**”Cita con la Historia” puede escucharse en Radio Inter, http://www.citaconlahistoria.es , youtube y podcast ivoox e itunes
**Por qué los años 40 fueron felices en España, contra lo que cuentan los antifranquistas de salón: https://www.youtube.com/watch?v=rVEX4UIpojM … … …
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De De un tiempo y de un país. Las palabras en cursiva son añadidos. Una versión más detallada de los atentados del 1 de octubre, en el capítulo “Un coletazo de la guerra” en Los crímenes de la guerra civil, La esfera de los libros, 2004.
Las presiones internacionales, las protestas masivas en el extranjero arreciaban de tal modo que, en vísperas de las ejecuciones, Pérez creyó en un retroceso del gobierno, como cinco años atrás en el juicio de Burgos. Pero flotaba en el aire algo distinto. Ahora había mucha sangre por medio, y más que nada la necesidad del franquismo de despejar la situación con vistas a la maniobra sucesoria, cada vez más apremiante (y el hecho de que la clemencia cuando el proceso de Burgos no había sido interpretada como tal, sino como un síntoma de debilidad del franquismo). Con todo, se puso a punto la tirada de una hoja volandera sosteniendo que la conmutación de las penas de muerte mostraba exclusivamente la debilidad del régimen ante la lucha de masas y armada…
Pero solo seis de las penas fueron conmutadas. Tres miembros del FRAP y dos de la ETA fueron fusilados (…) Compré un par de periódicos en Manuel Becerra y bajé hacia Ventas, aturdido, como ebrio. Miraba a los ojos de los paseantes: no traslucían nada especial. En el bar, comentarios vagos, un leve sobrecogimiento, unas frases serias, aunque no preocupadas, por las protestas exteriores (…) Llegué a unos jardincillos donde solía contactar con Pérez. También él estaba visiblemente afectado, con un matiz extraño en el ademán. Caminamos en silencio. Al poco me espetó:
–¡Bueno, qué! Ahora está claro que hay que hacer algo, ¿no?
Le miré sorprendido. Su tono era de reproche.
–Naturalmente que hay que hacer algo. Lo más duro que podamos. Quién dice lo contrario.
Renegamos de asesinos (por los “fascistas”) y oportunistas (por el PCE, sus aliados burgueses y los maoístas partidarios de la acción armada, pero solo de boquilla). Como comprendí luego, su pesar se teñía de resentimiento por su resbalón en lo de las conmutaciones, y elaboró un documento clamando que “no es el momento de tirar papelitos”.
¿Qué respuesta debíamos dar al régimen? La comisión ejecutiva deliberó. Por lo pronto, llamar a la huelga general. Una huelga lo más violenta posible. En San Sebastián y algunos lugares más del País Vasco se manifestaron unos cientos de personas. En numerosos países hubo movilizaciones masivas, con asaltos a embajadas y establecimientos españoles. La Iglesia hizo signos ostensibles de desvinculación con el franquismo. Confluían a tornar crítica la posición de este el envenenado problema del Sahara y los acuerdos militares pendientes con Washington. La oposición blanda presionaba a su vez decididamente y la crisis económica mundial ensombrecía el presente, y más aún el porvenir, para la población. Se anunciaban sanciones económicas de la CEE.
Sin embargo el régimen no daba la impresión de conmoverse en exceso y hasta se alzaba desafiante, echando en cara a los gobiernos que le condenaban las brutalidades recientes o menos recientes que ellos habían cometido. En la calle, la incertidumbre privaba sobre la indignación. Pocos pensaban que el franquismo fuera a sostenerse como hasta la fecha, pero pocos también se hacían una idea clara de la eventual salida.
La huelga general… no se percibían señales de nada parecido en ningún sitio. Proyectamos un magno sabotaje contra las comunicaciones madrileñas.
–Si no quieren ir a la huelga, tendrán que quedarse en casa de todas formas –barbotó Pérez. Y de inmediato se desdijo.
Las fuerzas y los datos disponibles para el atentado probaron ser ridículamente insuficientes. ¿Por dónde se abastecían de electricidad el metro? Ni idea. Y con los autobuses, ¿cómo actuar? Aun así se formaron cuatro partidas.
Al caer la noche, cada grupo se dirigió a un depósito de autobuses. Antes de aprovisionaron de combustible.
–¿Otro más? Esta noche no para de venir gente a por latas de gasolina –gruñía el encargado de una gasolinera.
De modo que varios comandos habían ido a la misma gasolinera. ¿Y si el empleado recelase y avisase de la policía? Cosa muy concebible. En fin, ojo avizor y a continuar.
Dos grupos coinciden ante unas enormes cocheras. Discuten rápidamente, tumbados en el césped, entre arbustos. “”Por muchas gasolina que les echemos, mañana habrá tráfico normal”. Se desaniman contemplando la gran explanada repleta de vehículos, de los que les separa una alta alambrada. “Quememos diez o veinte por lo menos” “Estas cocheras corresponden a nuestra zona” “Es que no hemos encontrado otras” “Bien, yo salto la alambrada y vosotros me pasáis la gasolina” (dije) “Nosotros tenemos nuestro plan” “Cagon la leche, pongámonos de acuerdo” “Esperemos a que haya menos movimiento”.
Bajo las flojas luces circulaban los vigilantes y empleados, estacionando o revisando los pesados armatostes.
De repente una lata cae con estruendo escandaloso sobre un autobúes. Una partida se yergue al unísono y como una exhalación se mete en un coche y huye. La segunda vacila ligeramente y opta por retirarse. Alguien del otro grupo, sobreexcitado, ha ordenado arrojar la lata sin prenderle fuego.
Resumen: solo un grupo ha logrado incendiar un autobús, cerca de la plaza de Castilla. La policía patrulla los barrios con sus jeeps. La vigilancia, aunque nerviosa, no parece más intensa que habitualmente. Supondrán que tras las ejecuciones pocos tendrán ganas de jugarse el pellejo.
De madrugada, soñolientos, los activistas intentan paralizar el metro sin saber muy bien cómo. “Si se rompen los semáforos de una o dos estaciones, la línea quedará cortada”. Un grupo se hace con una llanta, la rocía de gasolina y la tira ardiendo a la vía, Sale una humareda espesa. Los viajeros se asustan y cabrean: “¡Gamberros!”. Un policía trata vanamente de detener al grupo. En otra estación, el jefe de la misma se tira al suelo a la intimación de un pecerrista (del PCE (r)), mientras dos del comendo destrozan los semáforos. Nada, interrupciones de minutos en el tráfico. Cunde un leve desaliento. El partido no estaban tan preparado como creíamos.
Barajamos alternativas. Lo mejor sería realizar sabotajes fuertes, contra locomotoras, por ejemplo. U hostigar las comisarías desde coches en marcha. “Lo ideal es cargarse a un pez gordo. Es fácil coger sus direcciones, por la guía telefónica, y esperarlos cuando vayan a sus despachos. Ahora andarán desprevenidos”. “Ca, imposible. Necesitaríamos conocer sus costumbres, hasta cuando van a cagar. Esos tipos están muy protegidos” (En realidad apenas lo estaban. Hoy la protección es mucho mayor y más real).”¿Pero no tiene la comisión técnica (el grupo para acciones armadas, embrión del GRAPO) una mínima información sobre los fachas de categoría? Es lo menos que debiera tener a estas alturas” “De nada sirve darle vueltas. No hay datos, y ya está” “Se puede localizar a alguno de los que sentenciaron a los cinco., Sus nombres vienen en la prensa y en la guía de teléfonos también aparecen”. “Demoraría mucho”.
El debate se agria. Existe de todos modos una posibilidad al alcance, pero conviene actuar sin pérdida de tempo, antes de que se enfríe el sentimiento por el crimen fascista.
“Hemos dicho que únicamente quien responda en el momento adecuado al terror del régimen será escuchado por las masas. Tenemos que responder como sea” . “Como sea, no; hay un solo golpe justo para el momento”. “Hay muchos golpes factibles, da igual” “No ha de haber vacilaciones”.
Si no se replica, el régimen obtendrá una victoria política decisiva para rato. No es igual que haya manifestaciones en el extranjero o algunas pequeñas en el interior, a que se responda aquí mismo y con sus mismos métodos, sangre por sangre. Así comprobarán que no pueden con la lucha armada. El diario Ya lo dice sin tapujos: más vendavales ha capeado el franquismo. Ya se aplacará lo del extranjero, como tantas veces. “Los gobiernos europeos ayudan en realidad al fascismo y lo más que defienden es una muda en su vestuario. Siempre lo han apoyado, aunque hagan el paripé de las sanciones y protestas, para cubrir las apariencias delante de sus propios pueblos”.
“¿Estamos preparados? Solo nos prepararemos haciendo frente al reto” “Quien no dé la medida en el instante decisivo, no la dará ya”. “¿Qué comentan los oportunistas?” “La eterna melodía. Pura farfolla” “En realidad están muy contentos, porque imaginan que el terrorismo gubernamental les ha dejado sin enemigos a su izquierda. Así podrán conchabarse más tranquilos con los oligarcas” “Eso ya lo sabíamos. ¡qué va a hacer la Junta Democrática!” “Pero ¿no entienden quelos fascistas les van a cargar todas sus condiciones, y se hundirán ante las masas?” “¡Más hundidos que están…! Además, su labor en situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias nunca varía: se echan en brazos de la reacción, zapan el movimiento popular. Lenin lo explicaba sin dejar lugar a dudas”. “Debemos probar que el terror no les servirá de nada. Si no, les bastará con la amenaza de recurrir a él para mantener al pueblo perpetuamente de rodillas”.
Primero, los automóviles. Había que robarlos. En el transcurso de la tarde, cada partida se apoderó del suyo, no sin tropiezos. Detrás de un R-12 (en lo alto de la calle Alberto Aguilera) un individuo corpulento y de elevada estatura, en actitud de espera, el chófer, mira con aburrimiento a los peatones. De pronto, el auto se desliza y gana velocidad. Lo contempla pasmado, un par de segundos, antes de comprender que es el suyo, que se aleja misteriosamente. Salta, frenético, a la calzada en pos de él. Doscientos metros más abajo, un jeep policial, parado. Advertido, arranca bruscamente, ululando. Pero la presa ya se ha perdido de vista (los coches eran robados por uno o dos de la partida, y otras dos quedaban como viandantes, observando las reacciones).
Habíamos descubierto que el método más simple de “expropiar” un coche consistía en buscar los estacionados de los que el conductor se hubiera apeado un momento a tomar una copa, a comprar el periódico o a abrir la puerta del garajw, dejando puestas las llaves.
Meses después ocurrirá un caso similar al relatado. Un Seat de lujo parado al sol y el chófer en la acera opuesta, a la sombra, aguardan al propietario. Un autobús se detiene ante el semáforo, interponiéndose entre el chófer y el coche. Luz verde y el autobús que pasa. El conductor echa un vistazo distraído. Sobresalto: su coche se ha esfumado. Atónito, mira arriba y debajo de la calle, cruza la calzada de una carrerilla, pegunta a la gente… Fuera de peligro, el comando descubre con placer que el vehículo pertenece a Blas Piñar. Lo escudriñan a fondo (pensando en encontrar armas), pero no hallan nada de interés (…) A los cuatro o cinco días, lo fachas birlan a Tamames (entonces un líder comunista bien conocido, aunque había hecho carrera académica como profesor universitario en el franquismo) y lo dinamitan no lejos de Villaverde. Ojo por ojo. Uno del PCE (r) (Cerdán) bromea con asistir a los mítines de Blas Piñar para gritarle, en el clímax de su elocuencia: “¡Sí, sí, pero te roban el coche!”
Retrocedamos.
Para el 1 de octubre (las ejecuciones habían tenido lugar el 27 de septiembre), el franquismo convoca una imponente manifestación en la Plaza de Orienta para ratificar las ejecuciones y respaldar su desafío a las presiones externas, cosa esta última que muchos, sin ser franquistas, ven bien. Mas, poco antes de la concentración, cuatro policías que custodiaban locales bancarios en distintos puntos de Madrid caen abatidos a balazos.
El atentado es, con mucho, el más atrevido y técnicamente perfecto llevado a cabo por cualquier organización hasta entonces, si exceptuamos el asesinato de Carrero. En el exterior, el FRAP da saltos de alegría y permite generosamente que la opinión pública le atribuya la acción. Aún están lejos los tiempos en que moteje de polizontes a los jefes pecerristas.
Sin embargo, la perfección engaña. El partido emplea todo su arsenal, cuatro pistolas, algunas no muy fiables. Tres policías mueren en el acto, pero a uno de los homicidas (Collazo) se le encasquilla el arma al primer tiro. Enloquecido, se ve en la necesidad horripilante de rematar a culatazos a su víctima, que fallecería después en el hospital. Previendo tales percances, miembros de cada comando portan martillos o instrumentos con que impedir que el policía se halle de pronto con un arma lista frente a una inservible. No tendrán que usar los terribles utensilios. Los cadáveres son despojados de sus “star” cortas. Un golpe de mano guerrillero especialmente afortunado. Casi medida por medida a las ejecuciones de tres días antes.
“¡Pobre hombre, pobre hombre! No ha podido hacer ni un ademán de defensa” (dije) “¡Qué querías, que nos friera él a nosotros!” “No fue una cobardía, ha sido una acción necesaria! “Una acción de guerrilla, estoy de acuerdo, y tiene que ser así, sin dar facilidades de defensa”. “Ellos hacen igual” “Sí, es cierto, pero yo no vuelvo a una operación así, maldita sea. Si es para cargarse a un pez gordo, sí, pero a un pobre diablo de estos, no!” “Qué dices, si son unos hijos de puta. Les mandan disparar contra su padre y se lo cargan sin miramientos” “Para qué discutir”
“Ha sido un golpe brillante y en el momento justo. Como cuando un boxeador se echa adelante para atacar y en ese tris recibe de lleno un puñetazo en todo el rostro. Los fachas creían celebrar su victoria con la manifestación y, cuando menos se los esperan, se les convierte en luto. Se les ha caído el cielo encima” (…) “Hemos actuado cuando nadie se atrevía a mover un dedo” (…) “Deberíamos reivindicarlo. El pueblo debe saber quién ha sido” “Yo creo que no es el momento” “¿Será posible que la policía no se aclare todavía de que esto no es el FRAP ni la ETA?” “Tienen que darse cuenta de que nuestra propaganda habla un lenguaje especial” “Debemos actuar como si lo conociera y reforzar los organismos. Lo mejor es no reivindicarlo aún, de todas formas”.
Fui a la manifestación de la Plaza de Oriente. La euforia de los congregados revelaba que no sabían palabra de cuanto acababa de ocurrir (…) Calculé que si hiciera correr el rumor de las muertes, se originaría un movimiento desordenado y brutal, que acaso ayudara a descomponer la situación. El gobierno, se notaban no tenía intención de comunicar la mala novedad a la muchedumbre. Pero deseché enseguida la siniestra idea (…) Al marcharme, subiendo la cuesta de Santo domingo, un portero contaba alegre a los que pasaban: “Hoy ha venido más gente que nunca, y mire que yo he visto todas las manifestaciones que se han hecho aquí”
Franco y sus ministros estaban al tanto de los atentados. El Ya, al día siguiente, describía con dramatismo su congoja al recibir las fúnebres noticias.
Los dos sucesos de la jornada consternaron a muchos izquierdistas. Casi se creían la cifra de un millón de manifestantes dada por los órganos oficiales. La relativa abundancia de juventud contribuía a turbarlos, pues era antiguo y firmemente arraigado el tópico de que el franquismo solo conservaba la adhesión de carcamales nostálgicos. Ante la acción nuestra temblaban igualmente. La tachaban de provocación (…) ¡Qué miserables, qué siervos nauseabundos del fascismo, esa horda de monjas oportunistas! Mientras el destino se jugaba en la calle, a tiros, los malditos gusanos no acertaban más que a gimotear porque sus intriguillas oficinescas bailaban en la cuerda floja.
El franquismo suele ser considerado como una dictadura brutal, abominable, más o menos fascista o totalitaria, asentada sobre el aplastamiento de una democracia mediante una sangrienta guerra civil y que hasta el final estuvo fusilando. Si pensamos así, como es hoy la doctrina prevalente, con más o menos matices, en la izquierda y el separatismo, en los medios de comunicación y desde el gobierno e, implícita y a veces explícitamente, en la derecha, entonces las acciones armadas contra el franquismo entran en la categoría de una resistencia tan legítima como la francesa contra Alemania o la de los kurdos contra Sadam Husein. En mi juventud yo tenía aquel concepto del franquismo y, coherente con él, lo combatí con la necesaria violencia, en lugar de dedicarme a intriguillas insignificantes y sucias como la mayoría de la ‘oposición’. Aquella gente que celebraba los asesinatos por la espalda de la ETA pensando que aquellos “ingenuos” “jóvenes patriotas vascos” les harían el trabajo sucio para dejarles a ellos hacer “política” cuando el franquismo desapareciera. Hay que reconocer que finalmente los antifranquistas intrigantes no se han portado mal con los asesinos, rescatándolos de la pésima situación a que les había conducido Aznar y premiando sus “gestas” de mil maneras.