dinámica de la nueva sociedad y no por intervención militar extranjera, como en casi toda Europa occidental. Aun así, no cabe un excesivo optimismo, porque el pensamiento demoliberal sigue siendo muy débil y no cala en la mayoría de los partidos y políticos: subsisten las viejas tendencias, que intentan imponerse incluso por ley, idealizando puerilmente a la república, reivindicando la “libertad” del Frente Popular y condenando al régimen que libró al país de ella.
Suele definirse la democracia según su etimología como “poder del pueblo”, lo que es un contrasentido. La democracia liberal puede definirse mejor como lucha reglamentada de partidos (oligarquías) por atraerse a sectores lo más amplios posible de la opinión pública y gobernar por un período limitado, respetando las libertades, la separación de poderes, la propiedad privada y el mercado libre. Un respeto mantenido en líneas generales gracias a los equilibrios y contrapesos del sistema, pero nunca muy completo, ya que los gobiernos tienden a afianzarse indefinidamente y a expandir su dominación –lo observamos en la involutiva democracia española actual–. No debe olvidarse tampoco que la opinión pública es moldeable y maleable, lo que la hace propensa a la demagogia, muy presente en las democracias y que llega a destruirlas si no es contenida.
Basten estas breves consideraciones para mostrar las dificultades y puntos débiles de este tipo de régimen, distintos de los que supone la beatería al uso. Aun así, resultan inconvincentes la mayoría de las críticas a sus tendencias demagógicas o al olvido del interés común por las pasiones de partido. Fuera de las democracias siguen existiendo los partidos en forma de camarillas opacas en oscura lucha por el poder, y la necesidad de lograr la aquiescencia popular también se resuelve a menudo con demagogias, solo que menos variadas y contrapesadas. Además, la democracia permite más libertades políticas y control sobre los gobiernos, imponiendo a estos una mayor contención. Si la democracia tiene serios problemas y propensiones degenerativas, cualquier otro régimen experimentado hasta ahora los tiene a su vez, con mayor dificultad para corregirlos.
La relativa democracia de la II República terminó hundida por el excesivo peso de las demagogias, la escasez de demócratas y la orientación totalitaria prevaleciente en la izquierda y los separatismos. La oportunidad de una corrección gracias a las elecciones de 1933 no fructificó porque la derecha, si bien aceptaba la república, no sentía una convicción demoliberal, y de ahí que su defensa del régimen fuera poco enérgica o inspirada. Contra la interesada versión de los totalitarios, la república no naufragó porque la derecha defendiera brutalmente sus privilegios sino porque defendió con poca resolución la democracia frente a sus enemigos izquierdistas y separatistas.
Al tratar el problema de la legitimidad política suele hablarse del origen y el ejercicio del poder. En cuanto al origen, Franco no derrotó a un régimen legal y democrático, como suele pretenderse con sorprendente obstinación. El Frente Popular –lo prueba el simple relato de los hechos– agrupaba a quienes en 1934 habían intentado destruir la república, tomó el poder en unas elecciones en gran medida fraudulentas y no democráticas, e inmediatamente arrasó la legalidad republicana. Ninguna fuerza demoliberal, entonces en ruinas, podía haber impedido el proceso revolucionario: solo el franquismo. Este mero hecho le otorga una incuestionable legitimidad de origen.
Y a la legitimidad de origen añade la de ejercicio, ya que en el tiempo que duró libró a España de la catástrofe mayor que habría supuesto la entrada en la II Guerra Mundial, derrotó sucesivamente al maquis, intento de reanudar a la contienda civil, y al injusto aislamiento internacional. Frente a quienes le acusaban de empobrecer al pueblo en beneficio de una casta privilegiada, protagonizó el mayor crecimiento económico que haya gozado España en su historia, acercándola a los niveles de los países europeos más ricos, e hizo masiva la clase media. Frente a quienes le acusaban de oscurantista, extendió la enseñanza como nunca antes –incluida destacadamente la presencia femenina en las aulas— y redujo a cifras marginales el analfabetismo. La salud física mejoró, como indica que los españoles pasaran de tener una relativamente corta esperanza de vida en los años 30 a estar entre los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza vital. La salud social, manifiesta en los índices de delincuencia y población penal, alcoholismo, drogas, fracaso escolar, fracaso matrimonial, violencia doméstica, etc., era probablemente la mejor de Europa. Pasadas las condiciones de la posguerra, cuya dureza fue aumentada por la guerra mundial y el injusto trato internacional posterior, el régimen se liberalizó progresivamente. De hecho nunca tuvo oposición democrática apreciable ni hubo demócratas en sus cárceles: prácticamente toda la oposición fue comunista y /o terrorista, dato por demás esclarecedor.
Tras la absoluta decepción republicana, el franquismo aspiró a convertirse en un sistema político superador tanto de los peligros demoliberales como de los comunistas. No obstante, en su mismo seno algunos lo entendían como una respuesta excepcional a una crisis también excepcional, la más grave sufrida por España desde la Guerra de Independencia y, por lo tanto, debía ser un remedio provisional. En todo caso, el régimen tuvo un éxito sin precedentes, garantizando una paz que aún dura, la mayor prosperidad alcanzada por el país y el olvido de los odios que hundieron a la república. Pero sus propios éxitos fueron demostrando que no superaba el demoliberalismo, sino que iba progresivamente acercándose a él. Y finalmente quedaría como el régimen que permitió una democratización no convulsiva, un añadido más a su legitimidad de ejercicio. Otras críticas afirman que Franco debía haber dejado paso a la democracia mucho antes. El problema –entre otros– es que entonces no había apenas demócratas. Y aún después de Franco no hay muchos, como demuestran los procesos involutivos actuales. No por azar las fuerzas que hacen peligrar hoy la democracia se declaran también antifranquistas o antiespañolas y pretenden inspirarse en el Frente Popular.
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Un viejo artículo: El pensamiento simplón (I)
http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-pensamiento-simplon-1-1824/
