¿Qué cambiará el coronavirus?
Especulan muchos sobre los cambios que traerán consigo las medidas contra la peste actual. Unos creen que provocará un profundo cambio económico, social y político planetario; otros prevén transformaciones de fondo, pero no tanto, y hay quienes creen que la vida volverá poco a poco a la “normalidad”, es decir, a una situación muy parecida a la actual. Pocos tienen en cuenta la posible radicalización de la gente ante el semiderrumbe económico que afectará a muchos países, entre ellos España, uno de cuyos puntales económicos, el turismo, quedará tremendamente afectado, al menos por un año. Oigo decir que la economía expulsará al Doctor, como expulsó al ZP. Eso no es forzosamente así. Además, la crisis económica también impulsó a Podemos, la radicalización ultraizquierdista del PSOE y los separatismos, no debe perderse de vista.
Quizá el precedente de la Peste Negra en el siglo XIV nos dé alguna orientación:
”Una calamidad tan exterminad0ra hubo de tener efectos ideológicos y económicos profundos. Aún más que cuando la Gran Hambruna europea, creció la desconfianza hacia los poderes seculares y el Papado, incapaz este de explicar la razón de tan terrible castigo; se popularizaron las “danzas macabras” o de la muerte y cundieron movimientos heréticos, místicos y reformistas. Se agilizó la promoción social y surgió una nueva capa nobiliaria. Las oligarquías, por compensar la reducción de sus ingresos, impusieron mayores cargas a los campesinos, ocasionando revueltas. La caída de la mano de obra estimuló la innovación técnica; también la guerra, con el empleo de armas de fuego. Se ha supuesto que los marcos políticos y culturales saltaron, causando una reestructuración social y cultural, preludio del Humanismo (que solo ocurrió en Italia) y hasta del Renacimiento, pero la ruptura no debe exagerarse. Las instituciones, desde la Iglesia a los estados y las relaciones señoriales, aun quebrantadas, resistieron, y Europa permaneció católica.
Tampoco cesaron las guerras, que se hicieron más amplias y violentas. Así entre las ricas ciudades de la Liga Hanseática y Dinamarca, entre eslavos y la Orden Teutónica, de franceses y otros contra los turcos, que ya habían puesto pie en los Balcanes y Bulgaria, dejando a Constantinopla casi encerrada . La contienda más dura y larga fue la de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, con repercusión sobre España”
(de Nueva historia de España)
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Portugal y España: ¿Dictadura o revolución?
Como detalla José Luís Andrade en sus dos libros citados, el gran dilema político, tanto en España como en Portugal desde el último tercio del siglo XIX se centraba entre una supuesta democracia convulsa y revolucionaria, y una dictadura, originariamente militar. En los dos países los movimientos revolucionarios autodenominados democráticos trajeron un gran desorden, violencias, peleas internas y charlatanería basadas en una idea de que la democracia era el poder del pueblo, y que el pueblo lo constituían o representaban cada una de las facciones enfrentadas. Quizá nadie acertó a expresarlo mejor que Azaña, indignado con los suyos: “política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín sin ninguna idea alta”. En la I República lo había expresado más concisamente su primer presidente, Figueras: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”. En Portugal, la república de 1910 vino a ser algo parecido, en particular con el Partido Democrático, la “dictadura de la calle”, las milicias Formiga Branca y la intervención subversiva de carbonarios y masones. El asesinato de Sidonio Pais rompió una posible corrección de las demagogias, que a continuación empeoraron.
Todo lo cual se complicó, después del triunfo bolchevique en Rusia, con movimientos dichos “obreros” aún más radicalizados e inspirados en el marxismo o el anarquismo, ambas doctrinas de la guerra civil por naturaleza. El resultado en Portugal fue el golpe militar de 1926, en el cual impuso cierto orden financiero Oliveira Salazar, que seis años después, ya como jefe del gobierno, puso en pie el Estado Novo, que desde luego garantizó una época de mucha mayor estabilidad, aunque siempre tuvo que enfrentarse al golpismo revolucionario. La evolución en España tuvo bastantes semejanzas: el régimen liberal de la Restauración llegó a un callejón sin salida en 1923, bajo la presión del terrorismo anarquista, de unos separatismos en pleno auge, de las huelgas revolucionarias y de los desastres en la guerra de Marruecos. La solución fue el golpe militar de Primo de Rivera, acogido con satisfacción por casi todo el mundo, y que con gran rapidez curó los tres males de la Restauración, verdaderos cánceres: el terrorismo, la guerra de Marruecos y las audacias separatistas, al tiempo que el país vivió los seis años de mayor prosperidad desde la invasión napoleónica. Y todo ello con amplias libertades personales y políticas y hasta con la colaboración del PSOE, que hasta entonces había sido precisamente uno de aquellos cánceres. Los resultados del Estado Novo no fueron tan brillantes, pero sí más duraderos.
En la caída de Primo de Rivera tuvieron gran peso la acción del rey, que le había apoyado al principio, y la actitud de unos intelectuales que antes habían querido meter a España en la I Guerra Mundial y que, seducidos por un concepto abstracto de libertad o democracia, despreciaban los grandes logros de la blanda dictadura de Primo de Rivera y se ponían nuevamente en plan revolucionario, ilusionados con una república o concepto de ella tan “humoso” como su europeísmo.
En su libro, Ditadura ou revoluçao? A verdadeira história do dilema ibérico nos anos decisivos de 1926-1936 José Luís Andrade va explicando con lujo de detalles esta evolución en los dos países. La II República española resultó un caos que Azaña pretendió extender al vecino país apoyando conspiraciones y violencias contra el salazarismo, con la idea de llegar a una unión política, un episodio poco conocido del gran público. En estas conspiraciones actuaron como intermediarios el industrial Horacio Echevarrieta y el escritor mejicano Martín Luis Guzmán. El primero, afecto a Prieto, también colaboró en el alijo de armas del Turquesa en preparación de la guerra civil planeada por el PSOE en 1934. Guzmán, admirador y colaborador de Pancho Villa, exiliado luego, fue el hombre de mano de Azaña en otros asuntos, como el intento de formar un grupo periodístico afecto al jefe republicano español.
Hay dos diferencias importantes en la evolución de los dos países: en Portugal no cuajaron los racismos que dieron forma a los separatismos españoles, y allí, una vez derrocada la monarquía, esta dejó de ser una cuestión política de importancia. Como dijo el ideólogo del PSOE Araquistáin, “En el siglo XX, cuando una monarquía cae, ya no vuelve”. España sería la excepción, por obra de Franco. El cual, no obstante, tomó buena nota de la experiencia de Primo de rivera y luego de Mussolini: mientras él viviera, ningún rey conspiraría contra él. Fue sin duda uno de sus aciertos políticos.
Queda también la cuestión de por qué los liberales y demócratas en los dos países han sido tan demagogos, inoperantes y violentos. Probablemente viene ello de un error intelectual de fondo sobre el poder y la democracia, que sería muy útil analizar.
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El marco y enfoque de la Guerra de Independencia
Desde luego, el nombre de aquella guerra ya indica cierta confusión, porque España no ganó, sino que defendió su muy vieja independencia, y su resultado fue precisamente una pérdida considerable de ella, al quedar el país excesivamente supeditado a Inglaterra , luego también a Francia, por obra de unas “élites” que demostraron tener muy poco de tales, si por tal concepto entendemos minorías selectas en el poder. Los ingleses intervinieron en aquella contienda, que para ellos es la “guerra peninsular”, atribuyéndose el papel principal, con los propios españoles como auxiliares, a menudo anárquicos y contraproducentes. Esta versión es apoyada hoy no solo por historiadores anglómanos de la escuela de R. Carr, sino que también ha calado en medios militares, donde la anglomanía se ha extendido mucho.
Creo que para enfocar debidamente aquel conflicto pueden ser útiles los puntos siguientes:
1. En España, al revés que en el resto de Europa, hubo una poderosa reacción popular contra la invasión francesa.
2. La reacción popular se manifestó en un nuevo tipo de guerra, la de guerrillas, que en su tiempo impresionó a todo el continente, y en el hecho de que el ejército continuara luchando una y otra vez, pese a las derrotas.
3. La lucha de los españoles impidió a los franceses dominar el territorio y coordinarse adecuadamente, lo que a su vez permitió a Wellington mantenerse en Lisboa hasta que las condiciones generales mejorasen
4. La mejora definitiva llegó cuando Napoleón fue derrotado en Rusia. La importancia de esa derrota, no por indirecta dejó de resultar decisiva para España.
5. Los ingleses fueron unos aliados muy poco fiables: aparte de sus desmanes, al mismo tiempo que ayudaban en España tramaban todo tipo de maniobras para destruir el Imperio español y reducir a la nación a una posición subordinada.
6. Era natural que Wellington mandase a los portugueses, después de todo Portugal no dejaba de ser un satélite inglés, que debía ser protegido. Solo el notable servilismo de Cádiz hizo que le otorgaran el mando supremo, lo que satelizó España a Londres, situación que en buena medida persistiría después de la guerra. La “ayuda” inglesa derivó a la pérdida del imperio y la continua injerencia inglesa en la política española.
7. De haber limitado al ejército angloportugués a un papel auxiliar en España, sin dar a Wellington el protagonismo máximo, el desenlace habría sido el mismo, sobre todo después de Rusia.
8. Cabría añadir que el doble servilismo de los afrancesados y de los anglómanos decidió para España su siglo de mayor decadencia.






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