Blog I Recuerdos (51) Viaje por Las Hurdes (III) http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-51-viaje-hurdes-iii-asegur-04102015-2044
Democracia y separatistas. Una cuestión generalmente mal entendida: http://citaconlahistoria.es/2015/10/04/separatismo-y-democracia/
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El viernes pasado di una conferencia en Bérgamo sobre los mitos de la guerra civil, que procuré enfocar de un modo más amplio que la descripción de montajes propagandísticos como las versiones sobre el bombardeo de Guernica o la inexistente matanza de la plaza de toros de Badajoz. He aquí lo esencial:
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Si juzgamos por la enorme bibliografía que la guerra civil española ha generado en varios idiomas, se trata de uno de los acontecimientos clave del siglo XX. Y ochenta años después de su inicio continúael interés, incluso apasionado. ¿A qué se debe? Ante todo a que se ha interpretado como un choque entre fascismo y democracia, idea muy movilizadora. Sorprende la pasión que despierta la oposición democracia/fascismo, cuando este último fue aplastado hace setenta años y no ha resurgido, salvo manifestaciones marginales. Aún sorprende más en España porque la idea de que aquí lucharon democracia y fascismo es perfectamente falsa, como veremos.
Otra razón del interés suscitado se debe a la apariencia de la guerra de España como prólogo a la segunda mundial. Esto es parcialmente cierto, porque en las dos guerras combatieron ideologías semejantes, solo que de un modo distinto: la mundial comenzó por un pacto entre la Alemania nacionalsocialista y la Rusia soviética, que en cambio habían estado radicalmente enfrentadas en España; y las democracias, que se abstuvieron en España, acabaron luchando al lado de los soviets en la mundial.
Hay razones más subjetivas como el concepto romántico que solían tenerse sobre España. Ello aparte, el interés deriva también del hecho insólito de que el franquismo se mantuviera tres décadas después de la guerra mundial, desafiando la violenta hostilidad de potencias como la Unión Soviética y el comunismo, y hostilidad más soterrada pero persistente, de Usa y las democracias. Durante tan largo tiempo, una España ni comunista ni demoliberal, ni ciertamente fascista, fue una singularidad en Europa, que evolucionó a una democracia organizada a partir del propio franquismo, y sin haber sido este vencido. Mientras en casi toda Europa occidental la recuperación de la democracia se debió a la intervención militar useña.
La guerra de España fue ciertamente una guerra ideológica, aunque no en el sentido que normalmente se cree; y se produjo en una Europa hirviente de ideología y dividida por intereses nacionales e imperiales que a su vez influyeron en España. Las tres principales ideologías entonces en pugna en la Europa de los años 30 eran la liberal, la marxista y la fascista cada una con variantes y apoyos en intereses nacionales; y sobre todo cada una con su propia racionalidad, concepción del mundo y de la historia, y moralidad. En este último sentido, las ideologías pueden entenderse como religiones sustitutorias apoyadas en la razón, incluso en el culto a la Razón. La religión a sustituir era obviamente la tradicional en toda Europa, es decir, la cristiana.
El liberalismo había nacido en parte de las persecuciones entre grupos protestantes en Inglaterra. Para terminar con ellas se desarrolló el concepto de tolerancia (excepto hacia los católicos). La idea implicaba que el cristianismo, como posible factor de desorden social, debía ser apartado de la esfera pública y relegado a la conciencia privada; un designio a largo plazo, tal vez poco tolerante y no muy coherente con las libertades. Esta idea suponía una revolución con respecto a todas las culturas anteriores, en las que la religión había desempeñado un papel crucial en todos los órdenes, incluyendo el político. Algunos liberales se declaraban ateos, muchos más agnósticos, y bastantes trataban de conciliarse con alguna forma de cristianismo. Una corriente liberal respetaba la religión, otra la hostigaba incluso con violencia. El escepticismo o la hostilidad al cristianismo crecieron según progresaba la ciencia, en particular el darwinismo. En España, el liberalismo se había dividido desde el principio en dos corrientes, llamadas moderada y exaltada. En la república prevaleció la exaltada, uno de cuyos propósitos era usar el poder político para erradicar la cultura y tradición católica de España.
El marxismo se consideraba a sí mismo la ciencia de la sociedad y la historia: la sociedad se divide entre clases explotadoras y explotadas en constante lucha, abierta o sorda, que da sentido a la historia. Los explotadores crean lo que llama ideologías, construccione, irracionales y anticientíficas, destinadas a justificar la dominación de los explotadores y mantener sumisos a los explotados. La religión era la ideología por excelencia, el opio del pueblo. Por tanto, los marxistas se proclamaban ateos militantes. En España el marxismo acentuó en ese sentido la tendencia del liberalismo exaltado.
El fascismo italiano tenía espíritu más bien pagano, exaltaban la Roma imperial y el propio Mussolini se declaró en alguna ocasión ateo. No se identificaba con los valores cristianos pero su actitud hacia la Iglesia era más bien pragmática. La consideraba un obstáculo histórico a la unificación nacional de Italia, pero, consciente de la catolicidad mayoritaria del pueblo italiano, buscó el acuerdo, como habían hecho los liberales moderados en otros países. En 1929 reconoció al Vaticano como estado independiente, poniendo fin así a un largo conflicto desde la eliminación de los estados pontificios en 1870. El nacionalsocialismo alemán también adoptó una actitud pragmática, aunque los fundamentos de su ideología eran más radicalmente anticristianos que los del fascismo italiano. Las diferencias entre ambos fascismos son de mucho peso.
Las tres ideologías diferían en su actitud hacia el cristianismo, pero desde un fondo común, difuso o explícito, de descalificación de la religión como algo anacrónico y decadente, restos de un pasado superado por la razón y la ciencia, y que irían desapareciendo según progresaba la sociedad. Aunque no faltaran quienes pensaban en acelerar su desaparición por cualquier método. Importa señalar esto porque en la guerra de España iban a jugar un papel esencial el exterminio y la defensa del catolicismo, asunto que muchos historiadores tratan erróneamente como secundario.
El liberalismo era la ideología más antigua, y en los años 30 sufría una aguda crisis derivada de tres hechos: la I Guerra Mundial, librada entre países básicamente liberales parlamentarios, la revolución rusa salida de aquel conflicto y la Gran Depresión económica. Para los demoliberales, se trataba de tres desgracias pasajeras y superables, mientras que los comunistas y los fascistas veían en ellas la prueba del fracaso o el agotamiento histórico de la experiencia liberal.
La Revolución rusa había suscitado grandes esperanzas en el mundo entero, como un grandioso experimento que aboliría los males de la ancestral explotación del hombre por el hombre. Incluso banqueros y grandes burgueses ayudaron a la construcción del régimen soviético, en parte por buscar ganancias, en parte pensando que la nueva sociedad marcaría un futuro mejor para todos sin riesgo inmediato para ellos. Y mucha gente no marxista mostraba y muestra una comprensión benévola hacia la revolución a pesar de sus calamidades y crímenes, tomados por costes inevitables de un plan de emancipación nuevo en la historia. También la Revolución francesa, de tipo burgués, había usado el terror para romper la resistencia del antiguo régimen, y no era lógico esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco régimen que empleaba la violencia del estado para mantener la explotación. Se comprende el fuerte influjo del marxismo sobre millones de personas de todos los niveles sociales, y cabe destacar el alto número de intelectuales marxistas o simpatizantes hasta hoy mismo.
Obviamente, el experimento soviético fue percibido como una amenaza bárbara y tiránica para la civilización. El rechazo a él incluyó a menudo a los regímenes liberales, que no habían sido capaces de impedir la revolución marxista ni de frenar su agitación en Europa: el liberalismo fue interpretado como el nido de la revolución. Esta reacción tomó a su vez tintes revolucionarios en el fascismo, aunque en otros casos fuera simple conservadurismo autoritario. Los fascismos elaboraron sistemas de ideas que aspiraban a superar tanto al marxismo como al liberalismo.
Al quedar la religión apartada de la política, muchas diferencias entre ideologías giraban en torno al papel del estado, visto como instrumento para modelar la sociedad. Los liberales postulaban un estado pequeño en una sociedad en gran medida regulada por los mecanismos del mercado, fundamentos de la libertad individual y en los que el estado debía intervenir lo menos posible. Según los marxistas, el liberalismo era una ideología capitalista. El capital tendía a concentrar la propiedad y el poder económico-político en pocas manos, impidiendo a la mayoría desarrollar su humanidad, forzándola a vender su cuerpo, su fuerza de trabajo, a los explotadores burgueses. Por tanto la democracia liberal era solo un engaño para contentar a las masas con una libertad sin contenido real. La revolución acabaría con los privilegios burgueses e instauraría una auténtica libertad en el comunismo, con un período intermedio de máxima expansión del estado hasta absorber a la sociedad en una dictadura proletaria cuya misión histórica consistía en acabar con todos los restos materiales e ideológicos del capitalismo.
El fascismo también preconizaba un estado ampliado, regulador de la economía y otras actividades sociales, es decir, “totalitario”; pero no llegaba a absorber a la sociedad, pues mantenía la propiedad privada y la economía de mercado, aunque intervenidas. Los fascistas coincidían parcialmente con los marxistas criticando al capitalismo como sistema de poder de la “plutocracia”. Pero detestaban aún más al marxismo, como enemigo de la civilización europea. Ante la crisis de la época exaltaban la jerarquía, la disciplina, el estilo militar y el liderazgo carismático.
No obstante hay grandes diferencias entre el fascismo de Mussolini y el de Hitler. El nacionalsocialismo giraba sobre el racismo, una ideología secundaria pero extendida en Europa y Usa. Según el pensador liberal Hume, la raza blanca superaba a las demás, que “no habían creado ingeniosas manufacturas ni arte ni ciencias” al nivel de las europeas. Otros autores, como el francés Gobineau teorizaron más ampliamente al respecto, y la teoría evolucionista de Darwin fue entendida por algunos en el mismo sentido, dando al racismo un aparente fundamento científico. El fascismo mussoliniano fue muy poco racista, pero el hitleriano fue radical: en la evolución humana, la raza blanca –y dentro de ella los “arios”, asimilados a los rasgos físicos de elevada estatura, cabellos rubios y ojos azules–, habrían demostrado su superioridad cultural, lo que le daba derecho a la hegemonía sobre las demás, incluso a someterlas o exterminarlas, por un imperativo biológico, científico, “superador” de las moralinas irracionales. Los judíos eran objeto de una aversión especial, acusados de parasitar y debilitar a los “arios”.
Entender las políticas nazis requiere acudir a Nietzsche, influido a su vez por Darwin: En El Anticristo, por ejemplo, predicó contra la compasión o la moralina sentimental: “Se llama al cristianismo la religión de la compasión. La compasión es contraria a los efectos tónicos que acrecientan la energía del sentimiento vital; surte un efecto depresivo. Es una tendencia antivital. Nada hay tan malsano, en medio de nuestro modernismo malsano, como la compasión cristiana”. Su moral queda descrita en frases como estas: “¿Qué es bueno? Todo lo que acrecienta en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es malo? Todo lo que proviene de la debilidad. Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer”.
Sin profundizar en estas ideologías, interesa ver cómo entendía cada una a sí misma y a las demás. Los comunistas se consideraban la vanguardia de la liberación mundial de los explotados y oprimidos por el capitalismo y su falsa democracia liberal; entendían el fascismo como el último recurso del capital monopolista o imperialista para intentar frenar los procesos revolucionarios. Los fascistas se veían a sí mismos como la última defensa de la civilización frente a un comunismo que, en definitiva, había sido engendrado por los sistemas demoliberales. Para los liberales, comunismo y fascismo representaban tiranías que asfixiaban las libertades y creaban miseria.
Estas ideologías venían representadas por poderes nacionales e imperiales. El demoliberalismo por Inglaterra y Francia principalmente; el expansivo comunismo por la URSS; y el fascismo por Italia y Alemania. La I Guerra Mundial había terminado con el triunfo de Inglaterra y Francia, respaldadas por Usa, las cuales tenían máximo interés en mantener sus imperios y la situación europea salida de aquella contienda. Situación amenazada por la URSS, que había creado la Internacional Comunista para promover movimientos revolucionarios por todos los países mundo; y por las fascistizadas Italia y Alemania, que aspiraban a crear sus propios imperios en un mundo ya repartido: Italia en el Mediterráneo y África, y Alemania en Rusia y otros países eslavos.
En medio de aquellas tensiones políticas internas dentro de cada país y externas por el predominio en Europa, estalló en julio de 1936 la guerra civil española, al rebelarse parte del ejército y de la población contra un violento proceso revolucionario. Siguió una sangrienta revolución, gestada desde la insurrección marxista y separatista de octubre de 1934. Pronto se vio que sería el conflicto más grave de los habidos en el continente desde la I Guerra Mundial, pudiendo provocar una nueva guerra generalizada en el avispero europeo. España distaba mucho de ser una gran potencia, pero su simple posición geoestratégica, a la salida del Mediterráneo y sobre líneas de comunicación marítima muy importantes, hizo que la atención general se focalizase sobre ella.
Las potencias reaccionaron entonces de acuerdo con sus intereses: las democracias procuraron impedir la extensión del incendio mediante una política de no intervención, de modo que la guerra se consumiese en la misma España afectando lo menos posible al orden europeo salido de la anterior guerra mundial. La actitud de Italia, Alemania y la URSS fue muy diferente, pese a entrar en el Comité de No Intervención. Italia apoyó al bando rebelde, cuya victoria le proporcionaría un aliado a la salida del Mediterráneo, su área principal de influencia, perjudicando a su rival Francia. Para Alemania fue la oportunidad de ganar un aliado a espaldas de Francia, y, más aún, de distraer la atención internacional de sus movimientos expansivos en el centro del continente, mediante la unificación con Austria y la anexión de los Sudetes en Checoslovaquia, pasos previos a su prevista ofensiva hacia Polonia y la Unión Soviética. Pero ni Alemania ni Italia estaban interesadas en extender la contienda española, porque no se sentían preparadas para un choque en gran escala con las democracias. Además coincidían con estas en la intención de impedir el asentamiento de un régimen de extrema izquierda en España. En cambio la posición soviética fue muy diferente y a menudo olvidada en los análisis de la época, por lo que merece atención especial
La idea de que la guerra de España enfrentó al fascismo y la democracia tiene doble origen en la propaganda soviética, arropada más tarde por la alianza de las democracias y la Unión Soviética contra los fascismos. Por ello Stalin es presentado a menudo como defensor de la democracia española, que en cambio habría sido abandonada por las democracias liberales. La verdad es que a Stalin nunca le interesó ninguna democracia española, entre otras cosas porque no existía, como veremos.
La visión soviética de la guerra de España debe enmarcarse en la concepción leninista sobre el imperialismo como fase última del capitalismo, y las guerras de ese carácter. Lenin interpretó la I Guerra Mundial como un conflicto imperialista, cuyo mejor resultado había sido la Revolución rusa, demostrativa de que el imperialismo era un capitalismo agonizante. La doctrina preveía una próxima guerra del mismo tipo, como recuerda S. Payne citando la monumental obra de Stephen Kotkin sobre Stalin, “Ya en 1925 Stalin enunció oficialmente su doctrina de «La Segunda Guerra Imperialista», que pasó a convertirse en la política soviética. El futuro conflicto armado entre las grandes potencias capitalistas era inevitable, debido a la propia naturaleza del capitalismo. El objetivo de la Unión Soviética debería ser esquivar la próxima gran «guerra imperialista», evitando involucrarse hasta que las principales potencias capitalistas se hubiesen debilitado fatalmente entre sí, pero interviniendo luego de forma decisiva para garantizar la victoria mundial del comunismo”.
Gran parte de la política de Stalin suponía que la crisis afectaba por igual a todas las potencias burguesas, y que todas estaban más o menos maduras para el socialismo. Por ello, la Komintern, un instrumento de la política exterior soviética, propugnó una lucha revolucionaria de “clase contra clase”, contra todos los poderes burgueses, fueran fascistas, autoritarios o democráticos.
Pero en 1933 el nacionalsocialismo llegó al poder en Alemania y la anterior estrategia debió cambiar. El triunfo nazi fue especialmente grave para Moscú, tanto porque arrasó al Partido Comunista alemán, el más importante de la Komintern, como, sobre todo, porque el programa de Hitler incluía la destrucción de la URSS, y no solo por su régimen bolchevique sino, principalmente, por considerarla el espacio de expansión (lebensraum) para el III Reich. Por tanto, a Stalin le interesaba prioritariamente impedir esa agresión y hacer prevalecer las “contradicciones entre potencias imperialistas”. En otras palabras, se trataba de lograr que la guerra, considerada inevitable, estallase en el oeste, entre la Alemania nazi y las democracias, y no en el este, entre Alemania y la URSS. Stalin interpretó que las sucesivas concesiones hechas por las democracias a Stalin, culminadas en las negociaciones de Munich en 1938, eran a su vez maniobras demoimperialistas para empujar la agresividad nazi hacia el este, hacia la URSS.
Por ello, la Komintern sustituyó en 1935 la línea de clase contra clase por la de frente popular. Contra el fascismo, definido como la ideología imperialista más agresiva y belicosa, debían unirse en toda Europa las “fuerzas de la paz, la libertad y el progreso”, incluyendo a burgueses y socialdemócratas antes definidos como enemigos frontales, dejando en segundo plano el ataque a los gobiernos demoimperialistas. Los comunistas debían encabezar la acción común antifascista para reconducirla al final hacia el socialismo. El país donde mayor éxito tuvo la política de frentes populares fue España, precisamente. A su vez, la diplomacia soviética buscaba pactos con los gobiernos occidentales contra Alemania, para impedir la temida complicidad interimperialista contra la URSS; objetivo difícil, pues Stalin inspiraba tanto o más temor que Hitler.
De tener éxito la estrategia de enfrentar a los demoimperialistas con los fascioimperialistas, la esperada nueva guerra europea dejaría a la URSS al margen y como árbitro de la situación conforme los contendientes se agotasen, con el beneficio añadido de que las ruinas y miserias resultantes abonarían nuevas revoluciones. Esa posibilidad era contemplada también, pero como un grave peligro, por círculos influyentes en los países occidentales. Añádase que la política de Stalin, típicamente dialéctica, no excluía tanteos ocultos con los nazis, como línea secundaria que se convertiría en principal a partir de los acuerdos de Munich a finales de septiembre de 1938 y cuando en España ya parecía clara la derrota del Frente Popular.
A menudo se ha pasado por alto esta línea general soviética a la hora de analizar su acción en España, y este defecto ha causado análisis insuficientes o desviados (así Spain betrayed, de Radosh, Habeck y Sevostianov, o Queridos camaradas, de Elorza y Bizcarrondo), o divagaciones (Moradiellos y otros) sobre si Stalin era más o menos sincero u honesto en sus invocaciones en sus invocaciones a la paz y la libertad.
En ese contexto, la guerra española cobró importancia excepcional para Stalin. Al principio la miró con recelo, porque amenazaba el ascenso “pacífico” de la izquierda revolucionaria en España; pero cuando comprobó que la lucha se alargaba, quedó de relieve la doble posibilidad de enfrentar allí a unos imperialistas con otros, a gran distancia de las fronteras soviéticas, y de imponer en otro país un régimen afín al soviético. Stalin declaró: “La lucha en España no es un asunto privado de los españoles, es causa común de la humanidad avanzada y progresista”. Su propaganda presentó la guerra como un choque entre la democracia y el fascismo, que debiera atraer la fraternidad de Inglaterra, Francia, incluso de Usa, contra unos rebeldes ayudados por Italia y Alemania. Esta versión propagandística soviética convertía a Stalin en apóstol de la democracia, ha contagiado a otras fuerzas políticas y ha servido de base explicativa para muchos historiadores, hasta hoy mismo. La intensísima agitación y propaganda al respecto fue la causa principal de que la guerra de España adquiriese un tono emocional tan elevado en Europa y gran parte del mundo, como hemos señalado.
Por supuesto, el discurso para atraer a Francia e Inglaterra al conflicto español no apelaba solo al idealismo solidario entre democracias. En su empeño por involucrar a Londres, la URSS mostró vivo interés en defender los intereses imperialistas ingleses. Maiski, embajador soviético ante el Comité de No intervención, refiere un expresivo diálogo con el representante inglés lord Plymouth. Tras invocar la defensa de la paz, el soviético tocó otras teclas: “Admitamos que Franco triunfa y que Alemania se asienta en España. ¿Qué será entonces de las inversiones británicas en España? ¿Qué será de sus comunicaciones marítimas con Oriente, sobre las que penderá Hitler? ¿Qué será de Francia, a la que Alemania amenazará no solo de frente sino también por la retaguardia? ¿Cómo pueden ustedes, los ingleses, resignarse a semejantes perspectivas?”. Sonaba incomprensible, en efecto, la postura inglesa. Pero Plymouth lo explicó: “Cualquiera que sea el desenlace de la guerra, España saldrá de ella completamente arruinada. Necesitará dinero para restaurar su economía. ¿Y de dónde podrá recibirlo? En todo caso ni de Alemania ni de Italia, que no lo tienen. La España arruinada puede encontrar dinero solo en Londres, y entonces llegará nuestra hora. Sabremos ponernos de acuerdo con ese futuro Gobierno de España sobre todo lo que necesitemos: compensaciones financieras, garantías políticas y militares… ¡No, nuestros intereses no sufrirán, cualquiera sea el desenlace de la guerra”. Oficialmente, los soviéticos insistían en que su intervención no perseguía objetivos políticos en España, sino otros como impedir que el poder militar de Francia se debilitase; y comentaba Azaña mordazmente: “Lo chusco del caso es que a la situación militar de Francia le sale un protector benévolo porque Francia se conduce como si la posible debilitación le importase menos”.
Moscú lanzó una gran campaña diplomática y propagandística para convencer a Londres y París de que España continuaba siendo una democracia a pesar de la evidente revolución anarco-socialista. Los comunistas españoles preconizaron un parcial retroceso de la desordenada revolución, con la consigna de aplazarla para cuando llegase la victoria. Así ganaron aliados entre la “pequeña burguesía” perjudicada por las acciones anarco-socialistas. El PCE participaba en el gobierno, en ministerios secundarios para no alarmar a Londres y París, pero, más ocultamente, trataban de dominar el ejército y la policía, que les asegurarían el poder tras la esperada derrota del “fascismo”. Además, el envío del grueso de las reservas financieras españolas a Moscú convirtió a Stalin en amo del destino del Frente Popular. El resultado de la guerra, tanto si intervenían Inglaterra y Francia como si no, debía ser una “democracia de nuevo tipo”, “popular”, es decir, similar a la soviética. Muchos historiadores se empeñan en ignorar las explícitas declaraciones de líderes comunistas como José Díaz o la Pasionaria. De haber ganado las izquierdas en España, Europa se habría encontrado con regímenes de tipo soviético en el extremo oeste y en el este, complicando en extremo la ya muy complicada situación continental.
Algunos analistas como D. Cattell en Soviet diplomacy and the Spanish Civil War, han creído ver una contradicción insoluble entre estas políticas, pues la propia intervención militar y política soviética alejaba la posibilidad de que las democracias apoyaran al Frente Popular. Pero desde el punto de vista soviético se trataba de una contradicción dialéctica. Cierto que el esfuerzo de Moscú por implicar a Londres y París chocaba con un doble obstáculo: las desconfianzas suscitadas por la propia URSS y su intervención en España y por la sangrienta explosión anarco-socialista imposible de disimular; pero ese obstáculo debería superarse mediante una diplomacia y propaganda intensivas, junto con movilizaciones de masas. A su vez, por las razones opuestas, Londres y París, y en segundo plano Washington, trabajaban por aislar el conflicto español y no les desagradaba que quienes pelearan en España fueran fascistas y soviéticos. Como es sabido, los tenaces esfuerzos de Moscú no lograron hacer de España la chispa que incendiara a Europa, pero alcanzarían su objetivo en 1939 con el Pacto Ribbentrop-Mólotof, logrando que la guerra europea comenzase por el oeste y no por el este. La historia y la propaganda soviéticas han explicado el giro hacia el acuerdo con Hitler como consecuencia de la oposición de los demoimperialistas a defender la “democracia” española y a colaborar en el cerco político a Alemania.
Resumiendo, Stalin no defendió en España una democracia en la que nunca creyó y de la cual fue enemigo más acérrimo que el mismo Hitler, sino que obró en función de una estrategia cuyos puntos básicos consistían en alejar la esperada guerra mundial de sus fronteras y crear en España un régimen afín y satélite.
Otra cuestión sobre la guerra de España es si la intervención de Stalin puede equipararse a las de Hitler y Mussolini por ser los tres contrarios a la democracia liberal. A menudo las tres intervenciones se ponen en un mismo plano o derivan hacia puntos secundarios como la magnitud de los envíos de armamento o cuál empezó antes. Pero lo relevante es la significación política de ellas. Basten al respecto unas constataciones.
- Hitler y Mussolini tenían objetivos muy distintos de los de Stalin, ya señalados.
- Desde un punto de vista político-moral, el fascismo mussoliniano era muy poco sanguinario, y los genocidios de Hitler aún no habían tenido lugar. En cambio Stalin ya acumulaba cientos de miles o millones de víctimas. A menudo se habla del Hitler de aquel momento como del Hitler de la guerra mundial, error cronológico inadmisible en una historia solvente.
- Stalin no se limitó a ayudar al bando izquierdista-separatista, sino que prácticamente lo dominó por medio del control sobre sus reservas financieras, de unos consejeros militares poderosos y, sobre todo, de un Partido Comunista español que era directa (y orgullosamente) agente de Moscú. Hitler y Mussolini nunca alcanzaron ni remotamente tanta influencia en España. Franco permaneció siempre independiente, hasta el punto de adelantar, con motivo de la crisis de Munich, su decisión de permanecer neutral en caso de guerra europea. Decisión entendida por Hitler y Mussolini como una ofensiva ingratitud. Alemanes e italianos pesaron poco en la conducción de las operaciones militares y, desde luego, no disponían de un partido agente parecido al PCE en el bando contrario.
- Sobre aspectos secundarios como la magnitud de las ayudas (aviones, tanques, artillería, etc.), la soviética pudo haber sido decisiva cuando la batalla de Madrid en noviembre del 36, y luego bastó para alargar la lucha hasta abril del 39. Las investigaciones de los hermanos Ramón y Jesús Salas Larrazábal demuestran que el volumen de ayudas fue semejante en los dos bandos, y por tanto no pudo ser decisivo, salvo la posibilidad citada de Madrid. No obstante lo cual el gasto del Frente Popular fue mucho más elevado que el de sus contrarios, debido a una corrupción extendida. La ayuda italiana, la más importante, sería pagada por Franco años después a precio de saldo, con una lira muy devaluada.
- También se insiste en el carácter decisivo del puente aéreo, al parecer el primero de la historia, que transportó de Marruecos a España al pequeño pero eficaz ejército de Franco. La operación se atribuye a aviones alemanes e italianos y tuvo máxima importancia al inicio de la guerra, pues permitió consolidar la precaria zona rebelde en Andalucía occidental y unirla a la zona del norte, donde Mola apenas tenía municiones. Pero estos dos objetivos se cumplieron en los cruciales primeros diez días con aviones españoles y un arriesgado transporte por mar.
Como balance, las ayudas soviética y fascista pueden equipararse grosso modo en suministros militares, pero no en los más esenciales terrenos político y moral.
Examinemos ahora el supuesto carácter democrático y republicano del bando perdedor. La versión de que el Frente Popular era una democracia protegida por Stalin y abandonada vergonzosamente por otras democracias, suena grotesca ya de entrada. Los gobiernos francés y sobre todo inglés, conocían bien la sangrienta revolución desatada por el bando izquierdista o rojo, sin ningún punto de contacto con una democracia burguesa. Pero aún si quisieran cerrar los ojos a la evidencia, les bastaría examinar a los partidos componentes del Frente Popular para deshacer cualquier equívoco.
Así, los partidos dominantes fueron socialistas (PSOE) y los anarquistas (CNT), y muy pronto los stalinistas (PCE). Calificar de demócratas a anarquistas y comunistas es absurdo y no hará falta explicarlo. En cuanto al PSOE, un observador mal informado podría identificarlo con los demás partidos de la II Internacional que aceptaban la democracia; pero como he demostrado documentalmente en Los orígenes de la guerra civil, se trataba de un clásico partido marxista revolucionario, empeñado en derrocar a la república “burguesa” después de haberla utilizado para fortalecerse en una primera fase, gobernando con los republicanos de izquierda. Ese gobierno resultó desastroso y perdió las elecciones en 1933, por lo que el PSOE creyó llegada la hora de implantar su dictadura, un régimen de estilo soviético, mediante una insurrección armada concebida como guerra civil. El máximo jefe socialista, Largo Caballero, fue conocido como El Lenin español título suficientemente expresivo. La insurrección fracasó en octubre de 1934, dejando 1.300 muertos y enormes destrozos, y entonces los socialistas, que apenas fueron reprimidos por la derecha, volvieron a buscar la alianza con los republicanos de izquierda, combinando el electoralismo con el plan de impedir la vuelta legal de las derechas al poder y tácticas violentas. De ahí salió el Frente Popular.
En cuanto a los republicanos de izquierda, con Manuel Azaña como figura principal, también rechazaron la voz de las urnas de 1933 e intentaron varios golpes de estado, por lo que nadie los podrá calificar en serio de demócratas. Durante la guerra, el dominante trío revolucionario socialista-anarquista-staliniano les concedió una función decorativa, utilizándolos para dar al exterior una imposible imagen democrática. Azaña se queja constantemente en sus diarios de ese papel, que no tenía más remedio que desempeñar, hasta que aprovechó la derrota izquierdista en Cataluña para dimitir.
El Frente Popular juntó también de hecho, aunque no oficialmente, a los separatistas vascos del PNV y catalanes de la Esquerra. La base doctrinal de ambos, muy ostentada por entonces, pretendía que vascos y catalanes eran “razas” diferentes y superiores. Sabino Arana, fundador del PNV describía a los demás españoles como “incultos, brutales, afeminados”, “poco mejores que gorilas”. La Esquerra patrocinaba en 1934 planes para salvaguardar la “raza” catalana del contacto degenerativo con los otros españoles. Tras la derrota nazi, tales fantasmagorías se disimulan, pero siguen siendo, de forma solapada, la sustancia de esos separatismos, que centran la cuestión en “hechos diferenciales” y en una exaltación de las lenguas regionales, cuando la más hablada en Cataluña, y sobre todo en Vascongadas, es el español común o castellano. Aquellos separatistas desestabilizaron a la república, y durante la guerra intrigaron contra sus aliados del Frente Popular, lo cual benefició indirectamente a Franco. Después de la derrota se calmaron y no hicieron oposición real al franquismo. Basta, pues, un mero repaso de los partidos izquierdistas y separatistas para desechar por completo sus pretensiones democráticas. En sus concepciones políticas, la democracia consistía simplemente en que gobernaran ellos, con votos o sin votos.
La terminología más frecuente en los libros de historia define al Frente Popular como “republicano”, sugiriendo que continuaba la II República, nacida en 1931, contra la cual se habrían sublevado las derechas. Pero en realidad, no solo las fuerzas componentes del Frente Popular se habían rebelado una y otra vez contra la legalidad republicana, sino que habían acabado de arruinarla a partir de las elecciones de febrero de 1936, unas elecciones fraudulentas, como admitía el propio Azaña. Fue una actitud en cierto modo demencial, porque la legalidad republicana había sido impuesta por las izquierdas sin consenso con la derecha ni refrendo popular. Pero había permitido a las derechas ganar las elecciones de 1933, por lo que las izquierdas resolvieron destruir su propia legalidad y lo hicieron violentamente, empujando a las derechas a la disyuntiva de rebelarse o someterse a una liquidación “pacífica”. Por ello, llamar “republicano” al bando izquierdista-separatista es tan falso como llamarle demócrata. Fue un intento de crear un nuevo régimen, que no llegó a definirse del todo porque perdió la guerra.
Debido a sus diferentes programas políticos, los partidos del Frente Popular chocaron y se asesinaron entre ellos en dos miniguerras civiles dentro de la guerra general. Casi lo único que les unía era el designio de erradicar a la Iglesia, al que contribuyeron incluso los católicos separatistas vascos, siempre que la erradicación se produjese fuera de las Vascongadas. De ahí una de las mayores persecuciones religiosas de la historia, con asesinato de 7.000 clérigos y otros muchos católicos, destrucción o saqueo de iglesias, bibliotecas, monasterios, obras de arte. Hasta las cruces de los cementerios fueron rotas en muchas ocasiones. Se habla a veces de genocidio franquista, que nunca existió, pero la persecución contra la Iglesia reviste técnicamente el carácter de genocidio.
Con esto podemos entender mejor el carácter de la guerra. Al identificarse la convulsa república con el demoliberalismo, la gran mayoría de la derecha, que tenía trayectoria liberal, rechazó la democracia como promotora del desorden y la revolución. Por lo tanto, la democracia no jugó ningún papel en la guerra civil, ni en un bando ni en el otro. Se trató de la lucha entre quienes querían exterminar la cultura cristiana y quienes la defendían, y entre quienes querían disgregar a España o aceptaban su disgregación, y quienes trataban de mantener la unidad nacional. Sobre estos dos puntos esenciales giró la guerra, y no sobre una democracia liberal que nadie por entonces quería.
Al igual que el Frente Popular, el franquismo se componía de fuerzas diversas: monárquicos tradicionales, monárquicos de pasado liberal, católicos políticos y falangistas, estos últimos asimilables al fascismo excepto porque se declaraban católicos. La Falange nunca fue hegemónica en el régimen, que solo puede definirse como autoritario y tradicional. El franquismo intentó elaborar una ideología propia, que superase al marxismo y al liberalismo y que tampoco fuera fascista, pero fracasó. En realidad, el catolicismo era el único factor de unidad entre todas aquellas fuerzas políticas y por ello el régimen se declaró confesionalmente católico y adepto a la doctrina social de la Iglesia. A la larga fue un suicidio, porque el catolicismo no es una doctrina política y porque después del Concilio Vaticano II la Iglesia rechazó al franquismo, con lo que este quedaba ideológicamente en el aire.
Aun así el régimen fue capaz de organizar una transición ordenada hacia una democracia. Significativamente, el franquismo no tuvo oposición democrática real, sino comunista y terrorista, con muy pocos presos comunes y muchos menos políticos –ninguno demoliberal–, y dejó un país próspero y libre de los odios y tensiones sociales de la república, buen marco para una democracia no convulsa. España es así uno de los pocos países de Europa occidental que debe su actual democracia a su propia evolución interna y no a la intervención militar de Usa. No obstante, la democracia española viene sufriendo graves amenazas por el terrorismo y la connivencia de partidos con la ETA, por las oleadas de corrupción, la politización de la justicia y los separatismos, que han renacido parasitando unas libertades que nada les deben. Estas amenazas han deformado la democracia y tienen el signo de un antifranquismo a destiempo, que recupera las ideologías del Frente Popular. Y al revés, si el sistema se mantiene mal que bien, se debe a la herencia del franquismo.
Este es un dato evidente, pero las evidencias son a menudo lo último que se percibe entre la palabrería propagandística.
Podemos decir, en resumen, que la guerra civil española se gestó en la crisis general europea de los años 30, aunque con notables particularidades: de las tres grandes ideologías del momento, solo la marxista revolucionaria tuvo verdadera influencia en España, pues la liberal se había desacreditado y la fascista tuvo poco arraigo. En cambio existían otras corrientes importantes y de escasa presencia en el resto de Europa, como el anarquismo o el tradicionalismo carlista; y sobre todo, el catolicismo desempeñó un papel de primer orden, que no se dio en ninguna otra guerra o conflicto europeo.
Vemos también que el extendido apasionamiento sobre la guerra civil, presentada como confrontación entre democracia y fascismo, nace de un equívoco originado sobre todo en la propaganda soviética y la II Guerra Mundial: ni los vencedores eran fascistas, sino más bien conservadores autoritarios y católicos, ni los vencidos eran demócratas, sino revolucionarios diversos, de tendencias anticatólica, totalitaria e hispanófoba. La persistencia de tópicos y equívocos continúa de forma aún masiva, pero en el terreno intelectual están claramente derrotados.
Aludiré brevemente a la posguerra. Al terminar la II Guerra Mundial, Europa, excepto España, quedó dividida en una zona dominada por la URSS y otra bajo protectorado de Usa. La neutralidad española había beneficiado en varios aspectos tácticos a Italia y Alemania, pero en el plano estratégico había aprovechado a las potencias anglosajonas, al dejarles libre la entrada occidental al Mediterráneo. No porque Franco simpatizase con los Aliados, sino porque deseaba eludir la guerra, y ese mero hecho favorecía grandemente a los anglosajones. No obstante, tras la derrota fascista, los anglosajones, la URSS, casi el mundo entero, hicieron sufrir a España una peligrosa guerra de guerrillas y un aislamiento ilegal y criminal, pues perseguía hundir a Franco creando una gran hambruna. Sin embargo, el franquismo aguantó el reto, venció a las guerrillas y al aislamiento, finalmente entró en la ONU, fue reconocido internacionalmente y logró impresionantes éxitos económicos pese a una hostilidad exterior atenuada pero persistente. Baste decir que durante casi quince años fue uno de los tres países de más rápido crecimiento del mundo, hasta llegar a una renta per capita del 80% de la media de los países ricos europeos, proporción que no ha vuelto a alcanzarse.
Y deben contarse entre sus éxitos la salud social quizá mejor de Europa ( índices de delincuencia, población penal, drogadicción, alcoholismo, abortos, prostitución, fracaso matrimonial, suicidios, etc.); o una de las mayores esperanzas de vida al nacer del mundo. Finalmente, la crisis ideológica originada por la desafección del Vaticano no le impidió evolucionar sin traumas a una democracia similar a otras de Europa occidental. Todo ello en un régimen autoritario, no totalitario, con las fronteras siempre abiertas y amplia libertad personal, aunque la política estuviera restringida. He examinado estos asuntos en Los mitos del franquismo, y sospecho que no podré ser rebatido.
Se plantea, por tanto, la cuestión de si un régimen así podría ser viable en la actualidad en España. En mi opinión es imposible, porque el franquismo no tuvo una ideología ni una doctrina política propias, sino que respondió de modo pragmático y acertado a una gran crisis histórica que afectaba a toda Europa, si bien con fuertes rasgos particulares en España. Y porque líderes de la talla de Franco no surgen con facilidad. Sin embargo detrás de las brumas de la propaganda aún hoy dominante, cabe pensar si algunos elementos de aquel régimen podían ser útiles en la crisis moral e ideológica que hoy afecta a Europa y más en general a Occidente. Una tarea pendiente.
