Blog I. Puntos oscuros en el análisis del 11-m: http://gaceta.es/pio-moa/aspectos-politicos-oscuros-11-m-15032016-1303
**Los martes, sobre las 10,30, en Cadena Ibérica (FM 91.9) iremos tratando aspectos diversos del libro Los mitos del franquismo.
**En la misma cadena, “Cita con la Historia”, que sale además en YouTube, podcast (ivoox e itunes) y en www.citaconlahistoria.es
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Los finales del siglo V fueron sumamente turbulentos, pero poco a poco tomaron forma en Europa occidental nuevos reinos bárbaros algo más firmes y de evolución muy diferente. En Gran Bretaña, las tropas romanas habían sido retiradas a principios del sivlo V, dejándola indefensa ante las invasiones. Los anglos, sajones y jutos fueron ocupando progresivamente gran parte de la isla, venciendo la resistencia de los celtas romanizados. Muchos de estos huyeron a la futura Bretaña francesa y a Galicia. De estas luchas quedaron las leyendas del rey Arturo, un posible rey celta que habría vencido por un tiempo a los agresores germanos; siglos más tarde, esa leyenda daría lugar a todo un género literario de notable influencia en la historia cultural europea. El resultado de la invasión fue la formación de siete u ocho reinos germánicos en lucha entre sí, una situación que duraría varios siglos.
En la futura Francia se impusieron los francos desplazando a los visigodos hacia Hispania. Su rey Meroveo fundó una dinastía y su segundo sucesor, Clodoveo fue el primer rey bárbaro que se convirtió al catolicismo, en 496 y con él el pueblo franco, ganándose así la lealtad de la masa de población galorromana y la gratitud del Papado, que titularía a Francia hija primogénita de la Iglesia. No obstante, la conversión no mejoró las costumbres de la oligarquía franca, cuya conducta incluso empeoró, contagiando a la Iglesia su depravación. Clodoveo fundó un reino muy extenso con la mayor parte de las Galias y zonas de Germania entre finales del siglo V y principios del VI, para dividirlo a su muerte, a principios del siglo VI, entre sus tres hijos, originando tres nuevos reinos en continua querella entre sí. El reino no se repondría hasta mediados del siglo VII con una dinastía en plena decadencia.
Italia fue ocupada por los ostrogodos, cuya oligarquía asimiló buena parte de la cultura de los vencidos. Su rey Teodorico el Grande, muy latinizado, derrotó en 493 a Odoacro, que diecisiete años antes había depuesto a Rómulo Augústulo, último emperador. Creó un pequeño imperio por toda la península y al otro lado del Adriático, bajo la autoridad nominal de Constantinopla. Como pasó con Clodoveo, aunque por otras razones, el reino entró en descomposición a la muerte de Teodorico, y los bizantinos aprovecharon la oportunidad para intervenir, dirigidos por su general más brillante, Belisario, que ya había destruido el reino vándalo. Para mediados del siglo VI, los bizantinos se habían impuesto en Italia, pero otro pueblo germánico, el lombardo, los expulsaría de gran parte de la península pocos años más tarde. No obstante estas guerras continuas y ruinosas, Italia permanecería como el país más culto de Occidente; pero no recobraría su unidad política hasta mil trescientos años después.
Tras la invasión de Hispania por suevos, vándalos y alanos, los visigodos expulsaron a vándalos y alanos, y más tarde derrotaron a los suevos y acosaron a los bizantinos. Así como en Inglaterra e Italia, en gran medida Francia, la tendencia dominante fue a la disgregación, en Hispania o Spania, los visigodos demostraron una perseverante voluntad unificadora, sobre todo a partir del Leovigildo (rey entre 572 y 586). El hijo de este, Recaredo, abandonó el arrianismo y se convirtió al catolicismo, creando una situación política nueva: los godos, hasta entonces un pueblo que había errado desde Suecia por el este y sur de Europa, se identificaron con el territorio hispano. Si entendemos por nación una comunidad cultural bastante homogénea con un estado propio, España fue la primera nación de Europa, en rivalidad si acaso con Francia. Era también, después de Italia, el país más culto y rico de Europa Occidental, dentro de la pobreza y decaimiento generales, y el más avanzado políticamente.
Los invasores reinos germánicos mandaban sobre sociedades culturalmente superiores, con las que no se identificaban y a las que no sabían gobernar con eficacia. Sus oligarquías se guiaban por las viejas costumbres al paso que se corrompían por la adquisición de un poder y unos lujos a los que no estaban acostumbrados. De ahí pudo haber derivado una catástrofe todavía más profunda y duradera, si no fuera porque la población dominada, aun diezmada, ruralizada y empobrecida, mantuvo un grado considerable de organización propia: la estructura eclesiástica, heredada de la última etapa del Imperio, con sus obispados de los que dependían numerosos sacerdotes y diáconos, y los monasterios, que iba a cobrar relevancia decisiva.
Pues fue la estructura eclesiástica la que permitió salvar en gran parte la cultura superior grecolatina en literatura, pensamiento, artes plásticas y música. Probablemente solo los clérigos y muy pocos más sabían por entonces leer y escribir, y se empeñaron en difundir sus saberes. Suele llamarse a estos siglos “Edad oscura” pero no lo fue en absoluto. Más bien cabría definirlos como los de formación y composición de la civilización europea, tarea desarrollada por la Iglesia, rescatando en lo posible el legado clásico. Desestimar su esfuerzo, ímprobo y muy fructífero en circunstancias tan arduas, revela una petulancia ridícula, pero muy extendida.
Desde el primer momento emprendió la Iglesia una labor misionera, cuyo mayor éxito inicial fue la conversión de los francos y, ya antes y fuera de los confines del imperio, la de Irlanda, obra de San Patricio y otros. La conversión de Irlanda creó una fuerte tradición monástica, y sus conventos acogían a estudiantes y estudiosos de lugares remotos, hasta de Egipto. Los monjes irlandeses extendieron el cristianismo por Escocia e Inglaterra, llegaron probablemente a Islandia y fundaron monasterios por Francia, Suiza e Italia en el siglo VI. Su labor tuvo valor extraordinario contribuyendo a civilizar a los anglosajones y a reformar la degradada Iglesia franca.
Siendo harto áspera la regla de los irlandeses, surgió en Italia un monaquismo más suave, creado por San Benito de Nursia, quien fundó hacia 530 el monasterio de Montecasino, centro de la prodigiosa expansión de la orden llamada benedictina en honor al fundador[1]. Benito elaboró una regla para los monjes basada en cuatro principios: moderación en comida, bebida y sueño, sin sacrificios excesivos; silencio y gravedad en la expresión; renuncia al mundo y a la posesión de bienes; y cultivo de la bondad evangélica hacia los humildes. Siguiendo la divisa ora et labora, dividió la jornada en tres partes de ocho horas: oración, que ritmaban la jornada; trabajo manual, estudio y obras de caridad; y sueño. La regla no admitía distinción entre monjes de procedencia noble o adinerada y de origen humilde, incluso servil.
La regla de San Benito es sin duda uno de los documentos clave en la formación de la cultura europea. Inspiró pronto la creación de decenas y cientos de monasterios dentro y fuera de Italia. Los monasterios obraban como unidades de un ejército espiritual y desempeñarían un papel decisivo en la cristianización y civilización de los reinos bárbaros; su influencia llega hasta el día de hoy, siendo aún hoy la orden religiosa con más centros expandidos por el mundo. A ellos afluían personas de muy diversa condición social deseosas de seguir el consejo evangélico de dejarlo todo para seguir a Jesús; y también otros que no encontraban mejor salida en tiempos tan calamitosos e inciertos. La vida monástica implicaba una disciplina rigurosa y a menudo serios peligros en tierras paganas. Para consagrar todas sus energías a su labor, los monjes hacían votos de pobreza, castidad y obediencia.
La difusión del monacato iba ligada a numerosas leyendas, milagros y supersticiones, a veces abusos sobre los campesinos y querellas con los señores, pero en conjunto cambió el panorama europeo con una profundidad imposible de exagerar. Una de sus principales tareas, ya desde el siglo VI, consistió en acopiar obras latinas y griegas y reproducirlas en los scriptoria; un trabajo arduo, porque se habían perdido la mayoría de las bibliotecas, y los libros eran muy caros y no fáciles de encontrar. Otra ocupación sobresaliente de los monjes fue el trabajo manual. A ellos se debió la conservación y desarrollo de las técnicas agrícolas y ganaderas romanas, mayoritariamente olvidadas, que enseñaron también al campesinado. Su esfuerzo callado y tenaz recuperó la agricultura y la ganadería en Francia, Inglaterra e Italia, haciendo retroceder de nuevo los bosques y pantanos que habían ocupado gran parte del terreno antaño cultivado. Un monasterio era una institución polivalente una verdadera empresa económica, además de centro de enseñanza, de acogida de viajeros y hospital. Si a alguien puede llamarse “padre de Europa”, al menos de la occidental, es a san Benito. En otro sentido lo había sido Escipión, el vencedor de Aníbal.
A finales del siglo VI, el papado contó con un personaje excepcional, Gregogio Magno, él mismo benedictino y papa desde 590 a 604. Gregorio definió la independencia eclesial respecto de los poderes políticos y desplegó una labor intensísima regularizando los modos de predicar, clarificando aspectos teológicos y morales (de él procede la idea del purgatorio como situación intermedia entre los justos y los condenados en la otra vida); reformó la liturgia, dando importancia al canto que se llamó gregoriano en su honor, a la creación de escuelas, etc. Y patrocinó con fuerza las misiones, siendo su obra más exitosa la evangelización de Inglaterra. El historiador Gibbon, poco amigo del cristianismo, al que achacaba el derrumbe romano, escribió: “Julio César necesitó seis legiones para conquistar Gran Bretaña. A Gregorio le bastaron cuarenta monjes”. La isla dependió del papado más estrechamente que Francia o España, y se convirtió a su vez en foco de cristianización de la Germania y Francia con San Bonifacio (que terminaría maritizado) y otros monjes.
Resultaba más difícil convertir al catolicismo a quienes habían adoptado una variante cristiana como el arrianismo, que a los propios paganos, acaso por el carácter sombrío y fantástico de la religión germánica. Beda el Venerable, monje beenedictino inglés del siglo VII-VIII y destacado intelectual e historiador, relata una historia interesante. Edwin, rey de Northumbria reunió consejo para estudiar si permitir o no la predicación de un misionero católico. El sacerdote pagano, hombre pragmático, explicó: “Desde que sirvo a nuestros dioses y presido los sacrificios, nunca fui más favorecido por la suerte ni más dichoso que los demás hombres que no rezan, y mis súplicas pocas veces han sido escuchadas. Por tanto, apruebo la venida de un dios mejor y más fuerte, si lo hay”. Otro consejero habló con más elevación: “La vida de los hombres en la tierra, oh, rey, si la comparamos con los vastos espacios de tiempo de los que nada sabemos, se parece, en mi opinión, al vuelo de un pájaro que se introduce por el hueco de una ventana dentro de una espaciosa estancia en la que un buen fuego en el centro calienta el ambiente, y en donde tú comes con tus consejeros y aliados mientras fuera azotan la nieves y lluvias del invierno. Y el pájaro cruza rápido la gran sala y sale por el lado opuesto: regresa al invierno y se pierde de tu vista. Así ocurre con la corta vida de los hombres, pues ignoramos lo que la precede y lo que vendrá luego”. El misionero fue autorizado a predicar, aunque el rey no recibiría premio por ello, pues perecería a manos de rivales paganos en una frecuentes reyertas entre unos reinos y otros.
Debe señalarse, en suma, que gracias a los monjes pervivió y se expandió por la Europa occidental la herencia de Roma, su alfabeto, su pensamiento y literatura, su historia, su derecho; y el propio cristianismo. Por su parte, los bárbaros dejarían cierta influencia indefinible de individualismo y vitalidad. Y sus reinos serían el embrión de las naciones características del oeste europeo, más o menos perdurables hasta hoy.
El hispanogodo Isidoro de Sevilla otro de los intelectuales descollantes de la época, contemporáneo de Gregorio (y de Edwin) expresa asimismo dos rasgos que marcarán la evolución europea: un pensamiento político de rechazo a la tiranía, y el ansia por acumular y sistematizar el conocimiento. En cuanto a lo primero, el clero debía procurar la paz en buena relación con el poder político y predicando la lealtad al monarca, pero a su vez el monarca debía obrar con justicia y servir al pueblo: “Serás rey si obras rectamente, y si no, no”, idea que autorizaba, en principio, a la excomunión o el derrocamiento, aunque no lo contemplara expresamente. Por lo segundo, Isidoro trató de reunir el mayor número de libros antiguos y de recoger sus saberes en la primera enciclopedia del mundo occidental, las Etimologías. En esta obra bien estructurada y con estilo claro, reintroduce a Aristóteles y expone los saberes filosóficos, teológicos, de ciencias naturales y cosmología, artes, derecho, urbanismo, etc. de la época; trata con imparcialidad, asimismo, tradiciones paganas. Desde luego refleja cierta decadencia y pérdida de conocimientos con respecto a la época latina, pero también la voluntad de superar tal situación. El libro sistematiza también la enseñanza europea, de origen romano, en los siglos siguientes: el trívium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (música, aritmética, geometría y astronomía). Etimologías fue profusamente copiado en los monasterios de toda Europa, como el libro de texto más usado durante la mal llamada Edad Media.
[1] Montecasino sufriría numerosas destrucciones y saqueos: en 589 por los lombardos, en 884 por los musulmanes, en 1799 por los revolucionarios franceses y en 1944 por bombardeos de los Aliados contra los alemanes. También sufrió algún terremoto demoledor, pero se rehízo siempre.
, “Cita con la Historia” ya no se emite por radio Inter, sino que saldrá en Cadena Ibérica, FM 91.9 los domingos de 16.00 a 17.00 y los miércoles desde las 22.00. Puede también oírse en podcast, en YouTube y en www.citaconlahistoria.es
Un ejemplo (sobre el separatismo catalán): https://www.youtube.com/watch?v=ply24nU0NSs
La próxima semana hablaremos de la historia y problema de Gibraltar.
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Los nuevos amos de Europa occidental fundaron numerosos reinos en las actuales Inglaterra, Bélgica, Francia, España, Italia y Magreb. Se trataba de monarquías con un monarca político-religioso elegido por las oligarquías nobiliarias, rara vez acordes entre ellas. Eran por ello reinos inestables y de límites constantemente variables. Tres siglos antes, el historiador Tácito había descrito a los germanos como un grave peligro para Roma, por su belicosidad y costumbres realmente bárbaras, aunque ensalzaba su sentido moral en contraste con los vicios latinos. Deja la impresión de que se trataba de pueblos muy aficionados a la guerra, con frecuentes luchas entre unas tribus y otras, sin una organización o pensamiento político más allá de la lealtad al caudillo y un concepto de la justicia basado en la venganza y en las ordalías. Los romanos consideraban la patria de los germanos como unas tierras demasiado frías e inhóspitas, donde solo querrían vivir precisamente los que allí vivían.
La religión germánica estimulaba la belicosidad. De modo análogo a la grecolatina, los dioses representan las fuerzas del bien, del orden y el sentido frente a las contrarias que podríamos llamar del caos o del mal (los gigantes y los titanes). Pero en la religión germana y nórtica la lucha entre tales fuerzas esenciales termina con una victoria del mal, en la lucha del fin del mundo, el Ragnarök o caída de los dioses. Se trata de una visión cósmica grandiosa y pesimista (aunque posteriormente se concibiera una solución más consoladora y menos convincente): tal como ocurre con el ser humano, que disfruta de la existencia y por tanto de un orden, aunque siempre comprometido, así ocurrirá con toda la vida y con el propio mundo, que perminará sumergiéndose en el caos del que procede. Los dioses saben de antemano que perecerán, pero se aprestan a la lucha sin vacilar y haciendo acopio de todo su coraje, como deben hacer los hombres realmente valiosos. La muerte más noble era la del guerrero en batalla, después de la cual su alma iría al Valhalla o al Folkvangr, donde entre banquetes y combates de cuyas heridas se reponían enseguida, esperaban el Ragnarök para luchar en él junto a los dioses. La mayoría de la gente fallecería, lógicamente, de muerte más natural y menos estimable, yendo sus almas a lugares harto más sombríos, similares a los del Hades griego o el Averno latino, con una zona de especial tormento para quienes en vida habían sido traidores, asesinos, mentirosos o adúlteros.
Creo que hay reminiscencias de esta concepción en la oración laica de Bertrand Russell con que termina su ensayo “La adoración del hombre libre”, y popular durante un tiempo entre estudiantes e intelectuales ingleses: Breve e impotente es la vida del hombre. El destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder a los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes de que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a pesar de la marcha aplanadora del poder inconsciente.
A Ramiro de Maeztu la oración de Russell le parecía una declamación huera y altisonante, pues “que el hombre pueda criticar el mundo prueba que, en cierto modo, se halla fuera y por encima de él, algo que procede de algún poder consciente superior al mundo”. He aquí dos concepciones del mundo opuestas. Probablemente tiene importancia el dato de que los dioses, tanto en la mitología grecolatina como en la germánica, no eran creadores del mundo, sino que surgían de él, de un abismo o caos primigenio, y obraban más bien aportando orden, por lo que tiene sentido que finalmente fueran destruidos –aunque ello no ocurre en la mitología griega y latina— por las mismas fuerzas de las que habían nacido, cerrando así un ciclo tan grandioso como lúgubre. En cambio la concepción de un Dios personal creador de todo, en la religión judía y la cristiana, ofrecen un enfoque distinto y más consolador del destino humano y cósmico: el hombre, con sus características especiales, no es ajeno a la divinidad, sino que está hecho a imagen y semejanza de ella, bien que a un nivel inmensamente inferior.
Por el tiempo de la caída de Roma, los germanos próximos a la frontera o incluidos en ella habían adoptado algunas costumbres latinas y se habían convertido al arrianismo –una forma de crisitanismo–, el cual amalgamaban con sus viejos ritos y creencias politeístas. Otros pueblos mantenían plenamente su paganismo originario.
El folklore germano debía de abundar en cantos y relatos de gestas, mencionados por Tácito y otros, y que no se han conservado. Seguramente habría entre ellos los dedicados a sus hazañas más gloriosas, precisamente la destrucción final del poder romano, al que habían hostigado tan repetidamente y que les había infligido tantas derrotas; pero esos cantos no se han conservado. Lo que conocemos de ello, así como de su religión, nos ha llegado por recopilaciones siete u ocho siglos más tardías, y conservadas mejor o peor por tradición oral.
Un documento que probablemente describe bien aquel espíritu es la canción de gesta Los Nibelungos. Compuesta en el siglo XIII y con numerosos anacronismos, funde relatos mítico-históricos y cristiano-paganos, aunque lo esencial puede retrotraerse a la época de las invasiones y aún anteriores. Trata de una doble venganza femenina con los temas del honor, el destino y el valor guerrero resueltos en una orgía de sangre. El héroe de su primera parte, Sigfrido, se ha apoderado del tesoro de los nibelungos (enanos “de las brumas” o del subsuelo) y matado al dragón que lo guardaba. Al bañarse en la sangre del dragón se había hecho invulnerable, salvo por un pequeño lugar de la piel donde había caído una hoja de tilo. Sigfrido, que quiere casarse con Krimilda (nombre asociable a amenaza o destrucción), hermana del rey burgundio Gunter, ayuda a este, por medios mágicos, a conquistar a Brunilda (nombre asimilable a protección), reina islandesa y ex valquiria de excepcional fuerza y belleza, que solo se casaría con el hombre que demostrara ser más fuerte que ella. Brunilda cree haber sido vencida por Gunter, con quien se casa, y supone a Sigfrido un rango de simple vasallo de su esposo. En la noche de bodas, Brunilda averigua que Gunter es más débil y lo humilla atándolo y suspendiéndolo de una cuerda, por lo que Sigfrido vuelve a intervenir para dominar a la ex valquiria sin que esta sepa quién lo hizo. A su vez, Sigfrido se casa con Krimilda. Esta tiene vagas sospechas, pues atribuye al héroe un rango social inferior para casarse con la hermana del rey. Las dos mujeres disputan sobre la precedencia para entrar en la catedral de Worms, lo que lleva a Krimilda a revelar a Brunilda la verdad sobre quién la ha vencido. La venganza de Brunilda toma cuerpo por medio del guerrero Haguen, que aspira a quedarse con el tesoro de los nibelungos. Haguen engaña a Krimilda para averiguar el único punto vulnerable de Sigfrido y lo asesina tras tenderle una celada.
El héroe de la segunda parte es Haguen, de quien busca vengarse Krimilda. Esta espera bastantes años hasta que se le presenta la ocasión al casarse con el rey huno Atila (Etzel) y con motivo del bautizo de su hijo invita a la corte burgundia al acontecimiento. Haguen sospecha, pero cede para no pasar por cobarde o desconfiado. Al cruzar el Danubio averigua por una ondina que ninguno de ellos, excepto el sacerdote, retornará vivo de la expedición, cosa que comprueba al tratar de ahogar al sacerdote, el cual consigue zafarse y volver a nado a la orilla de partida. Es el destino, y para evitar que nadie se vuelva atrás destruye la barca en que habían cruzado el río. Llegados a la corte de Atila, pronto empiezan las reyertas con los hunos, que terminan en matanzas brutales. Haguen mata también al hijo de Krimilda y de Atila; pero, apresado, se niega a revelar a la reina el lugar del Rin en que ha ocultado el tesoro de los nibelungos. Ante la negativa, la enfurecida Krimilda, que había ordenado matar a su hermano Gunter, decapita a Haguen. Otro caballero, indignado por aquella conducta con un guerrero de tal valor, parte a Krimilda en dos con la espada.
Destaca en este relato la ausencia de un sentido de la justicia o del bien y el mal como podría entenderlo no ya un cristiano, sino un romano pagano. Cada persona, al menos la de cierta alcurnia, tiene un honor que defender, las ofensas al cual justifican la venganza sin medida y cualquier astucia o demora para llevarla a cabo. La vida misma, por encima de sus aspectos más placenteros, también estimados, es concebida como una lucha con la muerte que termina forzosamente en la muerte y cuyo valor principal es la aceptación del destino con bravura y audacia (como Haguen al conocer el destino que les aguardaba).
Aquellos tiempos quedaron seguramente en la memoria popular como una era gloriosa de aventuras fantásticas bajo jefes legendarios, choque de la osadía y la voluntad contra la arrogancia de un poder romano triunfante durante tantas generaciones. Victoria sobre una civilización decadente y en muchos aspectos innoble, con sus masas de súbditos miserables, de esclavos, de ciudadanos indolentes y de potentados viciosos. ¿Qué valían todos los artificios civilizados frente al ímpetu vital de unos pueblos en pleno disfrute de su fuerza y libertad? Ahora estos se adueñaban de unas riquezas que los vencidos no habían sabido defender; y siguió un tiempo de encanto onírico, sin las pesadas reglamentaciones civilizadas ni más ley que la del valor y la espada. El cantar de Los Nibelungos u otros como el Beowulf retrotraen a esa época, como los relatos célticos sobre la lucha contra los invasores anglosajones, personalizados en el rey Arturo, que originarían la complicada “materia de Bretaña” o relatos como los de Tristán e Iseo, cuando fueron refundidos y desarrollados, desde el siglo XII, por Godofredo de Monmouth y Chrétien de Troyes. Su puesta por escrito, posterior en seiscientos o setecientos años a los hechos referidos, recuerda el caso de la Ilíada y la Odisea, compuestas por Homero siglos después de la guerra de Troya.
La influencia de estos relatos de fondo pagano en la cultura europea, ha sido enorme desde que fueron escritos, reivnventándolos o desarrollándolos. Han inspirado una enorme literatura, creando posiblemente la novela europea, con períodos recurrentes de especial aprecio y otros de cierto desdén. El Romanticismo los apreció con verdadera fruición, y hoy siguen presentes en relatos como los de J. R. R. Tolkien o, a un nivel inferior, en literatura chabacana tipo Conan, etc. Incluso cabe percibir una inspiración similar en el cine useño “del salvaje oeste”.
La versión oficial sobre el 11-m tiene evidentes fallos: pruebas falsas rechazadas pero sin investigar su autoría, ausencia de autor intelectual, confusión sobre el designio del atentado y razón de la fecha elegida, destrucción apresurada de pruebas, equívocos sobre el explosivo utilizado, etc.
Otra dificultad de la versión oficial consiste en la atribución del atentado a un grupo de personajes de confusa entidad política, entre ellos un minero esquizofrénico, y varios confidentes de la policía. Este último dato habría exigido una investigación a fondo, de haber sido ellos los autores reales.
Los defensores de la versión oficial arguyen que es imposible que tantos policías, jueces, fiscales y periodistas interviniesen en la acción y su posterior falsificación. Pero no es preciso tal complicidad masiva. Muy pocas personas pueden haberlo hecho, cooperando otras por ignorancia o conveniencia. Y ciertamente existen jueces, periodistas, policías y fiscales corruptos o dispuestos a corromperse.
Otro argumento a favor de la versión oficial es que, después de tanto tiempo, la verdad habría salido a la luz por un lado u otro, pero ello no es necesariamente así: la versión oficial sobre el 23-f se mantuvo durante muchos años, no hace tanto que empezaron a desvelarse sus entresijos y todavía no son conocidos del todo. Y sigue habiendo gente que cree tal cual la versión antigua.
Los defensores de la versión oficial acusan a quienes la ponen en duda de “conspiranoicos”. Pero lo cierto es que detrás de todo atentado existe una conspiración. Un golpe así no se realiza por unos mindundis que pasaban por allí y a quienes se les ocurre la idea sin un objetivo preciso y en fechas que por casualidad coincidían con el final de un proceso electoral.
Hay atentados impresionantes que sin embargo no tienen consecuencias políticas de relieve. Por ejemplo, el asesinato de Carrero Blanco, contra lo que algunos se empeñan en creer, no alteró la evolución del régimen, que después del Vaticano II no tenía otra opción que evolucionar en el sentido en que lo hizo. El propio Carrero Blanco, como otros muchos dirigentes, estaba pensando en una transición lo más tranquila posible, aunque los criterios no estuvieran del todo claros. Sin embargo, el atentado del 11-m ha tenido repercusiones políticas difíciles de exagerar.
La primera repercusión evidente puede expresarse así: el atentado ayudó significativamente a la victoria electoral del PSOE. O quizá no fue tanto el atentado mismo como su rápida utilización para derivar hacia el PP la responsabilidad de la matanza, dejando a los terroristas en segundo plano y ofreciéndoles una especie de justificación por la anterior intervención española en Irak.
A su vez, la victoria electoral del PSOE trajo consigo otras consecuencias fundamentales: a) Fueron retiradas las tropas españolas que en Irak ayudaban a la reconstrucción del país. El dato es interesante porque las tropas, que no habían participado en la invasión, estaban ayudando a los irakíes contra grupos como los que, según la versión oficial, habían realizado el atentado de Madrid. b) La ETA, que se hallaba al borde del precipicio por la política de Aznar fue rescatada mediante negociaciones clandestinas, ocultas a la opinión pública, premiándose sus crímenes con relegalización, dinero público, presencia internacional, promesa de liberación de sus presos, etc. c) Los separatistas catalanes fueron obsequiados con un práctico reconocimiento de soberanía al parlamento regional y con un nuevo estatuto que nadie pedía entonces y fue votado minoritariamente; pero que dejaba en residual la presencia del estado, como se felicitó el socialista Maragall. d) Fue impuesta, a través de la semisoviética ley de memoria histórica y otras acciones, la condena radical del franquismo, y por tanto, implícitamente, de la transición democrática y la monarquía salidas de él. Con ello se imponía la “ruptura” que izquierdas y separatistas habían intentado en la transición, contra la decisión popular muy mayoritaria del referéndum de diciembre de 1976. Difícilmente un atentado habría podido tener consecuencias políticas de mayor alcance.
Por consiguiente, si bien seguimos sin conocer a los autores reales del atentado, están bien claros sus beneficiarios políticos: PSOE, ETA, separatistas y, más indirectamente, los islamistas. El cui prodest, no es una prueba de autoría, aunque sí un indicio. Sabemos también quiénes han sido los grandes perjudicados: España, la democracia y el estado de derecho. El PP de Rajoy continuó luego la política de Zapatero, hasta llegar a la situación actual, cada vez más peligrosa.
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La conferencia de Stanley Payne en el CESEDEN ha sido excelente, muy bien expuesta y analítica de las diversas tensiones y aspectos de la situación que llevó a la rebelión del 18 de julio. A destacar la prudencia de Franco y la ceguera, por así llamarla, de los gobiernos de Azaña y Casares Quiroga.
El fondo real de todo el asunto lo definió Azaña sin querer cuando afirmó que el poder– conseguido fraudulentamente en una elecciones no democráticas—quedaba para siempre en manos de la izquierda. Esto era una auténtica declaración de guerra a la mitad del país: “u os sometéis a nuestro despotismo, u os aplastamos”. Ahí queda resumido todo. En “El derrumbe de la república señalé que la derecha española había soportado en aquellos meses unos atropellos y desmanes que probablemente no habría aguantado sin rebelarse la derecha en ningún otro país. Payne señaló que con muchos menos motivos se había rebelado ingleses y useños en sus respectivas revoluciones y guerras civiles.
El asunto nos lleva en otra dirección: la extrema cobardía moral e incultura tradicionales en lo que convencionalmente llamamos derecha en España. Decía Fernández de la Mora que la derecha había dejado de leer desde Jovellanos, y en buena medida es cierto, si consideramos la derecha política. Esa derecha cree que en definitiva todo es cuestión de dinero, y que sobornando adecuadamente a separatistas y revoltosos diversos se solucionan los problemas o al menos se conllevan. El caso del PP, escupiendo sobre las tumbas de sus padres y abuelos, que salvaron a España de la disgregación y de una revolución totalitaria, es especialmente ultrajante. Otra parte de la derecha espera que surja alguien, algún caudillo que les saque las castañas del fuego. Queda una extrema derecha sumamente roma y, como decía Edison “capaz de cualquier cosa con tal de no pensar”. Con decidir que todos los males proceden de la masonería o algo por el estilo, y descubrir masones a diestra y siniestra o imaginar que Dios les inspira, ya lo tiene todo resuelto. Simpatizo con cierta derecha que se proclama patriótica, porque creo que sin patriotismo, los intereses de partido se vuelven absolutos y desgarradores, pero es deplorable escuchar sus “soluciones” y comentarios. Todavía no se han preguntado siquiera cómo han podido llegar a tal aislamiento.
Decía el Doctor Johnson que el patriotismo es el último refugio de los canallas. La frase es ingeniosa, pero no del todo cierta. Los canallas encuentran últimos refugios en cualquier declamación moral, por ejemplo en la libertad: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”, se quejó madame Roland cuando iba a la guillotina (después de haber apoyado ella a los guillotinadores). Hoy, el último refugio de los canallas es el antifranquismo.
Por cierto, los antifranquistas han intentado impedir la conferencia de Payne. En nombre de la democracia, claro, y de una “ley de memoria histórica” que Payne calificó, acertadamente, de “semisoviética”. ¿Por qué son posibles estas cosas? Porque la derecha, el PP, jamás entendió la democracia, entre otras cosas.
Blog I: Negrín, el mayor corrupto español del siglo XX, héroe de Podemos (y III)
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*El mayor desprecio hacia las mujeres consiste en usurpar su representación y hablar en su nombre como si fuesen un rebaño igualitario.
*Las amas de casa también trabajan. Y mucho.
*¿Y por qué habían de hacer trabajo doméstico los hombres?¿Porque lo dicen los feministas? Solo igualdad ante la ley
*La “igualdad plena” de que hablan los feministas es una estupidez. Hombres y mujeres tenemos muchas diferencias. Sin ellas la vida sería imposible.
*Leo una consigna feminista: “En mi coño mando yo”. Se equivocan, es al revés.
* Dice una feminista que lo malo no es ser mujer, sino ser madre. O sea: lo malo de una mujer es ser mujer. La histeria.
*Pablito Iglesias, gran protector de la mujer. Qué harían las mujeres sin ese cretino y tantos como él…
* A Inés Arrimadas: “No hable en nombre de las mujeres, charlatana”
*¿Cuándo reivindicarán los feministas igualdad en la construcción, las minas, los barcos, etc.?
*”Frases de grandes hombres que machacaron la imagen de la mujer” Ahora busque frases de feministas diciendo estupideces sobre los hombres. Las hay a miles. Pero no son grandes mujeres.
*A Albert Rivera: Charlatán barato. ¿Representas tú a las mujeres? ¿Necesitan ellas de tu “protección”?
*¿No es significativo que cuanta más “liberación” feminista, más mujeres se exhiben como objetos sexuales?
*La política se ha llenado de tiorrillas pintorescas que no mejoran nada la ya pésima calidad del elemento masculino.
*Hay diez veces más presos que presas. Es preciso que las mujeres delincan más. Hay que lograr la igualdad.
*Las señas de identidad del feminismo con el abortismo y el homosexualismo.
*Un niño no es una mascota. Su primer derecho es tener un padre y una madre, no la parodia de dos papás o dos mamás
*Para los feministas, la mujer madre es un perjuicio. Su sacramento es el aborto, asesinato de una vida humana.
*C´s no representa a “la mujer”. Hay mujeres, como hombres, muy diversas. Los partidos quieren usurpar su representación