Del amor y otras menudencias

SULPICIO.- Vamos a ver, Mauricio, perdonad el inciso, admito que tu razonamiento en pro del vicio solitario es irreprochable, y que merecías forrarte a subvenciones con el actual gobierno igualador de Karajolandia, pero debes admitir que no va a ser así, porque el gobierno no es consecuente con sus propios principios, como decía Matías Crevillente: predica la oración, pero no reza, valga la metáfora.

MAURICIO.- Muy cierto, oh Sulpicio, pero yo, con mis vacas y ovejas tengo bastante, y no necesito subvenciones como los artistas del cazo, digo de la ceja. A menos que me alcance la crisis, toquemos madera. Aquí, en las floridas campiñas de Porriño, en tabernas acogedoras como esta de Picio, me siento autosuficiente y no preciso que me paguen mis ideas, por lo general brillantes.

SULPICIO.- Eso es muy cierto, pero no implica que el mérito lo tengas, y un mérito no recompensado no deja de ser una injusticia social. Te diré más: el español medio tampoco te hará el menor caso. Lógicamente debería haber una inmensa recogida de firmas para que el gobierno llevara una política consecuente e igualitaria en pro de la masturbación, y saliera en las televisiones públicas practicando la cosa…pero no lo conseguirás. Porque estarás de acuerdo conmigo en que el español medio, obviamente, es un julay. Dejando aparte las excepciones obligadas, por supuesto. Y a los de Porriño, claro está.

PATRICIO.- ¿Y qué entiendes por julay, bravo Sulpicio?

SULPICIO.- ¡Pardiez, Patricio, hombre de letras! ¿No sabes qué es un julay? Julay es una palabra del caló carcelario, vale decir, y designa un individuo entre ingenuo, tonto y mindundi, tiene algo que ver con primavera, un tío primavera es también un ingenuo, aunque julay tiene una carga más despectiva. Pero tienes razón en preguntar: yo le doy un sentido algo distinto. Para mí, un julay es una persona incapaz de razonar.

PICIO.- ¿De razonar incapaz el español es?

SULPICIO.- Te pondré un ejemplo: estás hablando de un asunto general, y el julay te sale con algo particular suyo. Digamos que comentas que hay crisis y cuatro millones y pico de parados, y el julay te salta con que él no ve la crisis por ningún lado, porque en las fiestas de su barrio, el otro día, había que ver la de gambas que consumía la gente. O le planteas pongamos por caso, el valor de una obra de cine, o de literatura, y zanja la discusión diciendo que a él le gusta, o que no le gusta, como si su gusto particular y no razonado fuera la última palabra sobre el tema. Les expones cualquier asunto medianamente complejo y te salen con cualquier cuestión anecdótica e insignificante. O es incapaz de ver la consecuencia más simple de una idea o de una toma de posición: le basta con que esa idea se la presenten como buena, bonita y barata, o todo lo contrario, y ya no entiende ni quiere entender más. ¿Te das cuenta de por qué a Zapo le ha sido tan fácil convertir a España en Karajolandia?

PATRICIO.- Bueno, bueno, gente así hay en todas partes, en Francia, sin ir más lejos, los diputados ladrones, que eran casi todos, se autoindultaron de sus ilegalidades en el Parlamento, arguyendo que para eso representaban la soberanía popular. Y los franceses tan tranquilos, ya ves, sólo arman bulla si les amenazan con algún recorte en los sueldos o cosa así.

FABRICIO.- ¿Y qué me dices de los useños? ¿No se han dejado seducir por un charlatán barato como Obama? Aquello parece ya Chorrilandia…

PATRICIO.- Además, por mucho que la masturbación sea más racional, según afirmas…

MAURICIO.- Según demuestro…

PATRICIO.- Además, digo, el ser humano es racional, pero animal, así que hay que tener en cuenta las dos cosas, el instinto y todo eso.

MAURICIO.- ¡Por eso, Patricio, por eso! La vida humana es una lucha permanente entre el animal y el racional, y en esa lucha prevalece uno o prevalece la otra. Yo, que soy hombre de progreso –y a quien le pique, que se rasque–, defiendo a la otra. La razón, ¡qué haríamos sin la razón!

FABRICIO.- Pero Mauricio, loco de la vida, eso de que no follarás hasta que no sepas el porqué y el para qué, es la cosa más idiota que he oído. Tú estás vivo, ¿sabes acaso por qué y para qué estas vivo? No lo sabes, ¿verdad? ¿Y vas a dejar de vivir hasta que lo sepas? Y ahora todos empezamos a tener sueño, por la hora y por el vino, ¿sabes acaso por qué y para qué vas a dormir? Simplemente vas a rendirte al sueño, ¿o piensas mantenerte en vela hasta que soluciones el enigma? Te volverías aún más chiflado de lo que estás.

MAURICIO.- La naturaleza nos presenta en efecto, ¡oh eximio asamantecas!, muchos enigmas, no uno solo. Y es propio del hombre sabio y razonable irlos aclarando uno a uno, sin pretender resolver todos a la vez. Así que por alguno hay que empezar.

SULPICIO.- ¡Picio, maldita sea! ¡Deja de hurgarte las narices mientras nos sirves las raciones, que vamos a tomar la mitad de ellas con mocos, y encima nos los cobras!

PICIO.- ¡Coño! Mira tú al señorito con tanta limpieza. Sabrás, ignaro, y lo digo para todos, que los mocos tienen propiedades antisépticas, vienen a ser como unos antibióticos caseros, según han demostrado los doctos en el asunto, así que…

PATRICIO.- ¡Será posible tío tan guarro!. Y, hombre, por una vez ha dejado de hablar en ese plan que llama poético, cambiando el orden de las palabras sin ton ni son, que no hay quien le entienda…

SALICIO.- ¡Pues tú debes callar, poetastro, que cada vez que hablas riegas la mesa de salivillas! Estoy por decir que la mitad del vino que bebemos procede de la boca de Patricio.

MAURICIO.- ¡Venga, pardiez, dejaos de menudencias, o vamos a terminar a hostias! Los mocos y la saliva de estos dos vates solo pueden contagiaros su talento poético, y ya me veo a todos hablando en verso. ¡Al tema, al tema! Hablaba Patricio del amor platónico para demostrar que el placer físico no es nada…

PATRICIO.- Quiero decir que lo del placer no explica todo, porque si así fuere, nadie podría enamorarse, el amor no existiría propiamente, solo las ganas de… Todos conocemos el caso de un ilustre porriñés que, con cuarenta años, mujer y tres hijos, los dejó porque va y se enamora de una tía veinte años más joven, y se larga con ella, ¿Cómo explicáis eso?

MAURICIO.- ¿Intentas convencerme de que todo el asunto es de lo más irrazonable? Lo del placer físico introduce al menos un toque de racionalidad, muy relativo, desde luego, pero algo es. No tan racional como la masturbación, que por lo menos no causa daños a terceros, ni siquiera a segundos. Pero contribuye a explicar, a dar algo de sentido a la cosa. En cambio eso que convencionalmente suele llamarse amor me parece el colmo del absurdo. Y, como has visto, tiene las peores consecuencias.

SALICIO.- Quiere decir, Mauricio, que a la gente, por lo menos a algunos de nosotros, no sé si muy especiales o qué, no nos da lo mismo una que otra, y cuando encontramos a una moza determinada…, ¿entiendes?, nada más nos importa en el mundo, así que si fuera solo cuestión de placer, nos daría igual una u otra.

FABRICIO.- Según lo que yo veo, hay tipos muy exclusivistas, que se vuelven locos por una sola tía, y otros, al contrario, les da igual con tal de que tengan lo que tienen… Pero yo me voy, me entra el irrazonable sueño, Mauricio. La tempestad ha amainado, ya no repiquetea con furia la lluvia en los cristales ni se oye el apagado mugir del viento. Así que me retiro a mi choza.

PATRICIO.- Creo que todos nos largamos. Picio, ¿cuánto se debe?

PICIO.- Debía cobraros el doble, por vuestras intemperancias. Pero hoy, mira, estoy contento, así que paga la casa.

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Una apología de la masturbación

**Este domingo, en “Cita con la Historia” (Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde), hablaremos del fundamento histórico de la diada y del Valle de los Caídos

Programa anterior: http://www.ivoox.com/cita-historia-inicio-temporada-audios-mp3_rf_3470620_1.html

**Blog I: Anticlericalismo y libertad de conciencia:http://www.gaceta.es/pio-moa/anticlericalismo-libertad-conciencia-12092014-1718

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PATRICIO.- ¡Venga. Sulpicio, que está de broma el animal racional!

MAURICIO.- De broma nada, Patricio. La masturbación tiene una ventaja de entrada que incluso Sulpicio está en condiciones de entender: no compromete a nadie. Si tú te lías con una señora o señorita, siempre resultará que surgen discrepancias, diferencia de caracteres, formas de ser que chocan, etc., etc., y es inevitable que la fastidies o te fastidie ella. Fíjate en Salicio, cómo sufre el pobre desgraciado por su horrible Amartilis…Eso no ocurre con la masturbación, y si la naturaleza nos ha dado esa posibilidad es porque la naturaleza es sabia, que diría Moh Ul-sih. Tampoco tienes posibilidad de ocasionar embarazos no deseados ni de cargar con críos que, por mucho que los quieras, o te creas que los quieres, pueden ser un verdadero peñazo, y si no, fíjate en Castilla del Pino, que si se deja llevar por el sentimentalismo le estropean la carrera. O imagina los líos en que te puedes meter si te da por la opción sexual de la pederastia… La cosa no puede ser más conveniente, y sobre todo más racional…

PATRICIO.- Pero reconocerás, Mauricio, que es mucho menos satisfactoria.

MAURICIO.- Para nada, chaval, para nada. Con ayuda de la fantasía no resulta menos, y de paso desarrolla una facultad mental tan imprescindible como la imaginación. ¿Qué haríamos en la vida sin la imaginación?

PICIO.- Y de Mauricio en apoyo, aunque, la verdad, nada de lo que diciendo viene un pelo me gusta, hay que tener las muñecas inflables en cuenta. Hoy, con lo avanzada que está la ciencia, hacerse pueden muñecas con todas las ventajas de una mujer y ninguno de sus inconvenientes. En Internés lo vi tiempo ha.

FELICIO.- ¡Y a la inversa, Picio, muñecos inflables para ellas, o para los que practican con orgullo la opción homosexual! No seamos machistas…

SULPICIO.- Vamos a ver, mendrugo racional, ¿no te das cuenta de que así se acabaría la humanidad? ¿Te parece bien eso, tío loco?

MAURICIO.- Sostengo, arcaico sujeto, que con un poco más, muy poco más de tiempo y ciencia, los críos se harán en máquinas ad hoc, y nadie tendrá que cargar con ellos, bien sea que se ocupe el estado u oenegés de la tarea. Pero, objetarás, ante de que llegara ese feliz momento la humanidad se habría acabado. A lo cual yo y Bertrand Russell, que en paz descanse, replicamos: ¿y qué?, ¿qué nos puede importar? La tierra se ha pasado miles de millones de años sin seres humanos que la fastidiasen, y ha estado tan a gusto con sus virus, bacterias o diplodocus, o sin nada, así que dime, ¿qué falta hacía el hombre?, ¿no dicen los ecologistas que lo único que hacemos es fornicar el equilibrio natural? Además, antes o después se acabará la tierra, como han explicado los cosmólogos, de modo que, ¿importa mucho si es un poco antes o un poco después? En términos cosmológicos, eso no es nada. Las cosas hay que mirarlas sub specie aeternitatis, como hacemos los filósofos racionales.

FELICIO.- Voto a tal, que me horroriza lo que oigo. En otro tiempo la Inquisición te habría llevado directamente a la hoguera.

SALICIO.- Has de saber, absurdo Mauricio, que yo soy muy feliz con mis sufrimientos por Amartilis, y que no los cambiaría por todas tus satisfacciones en el paraíso de Onán.

MAURICIO.- ¡He ahí, Salicio, que has dado en el clavo sin quererlo! Sufres, pero te gusta, te muestras orgulloso de tus penas y nos las pasas por las narices, como diciendo: “Vosotros no conocéis este dulce tormento, esta deleitable servidumbre, no sabéis nada de la vida…” Esa es una de las razones por las que yo no soporto esas cosas: ¿a qué vienen?, ¿qué objeto tienen? Ni sabemos el por qué de ese impulso casi incontrolable por la supervivencia humana (menos incontrolable para quienes somos realmente racionales), ni tampoco por qué la supervivencia tiene que realizarse mediante esos actos sexuales, o por qué ellos van acompañados de placer. Y sin preocuparnos siquiera de aclarar esas cuestiones elementales para un ser racional, nos revolcamos en el fango de la irracionalidad. ¿Os parece lógico? ¿Os parece razonable? ¿O acaso vosotros sabéis el porqué de esas cosas y no me lo queréis contar?
PICIO.- Pasmados nos dejas, Mauricio.

MAURICIO.- Y os diré más, las habilidades de Onán tienen otra virtud: el igualitarismo. Porque con toda evidencia el acto sexual a dúo revela la más profunda desigualdad entre la mujer y el hombre, mientras que en esta otra práctica, más racional aun sin acabar de serlo del todo, la desigualdad pierde todo sentido…. Creo que debería dar la idea a la ministra extranjera Pipiana Kagaperlas, supongo que me subvencionaría con generosidad; después de todo a ella no le cuesta un duro, digo un leru.

SULPICIO.- ¡Cuidado, Mauricio! Podrías hacerte de oro, se te subiría a la testa y te haría cambiar: abandonarías este oficio, quizá no muy lucrativo, mas no por ello menos repleto de encanto, te irías a vivir a la Citi o a Manjatan, o fingirías no conocernos si con nosotros te topases por esos prados o tabernas… Pero tienes razón, pocas cosas hay más desiguales que eso que llaman hacer el amor, y con más desiguales consecuencias. El gobierno debería tomar medidas contra semejante abuso…Te has librado de mi alegre cayada. Por cierto, siempre me ha asombrado que a las mujeres les guste que las follen. ¿No es como muy humillante …?

MAURICIO.- Mira, Sulpi, esa es otra irracionalidad, y sobre eso hay mucho que decir, porque ¿acaso no es menos humillante para el sujeto masculino? Mas si te parece dejaremos el tema para mejor ocasión, pues si no, se pierde el discurso.

PATRICIO.- Pero aquí tenemos a Fabricio, antes tan parlanchín, y que no dice esta boca es mía. ¿Qué opinas, hombre, del asunto?

FABRICIO.- ¿Qué voy a opinar? Aquel gran poeta que fue Alberti ya elogiaba mucho las peras en sus memorias, se ve que las practicó a mansalva. En cuanto a mí, de puro irracional que soy, prefiero el amor mercenario, ya que las mujeres, debido a su ceguera para los valores espirituales y excesiva vista para los corporales, no quieren saber nada conmigo, a menos que les pague.

SALICIO.- Ja, ja, me imagino a Fabricio declarándose: T…t……te…te…q…q…quie…quiero. Tiene que ser un espectáculo.

FABRICIO.- Cállate, bestia, y mira en tu interior tus porquerías.

SALICIO.- Bueno, hombre, perdona. Ya sabes, como dice el refrán, la mierda ajena a todos nos huele peor que la propia.

PATRICIO.- Mas yo te diré, Mauricio, que lo que contaba Felicio esta tarde en los amenos praderíos, antes de que la galerna empezase a rugir, y que me habéis repetido poco ha, me refiero a las palabras de Moh Ul-sih, es completamente falso. Yo os diría que aún en ausencia de placer físico inmediato, la afición de los hombres por las mujeres y viceversa, dejemos aparte la cosa homo…, es tan fuerte que incluso sin ese placer nos apasionaríamos. Fíjate, si no, en la intensidad del amor romántico y del platónico, en la Laura de Dante o en la Beatriz de Petrarca…

FABRICIO.- Al revés, poetastro, al revés.

PATRICIO.- Bueno, da igual…

FABRICIO.- Además, Petrarca confesaba que le gustaría haber estado libre de los deseos de la carne, pero que mentiría si lo afirmase.

MAURICIO.- Lo cual multiplica, si posible fuere, la absurda irracionalidad de todo el asunto.

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Conveniencia de la educación cristiana

Blog I: Un programa de historia único:http://www.gaceta.es/pio-moa/programa-historia-unico-11092014-1629

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La enseñanza cristiana en la escuela me parece muy conveniente, y no sólo porque la pida una gran mayoría de padres. Lo lamentable sería que dejaran de pedirla. Por resumirla mucho, podemos sintetizar la instrucción cristiana en la enseñanza y comentario de los Diez Mandamientos, más la historia y cultura ligada a ellos. Esos mandamientos condenan la corrupción económica y sexual, la mentira y la calumnia, prohíben matar salvo en defensa propia, prescriben honrar a los padres, es decir, en sentido amplio, a la tradición y el legado cultural heredado, hablan de deberes además de derechos, y de la responsabilidad ligada a la libertad etc.

Lógicamente estos mandamientos no pueden gustar a los hedonistas ávidos de fondos públicos y de toreo de alcoba, convencidos de que la historia empieza, y acaso termina, con ellos, pues la muerte acaba con todo; convencidos de que la droga constituye ante todo una experiencia placentera, de que la familia, sobre todo la cristiana, es una institución opresora que el estado debería socavar y erradicar en lo posible, de que las no menos opresivas nociones de bien y mal debieran dejar paso a lo divertido y lo fastidioso, etc. El hedonismo progre ha alentado un tipo de enseñanza acorde a esas concepciones, y no puede negarse que ha tenido resultados importantes: expansión de la droga y el alcoholismo entre la juventud, la pérdida de referentes morales, altos índices de fracaso escolar, de fracaso matrimonial, de delincuencia juvenil y no juvenil (pues llevan muchos años de aplicación), de embarazos y abortos de adolescentes, enfermedades sexuales y otros así. No estoy seguro de si son éstos los objetivos de esa enseñanza, me inclino a creer que sí, porque año tras año sus promotores persisten en ella, y aun la extreman, sin prestar atención a sus efectos.

¿Se forman así buenos ciudadanos? Lo dudo, pero reconozco que eso va en gustos. Por ello, los partidarios de esa educación debieran reservarla para sus hijos y no obligar a todo el mundo, utilizando los fondos públicos, a someterse a sus criterios. Esto último me parece una actitud abusiva y de corte totalitario. Además, he leído que la mayoría de los dirigentes socialistas y similares evitan mandar a sus hijos a centros públicos.

En cambio creo que la enseñanza cristiana, por lo ya dicho, tiende a formar el carácter individual y también a ciudadanos responsables. Es una opinión particular, si quieren, pero extendida, hoy por hoy, entre una amplia mayoría de la población. Por lo tanto, la enseñanza pública debiera atender a los deseos de esa mayoría, sin menoscabar los de la minoría progre-hedonista.

Además, considero que los valores y la proyección ciudadana de una enseñanza cristiana pueden ser compartidos por mucha gente no cristiana (yo mismo), e incluso atea, exceptuando en tal caso los dos primeros mandamientos, pero no entraremos aquí en la fundamentación de la moral.

Hay otra razón de mucho peso en pro de la enseñanza cristiana: la cultura española está impregnada de cristianismo hasta la médula. Viajando por el país encontramos en todas partes iglesias, ermitas o catedrales, muy a menudo los edificios más bellos y sugestivos de cada población, e incluso una fuente de atracción de turismo. O monasterios que han sido focos de cultura y a veces siguen siéndolo. Instituciones clave de la vida actual, como las universidades, tienen también origen cristiano. Nuestro lenguaje, nuestra literatura, nuestras artes, nuestras tradiciones de todo tipo, están empapadas de cristianismo católico. Renunciar a ese inmenso bagaje o diluirlo poniéndolo al mismo nivel que cualquier otra religión o creencia, sólo puede ocurrírseles a auténticos bárbaros, herederos de aquellos que, no hace tanto, asesinaban a mansalva a clérigos y creyentes, quemaban iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza o destruían obras de arte invalorables por el delito de ser católicos. Vale la pena notar que quienes se sienten sucesores de aquellos “progresistas” no han expresado nunca el menor arrepentimiento ni la menor lamentación por tales actos. Persiste, por el contrario, una satisfacción mal disimulada al respecto.

No hablo, obsérvese, de una enseñanza religiosa en general, sino precisamente cristiana. Por supuesto, el estado es laico, pero no debe hacer del laicismo una seudorreligión sustitutoria. Y debe atender a otras religiones minoritarias, en especial a la musulmana, actualmente en auge debido a una política deliberada de los gobernantes progre-hedonistas. Pero sin olvidar dos cosas: que los musulmanes llegan a España con la peligrosa idea de que este país les pertenece, y que la religión musulmana quizá no sea incompatible con la democracia, pero no ha producido o tolerado un solo estado musulmán democrático, con la parcial excepción de Turquía.

El cristianismo, en cambio, no sólo es compatible con la democracia pues constituye la raíz misma de ella, aunque la Revolución francesa se haya manifestado furiosamente antirreligiosa, y haya originado, de paso, los totalitarismos genocidas del siglo XX. La corriente liberal anglosajona ha resultado mucho mejor, más pacífica y más evolutiva, como es sabido. Y a nosotros nos convendría recobrar las tradiciones pre liberales y pre democráticas del Siglo de oro, formuladas por diversos pensadores eclesiásticos.

No ignoro la existencia de una vastísima literatura, a menudo panfletaria, virulenta e insultante, dedicada a probar la incompatibilidad del catolicismo con la democracia. Sin embargo la experiencia histórica pesa más que los panfletos: durante la república, la derecha influida por la Iglesia respetó la legalidad y derrotó la insurrección izquierdista del 34 invocando las libertades y manteniendo después éstas. Y fueron esas izquierdas comecuras, siempre con la palabra libertad en la boca, las que destruyeron la democracia y causaron, con ello, la guerra civil.

Savater y otros muchos tienen derecho a exponer y defender sus posiciones en estos asuntos, pero no tanto derecho a pretender imponerlas a los demás. Y no deben cometer el error de pensar que quienes discrepamos de ellos carecemos de argumentos. Insistiré con otras palabras: creo que la enseñanza cristiana formará a mejores ciudadanos que la enseñanza progre-hedonista, y que una religión que empapa nuestra cultura no puede erradicarse de la enseñanza sin destruir esa cultura misma.

Y a partir de ahí critiquemos a la Iglesia, tan digna de crítica en muchas cosas.

(En LD, 16-11.2005)

 

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La Diada

 

La  Diada es una manifestación  separatista unas veces más limitada o disimulada y otras más abierta, como ocurre en estos últimos años. Consiste en una ofrenda floral a la estatua de Rafael Casanova, que en 1714  dirigió la lucha en Barcelona, en defensa del Archiduque Carlos, aspirante al trono español, contra  Felipe V de Borbón. Según la leyenda, Casanova habría muerto heroicamente en defensa de las que llaman “libertades catalanas, que entonces se habrían perdido, pasando Cataluña a soportar un yugo terrible hasta hoy mismo.  Es interesante ver en qué medida la realidad histórica corrobora o no estas ideas, hoy muy extendidas y propagandas en medios catalanes, y a menudo aceptadas en el resto de España.

   El episodio se enmarca en la Guerra de Sucesión, que tuvo carácter de guerra civil en España y fue también internacional, y se extendió entre 1701 y 1715. Muy en resumen, y dejando aparte que las grandes potencias exteriores querían repartirse las posesiones hispanas en Europa, fue así: en 1700 murió sin hijos  Carlos II de España, que fue el último rey de la dinastía de los Austrias,  y nombró sucesor a Felipe de Borbón, el que sería Felipe V. Ello significaba un cambio de dinastía, que pasó de los Austrias españoles a los Borbones, aunque las dos dinastías estaban muy mezcladas por matrimonios. En un primer momento, Felipe V fue  aceptado  de modo general en España y en el resto de Europa, excepto por el Imperio austríaco, ya que este consideró que el archiduque Carlos tenía más derechos a la corona. Pero cuando Luis XIV de Francia creó la impresión de que Francia y España podrían llegar a  unirse bajo un solo rey, Inglaterra y Holanda se pusieron de parte del Archiduque, pues creían que el posible reino hispanofrancés sería una potencia imbatible en Europa, y la política inglesa consistió siempre en oponerse a la mayor potencia del continente. Y así empezó la guerra. Por otra parte es difícil imaginar que los españoles hubieran aceptado la unión con Francia.

   Contra la leyenda, Felipe V no tenía pensado suprimir los fueros y privilegios de Aragón, Cataluña y Valencia. Al contrario, enseguida fue a Barcelona, donde juró ante las Cortes las viejas normas feudales de la región.  Había allí pocos partidarios del Archiduque, y cuando, en 1704, la flota angloholandesa se presentó ante Barcelona, no recibió apoyo, por lo que en venganza bombardeó duramente la ciudad antes de irse a tomar Gibraltar.  Sin embargo, al año siguiente, la oligarquía de Barcelona pactó con los ingleses, en la llamada Conspiración de Génova, y pasó a apoyar al Archiduque.   No se sabe bien qué motivó el cambio de postura, porque Felipe V no amenazaba por entonces los fueros regionales. Probablemente el cambio se debió al dominio de la flota angloholandesa en el Mediterráneo occidental,  que podía bloquear el comercio de todo Levante, de Barcelona, Valencia, etc. Y por otra parte, los potentados barceloneses debieron de pensar Felipe V podría perder la guerra. Esta mezcla de temor, interés y esperanza parece una buena explicación de la mudanza política de los potentados barceloneses (y valencianos). Hay que decir también que Cataluña era probablemente la parte más antifrancesa de España, debido a que la ocupación de la región por Francia unos decenios antes, había dejado un pésimo recuerdo.

   Sea como  fuere, el cambio se produjo, aunque hay que decir que no todos los catalanes, ni mucho menos compartían aquel repentino fervor por el Archiduque. Una gran parte de Cataluña estaba a favor de Felipe V (en toda España se dieron divisiones semejantes) y los austracistas quedarían limitados al triángulo Igualada-Barcelona-Tarragona.

   En el curso de la contienda los  austracistas o partidarios del Archiduque llevaron las de perder  y cuando los vencedores  felipistas pusieron sitio a Barcelona, en julio de 1713, bastantes catalanes participaron en las tropas del asedio. Los austracistas se defendieron valerosamente durante más de un año, dándose el caso de que entre tanto su pretendiente al trono, el Archiduque Carlos,  había ascendido a emperador de Austria y de hecho renunciado al trono hispano, lo que da un aire extraño a toda la situación. Los ingleses, muy contentos con otras ganancias (Gibraltar y Menorca en la propia España) se desentendieron de sus promesas de tutelar las “libertades” catalanas, y Felipe V las derogó mediante los Decretos de Nueva Planta. En cuanto a Casanova, que había invocado la libertad de Cataluña y de toda España,  no cayó en la lucha, sino que huyó de la ciudad, y más tarde fue perdonado y vivió tranquilamente en Cataluña como un próspero abogado. Felipe V, en castigo por lo que consideraba infidelidad de Cataluña, abolió sus fueros. Y sancionó la creación de los  Mozos de escuadra para perseguir a los residuos austracistas de la  región. Curiosamente, así llaman ahora a una policía autonómica a la que pretenden dar carácter separatista.

   Hay que decir que las llamadas “libertades catalanas” lo eran solo para las clases altas. Consistían en una opresión brutal de los señores y potentados sobre la masa de la población. De hecho, los señores tenían derecho de vida y muerte sobre los campesinos, es decir, de impunidad, y de imponerles todo tipo de cargas, los “malos usos”, que habían dado lugar a guerras civiles y a bandolerismo endémico. En cierto sentido seguían las normas preconizadas por el fraile medieval Eiximenis, que llamaba a los gobiernos a apoyar en todo a los comerciantes y a tratar con hambres, golpes y duros castigos a los campesinos, que según él no entendían otro lenguaje. Las leyes de Castilla eran mucho más benévolas con las clases bajas a las que otorgaban más derechos, y no habían faltado peticiones en Cataluña y Aragón de que se implantasen en esas regiones.

   Lo que perdió Cataluña entonces, fueron unas leyes sumamente opresivas, que los separatistas llaman “libertades”, y a cambio ganó mayor estabilidad interna, mayores posibilidades de comercio con América, una situación mejor para el pueblo trabajador y estímulo para el resurgimiento económico regional. Cosas que los separatistas no estiman demasiado, al parecer. 

   Así pues, ni la guerra fue de secesión o separación  sino de Sucesión al trono de España, no a un trono catalán que nunca había existido. Casanova era en realidad un patriota español. Y las dichosas libertades eran privilegios oligárquicos extremadamente abusivos. En fin, esta clase de mitos tienen una gran carga emocional, y por eso son difíciles de erradicar. Pero erradicarlos es también cuestión de salubridad pública. 

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La banca y la zambomba, y dos odas a la economía

FABRICIO.- Del derecho, los nacionalismos y los conflictos hablaremos, Mauricio, pero te explicaré una vez más, hombre duro de mollera, lo que venimos discutiendo hace un rato. Supón que Porriño produce bienes al año, por valor, digamos, de cien, –lerus millones de lerus o lo que quieras–. De esos cien, a una parte la llamáis consumo, pero bien puede considerarse inversión en las personas: comida, vestidos, cosas del hogar, medicinas, lujos, chorraditas varias. Digamos que ahí van 50. Y la otra mitad de la producción son los bienes que llamáis de inversión, pero que son igualmente consumo en cosas no directamente personales, como máquinas, materias primas, combustibles, etc. Tanto unos bienes como otros deben ser consumidos, al menos deben ser consumidos en su mayor parte para no provocar la ruina de nosotros, los pastores, de los taberneros o los fabricantes de esas máquinas, suministradores de energía, etc.

PATRICIO.- Pero hombre, eres peor que la zambomba de Salicio, ¿No puedes dejar de dar la vara con eso?

MAURICIO.- No, no, déjalo que siga, después de todo él va a solucionar la crisis económica que tanto nos preocupa… Zapo tiene que conocerle. Y ese que llaman el Ilustre Futurista, también.

FABRICIO.- ¡Venga chicos, ánimo! Según dicen, el sacrificio que supone el ahorro se transforma en inversión, vía los bancos. Pero ya dije que era falso, y no solo por lo que dije, es decir, porque lo que ahorran unos deben desahorrarlo otros, sino porque los bancos prestan muchísimo más que el ahorro que reciben, “apalancan”, creo que le llaman, o algo así. Por lo tanto, la llamada inversión –que es también consumo– no puede venir y no viene del ahorro. El ahorro viene a ser como un lejano seguro para conseguir la confianza del público en los bancos, digamos que el cimiento de la casa, pero no la casa. La cosa no funcionaría si los que fabrican bienes de inversión, de capital o como se llamen, no vendieran sus productos, por lo cual estamos en lo de siempre: el ahorro no es lo que se suele pensar, ni la inversión ni el consumo. Analizar sobre esos conceptos lleva a embrollos sucesivos, tal es mi modesta impresión, que, si yerro, no me habéis rebatido. Además: se dice que la llamada inversión aumenta la productividad, pero no es cierto, me parece a mí. El aumento de la productividad viene de cosas poco tangibles, como que a un inventor se le ocurra una máquina nueva o más eficaz, de que alguien organice mejor a los obreros para obtener más rendimiento con menos, o consiga gastar menos electricidad, etc.

PICIO.- Quieres decir que una proporción entre tales cosas ha de haber, y que si la proporción se rompe, el follón se arma. Muy bien en la taberna lo veo yo. Si en luz ahorro por comprar más comida para el cliente, no funciona el frigorífico y se pierde la comida, se cabrea el cliente y… Bueno, algo así, supongo.

FELICIO.- Diría yo, si me permitís una delicada intervención, que es más bien como el Robinsón ese. Si dedica todo su tiempo a tirar piedras a los pájaros, porque suponemos que tiene buena puntería, cazará muchos, pero más de los que puede comer, los cuales se estropearán. Y si dedica todo su tiempo a hacer arcos y trampas, se morirá de hambre…

PATRICIO.- ¡Salicio, desdichado, ponte a tocar la zambomba! Y deja algo para los demás, que comes a dos carrillos y a dos manos, y aún no me extrañaría de que emplearas los pies cuando no te miramos.

PICIO.- Déjale, déjale colega de versos, versátil, que mucho gusto da su buen apetito contemplar.

SALICIO.- No he traído la zambomba, amigo Patricio, porque Mauricio amenazome violentamente si lo hacía, pero ni el beber ni el comer me impiden seguir atentamente tan deleitosa conversación, que hasta hace que me olvide por unos momentos de mis cuitas: tenemos entre nosotros dos verdaderos filósofos, Mauricio y Fabricio, dos poetas, tú y Picio, un músico, es decir, yo mismo, y varias personas de delicados y altos sentimientos. De no ser por las penas de amor que Eros, despiadado, me envía, sentiríame en el mejor de los mundos posibles, que diría… quien lo haya dicho.

MAURICIO.- Lo siento si os aburre a algunos, chicos, pero el tío no se me escapa vivo. Aquí llega un argumento decisivo contra Fabricio, que tomo de un señor del blog ese del tal Moa: “Cuando una nación adquiere el gusto por viajar, afortunadamente no puede tener la más mínima confianza en la capacidad en que las vías de tren aparezcan espontáneamente en el suelo, pero si desea construirlas con sus propios recursos debe haber ahorrado previamente las sumas necesarias de sus ingresos, y si no la ha hecho, debe llamar en su ayuda a los ahorros de otras naciones; así, sin los ahorros de ingleses y franceses, Egipto no hubiera construido jamás el Canal de Suez”.

FABRICIO.- ¡Buena falacia, ilustre animal racional! Lo que no tenía Egipto era capacidad técnica para construir el canal. Y los ingleses y franceses, que sí la tenían, la emplearon cobrando bien por ella. Y como no se fiaban de que los egipcios pudieran pagar, se quedaron con la propiedad del canal, para extraerle beneficios. ¿Dónde está el ahorro? Se construyó con crédito, es decir, sobre las expectativas de beneficio futuro, no sobre ningún ahorro sacrificado. Y cuando los egipcios nacionalizaron el canal lo hicieron porque querían quedarse con esos beneficios, cuando seguramente ingleses y franceses ya habían ganado mucho más dinero del que habían gastado en la construcción. ¡El crédito, la sistematización del crédito es la base de eso que llaman capitalismo, y no se apoya en el sacrificio y el ahorro previo, sino en la expectativa del beneficio! Claro, el beneficio no siempre sale, pero ese es otro cuento. Lo que se invierte, en definitiva, no es ahorro, sino una parte del beneficio anterior. Los tipos que se asociaban para mandar un barco a por especias no eran unos pobres ahorradores, sino unos ricos que ya tenían mucho dinero y querían conseguir más…Pero ese es otro tema, y lo dejaré por hoy, que estoy cansado.

MAURICIO.- Mira, Fabricio, también a mí me estás mareando con esa cháchara. Según tú, las crisis serían imposibles. Lo que querríamos todos que nos aclarases es cómo se explican y se superan las crisis de acuerdo con tu punto de vista.

FABRICIO.- ¡Oh, amigos! No tengo la menor idea.¡Me haría rico si la tuviera! Eso es cosa de pensar más detenidamente. Lo que digo es lo que he dicho.

FELICIO.- Sí, yo creo que ya está bien de estos temas tediosos, por entero faltos de sentimiento e imaginación. Y ya que tenemos aquí un par de poetas, ¿Por qué no nos recitan algo? Venga, Patricio, ¿no te inspira la musa en esta noche lluviosa y ventosa de Porriño, mientras el furioso Éolo ulula entre las copas de pinos y de robles, y nosotros estamos aquí recogidos, cabe el fuego, entregados a amena conversación? Tiempo apropiado para hablar de la Santa Compaña y semejantes misterios aterradores, mejor que de las trivialidades en que nos ocupamos. Mas somos hombres, qué digo, pastores modernos, ¡qué le vamos a hacer!

PATRICIO.- Yo la inspiración, como otra parte de mi ser algo más arriba de las rodillas, la tengo siempre a punto, haga frío o calor, nubes o claros. Mi estro no para. No fallaré, pues, a tu invitación:

¡Oh economía! Si por ti no fuera
colgaríamos todos de una higuera
¡Qué bien explicas cómo hacerse rico
y nos empujas sin tregua a tanta dicha!
Cada vez que me zampo una salchicha,
tu nombre invoco, y leo algún librico
para ilustrarme aún más en tu gran ciencia
y acostumbrarme a tener aún más paciencia
pues el afán de riquezas me da vida,
y aunque pobre, me da tal esperanza,
que bailo, pues me sale de la panza.
¡Vida sin tal afán, vida es perdida!

SALICIO.- ¡Plas, plas plas! ¡Qué bella oda! A fe mía, Patricio, que eres gran poeta, y que solo falta la música a tan lograda composición. ¡Cómo lamento ahora haberme doblegado a la amenaza de Mauricio y no haber traído mi zambomba! Habría dado con ella el acompañamiento adecuado a tu inspirada musa… Pero ¿cómo eres capaz de improvisar, así por las buenas, un poema tan perfecto? En verdad me dejas por todo extremo admirado.

PICIO.- ¡Bah, bah! Puro tradicionalismo. ¡Rimada poesía! Eso muy desfasado está, que no entendéis las nuevas modas, eso bien se ve. Aguzad ahora vuestras orejas:

¿Por qué, adónde fuiste, economía?
Peras.
Castañas.
Tristeza al caminar ¿bajo la luna?
¿Escampará alguna vez la inversión subvencionada?
El bauprés amenaza al cielo.
Bajo el tendejón, la caries,
y en la rotonda, dos viejas ratas conversan…

FELICIO.- No sigas, Picio, por favor, que no se puede aguantar tanta profundidad, ¡no lograremos volver a la superficie y nos ahogaremos sin remisión!

PICIO.- En la edad media viviendo seguís, eso es lo que os pasa; de poesía moderna ni puñetera no tenéis idea.

MAURICIO.- ¡Si es que no se entiende nada!

PATRICIO.- Y menos mal que Picio no se ha dedicado a ensartar esos palabros que inventa…Pero en esto tiene razón: un poema no es para entenderlo. Un poema es para sentirlo. Y si no lo sientes, si no tienes sensibilidad poética, si perteneces al gremio del vulgo municipal y espeso, no hay nada que hacer. Picio no tiene la culpa de esa deficiencia del público.

MAURICIO.- Siempre lo he dicho: no sois animales racionales, sino brutos, y aún diría innobles brutos.

SULPICIO.- ¿No somos racionales? ¿Y es racional lo tuyo, que no te acuestas con una tía porque dices que no entiendes a qué viene eso? ¿Es mejor escardar los pajares?

MAURICIO.- La masturbación, cantamañanesco sujeto, es muy superior a eso que llamáis los cursis hacer el amor. Mucho más racional, para empezar.

SULPICIO.- ¡Voto a tal, Mauricio, eso sí que requiere una buena explicación, o te anuncio que mi cayado hará fiesta en tus costillas!

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