El coste de la arrogancia

Blog I: Una gran confusión habitual: la democracia liberal y el franquismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/gran-confusion-habitual-democracia-liberal-franquismo-13082014-2336 

#LosMitosDeLaGuerraCivil es probablemente el libro de historia más vendido en los últimos 10 años.Nunca rebatido en ningún punto importante. Reeditado con motivo del 75 aniversario de la guerra civil.

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   Cuando Usa decidió atacar a Irak por segunda vez,  se dio el caso de que la izquierda y demás se opusieron, mientras que Aznar decidió apoyar a Bush, aunque sin entrar directamente en la contienda… y sin explicar su posición. Ante la marea de demagogia izquierdista, unos pocos intentamos argumentar a favor de la decisión del PP y de la invasión de Irak, sin que el PP hiciera el menor uso del argumentario ofrecido (ese partido carece de ideas, salvo la de que la economía lo es todo, y por ello termina sumándose siempre a las iniciativas y leyes izquierdistas). La propia televisión oficial bajo el gobierno pepero funcionaba como aparato de propaganda de la izquierda.  Con típica arrogancia, pensó que, como en el caso del chapapote, la cosa pasaría, se olvidaría y no tendría consecuencias electorales. Y así habría ocurrido, probablemente, de no haber mediado el 11-m, que la izquierda explotó para presentar al PP como culpable de una venganza, decían, por  la célebre foto de las Azores. Ante esa acusación, el partido que no había sabido defender su postura cuando la guerra de Irak, quedó políticamente inerme.

   Básicamente, mi argumentación era que había tantas razones para intervenir como para no hacerlo, pero ya que nos habíamos metido en la OTAN, debíamos actuar como un aliado fiel. Hoy, a la vista de los resultados, creo que todo fue un inmenso error, sin que por ello los demagogos de izquierda tuvieran la más mínima razón: ellos eran simplemente antiuseños, siempre encantados con las tiranías “progresistas”, como hoy la de Maduro o la de Castro, antaño las de Stalin, Ho Chimin, Mao  y similares, incluso la de Jomeini. Estaban al lado de Sadam.

    El tremendo error useño nacía a su vez de una extraordinaria arrogancia: creían que su aplastante superioridad técnica iba a garantizar la victoria e incluso una democratización de Irak  que atraería a la democracia a los países del entorno a la vez que aseguraría la posición de Israel. Desde luego, la victoria militar fue fácil y rápida. Es un tipo de guerra en que la superioridad material resulta tan apabullante que excluye  las virtudes militares tradicionales de valor, heroísmo o patriotismo: todo se limita a una cuestión de profesionalidad, de mayor o menor pericia en el uso de los medios técnicos. Sin embargo, el cálculo ha resultado fallido en Irak, como en Afganistán, como antes en Somalia o en Beirut. Parece que los pueblos tienen su propia dinámica social e histórica, que muchos encuentran el modo de vida occidental menos envidiable de lo que aquí se cree, y que no se los puede democratizar desde el exterior a golpe de misil. La intervención exterior resulta humillante y suscita resentimiento, y una vez la lucha entra en el terreno resbaladizo del enfrentamiento civil, “de calle”, aquella superioridad técnica se diluye.

   En suma: los éxitos militares useños se han pagado a un coste altísimo para las poblaciones aparentemente libradas de tal o cual dictador,  las cuales han entrado en un remolino de guerra civil y disolución social, siendo los cristianos los grandes perdedores.Y también han  supuesto un coste finalmente inasumible para los “vencedores”, que van retirándose vergonzantemente  del sangriento embrollo que han montado.  El coste de la arrogancia. Así, Usa y la UE o parte de esta, han sido corresponsables de una terrible catástrofe. No contentos con ello, han ayudado a desestabilizar a países del norte de África donde gobernaban dictadores relativamente moderados, laicos y prooccidentales, haciéndose cómplices de asesinatos tan siniestros como el del Gadafi. Con ello, los musulmanes prooccidentales, siempre una minoría, han aprendido algo: que no pueden confiar en semejantes politicastros  de Occidente.

   Todavía hace muy poco estuvieron a punto de entrometerse en Siria, donde han fomentado una guerra civil terrible so pretexto de expulsar a “un dictador”.  Menos mal que Putin les paró los pies a última hora. Pero las consecuencias siguen ahí, expandidas a Irak, donde sus protegidos están cometiendo atrocidades inauditas, mientras el peligro del terrorismo islámico se hace cada vez más presente en los países europeos y en la propia Usa. De nuevo tendrán que intervenir con misiles y bombas, sin arreglar finalmente nada.

    Está asimismo la cuestión de la postura española. La gran y casi única hazaña de la política exterior hispana ha sido la neutralidad en las dos guerras mundiales, algo muy conveniente a partir de la posición geopolítica, la historia y los intereses españoles. Esa neutralidad fue rota por completo con la entrada en la OTAN, en condiciones realmente aberrantes: la organización no protege a Ceuta y Melilla, pero sí a la colonia inglesa de Gibraltar. Estos hechos retratan perfectamente la ínfima talla, la hispanofobia profunda, de una casta de politicastros corruptos que venimos sufriendo demasiados años. Uno de los puntos que propuse en el programa de hace unos días se refería precisamente a la OTAN, y no ocultaré que mi posición es favorable a una continuidad de la política de Franco a este respecto:  salida de una organización que no tiene verdadera utilidad para nosotros (el único enemigo potencial, Marruecos, tardará muchos años en representar un peligro real, a menos que se le invite, y para ello no necesitamos a la OTAN);  y amistad con Usa, pero sin subordinación como la de Aznar con Bush o la de Zapo con Obama.

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Franco, Hitler y Mussolini (I)

Blog I: Algunos males de la Universidad: http://www.gaceta.es/pio-moa/males-universidad-12082014-2314 

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(Como la entrada sobre la mujer, es el borrador de un capítulo del libro  Los mitos del franquismo y el antifranquismo)

   Tal como le advertían Hitler y Mussolini, el destino de Franco estaba inevitablemente unido al de ellos, y los Aliados  “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil. La literatura antifranquista, por lo demás, suele juntar los tres nombres como los más significativos del fascismo europeo. Los lazos entre los tres se habían forjado durante la guerra de España, e incluían políticas anticomunistas y antiliberales, por lo que parecía natural la alianza entre ellos durante la contienda mundial. No sabemos qué pensaba Franco al respecto, pero desde luego no podía albergar por entonces muchas esperanzas de sobrevivir  si la victoria caía del lado de las democracias inglesa y useña, mucho menos cuando estas entraron en alianza con el totalitarismo staliniano. En caso de derrota del Eje Berlín-Roma, la supervivencia del franquismo resultaba inverosímil.

   No obstante, bajo la común superficie “fascista”, Franco difería mucho de Hitler y Mussolini,  empezando por la personalidad, el carácter y la biografía. El alemán y el italiano  eran real y precisamente revolucionarios, líderes de masas surgidos de las capas populares, y rebeldes no solo contra la amenaza comunista, sino contra los gobiernos,  formas y convenciones sociales de su época. Franco, militar de carrera, de tendencias conservadoras y tradicionalistas, había servido con la misma profesionalidad al régimen liberal de la Restauración, a la dictadura de Primo de Rivera y a la república. Aunque muchos autores le hayan tildado de desleal a la república,  lo cierto es que no se rebeló contra ella, como sí se rebelaron casi todos los políticos, incluido Azaña, y algunos militares como Sanjurjo. Franco aceptó con disciplina las órdenes de los gobiernos, defendió la legalidad en octubre de 1934 y solo se  sublevó cuando ya la legalidad republicana estaba arrasada. Si ese arrasamiento no hubiera ocurrido, quizá hoy solo supieran de Franco los especialistas en la campaña de Marruecos. Fueron circunstancias ajenas a él las que le empujaron a sublevarse y convertirse en Caudillo, mientras que el Duce y el Führer, subversivos desde el principio, trabajaron sin tregua por crear las circunstancias que les llevaran al poder.

   Mussolini tenía un estilo teatral, grandilocuente, incluso en el trato directo.  El estilo hitleriano era mucho más violento y agresivo. Nada más lejos, en ambos casos, del de Franco. El carácter de este podría quedar descrito, en parte, por dos embajadores, el británico Samuel Hoare y el useño Carlton Hayes. El primero le cobró inmediata antipatía (probablemente recíproca): “Su voz era muy distinta de los incontrolados y desapacibles gritos de Hitler o de los modulados y teatrales bajos de Mussolini. Era la voz de un médico de cabecera, con buenos modales (…) Me llevó a pensar cómo pudo llegar a ser el joven y brillante oficial en Marruecos y luego el comandante en jefe de una salvaje guerra civil”. Hoare, a quien exasperaban la voz y la calma de Franco,  tasó a este de “personalidad nada impresionante” y “de origen judío” (no se han encontrado antecedentes judíos en su árbol genealógico);  aunque admitía en él alguna posible cualidad difícil de percibir, que explicase su extraordinaria carrera. En agosto de 1943, cuando el curso de la guerra giraba contra Alemania, Hoare creyó oportuno conminar al Caudillo, sin mucho éxito: “Este hombre que tenía ante mí era, sin embargo, el dictador de España, a seiscientos kilómetros de su capital en plena crisis europea; sentado en la calma de su confortable salón, tan dispuesto a hablar de la próxima cosecha, del tiempo que hacía o de las perspectivas de la estación para los cazadores, como de los tremendos acontecimientos que tenían lugar en el mundo cada día (…). Y las duras verdades que yo a propósito le dirigí, lejos de provocarle reacción alguna, morían entre algodones”.  Hayes lo describe con mayor simpatía:”Físicamente no era tan gordo ni tan bajo como querían presentarlo y tampoco hacía nada por pavonearse.  Desde el punto de vista espiritual me  pareció no tener nada  de torpe ni ser un poseído de su persona, ante se me reveló como dotado de una inteligencia clara y despierta y de un notable poder de decisión y cautela,  así como de  un vivo y espontáneo sentido del humor. Rió fácil y naturalmente, como no puedo imaginarme que lo hiciesen Hitler o Mussolini más que en la intimidad”.

    Los tres  se consideraban a sí mismos “hombres de destino”.  Casi todas las actitudes de Hitler  demostraban una voluntad inflexible, una energía casi feroz  y una fe sin fisuras en la imagen del pueblo alemán que él mismo se había forjado. Al servicio de esa  imagen dedicó su vida, al extremo de prescindir casi de relaciones femeninas;  no tuvo descendencia  y solo se casó con su amante Eva Braun al final de la vida de ambos. En cuanto a Mussolini, no parece arbitrario percibir una inseguridad de fondo bajo sus  gestos  aparatosos, aunque compartiese con el alemán su convicción de estar predestinado a la gloria propia y de su país. Al revés que Hitler, a veces opinaba con ironía sobre el pueblo italiano, y con acritud sobre la ideología nazi. Su devoción ideológica  no le llevó a prescindir de compañía femenina, o a limitarla: se casó, tuvo numerosas aventuras extraconyugales  y dejó hijos de distintas mujeres. En Franco hallamos de nuevo diferencias de fondo. No tan obsesionado como Hitler ni  promiscuo como Mussolini, se casó, tuvo una hija y no se le conocen infidelidades.  Su actuación política parece dominada por un férreo sentido del deber, que le hacía referirse a los tiempos anteriores a la guerra con la significativa expresión “Cuando yo era persona”, es decir, cuando podía obrar con libertad.      

    Aunque los dictadores alemán e italiano no eran propiamente militares, amaban el estilo militar y podían llamarse adecuadamente militaristas (Mussolini en un plano más bien retórico); pero el adjetivo no cuadra bien al militar Franco. Él nunca pretendió militarizar la sociedad, y  salvo en momentos especiales no dedicó al ejército grandes presupuestos. Ni sueldos.   

   Los tres llegaron al poder bajo la presión de amenazas marxistas, pero hay gran distancia en el modo de alcanzarlo. Mussolini y Hitler sostuvieron unos años de lucha política subrayada por cierta violencia y finalmente accedieron al gobierno de forma pacífica y conforme a las normas demoliberales, aunque después las trastocasen por completo. Franco nunca participó en agitaciones políticas y alcanzó el poder  tras una dura y azarosa guerra civil. El italiano y el alemán crearon sus propios partidos e ideologías, con los que procuraron monopolizar el estado, mientras que el español unificó partidos preexistentes en el Movimiento Nacional, al cual solo otorgó parcelas del poder. Aquellos necesitaban y estimulaban la agitación de masas y los grandes espectáculos políticos,  métodos que el Caudillo utilizó poco.

  Disfrutaron los tres dictadores de una popularidad dirigida, pero indudable. El fascismo proporcionó a Italia  estabilidad y cierta prosperidad, después de los tumultos anteriores, y sus mayores enemigos fueron los comunistas; por ello Mussolini pudo recibir elogios encendidos de personas tan diferentes como Churchill o Gandhi. Los éxitos económicos hitlerianos, apoyados en una política autárquica, fueron aún más espectaculares en solo seis años, mientras la depresión hacía estragos en casi todo el resto del mundo. Aparte de la economía, la popularidad de ambos dictadores descansó en dos pilares: haber acabado con la inestabilidad social y las luchas de partidos, y haber devuelto el orgullo –hasta una extrema arrogancia en el caso alemán—a unos pueblos antes desmoralizados. El propio Churchill deseó alguna vez para Inglaterra, en caso de derrota, un líder tan indomable como Hitler, que la sacara del abatimiento. El Caudillo, en los años 40, no podía exhibir otra baza que haber vencido a la revolución, pero esperaba aplicar –en parte haciendo de necesidad virtud— la economía autárquica que tan bien parecía funcionar en Alemania.   

   Elemento diferenciador muy relevante fue el religioso. Hitler y Mussolini aceptaban las iglesias, católica o protestantes, como algo con lo era inevitable contar, pero no se identificaban con ellas. Los fascismos, con su fondo panteísta o  paganoide, incluso ateo, armonizaban mal con el cristianismo. Franco, en cambio, era católico devoto, hasta el punto de que en sus escasas notas sobre la guerra civil atribuye el mérito más a la providencia que a sus medidas. Y, como hemos visto, calificó a su régimen de católico. Aunque se sintiera unido políticamente a quienes le habían ayudado contra los rojos, los tonos acristianos o anticristianos del fascismo le alejaban de este.

   Los dictadores  italiano y alemán se consideraban pensadores originales. Sus doctrinas han sido tildadas de incoherentes, pero todos los pensamientos políticos lo son en mayor o menor grado. Los dos se regían por principios  generales  que permitían cierta flexibilidad y contradicción: concedían máximo valor a la personalidad del líder y a las élites, teorizadas por Pareto en el caso italiano: la desigualdad en las sociedades es natural, por lo que debe establecerse una jerarquía que impida a las masas menos cultas y preparadas imponer sus criterios.  Franco nunca se tuvo por intelectual y, como queda dicho, su orientación podía definirse como patriótica-católica deseosa de  devolver a España las virtudes que habían engendrado su siglo de oro.

   El hitlerismo se fundaba en el racismo, interpretando la teoría de Darwin y la filosofía de Nietzsche. El racismo influía mucho en Occidente como explicación  “científica” de la superioridad cultural, económica y militar adquirida por la raza blanca en los últimos siglos. La evolución humana derivaba de la lucha racial, un imperativo biológico al cual debían servir los valores intelectuales y morales, para asegurar el triunfo de los pueblos superiores, arios o germánicos. En esa pugna esencial no cabían valores “falsos” como una compasión que favoreciese a los inferiores, destinados por ley natural a sucumbir o a la servidumbre. Hitler soñaba con conquistar para Alemania un magno “espacio vital” (lebensraum) a costa de Rusia y otros países eslavos poblados por “infrahombres”. Los hebreos  constituían el enemigo más artero y peligroso, corruptor de las virtudes arias y minador de su fuerza. Los nazis los hostigaron para obligarles a emigrar  (a Palestina, a veces de acuerdo con los sionistas, o a otros lugares como Madagascar). A partir de 1942-43, Hitler  decidió su exterminio, achacando a sus intrigas la actitud beligerante de Inglaterra y posterior de Usa. Desde luego, ni Mussolini ni Franco, dirigentes de países culturalmente latinos y poco arios racialmente, compartían tales ideas

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El fracaso cultural del franquismo

Blog I: Israel tiene derecho a defenderse … y a defendernos: http://www.gaceta.es/pio-moa/israel-derecho-defenderse-defendernos-10082014-2109

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Hace tiempo escribí este artículo en el blog de Gaceta.

Al ganar la guerra contra la revolución y el separatismo, los vencedores se propusieron elaborar un fundamento intelectual del nuevo régimen que demostrase su superioridad sobre el liberalismo y el comunismo; y al mismo tiempo impulsar una cultura nueva, contra la intensa denigración y falsificación de la historia de España realizada por izquierdas, separatistas y regneracionistas. Contra los “gárrulos sofistas”, como los llamó Menéndez Pelayo. La cultura española debía tomar nuevos rumbos, una renacida creatividad que enraizase en el Siglo de Oro y tuviese proyección mundial (así concebían muchos la idea de “imperio”, tan invocada por entonces). El balance de ambas aspiraciones, visto en perspectiva, es más bien de fracaso. Como señaló Serrano Súñer, el Instituto de Estudios Políticos, creado para dar fundamentación intelectual al régimen, no llegó a cumplir su misión, aunque entre tanto produjo bastantes obras valiosas. Y con el empeño cultural ocurrió algo semejante. Lo cual contrasta fuertemente con el extrordinario éxito del franquismo en los terrenos político  y militar, en los cuales derrotó una y otra vez a todos sus peligrosos enemigos; así como en el económico, sin comparación con antes o después.

La cuestión cultural tiene especial relevancia, y al mencionar su fracaso no me refiero a la situación general. Desde luego, en aquellos años el analfabetismo fue desapareciendo, se generalizó la enseñanza primaria, la enseñanza media y universitaria creció –ya en los años 40– muy por encima de la república, particularmente en el acceso femenino a las dos últimas. También puede sostenerse razonablemente que el pensamiento, la literatura, la música y otras manifestaciones artísticas, superaban cualitativamente a las actuales. Los antifranquistas –que nunca fueron demócratas—han solido recrearse en la idea de un imaginario “páramo cultural” de aquella época, cuando bien cabría adjudicar la expresión a la actualidad.

El fracaso aludido se ciñe a  la  creación de una cultura nueva sobre los valores más defendidos por el régimen: tradición y catolicismo (también monarquía). Menéndez Pelayo, uno de los intelectuales españoles más importantes y de mayor proyección exterior, sirvió de orientación general. Pero si bien su crítica histórica tenía gran valor, sus remedios resultaban más dudosos. Es una evidencia parcial que, en su edad heroica, España fue (entre bastantes cosas más) evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…. Hasta puede decirse que ésa es nuestra grandeza, aunque no exclusiva. Ya suena más improbable que  nuestra unidad dependiera de ello, porque imaginar en el siglo XX una labor evangelizadora semejante, ligada a la potencia militar y la colonización, resultaba más que irreal, inverosímil. Si bien cabe ensalzar aquellos hechos y encontrar en ellos inspiración, no es cierto que sin ellos España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vettones o de los reyes de taifas.

La unidad íntima y estricta entre España y el catolicismo no corresponde a la realidad, y por cierto, es una idea poco cristiana: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. España fue forjada culturalmente por la Roma pagana, y políticamente por el arriano Leovigildo. Y toda Europa, no solo España, fue cristiana, al menos hasta hace poco, y católica la parte occidental hasta la escisión de Lutero. Francia, considerada  hija predilecta de Roma (la sede del Papado, no la Roma antigua), guerreó abundantemente contra España; y la Iglesia pesó mucho para asegurar la secesión de Portugal impidiendocompletar la reconstrucción después de la invasión islámica. Como ha pesado en los separatismos del siglo XX. Sin contar que España no fue católica y monárquica solo en su época de esplendor, también en su profunda decadencia, cuando la aversión a las novedades anquilosó al país y a la misma Iglesia. Y en el franquismo,  declarado estado católico, la Iglesia  fue un factor importante, desde los años 60,  en el renacimiento de los separatismos.  No existe, pues, tal dependencia inexcusable entre unidad española y catolicismo, algo además difícil de sostener en el mundo de hoy. Ni siquiera la Iglesia lo sostiene.

Los retos del siglo XX eran otros. Podían ser abordados, y quizá debieran serlo, desde la (difícil) recuperación del espíritu de la mejor época del país, pero una cosa es desearlo y otra cumplirlo porque, al parecer, el espíritu sopla donde quiere. Hubo una cultura propiamente franquista nada desdeñable, en los años 40 sobre todo, como la poesía y narrativa falangista o la propiciada por el Opus Dei desde el CSIC, por ejemplo. Pero el régimen, nada totalitario, permitió desde el primer momento otras corrientes  ajenas a los ideales del régimen, como reseña Julián Marías. En 1944  ganó el primer Premio Nadal la novela de Carmen Laforet Nada que, desde luego, no liga con los cánones oficiales de la épocapor no  hablar de Cela, otro caso relevante  En cambio el impulso inicial propiamente franquista fue anquilosándose en esquemas explicativos simples, cuando no paranoicos,  en los que la masonería o el sionismo representaban el mal absoluto  escondido tras  los desastres del mundo. Según Laín Entralgo, la  vida intelectual en aquel régimen fue floreciente, pero se embrollaba al ensalzarla como opuesta al francuismo. Lo rechazaban muchos, a  menudo provenientes de la Falange u otros sectores del régimen; pero otros muchos se situaban simplemente al margen de él, y bastantes continuaban con su fervor inicial. Y aquí encontramos dos verdades: el franquismo apenas obstaculizó a los escritores e intelectuales  ajenos e incluso contrarios a su pensamiento y deseos: los permitió e incluso facilitó en el cine, la literatura y otras actividades. Y por otra parte, según  el franquismo se liberalizaba, numerosos  intelectuales y literatos se orientaban hacia ideologías totalitarias.  Aquel fracaso,  por  ello, no deja de tener cierta grandeza paradójica, y el antifranquismo terminaría dejando tra sí una estela de esterilidad, sobre todo desde la transición.

 

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Un programa político que yo defendería

Un programa que yo defendería

1.- Fortalecimiento de la unidad y soberanía nacionales: a) reconducción de las autonomías, limitando con claridad sus competencias y centralizando la enseñanza, la sanidad y la justicia.  b) Ilegalización de las terminales políticas de la ETA o de cualquier grupo político y atención particular al terrorismo y penetración islámica. c) Recuperación de soberanía ilegalmente cedida a la UE, con estudio de una posible salida del euro.  d) Supeditación de la permanencia en la  OTAN a la devolución de Gibraltar y protección de Ceuta y Melilla. e) Atención especial a la relación con Hispanoamérica, Usa y el Magreb

2.- Fortalecimiento de la democracia: a) Reforma de la ley electoral de forma que se cumpla la exigencia de “un hombre, un voto”. b) Autonomía  del poder judicial alejándola del control de los partidos. c) Elección directa del jefe de gobierno en votación nacional.  d) Penas severas para los delitos de corrupción. E) Derogación de la ley de memoria histórica.

3.- Fortalecimiento de la familia: a) Prohibición del aborto salvo en casos extremos. b) Derogación del matrimonio homosexual (sustituyéndolo por ley de parejas de hecho).  c)   Política activa contra la expansión de la droga y el alcoholismo y a favor de una mejor salud social. d) Promoción de una mayor natalidad para evitar el invierno demográfico.

4.- Fortalecimiento económico: a) Rebaja progresiva de impuestos.  b) Atención especial a  una enseñanza dirigida al conocimiento.  c) Promoción de la investigación científica y técnica y su relación con las empresas.  d) Promoción del espíritu empresarial y de las relaciones comerciales no solo con la UE sino con Hispanoamérica y el resto del mundo.

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Estos puntos no pueden aplicarse de modo automático, por medidas administrativas, sino que requieren amplias y tenaces campañas de explicación en una sociedad donde  muchas derivas desdichadas se han convertido en tópicos mal entendidos, pero creídos por muchas personas. Así, casi nadie percibe hoy por hoy que el peligro de disolución de España en una Unión Europea –confundida con “Europa”–  no es menor que el de la balcanización del país, y que incluso podrían combinarse. O bien: la salida del euro, donde entramos con una serie de engaños casi delictivos (nos “garantizaba” una prosperidad segura y sostenida) no puede decidirse sin un estudio serio sobre sus posibles consecuencias, ya que una vez en la trampa sería  difícil y costoso salir de ella. También es importante que el público conozca lo que es la UE, sus orígenes y la manera que ha evolucionado hasta estar dominada por una burocracia  cada vez menos democrática y respetuosa con las culturas nacionales.

Lo mismo ocurre con casi todos los demás puntos, algunos de los cuales estarían supeditados a estudios que nadie ha hecho (no hay un balance real de las experiencias autonómica, “europea”, en la OTAN, de la enseñanza, etc. Un partido que se planteara tales cosas debería dotarse de lo que podríamos llamar “taller de ideas”  (“Think tank”) que las matizara y les diera solidez intelectual. En cuanto a la economía, son hoy tan divergentes los análisis, explicaciones y propuestas de los expertos, que nadie puede afirmar  que tiene una solución precisa, o que cualquier mejora aparente no conducirá a nuevas “burbujas”. Sí puede afirmarse, no obstante, que contar con una población  culta, experta y prepadada, es condición imprescindible para sostener una economía más o menos floreciente. Por otra parte, la enseñanza no debe enfocarse exclusivamente a los resultados económicos, sino aun más a la adquisición o recuperación de unos valores actualmente tan en crisis como la economía misma.

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La filosofía y la aventura

 

Blog I. El triste fin de los líderes de la Transición (con motivo de Pujol): http://www.gaceta.es/pio-moa/triste-los-lideres-transicion-motivo-pujol-28072014-1359

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“Su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta” me ha gustado porque los personajes son atípicos y ya estoy harto del tipismo en la literatura española, para mí es un lastre que la vuelve aburrida, y como novela de aventuras también está entretenida. Pero yo diría que es una novela filosófica, una novela de pretensiones filosóficas y como tal una novela frustrada. Le pondré ejemplos: en muchos casos se trata de la consistencia de la realidad. El protagonista, en el Montjuic, al llegar la noche dice que ve cómo la realidad desaparece, como la realidad se transforma en otra cosa o algo así… ¡Pero ahí queda todo! La cuestión reaparece de otras formas. Cuando se preparan para asesinar a Companys, Alberto se pregunta sobre la realidad de la revolución, sobre su sentido o su destino  como una explosión telúrica o algo parecido,  con lo que cabrea a su amigo Paco y una vez más ahí queda todo. Más adelante, cuando encuentran el cadáver de Mercè, el protagonista mira el paisaje y se dice que el mismo ya no existe para Mercè (escribo de memoria, no tengo ahora el libro a mano, espero no confundirme). Es decir, la relación de la realidad y el que la ve o la vive. Y de nuevo… sin continuación. A ver: tiene un sueño en el tren que le lleva a Rusia: millones de personas se mueven por la voluntad de unas poquísimas aisladas en castillos o algo por el estilo, pero resulta que esas personas que mueven a millones de personas más tampoco tienen idea de por qué o hacia dónde van en realidad. De nuevo: ¿qué es la realidad? Pues nada, la reflexión se para ahí.  Luego en Rusia, cuando están a punto de encontrar el cadáver de la espía rusa, me parece que fue entonces, Contreras indica que las matemáticas describen la realidad porque su signo fundamental es el de igualdad: unas cosas son iguales a otras en determinadas proporciones y al final todo es igual a todo. La única salida es la de Paco: todo es igual a nada ¿Qué sentido tiene eso? Hay muchas otras cosas por el estilo, como cuando Paco, después del desastre que ha organizado afirma que siempre fue un idiota, cosa que no tenemos la impresión de que lo fuera, y uno piensa que la idea podía desarrollarse más sobre la realidad de la vida, la perspectiva y esas cosas. O como cuando Carmen le explica a Alberto que en la sociedad pugnan mil tendencias distintas que chocan y se neutralizan o no, y que la resultante nadie puede conocerla más que Dios, cosa que haría fútiles las grandes decisiones de Alberto, en concreto la de irse a Rusia… No quiero extenderme. Le repito que su novela me ha resultado entretenida, pero percibo bajo ella una pretensión de mayor fuste, que queda en nada, y por eso me ha defraudado un tanto” Antonio López Fdez.

R. Parece que usted quería un tratado de filosofía en lugar de una novela. Podríamos hablar largamente de ello, pero casualmente  Carlos López Díaz expresa el problema (con juicio muy favorable a la novela) mejor de lo que yo podría hacer ahora  en su reseña del libro: “Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión“.

Quizá tenga usted razón en que las reflexiones ocasionales de los personajes podrían extenderse más, pero comprenda que eso es muy peligroso en una obra de ficción, y es difícil mantener el equilibrio, lo mismo que entre la ficción y la historia en una novela histórica. Me ha satisfecho la opinión de otro lector, Miguel Ángel Fernández: Hasta el más paciente de los lectores se siente tentado a saltarse párrafos e incluso páginas de indiscutibles obras maestras, digresiones de Stendhal, reflexiones de Victor Hugo en medio de un apasionante relato, pero es casi imposible encontrar un párrafo inútil en Sonaron gritos. Es un monumento a la concisión.

Por otra parte, una novela falla, creo yo, si explica demasiado las cosas, si mantiene una tesis determinada. Las novelas de tesis son –para mi gusto– muy aburridas, aunque sean una gran corriente en la literatura occidental: los personajes convertidos en tesis ambulantes me resultan falsos. Siempre me parecieron superiores los griegos, en quienes nunca hay una conclusión precisa. Mi novela no defiende ninguna tesis, deja al lector la conclusión que prefiera, solo da apuntes generales y un curso de acción en el que subyacen concepciones más amplias, que no  precisan explicitarse. Dice usted que plantea la consistencia de la realidad, y  en parte así es. El protagonista, que es profesor de filosofía, podría haberse extendido sobre esa cuestión, pero es también hombre sobrio y prefiere no dar mucho la lata con problemas que sabe apasionantes, pero insolubles.

En fin, admito su crítica y siento que la novela le haya defraudado, pero me complace que otros lectores la vean con otros ojos. Después de todo, así es también la realidad, no se sabe bien si está  más en  nuestros ojos o fuera de ellos.

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