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(En España contra España he dedicado un apéndice a la relación de España con el resto de Europa (prácticamente con la Europa occidental o centro-occidental: una cuestión necesitada de estudios serios)
Geográficamente, Europa es un apéndice del mucho más extenso continente asiático, más bien que un continente propio. Algunas barreras físicas la separan, no obstante, de Asia y de África: la cordillera de los Urales, que corta la inmensa llanura euroasiática; el lago Caspio, la cordillera del Cáucaso y el mar Mediterráneo. Barreras no muy pronunciadas y menos aún insuperables. Por otra parte, Europa se nos presenta como un complicado mosaico de climas, orografía y más aún de idiomas, etnias, culturas y estados o naciones, con frecuencia enfrentados históricamente entre sí en conflictos a veces arrasadores. De modo que podríamos preguntarnos si existe realmente algo común que permita distinguir el conjunto europeo de los demás continentes. La respuesta es sí. Europa es ante todo un concepto cultural y, por encima de las enormes diferencias internas encontramos enseguida varios rasgos comunes lo bastante firmes para dar cierta unidad y aire de familia al conjunto: el indoeuropeísmo idiomático, la raíz en el Imperio romano, la religión cristiana, una inquietud especialmente acentuada en los órdenes espiritual, filosófico y finalmente científico-técnico; y, desde el siglo XVIII, cierta evolución anticristiana e ideológica que adquirió su apogeo en el XX. Este libro tratará, aunque sumariamente, los tres últimos rasgos.
Por lo que respecta al primero, el indoeuropeísmo, aunque evidente desde el punto de vista lingüístico, resulta demasiado especulativo en el plano histórico, ya que hunde sus orígenes en las nieblas de la prehistoria. Es desconocido el origen de estos pueblos, también llamados arios (“nobles”, algo pretenciosamente, aunque su utilización por el nacionalsocialismo ha proscrito un tanto el término). Una hipótesis sitúa su cuna entre el sureste de Rusia y el Asia central, de donde se habrían extendido desde hace unos 4.000 años, probablemente por invasión y conquista, sobre otros pueblos hacia el sur (Persia, India) y hacia el oeste (Europa), y también invadiéndose entre sí en oleadas sucesivas. Por lo que respecta a Europa, los indoeuropeos debieron de encontrar una zona mediterránea ya considerablemente poblada y con culturas más desarrolladas que las suyas, y una zona del centro-norte semivacía debido al clima y al atraso técnico. Tácito creía que los germanos pertenecían a una raza pura “porque nadie más que ellos querría vivir en zonas tan inhóspitas”. Se ha supuesto que el tipo físico germánico es que el caracteriza con mayor pureza a los indoeuropeos, y que su expansión en Europa se produjo desde Escandinavia, Jutlandia y el norte de Alemania.
Lo evidente, en todo caso, es que la configuración lingüística y en parte étnica de Europa responde a antiguas migraciones y mezclas demográficas, con los correspondientes choques y conquistas. De ello tenemos pruebas bien claras en época histórica, por las invasiones germánicas y asiáticas hacia el final del Imperio romano de Occidente y otras hasta tiempos todavía recientes. Europa viene a ser, étnica y lingüísticamente, el fruto de tales movimientos. Que, por lo demás, han continuado después, ya que algunos pueblos o naciones europeas han resultado ser los más expansivos de la historia.
Subsisten en Europa algunos idiomas menores no indoeuropeos, como el finlandés, el húngaro, el vascuence o el lapón. Pero prácticamente todos las demás, y desde luego los más hablados con absoluta diferencia, son indoeuropeos, divididos en tres grupos principales: eslavos, germánicos y latinos, y ramas menores como la céltica, la báltica o la griega. Varios de estos idiomas (español, portugués, inglés y francés) se han extendido por gran parte del mundo en tiempos históricamente próximos, continuando cierta dinámica prehistórica. Ello aparte, en Europa hablan idiomas eslavos unos 350 millones de personas; germánicos algo más de 200 millones, y latinos, unos 180. Estos tres tipos de lenguas señalan también, aunque no rígidamente, diferencias étnicas y de aspecto físico, desde el nórtico, rubio, al mediterráneo, generalmente moreno, o al eslavo, más mezclado.
Los idiomas indoeuropeos no son exclusivos de Europa, pues se hablan también en gran parte del sur de Asia: Irán, Pakistán, Afganistán e India; y el supuesto de que procedieran de esta última da lugar a la palabra que los nombra. Pero no hay ninguna otra afinidad cultural clara entre los indoeuropeísmos europeo y asiático. La diferencia principal está en la impronta grecolatina y la religión cristiana características del primero. La herencia grecolatina procede, aunque en grados desiguales, del Imperio romano. No era un imperio propiamente europeo –como no lo era Grecia– pues, aunque nacido de una ciudad de la península itálica, su área fundamental de expansión fue el Mediterráneo en todas sus orillas. Pero en las riberas no europeas de este mar el legado grecolatino y cristiano iría sucumbiendo a invasiones de otras culturas, hasta quedar en poco más que arqueología, mientras que en la parte europea fue adoptado, asimilado y desarrollado hasta convertirse en ingrediente fundamental de su ser. La parte griega o bizantina condicionó religiosamente al mundo eslavo; en la parte occidental el latín, entre otros muchos legados, permaneció durante un milenio como la lengua de cultura después de la violenta destrucción de la Roma imperial.
Pero la herencia más trascendental de Roma sería el cristianismo. Los indoeuropeos profesaban religiones paganas, a veces muy complejas, y por supuesto no tenían la menor idea de Europa. Sería el cristianismo el que configurase el continente como espacio cultural, llegando a constituir el único continente cristiano en el mundo durante la llamada Edad Media, exceptuando pequeños residuos de esa religión en Oriente Próximo y norte de África, y en contraste con el islam o religiones paganas anteriores. Así, en un sentido bastante preciso, cabe decir que Europa es una creación del cristianismo. También fue en Europa donde se diversificó esta religión en tres grandes ramas que casualmente coinciden grosso modo –y con grandes excepciones–, con los ámbitos lingüísticos: entre los eslavos (y griegos) predomina la Iglesia ortodoxa, entre los latinos la católica y entre los germánicos diversas confesiones protestantes. Curiosamente, el cristianismo no tiene raíz cultural ni geográfica indoeuropea, pues surgió en la ribera asiática del Mediterráneo y de un pueblo y religión semíticos, el judío. Pero experimentó un verdadero baño de pensamiento griego y latino, se desarrolló en el seno del Imperio romano y posteriormente cundió por Europa entera. El cristianismo, así, hereda el judaísmo y la filosofía clásica, y al mismo tiempo los transforma profundamente.
Tampoco resulta exagerado afirmar que Europa es el continente de la filosofía, con distintos grados y momentos. No porque otras culturas y civilizaciones hayan carecido de ella y de reflexiones de gran calado sobre el hombre y el mundo, muy al contrario; pero en Europa arraigó con más intensidad, variedad y persistencia ese tipo de pensamiento. La causa más probable cabría hallarla en la introducción de la filosofía griega y latina en la religión de Cristo, en la combinación de la razón y la fe. Una combinación nunca plenamente lograda y fuente, por su dificultad, de esa inquietud espiritual y moral, fructífera por una parte y perturbadora por otra, tan acusada en la civilización europea. Tal desazón ha sido el probable venero de otras manifestaciones culturales especialmente intensas, desde la literatura o la música a la arquitectura. Cabría buscar ahí una síntesis conflictiva entre un espíritu indoeuropeo y un espíritu semita, aunque resulta demasiado fácil especular vanamente sobre ello.
La filosofía europea alcanzó en el siglo XVIII un punto en que la razón empezó a revolverse contra la fe, inaugurando una nueva época en la que el cristianismo fue puesto en cuestión, a menudo rechazado y sustituido, aunque nunca totalmente, por las ideologías racionalistas nacidas de dicha Ilustración. Esta pugna ha caracterizado y sigue caracterizando hoy la evolución europea. La filosofía, si bien nunca ha cumplido sus fines ni probablemente pueda cumplirlos, ha dejado un rastro valiosísimo de especulación y pensamiento, destacadamente el pensamiento científico y un desarrollo técnico sistemático que han encontrado su cuna en Europa, extendiéndose desde ella.
Vista en sus líneas más generales, la historia y las culturas europeas podrían resumirse así: trece siglos de cristianismo desde la caída del Imperio Romano de occidente, y tres de crisis del cristianismo. En suma la cultura europea nace en el Imperio romano, pero toma forma esencialmente con la destrucción de este, en medio de pruebas sangrientas y convulsiones extremas prolongadas durante unos cinco siglos. Tras aquella interminable ordalía la nueva civilización se asentó, se aseguró y cobró cierta capacidad ofensiva frente a sus amenazas exteriores durante otros cinco siglos. Una nueva etapa de expansión mundial durante dos siglos largos le aseguró un relativo predominio mundial. A partir del siglo XVIII, la hegemonía europea en el mundo se vuelve incontrastable, gracias a la Revolución industrial. Y sus mayores problemas nacen entonces de las guerras y rivalidades entre las propias potencias europeas. Mientras, el cristianismo ve su puesto desafiado por las ideologías, lo que implica un cambio en profundidad que afecta a toda la cultura. Estas son, básicamente, las etapas fácilmente distinguibles que tradicionalmente se han llamado, con nomenclatura absurda, Alta y Baja Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea.
En Nueva historia de España he propuesto otra nomenclatura provisional. La época del Imperio romano posterior a la II Guerra Púnica sería la Edad de Formación; posterior al Imperio Romano vendría la Edad de Supervivencia, correspondiente a la Alta Edad Media hasta el año 1000 aproximadamente, que también podría llamarse “de los monasterios”, por la importancia de estos en la cristianización del continente, cuando Europa va conformándose efectivamente como el continente cristiano en medio de zozobras que amenazan echarlo abajo; Edad de Asentamiento, o del Románico, el Gótico y primer Renacimiento, equivalente a la Baja Edad Media; Edad de Expansión, cuando los europeos emprenden sus expediciones por todo el mundo, al que descubren, a menudo colonizan y ponen en comunicación: hasta cierto punto correspondería a la Edad Moderna; Edad de Apogeo, desde mediados del siglo XVIII hasta 1945. Entre el descubrimiento de América y el final de la II Guerra Mundial, puede decirse que Europa transformó el mundo, siendo hoy un elemento más, y no el más dinámico ni culturalmente productivo, de la nueva e indecisa época histórica.
