Uno de los personajes más odiados del siglo XX (y XXI), o la venganza de Stalin

Blog I: La Reconquista, siempre actual:http://www.gaceta.es/pio-moa/reconquista-presente-10062014-2104

**Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, días 24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

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   Combino aquí la introducción a Franco, un balance histórico con la de Franco para antifranquistas. Siento que tipográficamente quede algo chapuza, pero no sé cómo arreglarlo

No todo el mundo detestaba o detesta a Franco, claro está, pero quienes lo han detestado lo han hecho con una intensidad  nada común, y en ese sentido puede considerársele uno  de los personajes más odiados del siglo XX. 

    Cuando murió, el 20 de noviembre de 1975, el  Partido Comunista de España (reconstituido),  que pronto crearía el GRAPO,  difundió por todas las ciudades donde tenía militantes (Madrid, Barcelona, Cádiz, Sevilla, Vigo, Córdoba, Bilbao y algunas otras),  decenas de miles  de hojas con el célebre poema de Pablo Neruda El general Franco en los infiernos.  Recuerdo haberlo tirado en el metro de Madrid, regando los andenes desde la última puerta del convoy en marcha, mantenida entreabierta. Uno o dos camaradas se situaban de modo que la gente dentro del vagón no se percatara de la maniobra, y  quienes  volvían a llenar los andenes recogían los papeles. Los dirigentes no debíamos hacer aquellas cosas, pero a algunos nos proporcionaba una peculiar satisfacción, también por su cuota de riesgo. 

   Las maldiciones de Neruda a Franco eran tan retumbantes  que causaban perplejidad, y mucha gente se llevaba la hoja, seguramente para enseñarla a otros. Ningún panfleto agitativo de los muchísimos que tiramos a lo largo de años  tuvo tanta difusión, si bien, sospecho, más por curiosidad que por aquiescencia de la mayoría de sus lectores. Empieza así:  

            Desventurado, ni el fuego ni el vinagre caliente
            en un nido de brujas volcánicas, ni el hielo devorante,
            ni la tortuga pútrida que ladrando y llorando con voz de mujer muerta
            te escarbe la barriga…

    Le llama “estiércol de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra de traición que la sangre no borra”;  evoca “la santa leche de las madres de España” pisoteada, con sus senos, por los aullantes legionarios;  alude a “los niños descuartizados”,  a la salud, la “paz de herrerías”, la vida destrozada por el general;  y tras una larga serie de improperios y consideraciones sobre su infernal destino, concluye el vate:

 

             Solo  y maldito seas,
            
solo y despierto seas entre todos los muertos,
            
y que la sangre caiga en ti como la lluvia,
         
y que un agonizante río de ojos cortados
          
te resbale y recorra mirándote sin término.
 
   Los versos de Neruda respiran y quieren despertar en el lector un odio absoluto,  telúrico por así llamarlo, que da sentido a las figuras empleadas, a veces extravagantes. Odio cultivado también por muchos intelectuales durante decenios, tanto  en expresiones literarias como políticas. Muy conocido y recitado ha sido  el poema de León Felipe sobre las dos Españas,  que empieza: 

             Franco, tuya es la hacienda,

         la casa,

        el caballo 

       y la pistola…

  El general había  dejado a su adversario,  dice Felipe,  “desnudo y errante por el mundo”. Pero la España derrotada  se llevaba consigo la canción,  “la voz antigua de la tierra”, y dejaba a Franco, por ello, incapaz  para “recoger el trigo o  alimentar el fuego”.   Describe el poeta un poder tiránico impuesto por la pura violencia, productor de tristeza y miseria,  en versos de belleza y vigor poético no muy frecuentes en la poesía política. Su veracidad histórica ya es otro asunto. 

    Mencionaré, entre muchos otros ejemplos, el soneto de Antonio Machado donde, sin nombrarlo, pide para él la horca, quizá por suicidio:

              Que trepe a un pino en la alta cima

              y en él ahorcado, que su crimen vea,

         y el horror de su crimen le redima.

    En su misma muerte le acompañaron tales denuestos. Creo que los resumen perfectamente los versos que  su óbito inspiró al  conocido psiquiatra comunista o ex comunista Castilla del Pino, según  anota en sus memorias:

        Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?

        Pellejo vano entre sus ingles cuelga

        Que usó para mear certeramente

        Encima de sus muertos y sus tumbas

        Millonario en muertes…

 Y termina:

       “Nunca fue muerte por tantos tan deseada.

       Nunca fue muerte por tantos bendecida”

   Castilla del Pino hizo pocos años ha unas declaraciones  interesantes: “Gracias al odio, la humanidad ha progresado”; “Yo odio a Pinochet,  y a Franco lo he odiado durante cuarenta años”. Significativamente, no mencionó entre sus odiados a Stalin,  Pol Pot o Fidel Castro.

     En fin, las imprecaciones más  hirientes y cargadas de aborrecimiento han acompañado toda la carrera del Caudillo desde la guerra civil. Y le siguen acompañando, con sorprendente vitalidad,  cuarenta años después de su muerte, en forma de biografías, ensayos o alusiones de intención ultrajante; o de  numerosos libros sobre la represión franquista, represión de crueldad sólo comparable con el terror nazi, si hemos de dar crédito a esos escritos: se le  aplica incluso el término Holocausto.

    Su victoria militar está en el origen de todo ello, y las diatribas contra él  transmiten la impresión  de que esa victoria constituye un crimen gigantesco, inexpiable,  contra el pueblo español, contra la  libertad, la paz y el progreso, contra  la Historia.  Ahora bien, ¿a quién venció Franco, realmente? ¿a la democracia o a una revolución multiforme, aunque principalmente comunista?  De esto trataremos más adelante, pero evidentemente fue, en parte muy importante al menos,  una victoria sobre los comunistas, defendieran éstos la democracia o su  revolución peculiar, como muchos discuten.  Por ello no extraña que entre los imprecadores contra Franco  destaquen especialmente las izquierdas marxistas y los  políticos o intelectuales próximos a ellas. A este respecto los versos  de Neruda impresionan sobre los de cualquier otro, pero entenderlos bien exige leerlos al lado  de otro poema suyo no  menos célebre, la  Oda a Stalin, donde declara:    

             Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.
             Stalinianos. Es esta la jerarquía de nuestro tiempo.

   Stalin, predicaba Neruda, encarnaba los ideales de paz y progreso humanos, la esperanza de los oprimidos del mundo. Y por ello, al leer los dos poemas juntos, salta a la vista  la insensibilidad del poeta con respecto a las víctimas, en especial los niños,  cuyas imágenes usa para elevar al paroxismo la indignación contra la figura del general. Pues si realmente le indignaran a él tanto como sugiere, mucho más le habrían indignado las víctimas de todas las edades causadas por el stalinismo, en cantidad incomparablemente superior a las atribuibles a Franco.  Pero  las de Stalin no merecían a  Neruda una  simple alusión compasiva. Y no porque ignorase su existencia, pues sólo la ignoraba quien cerrase deliberadamente los ojos. Cuando, tres años después de la oda, Jruschof, sucesor de Stalin, admitió en su célebre informe una parte de los crímenes del déspota, no pillaba a nadie de nuevas, y menos todavía a los comunistas, que tanto  habían imitado, donde habían podido, los métodos del “padre de los pueblos”.  Jruschof reconocía simplemente algo de lo archisabido, y la trascendencia de su informe radica sólo en el carácter oficial del reconocimiento.

   No. Para Neruda las muertes hechas por los franquistas constituían asesinatos imperdonables porque  afectaban a personas de ideas “avanzadas”, comunistas muchas de ellas, aspirantes a una sociedad perfecta, sin explotación, sin injusticia social, sin opresión. Por el contrario Stalin mataba precisamente al tipo de criminales representados en el mismo Franco,  escoria irrecuperable de la humanidad, defensores de los horrores del capitalismo tanto en su forma de democracias burguesas como de regímenes autoritarios o  bien fascistas,  destinados todos ellos al “basurero de la historia”.   Stalin hizo fusilar,  entre otros, a muchos más comunistas que el Caudillo; pero cualquier orgulloso staliniano como Neruda sabía  que se trataba de falsos comunistas,  agentes del  imperialismo, fascistas disfrazados. 

   De ahí el valor simbólico, al margen de su  relación con los hechos,  de la recurrente imagen de los niños destrozados. No sólo busca exaltar la  indignación,  sino también  identificar a los comunistas y progresistas en general, sobre todo a los primeros,  personas de ideales puros, luchadores por un porvenir resplandeciente para la humanidad bajo regímenes como el del preclaro  Stalin: a ellos, como a los niños, estaba reservado el futuro.  Franco asesinaba a los niños y pisoteaba a  las parturientas, es decir, intentaba asesinar el porvenir en un intento criminalmente enloquecido y vano — apenas precisa decirlo–, de frenar la marcha ineluctable de la historia. Neruda,  el “staliniano que lleva este nombre con orgullo”,  lo  expresaba  con destreza poética.

    La historia ha circulado por otras vías  y quienes se atribuían  la posesión del futuro han fracasado  desastrosamente, pero nadie debería caer en una euforia precipitada y forzosamente banal.  Poco adelantaríamos sin una comprensión de  los esquemas mentales que llevan al stalinismo o al nazismo,  y ya saldrán otros poseedores del  futuro, porque está en la naturaleza humana la tentación de pensar y actuar de ese modo. 

    En todo caso encontramos una primera evidencia: Stalin y Franco representaban  formas mentales, morales y políticas opuestas: el primero el porvenir radiante, el segundo el pasado oprobioso.  Mirándola en su conjunto, Stalin tuvo una carrera  verdaderamente triunfal. A la hora de su muerte dirigía un inmenso imperio extendido por más de media Europa y  cerca de la mitad de Asia, y era el  venerado líder moral de   al menos un tercio de la humanidad donde existían regímenes  socialistas, así como de  millones de otras personas que luchaban por ese ideal en el seno de sociedades todavía burguesas. Y de tantos otros que sin luchar lo apoyaban o respetaban, aun si en su fuero interno sintieran poco entusiasmo por vivir en un sistema soviético, y prefirieran desarrollar sus carreras en las atroces  sociedades capitalistas.  

    Pero no todo habían sido éxitos, y Franco encarnaba, precisamente, uno de los pocos  fracasos graves de Stalin. Fracaso en un país quizá poco importante en los órdenes  demográfico o económico, aunque  bastante más en el orden estratégico,  en el cultural e histórico; y, sobre todo en el simbólico. Por algo la bibliografía de la guerra civil española – una  derrota de Stalin, entre otras cosas – ha sido tan enorme y sigue hoy en pleno auge. Reflejo a su vez de las pasiones que la acompañaron, más fuertes  que las asociadas a otros sucesos del siglo XX de mayores  consecuencias materiales.

   Evidentemente Stalin no tomó a la ligera la guerra de España, pese a las difíciles condiciones materiales para su intervención en ella. Mandó bastantes de sus mejores armas, y él  en persona se ocupó de orientar políticamente a las izquierdas españolas;  e hizo cumplir sus instrucciones a través del Partido Comunista español, cuyos jefes ponían a la URSS –patria del proletariado— por encima de  la propia España, y  sentían orgullo en obrar como agentes del Kremlin. Stalin no debió de encajar con buen ánimo su fracaso después de tanto esfuerzo, y muchos de los asesores enviados  por él a España sirvieron de chivo expiatorio, fusilados o desaparecidos oscuramente en el terror de la época.  Los supervivientes (Malinofski, Vóronof,  etc.), demostrarían pocos años después, luchando contra la Alemania nazi, que Stalin no había mandado a España personal de segunda categoría, sino a muchos de sus mejores elementos militares y policíacos.  Inútil decir que los fusilados, en su mayoría,  no lo fueron por baja calidad profesional, sino por “desviaciones” ideológicas” más o menos inventadas. 

 Sería exagerado imaginar un Stalin  obsesionado por la victoria de Franco, pues los inmensos triunfos de su carrera le compensaban ampliamente de aquel revés.  Con todo, seguía siendo una mancha negra en su expediente,  y el aplastamiento final de Alemania le ofreció una segunda oportunidad  para destruir  a un adversario detestado, a quien su propaganda había logrado identificar con Hitler y Mussolini. Fuera de España muy pocos, si alguno, dudó entonces de la pronta liquidación de Franco y   no pocos aspiraban a  verle seguir la suerte de Mussolini; dentro del país,  la perspectiva agrietó considerablemente al régimen. Aunque España no entraba en la  esfera de influencia soviética acordada con Churchill y Roosevelt, mantenía un gran interés para Stalin,  y éste hizo cuanto pudo por aislar al franquismo,  declarándolo apestado internacionalmente,  como primer paso para su derrocamiento.  El segundo paso consistió en el maquis, la guerrilla organizada por los comunistas a fin de reanudar la guerra civil,  provocar una intervención de las democracias e implantar un régimen, si no socialista, por lo menos muy avanzado.  Y sin embargo, asombrosamente,  también fracasó en esta intentona, segunda humillación que no pudo hacerle una gracia excesiva, aun contando con sus éxitos arrolladores en otros ámbitos. 

      Pasada la dura prueba, Franco, dictador a quien habían auxiliado Hitler y Mussolini,  iba a mantenerse en el poder,  a contracorriente no sólo de los comunistas sino de los regímenes democráticos anglosajones y europeos. Los cuales, si bien renuentes a intervenir en España, casi  nunca le obsequiaron con sentimientos mínimamente cordiales y ampararon diversas oposiciones a él.  Y así continuaría hasta 1975,  año de su muerte por causas naturales  tras una penosa agonía muy celebrada por muchos de sus enemigos,   y bastante similar a la de otro  dictador característico de la época, Tito, el comunista  yugoslavo disidente de Moscú. 

   Las mencionadas expresiones de odio tienen un toque peculiar viniendo, por lo común, de personas ateas. El tema rebasa los límites de este ensayo, pero vale la pena reparar en cómo Neruda sitúa a Franco en un infierno de eternos e indecibles tormentos  en el cual,  como buen stalinano, no podía creer.  Según su doctrina,  Franco, hiciera lo que hiciese, como el propio Stalin, como Hitler  o él mismo, estaban destinados a convertirse en carroña exactamente igual que todo el mundo, sin ninguna reparación o justicia  ulteriores, y por tanto sin ningún significado. Aun si cabía esperar que las generaciones venideras compartieran el odio de Neruda,  nada de ese odio podría afectar ya al Caudillo, vencedor hasta el fin, por mucho que le deseasen el imposible infierno.

Por el contrario, Franco era creyente católico,  al parecer bastante fervoroso y  convencido de la existencia de un cielo y un infierno. En alguna ocasión señaló que la vida sería absurda sin la consideración de un más allá. Pero en general no cultivó ni alentó expresiones de odio tan furiosas como las despertadas por él en sus contrarios, y su testamento político  se expresa en términos  ponderados, acaso por encontrarse ya a las puertas de la muerte. 

  Estaría muy lejos de la realidad pretender que toda la literatura  antifranquista viene del marxismo. La hay del más variado carácter y de enorme dureza,  desde la socialdemócrata a alguna democristiana o monárquica. Pero sí cabe señalar que la  más persistente, apasionada y dura ha sido la procedente del comunismo y sus aledaños, y que esta ha influido poderosamente sobre el resto en la elección y valoración de temas. Como fue comunista la oposición realmente sostenida y seria contra el régimen de Franco. No hubo demócratas en las cárceles del régimen por la sencilla razón de que no hubo una oposición democrática real.

   La situación actual viene definida por la ley de memoria histórica que pretende establecer desde el poder, como en los regímenes totalitarios, una determinada versión de la guerra civil y el franquismo. Versión ejemplificada en el célebre homenaje a Santiago Carrillo, el 16 de marzo de 2005. Diversos políticos, comunicadores, periodistas y otros personajes significados, hasta cuatrocientos, festejaron al líder comunista con motivo de su 90 cumpleaños. La figura principal y más representativa fue el presidente del gobierno Zapatero, que abrazó al viejo líder y lo calificó de “ejemplo”; “Esta es una mesa larga y unitaria”, dijo Ibarreche, político que no oculta  su ambición separatista, dirigente del PNV fundado por Sabino Arana, racista violento bien explícito en sus escritos. Ibarreche aseveró que él y toda la sociedad vasca aprecian a Carrillo por su trayectoria política. Asistieron al acto Herrero y Rodríguez de Miñón –premio Sabino Arana– , ministros de Zapatero, como la vicepresidenta Fernández de la Vega, junto con ex ministros y líderes autonómicos como el separatista catalán Jordi Pujol o el  socialista extremeño Rodríguez Ibarra, que calificó al festejado como “patriota que se sacrificó por la democracia”, o  J. Barrionuevo, relacionado con el terrorismo gubernamental de  Felipe González y encarcelado por ello; cantantes como Víctor Manuel, Ana Belén o Joaquín Sabina… El rey designado por Franco hizo llegar una misiva transmitiendo su respeto y amistad “fraguada durante muchos años” al anciano comunista que había afirmado: “La condena de muerte a Franco yo la firmaría”. Se da la circunstancia de que Carrillo fue también el responsable principal de la mayor masacre de prisioneros en Paracuellos, durante la guerra civil, y de otros numerosos homicidios, incluyendo  el de muchos miembros de su propio partido. 

   El festejo fue organizado por los periodistas María Antonia Iglesias, cristiana-socialista e Iñaki Gabilondo, inventor o difusor del bulo de los terroristas suicidas hallados en los trenes de la matanza del 11-m. No faltaron personajes de derecha y ex falangistas, como Rodolfo Martín Villa; ni Gregorio Peces-Barba, intelectual y político encargado por entonces de silenciar a las víctimas del terrorismo  a fin de facilitar  la política  del  gobierno socialista a favor de la ETA… El homenajeado recibió un libro de recortes de prensa con el título Noventa años de historia y vida. Y, en fin, la fiesta culminó, en medio de la noche, con la retirada de la estatua de Franco  del edificio madrileño de Nuevos Ministerios, donde permanecen las de Prieto y Largo Caballero, principales jefes de la guerra civil de 1934. El homenaje a Carrillo refleja en todos sus rasgos un carácter y una situación política.

  Vino a ser como una venganza post mortem de Stalin

 

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Moloch-Capricho, o el aborto como sacrificio humano

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

***Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, días 24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Blog I: El fracaso de la Restauración determinó el siglo XX español: http://www.gaceta.es/pio-moa/fracaso-restauracion-determino-siglo-xx-espanol-08062014-1213

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   Parece que en las religiones primitivas fueron corrientes los sacrificios humanos.  Entre los fenicios,  cananeos  y cartagineses,  el dios Moloch Baal era aplacado con el sacrificio de niños recién nacidos o no tan recién nacidos, que debían ser arrojados al fuego entre un gran ruido de timbales y trompetas para contrarrestar el llanto de las víctimas. Difícil concebir un espectáculo más de pesadilla.

   El mecanismo psicológico subyacente  es probablemente la consciencia del extraño destino humano: el hombre debe luchar y esforzarse por sobrevivir o por vivir bien, sin seguridad de tener éxito, por mucha energía e inteligencia que aplique a la tarea. Sabe, siente profundamente, que su destino está solo muy parcialmente decidido por su voluntad y perspicacia, que un éxito puede ser el prólogo de un fracaso, y que al final le espera la muerte. Hay, por tanto,  otras fuerzas, otros “espíritus” mucho más poderosos, capaces de trocar en desastre las empresas mejor concebidas racionalmente. Es necesario, por tanto, ganarse la benevolencia de esas fuerzas, de esos dioses, ofreciéndoles algo de lo más apreciable. Un primogénito, por ejemplo.  

   Una explicación antigua decía que Moloch representaba al fuego, símbolo de la luz, de la pureza espiritual, a quien el ser humano, también espíritu pero rebajado u oscurecido por su componente material, por la “caída en la materia”, debía ofrecer tales sacrificios para redimirse. Tema clásico  desarrollado por el gnosticismo, conducente a un ideal del suicidio de la sociedad, como entre los cátaros o como, con otras palabras, proponen hoy algunos intelectuales.

   Creo que existe cierto parecido interesante entre los sacrificios a Moloch y la  actual extensión del abortismo. También aquí encontramos el sacrificio de vidas humanas en medio de un ruido ensordecedor de sofismas y griterío: el mejor argumento contra el aborto son las fotografías y vídeos que exponen su realidad, pero los abortistas reaccionan apartando la vista y clamando “¡qué asco, qué mal gusto!”,  y no “¡qué crimen!”. Vale la pena contraponer los argumentos pro y contra. El  antiabortista se centra en el hecho de la vida humana, que ha de ser evidente para cualquier observador imparcial. El abortista-feminista  gira  en torno al derecho de la mujer a su propio cuerpo. La falacia de este último salta a la vista: no se trata de su propio cuerpo, sino de un cuerpo ajeno, de una vida nueva y distinta. El argumento remite a otro llamado derecho, el de la igualdad. El varón engendra, pero no concibe, lo cual parece al feminismo, de modo confesada o no, una desigualdad especialmente injusta. Tanto más injusta cuanto que en la idea feminista-hedonista de la vida, la sexualidad es meramente un modo de “pasarlo bien”, pero el “buen rato” puede terminar para la mujer en el embarazo, mientras que el varón se queda “tan fresco”. La misma obsesión por la igualdad provoca en el feminismo, como denunciaba Doris Lessing, la aversión a los hijos, que “esclavizarían” a las mujeres.  

El homosexualismo tiene mucho que ver con este modo de concebir las cosas: la relación homosexual evita el indeseable efecto del embarazo, el compromiso que supone la crianza de niños, y permite una vida con menos cargas, aparentemente más “libre y placentera”, más “lúdica”, como se decía hace poco. Pero la homosexualidad no puede volverse lo normal, como se pretende, pues acabaría con  la especie humana (cosa que algunos desean y predican, por cierto)  El “matrimonio” homosexual va en esa dirección. Claro que el instinto de la reproducción persiste, con mayor o menor fuerza, y hasta algunas parejas homosexuales claman por su “derecho” a adoptar niños, privando a estos de su derecho más elemental a ser criados por un padre y una madre.  Se trata de una cadena de confusiones deliberadas,  nacidas del supuesto derecho al propio cuerpo y a la concepción de la desigualdad natural como injusticia que la sociedad debe reparar. Tiene cierta semejanza con la “caída en la materia”, redimible mediante el sacrificio de vidas humanas.

   Aquí, claro, no parece haber ninguna divinidad receptora de tales sacrificios. Pero creo que sí hay una: la diosa Conveniencia y su vástago el diosecillo Capricho. Obsérvese otro sofisma del abortismo: “¿Y qué pasa –arguyen—si ha habido una violación? ¿O si el feto viene con tales malformaciones que le impidan una vida mínimamente normal? ¿O si la madre sufre peligro de muerte por el embarazo?”. Pero ¿se producen por esas causas los abortos? Solo una parte insignificante de ellos. La inmensa mayoría de estos sacrificios se ofrecen a la supuesta conveniencia, llevada hasta el capricho,  de la madre o del padre, reacios a asumir el compromiso de la crianza. Tanto más reacios cuanto que, en el clima feminista-hedonista predominante, la madre está muy insegura de que su relación con el padre vaya a durar mucho. Hay que divertirse, y en esas condiciones la crianza del niño no resulta muy divertida. El “derecho al propio cuerpo”, a la libertad sin responsabilidad, a la moral dictada por el dios Capricho, tan adorado hoy por los políticos como por la publicidad comercial, exige sus propias víctimas. 

 No es casual que feminismo, homosexualismo y abortismos vayan tan juntos. Y que definan tan bien la nueva ideología  de la UE. Solemos olvidar que no hace tantos años, “todo el mundo”  era más o menos socialista. Aquella ideología,con sus propios dioses, ha sido sustituida o ha evolucionado a esta otra. En fin, un tema muy amplio, la gran cuestión moral de nuestro tiempo, a la que suele dedicarse demasiado poco tiempo y demasiados tópicos.

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Borrell el sanguinario / La batalla decisiva de la SGM

Blog I:  Beevor, el día D y otras cuestiones: http://www.gaceta.es/pio-moa/beevor-dia-d-cuestiones-06062014-1333

***Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, problema clave actual de España: días 24, 25, 26 y 27 en Centro Riojano, Madrid 25. A las 19,30 horas. Inscripción, 60 euros.

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Hace diez años, con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, Borrell y otros socialistas hicieron declaraciones digamos pintorescas:

 Borrell, que, contra lo que algunos esperaban, se está mostrando como un habilidoso trilero de la política, y cuya relación con las corruptelas del PSOE debiera ser más destacada, porque la corrupción –intelectual y económica, la segunda efecto de la primera– no es meramente un episodio en la historia reciente del PSOE, sino un rasgo que ha acompañado a este partido prácticamente siempre, está demostrando su carácter sanguinario, un poco en la tradición de Negrín. Con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, acaba de acusar a Usa de no haber invadido España y haber dejado a Franco en el poder.

 Esto lo dice el mismo individuo, el mismo partido, que está saboteando los esfuerzos useños por liberar Irak y aplaude el gran triunfo facilitado a los terroristas con la retirada de las tropas españolas (favor por favor, pues antes los terroristas habían dado el triunfo a los sociatas). Esta contradicción descarada viene a ser una de las muchas manifestaciones de la corrupción intelectual de este partido, donde la ignorancia de la historia se ha convertido en una virtud esencial.

 Pero lo que constituye un auténtico crimen actual en relación con Irak –porque abandonar a la población iraquí en manos de los terroristas, los mismos terroristas en definitiva que causaron casi 200 muertos en España sólo se puede calificar de crimen­– no niega el mismo carácter a su propuesta para la España de 1944.

 ¿Qué habría supuesto la invasión de España por entonces? Para empezar, un nuevo río de sangre y la reavivación de la guerra civil. La invasión no habría sido tan fácil como resultó la de Irak, muchos miles de españoles, y también de useños, habrían caído, y a continuación se habrían desatado las venganzas y probablemente se habría reavivado la guerra civil. En la misma Francia liberada por Usa nadie pudo evitar, si es que lo quiso, una oleada de represalias, con un mínimo de 10.000 asesinatos en la sombra, muy posiblemente el doble, y a pesar de que la resistencia a los nazis había sido escasa. En España habría sido mucho peor, porque las izquierdas ansiaban la revancha. Y no sólo habrían asesinado a mansalva a las derechas, como lo habían hecho durante la guerra civil, sino que, también como durante la guerra civil, se habrían asesinado entre ellas. Anarquistas, comunistas, socialistas y republicanos se odiaban con verdadera saña, como suelen olvidar muchos “historiadores”, no digamos ya los políticos que parlotean de aquellos tiempos.

 Pero la nueva marea de sangre que, indudablemente, habría inundado España, no parece asustar a Borrell, quizá porque piensa que les habría tocado sufrirla a otros. También puede argüir que habría sido un sacrificio aceptable en pro de la democracia, como en Irak. Pero nuevamente falla. Por una de esas falsificaciones alucinantes, pero de circulación común, hija de la propaganda soviética, en España la democracia habría sido defendida por los comunistas, los socialistas, y los anarquistas, en unión con unos republicanos que habían intentado golpes de estado contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas. Y todos ellos bajo la tutela de Stalin, el gran padre de las libertades. Sólo exponer con claridad esta evidencia ya demuestra el absurdo de la pretensión. Pues bien, a toda esa gente no la habría convertido en demócrata, desde luego, el cambio de la tutela soviética por la tutela useña, a la que aspiran tan a destiempo. En rigor, fueron esos partidos los que planearon la guerra civil en 1934 y los que volvieron a provocarla en 1936. Y en 1944, después de perderla, no habían rectificado sus posturas básicas en lo más mínimo. Ellos habían hecho imposible la democracia en España para muchos años, y ellos habían traído a Franco, el último en sublevarse contra una república arruinada desde muy pronto por la demagogia y la violencia de las propias izquierdas.

 Pero hay otra razón por la que Franco resultaba una alternativa mucho más aceptable que ellos. En 1944 las mentes lúcidas ya preveían la lucha entre las democracias y el totalitarismo soviético, pese a la aparente luna de miel entre ambos. Franco se lo había advertido a Churchill, por entonces empeñado en no verlo. En esa contienda general, si había alguien en quien no podría confiar Usa era precisamente en el conglomerado de “demócratas” españoles perdedores de la guerra civil. Todos ellos habían demostrado su predisposición a amalgamarse entre sí al servicio de la política soviética. Algunos expertos en la manipulación histórica insisten en que antes de la guerra no existía en España el peligro comunista, porque el partido de ese nombre era pequeño. Cierto, pero dicho peligro venía del PSOE, que era prácticamente comunista y era muy grande: el partido principal de la izquierda.

 Hay, pues, muchas diferencias entre el Irak de ahora y la España de entonces. Usa lo va a tener muy difícil, si es que lo logra, democratizar Irak, pero ésta no es la principal razón de su intervención allí, pues, de serlo, Bush tendría que andar embarcado en una guerra perenne y desesperada contra las tiranías de todo el mundo, que superan en número a las democracias y predominan en la ONU, tan querida del PSOE cuando le conviene. Desde ese punto de vista, Sadam era un tirano como tantos, aun si muy sanguinario (eso para Borrell carece de importancia, seguramente). Su peligro radicaba en su carácter especialmente agresivo en una zona de vital interés para Occidente –no sólo para Usa–, una zona que es preciso estabilizar, y democratizar en lo posible, si no queremos sufrir muy graves consecuencias. En cambio, la España de 1944 iba a constituir, no una amenaza para Occidente, sino precisamente un aliado fiable en la lucha contra el enemigo absolutamente principal, el comunismo. Y ese papel de aliado fiable no lo podrían desempeñar entonces unos partidos como el PSOE, el partido que más directa y completamente había entregado el Frente Popular en manos de Stalin y que aún hoy tiende a culpar a Usa, y no a la URSS, por la guerra fría.

 Estas consideraciones nos llevan a otra: ¿ha cambiado el PSOE lo bastante desde aquella época? Ahí lo tenemos favoreciendo al terrorismo, abandonando a los iraquíes, reverenciando a Marruecos, de donde han venido los atentados del 11-M, y dando mil satisfacciones –partido generoso– a quienes negocian con la ETA. El PSOE ha vuelto a convertirse en un peligro para la democracia, dentro y fuera de España. Esta cruda pero insoslayable verdad no debiera ser perdida de vista en ningún momento.

 (En LD, 7-6-2004)

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La batalla decisiva de la II Guerra Mundial

 Franco, alarmado, expuso a Londres que el conflicto constaba de dos guerras: la del este, contra el comunismo, en la que España participaba, y la del oeste, entre las potencias anglosajonas y Alemania, en la que España era neutral. La respuesta inglesa, el 19 de febrero, negaba la doble guerra, y afirmaba que el futuro sería determinado por la armonía entre Londres, Washington y Moscú, y que el Imperio Británico desempeñaría un gran papel. A esa apreciación poco realista replicó el ministro español de Exteriores, Jordana: “El factor determinante que ha transformado hasta el presente la situación de los aliados en la guerra ha sido la presión ejercida por Rusia. Si los acontecimientos continúan desarrollándose como hasta ahora, es Rusia quien penetrará en territorio alemán. (…) ¿Queda alguien en el centro de Europa, en ese mosaico de países sin consistencia y sin unidad, sangrados además por la guerra y la dominación extranjera, que pudiera contener las ambiciones de Stalin? Ciertamente no hay nadie”. Por tanto recomendaba, no la rendición incondicional de Alemania, sino algún plan que permitiera a ésta actuar de valladar frente a la URSS. El embajador británico, S. Hoare, reafirmó el optimismo de su país, en particular que “Gran Bretaña será la potencia militar más fuerte de Europa”.

Este intercambio refleja las expectativas del momento. La batalla de Stalingrado, casi decidida cuando Churchill y Roosevelt hablaban en Casablanca, influyó en la decisión de rendición incondicional
, al abrir la posibilidad de una completa derrota nazi. Pero por el momento la decisión no pasaba de ser una frase, de la que Stalin desconfiaba. Éste insistía en la apertura de un segundo frente por Francia. Churchill oponía que intentarlo sin preparación adecuada conduciría al fracaso, y añadía patéticamente: “No entiendo qué beneficio puede sacar Moscú de una derrota de los aliados”. Eso no impresionaba a los soviéticos, que sufrían una guerra atroz, mientras en occidente Hitler sólo disponía de 60 divisiones incompletas, peor dotadas y con soldados más viejos y menos bregados que en Rusia.

En 1943 los anglosajones dominaban el aire y el mar, y disponían de una enorme masa de tropas frescas. El respeto que, con tal ventaja, mostraban al enemigo, le parecía a Stalin muy exagerado y le hacía sospechar que aguardaban a que Rusia y Alemania se agotasen, para resolver la guerra a su favor, con la mayor ganancia y el menor sacrificio.

Por otra parte, la victoria de Stalingrado resultó menos decisiva de lo aparente. Su principal consecuencia estratégica, como explica Manstein, consistió en abrir a los soviéticos la vía para copar a todo el Grupo de Ejércitos Sur alemán, desplegado en un inmenso saliente hasta el Cáucaso, y aplastarlo contra el mar Negro. Con ese designio, apenas caída Stalingrado, en febrero, los rusos irrumpieron hacia el suroeste, por la retaguardia del citado Grupo Sur. De lograr su intento, las líneas alemanas sufrirían un gigantesco desgarrón de imposible sutura, la guerra se habría resuelto en poco tiempo y nadie habría podido impedir lo que Franco temía. En este sentido Stalingrado pudo haber sido, en efecto, el hecho decisivo de la guerra. Sin embargo, pese a su terrible derrota, los alemanes lograron replegarse con bastante orden, y a mediados de marzo habían recobrado la importante ciudad de Járkof e infligido serios reveses a sus enemigos.

Por tanto, aunque Hitler ya no podía pensar en vencer a la URSS, la excepcional pericia de sus generales le permitía esperar extenuarla mediante contraofensivas parciales, hasta quedar en tablas y obtener, quizá, una paz negociada. El mando alemán calculaba en once millones las bajas enemigas, entre muertos, prisioneros y heridos irrecuperables. Aun si esas cifras exageraban, el tremendo desgaste era real, y si continuaba y se contenía el empuje soviético, se haría muy difícil el segundo frente, y por tanto la rendición incondicional. De ahí la presión desesperada de Stalin para que sus aliados redoblasen sus esfuerzos.

En aquellos meses los alemanes tuvieron, en efecto, la ocasión de destruir gran parte del potencial ofensivo soviético en un gran saliente de su frente, en torno a Kursk, extendido entre el Grupo de Ejércitos Centro (Kluge) y el Grupo Sur (Manstein). Manstein urgía a atacar en mayo, aprovechando la desorganización de los soviéticos luego de sus derrotas posteriores a Stalingrado, pero la operación se demoró hasta julio, cuando la URSS volvía a hallarse en plenitud de fuerzas. Además, Moscú conocía, por el espionaje, los planes nazis, y diseñó una batalla defensiva para frenar y desgastar a sus adversarios, y pasar rápidamente a la contraofensiva. Según sus cifras oficiales, los rusos prepararon 10.000 kms de trincheras y fortificaciones en profundidad de hasta 300 kilómetros, 20.000 piezas de artillería y morteros (doble que sus enemigos), 3.600 tanques y 2.800 aviones, en lo cual superaban ampliamente a los alemanes. Por cada kilómetro de frente dispusieron 1.500 minas antitanque. A las órdenes de Rokosovski, Vatutin y Koniev concentraron 1.300.000 soldados frente a los 900.000 que calculaban a los alemanes. Sabedor del momento exacto del inicio de la operación alemana, bautizada Ciudadela
, el mando soviético desató, en las horas previas, una tempestad de artillería y ataques aéreos, que perturbó las maniobras de agrupamiento alemanas.

El 5 de julio comenzó la Operación Ciudadela
, con los mayores combates de carros de la guerra. La progresión alemana se hizo muy lenta y encarnizada, sobre todo en el sector norte. En el sur, Manstein informaba el día 13 haber logrado rebasar las defensas enemigas y salir a campo libre, donde se disponía a batir sus reservas. Pero para entonces Hitler había resuelto desistir del costosísimo intento.

Kursk sí tuvo efectos realmente decisivos. Los alemanes no volvieron a recobrar la iniciativa y tuvieron que retroceder a grandes saltos. Los soviéticos, cuyos mandos estaban ya a la altura de los contrarios, llegaron a realizar una verdadera guerra relámpago
en algunos sectores. Habían demostrado ser capaces de vencer a los alemanes en toda la línea, aunque a un exorbitante precio en sangre. La batalla tuvo también efectos decisivos en otro sentido: sus consecuencias militares descartaban la idea de que la URSS se agotara, y por el contrario, podía terminar “liberando” al continente entero, como había advertido Franco. Ello impuso el Segundo Frente por Francia, y con la máxima energía, como una necesidad perentoria para los aliados occidentales. Téngase en cuenta que el frente abierto en Italia el 10 de julio contra escasas tropas alemanas, progresó con lentitud, y el jefe alemán en la península, Kesselring, observó que “las condiciones eran tan favorables para los aliados como insignificantes sus verdaderos éxitos”.

¿Cuál era la intención anglosajona? ¿Creían realmente en la armonía con Rusia, o, como sospechaba Stalin, buscaban desangrarla? Es difícil resolverlo, probablemente las dos opciones pesaron, y quizá su postura no fue tan ingenua como suele decirse. Cuando se critican las concesiones occidentales en Yalta, conviene recordar que el ejército soviético era entonces imbatible para cualquier posible enemigo —salvo, después de la caída de Berlín, con armas atómicas. Los occidentales cedieron porque difícilmente podían hacer otra cosa, ya que la derrota de Hitler se produjo en lo fundamental, en la URSS. En todo caso la historia pasó como si los aliados occidentales hubieran reaccionado, quizá algo tardíamente, a las victorias soviéticas. Hablando en términos muy globales, la verdadera significación del desembarco en Normandía consistió en salvar a parte de Europa de la liberación
soviética, más que de la opresión nazi.

Y aun después, las tropas useñas quedaron como garantía frente a las apetencias de Stalin, la parte no comunistizada de Alemania tuvo que ser reconstruida como un bastión antisoviético, y Gran Bretaña pasó a una posición secundaria en el concierto mundial, mientras su imperio entraba en un proceso de descomposición.

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Salman Rushdie: un fanático perseguido por fanáticos

Blog I: La historia fantástica de El País y Reig Tapia: http://www.gaceta.es/pio-moa/historia-fantastica-pais-reig-tapia-05062014-2117

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 Un fanático perseguido por fanáticos

Salman Rushdie escribió hace años unos textos burlescos y despreciativos sobre el islam. Los clérigos islámicos pudieron replicar con el mismo tono o con argumentos, pero eligieron condenarlo a muerte e incitar a su asesinato. Una reacción tan brutal y desproporcionada revela el carácter fanático de tales clérigos pero lo más significativo es que en el mundo musulmán se han alzado poquísimas voces protestando contra la tropelía, lo cual revela la extensión del fanatismo en ese ámbito.

Ahora, dentro de su campaña permanente contra la Iglesia, El País ha publicado un artículo de Salman Rushdie, pontificando sobre la religión de la forma más simplona y, a su vez, fanática. Rushdie no dice que le persiguen unos clérigos, ni siquiera una religión, sino “la religión”, en general. Y no sólo a él: “la religión nos persigue a todos”. ¿Quiénes son esos “todos”? En los países musulmanes la religión no persigue a casi nadie, porque casi todos los habitantes profesan esa fe. ¿Acaso por ello, por no sentirse perseguidos, dejan de ser “alguien”, dejan de ser personas esos creyentes? Los fanáticos suelen empezar por negar la condición humana a quienes discrepan de ellos, como hace implícitamente Rushdie.

Y en los países occidentales el islam ocasiona constantes problemas y amenazas, pero es todavía demasiado débil para erigirse en perseguidor de “todos”. Obviamente, aquí no se refiere Rushdie al Islam, sino al cristianismo, del cual denuncia y mezcla alegremente las guerras de religión francesas, el “nacionalcatolicismo del dictador español Franco”, la guerra civil inglesa o los disturbios irlandeses. Finura de análisis.

Escribe Rushdie, como si fuera un argumento definitivo: “Para quienes crecimos en India en el periodo que siguió a los disturbios de la Partición de 1946-1947, tras la creación de los Estados independientes de India y Pakistán, la sombra de aquellas matanzas sigue siendo una espantosa advertencia de lo que los hombres son capaces de hacer en nombre de Dios”. Las matanzas de la India y Pakistán se harían invocando a Dios, pero seguramente también a la Nación, y a las ideologías progresistas y antiimperialistas de la época, en nombre de las cuales el subcontinente indio se independizó de Gran Bretaña. ¿Por qué no carga Rushdie la sangre a la cuenta de esos ideales y sí al de Dios? Los hombres cometen barbaridades invocando a Dios, a la libertad, la igualdad y la fraternidad juntas o por separado, y prácticamente cualquier ideal sirve al respecto. Pero el ideal no queda necesariamente descalificado porque algunos o muchos lo empleen como cobertura del crimen.

Y ya que menciona el “nacionalcatolicismo” español, no fue éste sino gente de ideas parecidas a las de Rushdie las que planearon la guerra civil y el exterminio del clero y los creyentes, y no estuvieron lejos de lograr su objetivo. De hecho, las mayores matanzas y tiranías del siglo XX, tanto en países europeos muy civilizados como en los más atrasados, se inspiraron en ideologías ateas o, en general, antirreligiosas. El ateo Rushdie podría dedicar un rato a pensar sobre el fenómeno, muy digno de reflexión.

Con magnífico espíritu de tirano, el perseguido novelista dogmatiza que las religiones deben ser recluidas al ámbito privado “al que pertenecen, como tantas otras cosas que son aceptables en privado y entre adultos dueños de su voluntad, pero inaceptables en medio de la plaza del pueblo”. Perfecto. Pero resulta que muchos millones de adultos tan dueños de su voluntad como el novelista piensan de otra manera. ¿Qué harán los rushdies para forzarles a un comportamiento que no desean y que siempre fue aceptado como normal? ¿Quemarán las iglesias y catedrales que tanto les incomodan en medio de la plaza del pueblo? ¿Perseguirán a quienes prediquen su religión…? Bueno, en España, Francia, Rusia y otros lugares ya se ha hecho la prueba, acompañándola de abundante derramamiento de sangre, que no parece perturbar la elevada ética de este fanático perseguido por otros fanáticos.

En su simplicidad lindante con la simpleza, el escritor muestra gran preocupación ante el hecho de que la población useña se declare mayoritariamente creyente. Él prefiere la situación europea, donde sólo el 21% de la gente se declara religiosa… según ciertas encuestas. Y cita elogiosamente a Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, para quien “el choque entre los creyentes y los no creyentes será un aspecto dominante de las relaciones entre Estados Unidos y Europa en años venideros”. La atea Europa desea chocar con la creyente Usa, al parecer. También podría meditar el fanático Rushdie sobre la casualidad de que sean los creyentes useños quienes plantan cara al fanatismo islámico, defienden la democracia en el mundo y salvaron la libertad en la descreída Europa. Los Delors europeos siempre se han encontrado muy a gusto con las tiranías del Tercer Mundo y se han desentendido de sus crímenes, como en su tiempo se desentendieron de los de Stalin, por poner algún ejemplo significativo. El fanatismo es simple, poco útil ante la complejidad de la vida.

 (en LD, 9-5-2005)

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Paz, libertad, estabilidad y progreso

Blog I: Franco y la monarquía: http://www.gaceta.es/pio-moa/franco-monarquia-03062014-1956 

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Ha dicho Juan Carlos que su reinado se ha caracterizado por la paz, la libertad, la estabilidad y el progreso. Parece como si antes de él España sufriera de inestabilidad, quizá guerra,  falta de libertad y  atraso. Pero el aserto requiere algunas matizaciones.

   En primer lugar, la paz le ha venido dada, es la paz resultante de la derrota de la revolución y el separatismo en 1939. Y puesto que su monarquía viene también de Franco, de una decisión de Franco, no habría sobrado alguna alusión al respecto. Aunque se comprende que no resultara conveniente en las circunstancias actuales de falsificación oficial de la historia, por él consentida. Hay además un elemento de esa paz que no puede ser pasado por alto: el enorme terrorismo, incomparablemente mayor que en la época franquista.

   Por lo que se refiere al progreso, también partía de un progreso muy notable en el franquismo, si hablamos de economía. Tan notable que entonces España tenía prácticamente pleno empleo, apenas deuda pública  y una renta per capita equivalente al 80% de la media de los países ricos de Europa y con un grado de igualdad social (peso de los salarios en el conjunto del PIB) también muy notable. Hoy, la renta en comparación con los países más ricos ha descendido siete u ocho puntos, y el índice de igualdad social más de diez. En todo este tiempo, la economía ha crecido, pero no de un modo estable como antes, sino a saltos, con numerosas crisis y un alto índice de desempleo permanente. Hasta llegar a la situación actual, con cinco o seis millones de parados, el PIB probablemente falsificado y una deuda pública y privada simplemente impagable. Estos son hechos, no retórica.

   Claro que por progreso se pueden entender muchas cosas. Así, el enorme número de abortos, de fracasos matrimoniales y familiares,  la violencia doméstica, la elevada población penal (cinco veces superior a la del franquismo), el elevado fracaso escolar, la expansión de la droga y el alcoholismo, el homosexualismo, etc.  ¿pueden ser calificados de progreso? Los autodenominados progresistas así lo verán, sin duda, pues esos fenómenos provienen directamente de sus prédicas. Pero  seguramente pueden verse con otras perspectivas.

   Lo mismo cabe decir de la estabilidad: ¿es estabilidad un proceso de disgregación de nacional comenzado ya en la transición y que no ha hecho más que progresar (ahí si ha habido “progreso”), aliado con el terrorismo? ¿Es estabilidad el socavamiento del estado de derecho para premiar al terrorismo separatista? ¿Es estabilidad la creciente mediatización de la justicia y de los medios de masas?

  Y, en fin, hablemos de libertad. Como sabemos, debe distinguirse entre libertad política y personal. Hoy hay más libertad política que antaño, sin duda. Pero hay menos libertad personal desde el momento en que los poderes políticos se meten más en la vida de las personas, pretendiendo reglamentarla, que en tiempos de Franco. Esto me parece una evidencia. Y la democracia resultante está llena de taras que no voy a enumerar ahora.  Pero sobre la libertad política también debemos decir alguna cosa. Lo normal y deseable habría sido que esa libertad condujera a más libertad personal, más estabilidad y mayor progreso, cuando ha ocurrido, en general, lo contrario. Decir que podemos elegir a nuestros representantes es en gran parte falso. Podemos votarlos, pero luego hacen lo que mejor les parece. Y ese “lo que mejor les parece” ha conducido a la gravísima multicrisis que padecemos. Hay que decir que ninguno de los responsables del desaguisado parece tener el menor sentimiento de culpa o responsabilidad por lo ocurrido. ¿Se les puede llamar nuestros representantes?

     Alguna “analista” irrisoria ha dicho que Juan Carlos es el mejor rey de la historia de España. Esto revela algo peor que incultura: revela simple necedad. Aunque es cierto que no ha habido mejor rey que él desde 1975. Ahora se va en un mal momento, con los viejos demonios vencidos en 1939 otra vez desatados. Ha sido un reinado lamentable, aunque tampoco se trata de hacer sangre inútilmente. Solo de reconocer la realidad y buscar el mejor modo de salir del atasco, evitando retóricas vanas

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En caseta 307 (esfera de los libros) de la Feria del libro: “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Una reseña: http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/05/sonaron-gritos-y-golpes-la-puerta-de.html … … …

En la caseta 307 (Esfera de los Libros) puede adquirir “Nueva historia de #España“, mi libro más importante: http://libros.fnac.es/a632502/Pio-Moa-Nueva-historia-de-Espana … … …

Asimismo en caseta 307: “Años de hierro”: http://www.esferalibros.com/libro/anos-de-hierro/ … … …

Igualmente en caseta 307 de “La esfera de los libros” tendrán la reedición de “Los mitos de la Guerra Civil”, nunca rebatido

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