Crónica: Día de la Mujer
**8 de marzo, Día de la Mujer. Resto del año, del Hombre.
**Casi cien mil abortos al año en España expresan convincentemente la realidad del feminismo, más allá de las mil argucias sensibleras de su discurso.
**La inmensa mayoría de los abortos se realiza, no por violaciones, malformaciones graves o peligros para la madre, sino por evitarse la responsabilidad y complicaciones que supone un hijo.
**La motivación más profunda y oculta del feminismo, común a las demás ideologías, es la abolición de la moral: libertad sin responsabilidad.
**El feminismo no entiende la relación mujer-varón como amorosa, sino como relación de poder. Y se venga en la vida humana indefensa en el vientre materno: la mata, sin reconocer al padre. El aborto feminista sí es una relación de poder.
**El feminismo desprecia el papel del padre en la procreación…, pero le exige responsabilidad. Y hasta afecto.
**Es bastante lógico que bajo una ideología feminista el varón se desentienda de la crianza y presione a la mujer para que aborte.
**A las mujeres normales, el aborto suele suponerles un trauma. Las feministas lo entienden como el ejercicio de un derecho.
**El feminismo usurpa la representación de “la Mujer” como el comunismo la “del Proletariado”, o ciertos liberalismos la de “la Libertad”.
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Problema psicológico-histórico
Hay en el análisis de la república, el Frente Popular y de la situación actual, un factor psicológico, difícil de entender y reducir a términos racionales: la capacidad de tantas personas instruidas para desfigurar la realidad en función de unas aspiraciones confusas, arbitrarias y atrabiliarias mezcladas con frustraciones personales, a las que creen encontrar el remedio en el exterminio de determinadas personas o grupos sociales, o de la misma civilización. Su resistencia a cualquier razonamiento o exposición de hechos. Y el carácter contagioso de tales actitudes entre masas considerables. Sin embargo es algo permanente derivado de la esencial incertidumbre de la condición humana. Como lo es la actitud contraria.



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LA FELICIDAD Y SUS LABERINTOS
Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior, sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista muy poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos. En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.
Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente, se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.
Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo y el budismo, pasando, especialmente, por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.
En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.
Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…) La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”. La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”, que puede ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva: se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.
La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior. Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento, mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”. “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”, mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.
Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones, sin especificarlas– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación, la compasión, etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables. Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.
En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaba como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados. En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España.
(En mi libro sobre Europa, he esbozado los avatares históricos de la razón, que resulta muy poco razonable cuando pretende absolutizarse)
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Ininteligible Joseph Pérez

