Judíos, personajes, liberalismo (Franco, Churchill y Roosevelt – y II)

Blog I: La ignorancia de un magistrado:http://www.gaceta.es/pio-moa/ignorancia-magistrado-06092014-0001

****Domingo en radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, recomienza “Cita con la Historia”.

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 Lo someto a su aguda crítica:

   Cuestión importante por entonces fue la de la persecución nazi a los judíos.  En junio de 1944, varios huidos de Auschwitz informaron que los campos no eran de trabajo, sino de exterminio. El informe llegó a Churchill, que, a sugerencia de los líderes sionistas C. Weizmann y M. Shertok, ordenó bombardear las vías férreas que conducían a los lager;  pero el ministerio de Aviación rehusó “arriesgar la vida de aviadores británicos para nada”. El subsecretario de guerra useño, J. J. McCloy  rechazó cuatro veces peticiones semejantes. Hecho sorprendente, porque el bombardeo de ferrocarriles, estaciones y depósitos y comunicaciones era constante, perturbando, a veces hasta el caos, los transportes alemanes[1]. En 2005, en su visita a Auschwitz, Ariel Sharón diría amargamente:  Los Aliados conocían la aniquilación de los judíos. La conocían y no hicieron nada… Todas las sugerencias de operaciones de rescate presentadas por organizaciones judías fueron rechazadas. Simplemente no quisieron enfrentarse a eso”.  Menájem Beguin,  lamentará: “No puede decirse que los forjadores de la política británica en Oriente Medio no quisieran salvar a los judíos. Sería más correcto decir que ansiaban que los judíos no se salvaran”.  Otro caso extraño fue la oferta de A. Eichmann, encargado del transporte de judíos a los campos, de liberar a un millón de ellos a cambio de 10.000 camiones para el frente ruso. La propuesta fue desoída, aunque podría haber salvado a tantísimas personas.  Los Aliados se limitaron a presionar a los países neutrales para que admitiesen y facilitasen el tránsito a los hebreos.

   La política española siguió dos líneas: permitir la entrada clandestina de perseguidos, sin devolverlos a Alemania (Suiza sí devolvió a cierto número de ellos) y facilitándoles el viaje a América; y ofrecer la nacionalidad española a los sefarditas, siguiendo una ley ya caducada de la dictadura de Primo de Rivera y a la que apenas se había acogido nadie. Pero los alemanes ignoraban la caducidad de la ley y numerosos sefardíes se salvaron de este modo. Además, en varias ocasiones los cónsules españoles procuraron salvar a los perseguidos, siendo el caso más conocido, pero no el único, el de Sanz Briz en Budapest.  Los judíos así salvados podrían estar entre 12.000 y 20.000. 

   Con este hecho ocurre lo mismo que con la neutralidad: es obvio que en ambos casos el responsable máximo solo podía ser Franco, pero ello resulta  inaceptable para muchos, por lo que se han lucubrado diversas falacias, desde que los cónsules obraban por su cuenta, sin autorización  o incluso contra las instrucciones del gobierno (al terrible dictador no le hacían caso, al parecer, sus funcionarios),  hasta que podía haber salvado a más (también a menos o a ninguno, pues no tenía más obligación hacia ellos que el sentimiento humanitario; y si los Aliados conocieron el exterminio tardíamente sin hacer nada práctico para remediarlo, Franco seguramente creyó el Holocausto una de tantas mentiras de guerra). El 2 de octubre, el Congreso Mundial Judío agradeció lo hecho por España, pidiéndole que intentara frenar a Hitler. Madrid aceptó,  sin mucha esperanza, ayudar también a los judíos ashkenazíes, dado que los alemanes concedían a España autoridad solo sobre los sefardíes, y con restricciones y roces serios.

   Al llegar a la seguridad de Usa, algunos judíos así salvados hacían declaraciones antifranquistas, y otros muchos participaban en crear opinión contra el régimen. Lequerica, que había sustituido a Jordana en Exteriores, protestó: “Desde hace tres años, España viene accediendo reiteradamente y con la mejor voluntad a cuantas peticiones presentan comunidades judías (…) habiendo dado lugar a enérgicas intervenciones no solo en Berlín, sino en Bucarest, Sofía, Atenas, Budapest, etc. Con desgaste evidente de nuestras representaciones diplomáticas. (…) Gracias a nuestras gestiones, numerosos israelitas de Francia han podido pasar nuestra frontera (…) Otros se han visto eficazmente protegidos  (…) Pero siendo esta la situación, no puede menos de causar profundo sentimiento al gobierno español el advertir que por empresas periodísticas, de radio o de difusión de noticias controladas por elementos israelitas, especialmente en Estados Unidos, se hacen intensas y reiteradas campañas calumniosas contra  España”.  

  Debe decirse que en España no se sabía que los judíos estuvieran sufriendo exterminio, pero sí  humillaciones y una persecución sumamente cruel, y a ello obedeció la actitud oficial. Por otra parte, la simpatía de Franco hacia los hebreos era muy escasa, tanto porque la mayoría de ellos habían militado contra él durante la guerra civil, como porque creía en una “conspiración judeo-masónica” contra España, aunque ello nunca le impediría una política pragmática con respecto a gobiernos que consideraba muy influidos por la masonería, como el inglés o el useño. Es difícil encontrar en su política otra motivación que la puramente humanitaria[2]. 

***

  En octubre de  aquel año, 1944, los soviéticos llegaban ante Varsovia, atacaban por el noreste la Prusia oriental y avanzaban desde el sureste hacia Budapest. Franco estaba seguro de que la alianza de Churchill y Roosevelt con Stalin  quebraría pronto. El 18 de aquel mes, escribió a Churchill proponiéndole en aras de la contención del comunismo, librarse de “las disputas y pequeños incidentes que las han hecho amargas estos dos últimos años (…) Puesto que nosotros no podemos creer en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, debemos tener muy en cuenta  el hecho de que el debilitamiento o la destrucción de sus vecinos aumentará considerablemente la ambición y el poder de Rusia, haciendo cada vez más necesario, por parte de los países occidentales, una toma de posición inteligente y comprensiva (…) Una vez destruida Alemania, y al consolidar Rusia su posición preponderante en Europa y en Asia, cuando los Estados Unidos hayan reforzado, por su parte, su supremacía en el Atlántico y el Pacífico (…) los intereses europeos sufrirán la más grave y peligrosa crisis (…) Una vez que Alemania esté destruida, a Inglaterra le quedará en Europa únicamente un país hacia el cual poder volver los ojos: España. Las derrotas de Italia y de Francia t la descomposición interior que  roe a esos países no permitirán, probablemente, construir nada sólido  en los años venideros (…) Nuestra conclusión es clara: la amistad recíproca  entre Inglaterra y España es deseable (…) Y esta necesidad será tanto más imperiosa cuanto mayor sea la destrucción infligida a la nación alemana”. Admitía que las relaciones presentes entre los dos países “no nos lleva a un gran optimismo”, “no son muy atractivas”, y señalaba que su gobierno conocía las actividades secretas anglouseñas contra su gobierno, pero “con una visión clara del futuro y de las necesidades históricas, ha evitado siempre el escándalo que podría resultar de su publicidad”. También advertía que España no pensaba sacar ventaja  de la desgraciada situación de Alemania, recomendando, con vistas al futuro,  fortalecer la solidaridad continental. En fin, “España cree que sus intereses y los de Inglaterra descansan sobre un mutuo entendimiento”.

   La carta del Caudillo pareció a Londres y Washington una insolencia intolerable, máxime sabiendo que enfurecería a Stalin. El jefe laborista Attlee,  que sustituía momentáneamente a Churchill, escribió encrespado al gabinete de guerra: “Deberíamos usar todos los métodos disponibles para ayudar a provocar su caída (de Franco)”. El conservador Eden, ministro de Exteriores,  propuso una tajante declaración anglouseña  negando a la España franquista todo papel en el mundo de la  posguerra y embargando de nuevo el petróleo.  Churchill, más realista,  advirtió: “Usted empieza con el petróleo, pero pronto acabará en sangre. Si los comunistas se adueñan de España, debemos esperar que la infección se expandirá rápidamente a Italia y a Francia”. Juiciosamente, la propuesta de Eden  se anuló. De todas formas, el gobierno acordó responder a Franco en tono insultante.  Hoare se entrevistó el 12 de diciembre, por última vez, con el Caudillo, y reseña: “No dio muestras de estar preocupado por el futuro”. 

   Churchill respondió mordazmente a Franco, el 20 de diciembre. Negaba actos  subversivos contra España y contraatacaba con los favores hechos por Franco al Reich, para concluir: “Creo que no existe la menor posibilidad de que España sea invitada a formar parte de la futura organización mundial”. En cuanto a la URSS, rechazaba toda posibilidad de que Londres  formase “un bloque de poder basado en la hostilidad a nuestros aliados rusos, o por cualquier supuesta  necesidad de defensa contra sus actividades. La política del gobierno de Su Majestad (…) considera la colaboración  permanente anglo-rusa, dentro del sistema de la organización mundial, como imprescindible para sus propios intereses y esencial para la paz futura y la prosperidad de Europa en su conjunto”.

    Es difícil decidir si Churchill creía realmente sus palabras, pero sin duda expresaba los puntos de vista de su gobierno y el useño. Él y Hoare creían también que Inglaterra conservaría su papel de potencia decisiva en Europa y el mundo. Franco y sus más allegados estaban seguros de que esto y las expectativas de colaboración permanente anglo-soviética eran pura ilusión, aunque mientras durase resultaría muy peligrosa para el régimen español. Cuyo horizonte iba a oscurecerse aún más en la conferencia de Yalta, muy  próxima ya la derrota alemana: Churchill, Roosevelt y Stalin diseñaron allí un mundo de posguerra del que la España de Franco estaría excluida.

***

     Por lo que respecta a Churchill y Roosevelt, eran políticos profesionales dentro de las tradiciones imperantes en sus países, más estables que en la Europa continental.  Diferían radicalmente, por tanto, de revolucionarios  como Mussolini y Hitler, y, desde luego, de Stalin. También distaban de Franco,  el cual no se habría dedicado a la política de no ser por los dramáticos avatares de su patria. Churchill y Roosevelt  provenían de un tronco cultural común, que convencionalmente llamamos anglosajón, por mucha diferencia que hubiera entre las dos naciones. Pero, entre otras cosas, Churchill representaba el espíritu aristocrático e imperialista inglés, más liberal que demócrata,  mientras que Roosevelt, más demócrata que liberal, no apreciaba el colonialismo de su socio y estaba dispuesto a sustituirlo por zonas de influencia propias.

   El líder useño, de familia opulenta, representaba un estilo protestante y filantrópico; también viajero y deportista, hasta que la  poliomelitis le redujo a la silla de ruedas en 1921, cuando contaba 39 años. Con su esposa, Eleanor tuvo seis hijos, y le fue infiel con varias amantes. Eleanor detestaba el trato sexual, pero tuvo a su vez algún amante y relaciones lesbianas. Retraída de la política al principio, llegó luego a influir sobre su marido en sentido izquierdista, e influyó también en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, que ella llamaba, algo ampulosamente “Carta Magna de la Humanidad”. Tuvo gran simpatía por el Frente Popular y relaciones con exiliados españoles, y la consiguiente fobia hacia Franco.

   Pese a su semiparálisis,  Roosevelt persistió en su plena dedicación política, de tono “liberal”, que en Usa significa más bien socialdemócrata, con rasgos populistas. Estuvo a punto de perder la vida en un atentado, en el que la perdió el alcalde de Chicago, pero en su carrera, dentro del Partido Demócrata, cosechó los mayores éxitos, ganando cuatro veces la presidencia del país. Prometió combatir la Gran Depresión mediante la reducción del gasto público, pero una vez en el poder hizo lo contrario: fuerte expansión del gasto e intervencionismo económico, programa bautizado como New Deal (Nuevo Trato), que Roosevelt llegó a valorar como una especie de nuevos derechos ciudadanos.  Esta orientación, luego apoyada por el economista inglés Keynes, tenía semejanzas con la practicada por el fascismo y el nazismo, si bien con éxito distinto en cada caso. En Usa, la mejora fue débil y la economía continuó semiestancada a lo largo de los años 30, hasta la guerra. Llegada esta, Roosevelt prometió no mandar jóvenes useños a combatir fuera, pero sobrepasó la neutralidad tratando de provocar a Alemania a algún acto que le justificase para entrar en el conflicto. Sin embargo el primer paso lo dio Japón, con cuyo motivo Berlín también declaró la guerra a Usa, cuando Tokio no la declaró nunca a la URSS. El presidente mostró cordialidad hacia Stalin, tanto porque la URSS corría con el grueso del sacrificio bélico, como por simpatías que, aun con reticencias, solían sentir los “liberales” hacia el experimento soviético. El influyente Harry Hopkins, eminencia gris del gobierno, destacaba en su afabilidad hacia Stalin, por lo que algunos círculos conservadores llegaron a sospechar de él como agente soviético. Roosevelt murió relativamente joven, con 63 años, pocas semanas antes de la rendición del III Reich.   

   En cuanto a Churchill, viviría 90 años. Nacido en 1874, había entrado en el ejército y llevado una juventud aventurera y belicosa en la India, Sudán y Suráfrica. En 1895 participó en la guerra de Cuba al lado de España contra los rebeldes. No obstante se parecía poco a Franco, héroe de guerra pero poco dado a la aventura. A principios de siglo entró en la política por el Partido Conservador, el Liberal y otra vez el Conservador. Lejos de la sucesión de éxitos de Roosevelt, sufrió grandes altibajos entre la popularidad y la crítica, incluso el desprecio. Durante la I Guerra Mundial se le culpó de la derrota anglo-australiana en los Dardanelos a manos de los turcos, motejándosele como “Carnicero de Gallípoli”. Al revés que el monovocacional y algo anodino Roosevelt, combinaba al intelectual y al hombre de acción, y era ingenioso, bienhumorado aunque con episodios depresivos, un tanto derrochador y alcohólico, y escritor talentoso –recibiría un premio Nobel de literatura–.  A los 34 años se casó con  Clementine Hozier, con quien tuvo cinco hijos, y no parece haber tenido amantes.  En 1945 era el estadista más viejo de los cinco, con 71 años (Stalin, cuatro menos).

   Su actitud hacia España era bastante positiva, y dentro de su hostilidad al franquismo había demostrado un  grado mayor de comprensión y gratitud que su socio useño.  Durante la guerra civil defendió la no intervención,  con cierta simpatía hacia los nacionales, pues era enemigo acérrimo de los comunistas.  Pese a su anticomunismo advirtió pronto el peligro de Hitler para Inglaterra, y lo valoró  como  el principal enemigo, en parte por ideología, en parte por nacionalismo: «Desde hace cuatrocientos años, la política de Inglaterra ha consistido en oponerse a la más fuerte de las potencias continentales”, señaló, con decisión de mantener la línea. Y ello hasta el punto de que  No mentiré diciendo que, si tuviera que elegir entre el comunismo y el nazismo, elegiría el comunismo”. Como primer ministro se declaró dispuesto a llevar la lucha a todos los extremos, y el bombardeo masivo de la población civil es en gran medida responsabilidad suya (la aviación inglesa había practicado el bombardeo indiscriminado contra revueltas indígenas en África y Asia). También se le ha achacado la terrible hambruna de  Bengala, en 1943 –se le calculan hasta tres millones de muertos–, por su política de “tierra quemada” ante el avance japonés por Birmania. No obstante, sus grandes éxitos han opacado los puntos negros de su carrera.

   Tópico archirrepetido en estos años ha sido el de la crueldad de Franco, igualándosele incluso a Hitler o Stalin. En mi opinión, su crueldad no es comparable siquiera a la manifestada por Churchill o Roosevelt, y creo que en realidad se trata de una leyenda, divulgada con especial insistencia –y ya es significativo—por comunistas, sobre todo a partir de Tuñón de Lara. De hecho, Franco, desechó el bombardeo de ciudades o pueblos, tras una débil experiencia en Madrid, en noviembre del 36 (unos 300 muertos a lo largo de tres semanas). Y prohibió expresamente los ataques a la población, siendo desobedecido en dos o tres ocasiones por la Legión Cóndor (Guernica) y por la aviación italiana (Durango, Barcelona y otros puntos). Desobediencias pronto corregidas.  

   Parte de la leyenda la inventó el monárquico Sainz Rodríguez, conspirador vocacional y poco veraz, que atribuye al Caudillo la revisión de las penas de muerte mientras tomaba chocolate con picatostes. Preston ha sustituido el chocolate –Franco nunca lo tomaba, según sus allegados— por el café. También se dice que firmaba las sentencias añadiendo instrucciones como “garrote” o “prensa”, para indicar la clase de muerte y publicidad a dar. De ser así, debían existir abundantes papeles con firma y comentarios, pero los mismos no han aparecido. Por cuanto sabemos, las sentencias las firmaban los jueces, y él firmaba las conmutaciones, que fueron numerosas.  Por otra parte, desde que accedió efectivamente al mando, orientó la represión por vías legales, para dificultar venganzas y asesinatos, y lo mismo hizo al terminar la guerra, en contraste con otros países europeos. La acusación de crueldad –como mucho sería de frialdad—sugiere, como también hemos visto ya, que los condenados eran inocentes “republicanos”  o “demócratas”, como si el Frente Popular no hubiera perpetrado un cúmulo de atrocidades, hasta  entre sus miembros[3].

    ***

   La apocalíptica derrota nazi demostró  la megalomanía de los planes hitlerianos, pero también exigió el esfuerzo conjunto de “los tres Grandes”. Churchill y Roosevelt sabían lo mucho que debían al titánico empeño de la Unión Soviética, la cual, sin ayuda,  había vencido en la batalla de Moscú la ofensiva alemana de 1941, había vuelto a vencerla al año siguiente en Stalingrado, con ayuda más significativa de los anglosajones, y luego en la batalla de Kursk había reducido definitivamente a la Wehrmacht a la defensiva. Todo ello con un espeluznante coste en sangre. Como había dicho Churchill, la ayuda a la URSS era la mejor inversión posible, porque libraba a Usa e Inglaterra del principal esfuerzo alemán, centrado con gran diferencia en las llanuras rusas. De otro modo, los desembarcos en el Magreb o en Francia habrían sido impensables. Al terminar la guerra europea, en mayo de 1945, el ejército rojo era imbatible, salvo con armas atómicas que todavía no tenía Usa, y ello contribuye a explicar las cesiones hechas a Stalin por Roosevelt y Churchill, este más a regañadientes que su compañero useño.

   El “modo americano de hacer la guerra” consistía en aplicar una superioridad material  abrumadora y una eficaz logística que hiciera inútiles la destreza táctica, el valor o el heroísmo del adversario. En general, tanto los useños como los ingleses solo conseguían derrotar a los alemanes acumulando una ventaja muy grande en hombres y máquinas, particularmente en el aire; con ventaja menor solían sufrir reveses. Las victorias teutonas se debieron más a la destreza de sus mandos, la motivación de sus soldados y su excelente organización. Pero el hecho es que Usa pudo  aplicar con eficiencia una imbatible producción de armas y pertrechos, y la lucha en tres frentes acabó por agotar a su enemigo.  El modo soviético difería del useño en que no escatimaba la sangre de sus  propios soldados, sin que ello excluyera notable habilidad en vastas maniobras y una masiva producción de armas no inferior en calidad, y a veces superior, a la alemana.

    Finalmente, Europa quedó dividida en dos grandes zonas, la centro-oriental dominada por los soviéticos y la centro-occidental por Usa.  Franco había tratado de impedir tal destino insistiendo en negociaciones entre Alemania y los anglosajones. Es fútil lucubrar sobre lo que habría pasado en tal caso, pues nunca fue posible: Berlín rechazó la propuesta, y los Aliados exigían la rendición incondicional. Para Franco, el enemigo máximo era el comunismo staliniano; para Churchill y Roosevelt, el nazismo hitleriano, y conforme a esa concepción estratégica actuaron unos y otros. En cambio, Franco  acertó de lleno al estimar el declive inglés y la imposibilidad de mantener la alianza entre las democracias y la URSS. En este último punto basó su confianza en superar las presiones y agresiones de los Aliados.

   Así, contra la esperanzas de Churchill, Inglaterra, un tanto malparada, pasó a potencia de segunda fila, endeudada hasta las orejas con su socio useño. Y a pesar de que este condonó las deudas y luego le obsequió con la parte del león de Plan Marshall, vería al cabo cómo la vencida Alemania la superaba económicamente. Fue asimismo el principio del fin de su vastísimo imperio. Roosevelt detestaba los imperios y zonas de influencia europeos, aunque mostrase más comprensión con los soviéticos. También Francia y Holanda irían perdiendo sus mayores colonias, a veces con guerras brutales.

   Sorprendentemente los países coloniales no se arruinarían al perder sus imperios, sino que prosperarían más que nunca, contra la teoría que atribuía su riqueza a la explotación de las colonias (teoría reelaborada luego, de forma poco convincente, con la tesis de los “países proletarios”). De todas formas, los primeros años de posguerra fueron realmente lúgubres en Europa occidental, hasta que su economía recibió los incentivos del Plan Marshall,  ofrecido por Usa ante el riesgo de que la miseria fecundase impulsos revolucionarios. A la intervención militar y económica useña debió la Europa occidental  la democracia o el recobro de ella, contra el nazismo primero y contra el comunismo luego. Lo que no se recuperó fue la extraordinaria creatividad cultural europea de preguerra, tan variada según las naciones. En ese terreno, la hegemonía pasó a Usa.

   Como habían pronosticado Carrero y Franco, los grandes beneficiarios fueron la URSS y Usa. Pero la primera, con gran diferencia, había sufrido el mayor coste en sangre y destrucciones, mientras que la segunda había experimentado comparativamente  pocas bajas y ninguna destrucción en su territorio: al contrario, la guerra había propulsado un auténtico florecimiento económico, rompiendo con los largos años de la Gran Depresión. Luego, la derrota de Japón fue decidida por el lanzamiento de bombas atómicas que por unos años le dieron absoluta ventaja tecnológica.

    El modo como se libró la guerra entre países muy civilizados cuestionó el valor de la vida humana. Por lo común, el homicidio deliberado se ha tasado como el delito máximo,  tal vez  por el sentimiento de que la vida humana es un don divino, o al menos misterioso, que ningún hombre tiene derecho a destruir; y de que la conservación de la vida es el cimiento de todos los demás derechos y valores morales. Por supuesto, se admite el derecho a matar en casos que se suponen excepcionales, como entre ejércitos durante una guerra. Pero en esta menudearon las matanzas de civiles y prisioneros en campos de exterminio, bombardeos, etc.,  justificados de un modo u otro como medios para alcanzar fines superiores.  Las ideologías estipulan implícita o explícitamente el derecho a matar en masa si ello beneficia a unos objetivos entendidos como superiores: una sociedad  “libre”, sin opresión, de “realización humana”, etc.; o para cumplir el imperativo biológico por la ley del más fuerte, que aseguraría la preservación de los mejores, reconocibles como mejores, en círculo vicioso, por ser los más fuertes. El problema moral va más allá de los fines y los medios, atañe a si la vida humana tiene por sí misma valor, o lo recibe de valores considerados superiores.

   Después de la guerra, los vencedores juzgaron a los vencidos en base a criterios morales-legales amplios como “crímenes contra la humanidad”, concepto contradictorio y manipulable,  porque los criminales son también humanos, no una suerte de extraterrestres. Más apropiado era el concepto de crímenes de guerra, dirigidos contra los civiles y prisioneros. Los nazis destacaron en este género de actos, pero los soviéticos, que se sentaban en el estrado de los jueces, no los cometieron menores, incluyendo violaciones en masa alentadas por la propaganda. Y las democracias liberales los perpetraron también de forma masiva: los ataques aéreos a las ciudades alemanas y japonesas, cuya población se componía mayormente de mujeres, niños y ancianos al estar movilizados los hombres en edad de luchar. La pretensión de erigirse en jueces morales por parte de quienes habían practicado tales cosas no deja de plantear,  como en el caso anterior, un difícil problema moral.  Baste señalarlos aquí.

***

   De las tres grandes ideologías que contendieron en Europa por aquellos años, las ganadoras fueron el demoliberalismo  y el comunismo. En la pugna subsiguiente entre ambos, el segundo  pareció predestinado, durante varios decenios, a ganar la llamada  guerra fría e imponerse sobre la humanidad: en pocos tiempo se extendió por la Europa centro-oriental, por la inmensa China, partes de Corea y Vietnam y otros países, ganando posiciones en naciones como Francia e Italia y en las colonias en vías de independizarse. No obstante, su colapso en la URSS y su transformación en China prueban que, pese a la coherencia aparente de sus dogmas, no pueden funcionar a la larga, ni siquiera con estados totalitarios y extremadamente policiacos.

   Tanto Usa como Inglaterra defendieron la democracia liberal, aunque democracia y liberalismo no equivalgan: en líneas generales, el siglo XIX europeo fue mayormente liberal, pero no democrático. Churchill definió agudamente la cuestión  en dos frases famosas: El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”, es decir, el gobierno en una democracia dependería de la decisión de masas de gente mayormente ignorantes de los problemas políticos y económicos. Pese a lo cual,  La democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás formas probadas hasta hoy”. En otras palabras, los demoliberales podían responder a las críticas, muchas de ellas incisivas y razonables, con el lenguaje de la experiencia: a pesar de todo, la  democracia ha funcionado bien, al menos en algunos países, ha permitido libertades políticas, estabilidad con cambios no violentos en el poder, y casi siempre una prosperidad mayor que otros sistemas. Pero no siempre ni en todos los casos ha sido así. Así, la Gran Guerra del 14 y la Gran Depresión del 29 sumieron en una profunda crisis al liberalismo, como venimos viendo

   Al emplear la palabra democracia conviene no engañarse con su etimología: “poder del pueblo”. El poder nunca es ejercido por el pueblo, sino por alguna oligarquía o partido, por la doble razón de que si el poder se ejerce sobre algo es forzosamente sobre el pueblo, y de que este no existe como un todo  homogéneo, sino que en él pululan  mil intereses, opiniones y sentimientos diversos y a menudo contrapuestos. Por ello, las democracias  a menudo sufren bandazos y el efecto de las demagogias, lo que por otra parte ocurre también en los demás regímenes. En democracia,  las distintas tendencias populares votan al partido de su preferencia. Los partidos siempre tienden a interpretar a su favor  las leyes y normas,  corrompiéndolas más o menos, y siempre existen grupos dispuestos a eliminar  la propia democracia. Está claro que si llegan a adquirir suficiente poder, por la violencia o incluso siguiendo las normas legales, el sistema se viene abajo. Como las libertades políticas toleran y amparan también a los enemigos del liberalismo, este podría considerarse un sistema suicida, por lo que la tolerancia ha de tener límites.

   Por tanto, debemos preguntarnos por qué en algunos tiempos y lugares ha funcionado bien el demoliberalismo, y mal en otros. Probablemente ha funcionado allí donde las diferencias  de intereses, ideas y sentimientos en la sociedad han sido amortiguadas por unos valores básicos muy mayoritariamente compartidos: patriotismo, identificación con la propia historia, fe en la bondad del sistema, pese a sus fallos, y un fondo de cultura cristiana. Donde algunos de esos valores fallaban, crecieron los movimientos antidemocráticos apoyándose en las duras circunstancias de entreguerras y  de la depresión. Como ya vimos, puede entenderse el éxito del comunismo, hasta cierto punto, como una  reacción contra las desigualdades, penalidades y guerras achacadas al liberalismo-imperialismo; y los avances de los fascismos como reacciones a la amenaza comunista y la ineficacia liberal para contenerla.  De este modo, fascismos y comunismo se reforzaban mutuamente al oponerse, mientras los liberales quedaban en segundo término, al parecer sus remedios poco estimulantes para las masas.

   Otro aspecto del demoliberalismo ha sido su estrecha relación con los nacionalismos-imperialismos inglés y useño. Alemania, Italia y Japón llegaban con fuerte empuje a un mundo ya repartido, y su expansión provocaba inevitablemente grietas en el sistema. Que adoptaran formas militaristas y de intensa, tiránica, disciplina social, entraba probablemente en una necesidad de abrirse paso frente a lo ya establecido. Esta relación entre demoliberalismo y nacional-imperial parece históricamente clara, aunque no sea este el lugar de examinarla.

    En España,  las diferencias de ideas, aspiraciones y sentimientos en la sociedad, fueron acentuándose hasta que, en vísperas de la guerra civil, nada en España parecía unir a los españoles, como diagnosticaba con lúcido presagio el diario El Sol. El patriotismo  se había transformado, para masas considerables, en una hispanofobia y desidentificación con la propia historia, impulsadas por revolucionarios, republicanos, separatistas  y algunos sectores liberales. Por otra parte, los marxistas y anarquistas eran abierta y resueltamente contrarios a la democracia liberal, en buena medida lo eran también los separatistas, lo cual no habría tenido demasiada importancia si no hubieran alcanzado tal fuerza, una fuerza desestabilizadora que hacía imposible un funcionamiento democrático. Desde un punto de vista social, la democracia liberal exige una amplia clase media, cierto nivel de renta y educación. Y esto fue lo que logró el franquismo. Que en la actualidad esos logros estén puestos en peligro por las ideas, revela la fuerza de estas por encima de los hechos reales, pues el hombre no se mueve por la realidad, sino por lo que piensa de ella.  



[1] En M. Gilbert, La  Segunda Guerra Mundial, II,  Madrid 2006, p. 228-9

[2] Trato estas cuestiones más por extenso en Años de hierro.

[3] Ver Los mitos de la Guerra Civil, capítulo sobre Guernica.

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9 Respuestas a Judíos, personajes, liberalismo (Franco, Churchill y Roosevelt – y II)

  1. OJ dice:

    Churchill y Roosevelt  provenían de un tronco cultural común, que convencionalmente llamamos anglosajón, por mucha diferencia que hubiera entre las dos naciones. 
     
     
    Hay que tener en cuenta, además, que la madre de Churchill era una americana: Jeanette “Jennie” Jerome, hija del magnate financiero Leonard Jerome. En este sentido se pronuncia Mark Twain, que conoció en diciembre de 1900 al joven Churchill —veterano en la guerra de los boers—, y al que describió como la representación perfecta angloamericana:
     
     
    «Mr. Churchill will tell you about the war in South Africa, and he is competent — he fought and wrote through it himself. And he made a record there which would be a proud one for a man twice his age. By his father, he is English; by his mother, he is American. To my mind the blend which makes the perfect man. We are now on the friendliest terms with England. Mainly through my missionary efforts I suppose; and I am glad. We have always been kin: kin in blood, kin in religion, kin in representative government, kin in ideals, kin in just and lofty purposes; and now we are kin in sin(referring to the political scene), the harmony is complete, the blend is perfect, like Mr. Churchill himself…»
     
     
    Leída la anécdota aquí < http://www.deseretnews.com/article/865591965/Mark-Twain-and-Winston-Churchill-When-great-men-meet.html?pg=all >
     
    La fuente de la cita no la localizo, pero debe ser la que ponen en < http://mises.org/daily/2973#note27 > : Mark Twain, Mark Twain’s Weapons of Satire: Anti-Imperialist Writings on the Philippine-American War, Jim Zwick, ed. (Syracuse, N.Y.: Syracuse University Press, 1992), pp. 9–11.
     
    En Mark Twain, Antiimperialismo, patriotas y traidores, Diario Público, 2010, no he encontrado nada sobre este encuentro con Churchill.
     
    Creo recordar que Paul Johnson también habla en Héroes que en la vida de Churchill se nota muchas veces que era medio useño.
     

  2. pico menor dice:

    Unas notas:
    -Los judíos de Norte de África apoyaron a Franco.
    -La votación, años después, de Israel contraria al ingreso de España en la ONU fue bien aprovechada por el Régimen de Franco para afianzar los lazos con el mundo árabe, de mucho mayor interés para nuestro país que la relación con el estado hebreo con quien la España de Franco no tuvo nunca embajada.
    -Como no se esperaba menos de ellos Indalecio Prieto concretamente y la izquierda en general se opusieron al envío de trigo desde Argentina a España a pesar de que el hambre hacía estragos entre los españoles de la postguerra

  3. 4c dice:

    No veo a Churchill muy gringo, viene de la grandeza de la gran bretaña en su más grande momento.
    Un tipo joven, que hace el recuento y el manierismo del victorianismo y que de viejo ve cómo todo cae, ars brevis, vita longa (si es que se dice así).
    Leía muchas cosas de los británicos decimonónicos cuando estaba en Shimla en los veranos, en la biblioteca de su club selecto, que nadie en aquel lugar conocía. Leí a bastantes escritores indios que hablaban mucho de los ingleses, unos dándoselas más y otros menos, pero las bibliotecas que les habían dejado estaban muriéndose en el polvo y el olvido. Aquellos ingleses eran gente culta y hoy en día les imagino perdiéndose en el olvido como si hubiesen sido un sueño y un enigma.
    No creo que Churchill fuese muy gringo. Lo que sí es que entonces los gringos ya estaban poniendo el dinero a cambio del prestigio, porque sabían hacer el dinero, sabían, mejor dicho, que el dinero no había que hacerlo, sino que bastaba con hacerle sitio.
    Quizás Churchill sí le consultara a su abuelo materno sobre esto, pero me parece que a Churchill lo que le interesaba sobre todo era la guerra.
    De Roosevelt sólo sé que era el amigo de Morgan y que le hizo mucho daño al espíritu de dejar hacer. Las uvas de la ira, eso produjo Roosevelt, aunque me dan ganas de poner Roiboos. 
    Stalin era el gran rusio. En Rusia si destacas un poco se ve que tienes derecho a lo que te salga de los cojones y nada ni nadie puede pararte. Luego tienes a muchos rusos detrás diciéndote que así es y que ole tus huevos, como nos da a entender el polífilo Malpharus.
    Franco era del Ferrol del Caudillo, como el fundador del psoe. El psoe era el Podemos de entonces, es extraño que se repitan los nombres como parodia de sí mismos. Son signos que no se deben descartar tan a la ligera.
    El caso es que Franco derrotó a la deriva del primero, y quizás sea otro que se llame igual el que impida a esta marca blanca repetirse, lo cual sería realmente extraño-

  4. pico menor dice:

    La Ley de Defensa de la República se aprobó en la etapa constituyente y es anterior, pues, a la Constitución de 1.931

  5. lead dice:

    [Infiltración soviética en las Administraciones de Roosevelt](I)

    El texto de Moa (que por eso de “Lo someto a su aguda crítica” parece destinado a un libro próximo) podría cargar un tanto más la mano en el “izquierdismo”, en el sentido de social-comunismo, de Roosevelt y su Administración, ya sugerido con varios apuntes, como los de la influencia de Eleanor Roosevelt y las simpatías de ésta, asunto éste que ya tratamos en el blog en Mayo del 2009. Asunto que podríamos generalizar a  ”la infiltración soviética en la Alta Administración americana de las Administraciones Roosevelt (sobre todo) y Truman, en el primer caso con el estúpido y crédulo consentimiento del Presidente y en el segundo, con la ignorancia total del Presidente” (de u antiguo texto mío):

     
     

    212
    lead dijo el día 14 de Mayo de 2009 a las 20:22:
    [El Presidente Roosevelt, "tonto útil" de Stalin]
    .
    Sherme, dices en #207:
    .
    Pero, en contra, la administración americana estaba penetrada por agentes rusos, e idiotas colaboracionistas, hasta casi el mismísimo vicepresidente useño.
    .
    Lo correcto es decir:”…hasta el mismísimo Presidente useño”.
    .
    El primer idiota colaboracionista fue el mismísimo Presidente Roosevelt (y su mujer y prima Eleanor), que entregó a Stalin por nada media Europa, como recordaba yo hace poco en el blog:
    .

    88
    lead dijo el día 24 de Abril de 2009 a las 16:43:
    .
    [Roosevelt, "tonto útil" de Stalin]
    .
    ArrowEco #76
    .
    Dice Fernando Díaz Villanueva, en el artículo que nos enlaza IdeA, en el hilo anterior:
    .

    ¿Por qué se permitió esto?, ¿Ni Roosevelt ni Churchill hicieron nada para impedir que Polonia cayese en manos del comunismo? Roosevelt no sólo no hizo nada, sino que contribuyó poderosamente a que Stalin se hiciese con Polonia y con toda la Europa oriental con excepción de Grecia, que se salvó para la democracia gracias a una guerra civil en la que los británicos participaron activamente. Durante el momento decisivo, el final de la guerra, Churchill predicó en el desierto y sus augurios fueron desoídos a un lado y otro del Atlántico.
    .
    La traición se consumó en dos movimientos. El primero con motivo de la invasión americana del continente tras el desembarco de Normandía. Las tropas de Eisenhower avanzaron con lentitud desesperante. Tal morosidad dio ventaja a los agentes soviéticos de la Casa Blanca, que consiguieron que Roosevelt se persuadiera de la “bondad” de Stalin. Alguno de estos submarinos del Kremlin llegó a ser honrado con la Orden de Lenin. Esta inacción permitió al Ejército Rojo avanzar hasta el Elba y llegar a ciudades tan occidentales como Viena. En el momento de la rendición alemana las fichas estaban sobre el tablero, y la cruda realidad era que Stalin disponía de soldados en la mitad de Europa.

    .
    http://www.juandemariana.org/comentario/503/poloni...

     

  6. lead dice:

    [Infiltración soviética en las Administraciones de Roosevelt](II)

    97
    lead dijo el día 24 de Abril de 2009 a las 17:10:
    .
    [Roosevelt, "tonto útil" de Stalin]
    .
    ArrowEco #76 y #89
    .
    IdeA en su #194 del 9 Marzo 2009 nos trae la siguiente cita del historiador Paul Johnson, recogida por Otero Novas:
    .
    Roosevelt sentía admiración por Stalin; en 1942 le dice a Churchill, hablando de Stalin “ Creo que si le doy todo lo que esté a mi alcance y no le pido nada a cambio no intentará anexar nada y trabajará conmigo para crear un mundo de democracia y paz”, lo cual significa que mentía o estaba tan infiltrado su gobierno y entorno que no se enteraba de nada de lo que venía ocurriendo en Rusia. Su poderosa mujer, Eleonor, estaba rodeada de comunistas. En la conferencia de Teherán de nov. de 1943, el jefe de Estado Mayor britanico, A. Brooke, dice que “Stalin se metió a Roosevelt en el bolsillo”. Claro que el propio Churchill, en 1935, alabó “el coraje, la perseverancia y la enrgía vital” de Hitler; en 1927 calificó a Mussolini como “encarnación del genio italiano” y en 1937 alabó su “valentía, inteligencia, sangre fría y perseverancia” (“El retorno de los césares”, de Otero Novas citando a Paul Johnson, Roy Junkins, John Lucacks, B. Haffner).

  7. lead dice:

    [Los esposos Rososevelt, "pijos" izquierdistas, ...como otros de la época en España, como algunos de la dinastía Maura]

    Sobre Eleanor Roosevelt dice Moa.

    Tuvo gran simpatía por el Frente Popular y relaciones con exiliados españoles}

    Entre los exiliados españoles con los que simpatizó está el caso notable de una Maura, Constancia de la Mora y Maura, esposa del Jefe de la Aviación de Frente Popular durante la Guerra Civil,  Ignacio Hidalgo de Cisneros y López de Mancisidor (…esta nomenklatura aristocratizante de los comuistas…)..y hermana de Marichu, Secretaria nacional de la Sección Femenina. Sobre la Dinastía Maura, este enlace:
     .
    http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Maura
     .
    Además de los conocidos Gabriel y Miguel (en la crisis de Abril del 31, Gabriel junto al Rey y Miguel, en el lado republicano), debe mencionarse también a los hermanos de éstos, Honorio y Constancia. Ésta es la madre de Marichu de la Mora (muy amiga de José Antonio y Secretaria Nacional de la Sección Femenina) y de Constancia de la Mora, esposa del Jefe de la Aviación republicana durante la Guerra Civil, el vitoriano Ignacio Hidalgo de Cisneros y López de Mancisidor (¿un proletario nato?), que, junto a su marido, militaba en el Partido Comunista y en el movimiento feminista; tenía, además, una buena relación con Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin Delano:
     .
    http://es.wikipedia.org/wiki/Constancia_de_la_Mora_Maura
     .
    Sobre Marichu (madre del cineasta Jaime Chávarri):
     .
    http://es.wikipedia.org/wiki/Marichu_de_la_Mora_Maura 

  8. Catlo dice:

    Francamente interesante esto de los personajes, los judíos, etc. que nos trae el anfitrión. Si forma parte de un libro nuevo cabe pensar que será bien entretenido y que permitirá entender muchas cosas…

  9. verapamil dice:

    La escala del sacrificio soviético fue única en el sentido de que perdieron a más personas que cualquier otro país de Europa y también en el sentido de que movilizaron una mayor parte de su economía que cualquier otro combatiente importante. No debe sacarse la conclusión de que un país democrático nunca hubiera podido soportar las penalidades de una guerra de este calibre. Hay un caso de un país democrático  (del que sólo suele hablarse para mofarse de su papel durante la IIGM) que es bastante comparable a la experiencia soviética durante la 2 ª Guerra Mundial, al menos en términos de muertes de militares – a saber, Francia en la Primera Guerra Mundial. Si utilizamos la figura de Krivosheev de 8,7 millones de muertes militares rusas en la Segunda Guerra Mundial , es decir 4,45% de la población rusa, durante la Primera Guerra Mundial, Francia perdió casi 1,4 millones de militares, de una población de 39,6 millones de personas – o el 3,5% de la población, mientras que sostuvo una guerra que duró más que la guerra en en el frente ruso y se llevó a cabo casi enteramente en su territorio. Y la cifra soviética contiene una proporción mucho mayor de hombres que murieron en cautiverio, que son irrelevantes a la hora de medir la capacidad de sacrificio en tiempo de guerra: los hombres em cautividad no aportan nada a ese sacrificio, tanto si sobreviven como si no. Si usamos sólo la cifra de muertes en combate – 6,3 millones, el porcentaje sería del 3,15% de la población rusa. No sé cuántas de las muertes militares francesas en la Primera Guerra Mundial se produjeron en cautiverio, pero no creo que fueran muchas.