Blog de Gaceta.es: Comunistas y socialistas / Sobre “Sonaron gritos… “/ Guernica / Búblichki
*En “Sitios de interés” (en esta página, a la derecha): Blog de Sebastián Urbina.
* La opinión de Roberto Centeno sobre el asunto Repsol YPF: http://www.cotizalia.com/opinion/disparate-economico/2012/04/23/repsol-una-gestion-manifiestamente-mejorable-6931
*Hope Aguirry (pronunciar en esdrújula) sigue con sus desmanes contra España. ¡Hay que estudiar en inglés, dice, para alcanzar cualquier puesto en la misma España. La patriota inglesa.
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Los enemigos que el regeneracionismo intentaba anular eran, pues, el pasado español en general, y el régimen liberal de la Restauración en particular. Su objetivo, como remedio a los males que a su entender arrastraba España desde tres, cuatro y hasta trece siglos atrás, se cifraba en una palabra: “europeización”. Esta era una consigna difundida amplísimamente desde los republicanos exaltados de Lerroux hasta muchos políticos de la misma Restauración. Fue Ortega y Gasset quien lo definió de la forma más radical con su célebre frase: “España es el problema y Europa la solución”. Una frase sin sentido lógico, pero que podría interpretarse como que, siendo España una especie de enfermedad o desvarío histórico, necesitaba una cura de “Europa”. Él mismo hablaba de poder moverse por Europa “sin sentir vergüenza de ser español”.
Claro que España siempre había estado en Europa, salvo, parcialmente, mientras Al Ándalus predominó en la península; pero Ortega decidió que se había “tibetanizado”, esto es, aislado de las corrientes europeas, ya a fines del siglo XVI, mediante una “radical hermetización hacia el exterior” (aunque no le importaba sugerir que había ocurrido por obra de una dinastía “extranjera”, esto es, los europeos Austrias). Esta ocurrencia contradecía toda evidencia histórica. Las influencias del exterior crecieron desde finales del siglo XVI, y no hubo apenas contrapartida de influencia española hacia el exterior, debido a una decadencia cultural que se profundizaría o no se remediaría en los siglos XVIII y XIX. En el XVIII, la orientación más general de la cultura y política hispanas había sido una Ilustración de corte francés, con solo una resistencia defensiva y no creativa. Las corrientes del XIX (romanticismo y reacciones a este, y sus variantes, incluido el racismo, el liberalismo, el realismo o los utopismos) también marcaron la cultura hispana, que creaba poco de original, aunque aportase un tono peculiar a los influjos transpirenaicos.
Lo que cabría decir de aquellos siglos, especialmente del XIX, es que España había perdido originalidad e impulso, se había retrasado en economía y cultura respecto de los países punteros de Europa –aunque no del conjunto continental–. Pero el retraso y las convulsiones decimonónicas, muy desusadas en los siglos anteriores, nacieron precisamente de una intervención “europea”, esto, es francesa e inglesa en la Guerra de Independencia. Desde cualquier punto de vista, la frase de Ortega, aparte de su carácter ilógico, carecía del menor rigor histórico, por lo que poco de constructivo podía aportar. Y sin embargo las élites intelectuales, en gran parte, la aceptaron como un programa concentrado. Sus frutos, desde luego, no serían especialmente jugosos.
Y si, como hemos visto, su noción del pasado hispano era en extremo arbitraria y distorsionada — asombrosamente distorsionada para provenir de personas cultas–, su idea de Europa no era precisamente mejor. La mayoría de los intelectuales españoles de entonces tenía ideas harto primarias sobre el pasado y la actualidad de Europa, que para ellos se reducía a Francia, en primer lugar, más Inglaterra y Alemania. Por extraño (y revelador) que resulte, aquel fervor europeísta no generó un solo estudio o análisis mínimamente serio sobre el objeto de tal devoción. Ni siquiera libros de viaje de algún interés. Se trataba, más bien, de un deslumbramiento ingenuo y provinciano, con rasgos de pensamiento mágico. Será inútil buscar en los regeneracionistas un esfuerzo intelectual superior a estas concepciones simples y tópicas o, menos todavía, algún rastro de una percepción crítica de los problemas y conflictos que no tardarían en despeñar a la Europa más desarrollada en la salvaje I Guerra Mundial.
Por entonces predominaban en el continente regímenes liberales más o menos democratizados, y la propia Rusia seguía ese camino; pero a los europeístas hispanos eso no les subyugaba, ya que lo mismo ocurría con España. Veían que su “Europa” gozaba de un orden social, riqueza y expansión popular de la cultura superiores a los de España, no tenían claro si esa ventaja provenía de un mayor aporte racial ario, de una mayor humedad climática, de una menor influencia del clero y de los militares, del espíritu protestante, o de todo ello junto, y parecían creer que lo mismo se alcanzaría aquí con poco más que derrocar la liberal Restauración. Luego, la guerra mundial tampoco les procuró mayor lucidez ni les indujo a algún análisis. Al revés, la mayoría de ellos deseó meter a España, al lado de los franceses, en una contienda que, en el fondo, ni nos iba ni nos venía. En “Las razones de la germanofilia”, un belicoso Azaña maldecía la neutralidad que adormeciendo el espíritu público, halagando su amor a la quietud, le hacía creer que eso era una solución, una política, un refugio seguro contra los trastornos de la guerra. ¿Es que nosotros somos ajenos a la guerra? ¿Vivimos los españoles en la luna? ¿0 disfrutamos de un privilegio tan extraño que no siendo ajenos a la guerra ni los pueblos más cultos ni los más salvajes, ventilándose en ella el porvenir así de los franceses y prusianos como el de los hotentotes, podremos nosotros flotar en una especie de vacío moral, sustrayéndonos a las leyes de la mecánica social y política del mundo? Todo ello después de afirmar –con plena falsedad– que España carecía de ejército y que la neutralidad solo reflejaba la impotencia del país.
Aquel desdén hacia una España interpretada con tópicos simples o absurdos, y devoción hacia una “Europa” mal conocida o entendida, han marcado a generaciones de intelectuales y políticos españoles desde entonces, y es a un tiempo causa y efecto de la debilidad político-cultural de España, debilidad que aspiraba a subsanar.
La elaboración europeísta no solo reflejaba una notable atonía intelectual, sino que, paradójicamente, trataba de destruir al régimen que, modesta pero eficazmente, estaba cumpliendo sus deseos, es decir, modernizando o “europeizando” a España, superando los pronunciamientos y guerras civiles del siglo XIX, consiguiendo suficiente calma política, mediante cierta armonía entre las corrientes liberales y con la Iglesia para sustentar un progreso económico continuado. Una crítica legítima podría achacar al régimen lentitud y timoratería, y numerosos yerros de detalle, y proponer mejoras diversas, a las que la Restauración, por lo demás, estaba abierta. Pero aquellas corrientes que tomaban auge después del 98 no hablaban de reformas sino de aniquilar a la que llamaban gratuitamente “necrocracia”. Claro está lo predicaban con la esperanza de abrir paso a grandes mejoras… de las que podría dudar cualquier espectador imparcial, por su vaguedad y frecuente absurdo.
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En el fondo de aquel ataque a la historia de España y el beato y acrítico europeísmo latía una especie de patriotismo dolorido: deseaban que el país se pusiera rápidamente al nivel de Francia y se revolvían contra aquello que a su juicio –muy superficial, como hemos visto– impedía tal ventura. En cambio la actitud de los movimientos obreristas, que también desde el 98 crecieron, tenía un fondo distinto. Desde luego, aceptaban la Leyenda Negra y la idea de la inferioridad histórica de España, y quizá por ello algunos regeneracionistas como Ortega o Azaña los consideraban un factor de modernización y progreso. Claro está que estos autores solo conocían muy por encima la doctrina revolucionaria (marxista o anarquista) e intenciones de tales movimientos. Pero los obrerismos consideraban los achaques atribuidos a España como algo natural y no esencialmente distinto del resto de Europa, pues todos esos países estarían regidos por el principio de la explotación del hombre por el hombre, ya fuera una explotación capitalista, feudal o esclavista, según se retrocediese en el tiempo. No dejaban de compartir un europeísmo particular, más diluido y de peor intención, por cuanto creían que en los países punteros de Europa maduraban más rápidamente las concisiones para hacer la revolución, mientras que en España la misma quedaba más alejada, debido al menor desarrollo del capitalismo en España, y la persistencia de rasgos que llamaban “feudales”. Su idea orientador consistía en la explicación de la historia por la “lucha clases”, que debía abocar al socialismo y al comunismo.
Por consiguiente, uno de los principios clave de aquellos revolucionarios consistía en la negación de todo patriotismo. “Los obreros no tienen patria”, afirmaba un dogma marxista, porque las naciones no eran, en definitiva, más que una especie de patraña ideológica creada por las distintas burguesías a fin de configurar un mercado exclusivo para sus mercancías. Ellos se dirigían a “la humanidad” en abstracto, llamada a emanciparse más pronto que tarde de sus taras, oscurantismos y opresiones gracias, gracias sobre todo a la acción subversiva del “proletariado”, la clase social interesada, por sus propias condiciones de vida, en abolir la explotación y la opresión, y en organizar la economía al servicio de la colectividad y no de unos pocos capitalistas. De ahí que aquellos movimientos que decían representar a los obreros o al “pueblo” se agruparan dentro de movimientos más vastos, “internacionalistas”. La Primera Internacional fracasó por las pugnas entre los líderes Marx y Bakunin, entre socialistas y anarquistas; una Segunda Internacional, marxista, derivaría hacia posturas solo a medias revolucionarias, con graves disputas en su seno entre los menos extremistas, que quedarían con el nombre de socialdemócratas, y los más raciales.
Los partidarios de Marx estaban representados en España por el PSOE, y los anarquistas se englobaban en la poderosa CNT (Confederación Nacional de Trabajadores). Un motivo de discordia entre ellos era la idea de un socialismo bajo la “dictadura del proletariado” como etapa intermedia hacia el comunismo integral. Marx lo consideraba necesario para extirpar los últimos restos de capitalismo y de las ideologías anejas a él, desde la religión a las tendencias, y costumbres, derecho burgués, en un proceso más o menos largo después de haber conquistado el poder. Bakunin y los suyos opinaban que el comunismo nacería de un golpe: el aplastamiento revolucionario de los poderes burgueses haría brotar de forma natural una nueva naturaleza humana más libre y auténtica, una sociedad idílica, teorizada de forma muy vaga. Por ello, una “dictadura del proletariado” solo sería otra forma de opresión y perpetuaría esta, incluso agravándola a extremos nunca vistos. Para el comunismo no hacía falta otra preparación que el mismo proceso de lucha contra la burguesía.
Esta retórica parecía ofrecer una explicación bastante clara –presumía de científica–, de la evolución de la historia humana y de su marcha hacia la emancipación total, y muchos enemigos de ella encontraban gran dificultad en desbancarla, máxime cuando en 1914 estallaba en la civilizada Europa una conflagración cruelísima, achacada a los intereses de las burguesías nacionales. Pero, inesperadamente, la guerra puso de manifiesto unos intensos sentimientos patrióticos en todas las capas sociales, incluida desde luego la de los obreros, a pesar de decenios de propaganda marxista o marxistoide contra las patrias y las naciones. El patriotismo contagió a los propios dirigentes revolucionarios, que, por convicción o por temor de verse aislados de sus propios seguidores, votaron en cada país los créditos y medidas de movilización que la guerra exigía. Hubo al efecto muy pocas excepciones.
Una de esas excepciones tuvo la máxima repercusión histórica: el líder bolchevique ruso Lenin llamó a transformar “la guerra imperialista en guerra civil”. Ciertamente, la doctrina de la lucha de clases constituía en realidad un llamamiento a la guerra civil generalizada. Como nueva paradoja, el Alto Estado Mayor alemán, enfrentado a Rusia, consideró muy interesante la postura de Lenin, esperando que este destruyese la retaguardia rusa: por ello le facilitó el traslado desde Suiza, donde vivía exiliado, a San Petersburgo, y sufragó gran parte de la masiva propaganda que los bolcheviques realizaron para minar y desorganizar el ejército de su país. El resultado, inesperable para los dirigentes alemanes, como para casi todo el mundo, fue que los bolcheviques tomaron el poder y luego, tras una terrible guerra civil, asentaron el primer estado socialista de la Tierra bajo la dictadura del “proletariado”, es decir, del propio partido comunista o bolchevique. El Imperio ruso se transformó en Unión Soviética.
El nuevo estado se presentó como “la patria del proletariado” y fundó una Tercera Internacional o Komintern (Internacional Comunista), rompiendo con el reformismo de la socialdemocracia. La Komintern agrupaba a partidos comunistas en numerosos países, dirigidos con mano de hierro desde Moscú: esos partidos debían defender a la “patria del proletariado” por encima de sus propias patrias. En España se produjeron pugnas dentro del PSOE, saldadas con escisiones; el PSOE permaneció al margen de la Tercera Internacional, pero dentro de la Segunda se significó como uno de los partidos más extremistas. El mismo año de la revolución rusa, 1917, protagonizó en España un golpe revolucionario combinado con huelga y terrorismo. Estuvieron mezclados en él los anarquistas, los republicanos, separatistas catalanes y militares regeneracionistas; aunque estos últimos se echaron atrás y ayudaron a reprimir la intentona, que fracasó.
Marx sostenía que cuestiones teóricas o filosóficas de difícil aclaración se resolvían por el “criterio de la práctica”, decidiéndose por el propio desarrollo histórico. Durante años pareció que la construcción del socialismo en la Unión Soviética demostraba en la práctica la posibilidad y necesidad de un socialismo comino del comunismo; pero pronto surgieron dudas, y a partir de su experiencia en España durante la Guerra Civil, el socialista moderado Julián Besteiro definió la práctica comunista como “la aberración política más grande que quizá han conocido los siglos”. Los regímenes marxistas ocasionarían unos cien millones de víctimas mortales en los países donde se asentaron, entre hambrunas y matanzas directas. Conocidas pronto muchas de estas realidades, las izquierdas en España y Europa solían descartarlas como “propaganda burguesa”, o justificarlas como un coste necesario en pro de una sociedad muy superior.
En cuanto al anarquismo, sería España el país del mundo en que tomaría mayor impulso, manifiesto en un terrorismo que causó muerte y heridas a cientos de personas, incluyendo dirigentes políticos de la Restauración. Así contribuyeron decisivamente a la ruina de régimen, provocando el golpe y dictadura de Primo de Rivera, en 1923.
Estos revolucionarismos que, como los regeneracionistas, deseaban destruir la Restauración, obraron contra ella de forma mucho más directa, masiva y violenta que los retóricos Ortega, Azaña y demás. Lo cual no significa que la acción regeneracionista fuera menor: al corroer moral y políticamente a la Restauración, privaron a esta de una defensa adecuada frente al acoso sufrido de todas partes. Si el sistema liberal no perseguía a aquellas fuerzas y les permitía expresarse, organizarse, ganar votos, ayuntamientos y actas de diputado, todas ellas se convirtieron en perseguidoras inclementes de aquel régimen y, de un modo u otro, de la propia nación española.
De este modo, los separatistas denigraban a España en nombre de superioridades “raciales” y diferencias regionales exaltadas artificialmente; los regeneracionistas en nombre de una “europeización” o semejanza deseada con Francia; los revolucionarios en nombre de una revolución que debía liberar al ser humano de sus males seculares. Y todos ellos recogían la herencia de la Leyenda Negra. Este fondo común les permitiría unir fuerzas durante el siglo XX contra la España “realmente existente”, a pesar de las diferencias y odios entre ellos mismos. Su enemigo común fue cualquier movimiento que reivindicase la herencia y las tradiciones históricas del país, motejadas de “cavernarias”, en comparación con las maravillas de progreso que prometían y se prometían todos ellos. Por ello diagnosticó el célebre diario El Sol a finales de 1935, pocos meses antes del reinicio de la guerra civil, “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común”.
