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Ha sido muy fuerte en la historiografía la tendencia a omitir la religión como un elemento no ya crucial sino simplemente importante en el devenir humano. La mayoría de los estudios deja clara o sobrentendida la idea marxista, y no solo marxista, de que es la economía la que da contenido y sentido a la historia, constituyendo la religión una superestructura fantástica, innecesaria y de algún modo parasitaria, que solo merece examinarse, a su vez, desde una perspectiva económica o política. A esa concepción cabe oponer la presencia universal de la religión en las culturas y la importancia que estas le han dado siempre, un hecho que no puede ser trivial o despreciable.
El hombre se caracteriza por la consciencia del mundo y de sí mismo. A su consciencia se le plantean dos grandes tipos de problemas que aborda la filosofía: los llamados metafísicos, referidos a la razón de ser y sentido del mundo y de su propia vida, y los digamos pragmáticos, es decir, políticos, técnicos, científicos… que le presenta la necesidad de desenvolverse en el mundo y adoptar una actitud fructífera o satisfactoria ante él. La gran mayoría percibe estos problemas de modo difuso y confuso, porque sus energías están absorbidas por los mil problemas y afanes cotidianos; pero aún así los percibe, sobre todo en ocasiones típicas, como algún grave fracaso o enfermedad que pone su vida en peligro, o la contemplación del cielo estrellado… Y los perciben con más claridad y agudeza algunas minorías, generalmente más liberadas de esos afanes, y que han dado forma a las religiones, filosofías e ideologías. Por otra parte, en la historia observamos una alternancia entre períodos más metafísicos y más pragmáticos, por emplear esos términos. Alternancia visible entre la Grecia clásica y el helenismo, o entre la escolástica y el llamado Renacimiento, por ejemplo.
Dicho de otro modo: el hombre percibe que todos sus afanes acaban derrotados por la muerte; que su vida está condicionada por azares ajenos a su consciencia y voluntad; que no logra orientarse del todo en el laberinto de sus propios deseos –a menudo contradictorios– y del conflicto con los deseos de otros; que ni siquiera está en el mundo por su designio o intención; que tan perecedero y ajeno a su voluntad como su existencia particular es la existencia de la especie y del mundo que le cobija y le hostiga a un tiempo. De ahí una profunda angustia capaz de bloquear la psique. No es ilógica la intuición de unas fuerzas o voluntades misteriosas (espíritus, divinidades) por encima de su vida y del propio mundo. Esa intuición profunda y oscura, provoca en la psique un doble e intenso sentimiento de adoración y de terror, origen de mitos, ritos para hacer propicios a los dioses, arte, razonamiento…, en fin, la cultura propiamente dicha.
En ese sentimiento profundo debe radicar el fondo común a la religiosidad en todas las culturas, por muy variadas que sean sus manifestaciones. Las divinidades dan orden y sentido a la vida por encima de la insuficiencia de nuestra mente para comprenderlo, y la religión cumple así un doble papel: calma –nunca por completo– la angustia esencial y paralizante propia de la condición humana, ofreciéndole consuelo por sus carencias, sufrimientos, errores y muerte forzosa, liberando así las energías psíquicas necesarias para afrontar las exigencias de la vida con vistas a la conservación individual y como especie.
No obstante, en las concepciones hoy más corrientes de la historia, la religión es relegada a subproducto ilusorio o poco relevante de la actividad humana, a menudo reducida a la económica o (en Freud) a la sexual. La religión sería una proyección fantástica e innecesaria de las exigencias de la vida práctica, lo que vuelve difícil explicar su carácter universal. Sostengo que no se trata de una ilusión, sino de la intuición, más o menos clara, de la fuerza o voluntad (así conceptuada por analogía con las capacidades humanas) misteriosa, pero necesaria, subyacente a las caóticas, variadísimas y perecederas apariencias de la vida y del mundo. Y que de esa intuición derivan a su vez las manifestaciones históricas y culturales de la vida humana.
Por otra parte, las leyes y costumbres que buscan regular los conflictos sociales que condicionan y frustran a los individuos, no podrían mantenerse sin inspirarse en unos valores generales cuyo fondo último es religioso, por encima de convenciones, intereses o deseos particulares. En Europa ha solido oponerse la razón a la religión; pero no solo el poder de la razón es limitado, sino que, como los demás rasgos humanos, aparece como un “don”, como algo “otorgado”, que no procede de la voluntad o decisión de ningún ser humano o conjunto de ellos y remitepor tanto a algún designio no humano.
Así, debería entenderse la religión, no como un factor secundario en la historia humana, sino central y generador de cultura. No puedo abordar a fondo aquí la cuestión, pero baste señalar ese enfoque, por otra parte nada nuevo y que intuyo productivo.
La vida social se compone de tensiones, entendiendo por tales relaciones a un tiempo hostiles y complementarias. La propia vida individual puede interpretarse como una continua tensión entre deseos contradictorios y entre los deseos y la realidad exterior. Las tensiones pueden llegar a la lucha abierta, pero en condiciones normales generan equilibrios, nunca plenamente estables ni satisfactorios, pero a menudo productivos. En el catolicismo es fácil detectar la tensión entre razón y fe, derivada de su doble componente, el religioso heredado del judaísmo y el filosófico grecolatino. Tensión emparentada con la que ha venido oponiendo/complementando al poder religioso y al político, a Dios y al César. El poder religioso estuvo y está centralizado en Roma, frente a las soberanías políticas dispersas en estados nacionales o imperiales. En otras culturas, esa separación, causante de conflictos a veces bélicos, está ausente o es más débil, y ha generado en la europea un concepto de la libertad más agudo. Donde triunfó el protestantismo, el poder espiritual se disgregó en muchas tendencias particulares, sin sede común, mientras que el cristianismo oriental siempre estuvo mucho más próximo y mediatizado por el poder político que el catolicismo. Percibimos en la historia otras tensiones creativas o destructivas, como la que se da entre civilización y barbarie, entre concentración y disgregación del poder, entre grupos sociales…
Junto con el cristianismo, y a través de él, la cultura europea ha adoptado gran parte del legado grecolatino y, menos generalizadamente, el derecho romano. Y muy especialmente el pensamiento: Europa puede definirse también como la cultura de la filosofía, no porque otras civilizaciones carezca de ella, sino porque en ninguna, salvo la griega, ha alcanzado influjo, desarrollo y diversificación comparables. Cabe encontrar la causa de este hecho en la fuerte tensión entre razón y fe, al parecer exclusiva del cristianismo, por su triple origen en Jerusalén, Atenas y Roma.
(Espero que la Introducción a la historia de Europa no sea un refrito, aunque, desde luego, me apoyaré ampliamente en el trabajo de Nueva historia de España, a menos que le encuentre fallos (siempre los hay)