Judíos, personajes, liberalismo (Franco, Churchill y Roosevelt – y II)

Blog I: La ignorancia de un magistrado:http://www.gaceta.es/pio-moa/ignorancia-magistrado-06092014-0001

****Domingo en radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, recomienza “Cita con la Historia”.

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 Lo someto a su aguda crítica:

   Cuestión importante por entonces fue la de la persecución nazi a los judíos.  En junio de 1944, varios huidos de Auschwitz informaron que los campos no eran de trabajo, sino de exterminio. El informe llegó a Churchill, que, a sugerencia de los líderes sionistas C. Weizmann y M. Shertok, ordenó bombardear las vías férreas que conducían a los lager;  pero el ministerio de Aviación rehusó “arriesgar la vida de aviadores británicos para nada”. El subsecretario de guerra useño, J. J. McCloy  rechazó cuatro veces peticiones semejantes. Hecho sorprendente, porque el bombardeo de ferrocarriles, estaciones y depósitos y comunicaciones era constante, perturbando, a veces hasta el caos, los transportes alemanes[1]. En 2005, en su visita a Auschwitz, Ariel Sharón diría amargamente:  Los Aliados conocían la aniquilación de los judíos. La conocían y no hicieron nada… Todas las sugerencias de operaciones de rescate presentadas por organizaciones judías fueron rechazadas. Simplemente no quisieron enfrentarse a eso”.  Menájem Beguin,  lamentará: “No puede decirse que los forjadores de la política británica en Oriente Medio no quisieran salvar a los judíos. Sería más correcto decir que ansiaban que los judíos no se salvaran”.  Otro caso extraño fue la oferta de A. Eichmann, encargado del transporte de judíos a los campos, de liberar a un millón de ellos a cambio de 10.000 camiones para el frente ruso. La propuesta fue desoída, aunque podría haber salvado a tantísimas personas.  Los Aliados se limitaron a presionar a los países neutrales para que admitiesen y facilitasen el tránsito a los hebreos.

   La política española siguió dos líneas: permitir la entrada clandestina de perseguidos, sin devolverlos a Alemania (Suiza sí devolvió a cierto número de ellos) y facilitándoles el viaje a América; y ofrecer la nacionalidad española a los sefarditas, siguiendo una ley ya caducada de la dictadura de Primo de Rivera y a la que apenas se había acogido nadie. Pero los alemanes ignoraban la caducidad de la ley y numerosos sefardíes se salvaron de este modo. Además, en varias ocasiones los cónsules españoles procuraron salvar a los perseguidos, siendo el caso más conocido, pero no el único, el de Sanz Briz en Budapest.  Los judíos así salvados podrían estar entre 12.000 y 20.000. 

   Con este hecho ocurre lo mismo que con la neutralidad: es obvio que en ambos casos el responsable máximo solo podía ser Franco, pero ello resulta  inaceptable para muchos, por lo que se han lucubrado diversas falacias, desde que los cónsules obraban por su cuenta, sin autorización  o incluso contra las instrucciones del gobierno (al terrible dictador no le hacían caso, al parecer, sus funcionarios),  hasta que podía haber salvado a más (también a menos o a ninguno, pues no tenía más obligación hacia ellos que el sentimiento humanitario; y si los Aliados conocieron el exterminio tardíamente sin hacer nada práctico para remediarlo, Franco seguramente creyó el Holocausto una de tantas mentiras de guerra). El 2 de octubre, el Congreso Mundial Judío agradeció lo hecho por España, pidiéndole que intentara frenar a Hitler. Madrid aceptó,  sin mucha esperanza, ayudar también a los judíos ashkenazíes, dado que los alemanes concedían a España autoridad solo sobre los sefardíes, y con restricciones y roces serios.

   Al llegar a la seguridad de Usa, algunos judíos así salvados hacían declaraciones antifranquistas, y otros muchos participaban en crear opinión contra el régimen. Lequerica, que había sustituido a Jordana en Exteriores, protestó: “Desde hace tres años, España viene accediendo reiteradamente y con la mejor voluntad a cuantas peticiones presentan comunidades judías (…) habiendo dado lugar a enérgicas intervenciones no solo en Berlín, sino en Bucarest, Sofía, Atenas, Budapest, etc. Con desgaste evidente de nuestras representaciones diplomáticas. (…) Gracias a nuestras gestiones, numerosos israelitas de Francia han podido pasar nuestra frontera (…) Otros se han visto eficazmente protegidos  (…) Pero siendo esta la situación, no puede menos de causar profundo sentimiento al gobierno español el advertir que por empresas periodísticas, de radio o de difusión de noticias controladas por elementos israelitas, especialmente en Estados Unidos, se hacen intensas y reiteradas campañas calumniosas contra  España”.  

  Debe decirse que en España no se sabía que los judíos estuvieran sufriendo exterminio, pero sí  humillaciones y una persecución sumamente cruel, y a ello obedeció la actitud oficial. Por otra parte, la simpatía de Franco hacia los hebreos era muy escasa, tanto porque la mayoría de ellos habían militado contra él durante la guerra civil, como porque creía en una “conspiración judeo-masónica” contra España, aunque ello nunca le impediría una política pragmática con respecto a gobiernos que consideraba muy influidos por la masonería, como el inglés o el useño. Es difícil encontrar en su política otra motivación que la puramente humanitaria[2]. 

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  En octubre de  aquel año, 1944, los soviéticos llegaban ante Varsovia, atacaban por el noreste la Prusia oriental y avanzaban desde el sureste hacia Budapest. Franco estaba seguro de que la alianza de Churchill y Roosevelt con Stalin  quebraría pronto. El 18 de aquel mes, escribió a Churchill proponiéndole en aras de la contención del comunismo, librarse de “las disputas y pequeños incidentes que las han hecho amargas estos dos últimos años (…) Puesto que nosotros no podemos creer en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, debemos tener muy en cuenta  el hecho de que el debilitamiento o la destrucción de sus vecinos aumentará considerablemente la ambición y el poder de Rusia, haciendo cada vez más necesario, por parte de los países occidentales, una toma de posición inteligente y comprensiva (…) Una vez destruida Alemania, y al consolidar Rusia su posición preponderante en Europa y en Asia, cuando los Estados Unidos hayan reforzado, por su parte, su supremacía en el Atlántico y el Pacífico (…) los intereses europeos sufrirán la más grave y peligrosa crisis (…) Una vez que Alemania esté destruida, a Inglaterra le quedará en Europa únicamente un país hacia el cual poder volver los ojos: España. Las derrotas de Italia y de Francia t la descomposición interior que  roe a esos países no permitirán, probablemente, construir nada sólido  en los años venideros (…) Nuestra conclusión es clara: la amistad recíproca  entre Inglaterra y España es deseable (…) Y esta necesidad será tanto más imperiosa cuanto mayor sea la destrucción infligida a la nación alemana”. Admitía que las relaciones presentes entre los dos países “no nos lleva a un gran optimismo”, “no son muy atractivas”, y señalaba que su gobierno conocía las actividades secretas anglouseñas contra su gobierno, pero “con una visión clara del futuro y de las necesidades históricas, ha evitado siempre el escándalo que podría resultar de su publicidad”. También advertía que España no pensaba sacar ventaja  de la desgraciada situación de Alemania, recomendando, con vistas al futuro,  fortalecer la solidaridad continental. En fin, “España cree que sus intereses y los de Inglaterra descansan sobre un mutuo entendimiento”.

   La carta del Caudillo pareció a Londres y Washington una insolencia intolerable, máxime sabiendo que enfurecería a Stalin. El jefe laborista Attlee,  que sustituía momentáneamente a Churchill, escribió encrespado al gabinete de guerra: “Deberíamos usar todos los métodos disponibles para ayudar a provocar su caída (de Franco)”. El conservador Eden, ministro de Exteriores,  propuso una tajante declaración anglouseña  negando a la España franquista todo papel en el mundo de la  posguerra y embargando de nuevo el petróleo.  Churchill, más realista,  advirtió: “Usted empieza con el petróleo, pero pronto acabará en sangre. Si los comunistas se adueñan de España, debemos esperar que la infección se expandirá rápidamente a Italia y a Francia”. Juiciosamente, la propuesta de Eden  se anuló. De todas formas, el gobierno acordó responder a Franco en tono insultante.  Hoare se entrevistó el 12 de diciembre, por última vez, con el Caudillo, y reseña: “No dio muestras de estar preocupado por el futuro”. 

   Churchill respondió mordazmente a Franco, el 20 de diciembre. Negaba actos  subversivos contra España y contraatacaba con los favores hechos por Franco al Reich, para concluir: “Creo que no existe la menor posibilidad de que España sea invitada a formar parte de la futura organización mundial”. En cuanto a la URSS, rechazaba toda posibilidad de que Londres  formase “un bloque de poder basado en la hostilidad a nuestros aliados rusos, o por cualquier supuesta  necesidad de defensa contra sus actividades. La política del gobierno de Su Majestad (…) considera la colaboración  permanente anglo-rusa, dentro del sistema de la organización mundial, como imprescindible para sus propios intereses y esencial para la paz futura y la prosperidad de Europa en su conjunto”.

    Es difícil decidir si Churchill creía realmente sus palabras, pero sin duda expresaba los puntos de vista de su gobierno y el useño. Él y Hoare creían también que Inglaterra conservaría su papel de potencia decisiva en Europa y el mundo. Franco y sus más allegados estaban seguros de que esto y las expectativas de colaboración permanente anglo-soviética eran pura ilusión, aunque mientras durase resultaría muy peligrosa para el régimen español. Cuyo horizonte iba a oscurecerse aún más en la conferencia de Yalta, muy  próxima ya la derrota alemana: Churchill, Roosevelt y Stalin diseñaron allí un mundo de posguerra del que la España de Franco estaría excluida.

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     Por lo que respecta a Churchill y Roosevelt, eran políticos profesionales dentro de las tradiciones imperantes en sus países, más estables que en la Europa continental.  Diferían radicalmente, por tanto, de revolucionarios  como Mussolini y Hitler, y, desde luego, de Stalin. También distaban de Franco,  el cual no se habría dedicado a la política de no ser por los dramáticos avatares de su patria. Churchill y Roosevelt  provenían de un tronco cultural común, que convencionalmente llamamos anglosajón, por mucha diferencia que hubiera entre las dos naciones. Pero, entre otras cosas, Churchill representaba el espíritu aristocrático e imperialista inglés, más liberal que demócrata,  mientras que Roosevelt, más demócrata que liberal, no apreciaba el colonialismo de su socio y estaba dispuesto a sustituirlo por zonas de influencia propias.

   El líder useño, de familia opulenta, representaba un estilo protestante y filantrópico; también viajero y deportista, hasta que la  poliomelitis le redujo a la silla de ruedas en 1921, cuando contaba 39 años. Con su esposa, Eleanor tuvo seis hijos, y le fue infiel con varias amantes. Eleanor detestaba el trato sexual, pero tuvo a su vez algún amante y relaciones lesbianas. Retraída de la política al principio, llegó luego a influir sobre su marido en sentido izquierdista, e influyó también en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, que ella llamaba, algo ampulosamente “Carta Magna de la Humanidad”. Tuvo gran simpatía por el Frente Popular y relaciones con exiliados españoles, y la consiguiente fobia hacia Franco.

   Pese a su semiparálisis,  Roosevelt persistió en su plena dedicación política, de tono “liberal”, que en Usa significa más bien socialdemócrata, con rasgos populistas. Estuvo a punto de perder la vida en un atentado, en el que la perdió el alcalde de Chicago, pero en su carrera, dentro del Partido Demócrata, cosechó los mayores éxitos, ganando cuatro veces la presidencia del país. Prometió combatir la Gran Depresión mediante la reducción del gasto público, pero una vez en el poder hizo lo contrario: fuerte expansión del gasto e intervencionismo económico, programa bautizado como New Deal (Nuevo Trato), que Roosevelt llegó a valorar como una especie de nuevos derechos ciudadanos.  Esta orientación, luego apoyada por el economista inglés Keynes, tenía semejanzas con la practicada por el fascismo y el nazismo, si bien con éxito distinto en cada caso. En Usa, la mejora fue débil y la economía continuó semiestancada a lo largo de los años 30, hasta la guerra. Llegada esta, Roosevelt prometió no mandar jóvenes useños a combatir fuera, pero sobrepasó la neutralidad tratando de provocar a Alemania a algún acto que le justificase para entrar en el conflicto. Sin embargo el primer paso lo dio Japón, con cuyo motivo Berlín también declaró la guerra a Usa, cuando Tokio no la declaró nunca a la URSS. El presidente mostró cordialidad hacia Stalin, tanto porque la URSS corría con el grueso del sacrificio bélico, como por simpatías que, aun con reticencias, solían sentir los “liberales” hacia el experimento soviético. El influyente Harry Hopkins, eminencia gris del gobierno, destacaba en su afabilidad hacia Stalin, por lo que algunos círculos conservadores llegaron a sospechar de él como agente soviético. Roosevelt murió relativamente joven, con 63 años, pocas semanas antes de la rendición del III Reich.   

   En cuanto a Churchill, viviría 90 años. Nacido en 1874, había entrado en el ejército y llevado una juventud aventurera y belicosa en la India, Sudán y Suráfrica. En 1895 participó en la guerra de Cuba al lado de España contra los rebeldes. No obstante se parecía poco a Franco, héroe de guerra pero poco dado a la aventura. A principios de siglo entró en la política por el Partido Conservador, el Liberal y otra vez el Conservador. Lejos de la sucesión de éxitos de Roosevelt, sufrió grandes altibajos entre la popularidad y la crítica, incluso el desprecio. Durante la I Guerra Mundial se le culpó de la derrota anglo-australiana en los Dardanelos a manos de los turcos, motejándosele como “Carnicero de Gallípoli”. Al revés que el monovocacional y algo anodino Roosevelt, combinaba al intelectual y al hombre de acción, y era ingenioso, bienhumorado aunque con episodios depresivos, un tanto derrochador y alcohólico, y escritor talentoso –recibiría un premio Nobel de literatura–.  A los 34 años se casó con  Clementine Hozier, con quien tuvo cinco hijos, y no parece haber tenido amantes.  En 1945 era el estadista más viejo de los cinco, con 71 años (Stalin, cuatro menos).

   Su actitud hacia España era bastante positiva, y dentro de su hostilidad al franquismo había demostrado un  grado mayor de comprensión y gratitud que su socio useño.  Durante la guerra civil defendió la no intervención,  con cierta simpatía hacia los nacionales, pues era enemigo acérrimo de los comunistas.  Pese a su anticomunismo advirtió pronto el peligro de Hitler para Inglaterra, y lo valoró  como  el principal enemigo, en parte por ideología, en parte por nacionalismo: «Desde hace cuatrocientos años, la política de Inglaterra ha consistido en oponerse a la más fuerte de las potencias continentales”, señaló, con decisión de mantener la línea. Y ello hasta el punto de que  No mentiré diciendo que, si tuviera que elegir entre el comunismo y el nazismo, elegiría el comunismo”. Como primer ministro se declaró dispuesto a llevar la lucha a todos los extremos, y el bombardeo masivo de la población civil es en gran medida responsabilidad suya (la aviación inglesa había practicado el bombardeo indiscriminado contra revueltas indígenas en África y Asia). También se le ha achacado la terrible hambruna de  Bengala, en 1943 –se le calculan hasta tres millones de muertos–, por su política de “tierra quemada” ante el avance japonés por Birmania. No obstante, sus grandes éxitos han opacado los puntos negros de su carrera.

   Tópico archirrepetido en estos años ha sido el de la crueldad de Franco, igualándosele incluso a Hitler o Stalin. En mi opinión, su crueldad no es comparable siquiera a la manifestada por Churchill o Roosevelt, y creo que en realidad se trata de una leyenda, divulgada con especial insistencia –y ya es significativo—por comunistas, sobre todo a partir de Tuñón de Lara. De hecho, Franco, desechó el bombardeo de ciudades o pueblos, tras una débil experiencia en Madrid, en noviembre del 36 (unos 300 muertos a lo largo de tres semanas). Y prohibió expresamente los ataques a la población, siendo desobedecido en dos o tres ocasiones por la Legión Cóndor (Guernica) y por la aviación italiana (Durango, Barcelona y otros puntos). Desobediencias pronto corregidas.  

   Parte de la leyenda la inventó el monárquico Sainz Rodríguez, conspirador vocacional y poco veraz, que atribuye al Caudillo la revisión de las penas de muerte mientras tomaba chocolate con picatostes. Preston ha sustituido el chocolate –Franco nunca lo tomaba, según sus allegados— por el café. También se dice que firmaba las sentencias añadiendo instrucciones como “garrote” o “prensa”, para indicar la clase de muerte y publicidad a dar. De ser así, debían existir abundantes papeles con firma y comentarios, pero los mismos no han aparecido. Por cuanto sabemos, las sentencias las firmaban los jueces, y él firmaba las conmutaciones, que fueron numerosas.  Por otra parte, desde que accedió efectivamente al mando, orientó la represión por vías legales, para dificultar venganzas y asesinatos, y lo mismo hizo al terminar la guerra, en contraste con otros países europeos. La acusación de crueldad –como mucho sería de frialdad—sugiere, como también hemos visto ya, que los condenados eran inocentes “republicanos”  o “demócratas”, como si el Frente Popular no hubiera perpetrado un cúmulo de atrocidades, hasta  entre sus miembros[3].

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   La apocalíptica derrota nazi demostró  la megalomanía de los planes hitlerianos, pero también exigió el esfuerzo conjunto de “los tres Grandes”. Churchill y Roosevelt sabían lo mucho que debían al titánico empeño de la Unión Soviética, la cual, sin ayuda,  había vencido en la batalla de Moscú la ofensiva alemana de 1941, había vuelto a vencerla al año siguiente en Stalingrado, con ayuda más significativa de los anglosajones, y luego en la batalla de Kursk había reducido definitivamente a la Wehrmacht a la defensiva. Todo ello con un espeluznante coste en sangre. Como había dicho Churchill, la ayuda a la URSS era la mejor inversión posible, porque libraba a Usa e Inglaterra del principal esfuerzo alemán, centrado con gran diferencia en las llanuras rusas. De otro modo, los desembarcos en el Magreb o en Francia habrían sido impensables. Al terminar la guerra europea, en mayo de 1945, el ejército rojo era imbatible, salvo con armas atómicas que todavía no tenía Usa, y ello contribuye a explicar las cesiones hechas a Stalin por Roosevelt y Churchill, este más a regañadientes que su compañero useño.

   El “modo americano de hacer la guerra” consistía en aplicar una superioridad material  abrumadora y una eficaz logística que hiciera inútiles la destreza táctica, el valor o el heroísmo del adversario. En general, tanto los useños como los ingleses solo conseguían derrotar a los alemanes acumulando una ventaja muy grande en hombres y máquinas, particularmente en el aire; con ventaja menor solían sufrir reveses. Las victorias teutonas se debieron más a la destreza de sus mandos, la motivación de sus soldados y su excelente organización. Pero el hecho es que Usa pudo  aplicar con eficiencia una imbatible producción de armas y pertrechos, y la lucha en tres frentes acabó por agotar a su enemigo.  El modo soviético difería del useño en que no escatimaba la sangre de sus  propios soldados, sin que ello excluyera notable habilidad en vastas maniobras y una masiva producción de armas no inferior en calidad, y a veces superior, a la alemana.

    Finalmente, Europa quedó dividida en dos grandes zonas, la centro-oriental dominada por los soviéticos y la centro-occidental por Usa.  Franco había tratado de impedir tal destino insistiendo en negociaciones entre Alemania y los anglosajones. Es fútil lucubrar sobre lo que habría pasado en tal caso, pues nunca fue posible: Berlín rechazó la propuesta, y los Aliados exigían la rendición incondicional. Para Franco, el enemigo máximo era el comunismo staliniano; para Churchill y Roosevelt, el nazismo hitleriano, y conforme a esa concepción estratégica actuaron unos y otros. En cambio, Franco  acertó de lleno al estimar el declive inglés y la imposibilidad de mantener la alianza entre las democracias y la URSS. En este último punto basó su confianza en superar las presiones y agresiones de los Aliados.

   Así, contra la esperanzas de Churchill, Inglaterra, un tanto malparada, pasó a potencia de segunda fila, endeudada hasta las orejas con su socio useño. Y a pesar de que este condonó las deudas y luego le obsequió con la parte del león de Plan Marshall, vería al cabo cómo la vencida Alemania la superaba económicamente. Fue asimismo el principio del fin de su vastísimo imperio. Roosevelt detestaba los imperios y zonas de influencia europeos, aunque mostrase más comprensión con los soviéticos. También Francia y Holanda irían perdiendo sus mayores colonias, a veces con guerras brutales.

   Sorprendentemente los países coloniales no se arruinarían al perder sus imperios, sino que prosperarían más que nunca, contra la teoría que atribuía su riqueza a la explotación de las colonias (teoría reelaborada luego, de forma poco convincente, con la tesis de los “países proletarios”). De todas formas, los primeros años de posguerra fueron realmente lúgubres en Europa occidental, hasta que su economía recibió los incentivos del Plan Marshall,  ofrecido por Usa ante el riesgo de que la miseria fecundase impulsos revolucionarios. A la intervención militar y económica useña debió la Europa occidental  la democracia o el recobro de ella, contra el nazismo primero y contra el comunismo luego. Lo que no se recuperó fue la extraordinaria creatividad cultural europea de preguerra, tan variada según las naciones. En ese terreno, la hegemonía pasó a Usa.

   Como habían pronosticado Carrero y Franco, los grandes beneficiarios fueron la URSS y Usa. Pero la primera, con gran diferencia, había sufrido el mayor coste en sangre y destrucciones, mientras que la segunda había experimentado comparativamente  pocas bajas y ninguna destrucción en su territorio: al contrario, la guerra había propulsado un auténtico florecimiento económico, rompiendo con los largos años de la Gran Depresión. Luego, la derrota de Japón fue decidida por el lanzamiento de bombas atómicas que por unos años le dieron absoluta ventaja tecnológica.

    El modo como se libró la guerra entre países muy civilizados cuestionó el valor de la vida humana. Por lo común, el homicidio deliberado se ha tasado como el delito máximo,  tal vez  por el sentimiento de que la vida humana es un don divino, o al menos misterioso, que ningún hombre tiene derecho a destruir; y de que la conservación de la vida es el cimiento de todos los demás derechos y valores morales. Por supuesto, se admite el derecho a matar en casos que se suponen excepcionales, como entre ejércitos durante una guerra. Pero en esta menudearon las matanzas de civiles y prisioneros en campos de exterminio, bombardeos, etc.,  justificados de un modo u otro como medios para alcanzar fines superiores.  Las ideologías estipulan implícita o explícitamente el derecho a matar en masa si ello beneficia a unos objetivos entendidos como superiores: una sociedad  “libre”, sin opresión, de “realización humana”, etc.; o para cumplir el imperativo biológico por la ley del más fuerte, que aseguraría la preservación de los mejores, reconocibles como mejores, en círculo vicioso, por ser los más fuertes. El problema moral va más allá de los fines y los medios, atañe a si la vida humana tiene por sí misma valor, o lo recibe de valores considerados superiores.

   Después de la guerra, los vencedores juzgaron a los vencidos en base a criterios morales-legales amplios como “crímenes contra la humanidad”, concepto contradictorio y manipulable,  porque los criminales son también humanos, no una suerte de extraterrestres. Más apropiado era el concepto de crímenes de guerra, dirigidos contra los civiles y prisioneros. Los nazis destacaron en este género de actos, pero los soviéticos, que se sentaban en el estrado de los jueces, no los cometieron menores, incluyendo violaciones en masa alentadas por la propaganda. Y las democracias liberales los perpetraron también de forma masiva: los ataques aéreos a las ciudades alemanas y japonesas, cuya población se componía mayormente de mujeres, niños y ancianos al estar movilizados los hombres en edad de luchar. La pretensión de erigirse en jueces morales por parte de quienes habían practicado tales cosas no deja de plantear,  como en el caso anterior, un difícil problema moral.  Baste señalarlos aquí.

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   De las tres grandes ideologías que contendieron en Europa por aquellos años, las ganadoras fueron el demoliberalismo  y el comunismo. En la pugna subsiguiente entre ambos, el segundo  pareció predestinado, durante varios decenios, a ganar la llamada  guerra fría e imponerse sobre la humanidad: en pocos tiempo se extendió por la Europa centro-oriental, por la inmensa China, partes de Corea y Vietnam y otros países, ganando posiciones en naciones como Francia e Italia y en las colonias en vías de independizarse. No obstante, su colapso en la URSS y su transformación en China prueban que, pese a la coherencia aparente de sus dogmas, no pueden funcionar a la larga, ni siquiera con estados totalitarios y extremadamente policiacos.

   Tanto Usa como Inglaterra defendieron la democracia liberal, aunque democracia y liberalismo no equivalgan: en líneas generales, el siglo XIX europeo fue mayormente liberal, pero no democrático. Churchill definió agudamente la cuestión  en dos frases famosas: El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”, es decir, el gobierno en una democracia dependería de la decisión de masas de gente mayormente ignorantes de los problemas políticos y económicos. Pese a lo cual,  La democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás formas probadas hasta hoy”. En otras palabras, los demoliberales podían responder a las críticas, muchas de ellas incisivas y razonables, con el lenguaje de la experiencia: a pesar de todo, la  democracia ha funcionado bien, al menos en algunos países, ha permitido libertades políticas, estabilidad con cambios no violentos en el poder, y casi siempre una prosperidad mayor que otros sistemas. Pero no siempre ni en todos los casos ha sido así. Así, la Gran Guerra del 14 y la Gran Depresión del 29 sumieron en una profunda crisis al liberalismo, como venimos viendo

   Al emplear la palabra democracia conviene no engañarse con su etimología: “poder del pueblo”. El poder nunca es ejercido por el pueblo, sino por alguna oligarquía o partido, por la doble razón de que si el poder se ejerce sobre algo es forzosamente sobre el pueblo, y de que este no existe como un todo  homogéneo, sino que en él pululan  mil intereses, opiniones y sentimientos diversos y a menudo contrapuestos. Por ello, las democracias  a menudo sufren bandazos y el efecto de las demagogias, lo que por otra parte ocurre también en los demás regímenes. En democracia,  las distintas tendencias populares votan al partido de su preferencia. Los partidos siempre tienden a interpretar a su favor  las leyes y normas,  corrompiéndolas más o menos, y siempre existen grupos dispuestos a eliminar  la propia democracia. Está claro que si llegan a adquirir suficiente poder, por la violencia o incluso siguiendo las normas legales, el sistema se viene abajo. Como las libertades políticas toleran y amparan también a los enemigos del liberalismo, este podría considerarse un sistema suicida, por lo que la tolerancia ha de tener límites.

   Por tanto, debemos preguntarnos por qué en algunos tiempos y lugares ha funcionado bien el demoliberalismo, y mal en otros. Probablemente ha funcionado allí donde las diferencias  de intereses, ideas y sentimientos en la sociedad han sido amortiguadas por unos valores básicos muy mayoritariamente compartidos: patriotismo, identificación con la propia historia, fe en la bondad del sistema, pese a sus fallos, y un fondo de cultura cristiana. Donde algunos de esos valores fallaban, crecieron los movimientos antidemocráticos apoyándose en las duras circunstancias de entreguerras y  de la depresión. Como ya vimos, puede entenderse el éxito del comunismo, hasta cierto punto, como una  reacción contra las desigualdades, penalidades y guerras achacadas al liberalismo-imperialismo; y los avances de los fascismos como reacciones a la amenaza comunista y la ineficacia liberal para contenerla.  De este modo, fascismos y comunismo se reforzaban mutuamente al oponerse, mientras los liberales quedaban en segundo término, al parecer sus remedios poco estimulantes para las masas.

   Otro aspecto del demoliberalismo ha sido su estrecha relación con los nacionalismos-imperialismos inglés y useño. Alemania, Italia y Japón llegaban con fuerte empuje a un mundo ya repartido, y su expansión provocaba inevitablemente grietas en el sistema. Que adoptaran formas militaristas y de intensa, tiránica, disciplina social, entraba probablemente en una necesidad de abrirse paso frente a lo ya establecido. Esta relación entre demoliberalismo y nacional-imperial parece históricamente clara, aunque no sea este el lugar de examinarla.

    En España,  las diferencias de ideas, aspiraciones y sentimientos en la sociedad, fueron acentuándose hasta que, en vísperas de la guerra civil, nada en España parecía unir a los españoles, como diagnosticaba con lúcido presagio el diario El Sol. El patriotismo  se había transformado, para masas considerables, en una hispanofobia y desidentificación con la propia historia, impulsadas por revolucionarios, republicanos, separatistas  y algunos sectores liberales. Por otra parte, los marxistas y anarquistas eran abierta y resueltamente contrarios a la democracia liberal, en buena medida lo eran también los separatistas, lo cual no habría tenido demasiada importancia si no hubieran alcanzado tal fuerza, una fuerza desestabilizadora que hacía imposible un funcionamiento democrático. Desde un punto de vista social, la democracia liberal exige una amplia clase media, cierto nivel de renta y educación. Y esto fue lo que logró el franquismo. Que en la actualidad esos logros estén puestos en peligro por las ideas, revela la fuerza de estas por encima de los hechos reales, pues el hombre no se mueve por la realidad, sino por lo que piensa de ella.  



[1] En M. Gilbert, La  Segunda Guerra Mundial, II,  Madrid 2006, p. 228-9

[2] Trato estas cuestiones más por extenso en Años de hierro.

[3] Ver Los mitos de la Guerra Civil, capítulo sobre Guernica.

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Franco, Churchill y Roosevelt en la guerra mundial (I)

Blog I: La crueldad de Churchill, Roosevelt y Franco:http://www.gaceta.es/pio-moa/crueldad-churchill-roosevelt-franco-04092014-1448

****Este domingo recomienza “Cita con la Historia”, de Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. Un programa antiguo: la realidad del separatismo catalán: http://www.ivoox.com/cita-historia-el-separatismo-catalan-audios-mp3_rf_3327039_1.HTML 

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    Aparte de su despego por la democracia liberal, Franco sentía antipatía por así decir histórica hacia Inglaterra y Usa. Tradicionalmente, Inglaterra había sido más enemiga que amiga, y la pérdida de la América hispana se debió en gran medida a intrigas y apoyo militar inglés. Además permanecía Gibraltar como recordatorio ominoso de la arrogancia inglesa y la decadencia española. Y aún no había pasado medio siglo desde la guerra de 1898, agresión useña con el pretexto de la voladura del  acorazado Maine, atribuida falsamente a España. Con Alemania o Italia, en cambio, nunca había habido conflictos semejantes, por lo que la amistad resultaba más natural.

  Estas diferencias, ideológicas y nacionales, podían haber empujado a luchar al lado del Eje pero, como hemos visto, el Caudillo era renuente a la guerra en Europa occidental. Renuencia debida al temor de que España saliera destrozada apenas iniciada su reconstrucción, de que el beneficiario final fuera Stalin — el enemigo principal, en su criterio–, y de que Alemania adquiriese una hegemonía excesiva. Ya en plena contienda elaboró la teoría de las dos guerras, más tarde de las tres, incluyendo la del Pacífico en la que se inclinaba por Usa como defensora de la civilización cristiana frente a Japón. Tokio presionaba a Berlín  en pro de un armisticio con la URSS para volcarse contra el común enemigo  anglouseño, mientras que los esfuerzos diplomáticos de Franco buscaban la paz entre  Alemania y los anglosajones para frenar al comunismo. Sus propuestas fueron rechazadas con irritación por Hitler y respondidas con campañas de injurias y burlas en la prensa británica y useña.

    En Europa solo cinco países lograron permanecer neutrales: Suecia, Irlanda, Suiza, Portugal y España. Menos Portugal, que hubo de acepar la ocupación de las Azores por los Aliados, e Irlanda, demasiado expuesta a un ataque directo inglés, los otros tres países colaboraron con el III Reich. Se ha dicho que España más que ninguna, pero no es cierto. Suiza prestó a Alemania importantes servicios financieros y de otros órdenes, y la producción bélica alemana dependía en alta medida del hierro, los aceros, los rodamientos de bolas, etc., suministrados por Suecia. La cual permitió el paso de tropas alemanas hacia Noruega y Finlandia.

   La ayuda española nunca tuvo el carácter necesario que tuvieron las de Suecia y Suiza, ni permitió el paso de tropas alemanas ni devolvió a refugiados judíos… Lo más esencial fue la División Azul, y solo en el frente del este, de acuerdo con la teoría de las dos guerras. La DA debió de resultar en extremo embarazosa para Churchill, pues  suponía un riesgo de que Moscú declarase la guerra a España, lo que habría obligado a Londres a tomar medidas que habrían supuesto probablemente la pérdida de Gibraltar. Además, la perspectiva de una división instruida y armada a la alemana, utilizable contra  el Peñón, le intranquilizaba. De ahí sus presiones para la retirada de la DA. Dados los retrocesos alemanes, también a España dejó de convenirle la presencia de aquellos voluntarios en Rusia, siendo retirados en 1943-44.

    La esencial neutralidad española no benefició ni pudo hacerlo por igual a unos y otros contendientes, como ya indicamos. De hecho, sus máximos beneficiarios, y en un plano estratégico, fueron primero Inglaterra, por el peligro de perder  Gibraltar; y después, las dos potencias anglosajonas, ya que su desembarco en el Magreb –Operación Torch  (Antorcha)– , planeado para noviembre de 1942, no habría sido realizable si España se sentía amenazada  y decidía unirse a Alemania.  Churchill y Roosevelt,   bien conscientes de las  inestimables ventajas de un Madrid neutral, hicieron todo género de promesas, llegando a la obsequiosidad en vísperas de Antorcha. En octubre, el embajador inglés, Hoare, se esmeró en  convencer al gobierno español, a través del ministro de Exteriores Jordana,  de que “(1) No tenemos ninguna intención de interferir  en los asuntos internos de España, (2)  Nuestros propósitos no son  de violar el territorio español, ni en la península ni en sus posesiones de ultramar” Ni en la posguerra pensaban “imponer algún sistema de gobierno  a los países de Europa continental. Nuestro deseo era  que cada país fuera libre  de elegir su propio estilo de gobierno, y que lo que era apropiado para  uno no era necesariamente apropiado para otro”. Creían buena una monarquía, pero  de ningún modo queríamos intervenir  en asuntos españoles”[1] Casi cada frase era falsa, como se demostraría.

   Por su parte, el presidente useño Roosevelt escribió a Franco su célebre carta: “Querido general Franco:  por tratarse de dos naciones amigas, en el mejor sentido de la palabra, y por desear sinceramente tanto usted como yo  la continuación de tal amistad para nuestro  bienestar mutuo, quiero manifestarle sencillamente las razones  que nos han forzado   enviar una poderosa  fuerza militar americana  en ayuda de las posesiones francesas en el norte de África. Tenemos información precisa de que los alemanes intentarán  en fecha próxima la ocupación del norte de África (Esto era falso) (…)  Espero que Vd confíe plenamente en la seguridad que le doy  de que en modo alguno  va dirigido este movimiento  contra el gobierno o el pueblo español ni contra Marruecos u otros territorios españoles (…) España no tiene nada que temer de las Naciones Unidas”. Tampoco estas palabras resultarían ciertas.

   Después del éxito de Antorcha, ni Churchill ni Roosevelt tenían ya que preocuparse de cualquier reacción española, y el lenguaje fue cambiando.  En febrero de 1943 se habían rendido los alemanes en Stalingrado, y en mayo lo harían en el norte de Túnez, abriendo paso a la invasión de Sicilia y de Italia. Entonces las cortesías con Franco dieron paso a presiones, amenazas e injerencias. La prensa anglosajona producía falsas informaciones sobre la España “fascista”, presentándola como un peligro. En mayo, el embajador español en Washington, Cárdenas, notificaba a Gil-Robles, convertido en antifranquista y juanista acérrimo: “El ambiente contra España es terrible,  hasta el punto de que  en varias ocasiones  ha tenido el mismo Roosevelt que transmitir  las órdenes  de que se cargaran  los buques petroleros españoles”. Todo ello recordaba a las campañas de prensa de Randolph Hearst para calentar a la opinión y prepararla para la guerra del 98.  Carrero Blanco señalaba a Franco que un ataque aliado a España vendría precedido por una campaña de desprestigio.[2].

   Como quedó dicho, Alemania solo obtuvo en la práctica algunas ventajas tácticas de la neutralidad española, como aprovisionamiento de algunos submarinos o facilidades de espionaje. Estas últimas también las disfrutaban los Aliados. Según Hayes: “El Gobierno español estaba perfectamente enterado de lo que llevábamos a cabo, por medio de su magnífico servicio secreto (…) Podía haberlo impedido fácilmente o al menos dificultado, y sin duda lo habría hecho de haber decidido servir a los intereses del Eje (…) Lo único sobre lo que nos vigilaban estrechamente y estaban dispuestas a impedírnoslo en todo momento era el contacto con elementos subversivos del interior de España o que nos dedicásemos a actividades hostiles hacia el régimen”[3].

  Pues, olvidando las promesas de no injerencia, menudearon los intentos  aliados de subversión en España. Poco antes del desembarco en Normandía, al año siguiente, Jordana  protestó a Hayes por los manejos de Bill Donovan, jefe de la OSS, precursora de la CIA, que habían costado la vida a un inspector de policía español. Detenidos varios agentes de Donovan, se supo que este entrenaba en Marruecos a grupos  de saboteadores para actuar en España, que el consulado useño en Barcelona  financiaba la entrada de agitadores y saboteadores por los Pirineos,  y que un agente inglés había  intentado montar una base guerrillera en la zona astur-leonesa.  Claro que los Aliados anglosajones  estaban por entonces demasiado ocupados en otros frentes para prestar mucha atención a España, aunque hubo tentaciones de invadirla ante la dificultad de avanzar por Italia, según M. Platón en Hablan los militares  (Hablar con Platón)[4].

 

  Otro momento crítico fue, en octubre de 1943, el asunto de un telegrama de cortesía remitido por Jordana al hispanófobo José Laurel, jefe del gobierno títere impuesto por Japón en Filipinas. Laurel había informado a Madrid de la constitución de su gobierno, y Jordana respondía le respondía deseando mantener buenas relaciones, sin ofrecer reconocimiento oficial. Por lo demás, Madrid prefería allí a Usa, como dijimos, y venía protestando por el maltrato japonés  a los intereses culturales y económicos españoles en Filipinas. Pero Washington tomó el telegrama como pretexto para una fuerte campaña de intimidación, a partir de The New York Times. Se decía que España enviaba suministros a la república mussoliniana de Saló,  que la División Azul tenía orden de continuar en Rusia, o que los barcos españoles llevaban contrabando al Eje. Corrieron rumores de represalias y de una posible  agresión armada a España. El curso de la guerra hizo que el escándalo se fuera disolviendo por sí solo.

   No mejores augurios ofrecían los tratos ingleses con monárquicos juanistas, deseosos de sustituir a Franco por  Don Juan. En diciembre del 43, Franco había conocido una carta del pretendiente al conde de Fontanar, hombre de su confianza. Don Juan le informaba de que, según lord Mountbatten, personaje próximo a Churchill,  este estaba resuelto a expulsar a Franco, con probable invasión, e instalar al rey.  Por otra parte aumentaba la agitación comunista que llevaría a crear el maquis.

   Londres y Washington crearon un gran escándalo por la venta de volframio español a Alemania. El volframio, como aleación del acero, servía a la industria bélica germana, pero su venta entraba en los derechos de los neutrales, como el cromo turco o el hierro sueco. De hecho, Portugal vendía más volframio al Reich y no fue sometido a tal acoso. Para España era una fuente importante de divisas, pues los Aliados lo compraban sin necesitarlo, para restringir  los envíos a Alemania, lo cual hacía subir los precios. Pero a finales de 1943, la exigencia de cese total de las ventas se hizo imperiosa. Otros puntos clave eran la retirada de voluntarios de Rusia, presentada como conveniente para Madrid a fin de resistir las presumibles presiones soviéticas cuando terminase la guerra; y el cierre del consulado alemán en Tánger, activo centro de espionaje – como los consulados anglosajones—. El punto flaco del servicio secreto español era que los británicos habían quebrantado sus códigos y los de los alemanes, por  lo que  los Aliados conocían muchas medidas secretas hispanogermanas.

   A principios de 1944, con Alemania a la defensiva en todos los frentes, las amenazas de los Aliados arreciaron.  El 20 de enero, Usa cortó unilateralmente el suministro del vital petróleo a España. La medida, extremadamente grave, parecía excesiva para las tres exigencias citadas: podía llevar al colapso a gran parte de la economía y dejar sin reservas al ejército ante una posible invasión, temida por muchos. Como fuere, la invasión no ocurrió. Autores como Suárez, De la Cierva o Ansón, creen que se debió a Stalin, molesto por el estancamiento de sus aliados en Italia y la tardanza en abrir un segundo frente por Francia, para lo que un ataque a España sería un embrollo y pérdida de tiempo. Habría sido una de las muchas paradojas de la guerra que Stalin hubiera librado a España de tal prueba. Pero no se han descubierto documentos ingleses o useños que demuestren decisión invasora.

     Lo único claro es que  Hayes, como representante de Roosevelt, deseaba llevar el boicot hasta poner a Madrid de rodillas, haciéndole ceder  por completo. Churchill, por contra, temía empujar a España a un caos de salida imprevisible cuando estaban preparando la invasión de Francia por Normandía. El 27, Hoare visitó a Franco para exponerle perentoriamente las exigencias aliadas: cese del  negocio del volframio y del espionaje alemán, y retorno de la Legión Azul. A cambio, tentaba al Caudillo con esperanzas de relaciones halagüeñas de posguerra con los ya más que previsibles vencedores. Franco volvió a irritarle al mostrarse poco impresionado y hablarle “con la voz suave y tranquila de un médico de familia que desea tranquilizar a un paciente excitado”. Pensaba que los Aliados intentaban forzarle a volverse contra Alemania, como hacían con Turquía o Argentina, a lo que no estaba dispuesto.

   Sin embargo sabía que se encontraba en una posición crítica y fue necesario hacer concesiones, aunque demorándolas todo lo posible. Por acuerdo del 2 de mayo, el retorno de la Legión Azul se hizo firme, aunque siguieron permaneciendo voluntarios españoles en Rusia; el consulado alemán en Tánger fue cerrado, así como la agregaduría militar japonesa en Madrid, y la venta de volframio restringida a 40 toneladas  mensuales.  Berlín protestó por el incumplimiento del tratado comercial de 1943, pero se le respondió que tampoco España había recibido las armas alemanas acordadas. Bajo cuerda, las medidas fueron aplicadas de forma lenta y parcial.

     Algunos sectores del régimen, en particular falangistas, consideraron aquellas concesiones  una humillación intolerable e innecesaria, pues, promesas de ocasión aparte, los Aliados se declaraban claramente incompatibles con la continuidad del franquismo. En estas circunstancias aumentaron las maniobras juanistas.

   También el gobierno useño se resintió por el acuerdo, pues deseaba una rendición completa del gobierno español, impedida por Churchill al advertir que en último extremo, Inglaterra vendería petróleo a España, con lo que forzó la “capitulación del Departamento de Estado”, en frase de Hayes. El caso produjo descontento y frialdad entre useños  e ingleses.  Para el Caudillo se trataba de ganar tiempo hasta que la amenaza soviética cobrara tal fuerza  que forzase a Churchill y Roosevelt a cambiar de estrategia. En todo caso salió  del trance muy reforzado en España, y poco después visitaba Bilbao, donde recibió una acogida popular  aún más calurosa de lo habitual.

     Pese a los actos hostiles por parte de España, Churchill entendía bien lo que debía a la no beligerancia hispana en momentos en que la suerte de su país pendía de un hilo, y el  24 de mayo  defendió la no injerencia y fue más allá: “No simpatizo  con quienes creen inteligente, incluso gracioso, insultar y ofender al gobierno español en cualquier ocasión”. Esas frases levantaron ampollas en la prensa y el Parlamento ingleses, muy antifranquistas, y a  Roosevelt, deseoso de acosar sin contemplaciones a España. Churchill tuvo que explicarle: “No me importa Franco, pero no quiero una península ibérica hostil a los británicos después de la guerra”.

    El 6 de junio comenzaba el desembarco en Normandía,  y según marchaba adelante crecía el acoso a España. La BBC anunciaba una escalada de exigencias, entre ellas el cese de todo comercio con Alemania –imposición ilegal, aunque en la perturbación creada por los bombardeos en el transporte por Francia ya casi impedía ese comercio–. Y la prensa sembraba bulos sobre  unidades secretas nazis en España  e insistía machaconamente con el volframio. En el Congreso useño se oían propuestas de ruptura con Madrid y apoyo a las guerrillas.

   El 30 de junio, Hoare indicaba a Jordana que Londres miraba a España como “uno de los pilares para garantizar la paz futura en Europa”, y no deseaba inmiscuirse en los sus asuntos, pero…  el franquismo debía dejar paso a un sistema que los anglosajones pudieran defender ¡ante los soviéticos!; pues estos, de otro modo, impondrían en España un gobierno de izquierda. Se pensaba en una monarquía. Jordana le replicó que el franquismo era la mejor garantía de estabilidad para Europa. El Caudillo entendió que Londres trataba de intimidar al régimen para que se disolviera por su cuenta y España se convirtiese en satélite inglés por evitar, supuestamente, serlo soviético. Por tanto, instruyó  a Jordana para que comunicase a Hoare que sus palabras constituían una injerencia inadmisible, y que las daba por no dichas. La reprimenda irritó aún más al embajador, y a los pocos días la prensa anglosajona “descubría” que la Gestapo reclutaba ex miembros de la División Azul para operar en el sur de Francia. Entre tales intimidaciones y provocaciones, el Vaticano ayudó a Franco ante los Aliados definiendo su régimen como “sinceramente católico. El gobierno provisional italiano, inquieto por el creciente poder comunista, agradeció gestiones a Madrid, que le transfirió la deuda contraída por España con Mussolini (la deuda sería pagada a precio de saldo con una lira muy devaluada).  Franco, por su parte, insistía en negociaciones en el oeste para limitar las tremendas destrucciones en Europa.

   El 19 de septiembre, Carrero entregaba a Franco unas  Consideraciones sobre el mundo próximo. La segura victoria aliada supondría una catástrofe para Europa, vaticinando acertadamente que Usa y URSS saldrían como los poderes dominantes,  pero no Inglaterra. Después especulaba vanamente sobre un importante papel internacional para España,  posiblemente decidido por Dios.



[1] En E. Sáenz-Francés,  Entre la Antorcha y la Esvástica, Madrid 2009, p. 285

[2] J. M. Gil-Robles, La monarquía por la que yo luché, Madrid, 1976, p. 39. M. Platón, Hablan los militares,  Barcelona 2001, p. 78

[3] C. Hayes, Misión… p. 163

[4]

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El rancio españolismo

Blog I: “Nueva historia de España: “Nueva historia de España”:http://www.gaceta.es/pio-moa/nueva-historia-espana-03092014-1631 

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Abogadas feministas pilladas en la colaboración de denuncias falsas de maltrato http://youtu.be/miDBpFh_x-c

@FrayJosepho  ·  28 de ago. Solo el rancio españolismo critica la visión empresarial de los Pujol y su capacidad para rentabilizar empresas. http://www.libertaddigital.com/espana/2014-08-28/una-empresa-de-jordi-pujol-jr-gano-42-millones-sin-facturar-un-euro-1276526850/ 

Si la ETA tuviera alguna vergüenza, agradecería a ZP y a Rajoy los magníficos servicios que le han prestado.

La banda de corruptos, proetarras, separatistas, abortistas, etc. llama “asesino y genocida” a Franco.

Los etarras llaman “gorrinos” a los socialistas: el desprecio de los jabalíes por sus congéneres domesticados.

El “progresismo” es pro pederasta, pro etarra, pro separatista, abortista, homosexualista y básicamente hispanófobo.

Al “progresismo” le encanta el corrupto y tiránico régimen de Hamás. Y detesta a Israel, país democrático.

A los progres les escandaliza que Israel ose defenderse de sus enemigos terroristas.

Los “progresistas” se cachondean del genocidio anticristiano que realizaron los suyos en España. Y algunos piden más.

#NuevaHistoriaDeEspaña analiza el pasado español relacionándolo con la historia europea y, en plano más amplio, mundial.

España comunicó por primera vez todos los continentes habitados.Imprescindible pra entender su historia #NuevaHistoriaDeEspaña

Es curioso que teniendo España los mayores navegantes de la historia, los libros apenas lo reseñen #NuevaHistoriaDeEspaña

España descubría océanos y continentes cuando ingleses u holandeses no pasaban de piratería o tráfico negrero #NuevaHistoriaDeEspaña

España tiene el historial marítimo más decisivo de la humanidad. Más que el inglés o cualquier otro #NuevaHistoriaDeEspaña

Cuando, desde  los años 60, gran parte de la Iglesia patrocinaba a los que la habían masacrado, no ponía la otra mejilla, sino otra parte del cuerpo

Cierta derecha confunde política y religión. Católica era Francia, y era otro país

No acaban de oírse las estruendosas condenas de los árabes primaverales a las atrocidades el EI en Siria e Irak

Los progres alzan enorme revuelo contra las bestialidades del EI en Irak y Siria. Lástima que no se les note

Las feministas están que trinan con las matanzas y violaciones de cristianas. Pero disimulan, por discreción.

¿Es una locura sospechar que a los admiradores de Hamás en Gaza tampoco les caen mal los degolladores de Siria y Líbano?

El próximo domingo, a las 16,00,recomienza “Cita con la Historia” en Radio Inter. Un programa anterior: la Inquisición http://www.ivoox.com/cita-historia-la-inquisicion-audios-mp3_rf_3326991_1.html 

 

 

 

 

 

 

 

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La vida sigue…

Blog I: Por qué el PP es proetarra:http://www.gaceta.es/pio-moa/pp-proetarra-01092014-1535

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El próximo domingo recomienza “Cita con la Historia”. Un programa anterior: http://www.ivoox.com/cita-historia-la-caida-de-audios-mp3_rf_3353458_1.html 

Una derecha intelectual y políticamente inane recoge la terminología, las leyes y las actitudes de la izquierda. Rajoy sigue a ZP

Aznar llevó a la ETA al borde del precipicio. ZP y Rajoy la han rescatado brillantemente: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/lagrimas-de-gratitud-61602/ 

Si la ETA tuviera alguna vergüenza, agradecería a ZP y a Rajoy los magníficos servicios que le han prestado.

Cuanto más corruptos o proterroristas, más antifranquistas.

El oficioso y lacayuno PP va a dedicar una plaza de Madrid a Margaret Thatcher. La de “Bombardeemos Madrid”.

Los únicos con autoridad moral para proclamarse antifranquistas son los que lucharon contra Franco: comunistas y terroristas.

¿Es casual que los gobiernos colaboradores de la ETA lo sean también de la colonia inglesa de Gibraltar? ¿Y que sean tan corruptos?

La izquierda y separatistas españoles tienen en su haber una persecución anticristiana mucho peor que la de los yijadistas en Irak y Siria.

“No hace tanto, la izquierda asesinaba a curas y a monjas tras violarlas.No es de extrañar que ante los degollados de Iraq mire a otro lado”

¿Es casual que todos los corruptos de PP, PSOE y separatistas sean antifranquistas furibundos?

La “ley de memoria democrática”, fabricada por los más corruptos y antidemocráticos partidos.Hasta cuándo la farsa http://www.gaceta.es/pio-moa/memoria-democratica-los-chekistas 

Antifranquistas ilustres: De Juana, Arzallus, Zapatero, Cebrián, los de los EREs falsos, Rajoy, Dienteputo, Carod, Roldán, Mienmano…

Más antifranquistas distinguidos: Carrillo, Cándido Méndez, Josu Ternera, Freddy Faisán, las Sorayas, Aido, Pajín, “Mobutu”, Mas, Urkullu… Buena gente.

Reparto de papeles. @PSOE y separatistas atacan a España y la democracia. El PP impide la defensa.

Podemos es solo un resultado de la putrefacción traída a la política por PP y PSOE.

Los líderes de VOX deben comprender que están ante una ocasión histórica. Y ante una necesidad histórica

El problema no es que PP y PSOE pierdan votos. Es que pierden demasiado pocos.

Mientras no se entienda que el problema del separatismo tiene más raíces en Madrid que en Barcelona o Bilbao, no se entenderá nada.

Después de tantas fechorías del PP, seguir votándole es hacerse cómplice.

“Podemos” avanza. Buena noticia para el PP

 

 

 

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Divagaciones, el amor y la práctica.

XI y XII

 

FABRICIO.- He aquí un buen problema, amigo Sulpicio, pero afortunadamente de solución no muy complicada. Mises dice dos cosas que no veo por ninguna parte: que el ahorro es un sacrificio voluntario y que gracias al sacrificio de generaciones pasadas pueden vivir mejor las siguientes, debido a que ese ahorro se canaliza a la inversión de bienes de capital. Ahora, piensa un poco: tú ahorras de tus ganancias una cantidad y la metes en el banco. Pero en realidad no sacrificas nada. Ahorras lo que te parece superfluo, no les quitas el pan a tus hijos para ahorrar. Claro que ese ahorro significa una posibilidad de consumo de bienes que ya existen en el mercado y que tú no compras, pues si no existieran esos bienes del llamado consumo, ¿qué mérito tendría el ahorrar su compra? ¿Qué pasa con esos bienes? Pues que se echan a perder, en su mayoría. Y al año siguiente igual, etc., y nuevos bienes perdidos.

MAURICIO.- O sea, gran hombre, que el ahorro perjudica la economía.

FABRICIO.- La perjudicaría, magnífico Mauricio, si todo el mundo ahorrase. Pero es preciso que esos bienes se consuman, es decir, que se paguen, para que no haya quiebras en cadena. Y ya te expliqué cómo ocurre en realidad: lo que los ahorradores dejan de consumir, otros desahorradores lo consumen a crédito. Porque es una falacia que el dinero ahorrado se transforme exclusivamente en los llamados bienes de inversión. Muchas empresas no recurren al crédito, o solo parcialmente, sino que reinvierten sus beneficios. Y una parte importante del crédito se va a bienes de los llamados de consumo. Una casa ¿qué es? ¿Inversión o consumo? ¿Y un coche? ¿Y el que pide un crédito para llegar a fin de mes? ¡Hasta el que roba aumenta el consumo, porque obliga a otros a consumir más de lo que tenían previsto!

MAURICIO.- Pe…pe…pero, ¡qué burradas hay que oír!

FABRICIO.- Venga, Mauri, que es lo de Robinsón elevado a nivel social: Robinsón dedica tiempo a cazar pajaritos a pedradas, pero le queda tiempo de sobra para construir también un arco y cazar con más eficacia. En la sociedad, unos cazan los pajaritos, por así decir, y otros hacen los arcos, y dedican el tiempo libre a distraerse. Y, por cierto, todos comen. Por eso te digo que el análisis basado en el ahorro, el consumo y la inversión juega con conceptos equivocados y no puede tener buen resultado. Ni hay sacrificio en el ahorro ni una generación vive del sacrificio de la precedente. Por cierto, eso de sacrificar a una generación era lo que decía Stalin. Recuerda cómo empezó la discusión: muy pocos economistas la vieron venir, y casi ninguno en toda su amplitud, por tanto hay que plantearse si el análisis está bien fundado. Y recuerda también que han dado el premio Nobel a economistas que sostenían una teoría y a otros que sostenían la contraria.

SULPICIO.- ¡Y tú vas a solucionar ese problema, pastor ensoberbecido y cojitranco!

PATRICIO.- Hola, camaradas, ¡salud pública! Está cayendo tal chaparrón que no habría venido si no estuviera seguro de encontraros aquí, pase lo que pase. Vengo oyéndoos desde la puerta y, si queréis que os diga la verdad, Salicio tiene una cabeza bien amueblada, siempre lo he dicho y aquí vuelvo a comprobarlo: mientras vosotros parloteáis, divagáis sobre abstrusos misterios, él se dedica a las cosas prácticas. ¡Tres veces ha vaciado el vaso en su gaznate mientras yo caminaba despacio desde la puerta, observándoos!

SULPICIO.- ¡Salud, Patricio, bravo zapatero remendón y poeta!..

FELICIO.- ¡Claro, Salicio está a lo suyo y por eso no dice esta boca es mía! El tío bebe para olvidar los desdenes de su Amartilis. Está enamorado, qué le vamos a hacer.

SULPICIO.- Y como es hombre práctico, aprovecha para comer a dos carrillos, ¡nos está dejando sin nada!

FABRICIO.- Es que es un filósofo y sabe muy bien que las penas con pan son menos.

SALICIO.- Con vuestras chorradas me limpio lo que yo sé.

PATRICIO.- ¿También te has vuelto zerolo, Salicio? ¡Por las musas, que me espanta modernidad tanta!

MAURICIO.- Qué suerte, tener aquí a nuestros dos poetas, Picio el tabernero y Patricio el remendón. Ya nos soltaréis algunas de vuestras inspiradas composiciones, vates… Pero explícanos, Fabricio, ¿qué está haciendo ahora Salicio? ¿Consume? ¿Invierte? ¿Ahorra? ¿O ninguna de esas cosas? Porque según tú son conceptos equivocados…Fabricio insiste en refutar a Mises.

FABRICIO.- Te diré, hombre nada excepcional, lo que hace Salicio: consume, como es obvio; al mismo tiempo invierte, porque aunque coma y beba sin necesidad, así se siente mejor, invierte, digamos, en su propia felicidad, que le permite o ayuda luego a producir, tal como el aceite y la gasolina permiten producir a una máquina. Decís que el consumo es un fin en sí mismo y la inversión no, pero no hay ningún fin en sí mismo, como acabamos de ver. Y también ahorra Salicio, si bien indirectamente, porque lo que él se zampa ya no se lo podrán zampar otros, ya dijo Sulpicio que nos está dejando sin nada que comer ni beber mientras nosotros charlamos amigablemente. Así que, considerada la situación en su conjunto, está ahorrando, consumiendo e invirtiendo, todo a un tiempo.

PICIO.- ¡Eh, eh, que más raciones serviros puedo, mis amigos queridos!

SULPICIO.- ¡Claro que puedes! Y nosotros a pagar.

PICIO.- El negocio hundirme no querréis, digo yo, ¿adónde ibais a reuniros entonces? Tabernas como esta no hay, vosotros mismos habeislo reconocido.

MAURICIO.- No puedes negar, Fabricio, que manuelp el del blog te está hundiendo en la miseria.

FABRICIO.- Lo cree él, porque no acaba de ver el problema. Mises y Keynes operan con los mismos conceptos, ahorro, inversión, consumo… aunque les dan valores y sentidos diferentes, y lo que yo digo es que esos conceptos son por lo menos confusos, y eso explica por qué, entre otras cosas, no se ponen de acuerdo sobre las crisis y sobre tantas otras cosas.

MAURICIO.- ¡Pero el keynesianismo ha fracasado!

FABRICIO.- ¿Ha fracasado? Durante años y años antes y después de la guerra mundial, todo el mundo se volvió keynesiano, la economía funcionaba, no se hundía y los economistas, bueno, la mayoría de ellos, decían que las crisis eran cosa del pasado, que ya podían dominarse gracias a las recetas de Keynes. Sí, podrás decir que a la larga han fracasado, pero ¿por qué no fracasaron mucho antes? Además, todo en la vida se desarrolla en el tiempo, y todos fracasamos cuando morimos, pero entre tanto… ¿eh? Eso es lo que importa, el tiempo: todo dura y todo se acaba. ¿Por qué la posguerra mundial, al menos desde principios de los 50, vio la mayor expansión económica de la historia? ¿Por el keynesianismo o a pesar de él? Es lo que os decía: una teoría de la crisis tiene que explicar también la prosperidad precedente. Si no, cojea.

SULPICIO.- ¿Entonces vale tanto lo del Keynes como lo del Mises? ¡Mauricio, saca la cayada y vamos a darle su merecido a este enreda jorobeta y tartaja, que yo le atizaré con el zurrón, que me lo he traído porque no pasé antes por casa! ¡A ver si le hacemos entrar en razones!

PATRICIO.- No te exaltes, Sulpicio, no te exaltes. Eres hombre de certezas y te molestan los problemas, te comprendo bien… Pero yo diría, caros amigos, que deberíamos imitar a Salicio consumiendo, invirtiendo y ahorrando todo a una, no vaya a ser que no nos quede ni una rodaja de chorizo ni una gota de vino, que este Picio es amistoso, pero pesetero como buen poeta.

MAURICIO.- ¡Ah, y otra cosa, Fabricio, no creas que olvido tu aserto, tan ridículo como los demás, de que los conflictos internacionales no los causa el nacionalismo, sino el Derecho. Que me lleve el diablo si he oído en mi vida majadería semejante.

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