Blog I: La telebasura y los embustes de Tario /Desertar de la verdad: http://www.gaceta.es/pio-moa/telebasura-los-embustes-tario-desertar-03042014-1909
**********************************
La hispanofobia, la aversión a España, a su pasado, el desprecio a su cultura, es una vieja tradición con dos asientos: la Leyenda Negra desde países extranjeros históricamente rivales de España, y la asunción de la misma por muchos españoles, vanidosos de imaginarse así por encima de sus compatriotas y ancestros. Esto último está muy arraigado en una intelectualidad mediocre, sobre todo en el siglo XX y lo que va de este. Acaba de publicar Iván Vélez un interesante estudio sobre la Leyenda Negra en Ediciones Encuentro, y por mi parte la he tratado largamente en Nueva historia de España y en España contra España.
Aunque siempre existió una hispanofobia en cierto sentido saludable, por cuanto moderaba la tendencia contraria a la patriotería retórica, también muy extendida, es a partir del “desastre” del 98 cuando se hace hegemónica. Motivó entonces la justa diatriba de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” dedicados a denigrar todo lo que España hizo de importante en el pasado. Podría suponerse que las altivas descalificaciones hacia España se debían a una superioridad intelectual o moral de los descalificadores, pero nunca fue así. Los gárrulos sofistas incluían a personajes de talla en otros campos, como Ortega y Gasset, los cuales no vacilaron en aliarse o hacer el juego a las corrientes más devastadoras para España y la libertad. En esa hispanofobia yace una clave profunda de las perturbaciones españolas del siglo XX. La república fue concebida por Azaña, su principal ideólogo –o el único que emitió cierto grado de teorización sobre ella–, como un programa de demolición de las tradiciones españolas en general y católicas en particular.
Había en esa hispanofobia una indignación hasta cierto punto justificada por el atraso que sufría España en comparación con las grandes potencias de de Europa occidental, Inglaterra, Alemania y sobre todo Francia, a las que identificaban como “Europa”, sin más. Pero el análisis de las causas de ese atraso era tan simple, inadecuado y falto de estudio real como su beata admiración hacia una “Europa”, de la que entendían muy poco y sobre la que no produjeron ni siquiera un libro de viajes interesante. Eran, en fin, gárrulos y osados sofistas. Y me viene a la cabeza una observación de Vernon Walters sobre Franco: no era “ excitable y charlatán” como tantos españoles.
Precisamente fue en el franquismo cuando volvió a cultivarse la autoestima y el patriotismo español, se rescataron sus símbolos y se encomió su historia –es lo de menos si a veces predominaba la retórica, cosa inevitable–, y el país defendió su soberanía y mantuvo una política independiente. No asombrará que la reacción hispanófoba del posfranquismo se vistiera de un antifranquismo chillón. Este ha sido y es el principal disfraz de la hispanofobia en la actualidad. Moralmente, solo podrían declararse antifranquistas los que habían combatido a Franco, esto es, los comunistas y terroristas. El antifranquismo de los demás, que habían prosperado y a menudo medrado o trepado en la misma administración del régimen, solo puede catalogarse como farsa y fraude. Pero se ha extendido de modo inverosímil, revelando una verdadera enfermedad social. Y a todos esos antifranquistas de pacotilla no les importa retratarse, como tales, al lado de totalitarios, asesinos y genocidas. El espectáculo es sencillamente alucinante.
Hay varios rasgos definitorios del la hispanofobia de hoy, junto con el antifranquismo: un europeísmo beato e ignorante (nuestros políticos, y mucha gente, son los más europeístas del continente y los más ignorantes sobre Europa, como pasaba después del 98). Están perfectamente dispuestos a disolver a España en “Europa”, como llaman a la UE, a regalar “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas, como si la soberanía fuese una finca particular de ellos. Otro rasgo, asociado a ese, es el profundo e ignorante desprecio por la cultura hispana, hasta hacerse inconsciente, manifiesto en la indiferencia hacia el desplazamiento del español como lengua de cultura y en una anglomanía que en algunas regiones ha llevado a estudiar el inglés no como idioma extranjero, sino en plan bilingüe, como si fuera cooficial; y como idioma superior, ya que se presenta como el de la ciencia, los negocios, la música… prácticamente como la lengua de la cultura. Esta anglomanía es una de las peores muestras del páramo cultural en que ha sumido a España la “cultura” de la mentira histórica. Un tercer rasgo –hay muchos más—consiste en cierta complicidad con el terrorismo etarra (después de todo, este sí que fue realmente antifranquista, además de radicalmente hispanófobo) y con el separatismo: cuando tantos políticos y periodistas especulan sobre la posibilidad de la secesión de Cataluña, van creando el clima para hacer potible tal secesión. En la misma tendencia encontramos otros fenómenos como la islamofilia y las facilidades de todo tipo para el asentamiento de musulmanes que, conviene no olvidarlo, siguen creyendo que Al Ándalus podría volver si Alá lo quiere, y por qué no había de quererlo. Al Islam le conviene la debilidad de España, y las tensiones separatistas le benefician grandemente. Hay otros rasgos y tendencias más difusas y extendidas entre la población, llevada a la inconsciencia de una “segunda infancia, parecida a la imbecilidad senil”, también denunciada por Menéndez Pelayo.
