
Aquilino Duque dedica uno de sus capítulos a Luis Rosales, que titula “lecciones de hidalguía” con el subtítulo “La rehumanización del arte”, que transforma los hijos de la ira de Dámaso Alonso en hijos del amor. “Me decía (Rosales) que si los españoles somos hijos de algo es gracias a Cervantes y a Velázquez. Ahora bien, el hidalgo tuvo su contrario, o su complementario, en el “hijo de puta”, el “hideputa”, el pícaro. La Historia de España es una pugna entre el hidalgo y el pícaro, y esa historia no es la misma si la cuenta Don Quijote que si la cuenta Guzmán de Alfarache”. Estas cosas ocurren en todas las sociedades, creo yo, aunque en España se den con rasgos propios. En la literatura europea, quizá más acentuadamente desde la I Guerra Mundial, hay una tendencia a “la exaltación del mal” a sumergirse “en el pozo negro de los instintos”, aunque en la literatura española no alcanza la tradición francesa de la poesía (y prosa) maldita. No obstante y en un plano político, la exaltación del mal se percibe en canalladas actuales como la ley de memoria histórica y en la literatura pornopolítica correspondiente.
Me temo que estos breves comentarios no harán justicia a la riqueza de sugerencias e ideas del libro de Aquilino, pero quizá despierten interés por leerlo, y de paso a autores sometidos al ostracismo por quienes les son muy inferiores.
Expondré, en fin, una pequeña teoría general: la cultura, y en especial el arte, refleja en su raíz el sentimiento ante el mundo, la vida y la sociedad a los que todos hemos sido arrojados (o, si se prefiere, invitados) por un breve periodo de tiempo y sin que nuestra voluntad o nuestro poder tengan algo que ver en ello. Es decir, sentimos, antes de razonarlo, un poder o voluntad o fuerza inmensamente superiores a nosotros, que nos trae a, y nos expulsa de, lo que llamamos realidad o existencia. Aunque esa fuerza nos haya concedido cierta dosis de voluntad y poder para bandearnos en el período de vida concedido. Y de ese sentimiento, nacido de la impresión de aquella fuerza en nuestra psique, procede, ya digo, la cultura. Impresión profunda en algunas personas y diluida en la gran mayoría, pero arraigada en el núcleo de la condición humana.
El sentimiento de esa impresión primordial y ancestral no es único, sino vario y contradictorio. La contemplación del mundo nos produce admiración o maravilla por su inmensidad y variedad, y al factor que introduce en él orden y sentido tendemos a identificarlo con el amor, del que la atracción entre los sexos sería su manifestación más típica, reducida al nivel humano. En sentido muy amplio, en ese sentimiento encuentra la lírica su venero.
Por otra parte, la vida se nos presenta como un continuo esfuerzo, como lucha permanente, dentro de la sociedad y dentro del mundo. Lucha no solo por sobrevivir sino incluso contra el destino final e ineluctable, y creo que ahí puede encontrarse el sentido de la épica: la vida como desafío, que encuentra en los héroes su modelo. Tanto la lírica como la épica expresan una confianza fundamental en el destino humano, aunque en formas contrarias.
Hay otra impresión en nuestra psique y es el de terror causado por la inmensidad anonadante de ese poder y la imposibilidad de descubrir sus designios. Terror expresado literariamente ante la frecuente hegemonía de lo que consideramos el mal y que desborda tanto nuestra capacidad de comprensión y nuestros “buenos sentimientos”. Para ese género de literatura y arte propongo, de forma provisional, el concepto de “terroria”, aunque seguramente se puede encontrar otro mejor sonante.
Esta triple impresión y el sentimiento correspondiente de admiración y amor, de lucha y de terror, se manifiesta en las religiones y el pensamiento, siempre con cierto grado de mezcla, pero con predominio de uno u otro. Está claro que Aquilino prefiere la lírica, en la cual ha destacado, en poesía y novela. El Pascual Duarte o La Colmena serían ejemplos del tercer sentimiento, de “terroria”, del hombre como víctima impotente de un mal prevaleciente en la sociedad como reflejo quizá de un mal cósmico. Rosales refleja el primer sentimiento de admiración y amor. En cambio hay en la España del siglo XX muy pocos ejemplos de épica, no consigo pensar en alguno destacado, incluso en su versión menor de literatura de aventuras. El Poema del ángel y la bestia, de Pemán, tiene un aire místico y religioso más bien que épico. En general, lo religioso echa a perder un tanto lo épico.
Por esa preferencia de Aquilino me extrañó algo su elogiosa reseña de mi novela Sonaron gritos y golpes a la puerta, que solo muy limitadamente entraría en la lírica. Esta novela entra más bien en la épica, y termina en un triunfo del mal (http://vinamarina.blogspot.com/2012/07/una-novela-dantesca.html ) Me gustaría saber si Aquilino ha leído El enamorado de la Osa Mayor y qué le ha parecido.

**************
En Una hora con la Historia , esta semana: Franco Hitler y Mussolini. Una comparación historiográficamente muy ilustrativa a partir de un capítulo de Los mitos del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=Dm9qIm7KB8M
*Una hora con la Historia es un programa diseñado directamente contra la tiránica ley de memoria histórica, la leyenda negra y otras tendencias culturales y políticas que atentan contra la libertad y socavan la nación española. Con motivo del cambio de emisora, el programa se encuentra en serias dificultades económicas, fácilmente subsanables si un número suficiente de sus seguidores aporta mensualmente una pequeña cantidad. Las aportaciones mayoritarias están entre 5 y 50 euros mensuales, pero en número excesivamente bajo, lo que hace difícil la subsistencia del programa, que requeriría 3.000 euros al mes para manejarse con cierta holgura, y casi nunca los ha conseguido. Si usted es consciente de que está contribuyendo involuntariamente, a través de sus impuestos, a la batalla cultural de izquierda y separatistas, podrá hacerlo también de manera voluntaria a este, tanto en lo económico como en su difusión en las redes. La cuenta para contribuir es: BBVA, “Tiempo de ideas”, ES09 0182 1364 3302 0154 3346




