Dimisión de Aguirre / Tres historias sobre Companys, héroe del nacionalismo catalán.

Blog Gaceta: Para entender el separatismo vasco http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Dimisión de Aguirre:

Esperanza Aguirre ha hecho muy bien en dimitir si con ello pone a su degenerado partido ante algunas responsabilidades. Ella solo tenía un defecto político, aunque muy grave: una anglomanía absorbente que intentaba imponer a todo el mundo. En lo demás, era mucho mejor que el resto de los políticos, empezando por los de su partido. Ha sido más “hombre” que Vidal-Quadras, que Mayor Oreja y otros que han mantenido posiciones patrióticas y democráticas, pero sin arriesgar nada por ellas.  El PP es el partido de los Rajoy, Basagoiti, Soraya, Cospedal y toda esa gente. En un partido así no puede tener lugar una persona decente, a menos que se signifique por una resistencia clara a la podredumbre.

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(perdón por los cambios de tamaño de la letra)

1.- Companys predica la guerra civil (publ. en febrero de 2004)

 

(Companys es uno de los héroes máximos del separatismo catalán, que  lo ensalza en sus medios, venga o no a cuento.  En noviembre de 1933, después de que las izquierdas perdieran las elecciones , se declaró “en pie de guerra” , como hizo el PSOE, y no cesó en sus provocaciones y chantajes, rechazando el veredicto de los tribunales, hasta desembocar en la intentona del 6 de octubre, su gran servicio, no a Cataluña, sino a la causa separatista)

 

Companys, al rechazar el fallo del Tribunal de Garantías y abandonar las Cortes, se declaró de hecho en rebeldía, y esa actitud fue ensalzada por Prieto y Azaña. Invocaba  el jefe del gobierno, Samper: “La República lo será mientras se cumplan estos tres principios: el respeto al sufragio, el respeto a la ley y el respeto a las sentencias de los tribunales. En cuanto uno de estos tres principios falle, no habrá República, ni siquiera convivencia social”.

Era en vano: las izquierdas y los nacionalistas, sintiéndose fuertes, chantajeaban al gobierno sin el menor freno. Prieto declaró: “Tenemos la sospecha intuitiva de que este conflicto va a adquirir proporciones gigantescas. Cataluña (obviamente quería decir la Esquerra) tiene razón. Tened por seguro —advirtió al gobierno— que si vosotros llegáis a pelear con Cataluña, Cataluña no estará sola, porque con ella estará el proletariado español”. Azaña amenazaba a su vez a Samper: “Caerá sobre Su Señoría y sobre quien le acompañe en esa obra toda la responsabilidad de la inmensa desdicha que se avecina”. El socialista afirmaba: “o se somete el Gobierno, o surge la guerra civil”. Los republicanos de izquierda presionaban al presidente de la república, Alcalá-Zamora, para que hundiese al gobierno y les diese a ellos el poder, como medio de zanjar el conflicto. En sus diarios robados por el Frente Popular, y publicados parcialmente durante la guerra, Alcalá-Zamora escribía: “Apena presenciar todo esto y seguir rodeado de gentes que constituyen un manicomio no ya suelto, sino judicial, porque entre su ceguera y la carencia de escrúpulos sobre los medios para mandar, entran en la zona mixta de la locura y la delincuencia”.

Companys predicaba abiertamente la guerra civil en Cataluña con declaraciones explosivas. Una delegación del PNV visitó Barcelona, siendo acogida en triunfo. En los edificios oficiales había desaparecido la bandera republicana, y ondeaban sólo la catalana y la del PNV. Companys advirtió: “Cuando nosotros decimos que estamos dispuestos a dar la vida, no lanzamos al aire una palabra vana, una frase de mitin. Hemos de esperar el momento que nos convenga para el gesto definitivo”.

Mientras, Dencàs creaba un Comité Militar, dedicado a instruir a las milicias, a crear una trama golpista entre los oficiales de izquierdas y nacionalistas en las guarniciones, y a hacer planes concretos, hoy bastante bien conocidos y que he expuesto en Los orígenes de la guerra civil.

El gobierno ignoraba a medias lo que ocurría, y prefería cerrar los ojos. En las Cortes, los monárquicos denunciaron que la Esquerra se estaba armando, y un Samper demasiado ingenuo replicó: “¿Contra quién? ¿Contra el Poder público del Estado español? Yo no seré capaz de inferir semejante injuria a los representantes de la Generalidad. Eso sería incubar una catástrofe”. El ministro de Marina, el radical Rocha, acusó a su vez a los que tales cosas denunciaban, de soliviantar a la gente con frases alarmistas y “separadoras”, simétricas de las de los “separatistas”. Y terminó, con falso optimismo: “El problema hay que resolverlo con cordialidad”.

La tensión en el Parlamento creció de tal manera que la sesión del 4 de julio estuvo a un paso de terminar en sangre. Gil-Robles denunció indignado: “¿Es que no se han hecho concesiones a la Generalidad cuantas veces el señor Azaña necesitaba los votos de la Esquerra para mantenerse en el poder? ¿Es que en los momentos actuales persistiría la rebeldía de la Generalidad si no tuviera la evidencia de que cuenta con cómplices y encubridores en partidos que aquí tienen representación?” Las izquierdas se levantaron furiosas y se armó una batahola, que describe Josep Pla: “Los diputados se insultan, llegan a las manos; las bofetadas, las coces, los puñetazos, llueven. De pronto, bajo la deslumbradora luz del salón, un diputado hace relucir la pistola que empuñaba. Prieto, con gesto violento, saca la suya y la empuña a su vez. Los diputados, el público de las tribunas, los periodistas, tenemos la sensación de estar a un milímetro de la tragedia. En un momento determinado el número de armas que se esgrimen pone un escalofrío en el hemiciclo. Pero la catástrofe no se produce. Quizá la misma profusión de armamento aconsejara prudencia a todo el mundo”.

En Cataluña, las proclamas de Companys, cada vez más salvajes —aunque él mismo corregía las versiones aparecidas en los periódicos, según señala Dencàs, para quitarles algo de hierro y que no terminasen de alarmar a Madrid—, ponían a la opinión, al menos en apariencia, al rojo vivo. Uno de sus partidarios, Jaime Miravitlles, lo describe así: “Cada discurso de Companys era un toque de atención. Cada viaje, una concentración popular. Cada inauguración, una revista. A medida que pasaban los días, la figura del President adquiría proporciones épicas, de leyenda, mientras que Samper, Lerroux, Salazar Alonso, aparecían en su miserable minusculidad”.

Claro está que no todos los catalanes, ni mucho menos, pensaban igual. El influyente periodista Agustín Calvet, Gaziel, predicaba la sensatez desde el periódico La Vanguardia, el más importante de la región: “¿Ahora ha de ir a tiros todo el mundo? El catalanismo de antaño había usado y abusado en gran escala de la táctica de la intimidación. El “todo o nada”, el “si no nos la dan, nos la tomaremos” y bravatas parecidas, como un posible alzamiento de Cataluña. Trucos manejados, hay que reconocerlo, con gran habilidad, pero perfectamente irreflexivos e irrealizables. Las armas eran todas imaginarias, y la pólvora se iba por completo en salvas. Pero hoy es otra cosa”.

Era otra cosa por la aparente expansión del victimismo nacionalista a amplias capas sociales, pero sobre todo por los preparativos reales para la acción, que, informa Amadeu Hurtado, debía estallar en toda Cataluña simultáneamente: “En todas las emisoras de las radios locales se hacían sonar al final unos golpes secos y acompasados que significaban que no había llegado la hora del alzamiento, pero se sabía la consigna de aquellos golpes que, cuando fuesen seguidos y rápidos, serían la orden de insurrección inmediata”. Y era otra cosa cuando, simultáneamente, los socialistas se aprestaban a la revolución, que en sus papeles aparece sin ningún eufemismo como un llamamiento a la guerra civil; y cuando Azaña y los republicanos de izquierda intentaban poner a punto, a su vez, un golpe de estado, mientras el PNV daba los primeros pasos para una maniobra desestabilizadora muy semejante a la de la Esquerra.

Todos estos movimientos iban a confluir entre julio y agosto, pero, como veremos en la próxima entrega, los implicados no lograrían ponerse plenamente de acuerdo en aquel verano, dando lugar a un fracaso parcial de las maniobras y ataques. El aspecto de mayor interés, por desconocido hasta fechas recientes, es la implicación de Azaña, de la que él intentó borrar los rastros posteriormente, en su libro Mi rebelión en Barcelona, tenido por verídico durante muchos años.

Los hechos que aquí vamos relatando están muy olvidados o tergiversados por la historiografía al uso, pero creo que suministran alguna lección para la actualidad. Evidentemente la conjunción de los nacionalismos y las izquierdas en maniobras contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas, contra la Constitución (¡una Constitución elaborada por los mismos que en 1934 la estaban echando abajo!) y contra la unidad de España, tenían entonces un carácter mucho más violento que ahora. Pero vale la pena reflexionar en el hecho de que hoy se está gestando una nueva alianza más o menos clara entre las mismas o muy parecidas fuerzas políticas, también en contra de la unidad de España y la Constitución, que no vacila en desobedecer a los tribunales u organizar, si la ocasión se presenta, movimientos desestabilizadores como los del Prestige y la guerra de Irak, o en explotar para sus fines el terrorismo etarra. Ni faltan quienes acusan de “separadores” a quienes denuncian estas peligrosas maniobras. Cuando Maragall habla hoy  de crear “un drama” o de una vuelta a 1936, sus palabras no debieran ser tomadas por meras chifladuras.

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2.-Cómo se fabrica un mito: Companys ante los jueces (publ. en octubre de 2004)

(La revuelta de octubre en Cataluña fue un completo y ridículo fracaso. Companys y los suyos fueron ante los tribunales, y ahí demostraron su talla)

La preparación de la guerra civil a lo largo de 1934 por el PSOE y por la Esquerra nacionalista catalana puede considerarse hoy un hecho histórico firmemente establecido. En cuanto a la Esquerra, su dirigente Companys se esforzó en crear en Cataluña un clima insurreccional y en preparar los medios para la rebelión contra un gobierno legítimo, valiéndose, con dolo, de los instrumentos que la legalidad ponía a su disposición, que eran muchos.

Y cuando, el 5 de octubre, aprovechando un cambio de gobierno totalmente legal, el PSOE se lanzó a la guerra en toda España, Companys esperó todavía a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, mientras cortaba las comunicaciones terrestres con Madrid, trataba de imponer la huelga general en Barcelona, y ocupaba esta ciudad con sus milicias armadas, conocidas como “escamots”. Entre tanto hacía creer al gobierno que sus medidas se dirigían a impedir una subversión anarquista totalmente imaginaria. Al día siguiente, las noticias de estallidos revolucionarios en numerosas provincias y en Madrid le decidieron a saltar al ruedo a su vez, y al atardecer de ese día proclamó la rebelión contra un “golpe fascista” en Madrid. Puede decirse que había engañado al gobierno con la supuesta insurrección anarquista y ahora engañaba a los catalanes con el no menos falso golpe fascista.

Es sabido cómo terminó la aventura. A pesar de que disponía de miles de milicianos y del control sobre la Guardia de Asalto y, en menor medida, sobre la Guardia Civil, y de fuertes infiltraciones en el ejército, contra una guarnición de sólo unos centenares de soldados, Companys se rindió en la madrugada, tras pasarse la noche él y su consejero de orden público, Dencás, llamando a los catalanes a la lucha para derribar al gobierno democrático e imponer prácticamente la secesión.

La inmensa mayoría de los catalanes se mantuvo al lado de la legalidad, y la intentona de la Esquerra cayó en medio del mayor ridículo. Y sin embargo antes de medio año Companys se había convertido en algo así como un héroe legendario para muchos catalanes y no catalanes en toda España. El mecanismo de esta extraordinaria transformación merece un pequeño estudio.

Como consecuencia del asalto a la legalidad constitucional, hubo fuertes presiones para abolir la autonomía catalana, dándola por fracasada, así como para proscribir a los partidos guerracivilistas, incluyendo a la Esquerra. Sin embargo el gobierno prefirió una actitud moderada. Los partidos no fueron prohibidos, la autonomía fue solamente suspendida hasta que se normalizase la situación, y sólo los periódicos oficiales de la Esquerra fueron pasajeramente clausurados, medida sin apenas efecto porque reaparecieron de inmediato con otro nombre.

Y estos periódicos, convertidos en plataforma de una campaña extremadamente emocional y patriotera, lograron cambiar el completo descrédito inicial de Companys, en una imagen de gloria y martirio al servicio de Cataluña y de la democracia.

Hazaña propagandística todavía más notable cuanto que el comportamiento de los líderes esquerristas en el proceso subsiguiente careció de toda altura moral o política: se limitaron a negar la evidencia. Ellos no se habían rebelado. Había sido el pueblo el que se había rebelado espontáneamente, y el gobierno de Companys se había limitado a dar un “cauce” a aquel movimiento para evitar que se descontrolase y cayese en la anarquía. Los interrogatorios, como he expuesto en el libro recién aparecido 1934 Comienza la guerra civil, cayeron en lo surrealista cuando los acusados afirmaron creer que los pocos soldados provistos de dos pequeños cañones que asediaron la sede de la Generalidad eran o podían ser anarquistas. No les faltaba aplomo.

El defensor, Ossorio y Gallardo, sostuvo la misma historia. Según él, Companys y los suyos habían cumplido con su deber para evitar el caos, y en todo caso sólo podían ser acusados por un artículo de la ley que tipificaba el intento de derrocar al gobierno constitucional. Un miembro del tribunal llamado Sbert y próximo a la Esquerra, lo mejoró: los procesados no habían intentado cambiar el gobierno, sino el Estado. Pero como ningún artículo legal penaba de modo explícito tal cosa, la rebelión de Companys debía considerarse un acto “político y legítimo”. La prensa de la Esquerra encontró “consistente y moderna” esta versión, digna de los hermanos Marx. En adelante, tratar de derribar el Estado Republicano debía considerarse una especie de deporte. Toda la historia del proceso, de no estar envuelta en la tragedia (el golpe de Companys provocó más de cien muertes en Cataluña) podría dar lugar a un espléndido relato humorístico.

Este comportamiento absolutamente falto de responsabilidad política e histórica no mermó la renaciente popularidad de Companys. Sus partidarios proclamaban a voz en cuello: “Companys, el presidente de la Generalitat es el primer luchador de Cataluña” “En el banquillo de los acusados, siete hombres de Cataluña. Y en torno al estrado y al banquillo, y fuera, el pueblo”; “Companys y Cataluña. Gómez Hidalgo ha establecido la magnífica ecuación. Companys y Cataluña se encontraron juntos el 6 de octubre. Y no se separarán más” “Companys es Cataluña. Cataluña es Companys” Y así incansablemente en titulares de prensa, folletos de propaganda, octavillas. La prensa de izquierdas en toda España presentaba a los héroes del 6 de octubre como personajes simpáticos, afectuosos, excelentes personas víctimas de unas desdichadas circunstancias en cuyo detalles, lógicamente, no entraban.

Por su parte, Companys sabía animar la función: “El veredicto que nos importa es el que pronuncie en su conciencia íntima el pueblo. Ya que nuestros defensores han hablado del juicio de la Historia, declaramos que esperamos tranquilos su veredicto definitivo, con orgullo en el corazón y conciencia limpia”. El pueblo había pronunciado su fallo al desoír los llamamientos de Companys aquel 6 de octubre, pero él y la Esquerra no lo tuvieron por inapelable. Creían que una buena campaña de propaganda puede cegar las evidencias más crudas, y los hechos parecen haberles dado la razón.

¿Puede, realmente, tener ese efecto una campaña así? Sí, desde luego, pero con una condición: que no sea contrarrestada mediante una tenaz e insistente contracampaña. Rebatir falsedades tan groseras no es empeño agradable, obliga a entrar a veces en el terreno del disparate y a emplear tiempo en explicar lo que debiera ser obvio. Sin embargo no queda otro remedio, porque los falsos mitos tienen un efecto desastroso. Todavía hoy políticos e historiadores nacionalistas cultivan insistentemente la falsificación de la historia y fomentan el culto al golpismo y a personajes poco recomendables. No es sano que en Cataluña se tenga por héroe a Companys y no a Pla, o que en las Vascongadas ocurra lo mismo con Arana y no con Unamuno. Tales cosas indican cierto grado de insania colectiva, y conviene rebajarlo en lo posible.

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3. El asesinato de los hermanos Badia (publ. en noviembre de 2010)

 

(Una de las consecuencias de la intentona guerracivilista de octubre de 1934 sería un turbio asunto de faldas, venganzas  y sangre.  Lo he utilizado en la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta)

Los hermanos Badia, Josep y Miquel, pertenecían al ala ultraseparatista del nacionalismo catalán (Estat Català), y en su muerte todo apunta a la intervención del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, que de antiguo tenía contactos con pistoleros anarquistas. Companys y su entorno manipularon a la opinión achacando la autoría a la Falange, y rentabilizaron el crimen denunciando la ineptitud de las fuerzas de seguridad, cuyo control asumió el poder central tras la intentona de octubre del 34, y exigiendo su vuelta a la Generalitat. El juez encargado del caso descubrió a los autores, terroristas de la FAI, pero fue relevado oportunamente por otro que soltó a los detenidos tras dar crédito a sus endebles coartadas. Por entonces, aún más que ahora, la independencia judicial había finado. Pero los nacionalistas ultras, o menos ultras, no se llamaron a engaño, y el crimen redundó en tres hechos políticos: la separación y refundación de Estat Català, antes integrado en la Esquerra, el asesinato de un travesti o cliente de travestis, soplón del espionaje de la Generalitat, y, sobre todo, un complot para asesinar a Companys y sus consejeros, según unas versiones, o para secuestrarlo y exiliarlo, según otras.

Los hechos pueden explicarse suficientemente, para la Gran Historia, apuntando al choque entre distintas políticas. Estat Català quería imponer la secesión de Cataluña y aplastar a la anarquista CNT-FAI. Miquel Badia, despreciando a Companys por blando, se jactaba de que, si le dejaran hacer a él y a los suyos, harían “desaparecer a esa gente [los jefes anarquistas] en quince días“. En cambio, Companys prefería entenderse con la CNT, porque siempre había tenido lazos con ella y porque la encontraba demasiado fuerte para atacarla de frente.  Además, en la rebelión de octubre del 34 había comprobado la flojera de los ultraseparatistas (y de los demás nacionalistas, incluido él mismo), por lo que entendía que el choque sangriento con la CNT, pretendido por los Badia, sería suicida. Por otra parte, el golpe de octubre del 34 en Barcelona había resultado tan ridículo que, para recobrar la popularidad, el sector de Companys desplegó una intensa propaganda a fin de endilgar los errores y torpezas a Dencàs y a Miquel Badia, lo cual extremó las tensiones (en junio del 36 tuvo lugar en el Parlament una discusión entre Companys y Dencàs muy reveladora de los hechos, así como del carácter de los dos personajes y de los diputados de la Esquerra, empeñados en silenciar las verdades del barquero expuestas por el acosado Dencàs. He citado extensamente, creo que por primera vez, aquel virulento diálogo en Los orígenes de la Guerra Civil). Companys volvió de la cárcel convertido en un héroe, en “la encarnación de Cataluña”, y en ese contexto entran bastante bien el doble asesinato, la refundación de Estat Català al margen de la Esquerra y otras venganzas.

Al reanudarse la guerra, en julio del 36, las tensiones entre nacionalistas se hicieron aún más feroces. Companys entró en alianza con la CNT, pues no le quedaba otra si quería conservar algo de poder. No era una alianza amistosa, ya que Companys intrigaba con los comunistas para, en el momento adecuado, deshacerse de los ácratas. En cambio, los ultraseparatistas pretendían liquidar de una vez a la CNT-FAI e imponer la secesión de Cataluña, buscando el reconocimiento de Francia, Inglaterra y la Alemania nazi (el componente racista en el nacionalismo catalán siempre fue muy fuerte). Al efecto elaboraron, hacia octubre-noviembre, un plan: sus milicias descenderían desde los Pirineos mientras, en Barcelona, fuerzas adictas secuestraban o liquidaban el gobierno de Companys. En el complot participaban, entre otros, el presidente del Parlament, Joan Casanovas, que presuntamente debía sustituir a Companys, y el comisario de Orden Público, Andreu Reverter o Revertés. Así, los hermanos Badia quedarían vengados y la política catalana reorientada. Pero, quizá por indiscreciones o jactancias de los conspiradores, o bien por disputas en torno al botín de los saqueos –frecuentes por aquellos días–, la CNT detuvo a Reverter, el cual, para salvarse,  amenazó a Companys con descubrir negocios sucios suyos.

El complot, en todo caso, salió a la luz. A Reverter se le ofreció la excarcelación y la huida a Francia, pero al salir libre unos agentes de Companys, encargados de conducirle al exilio, le mataron en una cuneta. Casanovas y otros más tuvieron que pasar apresuradamente los Pirineos, y la Generalitat aprobó aquella justicia. Así naufragó una conspiración que pudo cambiar la política de entonces.

Veamos ahora la Pequeña Historia, que ha explicado el historiador Enrique Ucelay da Cal (aquí me guío por el amplio resumen de su trabajo hecho por José García Domínguez), y que contribuye de modo importante a explicar el asunto. Miquel Badia, conocido en medios nacionalistas por Capità Collons (Capitán Cojones), había tenido relaciones íntimas con una moza de las juventudes nacionalistas, Carme Ballester, casada con otro miembro del partido. También requirió a la chica Companys, ya cincuentón pero en mejor posición política, y la convirtió en su amante. En una ocasión, ella y el president fueron sorprendidos en pleno acto sexual en un despacho de la sede de las Juventudes. Los celos entre los dos políticos se hicieron muy agudos, al punto de que Companys obligó a Carme a jurarle fidelidad sobre el lecho que había pertenecido a Francesc Macià, ceremonia bautizada por el todo Barcelona como “la misa negra en la cama de Macià”. No eran solo políticas, por tanto, las diferencias entre Companys y Miquel Badía, causantes de la eliminación de este y de su hermano.

Carme adquirió extraordinaria influencia política a través de Companys, su amante y, desde octubre del 36, marido. Ella detestaba a Casanovas –que también tenía una vida sentimental complicada, con una cabaretera del Paralelo–, aversión que pudo haber influido en la radicalización política de este a partir de la inquina creada entre él y Companys; en cambio, era muy amiga del matrimonio Reverter o Revertés, el cual la había protegido en su casa cuando los sucesos de octubre del 34. Carme convenció a Companys de que nombrase a Reverter comisario de Orden Público, un cargo de máxima importancia, aunque la CNT seguía controlándolo en gran medida.

La carrera de este hombre tiene interés. Considerado un alcahuete de políticos, a quienes proporcionaba chicas jóvenes –incluso posiblemente a su propia esposa–, había entrado en el círculo íntimo de Companys. Según diversos indicios, Reverter utilizó su cargo de jefe de Orden Público para participar en la exportación de metales preciosos saqueados en domicilios particulares y bancos y para pedir comisiones sobre tráfico de armas, y esa habría sido la razón o el pretexto de su detención por los anarquistas. Sigue siendo oscura la razón de su entrada en la conspiración contra Companys, que le había elevado a una posición tan significada. Quizá le indujera a ello la rivalidad con los anarquistas, o el simple afán de conseguir más dinero; incluso puede que pensara en la posibilidad de ocupar el puesto de Companys. Este, en todo caso, tras haberle encumbrado no sólo le hundió, sino que, con la mayor probabilidad, hizo que le engañaran con la promesa de la huida a Francia y le asesinaran. Reverter, en España o en Francia, sabía demasiado y podía hacer mucho daño a su ex protector.

Sobre el asesinato de los hermanos Badia, fuentes nacionalistas habrían destacado un improbable desacuerdo ético de Companys con los métodos drásticos (palizas, torturas, algunas muertes) empleados por Miquel cuando había estado al cargo de la policía. Otro nacionalista, Josep Andreu Abelló, explicó que Badia había querido entregarle un informe comprometedor sobre diversos dirigentes de la Esquerra, pero que no había podido hacerlo porque el día de la cita para la entrega coincidió con el de su asesinato.

Este Andreu Abelló tiene también una historia llamativa. Cofundador de la Esquerra, al final de la guerra civil se exilió en Méjico, donde, con Prieto y algún otro, manejaba los inmensos fondos robados y trasladados allí en el yate Vita. Años después apareció por Tánger convertido en banquero, volvió a España sin problemas y entró en la Banca Catalana de Pujol. Durante la transición dejó la Esquerra para cofundar el PSC-Congrès, grupo que influiría en el giro nacionalista del socialismo en Cataluña, siempre en pugna con las bases de izquierda no nacionalistas, a las que lograría controlar.

Companys es hoy el héroe por excelencia del nacionalismo catalán, enaltecido en mil publicaciones, y su nombre titula estadios y centros oficiales diversos. No cabe duda de que esta historia sobrepasa la novela negra más elaborada, y debería dar pie a nuevas investigaciones para aclarar los puntos todavía oscuros. He propuesto varias veces que personas bien documentadas deberían escribir una colección de semblanzas verídicas de personajes del nacionalismo catalán. Creo que resultarían instructivas.

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Dos textos antiseparatistas (inútiles)

Oscuro episodio de los años 40 / Recuerdos: En la UNIR: http://www.intereconomia.com/blog/oscuro-episodio-los-anos-40-recuerdos-unir-20120914 

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(Textos semejantes a estos hay muchos. Pero han tenido muy poco efecto, por dos razones: porque los grandes partidos supuestamente nacionales los han marginado deliberadamente, ya que su política es el entendimiento y en la práctica apoyo a los separatismos; y porque, aunque se han difundido en internet, lo han hecho de forma escasa y sin brío).

Carta abierta de un charnego a unos catalufos:

Hace unos días, en un bar, oí cómo despotricaban tres de ustedes sobre muchos “charnegos” que habían venido a Cataluña porque en su país no tenían qué comer, y aquí se llenaron la barriga, y en vez de estar agradecidos se mostraban soberbios y descontentos. Como acababa de leer una encuesta entre escolares, en la que muchos de éstos no querían ser españoles porque sus maestros, ¡menudos maestros!, les decían que España era un país atrasado y pobre, sentí deseos de soltarles a ustedes unas cuantas verdades. Me contuvieron dos realidades: en primer lugar, la dificultad de que nos entendamos, porque manejamos conceptos básicos distintos; y en segundo lugar la violenta agresividad que manifiestan muchos de ustedes contra la libertad de expresión ajena, siendo en este caso, además, varios contra uno. Pero si no podría esperar el mínimo de entendimiento civilizado, sí puedo exponer algunos datos útiles para tantas personas a quienes ustedes se empeñan en embrollar con sus disparates.

Mis padres vinieron a finales de los años 50 de una aldea de Orense a Barcelona, donde yo he nacido. Nunca tuvieron la menor idea de estar trasladándose de un país a otro, sino de una región a otra de un mismo país, de una misma nación. Entre ellos hablaban corrientemente gallego, pero tampoco tuvieron el menor problema para entenderse con los catalanes en el idioma común español. Y siempre se sintieron en su casa en Cataluña, tal como los catalanes se sienten en su casa en Galicia, o en Canarias o en Andalucía, aunque algunos de ellos – los catalufos o nacionalistas – pongan gestitos ridículos haciéndose los extraños o los superiores. Y yo, nacido aquí, no voy a tolerar que me hagan sentir extranjero o agradecido, a mí o a mis padres.

Mis padres vinieron aquí porque en aquel entonces había en Galicia menos trabajo (no hambre ni mucho menos), y su mejora económica se la han labrado con su sudor, no la deben a ninguna limosna, y menos de gente como ustedes. Por el contrario, de gente como ustedes recibieron algún que otro desaire al que han sabido contestar con dignidad o, simplemente, haciéndoles el caso que en general merecen, es decir, ninguno.

Hace ya largo tiempo que el nivel de ingresos per capita se ha igualado bastante en España, y, quitando algunos matices, en cualquier región se vive con desahogo y de manera muy parecida (ustedes sostienen que es gracias al dinero que el estado le quita Cataluña, tiene gracia su soberbia). Barcelona prosperó mucho, y con ella toda Cataluña, y el resto de España, por el carácter emprendedor y pionero de muchas de sus gentes (la célebre industria conservera gallega debe mucho a los empresarios catalanes, por decir algo) y también por la protección que se le otorgó desde Madrid y por el mercado del conjunto del país. Es decir, hubo una simbiosis entre la industria barcelonesa y el resto. Tanto deben otras regiones a Cataluña como a la inversa. Este hecho no borra otro menos agradable, y es que aquel proteccionismo excesivo desde Madrid frenó la competencia y dificultó la expansión industrial de otras regiones. Hasta que la abolición del Arancel Cambó – y Cambó era un nacionalista catalán-, a principios de los sesenta cambió el panorama y facilitó un gran avance en los niveles de producción y consumo de todo el país.

Yo distingo bien entre catalanes y catalufos, y entre Cataluña y Catalufia, y también constato la nefasta influencia de ustedes sobre los demás. Los catalufos – o nacionalistas, separatistas en el fondo-, no son los creadores de la riqueza catalana, sino los que han aprovechado esa riqueza, con mentalidad de nuevos ricos, para tratar de infundir al catalán de a pie una soberbia perfectamente idiota y un complejo de inferioridad a algunos venidos de otras regiones. Su técnica, la misma de los nazis, eficaz, pero miserable: el narcisismo por un lado (“somos superiores”, hoy no se atreven a decir que son una “raza superior”, como hacían antaño, pero se les entiende) y el victimismo por otro lado (“no podemos subir tanto como quisiéramos porque España o Castilla nos pone plomo en las alas y siempre nos está perjudicando” ).

Tampoco han contribuido ustedes nada a las libertades de que todavía disfrutamos. En cambio nunca dejaron de parasitar la democracia con sus insidias, exigencias y rencores inútiles, con sus imposiciones chulescas, su bilis y sus ofensas contra sus compatriotas de otras regiones, unas veces agresivas, otras en plan hipócrita, sus pequeñas pero muy significativas violencias, sin descartar el terrorismo, con sus “diálogos”, como gustan llaman al compinchamiento con ETA, a ver qué nueces cosechan, y sobre todo con su incansable siembra de ese degradante victimismo y narcisismo del que hablaba.

Miren, catalufos: ustedes siempre han sido una plaga para Cataluña. Ustedes han contribuido mucho al resentimiento y las convulsiones del siglo XX. Unas veces se aliaban con los pistoleros anarquistas, otras se peleaban con ellos, pero siempre atacaban a las libertades. Ustedes atacaron el sistema liberal de la Restauración y ayudaron a destruirlo y a provocar la dictadura de Primo de Rivera, que tan bien acogida fue en Barcelona. Luego, ante la dictadura, ustedes no hicieron nada, quitando el irrisorio esperpento de Macià en Prats de Mollò. Pero su inhibición, vergonzosa para ustedes, fue una bendición para Cataluña, que prosperó como nunca antes. Después, durante la II República, ustedes se alzaron contra la legalidad, trataron de lanzar a los catalanes a una aventura criminal, a una guerra civil, y los catalanes les rechazaron aquel 6 de octubre de 1934. Y cuando la guerra en 1936, ustedes presidieron el peor  período de crímenes y robos que haya vivido Cataluña en toda su historia, y traicionaron de paso a sus propios aliados anarquistas, comunistas y socialistas.

Llegó la dictadura de Franco, a la que ustedes, catalufos, contribuyeron con sus provocaciones, traiciones y manejos, y nuevamente les faltaron a ustedes arrestos para luchar, y nuevamente Cataluña prosperó, sobre todo cuando se eliminó el famoso Arancel, que parecía proteger la industria catalana y en realidad la estorbaba, como estorbaba la de toda España. Si quitamos algún que otro gesto testimonial, solo muy al final del franquismo se unieron ustedes… con los comunistas y terroristas, así de demócratas eran. ¡Verdaderamente, señores! Su historia sería una deshonra para Cataluña si ustedes de verdad la representasen, como pretenden.

Ustedes no paran en su reivindicación del idioma catalán, y me parece muy bien, menos por dos cosas: que llenan ustedes este idioma con una propaganda y una literatura ínfimas, muy mal favor le hacen a la lengua; y porque oponen el catalán al llamado castellano, que es en realidad el español común, que nos une a todos y nos permite comunicarnos con cientos de millones de personas más. El idioma que también han ido formando tantos catalanes desde hace siglos. El idioma en que se ha escrito la mayor parte de la literatura catalana, muy posiblemente la de más valor. Ustedes se quejaban con razón de la mutilación que suponía excluir el catalán de la vida oficial bajo el franquismo (aunque bien poco hicieron por resistirla), y ahora imitan ustedes al franquismo a la inversa y mutilan una parte fundamental de la cultura catalana, so pretexto de que el español común no es idioma “propio de Cataluña”.

No, ustedes no  representen a Cataluña ni a los catalanes: son más bien un desastre para ellos. La historia de ustedes, al contrario que la de Cataluña, es estéril y vergonzosa, y su habilidad principal ha sido la siembra de vientos que han terminado ya varias veces en tempestades. Me gustaría que reflexionasen, pero no soy optimista: persistirán en sus provocaciones, falsedades y violencias. Pero deben saber también que encontrarán una resistencia creciente.

F. N. S., economista.

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En “Euskadi”:

I

La deriva secesionista que quieren imponer el PNV y los demás nacionalistas a nuestra sociedad, ensombrece profundamente el futuro de todos los vascos.

Desde hace bastantes años, nuestra comunidad autónoma es la que disfruta de menos libertades, de menos seguridad y de menos tranquilidad en España. Más de medio millar de personas han sido asesinadas en estas provincias, muchos cientos más mutiladas o dañadas físicamente, y decenas de miles obligadas a vivir en la angustia por la posibilidad de correr la misma suerte ellos o sus familiares o amigos. Mientras, los órganos de expresión dominados por los nacionalistas, y más aún una activa propaganda oral, cultivan el odio y el desprecio a quienes no les siguen. Ha desaparecido, a menudo hasta entre amigos, la libre charla sobre numerosos temas, y se ha extendido, en pueblos pequeños y medios, pero también en las ciudades, un clima ominoso de coacción y vigilancia, que fuerza a mucha gente a conductas que no siente, o bien a huir. Decenas de miles de ciudadanos han debido dejar esta tierra en busca de un ambiente más respirable. La distensión, libertad y tranquilidad imperantes en el conjunto de España no existen aquí, y ello es un balance muy amargo del uso de la autonomía por los nacionalistas durante más de dos décadas.

Tal situación procede, ante todo, del nacionalismo terrorista de ETA, autor de la inmensa mayoría de los asesinatos y violencias. A veces la violencia se ha demostrado necesaria, cuando un pueblo o una colectividad sufre una cruenta opresión extranjera, y esa lucha tiene un carácter de liberación, con su característica épica y ética. Pero tal cosa no ocurre aquí, y nada lo prueba mejor que la total ausencia de ese elemento ético o épico en las acciones de ETA. La sustancia de su “liberación” destila  pesadamente de sus cientos de asesinatos por la espalda, a veces en circunstancias especialmente crueles, en presencia de los hijos pequeños u otros familiares de las víctimas. Entre éstas figuran mujeres embarazadas, 15 niños de hasta seis años, y 5 de hasta trece años. Otros han sufrido terribles mutilaciones, y está cargado de simbolismo el hecho de que el primer asesinato de la organización –nunca reconocido– fuera un bebé de 18 meses, por una bomba en una estación ferroviaria. La banda ha secuestrado en condiciones infrahumanas  a decenas de personas, o las ha privado de la vida por falta o insuficiencia de rescate. Ha tejido además una telaraña de extorsión, similar a las creadas porla Mafiaen otras latitudes. Tales crímenes constituirían una mancha y una vergüenza indeleble para el pueblo vasco si la banda terrorista representara a éste en cualquier sentido, como pretende.

La verdad de la “liberación” etarra aparece igualmente en la represión que sufre. En su historia ha tenido 173 muertos, de ellos37 acausa de bombas que les explotaron cuando iban a matar con ellas, 18 por suicidio, y un número similar en ajustes de cuentas entre sí o con ex militantes (recordemos el caso de Pertur por su especial vileza: sus camaradas, tras secuestrarlo y matarlo –nunca se halló su cuerpo–, acusaron del crimen a “la represión franquista”, mediante una prolongada campaña.  Lo mismo hicieron tras la matanza cometida por ellos en la calle del Correo, en Madrid). En torno a 40 han muerto por contraterrorismo ilegal del gobierno (sobre todo del GAL) o por venganzas de particulares. Muy pocos han caído en enfrentamiento, o siquiera en intento de huida, prefiriendo la inmensa mayoría, quizá dos millares a lo largo de 30 años, entregarse sin lucha. Su escasa resistencia no tiene secreto: pese a las incesantes y ruidosas denuncias de torturas, y a la existencia ocasional de ellas, los terroristas saben bien que, entregándose, disfrutarán de sólidas garantías legales; que en prisión tendrán comodidades superiores a las de otros reclusos; que, por una legislación viciada, que parece calculada para hacer barato el crimen y aumentar el pesar de las víctimas, muy pocos pasarán más de quince años en prisión por monstruosos que hayan sido sus delitos, bastantes menos  años en la mayoría de los casos, y con prontos beneficios penitenciarios si dan con un o una juez “comprensivo”, cosa no muy rara. El “heroísmo” de esos “gudaris” queda así bien retratado.

 

II No sólo el terrorismo…

La situación no ha llegado tan lejos por la sola acción de los pistoleros. Ha sido precisa la complicidad de los nacionalistas que se dicen demócratas y moderados. Éstos difunden la idea de que la violencia nace de un insuficiente autogobierno –en realidad aspiran a la separación–, y de que la democracia no demuestra su “calidad” si no da a los terroristas las máximas facilidades y cede a sus exigencias –en gran medida coincidentes, vaya casualidad, con las del PNV y EA–. El nacionalismo supuestamente moderado finge situarse en la equidistancia, éticamente imposible, entre los asesinos y sus víctimas, entre los profesionales del tiro por la espalda y el Estado de derecho obligado a reprimirlos para impedirles enseñorearse de la calle y  la sociedad. La bajeza e hipocresía de la maniobra no oculta la connivencia y la cobertura práctica del crimen.

No una cobertura como la de grupos tipo Batasuna, parte orgánica del movimiento terrorista (al menos 132 cargos y dirigentes de ella han sido condenados por pertenencia a ETA), pero sí una complicidad intelectual, moral y política que, pese a no ser judicialmente perseguible, multiplica la injusticia y la desmoralización social. Nunca ha dejado el PNV de actuar al lado de la rama “política” de ETA, en pactos y alianzas con ella, ni de obstruir o  sabotear la aplicación de la ley a la misma. Las subvenciones del Gobierno autónomo afluyen a organismos tapadera vinculados a ETA y creados ex profeso para allegar fondos. La policía autonómica, manejada como policía de partido por el PNV, jamás ha perseguido a los asesinos ni al terrorismo “de baja intensidad” en medida bastante para cubrir siquiera el expediente: las derrotas y el debilitamiento del pistolerismo han provenido, con muy pocas excepciones, de las fuerzas de seguridad del Estado, únicas que salvaguardan en lo posible la libertad y  seguridad de los vascos, sufriendo a cambio una insidiosa y permanente campaña de rencor y desprestigio por parte del PNV. El clima de amenaza, chivateo y chantaje contra los no nacionalistas jamás ha sido reprimido por las autoridades del PNV, como tampoco las exaltaciones y homenajes a los pistoleros en decenas de localidades. Las víctimas reciben, en el mejor de los casos, una hipócrita, fría y retórica “solidaridad”, a veces más repugnante que la hostilidad abierta de lo terroristas.

Podríamos seguir muchas líneas describiendo una situación degradada y degradante. ¿Qué pesan, al lado de estos hechos indudables, las condenas puramente verbales del PNV a ETA, con las que el primero quiere “probar” su democratismo y moderación? Los nacionalistas de la pistola y los de la verborrea ensalzan hasta los cielos sus aspiraciones “liberadoras”, y por ellas se justifican, pero nada puede revelar mejor la calidad de sus proyectos que la conducta canallesca a que esas aspiraciones dan lugar. Lo  hasta hoy visto y sufrido sólo sería el preludio de lo que vendría si los nacionalistas llegaran a alcanzar sus objetivos.

 

III.- Por qué actúa así el PNV

Pero entender las raíces de los hechos importa más que simplemente condenarlos. ¿Por qué actúa así el PNV? Por dos razones básicas: en primer lugar porque considera a los etarras no como criminales sino como “los chicos”, algo extremistas y descarriados, pero ante todo hermanos de sangre y aspiraciones, capaces de “hombradas”, como ha dicho Arzalluz. Nada más revelador que el griterío nacionalista  en pro de los llamados “presos vascos”, sugiriendo que están en la cárcel por ser vascos y sin alusión alguna a sus sangrientos y sórdidos delitos, los cuales justificarían medidas punitivas mucho más severas –y justas– que las que padecen. ¡Qué contraste entre ese calor hacia los “presos vascos” y la turbia aversión hacia las víctimas, sobre todo cuando éstas osan protestar! Por supuesto, los dos sectores nacionalistas discrepan y hasta riñen en ocasiones, pero siempre dentro de un tono de “familia”. Por eso el PNV ha denunciado la ilegalización de Batasuna como un intento de hacer luchar “a unos vascos con otros”, es decir, a unos nacionalistas con otros, pues para el partido de Arana e Ibarreche sólo los nacionalistas  son vascos,  o al menos buenos vascos. Y por eso la enseñanza pública distorsiona la historia y la actualidad vasca, empapándolas de rencor e intoxicando a buen número de adolescentes, animándoles a tomar la senda de la violencia.

En segundo lugar, el PNV cree poder extraer dividendos políticos del terror. Su estrategia la sintetizó inmejorablemente Arzalluz con su frase sobre “el árbol y las nueces”. Existe, en la acción nacionalista, una división implícita del trabajo, que el mismo Arzalluz ha definido como “unos arrean y otros discutimos”. En suma, el PNV aspira a llevar a su propio molino la corriente de sangre, figurándose que puede salir inmaculado de la operación. Sin esa política, el crimen no habría cobrado tal extensión y capacidad de perturbar la vida social con su mensaje de odio, y ningún vasco se habría engañado sobre el pistolerismo, cuyos actos cobardes y rabiosos serían vistos con el natural horror por todo el mundo, y aislados y rechazados como deben.

Así, el terrorismo no termina en sus violencias. Uno de sus efectos es envilecer el ambiente público y las instituciones, hasta extremos tan inauditos e intolerables como la larga pertenencia de un  reconocido y principal jefe terrorista ala Comisiónde Derechos Humanos (¡nada menos!) del Parlamento autonómico, suceso que por sí solo derrumba la justicia y hunde en el fango a la máxima institución política vasca.

 

IV Defensa de los intereses vascos?

Y todo ello en defensa, dicen, de la identidad y los intereses vascos. Ya aclara mucho sobre el desprecio del PNV a los vascos reales su manía de hablar siempre en nombre de ellos, como si el pueblo pensara en bloque como el PNV o quienes disintiesen perdiesen la condición de vascos. Tal usurpación de la voluntad y sentimientos de los ciudadanos, inadmisible en democracia, constituye una prueba de totalitarismo, sospechosamente similar a la “defensa” que los nazis hacían de la identidad y los intereses alemanes. Pero uno y otro nacionalismos han sido, en la práctica, los peores enemigos de cuanto afirman defender. Por lo demás, ¿puede haber mayor ridículo que identificar la historia de los vascos, tan vinculada al resto de España y tan llena de hechos memorables, con las andanzas de los nacionalistas, tan pródigas en vilezas y traiciones? Es algo más que una casualidad el hecho de que el término “Euzkadi” o “Euskadi”, inventado por los peneuvistas para definir su proyecto histórico y cultural, constituya en realidad un disparate lingüístico que reduce a los vascos a vegetales.

Para borrar su responsabilidad en el siniestro clima social impuesto por el miedo,  PNV y EA claman que “En Euskadi se vive muy bien”, en referencia a la  elevada renta per capita de estas provincias. Desde luego, en “Euskadi” se vive bien desde el punto de vista material, como por lo demás ocurre en el resto de España, con diferencias poco acentuadas entre unas y otras regiones. Pero sólo aquí ese bienestar  viene contaminado por el crimen. Ese “vivimos muy bien” es una  nueva y típica bajeza, un llamamiento a la gente a desentenderse de la quiebra de la libertad en función de ciertas ventajas materiales. Y por otra parte, pocos argumentos socavarían más las pretensiones secesionistas del PNV, pues la economía vasca  se halla íntimamente unido al del resto de España por mil lazos, cuya ruptura o debilitamiento ocasionaría gravísimos perjuicios a todos. Sólo un perturbado como Sabino Arana podía pensar que “tanto más cerca está nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada”. ¿A qué puede obedecer, aparte de a una tontería y puerilidad extremas, ese jugar con fuego, poniendo en peligro el bienestar común?

 

V.- “Euskerianos”  y “maketos”

La estrechísima relación entre los vascos y el resto de España no es sólo económica, pues se extiende a todos los niveles de la sociedad, la historia y la cultura. Lo cual reconocía Arana cuando comentaba amargamente: “El euskeriano y el maketo, ¿forman dos bandos contrarios? ¡Cá! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos razas tan antagónicas”. Esta lamentación, como ha dicho algún historiador, compendia la política y la propaganda del nacionalismo: arrasar esa amistad y hermandad naturales a base de meter en el sentimiento de la gente la pretensión necia y envenenada de constituir una raza superior, no menos imaginariamente humillada por los inferiores “maketos”, apenas mejores que gorilas, según el maestro del nacionalismo.

En el intento de crear un foso entre “maketos y euskerianos” radica la esencia de la política nacionalista. Y  en esa absurda y vanidosa manía de superioridad descansa toda su capacidad de seducción, pues ella constituye el fluido que cristaliza en la mente de miles de personas como una roca en la que se estrellan cualesquiera razonamientos o datos, y sin ella la batahola reivindicativa se disolvería en su propia nada. Actualmente esa pretensión pueril apenas aflora, después de ciertas experiencias históricas bien conocidas en Europa, pero rezuma en toda la propaganda, y aun más en las conversaciones e implícitos dentro del mundillo nacionalista.

Creen algunos que semejante necedad, unida a torpes falsificaciones históricas, sólo puede calar en mentes atrasadas, y que se derrumbará por sí misma con el tiempo. Pero la experiencia alemana de entreguerras certifica cómo ideas de tal género, martilleadas con insistencia, enturbiaron la conciencia del pueblo quizás más culto del mundo por entonces. No cabe, pues, desdeñar como meras simplezas esas concepciones, que no desaparecerán por sí solas ni dejarán de segregar veneno constantemente.

Los largos años de propaganda y prepotencia nacionalista han devastado espiritual y moralmente al País Vasco, han sembrado el fanatismo y el terror, y provocado fracturas sociales de difícil soldadura. Ante la creciente protesta y descontento social, el PNV ha desechado rectificar su política liberticida, y ha optado por la huida hacia delante, hacia la ruptura dela Constitucióny del Estatuto, sin reparar en el tremendo coste de frustración y enfrentamiento que ello acarrea, incluida la posible pérdida de la autonomía o la división entre las mismas provincias, cuando cada vez más alaveses se muestran proclives a un estatuto uniprovincial, sin dejar por ello de ser vascos, como no dejan de ser castellanos los cántabros.

¿Hasta dónde podemos llegar por esa vía? El ejemplo de los Balcanes no debe perderse de vista. Dirán muchos que el caso difiere profundamente del español, y sin duda así es, entre otras cosas porque la unidad yugoslava, al contrario de la española, apenas tenía sedimento histórico; pero las locuras políticas tienden siempre al mismo fin, y también en Yugoslavia creían imposible los observadores y expertos una explosión de odios como la que terminó produciéndose. En cualquier caso, todos los esfuerzos serán pocos para impedir la deriva catastrófica buscada por los nacionalistas. No sólo los políticos sino toda la ciudadanía consciente deben movilizarse en el terreno de la explicación y  el razonamiento, antes de que la querella se plantee en los términos de violencia hasta ahora practicada unilateralmente por los nacionalistas, y a la que quieren arrastrarnos a los demás.

 

 

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Para entender a Rajoy

Blog Gaceta: Sobre Cataluña: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/articulos-sobre-cataluna-20120911

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(Lo siento, la letra sale así a ratos y no sé cómo remediarlo)

La debilidad del análisis político en España, que casi nunca pasa del chismorreo y la obviedad, ha permitido que Rajoy sea un incomprendido. Ya muchos se van dando cuenta de la talla política del personaje, un poco tarde, cuando la misma se va haciendo demasiado evidente. Por lo que a mí respecta, expongo aquí una breve relación de artículos con sus fechas. Creo que la experiencia me va dando –desgraciadamente—la razón. Se trata de un Zapatero bis, e incluso puede resultar peor:

Rajoy (oct. 2006) (Como puede verse, andaba yo todavía algo equivocado con el hombre):

El capital político acumulado por Aznar —excluyendo su pésima explicación de la guerra de Iraq y su nefasta política de medios—, más el descrédito del PSOE, debieran haber dado a Rajoy una gran mayoría absoluta en 2004. Pero él prescindió de aquel capital y de la crítica a fondo a las majaderías de Zapatero. Se dedicó a hacer promesas como si saliera de la oposición sin un pasado reciente que las respaldara; y permitió al PSOE presentar mil ofertas como si no las invalidase su pasado reciente y nunca corregido. Zapatero estuvo a lo ofensiva y Rajoy a la defensiva. Solo las rentas de la gestión de Aznar, a las que él no añadía nada, daban a Rajoy una victoria mínima y probablemente insuficiente para gobernar. Y al final todo lo decidió una jugada oscura y sangrienta.

Desde entonces no es que le hayan faltado a Rajoy buenas ocasiones. Por ejemplo, la nefasta Constitución europea fabricada por el corrupto etarrófilo Giscard d´Estaing. Por supuesto, Rajoy la criticó severamente… para apoyarla al fin. En lugar de una gran victoria política compartió el fracaso de Zapatero, y en la ridícula posición de peón de este.

Vino la mayor traición perpetrada por Zapatero hasta ahora, el mayor precio político pagado a la ETA y el separatismo: el estatuto de Cataluña. Rajoy demostró la ilegalidad del engendro, pero aceptó discutirlo en las Cortes y a continuación lo imitó en Valencia y Baleares… de momento. ¡Y poco después se ofreció al gobierno para ayudarle a evitar un “precio político” en los chanchullos con la ETA!

Acabamos de ver la misma táctica con respecto al envío de tropas al Líbano: tras una crítica feroz… Rajoy apoya a Zapatero. En torno a la investigación del 11-M, la misma llamémosle táctica: “No pero sí, o sí pero no”.

En algún momento, ya no recuerdo por qué, Rajoy rompió estrepitosamente la relación con el gobierno… y tres días después le estaba mendigando una reunión y quejándose de enterarse por la prensa de las decisiones gubernamentales. Difícil un mayor esperpento. Y encima soportando el regodeo de Zapatero y su aparato mediático: “PP, extrema derecha”. En fin, para qué seguir. ¿Qué confianza puede dar esta conducta al electorado?

Y sin embargo Rajoy no es un Piqué o un Gallardón, dispuestos a traicionar cualquier principio y a colaborar con la Infame Alianza. Él ve la realidad, parece sentir la democracia y la unidad de España, seguramente supera a Zapatero en inteligencia. Pero no es capaz de diseñar una estrategia acorde con los hechos y con sus sentimientos, y ahí reside la diferencia. Zapatero obra con una estrategia, la haya elaborado él u otros, y Rajoy no. Su mensaje, contradictorio y desalentador hasta el patetismo, cabe resumirlo así: “El gobierno realiza una política horrorosa, anticonstitucional y antiespañola, pero nosotros estamos dispuestos a colaborar con él, para evitar males mayores”.

¿Qué males mayores? Obviamente, la pérdida de poltronas, obsesión de los Arriolas y tantos otros. Penúltimas encuestas: el PSOE aventaja en varios puntos al PP. ¡Y eso viviendo todavía el PP de las rentas de Aznar, porque nada nuevo o mejor se le ha ocurrido desde entonces! Parodiando a Churchill, cabría advertirles: “Aceptáis el deshonor por conservar las poltronas, y perderéis las poltronas con deshonor”. ¿Sabrá Rajoy aprender de la experiencia?”.

(Como se recordará, este genio perdió las elecciones de 2008)

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                      El  PP de Rajoy (oct. 2007)

Rajoy ha vuelto a dar muestras de su flojera en relación con la pasada guerra contra Sadam Husein. En el PP siempre hubo gran incomodidad por la decisión de respaldar –moral y políticamente, sin intervención directa– el derrocamiento del genocida, que tanto repugnaba a la izquierda y los separatistas españoles (les repugnaba el derrocamiento, no el genocida, cuyo carácter “laico” siempre han ponderado). Ciertamente había argumentos de peso tanto para que España interviniera como para que no interviniera, pero una vez decidido el apoyo a la intervención, el gobierno del PP debió haber volcado todos sus medios de explicación e información, que en aquel momento eran muchos, para aclarar su postura a la ciudadanía y poner en su lugar la violenta demagogia desatada por la Infame Alianza, ya entonces en marcha.

No lo hizo, claro. Los telediarios parecían hechos por el PSOE, y la postura básica del PP fue de inhibición en espera de que pasase la tormenta. El resultado de esta inconsecuencia y básica cobardía moral fue que, al llegar las elecciones, un partido como el PSOE, pringado de la cabeza a los pies en el terrorismo y la corrupción, estuviera rondando la mayoría, y que un atentado monstruoso volcara luego a gran parte de la opinión contra Rajoy.

Rajoy y los suyos no estuvieron a la altura de las circunstancias cuando gobernaban. No lo han estado en la oposición casi en ningún momento. Siguen sin estarlo en la campaña electoral que ha comenzado de hecho: ahora aspiran de nuevo a congraciarse con la izquierda, a costa de Aznar.

 Este PP no es el partido de Aznar, ni de Mayor Oreja, Vidal Quadras o Esperanza Aguirre. Es el partido de Gallardón, Arenas, Camps, Feijoo, Arriola y compañía. Y de Rajoy, claro. Muy lamentablemente.

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La involución política (mayo 2008)

Ningún sistema político es plenamente estable, y puede evolucionar en diversos sentidos. El sistema de libertades establecido en 1978 pudo tender a una democracia más firme, corrigiendo poco a poco las graves deficiencias de la Constitución, o hacia una progresiva descomposición de la convivencia social y la integridad del país. Si observamos su desarrollo desde entonces constatamos, tras la etapa constituyente y poco definida de UCD, un grave deterioro de los valores democráticos bajo Felipe González, una tímida pero cada vez más clara reorientación en la buena vía en tiempos de Aznar, y una reincidencia brutal, una verdadera involución política tras la matanza del 11-M.

La involución se manifiesta en hechos como los siguientes: socavamiento de la Constitución desde el poder, desde los separatismos y desde el terrorismo, todos juntos en el llamado proceso de paz, propiciando un verdadero golpe de régimen mediante hechos consumados; ataque asimismo conjunto a la integridad de España, en proceso de balcanización por medio de la creación de nuevas “naciones” (la nación es la base de la soberanía) y la reducción a residual del estado español en varias de sus regiones; falsificación sistemática de la historia con vistas a enlazar la democracia con el régimen fraudulento y pro totalitario del Frente Popular y recuperar los rencores ya superados en el franquismo; fuerte retroceso y corrupción de la independencia judicial, manifiesto especialmente en el Tribunal Constitucional o en sentencias como la del 11-M; descenso, con ello, de la seguridad jurídica; ataque persistente a la libertad de expresión, prácticamente cercenada en varias regiones y en retroceso en el resto; corrosión persistente de la igualdad ante la ley y de los valores morales sobre los que se asienta la convivencia en libertad, sustituidos por otras pretendidas igualdades, por los ataques a la familia y la intromisión creciente del estado en la esfera de lo privado; aumento de la corrupción y el clientelismo políticos; apoyo internacional a regímenes totalitarios, tiranías diversas y terrorismos…

A estos datos, indudables para quien siga con alguna atención crítica la actualidad, debe añadirse la ausencia de una verdadera oposición democrática. La rectificación emprendida por Aznar y Mayor Oreja naufragó en el seno del PP con el nombramiento de Rajoy: desde la misma campaña electoral del 2004 se percibe en él, claramente, un distanciamiento de fondo con respecto a la política de Aznar y un creciente seguimiento –con matices, pero solo con matices– de la política del Gobierno “rojo”, hasta integrarse, finalmente, en su diseño golpista.

La única oposición real ha sido la de la COPE, Libertad Digital, Intereconomía y unos pocos medios más, o de personajes aislados dentro de esos medios. Y contra ella están cargando, para anularla, el Gobierno y la seudo oposición de Rajoy. Este es el panorama, de momento.

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Para entender a Rajoy (mayo 2008)

Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero de momento nadie osa cuestionar la jefatura rajoyana. Un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo sirve de poco, y quizá termine por hacer reventar al PP como ocurrió con la UCD. Los disidentes tienen ahora su gran ocasión, que pasa por entender y desmitificar al transformador del partido. Si la desaprovechan habrán demostrado una talla no mayor que la de la actual dirección partidista. Y una responsabilidad no menor.

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                        Blog, junio de 2008

Nunca dirá Rajoy: “Zapo tenía razón. Debemos sumarnos a la carrera por dar gusto a separatistas y terroristas y liquidar la Constitución mediante hechos consumados”. Dirá más bien: “queremos un partido centrista, dialogante y de futuro. Sin abdicar de nuestros principios”. Que significa exactamente lo mismo

Tampoco dirá: “Debemos aislar a María San Gil y cuanto ella representa como defensa de unos principios que nos parecen molestos y anticuados”. Insistirá: “Se trata de construir un partido centrista, moderado, dialogante y de futuro”. Que vuelve a significar lo mismo.

Ni dirá: “Nos importa un bledo la libertad de expresión, y nos parece muy bien que a Jiménez Losantos le apliquen un correctivo que enseñe a los demás a conducirse adecuadamente”. Volverá a dar la matraca: “Un partido centrista, dialogante y de futuro, con la nena angloparlante en el corazón y el cerebro”. Que, una vez más, significa lo mismo

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  Sexy Rajoy (enero 2009)

El cada día más inspirado y mujeriego señor Rajoy, sobre la sorayescas fotos: “España ha avanzado en tolerancia y respeto a los demás pero no lo suficiente”; “Nos queda mucho por recorrer”. ¡Cómo, don Mariano, la tolerancia y el respeto hacia el puterío, sobre todo por parte de la izquierda, son inmensas en España! A lo que hay escasa tolerancia y respeto es a las víctimas directas del terrorismo, a la moral familiar, a democracias como Israel, a la independencia judicial, a la formación intelectual y moral de los niños y a todas esas cosas, que para don Mariano son seguramente fruslerías. Así que anímese: el país entero está esperando un strip tease de usted: seguro que, dado el alto grado de tolerancia ya alcanzado, con ello gana las elecciones, que es lo que cuenta, arrancando masas de votos al PSOE… si es que Zapo no se le adelanta con la idea propuesta por Matías Crevillente. Sea valiente, tío, sea audaz, adelántese y modernícese. Haga que nos quede menos por recorrer.

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La táctica del señor Rajoy (dic. 2009)

El señor Rajoy ha tenido la amabilidad de aclararnos reiteradamente que a él lo que le apetece es ir a la Moncloa, y no como visitante, sino como inquilino. Noble apetencia a la que, sin duda, tiene pleno derecho, como cualquier ciudadano, hasta el más chiflado. El mismo señor Rodríguez, sin ir más lejos, le preguntó a su madre, en el lecho de muerte: “Mamá, ¿crees que voy a ser presidente?”. Y la madre, “con la parte más íntima de su cariño”, debemos suponer que le dijo que sí, aunque no he llegado a leer la respuesta, si la hubo en trance tan extremo (entiendo que con estas cosas no caben bromas, pero es el señor Rodríguez, con su peculiar idiosincrasia, quien les da un toque no menos peculiar). Como fuere, el señor Rodríguez parece convencido de que la respuesta a su pregunta fue positiva, por lo que se consideró obligado, en lo sucesivo, a cumplir fiel y abnegadamente la creencia materna, y ya ven lo que hace la fe: observadores superficiales dirán que el señor Rodríguez es un bobo solemne, pero, lo sea o no, ahí lo tienen en la Moncloa, como quien no quiere la cosa. Que ya les gustaría a muchos envidiosos.

El señor Rajoy, pues, también quiere ser presidente, por las razones que sea y que él presumiblemente conoce bien y no tiene por qué andar por ahí contándolas al primero que pase. Y, como es lógico y no cabía esperar menos de una persona inteligente, ha estudiado a conciencia la táctica para alcanzar su admirable objetivo, porque en ese terreno no se puede ni se debe obrar a tontas y a locas, máxime cuando él sabe, por experiencia, que tiene enfrente un duro competidor que ya lo ha derrotado dos veces, la primera a pesar de partir el señor Rajoy con un margen de ventaja muy grande. No hay enemigo pequeño, dice con toda razón la sabiduría popular.

Y es que, con todo su derecho ciudadano a cuestas, un aspirante a la Moncloa tiene ante sí una ardua tarea necesitada de hondas reflexiones y de una energía fuera de lo común, razón por la que la Moncloa no está superpoblada de ciudadanos con muchos derechos, sí, pero sin aquellas otras cualidades precisas. Dicho de otro modo, la cosa exige una táctica bien elaborada y una firmeza de carácter que, por doloroso que sea reconocerlo, no están al alcance de cualquiera. Si el aspirante es un hombre burdo y poco cultivado, de esos que llaman de principios o de ideas, ejercerá una oposición digamos robusta denunciando, por ejemplo, que Rodríguez ha colaborado con la ETA, que ha hecho polvo la Constitución, que amenaza la integridad de la nación, corroe la independencia judicial, financia la recuperación de los odios de la guerra civil, impone leyes totalitarias o una enseñanza del mismo estilo, etc. Eso es seguramente lo que haría cualquier aspirante de mente primaria y sin dos dedos de frente. Pero el aspirante Rajoy está muy por encima de esas bobadas: “¿Qué ganamos con denuncias semejantes? Crispar a la gente, angustiarla, inquietarla, y eso es lo último que debe hacer un profesional de la política. Por ahí no vas a ningún lado”. Efectivamente. Un táctico de su categoría se percata al primer golpe de vista de que, si el señor Rodríguez ha hecho lo que ha hecho y ha ganado dos elecciones y sigue en el poder, sólo puede deberse a que ha obrado con acierto, a que lo que ha hecho está muy bien hecho. Y así el señor Rajoy, con sutileza taoísta, imita concienzudamente los logros del señor Rodríguez en todo lo que le permite su momentánea permanencia en la oposición y el poder de que dispone en las regiones donde gobierna el PP.

Una persona poco perspicaz y lega en las sofisticaciones de la política objetará: “Pero si hace lo mismo que Rodríguez, nunca conseguirá desplazarlo, porque la ciudadanía ya tiene a Rodríguez haciendo esas cosas, ¿para qué necesita entonces a Rajoy?”. Este modo de razonar sonará convincente a hombres y mujeres de mentalidad simple, pero no, desde luego, al señor Rajoy, que las caza al vuelo. La objeción antedicha presupone que los ciudadanos son en alguna medida inteligentes, y el señor Rajoy sabe muy bien que distan mucho de ser lumbreras, pues si no, ¿cómo han podido dar sus votos a un bobo solemne, como ha definido, no entramos si con acierto o no, al actual inquilino de la Moncloa? No, la táctica de un aspirante inteligente de verdad tiene que ser doble: hacer como el bobo –solemne pero exitoso–, y esperar pacientemente a que éste se desgaste. Porque una ley de la política es que el poder termina desgastando al más pintado. Y entonces será la gran ocasión del señor Rajoy: entrará en la Moncloa para quedarse allí unos añitos, los españoles nos sentiremos orgullosos de su hazaña, él será feliz y los demás no menos. Porque la felicidad es lo que tiene, que se contagia.

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La honradez de Rajoy (abril 2010)

Oigo a muchos repetir como una consigna que Rajoy podrá ser esto o lo otro, pero por lo menos es honrado. Desde luego, no tengo ninguna duda sobre su honradez personal que, en principio se le supone a todo el mundo. Pero la cuestión aquí es la de su honradez política, y ahí la cosa ya es mucho menos clara. Así como no podemos fiarnos de la honradez de quien empieza por no tener claro si robar o sobornar o dejarse sobornar es bueno o malo, tampoco podemos fiarnos de un político carente de otras convicciones que “la economía lo es todo”, o que es bueno estar en el poder. ¿Podemos considerar honrado a un político que apenas deja oír una queja ante los ya incontables desmanes de un Gobierno pro chekista, pro terrorista, pro pederasta y contrario a la independencia judicial; un político que denuncia un estatuto anticonstitucional para después imitarlo, que admite la invención de “realidades nacionales”, que admite la exaltación de un botarate como Blas Infante a “padre de Andalucía” y los homenajes anuales correspondientes, que fomenta los separatismos en los hechos, que no sale en tanga en la televisión después de defender el derecho de sus mozas a salir en los medios con atuendo cabaretero, que apoya en la práctica el “matrimonio” homosexual y el aborto, que invita a olvidar la historia y cumple sin más la totalitaria “ley de memoria histórica”, ley que deslegitima la democracia presente –ya camino de ser pasada– y la monarquía; un político que presiona para silenciar a periodistas molestos y desactiva la AVT, etc. etc.?

Como decía, Rajoy tiene dos convicciones firmes: el poder y la economía, o una combinación de ambas, el poder de la economía o la economía del poder. Su programa consiste en eso: “es preciso echar al Gobierno actual y colocarnos nosotros en su lugar”. Y mucha gente sólo sueña con que se vaya Rodríguez, sin pensar en quién será el sustituto, es decir, un señor que ha dado sobradas pruebas de su disposición a traicionar cualquier valor o promesa en nombre de la economía y el poder. Aunque Rajoy tampoco demuestra mucha prisa al respecto, pues sin duda le resulta preferible que sea el Gobierno actual quien peche con la crisis, aunque se arriesga a que, si esta va superándose antes de las elecciones, vuelva a perderlas. Pero la vida, ya se sabe, tiene siempre sus riesgos. Por lo demás, parte importante de la economía es la colocación profesional del numeroso personal del partido en cargos políticos, único medio de mantenerlo agradecido, fiel y disciplinado. Y Rajoy dispone de un poder regional y local suficiente para repartir muchos cargos.

Y en cuanto a la economía en general, sus propuestas, de carácter populista, no convencen a muchos economistas expertos, y aun las más aceptables de ellas habría que ver si era capaz de ponerlas en práctica frente a una presión fuerte de sus adversarios, que debe darse por segura. Ahora bien, la economía es un concepto muy amplio, y puede dar serios disgustos: el caso Gürtel, por ejemplo.

(¿Hacía falta mucha perspicacia para darse cuenta de estas cosas? Pues casi nadie más las decía)

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¿Es Rajoy demócrata? (nov. 2011)

Ruego a mis lectores difundan este comentario:

Ayer, en el programa de Carlos Cuesta en VEO 7, intenté explicar con perspectiva histórica estas elecciones a partir de lo que ha significado el zapaterismo. Este no es otra cosa que la ruptura pretendida en la transición por los partidos de izquierda y los separatistas, ninguno de ellos demócrata ni hispanófilo: en dos palabras, el rechazo de la evolución constructiva de la ley a la ley, esto es, de la legitimidad franquista a la democrática, para imponer el entronque con la legitimidad fraudulenta del Frente Popular.

La ruptura fracasó entonces, afortunadamente, pero se ha impuesto desde el poder con Zapatero. El resultado ha sido coherente con el carácter político del rupturismo: una profunda crisis de la democracia, una profunda crisis de la unidad nacional y una profunda crisis económica, aunque esta última debida solo en parte al PSOE y compañía.

A partir de ahí expuse mi opinión sobre el discurso de Rajoy, calificándolo de verborrea, ante todo por una razón: porque no mencionó en absoluto la crisis política y nacional y habló exclusivamente de la económica. Y esto no puede ser más revelador. Cuando perdió Felipe González se hablaba de una necesaria regeneración democrática… que no se produjo, aunque al final del período de Aznar se iba avanzando en esa dirección, gracias al cambio (parcial) de postura hacia la respetadísima ETA. Ahora, la necesaria cuestión ha desaparecido de la agenda política.

 Por ello Rajoy no pronunció un discurso de estadista, sino de oportunista político. Claro que cabría pensar que, dada la urgencia de la catástrofe económica, esta sería lo primero a abordar y después, una vez solucionada, podrían afrontarse los problemas democrático y nacional con la autoridad moral y política de haber resuelto la primera. Sin embargo las tres crisis van muy ligadas y difícilmente esperarán a resolverse sucesivamente, suponiendo que sea esa la idea de Rajoy, cosa muy dudosa.

El discurso de Rajoy es más bien coherente con un político que cree que “la economía lo es todo”. Cabría pensar que esta fue una frase disparatada como tantas que todo el mundo soltamos de vez en cuando, pero creo que revela una concepción de base, puesta nuevamente de relieve en su discurso y en toda su actitud política. Y alguien que cree que la economía lo es todo, no es un demócrata (con esa idea, China sería hoy el país más democrático del mundo). La democracia es mucho más que la economía. Ojalá me equivocara, pero lo que Rajoy ha hecho (más propiamente no ha hecho) en la oposición, será lo que haga o no haga en el poder. No me parece en absoluto el hombre adecuado para afrontar la crisis de la democracia ni la crisis de la disgregación nacional. Ni tampoco la crisis económica si intenta cumplir sus promesas electorales.

Por estas razones no soy optimista sobre su gestión. Creo que ha sido una buena noticia, aunque insuficiente, la derrota del PSOE, pero no la sustitución de Zapatero por Rajoy. En el PP hay una corriente que puede llamarse demócrata y patriota, representada por políticos como Mayor Oreja o Vidal-Quadras, quizá Aznar, a quienes puede calificarse de demócratas y patriotas. A Rajoy, Soraya, Cospedal, Gallardón y tantos más, el grupo dominante hoy en el PP, solo cabe calificarlos de oportunistas dispuestos a chalanear con cualquier principio, porque el único principio que conocen es el “económico”. En sus diversas acepciones.

Creo que estas cosas hay que decirlas ahora, en plena euforia, y no cuando llegan los fracasos y las promesas incumplidas y todo el mundo asegura que ya lo había visto venir. No obstante, repito, ojalá me equivoque.

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Próximos ya al año de gobierno de Rajoy, hay pocas dudas de que no me equivoqué. En tan breve tiempo, este hombre ha superado las marcas de Zapatero en cuanto embustes a la  opinión pública, promesas rotas e ineptitud. Uno se pregunta por qué no se va. Pues no, el poder le atrae irresistiblemente, él mismo lo ha dicho. Como a Zapatero. Rajoy sabe muy bien lo que les conviene a los espñoles. Lo dice a menudo.

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Ha vuelto la república. Hope Aguirry, por el vicio rentable

Blog gaceta: Historia basura de Martínez Reverte / Recuerdos: Primer Cementerio de Atenas: http://www.intereconomia.com/blog/historia-basura-martinez-reverte-20120910

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Para entender la república es imprescindible empezar por los diarios  de Azaña. Aun olvidando su propia responsabilidad en la situación, Azaña retrata a la perfección a aquella clase política de pícaros,  bandidos y gárrulos sofistas: “Zafiedad, politiquería, ruines intenciones, gentes que conciben el presente y el porvenir de España según los dictan el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo”  “¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?”. “Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para poder confiar en ellos. ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?” “Terquedad, suficiencia y palabrería” de los diputados: “No se ha visto más notable encarnación de la necedad. Lo que están haciendo me ha hecho pensar, por vez primera, desde que hay República, en la del 73. Así debieron de acabar con ella. El espectáculo era estomagante. Diríase que estaban llamando al general ignoto que emulando a Pavía restableciera el orden”. Con el Frente Popular  aún fue peor, si cabe. La talla moral e intelectual de  aquellos políticos “ha bajado tanto que hombres muy modestos se ofenden si se les ofrece un Gobierno civil”. Nadie parecía contentarse con menos de un ministerio. O, ya durante la guerra, descubrió  “la falta de solidaridad nacional (en las izquierdas y separatistas, claro)  A muy pocos nos importa la idea nacional.  Ni aun el peligro de la guerra ha servido de soldador. Al contrario: se ha aprovechado para que cada cual tire por su lado”.Y así sucesivamente. Por no recordar sus juicios, tan mordaces como agudos,  sobre personajes como Domingo, Prieto, Albornoz, Gordón Ordás, Companys, Aguirre, Negrín,  etc.

Pues bien, todos esos  juicios sirven perfectamente para describir a la casta política actual, que llena el país  de un insoportable hedor a podredumbre.  Gran parte de la población opina que se trata de auténticas bandas de cacos, y esa opinión no está lejos de la verdad. Sin duda hay excepciones, pero eso es lo que priva. Y casi todos ellos han aprendido a envolver sus canalladas en el manto de la “democracia”.

Dice Vidal-Quadras, ante la deriva secesionista en Vascongadas y Cataluña, que  PSOE y PP han renunciado al combate de las ideas, y que quienes, dentro de esos partidos, han querido plantar  cara a los antiespañoles, “han sido eliminados o marginados”.  Pero no dice la verdad del todo. El PSOE  sí ha desarrollado un combate de ideas intensísimo desde la Transición, y luego con más fuerza desde el poder, no digamos ya en la época de Zapatero. Y  esas ideas se apoyaban en el desprecio a España, en dejarla “que no la reconozca ni la madre que la parió”, en falsificar descaradamente la historia, en apoyar a los separatistas y apoyarse en ellos,  en colaborar con la ETA que, según implican, trajo la democracia al asesinar a Carrero Blanco, el máximo obstáculo a ella. Etc.  No,  el partido que renunció desde el principio al combate de las ideas fue el PP (antes UCD y AP). Este es un partido que no solo carece de ideas, sino que las proscribe en su interior. Todo gira, para él, en torno a la economía, presumiéndose que la gestiona mejor que la izquierda, lo que ha resultado ser totalmente falso. Fue el PP el que inició la burbuja inmobiliaria y nos metió en el euro (las dos cosas han ido juntas) con promesas infantiles de  prosperidad eterna. Y que ahora hace lo mismo que hizo al final el delincuente Zapatero: someterse incondicionalmente a los dictados de Bruselas o de Berlín, porque su ideal (también el de Vidal-Quadras) ha sido en todo momento disolver a España en la UE, acabar con nuestra soberanía y nuestra historia: bonita “oposición” a los que intentan disgregar al país.

Quedó muy claro desde el comienzo de la zapaterada la urgencia de hacer un balance de los decenios pasados y elaborar una alternativa que corrigiera sus desaguisados. El PP se convirtió enseguida en colaborador del delincuente y fuera de los dos indecentes partidos no ha surgido nada que valga la pena. Quizá sea ya demasiado tarde. Como sea, hoy tenemos un sistema en avanzado estado de putrefacción. Antaño  se popularizó en España el dicho “¡Esto es una república!” referido a situaciones sin orden ni concierto en que se imponían los más sinvergüenzas y los más gritones.  Pues bien, esto es lo que pasa, que la república ha vuelto. La república que tan bien describió Azaña.    

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Doña Hope es  Honorary Dame Commander of the Order of the British Empire, una distinción otorgada por servicios al  Imperio Británico, cuya representación más conspicua en España es la colonia de Gibraltar. Hope  se felicita porque la industria del vicio a gran escala venga a Madrid. ¡Qué gran triunfo! Dará 200.000 puestos de trabajo (¡y qué trabajo!) aseguran los vendedores de cuentos (como el euro nos iba a proporcionar una prosperidad sin fin). Porque hay vicios detestables, incluso repugnantes, los que no dan dinero; pero si lo dan, ¿qué persona seria y emancipada podría oponerse a ellos? No sé qué privilegios otorgarán  al magnate useño para sus limpios negocios, aparte de gibraltarizar todavía más a España, en este caso a Madrid. Parece que un periodista madrileño le dijo a uno barcelonés: “Vosotros os lleváis Disney y nosotros las putas”.  Algo así. Tiene gracia que periódicos como El País,  parte de cuyo negocio es precisamente la prostitución, critique el proyecto por inmoral, aunque lo sea.  Pero, en fin,  no deja de ser un modo de salir de la crisis, como bien explicaban los pastores de Porriño: https://www.piomoa.es/?p=28

https://www.piomoa.es/?p=72

Otro modo de salir de la crisis es que todos los políticos imitaran a la honesta concejala de Los Yébenes, tan injusta y antiprogresistamente acosada por el populacho:

Niñato Grotesco contra Futurista Zampabollos (mayo de 2009) He aquí a dos grandes hombres de estado en el debate sobre el ídem de la nación, que por lo visto se limita a la crisis económica, dejando de lado la crisis de involución política (¿qué importancia tiene eso?) y otras cosas: http://www.libertaddigital.com/nacional/los-silencios-clamorosos-de-rajoy-y-zapatero-1276359052/

Natural, ya nos ilustró Futurista Zampabollos con su profundo pensamiento: “La economía lo es todo”. Uno esperaría que tan expertos ecónomos tendrían alguna idea clara sobre la salida de la crisis: la realidad la ha expresado concisa y perfectamente Alberto Recarte: “Las recetas del gobierno son malas, y las del PP, horrorosas por lo incoherentes”. Pero eso es lo de menos. De lo que se trata es de hablar de la crisis económica, no vayan a creer los ciudadanos que los políticos se desentiende porque a ellos no les afecte.

Pues esto es lo que hay, señores, unos insignes dirigentes del país que no desentonarían del todo en el progresista Zimbabue mugabeño, régimen ideal para la Alianza de Civilizaciones. Como Mugabe, Grotesco quiere cambiar el modelo económico por ley, y Zampabollos, no lo duden, le secundará.

Y sin embargo los dos tienen su mano una solución que apuntaba Arturito Tinajas, según el brillante informe del infortunado Moh Ul-sih en El erótico crimen del Ateneo de Madrid, y que ya ha empezado a poner en práctica, por más que tímidamente, doña Soraya. ¿Imaginan ustedes lo que sacaría el PP en euros y sobre todo en votos, con un calendario lujoso, bien editado, con posados de alto erotismo de Rajoy, Cospedal, Soraya (por supuesto, ella ha marcado el camino y debe reconocérsele), Pons, la líder del PP en Cataluña, y tantos otros y otras jefes y jefas del PP? ¿No sería una apuesta por el futuro? ¿Y vídeos, etc.? Pero recordemos la inmortal intervención de Tinajas:

“Qué pasaría si los señores excelentísimos ministros, dejándose de remilgos de señoritas beatas, salieran en la televisión a explicar sus experiencias sexuales, ¡con audacia, insisto! ¡Sin falsos pudores! A explicar cómo gracias a la tecnología del condón, se han librado del sida, la blenorragia, los picores… ¡Fuera mojigaterías, excelentísimos señores, señoras, ministros, ministras! Y si ustedes entrasen en acción ante la cámara, lúdicamente (…) ¿Se dan ustedes cuenta de lo que supondría su ejemplo vivo y actuante? ¿Lo que supondría para salvar vidas y emancipar a las masas? ¡Qué altura moral! ¡Qué consecuencia en la actitud! ¡Qué ética! ¡Qué donosura y despiporre y qué belleza de formas! ¿No superaríamos así, de una tacada, siglos de atraso? ¿No nos haríamos más europeos? Considérenlo, se lo ruego, porque lo avanzado siempre choca al principio, pero después se vuelve natural. ¡La Utopía debe guiarnos, como siempre! Además, el primer país cuyos dirigentes pusieran en práctica la idea que desde esta histórica tribuna, desde este foro del pensamiento brindo, ese país iba a ingresar unos royalties de órdago. Piensen en la venta de vídeos, de películas por todo el mundo ¡Quién iba a dejar de adquirir esos documentos únicos! Porque el primero en abrir brecha será el ganador. Otros gobiernos seguirían el ejemplo, pero las imitaciones tendrán después interés escaso. Un filón (…)”

No digo yo que con eso se resolviera del todo la crisis, tampoco conviene exagerar. Pero que la aliviaría bastante, eso es seguro, y de paso divertiría al personal, que bien lo necesita en tiempos duros. Y nuestros líderes harían una demostración de su talla de estadistas.

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El moralismo español. Dos monasterios gallegos

****Muy ilustrativo el estudio comparativo de Luis del Pino por regiones (gasto público, deuda, etc.). Muy recomendable: http://www.libremercado.com/2012-09-09/comparaciones-odiosas-entre-autonomias-1276467867/

****Blog Gaceta: Condiciones para ser demócrata / ¿Historia, aventura, filosofía? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/condiciones-para-ser-democrata-historia-aventura-filosofia-20120908

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(escr. en 2003)
José María Pemán, uno de los teorizadores de la dictadura de Primo de Rivera, señalaba como rasgo característico de los españoles una acusada exigencia moral. Esto no sólo lo decía él, pues cita de Keyserling: “En lo ético, España se encuentra a la cabeza de la actual humanidad europea”. Y lo han apreciado otros muchos observadores, como se trasluce en la manera como Brenan analiza el anarquismo hispano (podría sostenerse que el anarquismo arraigó en España ante todo por su moralismo). Es también cierto que en la propaganda de las izquierdas —en menor medida, quizá, de las derechas— la apelación moral  surge con extraordinaria fuerza a cada instante. Como señala Pemán, “en otros países de Europa existe una mayor frialdad para separar lo utilizable de cada persona (su talento, su habilidad), de su fondo moral”; en España, “ni el talento ni la elocuencia, ni el acierto político bastaron nunca, al cabo, para hacer olvidar las claudicaciones éticas”. Aquí, por ejemplo, un tanto fundamental en la apreciación de los líderes políticos era la de su austeridad y limpieza moral.
En apariencia esto es buena cosa, si consideramos que el ser humano es ante todo un animal moral, antes que intelectual. Pero ya Ortega señaló cómo la popularidad de algunos políticos y teorizadores republicanos, creo que se refería a Pi y Margall, se asentaba en el prestigio de su personal sobriedad, y no, desde luego, en el fundamento de sus ideas, mediocres cuando no disparatadas. Así como innumerables estupideces ideológicas han colado en todas partes gracias a venir presentadas en un envoltorio de cursilería, en España el envoltorio preferido de la necedad ha sido la pretensión moral.
Ello, insisto, se ha dado de manera preferente en la izquierda, incluso en la comunista, para la cual, al revés que para la anarquista, la ética no pasaba de ser un aspecto accesorio, convencional, una espuma de la sociedad de clases. Pero su propaganda radicaba en la maldad, le bellaquería, la bajeza moral, en definitiva, atribuida al enemigo, más bien que en el análisis de la “explotación” o de las relaciones sociales.
Podríamos ver ahí una especie de superioridad moral de la izquierda. De hecho, en la mala conciencia y los complejos que muestra habitualmente la derecha se percibe el influjo de esa permanente acusación moral desde la izquierda, ante la que los acusados no han sabido replicar muchas veces, o se han batido a la defensiva. La ideología y política derechistas, coincidían incluso algunos conservadores, sólo expresaban los intereses de los “ricos”, y los ricos, en general, disfrutaban de unos bienes ganados indebidamente, por medio de la explotación y el expolio de los pobres. Las derechas resultan, por definición, ladronas y corruptas, y quienes, no siendo ricos, las apoyan, sólo revelan imbecilidad y abyecto servilismo ante la injusticia, o deseos de participar en el botín.
Pero si esos rasgos podían predicarse de las derechas en todo el mundo, cuando llegábamos a España empeoraban hasta los indecible. Los “ricos” españoles, y quienes les apoyaban (“los militares y los curas”, en cabeza) eran los más miserables, crueles, oscurantistas y chulos de todo el mundo, o por lo menos de toda Europa. Esta concepción arcaica sigue vigente en muchos ámbitos populares, y sus ecos resuenan con fuerza en episodios como la propaganda de Simancas en el reciente rifirrafe por la Comunidad de Madrid. Pero no sólo se “piensa” así en ambientes populares sino también, y aun diría que de preferencia, en los intelectuales. Así sigue siendo la línea hegemónica en la historiografía “profesional” y “académica” sobre la guerra civil, espoleada desde fuera por los Preston, Jackson y compañía.
Por cierto, la conducta de los potentados rara vez es ejemplar, y si no se le pusieran trabas legales tendería en general al abuso; también las observaciones de Cambó sobre la ruindad y ostentación vanidosa de los catalanes adinerados —extensibles al resto de España— tienen una gran parte de verdad. Pero eso no hace menos absurdos los juicios absolutos típicos de la izquierda, ni vuelve virtuosos a quienes los emiten.
Si miramos más de cerca ese moralismo español, enseguida le vemos unas cuantas fallas. Empieza por ser fundamentalmente negativo. Las diatribas feroces contra el enemigo carecen del equilibrio y de los matices que caracterizan un auténtico juicio moral. Los acusadores están predicando de sí mismos, implícitamente y por contraste, virtudes tan excelsas como viles serían los vicios denunciados, pero a menudo eso es secundario. El papel de esas diatribas suele ser más bien el de encubrir un deseo de agresión y una avidez extrema de esos bienes poseídos por otros con supuesta ilegitimidad. Durante la guerra civil, o en tiempos más recientes, pudo comprobarse cómo el comportamiento de aquellos virtuosos denunciadores de la maldad ajena imitaba, precisamente, los peores actos atribuidos —no siempre sin razón pero muchas veces sin ella—, a “los ricos”.
Por otra parte ese moralismo se extiende porque halaga la vanidad de cada individuo de sentirse el juez de los demás, especialmente de quienes, en el plano material o en otros, se encuentran por encima de él. Esta especie de envidia, ya se exprese positivamente como espíritu de superación, o negativamente como impulso destructivo hacia el prójimo más favorecido, o de simple pasividad rencorosa, parece constitucional en el ser humano, y será siempre una fuente de motivación para sus actos. Tengo la impresión de que el moralismo español, sobre todo en la izquierda, ha tendido más bien a despertar actitudes negativas.

No estoy muy seguro de que el impulso ético español sea más fuerte que el de otros pueblos —actualmente parece más bien lo contrario, basta mirar la televisión, por poner un ejemplo—, pero en todo caso sólo tendrá valor si pierde algo de la rudeza y negatividad que lo han acompañado, al menos en el siglo XX y ahora mismo.

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RECUERDOS SUELTOS

Dos monasterios gallegos

 

Hace muchos años quedaba a veces en Galicia con mi   hermana Begoña, creo que para pasarle ejemplares de la revista Contracorriente u otra propaganda que ella debía   distribuir por Vigo. Con el tiempo descubriría que aquel esfuerzo apenas nos   servía a quienes confeccionábamos el material, pues casi nadie se molestaba   en leerlo, aun si lo cogían y lo pagaban.

Aprovechábamos estas visitas para darnos un garbeo por la región. Ella se había hecho un nombre como columnista de la Hoja del Lunes de Vigo, muy leídas la hoja y la columna, y desde entonces se ha mantenido fiel a su izquierdismo, me inclino a suponer que por un sentimental apego al pasado. En muchas personas he encontrado esa fidelidad a los tiempos de juventud, embellecidos por la memoria y por encima de cualquier sentido crítico, y el de Begoña podría ser un caso, no voy a afirmarlo con rotundidad. Conviene distinguir, creo, entre la consideración fría de las ideas y el encanto, justificado o no, que a menudo nos llega de aquellos juveniles idealismos, cuando aún no nos habíamos vuelto tan prosaicos.

Uno de esos viajes fue en un invierno, no recuerdo cuál, pero señalado por el hecho insólito de que todo el interior de Galicia estaba cubierto de nieve. El coche patinaba a menudo sobre el pavimento, y mi hermana, que era quien conducía, sugirió renunciar a la excursión, pero la convencí de seguir. Tal vez esté mezclando más de un viaje, pero me parece que en este de que voy a hablar visitamos, entre otros, los monasterios de San Pedro de Rocas, en la provincia de Orense, y el de Monfero, en Coruña, ambos en ruinas y abandonados. A ellos solo acudían entonces algunos devoradores de emociones particulares.

Es curioso que, siendo comunistas, coincidiéramos en esa atracción por los viejos monasterios, manifestaciones de oscurantismo y opresión, según la doctrina. Contradicciones. Ya he contado la anécdota de cómo una vez pasábamos cerca del Museo del Prado, en un coche robado, y uno de los camaradas propuso quemarlo el día feliz de la revolución: “En definitiva, no es más que arte feudal y reaccionario”, explicó. No era fácil, desde nuestro ideario, oponerse a tales iniciativas progresistas; y más recientemente he oído a bárbaros y necios hablar de dinamitar el Valle de los Caídos…

Mi atracción por viejas ruinas monásticas dejaba de lado consideraciones doctrinales. Surgía de un nebuloso sentimiento de consuelo frente a la vulgaridad triunfante en aquellos años y que ha seguido triunfando, sin cansarse. De todas formas, probablemente siempre ocurrió algo así, y las quejas de los espíritus que se pretenden exquisitos se repiten en todas las épocas. Yo no me sentía muy exquisito, pero sí lleno de un profundo descontento, agravado por la desconfianza cada vez mayor respecto de las ideas en que había creído. Las ruinosas piedras daban testimonio indeleble de gentes retiradas del pedestre mundo habitual para vivir una vida por así decir más sublime, y acumular arte y ciencia, quién sabe si conocimientos poco comunes que valdría la pena investigar. No pensaba estas cosas muy en serio, pero la atracción persistía, como pasaba entonces a mucha gente en relación con los templarios, hasta que la moda pasó.

El monasterio de San Pedro de Rocas tiene dos notables peculiaridades: ser uno de los de más antigua fundación de Europa, en torno al siglo VI, y estar construido parcialmente dentro de la misma peña. Begoña y yo paseamos un buen rato entre las musgosas rocas y los sepulcros excavados en ellas. Aquellas tumbas habían albergado los restos de personas cuyas existencias solo podemos imaginar con una dosis excesiva de arbitrariedad, pero que sin duda tuvieron su lugar en el mundo. Quizá hombres notables por su inquietud intelectual, o bien limitados al afán de tener asegurado el condumio. De todo habría. La convivencia, aunque muy reglamentada, debía de ser difícil: las pasiones, las envidias, los roces, los odios, persisten a pesar de las convicciones religiosas, aunque estas, acaso, las atenúen, o mitiguen sus efectos. ¿Y el pecado de la acedía, el tedio, el hastío insoportable que atenazaba a muchos monjes, una angustia vital a menudo inmune a las prédicas? En plan más o menos freudiano, cabría atribuirla a la abstinencia sexual –en la medida en que se diera–, pero, con uno u otro nombre, aparece en todas las épocas y sociedades. Quizá las exigencias morales de la vida monástica hicieran, por aparente paradoja, más vulnerables a muchos espíritus.

Por aquellas rocas y parajes, pues, se habían movido generaciones de personajes que, por un motivo u otro, habían resuelto pasar los años de su vida de un modo no habitual. Sus sentimientos, pensamientos y anhelos se han desvanecido junto con sus cuerpos. ¿No andarán sus fantasmas por ahí, deseosos quizá de hacerse perceptibles de algún modo? Pero la creencia en los fantasmas es una forma de rebelión, ansiosa y temerosa a un tiempo, contra la evidencia. Aquello pasó, pasó radicalmente, sea eso lo que fuere. Las ruinas, se dice, son evocadoras, pero rara vez he conseguido una evocación clara. A menudo he intentado concentrarme para percibir algo de las tragedias o comedias que se habrán desarrollado en tales lugares, a veces sabiendo algo concreto de tales historias. Buscaba tan solo superar la opacidad de los objetos mediante una sensación intensa del pasado, pero casi siempre he fracasado en el empeño. Al cabo de largos minutos en que el pensamiento va de un lado a otro, uno abandona el lugar: las ruinas solo son ruinas.

Al monasterio de Monfero, bastante kilómetros al norte, llegamos separándonos de la carretera por una trocha suficiente para el automóvil. Caía una nevada impresionante, que cuando llegamos al sitio arreció hasta el punto de que apenas dejaba ver a unos pasos. Me parece que había uno o dos coches más parados junto a la entrada del edificio, poco visibles, como el edificio mismo, pero sin nadie en las proximidades. Apenas intentamos visitar los restos del monasterio, en su mayor parte construido ya en la edad moderna, aunque de origen muy anterior. Paseamos bajo los espesos copos y volvimos a entrar en el coche para disfrutar, refugiados, de la impresión de soledad y aislamiento. El mundo exterior se había desvanecido entre la cortina de nieve, la mancha de los murallones y los árboles se hacía notar difusa, y podíamos sentirnos sin esfuerzo en la edad media. Solo faltaba una violenta ventisca con el aire aullando entre las altas ramas de los robles y los pinos, pero aun sin ello el premio era suficiente.

Fue amainando la nevada, y poco a poco los campos, algunas casas dispersas y la carretera, a alguna distancia, se hicieron presentes con su trivialidad. Emprendimos la retirada. En un cruce de carreteras encontramos un pequeño restaurante donde servían comida gallega, seguramente la de mejor género de España, aun si poco refinada a juicio de los expertos. Era un poco tarde y, debido al mal tiempo, no había más comensales, o al menos no los recuerdo; pero nos sirvieron, y fue un yantar excelente, todavía bajo el encanto de la media jornada transcurrida. Una de esas jornadas que, sin detalles precisos, dejan en la memoria una sensación próxima a la felicidad.

 

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