Blog de gaceta.es: “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Recuerdos sueltos: Un hombre de mundo.
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Señor Moa: Veo en el metro unos grandes anuncios en que se afirma, más o menos, que si un niño quiere llegar a algo, alcanzar alguna buena profesión, debe estudiar en inglés. No inglés, (u otro idioma), sino EN inglés. Son anuncios de la Comunidad de Madrid y de una tal institución Trinity. Confirma todo lo que viene usted diciendo sobre esta autocolonización que nos imponen nuestros políticos con una propaganda desvergonzada. También cuando le veo en Intereconomía, me molesta mucho que de vez en cuando suelten un “Now everibody” o cosa por el estilo. ¿Es que son idiotas? Le quita seriedad y le añade lacayismo, como usted dice. Otra crítica: en el programa de Esparza salen de vez en cuando unos aplaudiendo y gritando a la americana. Yo creía que era un programa serio, y eso lo convierte en una bobada al estilo de la telebasura. Veo a menudo la BBC y creo que nunca harían semejantes cosas en un programa que pretende ser serio. Parece que en España hay una inclinación siempre a caer en lo chabacano. Le quita seriedad incluso cuando habla usted. También creo que alguna vez habló usted sobre los abusos de la publicidad. ¿Por qué no recoge un tema que tienen abandonado todos los demás? Gonzalo Gómez Pérez.
Pues sí, doña Hope Aguirry es una patriota… inglesa. Tiene algunas ideas claras en cuanto a las autonomías y otras cuestiones, más o menos claras en economía, pero esas virtudes las echa a perder con su anglomanía obsesiva. Dice defender a España frente a los separatismos, pero su programa real tiende a disolver a España en Anglosajonia. Recuerda a los afrancesados: tenían algunas buenas ideas reformistas, pero en definitiva pretendían hacer de España un satélite de Francia (en parte, solo en parte, lo era desde Felipe V), incluso cediéndole el país al norte del Ebro. Eso los convertía en agentes del ocupante y los descalificaba totalmente. Hace poco, doña Hope hablaba de Gibraltar como “objetivo irrenunciable”. Eso solo son palabras si a cambio se gibraltariza el conjunto del país. Por otra parte, la frase solo puede significar algo si se acompaña de un plan de medidas concretas y progresivas, hasta el cierre de la verja y del aeropuerto (sus vuelos vulneran el espacio aéreo español) si fuera preciso. Los ingleses saben muy bien lo que significan las palabras vacuas, y se ríen y chulean de ellas, como vienen haciendo.
En lo de Intereconomía estoy bastante de acuerdo. Creo que debieran corregir esos fallos. Y de la publicidad, es decir, de cierta publicidad ofensiva, habrá que hablar más, desde luego, porque la publicidad comercial no es neutra y contribuye extraordinariamente a conformar mentalidades.
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EL REGENERACIONISMO Y ESPAÑA.
Si la crisis del 98 dio impulso a los separatismos, no lo dio menos a un peculiar nacionalismo español, el llamado “regeneracionismo”, que también tenía algunos precedentes. Descubrían estos que el pasado español no debió ser como realmente fue, sino que en algún momento nefasto se había “desviado”, en lugar de haber seguido los rumbos que cada opinador creía más acertados. Unos denunciaban la orientación euroamericana tomada a finales del siglo XV por España, la cual, argüían, debiera haberse volcado en África, su campo de expansión “natural”. No faltaba quien llevaba el origen de la desviación hasta el siglo VI, con la conversión del rey godo Recaredo al catolicismo, engendrador de la nefasta alianza entre la oligarquía y el clero. Dentro del racismo de los tiempos —harto diluido en España, excepto en los nacionalismos catalán y, sobre todo, vasco—, se escuchaban avisos deprimentes sobre la escasez del elemento “ario” en el país, con lo que los males tendrían muy difícil remedio. Regeneración de un país estropeado desde siglos atrás era el lema clave. Tales pintoresquismos pasaban por ejercicios intelectuales de enjundia.
El regeneracionismo se extendió entre un amplio sector de la intelectualidad, que incluía a muchos de los más influyentes escritores de la época o posteriores, hasta convertirse casi en un lugar común. Sin conformar una doctrina precisa, funcionó más bien como un conjunto nebuloso de tópicos a menudo incoherentes, pero que han venido pesando hasta hoy mismo. Podría resumirse en tres puntos fundamentales: modernización del país, rechazo hacia el pasado español y condena del régimen liberal de la Restauración, considerados, este y la historia anterior como rémoras que mantenían a España en el atraso y la impotencia. No faltaba en ese movimiento una inclinación por medidas de fuerza, a un dictador imbuido de tales ideas.
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Expondré brevemente opiniones de varios de los principales representantes o teorizadores, si así quiere llamárseles, del regeneracionismo. Costa, perturbado por el Desastre, proponía, para remediar los males del país, la consigna “Escuela y despensa”, que sonaba razonable y a la vez demasiado simple, por cuanto no definía bien cómo se llenaría la despensa ni qué se enseñaría en la escuela. Por lo pronto, se enseñaría una versión que, si bien exaltaba algunos rasgos históricos de España, la presentaba como un fundamental extravío hasta desembocar en “una nación frustrada”, hecho deplorable que le inducía a “fundar España otra vez, como si no hubiera existido”; imaginaba el pasado de España como el de un país guerrero e improductivo, y proponía echar “doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar”. Al margen del acierto o error de sus recetas –fundamentalmente agrarias en un país que iba industrializándose–, el pasado y el presente hispanos resultan en Costa caricaturizados hasta extremos pueriles. Fracasó en su intento de encabezar un vigoroso movimiento político, pero sus ideas, o lo más vagoroso de ellas, hallarían amplio eco entre políticos e intelectuales.
Azaña, que por entonces iniciaba su carrera, descalificaba con énfasis aún mayor a la España histórica, que aspiraba a sustituir por unos esquemas un tanto retóricos. Esa descalificación constituye la base de su pensamiento político. En El jardín de los frailes se mofaba: “España era la monarquía católica del siglo XVI (…) Ganar batallas y con las batallas el cielo; echar una argolla al mundo y traer contento a Dios”, creando un prototipo humano con un “intelecto ergotista y alma fanática de un vate hebreo”. La época de mayor poder e influencia de España se reduciría, según afirmaba en su errático discurso Los motivos de la germanofilia, a un imperio donde “no hubo más que mendigos y frailes, aliñado con miseria y superstición”. La historia de España se habría torcido definitivamente con la derrota de los Comuneros de Castilla en el siglo XVI (una idea tópica muy extendida por los republicanos y la masonería desde el siglo XIX). Por suerte, y gracias a tales aclaraciones, “Los españoles están vomitando las ruedas de molino que durante siglos estuvieron tragando”.
Todavía más claro es su discurso programático Tres generaciones del Ateneo, de 1930, cuando pasó a intervenir de lleno en la política (y lo hizo promoviendo un golpe militar). Comparó el pasado español con una sífilis hereditaria, por lo que “Nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparse de la historia”; “Ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas”. Así, aquella enferma herencia histórica requería “una empresa de demoliciones”, dirigida por “la inteligencia republicana”, que buscaría el apoyo y el impulso en los sindicatos revolucionarios, “el hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”. Advirtió que “Si agitan el fantasma del caos social, me río”, y que “no seré yo quien siembre desde esta tribuna la moderación”. En suma, aspiraba a que “el presente y su módulo podrido se destruyan” mediante una alianza entre la inteligencia y lo que él mismo reconocía como barbarie. Este discurso condensa una estrategia y pensamiento político, y explica también una gran causa de las convulsiones del país en los años 30. En Los personajes de la República vistos por ellos mismos expuse con cierto detenimiento la evolución de las actitudes e ideas de Azaña, a menudo malinterpretado tanto por sus admiradores como por sus denostadores.
No menos drástico se mostraba Ortega y Gasset, que desde pronto despuntó como el intelectual más prestigioso, con fuerte influencia sobre otros como Américo Castro, Pérez de Ayala, Marañón, etc. De la Semana Trágica de 1909 en Barcelona, Ortega concluyó que “España no existe como nación”. El país llevaba al menos tres siglos y medio de “descarriado vagar”, bajo los efectos de una “enfermedad” que afectaba tanto a las clases gobernantes como al conjunto, por lo cual “¿No es cruel sarcasmo que (…) se nos proponga seguir la tradición nacional?”. Y proponía algo tan extraordinario como “quemar en un grande, doloroso incendio (…) la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridiscente la España que pudo ser” (OOCC, I, Madrid, 1946, p. 272 y ss). Retórica tan grandilocuente como vacua, cuyo sentido es imposible vislumbrar, fuera de algún programa como el de Azaña. Ortega desarrolló sus ocurrencias en su España invertebrada, colección de dislates no muy disímil de los de Arana o Prat de la Riba, si bien con tono más moderado.
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En fin, las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los expansionismos turco, protestante y francés, etc., pasaban a ser miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas. Para ellos, y con divergencias de matiz, España habría sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes y siguiendo por los franceses y los protestantes (generalmente no incluían a los otomanos). La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los regeneracionistas. A tales tiradas no replicaba casi nadie, como hubo de lamentar Menéndez Pelayo con su acerba crítica a los “gárrulos sofistas”.
Salta a la vista la semejanza de este peculiar nacionalismo español con el vasco y el catalán. El motivo común a todos era el desprecio o el odio hacia la España histórica, de la que derivaba el desprecio y odio implícito en Arana y Prat de la Riba a la Cataluña o las Vascongadas reales, que durante siglos no solo habrían soportado una horrible opresión, sino que se habrían identificado abyectamente con sus supuestos opresores, al sentirse españoles los vascos y los catalanes. También se asemejaban los estilos de todos ellos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual. Pero de las mismas premisas (la inexistencia de España como nación o, en cualquier caso, su existencia como una nación “anormal”, “enferma”, “desviada”), los separatistas sacaban una conclusión contraria, y quizá más lógica, que los regeneracionistas: había que acabar cuanto antes con la pesadilla, es decir, con una España que seguramente no sería regenerable.
Los regeneracionistas tenían harto mayor talla intelectual que los separatistas, aunque esa talla menguaba cuando bajaban al terreno político e histórico. También eran menos absorbentes y exaltados que los Arana, Prat o Cambó. Y resultaban chocantes como cuando Costa repudia al Cid: el espíritu de este les habría venido muy bien para llevar a cabo la inmensa tarea que al parecer se proponían: nada menos que fundar o refundar una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana. Comparadas con ese objetivo, las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero la pasión retórica de los regeneracionistas no iba en serio: se limitaban a juguetear imaginativamente con ella, autoerigidos en jueces del pasado y del porvenir, o adoptaban poses de desengaño y pesimismo; y se preocupaban más de “arreglarse la vida” como funcionarios que en consagrarse a su imaginaria misión. Al contrario que Prat o Arana, respondían al tipo clásico del “señorito”, un tanto frívolo, más bien que al de hombre inspirado o al hombre de acción.
Frente a las construcciones imaginarias ya examinadas, la nación española no precisaba invenciones, porque la huella de su pasado estaba presente en medio mundo, en los numerosos países hispanohablantes, en los nombres hispanos extendidos por el Pacífico y por América, en la expansión católica, etc. Y hechos como la eclosión cultural del Siglo de Oro o la defensa española de Europa frente al expansionismo otomano, de la Europa católica frente a la expansión protestante o la recuperación posterior, no eran mitos, sustentaban un sentimiento nacional que pocos creían necesario sistematizar en doctrina. Y sin embargo quedó claro que la inercia histórica no bastaría frente al enconado ataque de los movimientos que tomaron cuerpo tras el 98. Hacía falta una alternativa apoyada en el pasado y respetuosa con él, y al mismo tiempo adecuada a los nuevos tiempos. La cual no se produjo, en gran medida por aquella especie de traición de los intelectuales.
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Como quedó indicado, la primera fase de la regeneración consistiría en acabar con aquel régimen liberal, que para Costa se resumía en dos rasgos totalmente negativos: oligarquía y caciquismo. Mandaba en el país una “minoría absoluta, que atiende exclusivamente a su interés personal, sacrificándole el bien de la comunidad”. A esa minoría la calificó de “necrocracia”, poder de lo muerto, de lo inútil, losa aplanadora de las energías populares. Y las había aplanado hasta el punto de que el pueblo había perdido la voluntad, era incapaz hasta de “leer periódicos”, y carecía de “ciudadanos conscientes”. Por tanto, era preciso un dictador ilustrado, enérgico y altruista, un “cirujano de hierro”, que sacase al país del marasmo. Había que “declarar ilegítima la Restauración”. Azaña no le iba a la zaga en sus invectivas, que resumía en la frase: “He soñado destruir todo ese mundo”. Ortega habla de “estos años oscuros y terribles”, de una “España oficial” empeñada en asfixiar a “la España vital”. Define como “el gran corruptor” o “maestro de corrupción” a Cánovas, fundador de aquel régimen y político muy respetado en toda Europa. Por contraste, el epiléptico período anterior a la Restauración solía ser mirado con simpatía, como una edad “vitalista”. Escritores y artistas como Valle-Inclán, embellecían incluso el terrorismo anarquista o aplaudían a un socialismo que realmente no entendían, como ocurrió con Ortega o Unamuno.
Ciertamente las críticas de unos y otros a la Restauración, centradas en la corrupción electoral y municipal, la escasa atención a la enseñanza, la desprotección de los trabajadores manuales, etc., no dejaban de tener algún fundamento. Pero solían ser ataques exagerados, faltos de verdadero análisis y enfocados desde fáciles utopismos que ignoraban la evolución del país, las dificultades reales y la necesidad de tiempo y calma para mejorar; todo lo cual entrañaba un grave riesgo de guerra civil en beneficio de unas soluciones vagas o estériles. Por cierto, se hablaba a menudo, con toda frivolidad, de la conveniencia de una guerra civil.
Pues la Restauración había superado la inestabilidad política generada por los constantes pronunciamientos, golpes de estado y guerras civiles, la debilidad cultural y el estancamiento o escasa prosperidad económica del período anterior. La conciliación entre conservadores y liberales aportó al país un crecimiento sostenido, por primera vez desde el siglo XVIII, una industrialización lenta y parcial, pero sostenida y en auge, una reducción, aunque menos rápida de lo posible y necesario, del analfabetismo, un renacimiento cultural importante con desarrollo científico, por primera vez en largo tiempo. Había sido uno de los primeros en Europa en establecer el sufragio universal y proporcionaba también libertades cívicas, que permitían fundar y desarrollar las más diversas tendencias políticas. El achacado caciquismo era producto más bien de un país agrario y sin experiencia democrática (fenómenos semejantes existían en Inglaterra, Francia o Usa, por ejemplo), y era fácilmente superable, como demostraron bien pronto los partidos republicanos y nacionalistas regionales, entre otros. Lo que parece más lógico y razonable habrían sido unas críticas y propuestas reformistas, en lugar de destructivas, animadas por un radicalismo intelectualmente endeble. Defectos de los que también adolecía su posición hacia la España histórica.
Tales actitudes no dejaban de tener serias consecuencias. Aquellos intelectuales habían sido mimados, dentro de las posibilidades, por el régimen, habían gozado de una educación privilegiada, viajes de estudio al extranjero, etc., y en cambio se rebelaban bajo consignas irrelevantes, dejando a la Restauración sin respaldo intelectual y moral frente a las corrientes ácratas, marxistas, separatistas y republicanas exaltadas, con las que, de hecho se alineaba aquella intelectualidad. Y un régimen privado de tal respaldo no puede durar demasiado.
Así, la Restauración terminó hundiéndose en 1923. Pero debe señalarse que su capacidad de resistencia desde el 98 fue notable, pese a tan adversas circunstancias, lo que indica que fue mucho más que un mero montaje “artificioso”, “corrupto”, “irreal”, “podrido”, “inane” “muerto”, como lo calificaban sus contrarios. Y su caída final iba a demostrar que las alternativas propuestas solo empeorarían la crisis española, arrastrándola hasta la guerra civil.
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Otra faceta del problema es la suposición, invocada a menudo, de que el mero surgimiento de estos movimientos y su persistencia demostrarían que, en definitiva, España era una “nación fallida”. El liberalismo habría intentado a lo largo del siglo XIX “construir” una nación, y fracasado en el empeño. Claro que, a su vez, el empeño por destruir la nación española lleva más de un siglo fracasando, de modo que el problema, obviamente, no puede plantearse así.
La nación española existe, como he señalado, desde Leovigildo, y como comunidad cultural desde Roma. El liberalismo no ha aportado ninguna nación nueva, sino el concepto nacionalista de la misma, esto es, la soberanía popular y otros rasgos como la unidad de mercado o las libertades públicas. Lo que ha resultado débil no es la nación, sino ese nacionalismo, y la causa la encontramos a su vez en la debilidad liberal. A lo largo del siglo XIX, el liberalismo hispano derrotó al tradicionalismo feudalizante del Antiguo Régimen, consiguió una básica unidad de mercado y unas libertades públicas. Su problema consistió en no haber obtenido una aceptación muy amplia, en gran medida porque llegó asociado, en una mentalidad popular extendida, a las devastaciones de la invasión napoleónica, al anticristianismo nacido de la Revolución francesa, con su terror y matanzas, e incluso a la conducta de los aliados protestantes ingleses, que causaron graves saqueos, destrucciones y violaciones. Por eso muchos entendieron el liberalismo y sus programas como antiespañoles, esto es, extranjerizantes y antirreligiosos. Antes de la invasión francesa, España se iba recuperando de una larga decadencia, proceso que la agresión quebró bruscamente, por lo que mucha gente miraba la época anterior como un modelo apropiado para mantener a España en paz y en progreso. Aunque aquel sistema resultaba ya atrasado y anacrónico.
A todo ello se añadió el largo período de luchas entre los propios liberales, por medio de golpes y pronunciamientos militares que nada tenían que ver con un fracaso de “la nación” y sí con deficiencias del propio liberalismo. Tal situación, superada por la Restauración, volvió a degenerar desde el 98 con movimientos como los mencionados, que iban a causar continuas convulsiones hasta su derrota en 1939. Después, en la Transición resurgieron algunos, en particular el socialismo y el separatismo bajo la forma terrorista de la ETA, que han impedido la estabilidad y desarrollo de la democracia, hasta llevarla a la nueva crisis actual. Decir que ello demuestra el fracaso de la nación española es como decir que una estafa demuestra el fracaso del estafado.
Nota: las citas aquí expuestas están documentadas en mis libros Los personajes de la República vistos por ellos mismos ( capítulos “La marca del 98” y “El problema de España”), y de Una historia chocante (capítulos “Sabino Arana, el fundador, Prat de la Riba, el sistematizador” y “Los retos del siglo XX”).
