La hispanofobia como clave histórico-política

Blog I: La telebasura y los embustes de Tario /Desertar de la verdad: http://www.gaceta.es/pio-moa/telebasura-los-embustes-tario-desertar-03042014-1909

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   La hispanofobia, la aversión a España, a su pasado, el desprecio a su cultura, es una vieja tradición con dos asientos: la Leyenda Negra desde países extranjeros históricamente rivales de España,  y la asunción de la misma por muchos españoles,  vanidosos de imaginarse así por encima de sus compatriotas y ancestros. Esto último está muy arraigado en una intelectualidad mediocre, sobre todo en el siglo XX y lo que va de este. Acaba de publicar Iván Vélez un interesante estudio sobre la Leyenda Negra en Ediciones Encuentro, y por mi parte la he tratado largamente en Nueva historia de España y en España contra España.

   Aunque siempre existió una hispanofobia en cierto sentido saludable, por cuanto moderaba la tendencia contraria a la patriotería retórica, también muy extendida, es a partir del “desastre” del 98 cuando se hace hegemónica. Motivó entonces la justa diatriba de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” dedicados a denigrar todo lo que España hizo de importante en el pasado. Podría suponerse que las altivas descalificaciones hacia España  se debían a una superioridad intelectual o moral de los descalificadores, pero nunca fue así. Los gárrulos sofistas incluían a personajes de talla en otros campos, como Ortega y Gasset, los cuales no vacilaron en aliarse o hacer el juego a las corrientes más devastadoras  para España y la libertad. En esa hispanofobia yace una clave profunda de las perturbaciones españolas del siglo XX. La república fue concebida por Azaña, su principal ideólogo –o el único que emitió cierto grado de teorización sobre ella–, como un programa de demolición de las tradiciones españolas en general y católicas en particular.

   Había en esa hispanofobia una indignación hasta cierto punto justificada  por el atraso que sufría España en comparación con las grandes potencias de de Europa occidental, Inglaterra, Alemania y sobre todo Francia, a las que identificaban como “Europa”, sin más. Pero el análisis de las causas de ese atraso era tan simple, inadecuado y falto de estudio real como su beata admiración hacia una “Europa”, de la que entendían muy poco y sobre la que no produjeron ni siquiera un libro de viajes interesante. Eran, en fin,  gárrulos y osados sofistas. Y me viene a la cabeza una observación de Vernon Walters sobre Franco:  no era “ excitable y charlatán”  como tantos españoles.

   Precisamente fue en el franquismo  cuando volvió a cultivarse la autoestima y el patriotismo  español, se rescataron sus símbolos y se encomió su historia –es lo de menos si a veces  predominaba la retórica, cosa inevitable–, y  el país defendió su soberanía y mantuvo una política independiente. No asombrará que la reacción hispanófoba del posfranquismo se vistiera de un antifranquismo chillón. Este ha sido y es el principal disfraz de la hispanofobia en la actualidad.  Moralmente, solo podrían declararse antifranquistas los que habían combatido a Franco, esto es, los comunistas y terroristas. El  antifranquismo de los demás, que habían prosperado y a menudo medrado o trepado en la misma administración del régimen, solo puede catalogarse como farsa y fraude. Pero se ha extendido de modo inverosímil, revelando una verdadera enfermedad social. Y a todos esos antifranquistas de pacotilla no les importa retratarse, como tales, al lado de totalitarios, asesinos y genocidas. El espectáculo es sencillamente alucinante.

  Hay varios rasgos definitorios del la hispanofobia  de hoy, junto con el antifranquismo: un europeísmo beato e ignorante (nuestros políticos, y mucha gente, son los más europeístas del continente y los más ignorantes sobre Europa, como pasaba después del 98). Están perfectamente dispuestos  a disolver a España en “Europa”, como llaman a la UE, a regalar “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas, como si la soberanía fuese una finca particular de ellos. Otro rasgo, asociado a ese, es el profundo e ignorante desprecio por la cultura hispana, hasta hacerse inconsciente, manifiesto en la indiferencia hacia el desplazamiento del español como lengua de cultura y en una anglomanía que en algunas regiones ha llevado a estudiar el inglés no como idioma extranjero, sino en plan bilingüe, como si fuera cooficial; y como idioma superior, ya que se presenta como el de la ciencia, los negocios, la música… prácticamente como la lengua de la cultura. Esta anglomanía es una de las peores muestras del páramo cultural en que ha sumido a España la “cultura” de la mentira histórica. Un tercer rasgo –hay muchos más—consiste en cierta complicidad con el terrorismo etarra (después de todo, este sí que fue realmente antifranquista, además de radicalmente hispanófobo)  y con el separatismo: cuando tantos políticos y periodistas especulan sobre la posibilidad de la secesión de Cataluña, van creando el clima para hacer potible tal secesión. En la misma tendencia encontramos otros fenómenos como la islamofilia y las facilidades de todo tipo para el asentamiento de musulmanes que, conviene no olvidarlo, siguen creyendo que Al Ándalus podría volver si Alá lo quiere, y por qué no había de quererlo. Al Islam le conviene la debilidad de España, y las tensiones separatistas le benefician  grandemente. Hay otros rasgos y tendencias más difusas y extendidas entre la población,  llevada a la inconsciencia de una “segunda infancia, parecida a la imbecilidad senil”, también denunciada por Menéndez Pelayo.

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Cómo Fontana y Fusi tergiversan la historia

Blog I: Las bases de la  política exterior española son falsas:http://www.gaceta.es/pio-moa/bases-politica-internacional-espanola-son-falsas-02042014-1942

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Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.

Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy… profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.

Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.

Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.

A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros que así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional.

 (En LD, 30-8-2005)

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Significado histórico del 1 de abril de 1939. Una comida con Gonzalo Anes

Blog I: Los misterios del 23-f:  http://www.gaceta.es/pio-moa/los-misterios-23-f-31032014-1122

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El 1 de abril de 1939 emitía el general Franco su celebérrimo y sobrio último parte de la guerra.  Había terminado la guerra civil española del siglo XX (otros muchos países europeos sufrieron guerras civiles, aunque el tópico del especial “cainismo español” no deja de ser repetido como una de esas bobadas que, según Azaña, arraigan más que las acacias).  Hoy es indudable para cualquier persona documentada que la contienda la iniciaron las izquierdas  casi en pleno en octubre de 1934, sublevándose contra la legalidad republicana impuesta por ellas mismas. No lograron su objetivo entonces, pero sí 16 meses más tarde, en las fraudulentas elecciones del Frente Popular. Y fue el derrumbe de esa legalidad la que causó en definitiva la reanudación de la guerra civil en julio del 36, cuando una masa de la población se negó a dejarse aplastar en una situación sin ley. No suele señalarse que la concepción de la ley por las izquierdas conduce a desfigurar esta para convertirla en instrumento de dominio arbitrario, en lugar de medio de armonización o equilibrio entre  los diversos intereses y diferencias sociales.

Las explicaciones más comunes de la Guerra de España hunden sus raíces en el marxismo,  tanto dentro como fuera de España. Lo he examinado muchas veces en autores muy varios, incluso de derechas. A esa corriente, hoy en retroceso, por más que siga hegemónica en cátedras y medios de masas,  le viene sustituyendo una versión sentimental-moralista, según la cual parece que de pronto a los españoles les dio por matarse entre sí, sin que viniera mucho a cuento.  Aunque suele culparse más al bando nacional, por haberse rebelado, y exculparse algo a los “republicanos”, que, aun con mil fallos, habrían defendido al menos la legalidad. En el seminario sobre la guerra civil me he extendido un poco sobre estos análisis, que en realidad no lo son.

Por ejemplo, el historiador García de Cortázar, próximo al PP, presentó hace unos años una serie del diario El Mundo sobre la guerra, una “historia de dos odios”, decía. Según él,  los franquistas inventaron el mito de la inevitabilidad del conflicto.  No recuerdo que los franquistas consideraran la contienda inevitable en ese estilo algo metafísico, y a Gil-Robles, autor del libro No fue posible la paz, pocos le llamarían franquista. Y con tal  planteamiento, leemos verdades como ésta: para evitar la guerra, “hubiera bastado con que un buen número de españoles no hubiese decidido resolver sus decepciones a cañonazos o revoluciones; hubiese bastado con que un buen número de españoles no hubiera considerado indigno convivir en la misma República y compartir el mismo país”. Nadie podrá objetar al aserto, empezando por Pero Grullo. Pero en el mundo real no hubo ese “buen número de españoles”, y quizá el historiador debiera buscar la causa, más bien que exhibir sus (fáciles)  buenos sentimientos. 

Y cuando  Cortázar amplifica sus especulaciones cae en la desvirtuación: “Hubiera bastado que los conspiradores militares se hubiesen mantenido fieles al juramento de lealtad a la República”. Pero si entendemos por república una legalidad democrática, el juramento carecía de valor en julio del 36, pues la república, agrietada por el asalto izquierdista de octubre del 34, se derrumbó desde las elecciones de febrero del 36, no democráticas. Fueron los  políticos  de izquierda quienes traicionaron su juramento o promesa de guardar y hacer guardar la ley, rebelándose primero, en 1934, contra un Gobierno legítimo,  e impulsando después un violento proceso revolucionario. ¿Puede un historiador  sustituir estos datos por  especulaciones “buenistas” ? Como cabe imaginar, de ahí solo pueden salir desvirtuaciones concatenadas, sobre las que no me extiendo aquí.

Peor lo hace Pedro J. Ramírez, para quien la guerra se produjo  entre canallas y sádicos sayones“, que habrían arrastrado contra su voluntad a “cientos de miles de hombres buenos y millones de familias que simplemente pasaban por allí“. Una lucha “entre pájaros y ratones”, explica metafóricamente, en la cual él  nunca habría participado por considerarse “murciélago”, es decir, por reunir rasgos de  ratón y de pájaro, cabe suponer que los más positivos de cada cual, no los de sayones y canallas. Sentado cómodamente en su despacho, ajeno a las tremendas tensiones de los años 30 y sin más esfuerzo físico o moral que deslizar los dedos sobre el teclado, don Pedro puede condenar a diestra y siniestra, excluyéndose generosamente a sí mismo y a quienes, con no menor generosidad, incluye en el catálogo de los “murciélagos”.  En pro de su tesis, Pedro J. cita a Juan Benet, que explica así las cosas“La República y el estado democrático quedaron pulverizados el 18 de julio por la acción conjunta y simultánea de dos revoluciones extremistas lanzadas contra él en un mismo día (…)”. Es decir, unos locos o canallas de un lado y otro decidieron un buen día, llevados de simple vesania, acabar con una república democrática… para entonces ya inexistente, por lo demás.  

   Esos murciélagos forman lo que se ha dado en llamar  “tercera España”, presentada como los individuos más lúcidos razonables y demócratas, en contraste con el brutal fanatismo de las otras dos. Pero esa versión, demasiado fácil para ser realmente moral, no se justifica. ¿Cómo gentes tan lúcidas no supieron impedir la catástrofe cuando tenían a su favor a millones de personas distintas de los “sayones y canallas”? ¿Cómo no alertaron a las buenas gentes de la amenaza? ¿O no se percataron de la marcha hacia el desastre?  Pues no, en efecto. No se enteraron, no quisieron o no supieron hacer nada práctico, y por ello sus quejas y acusaciones quedan en declamaciones retóricas a destiempo. En realidad, casi nadie “pasaba por allí” simplemente, sino que las tensiones y odios aquejaron a toda la sociedad española, y casi todo el mundo tomó partido. Algunos, esa “tercera España” o “murciélagos”,  prefirieron marginarse por razones muy varias, desde el mero instinto de conservación hasta la imposibilidad de hacer carrera en ningún bando, pasando por un rechazo a ambos, no necesariamente lúcido ni democrático.

En fin, de lo que se trata en definitiva, y es algo que queda oculto o difuminado la mayoría de las veces, es de saber qué defendía cada bando, una vez la caída de la legalidad imposibilitó la convivencia. Sin aclarar esta cuestión, el conflicto se convierte en galimatías. El Frente Popular y sus allegados, afirman aún hoy muchos, insultando a la inteligencia, defendía la democracia y la república: justamente había destruido la república y ninguno de sus partidos era democrático. Lo que representaba el Frente Popular era la revolución, o más propiamente, varias revoluciones opuestas entre sí: los separatistas buscaban disgregar a España (una revolución); los comunistas, socialistas y anarquistas, fuerzas predominantes, perseguían sus revoluciones respectivas; y los republicanos de izquierda, aliados con todos ellos y golpistas contra la república, perseguían algo parecido al PRI mejicano.  Y todos trataban de erradicar a la Iglesia y al catolicismo.

Los nacionales no eran demócratas ni lo pretendían. Se levantaron para defender la integridad de la nación española y la permanencia de su cultura cristiana. Estas dos cuestiones eran más básicas y permanentes que la democracia, un régimen inviable si varios de sus principales partidos aspiran a destruirla, como ocurrió en la república. Según las izquierdas, la defensa de la nación y de la religión eran solo pretextos para mantener una situación de atraso, miseria, oscurantismo y privilegio de unas castas dominantes. Pero están claras dos cosas: a) que la integridad nacional y el catolicismo corrían peligros gravísimos, como se encargaron de demostrar sangrientamente las izquierdas y el PNV. b) que el triunfo de los nacionales ha traído la época de mayor progreso económico y social para España en los últimos dos siglos, con el fin del hambre, del analfabetismo, la expansión de la enseñanza a todos los niveles, etc. Y con un alto grado de libertad personal, aunque más restringida la política, cada vez más liberalizada, no obstante, desde los años 60.

En breve resumen, este es el significado del 1 de abril: la victoria de quienes defendían la cultura cristiana y la integridad nacional, lo cual redundó en el período económica y socialmente más fructífero para España y en la paz más prolongada, que continúa, en al menos dos siglos. El franquismo no tuvo oposición democrática, no había demócratas en sus cárceles, sino comunistas y/o terroristas. Gracias a las condiciones creadas por él, fue posible la transición a una democracia no convulsa, al contrario de la republicana. Una democracia deformada y amenazada precisamente por quienes simpatizan con la “democracia” del Frente Popular. De ellos vienen el terrorismo, la corrupción desbocada, el ataque a la independencia judicial, los separatismos, el renacimiento de provocaciones y agresiones semejantes a los de los años 30, la falsificación sistemática del pasado, los graves índices de enfermedad social…

Dicen algunos que ocuparse de la guerra civil es de chiflados y que en todo caso no tiene importancia ni repercusión sobre el presente. Es exactamente al revés. Con motivo de este 75 aniversario de la guerra se ha reeditado, con algunas modificaciones, Los mitos de la Guerra Civil.  He tenido que corregir muy poco, pese a los once años transcurridos desde su publicación, porque ha superado todas las críticas en este tiempo. Por ello me  permito recomendarlo a quienes no lo hayan leído y sean conscientes de que “un pueblo que olvida su historia se condena a repetirla”, en frase de Santayana.

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Ha muerto Gonzalo Anes, un historiador importante. Lo conocí en una comida en la que también estaban Pedro Schwartz y otras personas del mundo de la historia o relacionadas con él. Se trataba de promocionar por diversos medios  mi libro  Nueva historia de España, que les había parecido excelente. Como una forma, también, de romper el boicot con que me obsequian las izquierdas en la universidad y similares, aunque ese boicot no me importa demasiado:  creo que con él se retrata esa gente y la que por cobardía moral o complicidad pasiva, le sigue la corriente. El hecho es que después todo quedó en nada, y no me preocupé de saber a qué presiones o maniobras respondía aquel silencio. Volví a verle en ocasión de una conferencia de Aquilino Duque sobre Menéndez Pelayo en la Academia de la Historia, y me dio la impresión de estar algo molesto. No le pregunté tampoco.  No soy quién para juzgar a un historiador desde luego importante, ya digo, de quien solo he oído hablar bien  y con quien he tenido muy poco trato. Solo el lamentable suceso de su fallecimiento me ha traído a la memoria aquel encuentro. Algo más: concluyó  el monumental diccionario biográfico que ha levantado la inquina de  unas izquierdas, como siempre afectas al Himalaya de falsedades de que hablaba Besteiro. Eso indica que la obra ha de tener grandes virtudes.

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La ruptura de la Constitución, o de aquellos polvos…

Viernes, 28 de marzo, a las 19,30, en Centro Riojano de Madrid, Serrano 25,  presentación de “Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia”

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Blog I: Los supuestos años perdidos del franquismo: http://www.gaceta.es/pio-moa/anos-perdidos-franquismo-27032014-1418

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(En LD, 4-XI-2005: De aquellos polvos…)

La ruptura de la Constitución

Lo ocurrido en el Congreso el 3 de noviembre ha sido ni más ni menos que la ruptura de la Constitución y, por tanto, del amplísimo consenso que ésta tuvo detrás y seguramente sigue teniendo. Es una ruptura fundamental, y caeríamos en una frivolidad suicida si nos negáramos a ver su alcance. Cierto que, por flaqueza de los gobiernos en la aplicación de la ley, la Constitución, y con ella la democracia, apenas ha regido en las Vascongadas, y sólo algo más en Cataluña. Pero tal situación, aunque dolorosa y cargada de peligro, podía considerarse llevadera en tanto no se extendiera al resto del país. La admisión en el Parlamento de un proyecto de estatuto indudablemente anticonstitucional marca la generalización del clima prevaleciente en aquellas dos regiones, arrojando muy oscuras sombras sobre el porvenir de España. Siempre en estrecha relación con el terrorismo.

La izquierda –no digamos los separatistas– vuelve a la tradición resentida por Azaña: “Lo que me ha dado un hachazo terrible, en lo más profundo de mi intimidad, es, con motivo de la guerra, haber descubierto la falta de solidaridad nacional. A muy pocos nos importa la idea nacional. Ni aun el peligro de la guerra ha servido de soldador. Al contrario: se ha aprovechado para que cada cual tire por su lado”. Si Azaña hubiera tenido un mínimo sentido autocrítico, habría notado que la idea nacional no podía calar debido a la imagen profundamente negativa de España y su historia que las izquierdas, y él mismo, habían difundido sin tregua. Hoy estamos en las mismas.

Cabría extenderse sobre el increíble cinismo con que los autores de esta fechoría histórica pretenden adormecer a la opinión pública, afirmando que no pasa nada, que no hay peligro ni debe crearse “alarmismo”, ni mucho menos “sembrar odio”, que la democracia es así, etc. Pero tampoco es hora de lamentaciones. Son los de siempre, los corruptos enterradores de Montesquieu ávidos de dinero público, antifranquistas de después de Franco y pesebristas por cuestión de principios. Y también acertó a describirlos Azaña: “Una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. El botín de estos amigachos es ya la propia España.

Se ha escrito que el país vuelve a quedar dividido en dos, porque más del 40% de los diputados, la parte más sana de las Cortes, votó contra la tropelía. En realidad, ese Parlamento no representa a la sociedad, pues sin duda la proporción de españoles partidarios de la Constitución y, por tanto opuestos al estatuto, suma una gran mayoría. Y a esa mayoría hay que recurrir urgentemente, explicándole cómo la ley que permite la convivencia en paz y libertad está siendo hundida, mediante actos consumados e intrigas, por los “jugadores de la política”, como los llamaba Zugazagoitia, por los demagogos dedicados a “envenenar la conciencia” del pueblo, en expresión de Besteiro.

¿Quién ha de contrarrestar a los demagogos? Hace poco Rajoy habló de movilizar a los cientos de miles de afiliados de su partido para explicar la situación a la opinión pública. Si tantas personas realizasen una campaña explicativa, bien orientada y organizada, neutralizarían las argucias de los faltos de una idea nacional, como decía Azaña, y su predominio en los medios de masas. Incluso la décima parte de esos afiliados, movilizada en serio, podría llegar al país entero y clarificar la actual atmósfera de confusión.

Pero aun si el PP fuera capaz de tanto, cosa dudosa, no bastaría. El peligro atañe a toda la sociedad, por encima de cualesquiera intereses de partido, y existe una gran masa de gente de tendencias izquierdistas, incluso nacionalistas, alarmada por las intrigas balcanizantes de los demagogos. Cada cual debe plantearse qué puede hacer, y hacerlo. Deben surgir asociaciones formales o informales para alertar a la sociedad antes de que sea tarde. Un ejemplo: este sábado el Foro de Ermua va a presentar un manifiesto en la Puerta del Sol de Madrid. Es preciso que llegue a todos los ciudadanos.

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Por qué el antifranquismo no pudo traer la democracia

 

  Si se pregunta al ciudadano corriente, sobre todo si es joven, sobre la transición, responda que esta fue obra del antifranquismo. Cosa lógica, pues ¿cómo podría salir la democracia de un régimen presentado por casi todos –también por gran parte de la derecha—como una dictadura siniestra y criminal, asimilada al fascismo o al nazismo? Naturalmente, esa pintura choca con el dato evidente de que los organizadores de la transición fueron un rey designado por el dictador (“asesino” o “genocida”, insisten muchos) y numerosos políticos que habían hecho su carrera política en aquel régimen nefando.  ¿Cómo conciliar una cosa con la otra? ¿Cabría pensar, por ejemplo, que los franquistas estaban muy asustados por la gran fuerza de sus enemigos, y que por ello decidieron a adelantarse antes de ser arrasados por la presión de un pueblo indignado y sediento de libertad? Pero ¿cómo iba el pueblo a aceptar semejante farsa? ¿Quizá por evitar violencias el pueblo y los antifranquistas se habrían mostrado  generosos con aquellos sinvergüenzas, ya que, al menos a última hora, se declaraban demócratas?  Así podría entenderse, posiblemente, el proceso.

   Sin embargo sabemos muy bien –aun si lo ignora la gran mayoría “informada” por la televisión y otros medios—que los antifranquistas tenían poca fuerza; que se opusieron con uñas y dientes a aquella transición, intentando incluso una huelga general; y que fracasaron. Sabemos  que el pueblo, supuestamente indignado con la farsa, votó muy masivamente la transición propugnada por jefes del Movimiento franquista. Es decir, el pueblo, por gran mayoría, hizo caso omiso de los llamamientos a una rupruta que enlazaría la democracia con el Frente Popular, y en cambio respaldó la llamada reforma de los franquistas, la evolución “de la ley a la ley”, que reconocía implícitamente la legitimidad de aquella dictadura supuestamente espantosa.

    Y sabemos — aunque la gran mayoría prefiera ignorarlo–, que el Frente Popular, compuesto por comunistas, socialistas revolucionarios, anarquistas, separatistas y golpistas varios—era precisamente lo más antidemocrático que había entonces en España. O sea, si la oposición a Franco quería una ruptura basada en la reivindicación del Frente Popular y una república convulsa, era porque dicha oposición tampoco tenía nada de democrática. Es preciso volver una y otra vez a la evidencia para entender algo en medio del galimatías en que se ha convertido la política y el análisis político en España.

   Y, en fin, ¿quiénes eran los antifranquistas? La única oposición real a  Franco desde 1939 a 1945 fue la comunista. El hecho de que el PCE empleara a menudo –vieja tradición en él– la invocación a “las libertades” y la “democracia” como cobertura táctica de sus aspiraciones totalitarias, no debiera engañar a nadie; pero ha engañado a bastantes que pasaban por inteligentes. Aparte del PCE, que solo renunció al terrorismo cuando este fue vencido,  salieron a última hora grupos terroristas como la ETA, el FRAP o el GRAPO. Otra evidencia: la oposición al franquismo fue esencialmente totalitaria y a menudo brutal, asesina. En las cárceles del régimen no había demócratas, solo unos centenares de comunistas y terroristas, básicamente.

  Y preguntará algún ingenuo: ¿dónde estaban los demócratas, entonces? Pues la inmensa mayoría de ellos, que no eran una gran masa, vivían y prosperaban perfectamente en aquella situación, muy a menudo como funcionarios en el propio aparato del régimen. Como todo el mundo, emitían quejas, desde luego, pero no sentían sus ideales tan castigados como para rebelarse. Muchos podían escribir en la prensa, harto más plural de lo que ahora se pretende, o publicar obras literarias, a veces con un mensaje contrario al régimen, incluso pro comunista, y podían recibir premios. Algunos, los más torpes, entraban en los montajes “unitarios” dirigidos por los comunistas.

   ¿Y el pueblo? ¿Acaso el pueblo no aspiraba a la libertad? Aquí debemos distinguir entre libertad política y libertad personal. Suelo citar a Solzhenitsin y a Kolakowski, que en sus impresiones de España ponían de relieve lo que Julián Marías señala ya en los años 40: en España había una gran libertad personal. Al revés que en los países totalitarios, el estado se metía poco en la vida de las personas, menos también,  seguramente, que ahora. Reprimía los ataques directos a Franco y no muchas cosas más. La literatura, el arte y gran parte de la prensa pudieron  desarrollarse, a pesar de cierta censura, al margen de cualquier directriz oficial, sobre todo desde mitad de los años 60 –y es significativo que conforme el régimen se liberalizaba, la oposición se volviera más radical y  violenta –. Los partidos estaban prohibidos, pero las distintas “familias” del régimen tenían cada una sus organizaciones y órganos de expresión no pocas veces enfrentados entre sí, y había otros órganos al margen de ellos. En fin, la mayoría del pueblo mostraba poco interés por unas libertades políticas de cuyas ventajas desconfiaba tras la experiencia de una república desastrosa, un Frente Popular de orientación totalitaria y una guerra civil. En cambio, percibía cómo se había librado de la guerra mundial y prosperaba en paz y con bastante orden.

   Para el último año de Franco, su régimen estaba agotado: carecía de relevo personal y, sobre todo, la Iglesia lo había dejado en el vacío al separarse de él: la transición era imprescindible. Pero solo podía hacerse a partir del franquismo. Si hubiera caído en manos de los antifranquistas habría sido un caos de salida muy incierta, peor que la de Portugal, tan próximo por entonces a la guerra civil.  Una gran desgracia para España ha sido la colusión  histórica entre izquierdas y separatistas, que volvió a cobrar auge cuando Suárez desnaturalizó la transición haciendo concesiones desmesuradas e innecesarias a tales fuerzas. Concesiones cuyo peligro vieron algunos entonces y hoy palpamos en sus consecuencias.

Otra evidencia: todos los peligros para la democracia en España tienen el sello antifranquista: el terrorismo, la oleada de corrupción comenzada imparablemente con el PSOE,  la corrosión y práctica eliminación de la separación de poderes, el empuje de los separatismos, la corrupción de los medios de masas… La izquierda y los separatistas no han acabado de democratizarse, ni siquiera de civilizarse, y por ello  hemos llegado a la actual situación.  

   Como venía a decir Cicerón, cuando la memoria se pierde, la gente se infantiliza y puede creer cualquier fábula, las fábulas que  tantos políticos y periodistas vienen contando sobre Suárez. Según Santayana, un pueblo que olvida su pasado se condena a repetirlo. A repetir lo peor de él.  

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Parece haber contradicción entre las creencias y su práctica, la práctica de las normas derivadas de ellas, pues casi nadie las cumple con rigor. Y sin embargo el arte, la literatura, la legislación…  se basan en creencias. Podríamos considerar estas al modo de la estrella polar, tan lejana y ajena, tan inalcanzable  y que, no obstante, facilita una orientación no muy precisa pero suficiente en este mundo.

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