Una hora con la Historia: Cómo empezó la guerra civil:
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El siglo I después de Cristo fue una segunda gran época de la cultura latina, llamada Edad de Plata. Y un rasgo de ella fue la abundancia de escritores y artistas hispanos: el ingenioso satírico Marcial, el gran pedagogo Quintiliano, el poeta épico Lucano, el geógrafo Pomponio Mela, el tratadista agrario Columela, entre bastantes otros menos conocidos. Y sobre todo Séneca el Joven, quizá el filósofo más destacado de Roma, cuyos ecos llegan hasta hoy, desarrolló con cierta originalidad el estoicismo griego. Como estoico se le ha estimado próximo al cristianismo o bien “típicamente español”, exagerando bastante. Era típicamente romano: “Lo que la vida tiene de mejor es que no obliga a nadie a sufrirla. El sabio vive cuanto debe, no cuanto puede”, es decir, defiende el suicidio: quien sabe morir no será esclavo. Claro que tanto en el cristianismo como en la tradición española es clara una veta estoica, sin ser única ni definitoria y también existe en otras culturas nacionales. Séneca tendía a un monoteísmo sin oraciones ni súplicas: Dios –“alma del universo, accesible al pensamiento y no a la vista”– protege al hombre sin necesidad de ellas y al hombre sabio le basta obrar conforme a la razón
Estos personajes provenían de diversas regiones de Hispania, prueba de su alto grado de latinización y civilización. Plinio el Joven valoraría a Hispania como la “nación” más insigne después de Italia, por su lustre económico e intelectual. Desde luego, los autores hispanos se sentían ante todo romanos, pero también manifestaban cierto patriotismo por su origen. Un poema de Marcial cantaba a Hispania : “La elocuente Córdoba habla de sus dos Sénecas y del singular Lucano; se recrea la jocosa Gades en su Canio; Mérida con su querido Deciano; nuestra Bílbilis se gloriará contigo Liciniano, y no callará sobre mí”. Los hispanos formaban en Roma grupos de afinidad, como los judíos, galos griegos etc. Cuando Marcial marchó a Roma buscó la protección de Séneca y Lucano y después del trágico fin de estos, se dirigió a Quintiliano. Los hispanos llegaron a formar un clan en las más altas esferas.
También el cristianismo en Hispania, en tiempos de Roma dio escritores relevantes como Juvenco, Prudencio, Egeria, Prisciliano u Orosio. En Orosio, teólogo e historiador galaico, el orgullo por Roma no elimina el de las gestas hispanas: “¿Por qué, romanos reivindicáis sin razón los grandes títulos de justos, fieles, fuertes y misericordiosos? Aprended más bien esas virtudes de los numantinos”. Caída Numancia, los romanos “ni siquiera se consideraron vencedores ni vieron razón para conceder el triunfo”. O vituperaba “el loco temor de los romanos”: ”En cuanto veían a un hispano, sobre todo si era enemigo, se daban a la fuga, sintiéndose vencidos antes de ser vistos”. Etc.
Pretender, como Américo Castro, que Séneca y los demás no tenían nada de españoles cuando compartían la raíz y base cultural y cierto orgullo patriótico, nos asombraría si no lo estuviéramos desde el principio con los separatistas y demás.
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La caída de Roma trajo consigo, aparte de los daños físicos y humanos más inmediatos, la destrucción o ruina de multitud de bibliotecas, librerías, escuelas, obras de arte y edificio espléndidos. La catástrofe pudo haber originado un largo periodo de barbarie, incluso con el abandono de la escritura. Si no fue así, se debió a la labor de los monjes en sus monasterios y de las escuelas fundadas por ellos o por los obispos. Por eso aquella época, Alta Edad Media, pues ser llamada también Edad de las invasiones o de los monasterios o, aquí, de Supervivencia.
En España, la estabilización de Leovigildo y Recaredo en el siglo VI originó un nuevo auge intelectual. Su máximo exponente, Isidoro de Sevilla, escribió la mencionada Laus Spaniae, expresión de júbilo y optimismo por el “matrimonio” de hispanorromanos y godos que consagraba la nueva nación. Su obra mayor, las Etimologías, sería durante siglos una de las más reproducidas en los monasterios de toda Europa. En ella trataba de reunir los saberes de la Antigüedad, perdidos en la catástrofe, y debía mucho a los escritos hoy perdidos de M. T. Varrón, otro gran compilador romano de los saberes antiguos. Las Etimologías constituyen la primera enciclopedia del mundo occidental, y recupera las materias de la enseñanza europea durante siglo, el trívium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (música, aritmética, geometría y astronomía).
El pensamiento político de Isidoro conjuga la independencia de la Iglesia respecto al poder político y la colaboración con este para evitar la tiranía, negando legitimidad a un rey déspota. Ya vimos como la institución de los concilios, de función religiosa y política, son una institución única y en cierto modo precursora de los parlamentos. Isidoro fue uno de los intelectuales más relevantes de su tiempo y el primero o uno de los primeros en la larga lista del pensamiento europeo contra la tiranía. Por presión suya, el IV concilio de Toledo exigió a los obispos la creación de escuelas y seminarios. Su amigo Braulio, obispo de Zaragoza, también escritor y poeta, lo estimó como elegido de Dios para salvar a España de la marea de barbarie.
Isidoro no fue un caso aislado ni su Sevilla una isla de cultura en un mar de ignorancia. Otros intelectuales relevantes trabajaban en Toledo, Zaragoza o Braga, como Braulio, Tajón, Ildefonso, Eugenio o el historiador Juan, fundador del monasterio de Bíclaro en Tarragona, autores de obras históricas, poéticas y teológicas. El propio Isidoro tuvo tres hermanos destacados en el plano intelectual y político: Leandro, Fulgencio y Florentina. El primero tuvo un gran papel en el abandono del arrianismo y fundó en Sevilla la biblioteca quizá mejor del occidente, visitada desde otros países. Florentina fundó numerosos monasterios y Fulgencio destacó en el comentario de las Escrituras.
Así, al tiempo que nace España como nación se van superando los peores efectos de la “espantosa revolución”, del fin del imperio romano de Occidente.
Puesto que el franquismo no derrocó a ninguna democracia ni tuvo oposición de ese género, y tampoco consiguió estabilizar un sistema político de nuevo tipo, no tenía por qué ser imposible una evolución hacia un sistema de libertades políticas, partidos abiertos y elecciones, con división de poderes, que es lo que normalmente entendemos por democracia. La única cuestión consistía en si esa democracia reproduciría la experiencia enferma de la república o se asentaría firmemente sobre los logros del régimen anterior permitiendo la convivencia en paz y libertad. Esta era la vía reformista (aunque la reforma fuera profunda) propuesta desde el régimen por personalidades como Torcuato Fernández Miranda o Fraga, y que seguramente estaba en la mente de Carrero Blanco o del propio Franco. La solución tenía la gran ventaja de evitar saltos históricos peligrosos.
La alternativa contraria sería una democracia que brincase por encima de cuarenta años excepcionalmente fructíferos para enlazar con la supuesta legitimidad de la república o, peor aún, del Frente Popular, años excepcionalmente desastrosos. Y aunque suene increíble, se formó enseguida una oposición “rupturista” que quería precisamente esto último, identificándose con los vencidos de la guerra civil y confundiendo además el Frente Popular con la república. Y con la mayor terquedad emprendió campañas de descrédito contra el régimen anterior, desvirtuó el significado de la guerra y presentó a la república y al frente popular (que en la práctica la destruyó) como modelos de libertad y cultura. Una tergiversación tan descarada de la historia no habría podido prosperar sin la actitud de la Iglesia, proclive a la complacencia con quienes casi la habían exterminado, y sin el desconcierto de los políticos franquistas y el olvido del pasado preconizado por muchos bienintencionados aparentes.
A favor de la falsificación pesaban estados de Europa occidental que, al contrario que España, debían su democracia y prosperidad al ejército y finanzas useños, no a sí mismos, y sin embargo adoptaban una pose “protectora” y de superioridad moral un tanto grotesca. Algunos de esos Estados habían apoyado el terrorismo etarra y diversas maniobras comunistas contra España, quizá por la deuda que también habían contraído con Stalin. No solo los antifranquistas que de pronto surgían por todas partes, sino la mayoría de los provenientes del franquismo aceptaban aquella superioridad moral, política e histórica de los autonombrados tutores del proceso español. El “europeísmo” se asentaba, una vez más, en el desprestigio de España y en un arrobo ignaro hacia lo que llamaban Europa.
El conflicto reformismo-rupturismo se dirimió a lo largo del año 1976, siguiente al fallecimiento de Franco. Los rupturistas, agrupados en torno a los marxistas del PCE o del PSOE, siguieron la tradición del Frente Popular, es decir, se presentaban como demócratas (Junta y Plataforma “democráticas), agrupando desde maoístas partidarios de la lucha armada hasta carlistas, católicos “avanzados”, separatistas y personajes o intelectuales variopintos, en un nuevo frente popular embrionario. Los políticos del franquismo, siguiendo la línea de Torcuato Fernández Miranda, lograron el apoyo de las Cortes para la transición y plantearon un referéndum popular al efecto “de la ley a la ley”. Los rupturistas maniobraron en contra con intensas campañas de agitación y manifestaciones, intentaron una huelga general (revolucionaria en su concepción) que fracasó, y pidieron el boicot al referéndum previsto para diciembre de 1976. Estos episodios, olvidados o minusvalorados en muchos relatos de la transición, tienen sin embargo máxima relevancia histórica, porque revelan que la oposición al franquismo no había aprendido nada del pasado, sino que se había inventado su propia historia de “demócratas contra fascistas” y similares.
La realidad se impuso cuando el referéndum decidió, por abrumadora mayoría, la democratización de la ley a la ley, es decir, desde y no contra el franquismo, y sí contra la ruptura; y descartando a los grupos que creían posible mantener el régimen anterior tal cual (el franquismo, lejos de ser un régimen monolítico y rígido, había ido cambiando pragmática y flexiblemente desde la guerra; y tras el Vaticano II, su subsistencia dependía de la personalidad sin repuesto de Franco y de sus éxitos económicos, que le encaminaban también a una democracia más o menos al estilo eurooccidental). Cabe decir que se votó una democracia franquista, es decir, respetuosa con el régimen anterior y deseosa de aprovechar sus avances. La razón de fondo de la preferencia popular se encuentra en la memoria aún fresca del pasado reciente y sus logros, más impresionantes para quienes habían conocido la república. El ambiente social rechazaba aventuras alucinadas como las soñadas por los rupturistas.
El referéndum demostró a los amigos de Marx y de la disgregación de España que les quedaba aún mucho tiempo para convencer a la mayoría de las bondades de sus políticas. Pero se pusieron tenazmente a la labor. Les favoreció el hecho de que a pesar de su éxito inicial, la transición quedó en manos de Suárez, un líder peculiarmente inculto, y de sectores deseosos de ser reconocidos como demócratas a base de inhibirse en las campañas antifranquistas para terminar sumándose a ellas. Una Constitución menos votada que el referéndum abonó algunas de las tesis frentepopulistas, introduciendo peligros a largo plazo, denunciados por personajes tan diversos como Julián Marías, Blas Piñar o Torcuato, verdadero autor de la salida “de la ley a la ley”.
La política errática y seudoizquierdista de Suárez condujo a la desintegración de su partido y provocó una crisis que se intentó resolver mediante el llamado golpe del 23-f, en el que, según muchos indicios, estaban complicadas las instituciones más altas y los partidos principales. Pero la democracia, bastante dañada, continuó. Era posible en principio corregir sus serios errores, que dañaban el estado de derecho en negociaciones con el terrorismo, convirtiendo a este, implícitamente, en un modo aceptado de hacer política, mientras los separatismos prosperaban con aliento y financiación de los gobiernos, fueran de derechas o de izquierdas. Por otra parte, lo que unos políticos ignorantes llamaban “entrada en Europa” se materializaba en una inconstitucional entrega de soberanía a la burocracia de Bruselas y a la OTAN, acompañada de una auténtica colonización cultural por el inglés. Todo ello en medio de un antifranquismo que extrañamente crecía conforme más lejano quedaba aquel régimen y cuanta menos oposición a Franco habían hecho los nuevos “demócratas”.
El proceso lo culminó el PSOE llegado al poder después del oscuro atentado del 11 de marzo de 2004. Entonces cuajó la previa falsificación del pasado en una “ley de memoria histórica”, no solo insostenible en los hechos, sino totalitaria al estilo norcoreano o castrista. Y vino el rescate de una ETA prácticamente en la ruina, para rehabilitarla como potencia política. Siguieron leyes antijurídicas y antidemocráticas “de género”, otorgamiento solapado de soberanía al parlamento catalán y a los separatismos vascos, etc. Esta reedición de políticas tipo frente popular ha anulado en gran medida la obra del franquismo superadora de la herencia del 98, ha impuesto la ruptura fracasada en 1976, ha desvirtuado la democracia y suscitado nuevamente los odios de la república, amenazando seriamente la libertad y la propia integridad nacional. El fracaso económico del gobierno socialista trajo uno del PP, también “antifranquista”, cuya labor ha consistido en mantener y en algunos casos profundizar, las políticas del PSOE, llevando al país a un verdadero golpe de estado permanente desde 2017. Es imprescindible conocer el pasado para percatarse de los retos que nos plantea el presente y superarlos de nuevo. Pues “un pueblo que ignora su pasado se condena a repetirlo”
Sobre la democracia, si en la guerra civil fue una cuestión ausente, también lo fue durante el franquismo, el cual tuvo oposición comunista y/ o terrorista, pero no democrática, porque la mayoría del pueblo identificaba la democracia con el violento caos separatista-totalitario recién vivido. Y tampoco las democracias extranjeras se hicieron populares tras la II Guerra Mundial, al aliarse con los gobiernos comunistas y dictaduras varias para aislar a España. Medida doblemente criminal, porque intentaba castigar a un país que no había intervenido en aquella conflagración; y porque el castigo implicaba hambre masiva. Por fortuna, la hábil diplomacia franquista evitó la hambruna y derrotó el aislamiento, ingresando en la ONU en 1955, hasta con voto de Moscú.
Las democracias no funcionan en sociedades como la II República, de pobreza creciente e intensos odios sociales. En España no podría funcionar mientras no se superasen aquellas lacras que la hicieron inviable en los años 30. Los odios pronto fueron olvidados mayoritariamente, como comprobó el maquis al no arraigar en el pueblo por mucho que invocase la democracia y no el comunismo. Pero superar las duras circunstancias económicas requeriría más tiempo. Otra condición para una democracia sería que los partidos del Frente Popular desapareciesen o cambiasen de orientación después de la experiencia pasada,;y de esto no había el menor síntoma.
A la popularidad de Franco contribuyó mucho su abstención en la II Guerra Mundial, que ahorró al país ríos de sangre. La neutralidad hispana en las dos guerras gigantes del siglo XX son seguramente los mejores logros en la política internacional española desde el 98. Por sí misma, esa neutralidad revela la especial posición de España en Europa.
En cuanto a las libertades, el poder autoritario de Franco restringió las de expresión y asociación para los afines al Frente Popular (no para las “familias” del régimen, claro), y persiguió sobre todo a los comunistas, únicos que siguieron luchando realmente contra el franquismo. La represión bajó con rapidez conforme el PCE renunció al terrorismo una vez derrotado su “maquis”. El número de presos políticos –prácticamente ninguno demócrata—fue muy escaso. En las amnistías de la transición sumaban en torno a 300 para un país de 36 millones de habitantes, prueba de su escaso arraigo. El régimen tenía una policía política, la Brigada Político-Social (BPS), y es significativo que sus archivos, de indudable valor histórico, fueran destruidos por los sedicentes demócratas durante el primer gobierno del PSOE (cuya oposición a Franco fue insignificante).
El franquismo intentó asentar un sistema de nuevo tipo, ni fascista ni demoliberal, apoyado básicamente en la doctrina de la Iglesia con algunos ingredientes sociales de corte falangista. Este proyecto naufragó con el Concilio Vaticano II de los años 60, que no solo divorció a la Iglesia del régimen negando la confesionalidad, sino que lo hostigó y dio apoyo a comunistas, separatistas, terroristas de la ETA… El franquismo quedó sin su principal raíz ideológica ni otro futuro que una evolución hacia una democracia liberal, que preparaban varios de sus dirigentes y ocurriría tras la muerte de Franco.
Por otra parte, a falta de oposición democrática interna, el régimen debió afrontar la hostilidad de diversas democracias de Europa occidental, países en los que colaboración con los ocupantes nazis había superado bastante a la resistencia; y que no se debían sus libertades ni su prosperidad a sí mismos, sino a la intervención militar useña y a la ayuda económica posterior. E indirectamente a Stalin, sin cuyas victorias sobre Alemania habría sido imposible el célebre desembarco en Normandía. España, libre de tales deudas, constituía una excepción en Europa, y por ello objeto de repulsa.
Desde la invasión napoleónica España había perdido casi toda influencia exterior y, salvo en la guerra civil de 1936, había suscitado más bien un interés pintoresco o folclórico. En cambio con Franco recobró cierto peso en el mundo. Su victoria debía haberla agradecido toda Europa, pues la libró de verse entre un régimen comunista en el este y otro en el oeste. Después, en la guerra mundial, su neutralidad, buscada con ansiedad por Londres, benefició mucho más a los anglosajones que a los alemanes; y salvó a una parte del continente de la carga moral de las atrocidades perpetradas por todos los bandos (nazis, soviéticos y anglosajones), mucho peores que las de la guerra española. Franco previó la quiebra de la alianza entre Usa y Stalin, la llamada guerra fría, en la que España sirvió de retaguardia sólida frente al expansionismo soviético. Rompiendo la neutralidad anterior, suscribió pactos y cedió bases a Usa como mayor potencia anticomunista. Su tenaz política independiente con Hispanoamérica y países árabes le permitió doblegar el aislamiento, fomentar una línea de hispanidad, rechazar peticiones useñas de ayuda en Vietnam o derrotar en la ONU, sobre Gibraltar, a una Inglaterra apoyada por los países eurooccidentales. La propia hostilidad de estos países revela la importancia adquirida por España en aquel tiempo.
Cabe señalar una salud social superior a cualquier otro país europeo, medida por índices de delincuencia, población penal, suicidios, drogadicción, fracaso familiar, alcoholismo juvenil, etc.
Todo ello obliga a revisar las opiniones generalmente vertidas sobre el franquismo. Sí puede afirmarse que superó, en líneas generales, la herencia del 98 y la más antigua de la invasión francesa e hizo posible una democracia no convulsa. Sin embargo la cuestión es más complicada, como veremos.
Vuelve “Una hora con la Historia” en Radio Ya (digital) a partir de este sábado a las 20,00. Se reproducirá los lunes de 16.00 a 17.00 y los martes de 2 a 3 de la noche. También estará en YouTube y el podcast. Recordamos que es un programa dedicado a combatir la memoria histórica en lo que tiene de falseamiento de la realidad y de imposición totalitaria. Y que para ser eficaz precisa de la colaboración de sus oyentes difundiéndola y colaborando económicamente en la siguiente cuenta: ES09 0182 1364 3302 0154 3346
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Muchos han interpretado la guerra civil como un golpe militar y reaccionario o fascista contra una democracia, cargando las tintas sobre los asesinatos atribuidos a los alzados. Esa versión procede fundamentalmente de la propaganda comunista, y ha sido aceptada, asombrosamente, por buena o mala parte de la derecha. Desde tal enfoque alzarse contra un gobierno de derecha elegido por mayoría, como en el 34, sería un ejercicio de democracia; unas elecciones demostradamente fraudulentas son democráticas; y sería otro ejercicio de democracia incendiar y asesinar sin tasa.
Dado que la incesante campaña propagandística se centra en las víctimas, debe reconocerse que las izquierdas se mostraron superiores en la propaganda de guerra, inventando la inexistente matanza de la plaza de toros de Badajoz, exagerando sin tasa sobre el bombardeo de Guernica, etc. Y esa propaganda continúa hoy achacando a los nacionales una represión genocida, cuando el único genocidio real fue la persecución religiosa. Al tratar estas cuestiones deben recordarse las propagandas totalitarias del siglo XX, tan efectivas en crear odios e histerias, y hoy nuevamente amenazantes.
Señalemos, de entrada que en toda guerra cae gente de un lado y de otro. ¿Cuál fue su número? Los más de cien mil “desaparecidos enterrados en cunetas” son pura propaganda del odio, negocio infame con dinero que nos obligan a pagar a todos. Hubo, claro está, fusilamientos regulares e irregulares, con cifras parecidas en los dos bandos (unas 60.000), según prueban los estudios de R., Salas Larrazábal, A. D. Martín Rubio y otros ajenos a la propaganda; con mayor intensidad en el Frente Popular al afectar a un territorio menor. El terror mutuo tuvo algunas diferencias. La grave responsabilidad de haberlo iniciado, ya al comienzo de la república, recae sobre las izquierdas. Terror agravado en la insurrección de octubre del 34 y después de las elecciones del 36. El terror contrario, y esto importa mucho, fue de respuesta. También el del Frente Popular se distinguió por un mayor ensañamiento y sadismo.
De los fusilados de posguerra se han dado cifras entre 200.000 y 80.000, al gusto de autores. Hoy se están investigando los archivos de las sentencias de muerte: entre 25.000 y 30.000, casi todas por graves delitos de sangre, y la mitad conmutadas a una cadena perpetua que no solía pasar de seis años.
Al explotar la emocionalidad en torno a las víctimas, la versión propagandística de la historia busca ocultar cuestiones más decisivas, sin las cuales no puede entenderse el fondo de aquel conflicto: ¿qué se dirimía en la lucha y qué carácter tenía cada bando? En las elecciones de febrero del 36 se impuso el Frente Popular mediante el fraude, un auténtico golpe de estado seguido de la destrucción total de la legalidad republicana o de lo que esta tenía de democrática, hasta hacer imposible la convivencia en paz y libertad. Llamar “republicano” al Frente Popular no deja de ser una estafa intelectual de principio. Dicho frente integraba, de derecho o de hecho (y con persecuciones y crímenes entre ellos),a socialistas, comunistas, separatistas catalanes y vascos, y golpistas republicanos de izquierda. No solo ninguno era demócrata, sino que su propia composición imponía una rápida evolución hacia un régimen totalitario de tipo soviético, acompañado de una eventual disgregación de España. Y del exterminio del cristianismo, que, guste o no, es la raíz de la cultura occidental.
El bando nacional, lógicamente, defendía lo contrario: la unidad de España, la cultura cristiana, la libertad personal y la propiedad privada. Se componía de cuatro partidos o “familias”: católicos políticos, monárquicos, carlistas y falangistas, estos más próximos al fascismo. Todos se afirmaban católicos y su ideología común venía a ser la doctrina social de la Iglesia. El régimen se declaró confesional, por lo que gozó largo tiempo de apoyo del Vaticano, hasta el Concilio Vaticano II de los años 60.
Indicio del carácter de cada bando fue la ayuda exterior. La alianza izquierdista-separatista la recibió de la Unión Soviética y los nacionales de la Alemania y la Italia fascistas. Pero fueron ayudas de muy distinto carácter. El PSOE, al entregar a Stalin (ilegalmente) el grueso de las reservas financieras del país, hizo de Moscú el amo de los armamentos y por tanto del propio Frente Popular. Además Stalin disponía de un partido agente y teledirigido, el comunista, que pronto se hizo el más fuerte, sobre todo en los decisivos ejército y policía. Nada remotamente parecido lograron Hitler o Mussolini en relación a Franco. Este siempre se mantuvo independiente y ya meses antes de terminar la contienda advirtió, para decepción de sus “ayudantes”, que sería neutral si en Europa se llegaba al choque bélico entre países fascistas y democráticos.
Obviamente, en aquella guerra no estaba en juego la democracia. En el Frente Popular, por lo ya visto, y en el bando nacional porque identificaba la democracia con la explosión de odios de la república. Fue una lucha entre totalitarios-separatistas y autoritarios. Vencieron estos, restringiendo las libertades políticas pero preservando la libertad personal, que el impulso totalitario del Frente Popular tendía a anular junto con las libertades políticas.
Lo que, en definitiva se dirimió en aquella guerra, fue gran crisis histórica nacida del “Desastre del 98”; e incluso, más profundamente, de la invasión napoleónica.