Blog I. Victoria póstuma de Carrillo y calidad democrática: http://gaceta.es/pio-moa/victoria-postuma-carrillo-14122015-1042
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La idea ilustrada de la divinidad descansa en el universo concebido por Newton como una armonía de las masas regida por la misteriosa fuerza de la gravedad. Misteriosa porque podía ser cuantificada, pero no explicada, y aunque Newton rechazara exteriormente el problema de por qué las masas se atraían, el asunto no dejó de preocuparle. Pero, en suma y sin entrar en más detalles, su universo era eternamente armonioso como la pitagórica música de las esferas. Sugería un reloj gigantesco, con todas sus ruedecitas y engranajes girando al compás, y de ahí que la divinidad se asimilase a un relojero que hubiera fabricado un reloj perfecto (o a un arquitecto, en terminología masónica). El único problema eran las ligeras perturbaciones en las órbitas de los planetas, causadas por las interacciones gravitatorias entre ellos, y Newton temía que a la larga esas perturbaciones se acentuasen y produjesen catástrofes, como que los planetas chocasen entre ellos o se precipitasen al sol, lo cual obligaría al dios relojero a intervenir de vez en cuando para rectificarlas. El dios relojero se habría limitado a crear el cosmos y sus leyes, y después ya no necesitaba preocuparse de él más que muy de tarde en tarde. Laplace y otros parecieron demostrar que los sistemas planetarios eran perfectamente estables, sin necesidad siquiera de esas muy ocasionales intervenciones divinas.
Por otra parte, Newton imaginó un cosmos infinito y eterno, atribuyéndole esos rasgos divinos que le acercaban inadvertidamente al panteísmo. Y del panteísmo –concepción del universo como impersonal y autosuficiente– al ateísmo hay un corto paso. Para los cristianos, Dios es personal y aunque se refleja en su creación, es exterior a ella. Un cosmos perfectamente ordenado, armonioso y autosuficiente haría innecesaria “la hipótesis de Dios”, como concluía Laplace. Esa concepción, con relojero o más aún sin él, suena muy satisfactoria para el hombre, ya que parece someter al universo entero a las exigencias de su razón y a su necesidad de paz y orden. En cierto sentido, el hombre pasa a ocupar el lugar de la divinidad, por lo menos como creación máxima de la autárquica naturaleza y capaz de dominarla mentalmente.
Pero ya Olbers (o antes Cheseaux) abrieron grietas en la concepción newtoniana, y la idea actual del universo, desde Hubble (o antes de Lemaître) difiere profundamente de aquella. Los movimientos del cosmos no son eternamente repetitivos, armoniosos y ordenados, sino que dan lugar a catástrofes de una violencia inimaginable, explosiones estelares que se tragan a sus sistemas planetarios, colisiones de galaxias o infernales agujeros negros que encarcelan hasta a la luz, degradación progresiva de la energía que terminaría “apagando”el universo tal como lo conocemos o creemos conocerlo. Más inmediatamente, por nuestro sistema solar rondan un tanto erráticamente grandes pedruscos que podrían chocar con la Tierra y destruir en ella la preciosa vida consciente, o la vida sin más. El dios relojero se ha transformado en un dios revoltoso, arbitrario, lo cual encuentra correlación con los pesares, tumultos e injusticias de la vida humana. Dios no parece tan bueno ni su creación tan luminosa y gratificante: si en la concepción relojera Dios terminaba siendo desplazado por innecesario, en la nueva puede resultar un tanto malvado, jugando con nosotros: nos ha dado la razón, la necesidad psíquica de paz y armonía, y se burla de ellas. En el primer caso, la razón parecía capaz de sustituir a Dios, en el segundo lo rechaza por injusto y violento. Porque, sí, podemos señalar la evidencia de que nuestra razón está necesariamente muy por debajo de la intención, el designio y el poder divinos, pero ha sido la divinidad la que ha creado nuestra razón.
Cuando el príncipe Vladímir de Kíef decidió abandonar el paganismo y adoptar una religión más lucida (optó por el cristianismo griego), se asombró de que los judíos “adoren a un Dios que tan mal les trata”. Podemos sustituir a los judíos por cualesquiera otros. Tiene algo de broma y parece que también algo de verdad.
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