Antígona (V). El tiempo-azar
La actitud de Creonte, en principio justa y racional, al extremarse justifica el dicho de Cicerón summum ius, summa iniuria. El objetivo de la ley es hacer justicia, pero justicia es un concepto más amplio que ley, pues esta puede ser injusta o tiránica. La justicia viene a ser un concepto divino más que humano, como viene a sostener Antígona. La ley de Creonte no es injusta desde un punto de vista racional, pero su conducta parece seguir la máxima fiat iustitia et pereat mundus. Y “el mundo” en torno a Creonte va a perecer con el suicidio de Antígona, causa en cadena del de su prometido, el hijo de Creonte, y el de la esposa de este. Se diría que ello es efecto de una rigidez en la que se confunden la aplicación de la ley y la soberbia personal del poderoso, pero no es totalmente así, porque en el último momento, Creonte se vuelve atrás. Todo habría terminado bien de no haber intervenido otro elemento, el tiempo-azar, completamente ajeno a las decisiones y argumentos confrontados, y que determina la tragedia. El cambio de actitud de Creonte llega “demasiado tarde”, como tantas cosas en la vida. La paradoja es que el castigo por su rigidez, que tendría lógica, ya no es tal, pues la rigidez, soberbia o extremismo punible ha desaparecido. Entonces obra en el destino algo muy por encima de las acciones e intenciones humanas, y la impresión trágica adquiere así su verdadero carácter.
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La decadencia de España
Si vemos la historia en perspectiva, la decadencia de España a partir de la Guerra de los treinta Años se deja definir en una frase: durante casi un siglo y medio, España había sido la gran protagonista de la historia europea, incluso mundial, y a partir de entonces se convirtió en objeto de los protagonismos de otros países, en especial de Francia.
La victoria de Francia fue tan completa que satelizó a España, política y culturalmente. España se vio complicada en guerras de dudoso interés para ella, y trató de imitar la cultura francesa, cosa que logró muy mediocremente. La Ilustración española no solo fue mediocre comparada con las francesa, inglesa o alemana, sino también con su propio siglo de oro. Su gran época no podía prolongarse con los mismos mimbres, pero no salieron nuevos reyes católicos, y el país no acertó a desarrollar una personalidad propia en las nuevas circunstancias. Con todo, algo quedaba, y en los planos militar y hasta cierto punto político, España permaneció como gran potencia. Correspondería a Napoleón dar el golpe de gracia al Sacro Imperio y a España como gran potencia siguiendo una estrategia nacida con los Valois. La invasión napoleónica arruinó y dividió a España mientras que Inglaterra el peor aliado posible, cumplía su anhelo de adueñarse económicamente del imperio hispano.
Desde aquella invasión, España no ha dejado de ser un satélite político y cultural de Francia e Inglaterra, con la única excepción de los 40 años del franquismo.
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Personajes de novela
Ayer en el programa de Luis del Pino de Es-radio, comenté algo sobre la chanchullo entre los dos pollos, Carvajal y el Doctor, para impedir o aplazar indefinidamente la extradición del primero. El Pollo Doctor es un estafador profesional, como le ha definido con acierto Abascal, se conoce todas las mañas y no cesa de emplearlas, como cuando se reparte papeles con Podemos, para que los analistas se dediquen a lucubrar todo el día sobre discrepancias entre ellos, en todo caso insignificantes políticamente, pues su estrategia es la misma. Pero bueno, bien está denunciar estas cosas, por lo que puedan influir, aun si sabemos que no es gran cosa. La gran cuestión es doble: ¿cómo ha podido llegarse a estos extremos de degradación de la democracia y cómo podría el país librarse de los canallas corruptos que, no por casualidad, son todos ensañados enemigos de Franco, es decir, de la continuidad histórica de España.
Con respecto al franquismo, me pregunta un amigo si he querido reflejar en las dos novelas aquella época y si creo haberlo conseguido. La respuesta es no. Cualquier época tiene tal diversidad de acciones y oraciones que nadie podría reflejarla por entero, así que hay que elegir. Para definir la actual, ¿hay que recurrir a la corrupción de los políticos, a la degradación de la universidad, a los que resisten a todo ello, a los intelectuales y jueces contentos con la situación, a los que actúan contra ella, a la degradación sexual y familiar…? No puede entrar todo junto y en el mismo plano. Y la literatura queda muy contaminada si se la politiza, como es tan habitual. Los personajes de Gritos y golpes o los de los perros verdes obran en un escenario histórico bien definido, pero sus actos, ideas y preocupaciones van más allá. Son, en todo caso, personajes poco o nada tópicos, no se dejan llevar por la corriente, aceptando un coste personal muy alto en la primera, mucho menor en la segunda, en la que todo está por llegar. Ya he dicho que mi inspiración, por llamarla así, está en el tipo de personas entre aventureras y reflexivas, incluso al margen de la ley o contra ella, presentadas en La noche quedó atrás y en El enamorado de la Osa mayor. La primera es una autobiografía novelada, y la segunda una novela con algunos toques autobiográficos. Este tipo de personajes y situaciones apenas aparece en la literatura española, y cuando lo hace creo que se resuelve mal.
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Trento y el inviable protestantismo
Más allá de los intereses políticos, lo que estaba en juego en Trento era una redefinición de la doctrina tradicional, puesta en jaque por Lutero y Calvino. Carlos V había precisado gran parte del problema al señalar que si Lutero tuviera razón, la Iglesia llevaría más de mil años equivocada. Y equivocada en la médula misma de la doctrina, lo que equivalía a decir que la Iglesia nunca había sido en realidad cristiana. Por lo tanto, el cristianismo auténtico estaría renaciendo entonces con Lutero, a partir de la doctrina de San Pablo, que habría sido traicionada y falsificada por el “papismo” desde muy pronto. Proponía, pues, un revolucionario Renacimiento religioso, en oposición al Renacimiento humanista: el Renacimiento de la fe, instrumento de salvación, contra el Renacimiento de la razón, arma de Satanás para perder al hombre. El conflicto alteraba las ideas más decisivas sobre la condición humana.
Ya vimos algunas dificultades de la doctrina nueva o renovada: el pecado original habría hundido al ser humano hasta hacerle incapaz de valorar las obras buenas y las malas, lo cual disolvía el fundamento de la moral como normalmente se entiende. Sin el valor de las obras, la salvación o condenación solo podrían depender de la voluntad de Dios, la cual, por gracia gratuita, habría predestinado desde la eternidad a unos a salvarse y a otros a condenarse. Pero ¿cómo sabría alguien a qué estaba predestinado?: mediante la fe en Cristo. Solo que recurrir a esa fe empujaba a un escollo mayor: resultaba imposible saber con claridad quiénes estaban en cada caso, pues la fe no pasaba de ser un sentimiento subjetivo, que por muy intenso que fuera no bastaba para conocer un designio divino muy por encima de las facultades humanas. El ataque a la moral seguía así otro frente: si solo la predestinación divina contaba, el libre albedrío resultaba una ilusión tan grande como el valor de las obras, y sin libre albedrío no existe responsabilidad moral. Falto de esa responsabilidad y de conocimiento suficiente de la voluntad de Dios, la fe se convertía en una esperanza angustiada girando en el vacío de la ignorancia. Claro que quienes lograsen superar su angustia autoconvenciéndose por fe de estar entre los elegidos, podrían permitirse todos los crímenes.
Con todo, el creyente podía aferrarse a algo sólido en principio: las Escrituras, la Palabra de Dios revelada. Pero su concepción como Sola Scriptura traía consigo tres nuevos problemas: ¿cómo cualquiera, “patán” o persona docta, podía interpretar la revelación de Dios de modos distintos, incluso contrarios? Pues el hecho real es que tanto el judaísmo como el cristianismo habían producido un inmenso esfuerzo de interpretación, como si la palabra de Dios se prestase a equívocos. Y si la interpretación debía ser personal, pues Dios estaría hablando a la conciencia de cada uno a través de la Biblia, esa multiplicidad interpretativa ¿no impediría al cristianismo entenderse como una doctrina coherente capaz de orientar a todos? En fin, la exclusión del magisterio tradicional de la Iglesia, ¿no llevaba necesariamente a disolver el cristianismo en multitud de grupos religiosos, a menudo enfrentados entre sí, y unidos solo por la común oposición al papado?
Existían otras dificultades en el Renacimiento protestante, pero las mencionadas bastan para entender su imposibilidad para sostener una sociedad cualquiera. Por lo que la pregunta es: ¿cómo, siendo así, han funcionado los estados protestantes? La respuesta es: porque nunca se han aplicado sus doctrinas. Resulta imposible prescindir de las obras para sostener la moral y la ley. El mismo Lutero las tenía en cuenta inevitablemente, como cuando aconsejaba a los “apreciables señores” matar cuantos campesinos estuvieran a su alcance, porque “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. Obviamente matar y rezar no dejaban de ser obras, en este caso piadosas. Por lo demás, las leyes normales en los países protestantes funcionaban sin duda valorando las obras y el libre albedrío ligado a ellas, sobre todo en relación con los disidentes, empezando por los católicos. Las religiones de estado a que dio lugar el protestantismo son otra muestra de hasta qué punto la práctica negaba la interpretación personal de la Biblia.
Parece posible ver en Lutero el origen, o uno de los orígenes, de las ideologías que desde el siglo XVIII atacaban al catolicismo apoyándose, paradójicamente, en la razón: el pecado original no pasaría de ser un cuento irracional, invocado con propósitos perversos, pues el ser humano era por naturaleza bueno, si bien perturbado por “la sociedad”, la religión, el capital etc. Esta concepción de base, explícita o implícita, destruye el fundamento de la moral, como en el caso del protestantismo, aunque por la vía opuesta. Lo cual induce, por una nueva contradicción, a negar el sentido de la vida humana en el nihilismo.
La oposición de España al protestantismo no obedecía solo a razones políticas, sino a que la nueva doctrina chocaba con la tradición intelectual hispana. Creo significativo el dato de que las dos grandes órdenes de origen español, la dominica y la jesuita, surgieran en defensa del papado concebido como garante de la unidad religiosa internacional y en oposición intelectual a las doctrinas cátara y protestante respectivamente, la primera con una moral de suicidio social, y la segunda destructora de los fundamentos de la moral, e implícitamente nihilista.
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*Este mes han llegado a Una hora con la historia los impuestos (830 euros) que han dejado la cuenta casi vacía. El bache se ha salvado gracias a dos generosas contribuciones de 1.000 y 500 euros respectivamente, que apreciamos de manera muy especial. Pero esta no puede ser la forma corriente de funcionar, por lo que insistimos en la campaña de 300 por 10, trescientos oyentes que aporten cada mes diez euros a la cuenta del BBVA que se expone en los vídeos de youtube. Ello daría suficiente continuidad a un programa que nada tiene que ver con los chiringuitos pagados con dinero público, es decir, a los que un gobierno ilegítimo nos obliga a pagar a todos.
*No tengo la menor idea de ruso, que según me dicen es un idioma difícil para los hispanos. Por eso me ha sorprendido que una española se atreva a dar clases de ese idioma en youtube. No es que piense seguirlas, a mi edad, pero no resulta habitual: ¡Las letras В y Ф! ¿Cómo se pronuncian en ruso? – YouTube







