El sentimiento del mundo.

Blog I: Poder y sociedad / Propuesta de programa de renovación http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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En su aspecto más elemental, el mundo se presenta a nuestros sentidos como un tiempo y un inmenso espacio parcialmente ocupado por objetos, unos aparentemente estáticos y otros en movimiento. Tanto el espacio como el tiempo podemos medirlos, pero no sabemos qué son, no podemos definirlos. Una forma corriente de definir es situar el objeto en un plano más general y dentro de él acotar las características que le individualizan. Así, situamos al hombre como un animal y definimos lo que le diferencia de los demás animales, como su racionalidad. Pero con el tiempo el espacio no es posible esa operación: ambos contienen el mundo, por así decir,  y no son contenidos por nada. Nos sirven para definir otras cosas, ante todo la existencia (decimos que una cosa existe objetivamente cuando podemos situarla en el tiempo y el espacio), pero no son definibles. El hombre, por ejemplo, es un animal racional (otras muchas cosas lo separan de los demás animales) pero su definición debe especificar que existe sobre la superficie terrestre, ha aparecido en un tiempo determinable y  previsiblemente desaparecerá en algún momento y  forma imposibles de concretar.

    El tiempo nos da una especial impresión de misterio. El espacio y sus grandes objetos (montañas, mar, estrellas, etc.)  nos parecen permanecer, ser siempre los mismos, confiamos en su realidad; pero el tiempo vuelve evanescente esa realidad que con tanta evidencia se nos presenta. En el espacio podemos y  venir  mil veces a o desde un lugar, pero en el tiempo no es así,  cada movimiento que hagamos es único, pues el tiempo “ni vuelve ni tropieza”, como dijo Quevedo. Llega la noche y la realidad se transforma radicalmente a nuestros sentidos (y a nuestros sentimientos). Del ayer conservamos o creemos conservar una memoria más o menos fiel, nunca demasiado fiel y detallada, podemos investigarlo con ciertas garantías y ampliar nuestro conocimiento de su realidad. Pero los sucesos que conforman el ayer y su mismo marco espacial, han desaparecido, no volveríamos a encontrarlos en su existencia por mucho que quisiéramos: forman un mundo que ya no es (no obstante hay un aspecto del pasado que de alguna manera difícil de pensar, permanece: lo que ha sucedido y como ha sucedido quedan así “para siempre”, es imposible cambiarlo, aunque emocionalmente forcemos nuestra memoria a recordarlo de manera falsa. Pero da igual como lo recordemos, el pasado ya no cambia, y quizá porque ya no cambia entra en una esfera peculiar. En cuanto al futuro, ni siquiera podemos conocerlo ni investigarlo, solo suponer que probablemente se parecerá algo al pasado (Rajoy  se pasa el tiempo mirando al futuro, pero no es seguro que vea gran cosa).

 Así, la única certeza sólida sería el presente, pero este, a su vez,  va disolviéndose continuamente en la no existencia, en la irrealidad. Con una gran dosis de arbitrariedad, podríamos imaginar un espacio estático e incambiado, pero no un tiempo inmóvil o, lo que viene a ser lo mismo, eterno, ya que la eternidad solo puede concebirse como la ausencia de tiempo. Por lo demás tampoco parece posible saber cómo interactúan tiempo y espacio, si la palabra interactuar tiene ahí algún sentido, para presentarnos esa realidad tan evanescente en la que todo llega a ser y deja de ser.

    Pero aunque el espacio nos parece más imaginable y en cierto sentido comprensible que el tiempo, tampoco lo es realmente.  Un lector de Sonaron gritos y golpes a la puerta comentaba una conversación de la novela sobre el todo y la nada, que serían lo mismo. A esta desconcertante cuestión nos lleva la teoría de la Gran Explosión (Grex, si se acuerdan) o Big Bang. Tendemos a imaginar la nada como un espacio ilimitado sin ningún objeto dentro, pero el espacio y sus objetos forman un todo indivisible, y solo podemos concebir la nada  como un punto sin dimensiones espaciales y sin tiempo. Ahora bien, de esa “nada” brotaría el universo, no se sabe por qué.  Ello nos lleva a otros problemas derivados: si el universo estaba inicialmente contenido en ese punto,  parece que todo lo que compone el cosmos que conocemos, sus sucesos y nuestra misma vida, estaban contenidos en él de algún modo inconcebible, pero forzoso. Ello indicaría que, a pesar de las apariencias, ni el azar ni la libertad serían posibles, y Lutero tendría razón frente a Roma.

   No obstante, aunque tendemos a reducir toda explicación compleja a un solo factor último, en este caso la GE o grex, siempre encontramos que los sucesos son resultado de más de un factor. Así, habría que explicar porqué se produjo la GE, qué fue lo que hizo que ese punto adimensional estallara, por decirlo así.

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La isla de Hayek, ¿Imposibilidad del ahorro?

Blog I: Poder y democracia / Por qué no entró Franco en la guerra mundial: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Para ejemplificar su tesis, Hayek  recurrió al caso simplificado de una isla cuyos habitantes vivieran de la pesca: una parte de los recursos y del trabajo se invertiría en construir y mantener bienes de capital (barcas, redes, etc.) y otra en la pesca misma. Su renta se compondría del valor de los recursos dedicados a una y otra cosa. La abstención del consumo constituye el ahorro, el cual se dedica a la inversión en barcas y útiles varios. Cuanto más se ahorre, es decir, cuanto mayor sea la abstención del consumo, más recursos se invertirán en construir y mejorar los medios de producción (barcas y demás).  El ahorro se realiza con objeto de conseguir en el futuro  un consumo más abundante aumentando o mejorando los medios de producción. Naturalmente, tanto la abstención del consumo o ahorro, como la inversión en material productivo deben alcanzar un equilibrio, ya que una renuncia excesiva al consumo (a la pesca) depauperaría a la gente, que no podría producir, y un gasto excesivo en bienes de producción redundaría en un exceso de pesca que se perdería o bien en un desperdicio de los instrumentos de producción (barcas y demás). El equilibrio vendría dado por el tipo de interés: un tipo alto impondría un pago de intereses también alto, por lo que la inversión se limitaría a bienes con alta rentabilidad. Por el contrario, un tipo bajo animaría inversiones más amplias y de menor rentabilidad. Los isleños, mediante el ahorro voluntario, establecerían el interés de equilibrio. Ese interés, y por tanto el equilibrio, puede ser distorsionado por diversos factores y de ahí nacerían las crisis.

     El ejemplo anima varias consideraciones.

1.- La diferencia entre consumo e inversión puede discutirse: todo consumo es inversión (en este caso en salud y capacidad de trabajo de los isleños) y toda inversión implica un consumo de materiales diversos. De ahí que la renta total de la isla en un año se componga del valor de los recursos y trabajo dedicados a la construcción de barcas y avíos, más el de la pesca obtenida. Unos y otros productos se consumen, aunque a un ritmo distinto. La renta puede medirse por la producción o por el consumo, que deben equivaler aproximadamente.

2.- El supuesto ahorro no podría darse: si los isleños se abstienen de consumir una parte de la pesca obtenida –y en eso consistiría el ahorro, porque no puede nadie abstenerse de  un producto inexistente–, dicha pesca se echa a perder sin beneficio para nadie y, desde luego, no ayuda a la inversión en modo alguno. Y si deciden abstenerse de  consumir materiales para hacer barcas, su capacidad de pesca descenderá. Lo único que puede “ahorrarse” es el trabajo dedicado a pescar a fin de dedicarlo a  construir barcas, o viceversa. Pero eso no sería ahorro propiamente dicho, sino solo una distribución del trabajo de acuerdo con las expectativas y una vez cubiertas las necesidades de consumo.

3.-La distribución del trabajo debe atenerse a la ley básica de la economía: el ingreso debe ser superior o al menos igual al gasto.  El equilibrio  no puede darse entre ahorro e inversión, sino entre producción y consumo. Ambos deben ser aproximadamente iguales, aunque nunca lo son del todo, porque siempre una parte de la producción se pierde. La crisis llega cuando la disparidad entre consumo y producción se hace excesiva.

4.- La economía se basa en expectativas, tanto de producción como de consumo y ganancia. Si las expectativas  se cumplen, la economía marcha de forma equilibrada. De otro modo se producen desequilibrios que pueden ser muy graves.

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Las potencias europeas ante la guerra de España

Blog I: La aculturación de España / Ensayos polémicos http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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A las pugnas cada vez más agudas entre naciones europeas, agrupadas en las  racionalidades ideológicas del momento, se añadía el impacto de la crisis económica originada en Usa. Esta rápidamente se extendió por el mundo en una época de intensa globalización,  analizada por teóricos marxistas como la era del capital monopolista de Estado o imperialismo, en la que los intereses económicos estarían muy entremezclados, sin que ello impidiera una constante disputa por los mercados, generadora de guerras. En todo caso, si algo demostró aquella gran depresión fue la interdependencia de las economías de Europa y América.

   Con respecto a estas pugnas, y a la misma crisis, España ocupaba una posición marginal –beneficiosa en el caso de la depresión económica, que la afectó en menor medida que a otros países, si bien la agravarían las demagogias izquierdistas–. La insurrección  socialista-separatista de octubre del 34 gozó de gran proyección y simpatía entre toda la izquierda europea, que colaboró en la falsaria campaña de denuncias de la represión derechista en Asturias. Pero, por lo demás, ello no alteró la marginalidad de España en el conjunto europeo.

    Las cosas cambiarían cuando la guerra se reanudase, y en vasta escala, en 1936. De pronto la atención de todo el continente se centró en los asuntos españoles por dos motivos: porque en ellos se reflejaban con la mayor intensidad los conflictos ideológicos de la época –aunque en España tuvieran numerosas particularidades—y porque, debido precisamente a ello, la contienda española podía ser la chispa que hiciese saltar el orden de un continente sometido a enormes tensiones. Estos dos rasgos determinarían las actitudes de las diferentes potencias en relación con España.

   Las democracias, en primer lugar Inglaterra y Francia, deseaban ante todo mantener el statu quo alcanzado por su victoria en la I Guerra Mundial, y por tanto sintieron el conflicto hispano como un peligro que había que contener a toda costa en la frontera de los Pirineos. Las simpatías mayoritarias, sobre todo en Francia, iban hacia el Frente Popular, cuya causa recibió muestras de solidaridad y ayuda militar, pero sin sobrepasar los límites de la prudencia. Se trataba de que los españoles dirimieran sus diferencias entre ellos, sin contagiar a otros países. Claro está que ello obligaba a continuas maniobras, porque una guerra tiene muchas alternativas y resulta muy difícil de manejar, y la postura de Inglaterra no era idéntica a la de Francia; pero la línea fundamental era esa.

   Por parte de Italia, y sobre todo de Alemania se trataba justamente de una oportunidad para alterar la situación legada por la guerra mundial, y tomaron partido por los nacionales. De ganar el Frente Popular, España se convertiría en una potencia hostil para ellas, reforzando el poder de Francia e Inglaterra en el continente. Por el contrario, apoyando a los nacionales se ganarían la gratitud y quizá la alianza con un país situado tan estratégicamente a espaldas de Francia y cerrando el Mediterráneo. Franco decepcionó un tanto estas expectativas con motivo de la crisis de Munich en septiembre de 1938,  cuando proclamó que en caso de guerra entre las potencias fascistas y democráticas permanecería neutral; pero ello no resultaba demasiado preocupante, porque, si la guerra se desataba, su lógica difícilmente dejaría de arrastrar a España, y solo podría hacerlo al lado de las potencias  que la habían ayudado.  Fueran cuales fueren los motivos ocasionales y secundarios de la intervención alemana e italiana, el trasfondo estratégico general parece ser ese.

   En cuanto a la URSS, convencida de que la contienda “imperialista” mundial estallaría más pronto que tarde,  el caso español le ofrecía una ocasión dorada para “profundizar las contradicciones”  entre Alemania e Italia por un lado, y Francia e Inglaterra por el otro. Stalin temía sobre todo que la guerra europea estallase entre él y Hitler, y su mayor aspiración consistía en desviarla hacia el oeste: el choque entre la URSS y Alemania tenía gran probabilidad de acabar con la primera, mientras que si ocurría entre democracias y fascismos, la URSS quedaba como árbitro y la revolución se extendería sin duda sobre una Europa devastada. A ese fin respondía la táctica de los frentes populares. Estos tenían un doble objetivo: presionar a los gobiernos democráticos para  movilizarlos, incluso militarmente contra Alemania; y por otra  parte, robustecer los movimientos comunistas en cada país, manipulando el sentimiento popular y debilitando a esos mismos gobiernos.

  Su intervención en España se caracterizó precisamente por esa doble política: utilizar la guerra civil para provocar el choque entre las potencias capitalistas o “imperialistas”, y al mismo tiempo hacerse con el control del país. Según algunos autores (Cattell), las dos políticas se contradecían, y en parte era así. Pero el Kremlin esperaba, con bastante racionalidad, que en Londres y París el miedo a una España aliada o satelizada por Alemania  e Italia privara sobre el temor a una España más o menos sovietizada. Por ello, la política comunista en España procuraba no alarmar a las democracias e insistía en la defensa de la “república burguesa”, mientras en los hechos minaba al gobierno izquierdista español asegurándose posiciones decisivas (la fuerza armada y policial, sobre todo) para, en su momento, imponer un régimen sovietizado. La dificultad para la URSS radicaba en que las democracias, en particular Inglaterra, tenían bastante buenas relaciones con Italia y aunque temían a Alemania, la consideraban al mismo tiempo el gran dique frente al expansionismo soviético. Por ello les repugnaba más una España roja que una España supuestamente fascista. Además, como le señaló algo cínicamente el embajador inglés al soviético en el Comité de No Intervención, no había que preocuparse por una España fascista, porque saldría destrozada de la contienda y necesitaría créditos para reconstruirse. Y esos créditos solo podría encontrarlos en Londres, no en Berlín ni en Roma, y estarían sujetos a condiciones satisfactorias para Inglaterra.

   Creo que con estos lineamientos generales se entiende la intervención y no intervención de las grandes potencias europeas en nuestra guerra civil,  que han dado lugar a tantas  interpretaciones.

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El mal y la ignorancia /Azaña y la democracia

Blog I: Para una regeneración democrática. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El mal y la ignorancia

A menudo consideramos el mal como aquello que contraría nuestros deseos y que, por ello, nos impide ser “felices”. También parece obvio que, al menos en gran parte, nuestros  deseos se frustran por ignorancia, porque no sabemos lo bastante para hacer que se cumplan. Así, un tópico bastante extendido en las ideologías sostiene que el mal consiste en la ignorancia. Esta produce todo género de desastres, crea fantasmas en la mente acerca del mundo y de nosotros mismos, abona las supersticiones y obliga a la fe, depositada en absurdos.  Las religiones serían producto de la ignorancia, de un intento frustrado de superarla por medios inadecuados, y  por tanto serían un mal en sí mismas. Por el contrario, saber es poder  y el ser humano, gracias al conocimiento, puede cumplir sus deseos desechando temores imaginarios, fuentes de superstición,  transformando el mundo y poniéndolo a su servicio. Ciertamente, estamos lejos aún de lograr plenamente ese objetivo, pero el largo trecho avanzado al respecto permite tener confianza en que se alcanzará.

A esta  concepción de apariencia lógica cabe hacer algunas observaciones. En el plano social hoy la humanidad “sabe” y por tanto “puede” infinidad de cosas, aun si está lejos de saber y poder  todas las que desearía. Por tanto, la sociedad estaría en camino de reducir progresivamente el mal. Pero en el plano individual ocurre al revés: cuanto más sabe la sociedad, menos, proporcionalmente, sabrá el individuo. Incluso la persona más inteligente, trabajadora y aficionada, solo puede aspirar a dominar una parcela mínima de lo que la humanidad, en su conjunto, conoce. Así el mal, en lugar de reducirse, aumentaría, imponiendo la fe en lo que nos dicen otros hombres a los que consideramos expertos. Además, como el conocimiento progresa en gran medida desechando  ideas y supuestos que terminan por demostrarse falsos o errados, esa fe está siendo  continuamente sometida a prueba.

Otra observación indica que ante el creciente desfase entre lo que sabe el individuo y lo que “sabe” la sociedad  aumenta la dependencia del primero con respecto a aquellos que saben más o que de un modo u otro se erigen en representantes de la sociedad. En las sociedades del conocimiento, la posibilidad de manipulación del individuo no disminuye, sino que incluso aumenta.

La manipulación suele ser en  parte intencionada, en parte, espontánea. Por ejemplo, el condicionamiento de millones de individuos por la televisión, la publicidad, etc.,  es algo evidentísimo, que ha transformado en gran medida las sociedades.  Ese condicionamiento se basa en un alud de información imposible de asimilar y discernir, y de entretenimiento  en gran medida  embrutecedor. Ello no procede, como algunos creen, de un centro oculto que manipula las conciencias con un objetivo malvado. Se trata más bien de una tendencia difusa a partir de determinados valores o conceptos morales en los que las ideas del bien y del mal se confunden. De un descenso de la sindéresis, cuyo origen merecería un estudio.

Una tercera observación parte de la constatación más obvia de que el conocimiento es a menudo utilizado para hacer el mal. Y también vemos a muchos ignorantes que tienen muy poco de malvados. Por consiguiente, la pretendida equivalencia entre el mal y la ignorancia carece de sentido. Vale la pena señalar, al respecto, que la identificación del mal y la ignorancia está presente sobre todo en las ideologías totalitarias: los que saben y por tanto son buenos, y por tanto tienen poder, pueden, incluso deben  manipular “por su bien”  al conjunto de la sociedad.

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Azaña y la democracia:  http://revista.libertaddigital.com/azana-y-la-democracia-1275750199.html

 

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Mitos y realidades de la República: evolución hasta octubre del 34:

Blog I: Puntos para una regeneración nacional /Stanley Payne explica algunas evidencias http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-una-regeneracion-nacional-s-payne-explica-evidencias-20130315

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  1. Frente a una opinión muy divulgada, la legitimidad de la república no vino de unas elecciones municipales (ganadas por los monárquicos), sino de un golpe de estado. Frente a otra tesis de cierta aceptación, el golpe no procedió de los republicanos, sino de  los monárquicos, que, en plena quiebra moral, despreciaron a sus propios electores y entregaron sin resistencia el poder a sus adversarios. Esta tesis, que creo haber demostrado, difiere tanto de las interpretaciones habituales de izquierda como de derecha.
  2. Casi nunca se ha dado relieve al hecho de que el elemento aglutinador de los republicanos fueron los políticos de derecha Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura. En su intención estaba formar un régimen demoliberal. Gracias a su labor unificadora los republicanos llegaron al poder en abril de 1931, y Alcalá-Zamora sería  luego nombrado presidente  o jefe de estado de la república, aunque el gobierno lo ejercerían los partidos ganadores de las elecciones.
  3. Tampoco suele destacarse en la historiografía común que la derecha republicana se encontró enseguida desbordada por las violencias de la izquierda (quema de más de cien iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza). Esa derecha (Alcalá-Zamora en primer lugar, quedó desacreditada por su incapacidad para  defender la ley frente a tales desmanes. La “quema de conventos” no fue un episodio secundario, como a menudo se le trata: después de él, la república tomó un sesgo izquierdista y violento,
  4. Frente a una opinión muy divulgada, la derecha no se opuso desde el principio a la república. Solo empezó a oponerse, y solo una minoría de ella, a partir de aquella quema de conventos, bibliotecas y escuelas. Entonces quedó dividida entre una minoría republicana (Alcalá-Zamora, Maura…), otra minoría monárquica y una gran mayoría  que aceptaba la república, sin entusiasmo y como un mal menor.
  5. Aún menos recordado es el dato crucial de que, desde la izquierda “burguesa”, Azaña intentó un “proceso de demolición” de las tradiciones hispanas, aliando la “inteligencia republicana” con las masas sindicales “en la bárbara robustez de su instinto”.  Su estrategia fracasó: pronto comprobó él mismo la escasez de aquella “inteligencia republicana”, cuyo carácter “tabernario e incompetente, de codicia y botín, sin ninguna idea alta” él mismo denunció una y otra vez. Y terminó superado y arrastrado por las izquierdas obreristas.
  6. Azaña fue el principal promotor de una Constitución no de consenso, sino de imposición, no laica sino anticatólica y solo parcialmente democrática y que, a juicio de Alcalá-Zamora, invitaba a la guerra civil. Completada por una Ley de Defensa de la República que autorizaba a los gobiernos a saltar sobre la propia Constitución e imponer, entre otras cosas, una censura de prensa casi permanente.
  7. El PSOE fue el factor decisivo de la república, al llegar a ella como el partido mejor organizado y con mayor influencia de masas, gracias a su anterior colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. En él fueron formándose dos corrientes: una revolucionaria, con Largo Caballero y Prieto,  y otra socialdemócrata, con Besteiro. La hegemonía de la primera marcaría la evolución del PSOE y de  todo el régimen.
  8.   Frente a una idea bastante generalizada, las izquierdas no defendían a los obreros ni a los campesinos pobres, sino unas ideas utópicas. Su realización concreta, en el primer bienio republicano, de carácter izquierdista, empeoró gravemente la situación de las masas populares: el desempleo, el hambre, la delincuencia. Acompañados de choques callejeros, insurrecciones anarquistas y violencias contra la derecha. La situación económica era mala en todo el mundo, por la crisis económica comenzada en 1929, pero los peores daños no vinieron de ella, sino de una políticas demagógicas.
  9. Las reformas emprendidas por la izquierda: la militar, educativa, agraria y autonómica, fracasaron por el sectarismo, la incompetencia y falta de sentido de la realidad con que fueron aplicadas. No solo criticó tales errores la derecha, sino también el mismo Azaña.
  10. Como resultado de esas experiencias, en noviembre de 1933 el pueblo votó por amplia mayoría a las derechas en unas elecciones plenamente legales –aunque sacudidas por violencias y asesinatos de origen, todos ellos, izquierdista–. La respuesta a esa victoria electoral,  fue, por parte de Azaña y otros republicanos intentar el golpe de estado para anularla; por parte de los anarquistas, su insurrección más sangrienta hasta la fecha (un centenar de muertes); por parte de los separatistas catalanes, declararse “en pie de guerra”, y por parte del PSOE, la resolución de ir a la guerra civil para derrocar la república “burguesa” e implantar por la fuerza armada la “dictadura del proletariado”.
  11. La victoria derechista, aunque dio lugar al breve período de mayor prosperidad de la república dentro de la crisis general, resultó infructuosa políticamente, debido a las querellas entre Alcalá-Zamora y Gil-Robles, jefe de la CEDA, el partido más votado en los comicios y las maniobras del primero contra Lerroux, jefe del segundo partido más votado,  con carácter de centro-derecha. Las izquierdas y los separatistas catalanes y vascos aprovecharon la situación para realizar, a lo largo de 1934, continuas huelgas, provocaciones y choques desestabilizadores, coronados por le  insurrección armada de octubre de 1934,  objeto de mi libro Los orígenes de la Guerra Civil.
  12. Esa insurrección, planteada por sus autores, textualmente, como guerra civil, ocasionó 1.300-1.400 muertos en 26 provincias, enormes daños materiales (destrucción de iglesias monumentales, bibliotecas, fábricas y edificios varios) y duró entre unos pocos días en Barcelona o Madrid, y dos semanas en Asturias. Fue, en lo fundamental, debida al PSOE y al separatismo catalán, aunque le apoyaron los partidos republicanos de izquierda y le acompañaron los comunistas y sectores anarquistas. Su derrota dejó, no obstante, una república tambaleante. Gerald Brennan la considera “la primera batalla de la guerra civil”, apreciación acertada como creo haber demostrado. Los meses siguientes serían una tregua inquieta debido a la impotencia de uno de los bandos.
  13. El pretexto para la insurrección fue el carácter fascista atribuido por el PSOE a la CEDA  –y toda la derecha, incluso a la izquierda republicana–. Se trató de una falsedad no creída por la cúpula directiva del PSOE, pero utilizada masivamente para soliviantar a las masas.
  14. El anterior y muy resumido esquema lo he desarrollado documentalmente en los libros anteriores a este, Los personajes de la República vistos por ellos mismos y Los orígenes de la guerra civil. Su enfoque difiere del muy extendido de la “lucha de clases”, según el cual la república y la guerra consistieron en un enfrentamiento entre “el pueblo y la oligarquía” o entre los partidos “defensores del pueblo” o “de los obreros”, y los partidos que pretendían mantener “los privilegios” de los ricos. O del clero, los militares y los banqueros. Etc.  Pero la mayor parte del pueblo votó  a la derecha en 1933, después de haber experimentado las reformas izquierdistas del bienio anterior. Y los datos reales prueban que los pretendidos defensores del pueblo atrajeron sobre este más miseria, hambre, violencia, arbitrariedad  y restricción de libertades que los supuestos fanáticos de la opresión, el oscurantismo y los privilegios oligárquicos.
  15.   Mi enfoque, por el contrario, puede describirse en unos pocos puntos: a) Todas las sociedades humanas, todos los pueblos,  entrañan una fuerte diversidad y a menudo oposición de intereses, ideas, sentimientos y aspiraciones. No existe unanimidad.  b) Para mantener un orden aceptable dentro de esa diversidad,  la sociedad genera espontáneamente el poder y la ley.  c) En el plano político, esa diversidad se resuelve en partidos  y el único modo de que las diferencias no deriven en choques y guerras  o disgregación social consiste en la aceptación mayoritaria de unas leyes, respetadas suficientemente por los partidos y políticos. d)   La causa última de una guerra civil o una revolución radica en la caída de la ley, sea porque esta es rota desde el poder, sea porque una gran parte de la población la rechaza y quiere sustituirla radicalmente por otra más acorde a lo que cree ser sus intereses.
  16. Lo que creo haber demostrado en mis libros es que, contra la interpretación basada en la lucha de clases u otras similares, la causa real de la guerra fue la destrucción de la ley, y que fueron las izquierdas y los separatistas, que ya habían arruinado el régimen de la Restauración, los que echaron por tierra la legalidad republicana… que ellos mismos habían establecido, y no por consenso. Azaña anunció en vísperas de la república que se proponía  demoler lo que llamaba tradiciones españolas, que asimilaba entre otras cosas al catolicismo. No deja de ser una ironía que lo que realmente demoliese, él y sus aliados obreristas, fuese la misma legalidad que ellos habían impuesto.

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