Por qué la democracia funciona tan mal en España

 La matanza de la plaza de toros de Badajoz es por así decir la estrella o la joya de la corona de los alegatos izquierdistas contra los vencedores de la guerra. Un bando capaz de tales crímenes queda automáticamente desacreditado en la conciencia de cualquier persona decente, sean cuales fueren sus otros méritos. Sin embargo se trata de una invención pura y simple. Esto ya ha sido demostrado hace tiempo, pero este sábado, en “Una hora con la Historia”, a partir de las 9,30 de la noche, examinaremos un aspecto menos conocido: cómo se fabricó la leyenda.

  Una hora con la Historia, con Méndez Monasterio y un servidor, en Radio Inter, 918 de Onda Media (cobertura nacional) y 93,5 de FM, cobertura Madrid. 

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Ud ha criticado duramente las versiones izquierdistas de la guerra civil, pero últimamente parece estarse volviendo contra las de derecha.

R. Sí, es normal, ya he dicho un poco el porqué. Es esencial entender qué fue la guerra civil y por qué se libró. Ya le he dicho que basta observar la composición de partidos del Frente Popular para darse cuenta de lo que se jugaba en ella. O conocer episodios tan reveladores como el del tesoro del yate Vita. No se jugaba la democracia ni “los intereses de los trabajadores”,  como siguen pretendiendo innumerables historiadores y políticos, no hace falta citar nombres. Se jugaban cuestiones más básicas, como la supervivencia de la nación española, de la cultura cristiana, etc… Para difuminar esta evidencia y satanizar a los vencedores, la izquierda cifra su análisis y crítica exagerando  las atrocidades atribuidas a los nacionales, que en parte existieron, porque en una guerra es inevitable. Y olvida las cometidas por las izquierdas, mucho más sádicas, y perpetradas además entre ellos mismos. Bien, esto hay que repetirlo hasta que entre en las cabezas.

 Pero considero todavía más grave, intelectualmente y políticamente el actual “análisis” del PP, tipo García de Cortázar, Pedro J Ramírez o ahora Pedro Corral. Lo examino en la primera parte del libro, La guerra civil y los problemas de la democracia en España. Según estos, la guerra civil se hizo por nada, por grupos de desalmados  y locos que de pronto, sin venir a cuento como quien dice, se enzarzaron en una gresca arrastrando a los demás españoles a quienes no les iba ni les venía y simplemente “pasaban por allí”. Esto ya no es un análisis, es pura y simple majadería, muy inferior en valor intelectual a las tesis, falsas, pero con cierto sentido, que atribuían la guerra a la lucha entre “el pueblo” democrático y los fascistas o reaccionarios empeñados en mantener sus privilegios. Pero el nivel de la derecha actualmente es ese, no da más de sí. Corral llega a equiparar una matanza terrorífica y muy real, la de Paracuellos, con la inexistente de Badajoz. Ese es el nivel de altura intelectual y moral de la derecha.

   Digo que es esencial entender a qué obedeció la guerra y en qué circunstancias históricas se dio, circunstancias interiores e internacionales. Todo eso ha sido masivamente malinterpretado, o simplemente mentido, debido a prejuicios ideológicos. Pero si queremos extraer alguna experiencia del pasado, aclarar esta cuestión es simplemente vital, porque un pueblo  que ignora su pasado se condena a repetir lo peor de él, como dice una frase a la entrada de Auschwitz.

   Si le parece, dejamos la guerra civil y pasamos a la parte de la democracia. No digo que ud haya escurrido el bulto, pero en definitiva todo lo que ud viene explicando es ya bastante sabido por sus lectores. Ud empieza por negar que la democracia sea el poder del pueblo.

 R.   Vamos a ver: los partidos que compiten por gobernar ¿son el pueblo? ¿Lo son todos en conjunto o alguno de ellos? Obviamente no es así. Esos partidos son grupos oligárquicos, y no puede ser de otra manera. ¿A quién va a gobernar el pueblo, si fuera de él no hay sociedad? ¿A los animales? Eso aparte de que el pueblo nunca tiene los mismos intereses, dentro de él hay mucha división, como es natural, ya que no somos animales.

   Así que el poder es siempre oligárquico. El mecanismo es este: unos grupos que aspiran a gobernar luchan por ganar opinión pública para lo cual presentan un programa y hacen tales o cuales promesas. El que saca más votos gobierna, en solitario o con otros partidos afines. Normalmente no cumple sus promesas ni su programa, y en cambio realiza actuaciones que no estaban presentes en sus proclamas electorales. Esto es así porque el ganador no obra con un mandato imperativo de sus votantes, no digamos ya de la sociedad o el pueblo en conjunto. Todos los regímenes que han existido y presumiblemente existirán, son oligárquicos, es decir poderes ejercidos por unos pocos. Suele emplearse la palabra oligarquía en un sentido peyorativo, pero yo la empleo en un sentido meramente descriptivo. Observe, además, que las mayoría llamadas absolutas que han conseguido el PSOE y el PP nunca han pasado de un tercio del cuerpo electoral. Desde luego, la democracia no es el poder del pueblo, sino un método, históricamente muy reciente, de selección de las oligarquías que efectivamente ejercen el poder. Podemos seguir llamándole democracia, siempre que tengamos en cuenta que su realidad no corresponde a su significado etimológico.

   El tema es demasiado amplio para tratarlo en una entrevista, y ocupa los capítulos a mi juicio más importantes del libro que tratamos, La guerra y os problemas de la democracia en España. Pero el título es equívoco, porque no se trata solo de España: la democracia está en crisis en la UE y también en Usa.

¿Se refiere ud al Brexit y a la victoria de Trump?

R.  Me refiero en primer lugar a España. La democracia, para funcionar, exige una sociedad relativamente próspera, con amplia clase media y en la que los odios entre partidos no sean exacerbados. Basta señalar estas condiciones para entender por qué la democracia no funcionó en la república. La república empobreció al país y dio lugar a unos odios brutales y demagógicos.

   En principio, el sistema electoral debe funcionar como una selección de los más aptos para el gobierno, por decirlo así, con la ventaja, además, de que al ser el poder del gobierno reducido a unos pocos años, y limitado por la división o autonomía de los poderes legislativo  y judicial, los errores y tendencias despóticas pueden ser más fácilmente corregidos que en otro tipo de regímenes. Por eso yo prefiero, en principio, la democracia, contra la conclusión que ud ha sacado apresuradamente. Pero cuando no existe una base media social y cierta moderación de los partidos, sino lo contrario, la política se convierte en demagogia y la competencia entre partidos en una selección de los menos escrupulosos y más fanáticos, de los peores, que expulsan a los buenos.

   Suele hablarse de la competencia, comercial o política, como una panacea, como el modo seguro de seleccionar lo mejor, pero puede ser exactamente lo contrario. Esta es una experiencia histórica en España que por desgracia no han tenido en cuenta las actuales izquierdas ni derechas ni separatistas, que no se tuvo en cuenta en la transición, y la tendencia a resucitar odios pasados y falsear la historia es uno de los aspectos más peligrosos de la situación actual. En lo que casi nadie parece reparar. Parece que en España  la experiencia histórica pasa en balde:  o no se tiene en cuenta ni se analiza, o se examina  con tópicos irrisorios. Un país con tantos problemas en el que no existen debates de alguna altura… siempre me quejo de lo mismo, pero es que hay motivos sobrados de queja.   En España, además, hay otros muchos problemas que impiden que la democracia funcione sanamente, entre ellos la debilidad del estado de derecho, constantemente vulnerado … Esto que le digo ahora es casi nada en relación al tema, pero como indicativo del libro puede servir.

Pero decía ud que no era solo España

R. Pues sí, lo que ud indicaba de Trump y la UE…

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Por qué la guerra civil sigue siendo actual, como una pesadilla

**Próximo sábado,  9,30 de la noche en Radio Inter, llevaré un nuevo programa Una hora con la Historia, con Kiko Méndez Monasterio. En 918 Onda Media y 93,5 FM (Madrid)

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Pasemos entonces al segundo libro que ha publicado ud hace meses, La guerra civil y la democracia.  Ese sí lo he leído. He sacado la conclusión de que se trata de un ensayo contra la democracia, y creo que otros opinarán lo mismo.

 No, mire, todos hablan de democracia y se dicen demócratas, sean los comunistas o comunistoides de Podemos, los etarras, el PSOE o el PP. En realidad, en España no existe un pensamiento democrático ni en la izquierda ni en la derecha, por lo que se ha convertido en una palabra mágica utilizada arbitrariamente…

  Es evidente, pero la democracia, aparte de quien o como use la palabra, tiene un valor, un significado objetivo.

 Cierto, siempre que no creamos que significa lo que etimológicamente indica, es decir, “poder del pueblo” o “gobierno del pueblo”. Pero antes quiero hablar de la guerra civil, porque, ahí hay un problema muy relacionado con la democracia. Según versiones muy extendidas, entonces contendieron unas formas democráticas, las del Frente Popular, con otras fascistas o reaccionarias o en cualquier caso antidemocráticas. Esto, ya lo he demostrado, es radicalmente falso, y no voy ahora a insistir en ello: basta ver la composición de los partidos contrarios a los nacionales para comprobar que no había uno solo democrático, que lo eran menos que los nacionales.  Pero la cuestión es esta: durante décadas, empezando ya antes de la transición, la idea que se impuso en España masivamente fue la que he dicho, una lucha entre demócratas y fascistas. Los principales divulgadores de esa versión han sido los comunistas y marxistas en general, y con eso está dicho todo. Sin embargo esa versión se impuso no solo en la universidad, sino en los medios de difusión y en las Cortes, cuando la derecha fue asumiendo en el Congreso las exigencias izquierdistas, bendiciendo a las Brigadas Internacionales, que fueron una especie de ejército particular de Stalin, o condenando el alzamiento de julio del 36, o finalmente la ley de memoria histórica, que por si misma es totalitaria y en el detalle una apología de los chekistas y asesinos de izquierdas, a quienes valora como “víctimas” y “luchadores por la libertad”. Esta sarta de barbaridades  ha  sido posible por la extrema debilidad intelectual de la derecha, que no ha sabido restablecer la verdad, o lo ha hecho mal, y finalmente ha colaborado en la falsificación de la historia. Esa debilidad vuelve también sumamente cobarde a esa derecha. Moralmente muy cobarde.

  Admitirá ud que si la derecha ha aceptado las versiones de la izquierda ha de ser por algo. Quizá porque la izquierda tenía más datos y argumentos.

 Por supuesto, así ha sido. Los datos y argumentos de la izquierda son casi siempre falsedades o falacias, pero la derecha era incapaz de distinguirlos. Un ejemplo: la ofensiva para destruir o cambiar de signo el Valle de los Caídos comenzó con el invento de que lo habían construido veinte mil presos republicanos. Basta un poco de sentido común para darse cuenta de que eso es un disparate, pero el monárquico ABC, principal periódico de la derecha por entonces, lo reprodujo tal cual, lo mismo la televisión, etc. Aparte del elemento de ignorancia, porque la derecha española es sorprendentemente ignorante… no sé si ya le dije lo de Fernández de la Mora, quejándose de que la derecha no leía… y por derecha se refería a los políticos y periodistas en primer lugar… Bueno, la derecha es también muy oportunista, tiende a creer que la historia empieza ahora y que “hay que mirar al futuro”. Eso significa no aprender nada. Puro oportunismo de ocasión. Es además una derecha  poco inteligente. La izquierda es mucho más inteligente: comprende muy bien el valor político actual que puede tener una versión de la historia y ha sacado enormes rentas políticas de su “Himalaya de falsedades” como lo calificaba Besteiro. Con esto se ha llegado a una verdadera degradación social: izquierdas y separatistas imponen su versión del pasado, y la derecha pretende privar a los españoles de su historia con el pretexto ese de “mirar al futuro”. Un futuro que nunca se deja ver, por mucho que se le mire, a no ser que crean en las pitonisas, que tampoco me extrañaría. La guerra civil sigue siendo actual porque no ha sido asumida sino falsificada o tergiversada radicalmente, y por eso permanece como una especie de pesadilla sobre la convivencia española.

  Ud afirma que en la guerra ganaron “los buenos”, pese a que no eran demócratas.

 Si lo quiere decir así… La guerra se planteó como una lucha entre los que querían disgregar a España o eran indiferentes ante ello, los que querían implantar una revolución de tipo más o menos comunista, los que querían exterminar a la Iglesia y cultura católica… y los contrarios, que querían mantener la unidad de España, la religión y la cultura cristiana, la propiedad privada, etc. ¿Quiénes eran los buenos? Depende de con quienes se alinee usted. Y es cierto que no eran demócratas los ganadores, por lo que la democracia no desempeñó el menor papel en la contienda. Es decir, desempeñó un papel engañoso, propagandístico, por parte de los perdedores, que para llevar adelante sus designios tuvieron que destruir la legalidad republicana. Ellos mismos habían implantado la legalidad republicana, que era democrática a medias, y que por eso mismo les suponía un obstáculo a sus fines revolucionarios o disgregadores. Por eso asaltaron violentamente la república en octubre de 1934. Fracasaron, y en febrero de 1936, aprovechando la debilidad política y el miedo de la derecha, se impusieron mediante unas elecciones fraudulentas, a continuación de las cuales ya destruyeron sistemáticamente la legalidad, lo que esta tenía de democrática. Pese a ello se les sigue llamando “republicanos” con el mayor desparpajo. Por entonces eran menos hipócritas que ahora y ellos mismos solían autodenominarese “rojos”. La rebelión de los nacionales no se produjo contra una democracia inexistente, sino porque la democracia había sido destruida. Ahora bien, entonces ya era imposible volver a un régimen democrático o crear otro más puro que la república. Era imposible porque una democracia no puede funcionar cuando varios de los principales partidos están dispuestos a asaltar el poder y entienden la democracia como su propio poder ilimitado. Una democracia no funciona en un país cargado de odios políticos y de miseria, que es lo que trajo la república y sobre todo el Frente Popular. Pero por lo visto hay una resistencia encarnizada a la evidencia.

  Veo una contradicción entre su afirmación de que la derecha es inane intelectualmente y cobarde moralmente, y la pretensión de que en la guerra civil fue capaz de sublevarse, y en condiciones muy penosas  contra una tiranía, según usted, y para defender una cultura .

Bien, no siempre fue tan cobarde ni tan inane como ahora, eso está claro. Pero  antes de seguir con ese tema déjeme ahora rebatir su implicación de que los buenos solo pueden ser demócratas. Para mí, la defensa de la nación, de la cultura cristiana, que es la raíz de Europa, de la propiedad privada, etc., son valores esenciales y previos a la democracia. Con haber derrotado a sus contrarios en unas condiciones extremas, los vencedores, Franco, ya se justifican históricamente. Y se justifican mucho más porque dejaron un país más próspero que nunca, más reconciliado que nunca, en que los irreconciliables, separatistas, terroristas, etc., eran muy pocos.  Si luego fue posible una democracia fue por las condiciones sociales, económicas y políticas creadas por los vencedores, de ninguna manera la crearon de la nada unos políticos de tan poco fuste como los que gobernaron la transición, o los socialistas, que ni siquiera hicieron oposición real a Franco; no digamos los separatistas que por entonces querían engañar presentándose solo como autonomistas… Precisamente toda esa gente, que se dice demócrata,  ha sembrado el país de corrupción, ha practicado un terrorismo y un infame apoyo al terrorismo, se ha empeñado en recuperar los odios de la república, ha premiado política y económicamente los asesinatos de la ETA, la ha rescatado de la ruina a que la habían llevado Aznar y Mayor Oreja, pretende imponer desde el poder su versión de la historia… Pero ¿qué clase de demócratas son esos? Son los herederos de aquel Frente Popular, y es preciso frenarlos. Una de las maneras principales de hacerlo es precisamente establecer la verdad histórica, y en esa tarea estoy, a esa tarea responde La guerra civil y los problemas de la democracia en España. Por cierto que nos solo en España. Porque aunque la verdad absoluta resulte inalcanzable, hay aproximaciones a ella y alejamiento de ella. Y desde hace décadas el alejamiento ha sido escandaloso. Y sus consecuencias políticas las palpamos a diario.

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Liberalismo (VIII) Función del estado liberal

Hemos visto que el libre mercado nunca ha existido, salvo quizá en situaciones muy primitivas. Lo que ha existido y existe es un mercado intervenido por el estado en mayor o menor medida, y esta “mayor o menor medida” es la cuestión real.  Sabemos que un mercado muy intervenido suele ser también muy ineficiente, pero un mercado poco intervenido no tiene necesariamente los excelentes efectos que afirma la teoría. He puesto dos ejemplos históricos: las guerras del opio y la hambruna irlandesa, aunque otro rasgo de las ideologías es hacer caso omiso de experiencias que las cuestionan, o retorcer los hechos para hacerlos encajar en la teoría.

   Por otra parte, con respecto al mercado hay en el propio liberalismo diversas escuelas, desde la anarcocapitalista, que considera al estado un parásito abusivo e innecesario en las relaciones entre adultos libres; hasta la socialdemócrata, que destaca el papel del estado para combatir desigualdades, pero admite el mercado, el estado de derecho, etc; pasando por los que, con distinta intensidad, ven en el estado algo así como un mal inevitable que debiera reducirse al mínimo.

   Por lo tanto, podemos observar la idea liberal del estado. Esta parte de la idea de un  “estado de naturaleza” y un “contrato social”. Se trata de dos construcciones racionalistas para intentar explicar la realidad. Pero el estado de naturaleza y el contrato consiguiente no han existido jamás: se trata de un doble mito, o más propiamente seudomito. Podría pensarse que en realidad no tiene importancia, porque carece de consecuencias prácticas,  pero ya es suficientemente indicativo que de él, de esa premisa, extraigan Hobbes y Locke conclusiones opuestas. Para el primero, el “contrato” supone prácticamente la aceptación de un estado totalitario, mientras que el segundo limita el papel del estado a la protección de la vida y la propiedad.

   Además, el seudomito choca con la concepción tradicional cristiana, según la cual el hombre es sociable por naturaleza y el “contrato”, por llamarlo así, obedece a una “ley y derechos naturales” y no puede ser cambiado sustancialmente. Tampoco en Hobbes podría ser cambiada la situación, aunque en ella los individuos cederían sus derechos al estado, a fin de sobrevivir, cosa que nunca aceptó el cristianismo. En cambio, para la concepción clásica liberal, el contrato está expuesto a cualquier cambio de opinión o interés entre las partes contratantes, que no tienen por qué someterse a ninguna ley natural fuera de la conveniencia aceptada por unos y otros, a la manera de un contrato comercial.   

    Obsérvese la importante diferencia entre los conceptos de derechos naturales y de derechos humanos,  este último desarrollada por la ONU partiendo de una concepción liberal. Los derechos naturales y la ley natural se consideran expresión de un poder o voluntad por encima de las opiniones o conveniencias de los hombres, mientras que los derechos humanos son construcciones convencionales hechas por los propios hombres sin intromisión de ninguna fuerza externa y que pueden cambiar según las conveniencias e intereses. Ahora bien, ¿según las conveniencias de quiénes? Se supone, de manera perfectamente arbitraria, que según el interés de “la Humanidad”. Pero quienes deciden al respecto y establecen las leyes  no son “la Humanidad”, sino minorías numéricamente insignificantes, que, como señalé en La guerra civil y los problemas de la democracia, influyen más sobre la opinión pública de lo que son influidas por ella, es decir, pueden manipular esa opinión… con el problema añadido de que no existe una opinión pública, sino varias, y que estas cambian con el tiempo por diversos factores. El problema lo percibimos en la actualidad con las políticas abortistas u homosexistas, impulsadas bajo cobertura de “los derechos del individuo”, y que según otras concepciones, chocan con la ley natural. Por consiguiente entramos en el reino de la inestabilidad y la arbitrariedad, a menos que encontremos un punto o interés general al que atenernos como eje de la legislación.

   Pues bien, ese eje solo puede ser la riqueza, el dinero deseado por todos, un interés realmente común. El liberalismo se precia de haber desarrollado la ciencia de la economía, encontrando en el libre comercio la receta para beneficiar a todos. El estado mínimo se convierte, precisamente, en auxiliar del mercado para garantizar las normas consideradas más adecuadas en los intercambios. Normas que pueden cambiar, incluso masivamente, como hemos visto después de la II Guerra Mundial. Por otra parte, para comerciar, sobre todo en cantidades considerables, es preciso disponer de propiedades igualmente considerables, y los propietarios y grandes comerciantes son relativamente pocos, por lo que las leyes deberían hacerse en beneficio de ellos. En la concepción liberal, la propiedad es el criterio básico en la economía, y por tanto en la política. Parece razonable suponer que los propietarios de cierto nivel serán más responsables socialmente que aquellos otros que, al no tener gran cosa que perder, serán más proclives a demagogias. Ello ha impulsado el voto censitario, predominante en muchos países (como en España) durante el siglo XIX. El voto censitario contradecía el principio del estado de derecho e igualdad ante la ley, pero parecía más razonable que dejar al estado –y por tanto al mercado–  tambalearse a merced  de los demagogos y sus seguidores. El hecho es que liberalismo y democracia siempre han tenido muchos puntos de fricción, y no son fácilmente armonizables.

    Y este problema no es meramente teórico, sino que muchas veces se ha presentado de modo práctico en la historia. La corrupción electoral mediante la compra de votos por los poderosos, mediante violencias o mediante la falsificación del voto, ha sido muy frecuente en todos los países, en Usa, Inglaterra, España, Francia o países hispanoamericanos. En algunos casos se ha corregido más o menos, en otros es un defecto persistente, y con motivo de las últimas elecciones en Usa han aflorado críticas y análisis que cuestionan la realidad del voto, en California, particularmente. En sentido contrario, las políticas y partidos antiliberales deben ser toleradas por los estados liberales, pero pueden lograr fuerza de masas o de otro tipo suficiente para derrocar el sistema, como ha pasado en varias ocasiones. La tolerancia, entonces, se ejercería solo entre las propias corrientes liberales, tal como Locke la proponía entre los grupos protestantes, pero de ningún modo con los católicos. Ya que si el sistema ha de salvarse, tendría que volverse intolerante cuando las opciones no liberales se volvieran peligrosas, y ejercer la violencia del estado contra ellas.  

   En la práctica, todos estos problemas se han resuelto mejor o peor, con cambios en profundidad   o aplicación de la fuerza (la democracia liberal fue salvada en la parte occidental de Europa por la intervención militar useña, y a continuación hubo de adoptar medidas (estado providencia)  de tipo socialdemócrata,  poco acordes con el liberalismo clásico. Pero aquí me interesa más señalar las dificultades teóricas nacidas de la lógica liberal.  

 

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Liberalismo (VII) El caso de las guerras del opio y la Gran Hambruna irlandesa

 

Expondré dos  ejemplos históricos de los presupuestos del libre mercado,  más allá  del supuesto de ser el factor principal de la riqueza. Los dos de mediados del siglo XIX, el siglo liberal por antonomasia: las guerras del opio y la Gran Hambruna de Irlanda. Que por sí solas ponen muy en cuestión las virtudes casi divinas –e inspiradas por un peculiar concepto de la divinidad– que Adam Smith   otorga al libre mercado.

   Como es sabido, el consumo del opio es muy perjudicial, y la venta masiva de opio por las compañías inglesas estaba causando estragos en China, sobre todo entre los jóvenes. En consecuencia, el gobierno chino prohibió la importación y confiscó el material contrabandeado. Sin embargo los ingleses se lucraban enormemente con aquel comercio, con el cual compensaban su fuerte déficit comercial, y vieron (quisieron ver) en la medida china un ataque a la libertad de comercio. Era, evidentemente y de acuerdo con la teoría, una injerencia inadmisible del estado en el libre funcionamiento del mercado. ¿Cómo resolver el agravio? Dado que en la teoría liberal el estado cumple fundamentalmente la misión de auxiliar y garante del libre mercado, el  ofendido traficante W. Jardine  pidió ayuda militar a la madre patria para forzar la negociación (diplomacia de las cañoneras) con este sólido argumento: “Usted tomó mi opio, así que yo tomo Hong Kong. Estamos empatados, ahora negociemos”. Un argumento impecable vistas así las cosas.  Y ya sabemos cómo terminó el asunto.

   Aunque el consumo del opio tiene pésimas consecuencias demostradas, por lo que parece moralmente  injustificable, su comercio tenía otra razón a su favor, aparte de la ganancia: estaba legalizado (como también el de esclavos), lo que incide en la mencionada sustitución de la moral por la ley; y evidentemente a nadie se le obligaba a comprarlo. Lo compraba quien quisiera,  en virtud de su evidente libertad individual, vulnerada por el gobierno chino. Inglaterra construyó gran parte de su prosperidad con el comercio de esclavos y con el narcotráfico, de hecho fue durante mucho tiempo  la mayor potencia en ambos sentidos. No fue solo la revolución industrial.

     Digamos de pasada que la Compañía Inglesa de las Indias Orientales había causado una espantosa hambruna en Bengala, precisamente por eliminar cultivos de plantas comestibles para sustituirlos por el opio, que le proporcionaba mayor ganancia. Se calculan en unos 10 millones los muertos por hambre a lo largo de cuatro años También el asunto resultó impecable desde la lógica del libre mercado. Se puede argüir que los campesinos bengalíes  no eran individuos libres, sino que estaban sometidos a la Compañía, pero ello es cierto solo en parte, pues la compañía debió de haber comprado las tierras, convirtiéndolos en aparceros o cosa semejante (esto último lo supongo, pero suena lo más probable).

    En cuanto a Irlanda, el problema fue muy parecido al de Bengala  con el agravante de que las tierras no habían sido compradas sino arrebatadas manu militari a los irlandeses: reducidos a la miseria y a vivir de patatas, una mala cosecha provocó al menos un millón de muertos  y un éxodo de otros tantos o más por las mismas fechas. Ocurrió aproximadamente por las mismas fechas que la primera guerra del opio, y duró cuatro años sin que se le pusiera remedio hasta que  desapareció la enfermedad de la patata. Otra agravante con respecto a Bengala es que así como esta dejó de producir alimentos suficientes, Irlanda los seguía produciendo en gran cantidad. ¿Cuál era el problema? Que los empobrecidos irlandeses no podían comprarlos. El gobierno inglés, con algunas medidas “caritativas” insignificantes, aplicó la lógica del libre mercado: si no tienes con qué pagar una mercancía, no puedes adquirirla. Y por tanto te mueres de hambre o te embarcas hacinado en los barcos que van a ultramar, lo que significó otra fuente de ingresos para los comerciantes en régimen de libre mercado.

   Se puede decir que estas son cosas del pasado, pero en la actualidad, como vengo insistiendo, varios de los negocios más voluminosos y lucrativos son precisamente algunos moralmente muy dudosos pero legalmente correctos, como el tráfico de armas o los enormes negocios de la prostitución (la prostitución directa es solo la parte menor) o el aborto. En cuanto al narcotráfico, prohibido, hay una continua presión liberal para legalizarlo, ya que, en definitiva, son adultos responsables y libres quienes consumen drogas. Lo cual significa que la libertad y la responsabilidad deben medirse por la capacidad de consumir, al margen de consideraciones éticas de otro tipo. Las discusiones al respecto son interminables, pero la argumentación tipo “libre mercado” es bien clara y favorable al narcotráfico.

   Lo que importa aquí no son solo los aspectos escandalosos de muertes masivas, etc., sino la lógica del asunto: la ganancia como motor principal, el estado y la ley como servidores  de la dinámica del libre mercado y la ley encauzada a la ganancia como independiente de “los prejuicios morales”, de origen religioso.

      He elegido estos ejemplos, como señalé antes, porque se produjeron en los momentos de mayor auge del liberalismo en el mundo occidental. Hoy, las democracia liberales infringen necesariamente muchos de los presupuestos liberales, en particular el peso y el papel de los estados. Muchos dicen que esta evolución, tan marcada desde finales de la SGM, es errónea y perjudicial, y quizá lo sea. Pero si lo comparamos con el liberalismo más “puro” del XIX  vemos que ha traído más riqueza, mejor repartida y si sufre crisis  también las sufría la época anterior. Por supuesto, también podríamos hablar de otras guerras y catástrofes, pero las señaladas parecen indicativas.

  No se trata aquí de condenar el liberalismo, sino de ver sus limitaciones y una lógica interna en sus elaboraciones que puede tener consecuencias muy negativas. Las ideologías, por contrarias que sean entre sí, afirman basarse en la razón y excluir la fe. Pero no parecen capaces de lograr sus objetivos.

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El próximo sábado,  4 de febrero, deberá reaparecer el programa de historia en Radio Inter, con el título “Una hora con la Historia”, que haré junto con Kiko Méndez Monasterio. El programa “Cita con la Historia” marchaba bastante mal al haber pasado de Radio Inter a Cadena Ibérica, una emisora que tenía muy escasa cobertura y estaba empezando su conquista de audiencia, con lo  que la audiencia del programa había bajado en picado.  También cambiará ligeramente el formato.

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 La mayoría, empezando por muchos profesores universitarios, tiene ideas falsas sobre historia de España: :pic.twitter.com/OxBMnbqIOO
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La religión como núcleo de las culturas y la revolución protestante

***El próximo sábado,  4 de febrero, deberá reaparecer el programa de historia en Radio Inter, con el título “Una hora con la Historia”, que presentará Kiko Méndez Monasterio. El programa “Cita con la Historia” marchaba bastante mal al haber pasado de Radio Inter a Cadena Ibérica, una emisora que tenía muy escasa cobertura y estaba empezando su conquista de audiencia, con lo  que la audiencia del programa había bajado en picado.  También cambiará ligeramente el formato.

***Siempre digo que si todo el mundo conociera este episodio, del mismo modo que “conoce” el mito de Guernica, tendría ideas más claras sobre el significado de la guerra civil y de muchos fenómenos que siguen dándose hoy. Y que contribuiría grandemente a sanear la esperpéntica política española actual: : https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=4s

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Por terminar con la cuestión, ¿podría resumirnos sus tesis básicas sobre Europa?

Es algo complicado. He tratado de exponer los desarrollos políticos, militares y económicos, de manera sucinta, naturalmente, así como los grandes movimientos intelectuales o espirituales que han modelado la civilización europea: la herencia grecolatina, la que podríamos llamar cultura de los monasterios, el Románico, el Gótico, el Renacimiento, el Barroco, la Revolución protestante, la Ilustración, la Revolución francesa, la era de las ideologías, la decadencia cultural desde la guerra mundial de 1939,  etc. Al describir aunque sea en esquema, esas evoluciones, es preciso apreciar un movimiento de fondo bajo todas ellas. En general, desde hace mucho, se tiende a considerar ese fondo como la economía y el desarrollo técnico, pero yo sostengo que es siempre la religión.

La religión apenas es tenida en cuenta, o como un aspecto marginal en casi toda la historia que hoy se escribe.

Es cierto, pero es el aspecto crucial. La base de la civilización europea es el cristianismo. Esto es una evidencia indiscutible, no precisa demostración, aunque puede describirse y narrarse muy ampliamente. Ahora bien, el cristianismo no es una doctrina y concepción de la vida y del mundo estática: de modo más intenso que en otras religiones, dentro de ella se ha dado una fuerte tensión entre razón y fe, entre el componente racional heredado de la filosofía griega especialmente, y la herencia judía, aunque muy profundamente transformada. El cristianismo trata de armonizar razón y fe, una tarea por así decir nunca acabada. Entiendo por tensión una relación simultáneamente de conflicto y complementariedad, que impone equilibrios dinámicos, inestables. Esa tensión puede ser creativa o destructiva, según los casos. Esa tensión se aprecia ya en la llamada Edad Media en los interesantes debates entre franciscanos y dominicos, que llegan a conclusiones opuestas, al menos parcialmente, sobre aspectos que atañen a la política, a la relación Iglesia-estado, etc. Con el protestantismo se produce una ruptura, viene a ser una rebelión de la fe contra la razón, mientras que con la Ilustración ocurre lo contrario, una rebelión de la razón contra la fe, con una crítica a menudo radical al cristianismo y en particular a la Iglesia católica.

Pero habla usted de un cristianismo cuando en realidad hay tres, bastante distintos entre sí, y no ha mencionado la llamada ortodoxia grecoeslava.

   Sí la menciono, pero antes terminaré de explicar lo anterior. Podríamos decir entonces que finalmente Europa no se explica por la religión, sino, a partir de la Ilustración, por el triunfo de la irreligión, del ateísmo o el agnosticismo, o de unas concepciones de la divinidad ajenas a la cristiana. Y esto podría decirse, porque efectivamente la civilización europea ha sido la única en la que se han expandido de tal forma concepciones no religiosas o antirreligiosas basadas en la razón. Lo propiamente europeo habría pasado a ser esta nueva realidad no religiosa, una ruptura con un pasado también europeo, el cristiano, lastrado por el oscurantismo y la superstición. Con el uso exhaustivo de la razón y la ciencia se esperaba poder llegar a conclusiones únicas y universales, válidas para todos y que todos podrían reconocer. Sin embargo la razón no ha sido capaz de tal cosa. En lugar de conclusiones unívocas y universales ha generado las ideologías, tales como el liberalismo, el marxismo, el anarquismo, más tarde los fascismos y otras menores. Todas ellas se basan en la razón y excluyen la fe, la religión, de manera explícita como el marxismo, o a efectos prácticos como el agnosticismo liberal. Cada una de esas ideologías emplea la razón a fondo y se opone, a menudo radicalmente, a las demás. Por resumir mucho, uno de sus resultados ha sido  la II Guerra Mundial, un choque entre liberalismo, marxismo y fascismos que ha determinado la entrada de Europa en una época de decadencia, que no sabemos cuánto se prolongará.

Es una interpretación inhabitual, desde luego. Volviendo a la ortodoxia oriental…

Así como la llamada Reforma protestante fue en realidad una revolución y una ruptura radical con el catolicismo, con Roma,  las diferencias doctrinales de Roma con Constantinopla son menores, se trata más bien de algunas tradiciones y de una identificación más fuerte entre el Estado y la Iglesia, entre Dios y el César. Al caer Constantinopla en manos del islam los ortodoxos habrían casi desaparecido de no ser por su previa extensión a Rusia. De todas formas el caso de Rusia es especial: su cultura permaneció muy primitiva hasta el siglo XIX, en que experimentó un impulso realmente extraordinario y comenzó a influir política y militarmente sobre la misma Europa occidental. Napoleón fue derrotado en Rusia, la I Guerra Mundial dio lugar a la revolución bolchevique, que influiría sobre todo el mundo, y Hitler fue derrotado también ante todo en Rusia, con lo que casi toda la Europa centrooriental pasó bajo su dominio. El derrumbe soviético ha abierto una nueva época difícil de enjuiciar por ahora. Es curioso que los comunistas volvieran la capital a Moscú, apartándola de la occidentalizada Petersburgo. Con ello recuperaban, quizá inconscientemente, la teoría de “la tercera Roma”, como capital espiritual y en gran parte política de un imperio que debía ser mundial. En fin, son muchos temas que abordo en la introducción a Europa, y podríamos seguir hablando mucho rato.

Pasemos entonces al segundo libro que ha publicado ud hace meses, La guerra civil y la democracia.  Ese sí lo he leído. He sacado la conclusión de que se trata de un ensayo contra la democracia, y creo que otros opinarán lo mismo.

No, mire, todos hablan de democracia y se dicen demócratas, sean los comunistas o comunistoides de Podemos, los etarras, el PSOE o el PP. En realidad, en España no existe un pensamiento democrático ni en la izquierda ni en la derecha, por lo que se ha convertido en una palabra mágica utilizada arbitrariamente…

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