Respirar y comer /Qué se jugaba en la guerra de España

Blog I Un relato de Krasni Bor http://www.intereconomia.com/blog/un-relato-krasni-bor-20130202

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La relación primaria de los seres humanos con el exterior se produce por la respiración y el alimento, algo que comparten con los animales, y sin lo cual no podrían vivir. Sin embargo hay una diferencia esencial entre ambas actividades: la respiración se produce en un plano inconsciente, automático y  rara vez somos conscientes del esfuerzo que supone. Y por fortuna la disposición de aire respirable es ampliamente suficiente para que no tengamos  que trabajar por conseguirla. La naturaleza no ha querido mostrarse tan generosa con los alimentos, que debemos obtener con esfuerzo consciente, a veces enorme  y sin excluir el fracaso, no siendo cosa rara en la historia y en la actualidad  la subalimentación y el hambre para millones de personas.

Por consiguiente, el aire no es un bien económico, mientras que los alimentos, por su escasez, sí lo son. Hay además otra diferencia esencial: la respiración es un acto estrictamente individual mientras que la búsqueda y en general el consumo de alimentos son actos sociales. El individuo aislado puede respirar sin obstáculo pero  tendría las mayores posibilidades de pasar hambre o de nutrirse muy deficientemente. La alimentación no es solo una actividad económica sino, más en general, social. Además de verse forzados a cooperar/competir por la comida, a los seres humanos, por lo común,  les gusta comer en compañía.

La respiración es un acto puramente orgánico,  ajeno a la cultura, pero no así la búsqueda de alimento, en torno a la cual, así como a su consumo, surgen espontáneamente técnicas y formas o rangos de distribución, arte (culinario, por ejemplo), ritos y costumbres, ideas y tensiones sobre el reparto,  relatos, vocabulario, invocaciones de carácter religioso, formas de distribución, incluso chistes, etc. Así, en torno al esfuerzo o la lucha por el alimento notamos los rasgos de eso que llamamos cultura. De modo que, de forma en apariencia lógica, se abre paso la impresión de que la cultura, realmente, consiste en un producto derivado de esa lucha por la vida, de la economía, siendo esta el elemento generador de aquella. Tal viene a ser, en el fondo,  la teoría de Marx y la razón de su coherencia teórica. O, expresada de forma más inmediata en la frase primum vivere (o manducare…).

Sin embargo, algo indica que no es así: los animales experimentan la misma necesidad y esfuerzo por alimentarse y no desarrollan nada  semejante a la cultura.  Por otra parte, un grupo humano reducido que viviera en un medio en el que la obtención del alimento apenas requiriera esfuerzo (se dan o se han dado casos), no desarrollaría, o apenas, rasgos culturales. Y sin embargo estos  aparecen en todas las sociedades humanas y son su signo distintivo por relación con las animales. O sea, diríamos que para alimentarse el hombre necesita una cultura previa.  Que no podría comer sin filosofar. La cultura debe tener, por tanto, otras fuentes que la lucha por la comida, aunque se refleje en esta.

Sí parece claro que la satisfacción de la necesidad de alimentarse (junto con las de vestirse y buscar o construir refugios) es la fuente de la economía. La obtención del alimento lleva consigo no solo técnicas, sino relaciones sociales más o menos complejas, nacidas a veces de la distinta habilidad de los sujetos o de una posición social independiente de esa habilidad, de la división de tareas, etc.  Quizá partiendo de estos datos elementales podamos abordar estos problemas y acercarnos al de las crisis económicas.

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¿Qué se jugaba en la guerra de España?

Stanley Payne dedica en su libro (La Europa revolucionaria)  una atención especial a la guerra civil española, lo que es bastante lógico por la atención internacional que ha recibido a lo largo de los años. Una atención curiosa en cierto modo porque, como observa el autor, sus repercusiones internacionales directas fueron escasas, quedando el conflicto limitado a España, por lo menos en el terreno político y militar. Esa atención se basa en un enorme equívoco, que presentaba esa guerra como un choque entre la democracia o “el pueblo” y el fascismo o “la reacción”.

¿Qué se jugaba realmente en nuestra guerra? Por mucho que asombre a estas alturas y con tanta bibliografía, es una cuestión nunca aclarada a fondo. Creo que Payne ve bien muchos de sus principales rasgos, pero no extrae todas las conclusiones. Así, deja en claro, como hemos hecho muy pocos más, que la historia de la república fue la del dinamitado de un inicio de democracia liberal, y que los dinamiteros fueron, precisamente las izquierdas frente a unas derechas mayormente inofensivas y dispuestas, aunque con mil recelos, a acatar una legalidad democrática siempre que no degenerase en arbitrariedad.

Al final, la democracia no desempeñó ningún papel en nuestra guerra, lo que ha llevado a Payne a decir alguna vez que no fue una lucha de buenos y malos, sino de malos contra malos. Me parece que el aserto no refleja bien la realidad.

Ante todo, ¿qué eran las izquierdas y qué pretendían? Creo que en Payne no queda del todo precisada su combinación de mesianismos e indigencia intelectual. Todas ellas, sin excepción, creían tener la panacea para transformar la sociedad a su gusto, consideraban que la democracia consistía en que mandasen ellas (cada una de ellas), y despreciaban la idea nacional, como recordaría Azaña amargamente. En otras palabras, eran unas izquierdas utópicas y básicamente anticristianas y antiespañolas. Su anticristianismo, único aspecto en que estaban de acuerdo todos los partidos izquierdistas, suele presentarse como “anticlericalismo” u oposición a la influencia política del clero, pero iba mucho más allá: pretendía extirpar la cultura cristiana de España como medio para implantar su utopía. Empezó con la primera quema de templos, bibliotecas y centros de enseñanza, para alcanzar su paroxismo, realmente genocida, en plena guerra civil: se trataba de erradicar, orwellianamente, la cruz de la vida pública y privada española, lo que pusieron en práctica en medida asombrosa en la zona del Frente Popular. No es que hubiera un plan explícito, al menos yo no lo conozco, pero el genocidio fue efecto lógico de unos utopismos de ínfima calidad intelectual. Casi nunca se insiste, y creo que Payne tampoco, en este dato crucial, del que solo fue un disfraz o un aperitivo el llamado anticlericalismo.

Tampoco se ha prestado suficiente atención al carácter antiespañol del Frente Popular. La hispanofobia fue clara y sin tapujos en los nacionalismos vasco y catalán, y afectaba indirectamente, aunque con plena fuerza, a los restantes grupos. Para los poderosos partidos y sindicatos obreristas, la idea de España era reaccionaria o sin importancia, disuelta en todo caso en su internacionalismo “proletario”; para el PCE, en concreto, se supeditaba absolutamente a los intereses del estalinismo. Todos ellos, incluido Azaña, tenían de la historia de España la visión forjada por la Leyenda Negra, asimilada sin crítica y hasta con regodeo (tendencia que revive hoy con fuerza). No es que Azaña se proclamase explícitamente antiespañol o indiferente a España, ni mucho menos. Pero, como otros, aspiraba a una España “nueva”, cortadas sus raíces de un pasado que creían repugnante, para ponerla a la altura unos ideales esquemáticos y simples.

Cuando se combinaron estas tendencias con la destrucción de la legalidad, los sectores, muy vastos, que se sentían patrióticos y cristianos se vieron en la disyuntiva de dejarse destruir “pacíficamente” o rebelarse. Se rebelaron bajo la invocación “por Dios y por España”, es decir, por la cultura cristiana y por la nación. Y contra la o las revoluciones anticristianas y antiespañolas de la izquierda y los separatismos, cuyo abocamiento solo podía ser totalitario.

Este fue, a mi juicio, el carácter de la guerra. Y hoy, por supuesto, no puedo menos de identificarme, como Marañón y tantos otros liberales, con quienes salvaron esos principios y valores fundamentales, sin los cuales la democracia liberal se queda en poco más que palabras y buenas intenciones en el vacío.

Y sin embargo la democracia liberal estuvo presente en todo este proceso de un modo peculiar, que veremos luego.

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Europa ante la Guerra Civil española

Blog I: Aróstegui / Stalingrado / Lectura rápida. http://www.intereconomia.com/blog/arostegui-stalingrado-lectura-rapida-20130130

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La Europa de los años 30 era, en lo político e ideológico, hija de la I Guerra Mundial (PGM) y nieta de la Ilustración y de la Revolución francesa. La  PGM se produjo entre estados de carácter liberal y capitalista (exceptuando a Turquía y en menor medida a Rusia), lo que originó una profunda crisis moral y política del liberalismo. De esa crisis nació la Revolución soviética, que ofrecía superar definitivamente la “anarquía”  y las desigualdades sociales  propias de los  sistemas burgueses liberal-capitalistas. La experiencia despertó extraordinario interés y esperanza en el mundo. Incluso bastantes financieros e industriales occidentales se prestaron, por deseo de ganancia pero también por simpatía, a ayudar a la naciente revolución que debía abrir un horizonte espléndido a la humanidad.  Otro resultado fue el cambio radical de fronteras, que volvió irreconocible el mapa político anterior: Alemania perdió extensos territorios;  los imperios austrohúngaro y otomano desaparecieron, fragmentados entre numerosas nuevas naciones poco amigas entre sí; la Unión Soviética, perdió, con respecto al Imperio ruso, a  Finlandia,  Países Bálticos, amplias zonas de Bielorrusia, etc.,  y fracasó en el intento de invadir Polonia; en 1922 el Reino Unido debió resignarse a la independencia de la mayor parte de Irlanda, ante la actividad del IRA; Alsacia y Lorena volvieron a Francia;  etc.  En 1922  el fascismo de Mussolini tomó el poder en Italia como fruto, en buena medida, de los desórdenes rojos previos. El fascismo se declaraba radicalmente  anticomunista y defensor de la cultura occidental, y al mismo tiempo afirmaba superar  los males achacados al capitalismo liberal o democrático. Junto a estos experimentos, y en relación con ellos, cundieron por el continente revueltas e intentonas revolucionarias. Se formaron breves repúblicas soviéticas en Hungría Eslovaquia y zonas de Alemania, y hubo cortas guerras civiles en  Lituania, Letonia, Portugal y  Finlandia, también de muy corta duración pero muy sangrienta en el último caso. Las huelgas  y disturbios proliferaron por la mayoría de los países.

España siguió la tónica general, pese a su ventaja por haber permanecido al margen de la guerra mundial y haber derrotado la huelga revolucionaria de 1917. Las causas por las que compartió la inestabilidad general fueron particulares, sin paralelo en otros países: el terrorismo anarquista alcanzó cotas insoportables, el desastre militar de Annual fue explotado con máxima demagogia por los socialistas, y los separatismos alcanzaron cierta peligrosidad en Cataluña y Vascongadas. Todo lo cual desembocó en la ruina del régimen liberal de la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

Para ese año lo peor había pasado en todas partes, y el continente ofrecía un aspecto  mucho más calmado: las luchas sociales remitieron y comenzaron los “Felices años 20”. España prosperó a un ritmo y con una estabilidad nunca conocidas desde el siglo XVIII, superando los tres cánceres que  habían destruido la Restauración: el terrorismo, el conflicto de Marruecos y el separatismo.

Pero la –relativa— calma no duró más de seis o siete años, y la década de los 30 ya empezó con una renovada epilepsia política, relacionada con la Gran Depresión económica iniciada en Usa en 1929 y extendida por gran parte del mundo.  La crisis fue tomada muy a menudo por la prueba de que el capitalismo liberal generaba forzosamente  despilfarro para los ricos y miseria para las masas. En Gran Bretaña fueron los tiempos de las “marchas del hambre” y en Francia las huelgas, desórdenes y escándalos políticos acercaban al país a una guerra civil.  Reverdeció la fe en el sistema soviético y en el fascismo, y un nuevo  y potente factor de trastorno  se instaló en el centro del continente: el  Partido Nacionalsocialista  de Hitler avanzó con ímpetu hasta conseguir el poder en  enero de 1933, por vías legales.  Si la URSS aplicaba los planes quinquenales, cuyos éxitos –logrados a un elevado coste humano— contrastaba su propaganda con el desastre económico burgués,  la Alemania nazi logró en poco tiempo eliminar el paro galopante y ofrecer una fachada de cohesión social donde antes existía una verdadera guerra civil soterrada.  Italia, mirada como un modelo por bastante gente, ejercía poca influencia a pesar de las ambiciones imperiales de Mussolini, pero Alemania era otra cosa: su potencia y su posición central, bajo un régimen en extremo dinámico y agresivo, deseoso de cambiar los resultados de la PGM,  trastornaba radicalmente los equilibrios europeos. Se extendió un clima de incertidumbre causado por las tensiones sociales, el desempleo masivo y la pobreza, combinadas por las rivalidades nacionales.

La perspectiva de una nueva guerra general pesaba sobre todos los espíritus. Francia e Inglaterra, ganadoras de la PGM,  tenían el mayor interés en mantener y afianzar el statu quo logrado, mientras que Alemania, también la URSS  y en menor medida Italia, trataban de modificarlo a su favor. Las aspiraciones fundamentales de Hitler se dirigían contra la URSS  por  doble motivo: ideológico,  de lucha contra el comunismo que había estado cerca de imponerse en Alemania; e imperialista, pues buscaba expandirse por los inmensos espacios rusos. Esto último exigía previamente eliminar los estados intermedios de Checoslovaquia y Polonia. Así, la política hitleriana se convirtió en  la clave de todas las salidas,  pacíficas o bélicas, de los acuerdos y los tratados entre países. La amenazada URSS buscaba alianzas con los países capitalistas a fin de  aislar a Alemania, a lo cual eran renuentes las democracias, temerosas aún más del sistema soviético que del nazi.  La postura soviética no se entiende si se olvida su enfoque marxista general. De acuerdo con sus tesis, las guerras nacían de las rivalidades entre potencias imperialistas y estaba próxima a estallar una nueva.  Por motivos tácticos, Stalin fingía cierta simpatía hacia los capitalismos democráticos y fulminaba contra Hitler y los fascismos, pero en realidad detestaba tanto a unos como a otros. Su estrategia  trataba, ante todo,  de evitar que la lucha estallase entre Alemania y la URSS y lo hiciese en cambio entre los países “burgueses”, al igual que en la guerra anterior. De este modo, fascismos y democracias se desangrarían entre sí,  la URSS quedaría como árbitro y la revolución cundiría  por Europa occidental, lo que no habían logrado las insurrecciones del quinquenio 1917-23.

Y en este juego de intereses y rivalidades entró España, un país secundario,  de modo bastante inesperado. Aquí, a la dictadura de Primo de Rivera y al intento fallido de sostener la monarquía, sucedió una república que desde el primer momento se mostró tormentosa  y profundamente inestable, hasta desembocar en una guerra civil con una primera fase en 1934 y la definitiva en 1936. Y de pronto fue obligado para las grandes potencias europeas tomar posición ante el problema español.

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El “deseo” religioso / El aplomo de don César

Blog I: ¿Qué debe España a la UE? / Un malvado de libro / Visita a París http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/que-debe-espana-ue-malvado-narcis-%C2%B4visita-paris-20130128

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La vida es ante todo sentimiento, y proponíamos que el sentimiento más profundo e intenso  del ser vivo, al menos en el nivel humano, es el del yo. El individuo solo se siente vivir a sí mismo, se siente a sí mismo como un yo y  el cumplimiento de sus deseos, el esfuerzo por cumplirlos, llena su vida. De ahí cabría esperar un yo absolutamente egocéntrico, enfrentado  a una realidad exterior básicamente hostil, que no satisface del todo o satisface muy mal sus deseos, para terminar por aniquilarlos junto con el sujeto deseante.  Sin embargo el sentimiento del yo no es tan simple o  absolutista. Incluye, por ejemplo, una simpatía instintiva que lo une a la especie a través en círculos cada vez más amplios a partir del familiar. Así el amor o el odio, derivados o implícitos en el yo, pueden cobrar tal intensidad que lleguen a pasar por delante del de la propia conservación del individuo. Ese efecto simpático resalta en multitud de fenómenos como un pánico de masas, la pornografía, espectáculos o movimientos colectivos en los que cada yo parece disolverse en un nosotros, etc. O en la percepción del sufrimiento ajeno, que nos hace sufrir a su vez en alguna medida, y que tan bien saben manipular muchos demagogos.

El sentimiento del yo es, por tanto, muy complejo, y finalmente no se entendería sin otro no menos profundo: el sentimiento del mundo exterior.  El mundo exterior se nos ofrece en dos planos: el social y el físico. Algunas teorías presentan al yo como un mero reflejo de las condiciones sociales, e igualmente la percepción individual del mundo físico. Con lo cual quedan sin explicar dichas condiciones sociales (o culturales), que pretendidamente  explicarían al yo y sus percepciones. Pero el mundo físico se presenta claramente al individuo al  margen de cualquier condicionamiento social. Recuerdo un profesor  harto pedante que afirmaba que el sentimiento del paisaje no aparece hasta el Renacimiento. Creo que existe siempre, incluso en los más primitivos;  posiblemente con más intensidad en estos, por estar más inmersos en la naturaleza elemental, y aunque no dé lugar a un arte preciso. El mundo físico choca al yo como una inmensidad misteriosa que le produce al mismo tiempo placer, admiración y terror.

Obviamente encontramos aquí, de nuevo, los tres niveles: al más inmediato, el mundo físico es captado  por  relación a los deseos de alimentación y reproducción, como una fuente de satisfacción, más o menos complicada, de esos deseos. De modo semejante debe de ocurrur con el animal. La capacidad técnica, más allá de  la mera adaptación animal, permite al hombre manipular el mundo físico para satisfacer mejor sus deseos y multiplicar estos, permitiéndole una visión ya muy distinta de la del animal, no instintiva sino utilitaria. Pero el individuo, el yo, aparte de cualquier condicionamiento cultural, también percibe el mundo en un plano mucho más vasto, fuera y por encima de  sus apetencias, con una relación muy distinta de la que le ofrece la naturaleza en el plano utilitario. Percibe cómo sale y se pone el sol, cómo llega la noche transformando la realidad visible y obligándole a abandonar la consciencia por unas horas, en las que se le aparecen extraños seres y aventuras,  tan distintos de la lógica diurna y que a menudo le inquietan y no sabe  cómo interpretar; percibe fuerzas colosales en torno a él, manifiestas en las grandes llanuras, las montañas, el mar, en los terremotos y las tormentas, las sequías y las inundaciones,  que desbordan cualquier potencia del yo; y percibe por contraste el firmamento con sus misteriosas luminarias y sus movimientos regulares, tan distintos de los del mundo inmediato; percibe la propia naturaleza próxima como un gigantesco paisaje que le acoge pero que también le es ajeno, frente al cual el yo siente su insignificancia espacial y temporal. Y sabe muy pronto que todo ello existe, está ahí, desde mucho antes de que él, el individuo, apareciera en el mundo y que continuará mucho después de su muerte, sabe que ese mundo está totalmente por encima de sus apetencias, destinadas a deshacerse con él,  aparentemente en la nada.  Esta consciencia o más bien supraconsciencia, le  provoca un deseo sui generis, difícil de precisar: el de entender la relación que pueda haber entre  ese mundo abrumador y la efímera existencia del yo  dentro de él. O quizá el de fundirse con un mundo que le somete a tan penosas pruebas, encontrar en él un sentido a estas. Un deseo que no depende de condicionamientos culturales, sino que probablemente sea el fundamento de estos, el fundamento de  la cultura. Ahí debe hallarse la raíz de la religiosidad,  y no en la frustración del impulso utilitario por adaptar la naturaleza a nuestros objetivos.

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Me llega por twitter un trozo de una entrevista a César Vidal en que trata de mi “caso”.  No cabe duda de que don César en un hombre valiente: desafía la verdad, al menos en lo referente a mí, con tal convicción y empaque que termina por caer simpático.  Por suerte hoy es fácil encontrar en Internet  las  polémicas que sostuve con él, y cualquiera puede hacerse una idea del asunto, que creo –y creen la mayoría de los lectores– difiere bastante de lo que él cuenta, tanto sobre el homosexualismo como sobre la ética protestante, el franquismo, la expulsión de Cataluña  o cualquier otra cosa. Y que revelan por su parte unos conocimientos harto esquemáticos de los temas que afirma, muy seguro, dominar. Por cierto que, con actitud muy poco liberal, él publicaba opiniones con seudónimo ruso en las que  se ensalzaba a símismo hasta las nubes y  exigía mi exclusión de Libertad Digital: es más fácil declararse liberal que demostrarlo. Y ya expliqué en otra ocasión las circunstancias de mi salida de LD, que no tienen nada que ver con lo que él dice

Algo que no podrán encontrar en internet, pero que paso a aclarar, es su relación inicial conmigo. Dice: “Pío Moa es un personaje totalmente desconocido  hasta que yo  leo su primer libro sobre la revolución de octubre y lo recomiendo”.  Pontifica  con una seguridad que casi da pena  desmentirle. Yo no era tan  desconocido, pues llevaba años escribiendo en varios de los principales periódicos españoles, como D-16, ABC,  El Correo y otros, y cuando publiqué el libro (Los orígenes de la Guerra Civil),  la primera entrevista, muy larga  y destacada, me la hizo Cristina López Schlichting  en ABC. Esa entrevista fue la que dio a conocer el libro entre el gran público. Posteriormente encontré a Federico Jiménez Losantos en la Feria del Libro,  le presenté mi obra y él me entrevistó luego en la COPE; supongo que de ahí vendría la aportación de don César. Así que muchas gracias por lo que me toca,  pero  creo que no debería ponerse tan estupendo. Sobre los demás temas, repito, cualquiera puede formarse su opinión consultando internet. En suma, don César, hombre bastante lúcido en algunos asuntos, se pierde cuando le tocan su religión.  De  forma un tanto  arbitraria y sectaria identifica  libertad, liberalismo y  protestantismo,  y cuando se le demuestra que las cosas son algo más complicadas que sus esquemas, su liberalismo y su respeto por los hechos se debilitan notablemente. Pero bueno, como  hombre de fe (protestante) puede permitírselo sin perder un ápice de aplomo. Ya lo explicó Lutero.

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¿La ley básica de la economía? / Tesis sobre los separatismos.

 Blog I: Con las víctimas o con la ETA / El yo cambia / Interpretación freudiana de “Berto”.http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Una crisis puede ser descrita también como un desfase entre el gasto y el ingreso,  o mejor entre el coste y el beneficio. Quizá sea esta una forma más productiva de describirla. Todas las empresas, todos los individuos, buscan el beneficio, y cuando los costes superan a este durante demasiado tiempo, caen en la ruina. De hecho esta podría ser la ley básica de la economía, enunciable así: el ingreso  debe ser superior, o al menos igual, al coste. “Vivir por encima de las posibilidades” significa que el nivel de consumo se ha vuelto demasiado oneroso para las personas, empresas o el país entero. La economía se derrumba si los costes superan a las ganancias, tanto en el caso de los individuos y empresas como de un país en general.

Esta ley, que puede sonar a obviedad, parece caracterizar a toda la vida. En cierto sentido podríamos definir a los animales como aparatos digestivos rodeados de otros aparatos destinados a facilitar la obtención del alimento. Mantener esos aparatos requiere un gasto de energía y obliga al animal a realizar un gran esfuerzo. Si el esfuerzo por obtener alimento  supone un gasto de energía superior al que obtiene para mantenerse, el animal se deteriora y en un plazo no largo muere. La vida se alimenta de la vida, tanto en el caso de los carnívoros como de los herbívoros y esta es una de las fuentes, quizá la fuente principal, del componente penoso, en cierto  modo trágico,  de la vida,  ya que  a ningún ser vivo le gusta terminar como alimento de otro.  Los herbívoros buscan, a veces con gran esfuerzo, pastos  suficientes, y estos solo permiten vivir a un número de individuos. Si los herbívoros se vuelven excesivos, la capacidad del pasto condena a muerte a numerosos de ellos.  En cuanto a las plantas, que viven en gran parte del suelo mineral, del agua y del sol, les ocurre algo parecido: el suelo ha de ser fértil, es decir, tener una dosis de componentes orgánicos, de vida muerta o ex vida. Si el suelo es estéril, el esfuerzo de la planta por sobrevivir será baldío.

Claro que la vida no podría alimentarse de la vida si esta fuera la única fuente de alimento, pues, considerada globalmente, la vida  sería como un animal que viviese devorándose a sí mismo.  Así, en  el alimento, también de los animales, incluso carnívoros, entran elementos no orgánicos, como son el agua o la luz, que están  seguramente en el mismo origen de la vida. Hay otro aspecto que no  voy a tratar: a veces se dice que la vida contraría el segundo principio de la termodinámica, pero, si esto es así, aumenta el orden parcialmente a costa de aumentar el desorden en el ambiente global. Lo mismo ocurre, probablemente, con las sociedades humanas.

En las sociedades humanas, la ciencia económica trata las mismas  necesidades básicas que tienen los animales: las llamadas  necesidades  materiales (albergue, vestido –este no entre los animales–… y ante todo comida) diversificadas en una multitud de deseos. O trata otras necesidades digamos espirituales, pero desde el punto de vista de su faceta material.  Volviendo a la crisis, incluso una economía boyante, cuando la relación entre costes e ingresos parece satisfactoria, más o menos equilibrada, recuerda a una jungla en la que fracasa constantemente gran número de empresas, por no obtener el mínimo de beneficio necesario. Quizá este fracaso empresarial sirva, de todos modos, como una especie de abono para que el conjunto prospere, al hacer circular dinero y recursos. La crisis llegaría cuando estos fracasos afectaran a demasiadas empresas y a la economía de un país en su conjunto. Entonces se volverían imprescindibles los recortes o saneamiento para restablecer una relación general relativamente equilibrada de costes y beneficios. Entiéndase que el equilibrio en cualquier aspecto de la sociedad es siempre inestable, debido a los continuos cambios generados por la ebullición de los individuos y empresas en su seno, que provocan incluso cambios  en la estructura económica.  Por ello, también las crisis no afectan nunca al conjunto de la sociedad, sino a sectores de ella, cuyo efecto sobre el conjunto queda atenuado por la diversidad de sectores productivos.  Así, la crisis del ladrillo afecta al conjunto, pero no con tanta fuerza como al ladrillo mismo, ya que de otro modo el país sufriría un colapso económico.

En fin espero sus duros comentarios.

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Blog de Sebastián Urbina: http://sebastianurbina.blogspot.com.es/

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Sobre el separatismo:

****Los separatistas saben muy bien que el lazo histórico, cultural y económico entre sus regiones y el resto de España es mucho más fuerte que los “hechos diferenciales”.

**** Los separatistas saben también que los muy secundarios hechos diferenciales no suponen por sí mismos ninguna ruptura con el conjunto

****Tampoco ignoran los separatistas que disgregar España en varios estados debilitaría a todos ellos, convirtiéndolos en objeto de intrigas y ambiciones de otras potencias.

****¿Por qué, sabiendo estas cosas, persisten en sus insensateces? Por ambiciones particulares que se dan de forma natural en todas las sociedades y naciones.

****¿Por qué vienen teniendo un éxito político considerable? Porque la defensa de España por los partidos llamados nacionales ha sido y es muy débil y vergonzante.

****Los separatistas no habrían avanzado tanto sin la colaboración de los dos grandes partidos que se dicen nacionales de España.

****La táctica separatista  se basa en el narcisismo (“nosotros somos especiales y superiores”) y en el victimismo (“nos oprimen, pese a ser tan buenos”)

****El fondo histórico del narcisismo es el racismo, tan presente en Europa cuando se formaron esos separatismos. Tras la II Guerra Mundial, el racismo  es inconfesable, pero persiste de forma encubierta.

****Sin ese racismo encubierto, la tensión separatista se vendría abajo. Pero es un racismo especialmente ridículo. Catalanes, vascos, etc., son tan mediterráneos como los demás españoles.

****El victimismo no tiene mayor fundamento que el narcisismo de fondo racista: vascos, catalanes, etc., han compartido los avatares históricos de España, los buenos y los malos.

****El discurso separatista no tiene apoyo en la historia: vascos, catalanes, etc., han vivido en España y se han sentido españoles durante toda su historia.

****El separatismo desprecia a los catalanes y vascos reales por haber sido y haberse sentido españoles durante tantos siglos.

****El separatismo pretende “redimir” a sus paisanos de males imaginarios para “construir” una nación ideal cuyos beneficios serían no menos imaginarios.

****Para destruir los estrechos lazos interregionales, el separatismo necesita atacar también la democracia.

****Los separatismos pueden causar un desastre general.  Plantean un reto que la sociedad y la política española deben afrontar resueltamente, so pena de los más graves males.

****Los separatistas, cuanto más se percatan de la debilidad e insensatez de sus recetas, más odian a España.

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Proyección internacional de la Guerra de España / Cameron tiene buenas ideas.

En twitter: PioMoa1. Facebook:  Pio Moa.

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Blog I: ¿Maltratan más las madres? / Tendencias suicidas en la sociedad http://www.intereconomia.com/blog/maltratan-mas-madres-tendencias-suicidio-sociedad-20130123

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Uno de los aspectos más llamativos de la Guerra  civil fue su proyección internacional en los terrenos moral, político e ideológico.  La repercusión en todos esos terrenos fue enorme  y la contienda seguida con el mayor interés, incluso apasionamiento, en Europa y América,  también en Filipinas;  incluso  en China Mao Tse- tung  la señaló como ejemplo (erróneo) al indicar que su revolución necesitaba crear varios “Madrid”,  refiriéndose a la resistencia de la ciudad ante las tropas de Franco.

Esto es curioso, porque España era un país de segundo orden en la escena mundial. Hasta comienzos del siglo XIX no dejaba de ser la tercera potencia europea,  gracias a su poder naval y su enorme imperio, y se mantenía culturalmente a un nivel bastante aceptable, aunque ya poco original.  Otra guerra, la de Independencia, despertó un interés general, por ser aquí donde Napoleón se empantanó y se desarrollaron nuevas formas de lucha que serían imitadas en  otras contiendas, sobre todo en el siglo XX.  Sin embargo, la victoria sobre Napoleón no supuso un triunfo para España, que salió de ella devastada e internamente dividida, a lo que siguieron otras dos guerras sin buen fin. De resultas, el país se hundió en su etapa de mayor decadencia cultural, económica y política, dejando de representar un papel significativo en los asuntos mundiales. En Francia o Inglaterra, las naciones con mayor incidencia para España, esta era mirada con una mezcla de condescendencia  y desprecio, suscitando sus tribulaciones internas  más bien un interés apagado por lo pintoresco, aparte de la especulación sobre posibles beneficios para los países observadores.

Creo que fue el muy calumniado régimen de la Restauración (y  esas calumnias  reflejan un espíritu decadente) el que empezó a enderezar al país después de la anterior experiencia desastrosa, culminada en  la I República. No me extenderé en las consecuencias moral y políticamente desastrosas del 98, que sin embargo no interrumpieron de momento  la recuperación, lenta pero consistente, del país,  enfermo desde la invasión napoleónica.  En estas circunstancias tampoco convenía a España atraer demasiada atención del exterior, y  uno de los mayores aciertos de aquel régimen fue mantener al país fuera de la I Guerra Mundial, que solo podría haber  agravado la enfermedad y sus causas (como hizo en Italia, por ejemplo).

Con todas sus epilepsias –terrorismo anarquista, huelga revolucionaria de 1917, desastre de Annual, caída del régimen en 1923,  crisis violenta y permanente de la II República con las  insurrecciones ácratas, el golpe de Sanjurjo, el intento revolucionario de 1934 y la convulsión del Frente Popular—España seguía siendo un país políticamente marginal en Europa y sus sucesos tampoco atraían demasiado la atención de un continente a su vez en crisis desde la I Guerra Mundial. Y es probable que así hubiera seguido siendo si el golpe del 18 de julio de 1936 hubiera triunfado rápidamente, como deseaba Mola. Al no ser así y emprenderse una guerra civil en toda la extensión del concepto, parece como si España, país hasta entonces marginal y mirado con cierta displicencia, concentrase todas las tensiones de la época en el mundo, o al menos en Europa. Por lo que es necesario examinar dichas tensiones, a las que a menudo no se da suficiente relieve en las historias de la Guerra civil, y de las que seguiremos hablando.

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****Echen un vistazo al blog de Aquilino Duque: http://vinamarina.blogspot.com.es/

****Cameron tiene a veces buenas ideas. Habla de someter a referendum la permanencia de Inglaterra en la UE. A buenas horas los serviles y necios (y corruptos) políticos españoles habrían osado otro tanto, a pesar de que  España sale más perdjudicada que Inglaterra. Habrá que hablar sobre su discurso.   http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/hurra-por-inglaterra-62379/ …

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