“Los mitos de la Guerra Civil”, reeditados / Descrédito de la historiografía universitaria.

Blog I: memoria de una gesta española en el siglo XX: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/una-gesta-espanola-siglo-xx-20140210

***************************

Se ha reeditado Los mitos de la Guerra Civil con triple motivo: porque retiene todo su valor, cosa infrecuente, once años después de su publicación; porque coincide con el 75 aniversario del final de aquella guerra;  y porque es quizá el mejor antídoto contra la sistemática desvirtuación del pasado que solo con ironía puede llamarse “memoria histórica”.

   El libro tiene tres partes, una primera de semblanzas de los principales personajes de la república y sus concepciones políticas que abocaron al conflicto bélico; una segunda parte de ocupa de sucesos  emplemáticos de la guerra, como la “matanza de Badajoz”, Guernica, el Alcázar de Toledo, la persecución religiosa, el cruce del Estrecho,  la batalla de Madrid, etc. Una tercera parte aborda a los  máximos dirigentes (Negrín y Franco)  y la significación histórica de la guerra,  sobre la que todavía hay mucho que decir.

La nueva edición añade un prólogo que enmarca más claramente  el conflicto, y algunas modificaciones menores, la más importante quizá la fecha de la destrucción de la República, que en la edición anterior situaba en el 18 de julio del 36 y en este en las elecciones de febrero del mismo año, que marcaron el derrumbe de la legalidad republicana.

Como se recordará, el libro y una entrevista que me hizo Carlos Dávila en TVE2, suscitaron una inmensa furia en los medios  autodenominados progresistas, de izquierda y de derecha. Tusell, desde El País, clamó por una censura contra semejante “revisionismo”, y el diario la aplicó negándome el derecho de réplica. Los sindicatos UGT y CCOO hostigaron a Dávila en la televisión y acudieron a las Cortes para protestar del “desafuero”. Hubo incluso una campaña de la izquierda para meterme en la cárcel y “reeducarme”. Podría hacer un muy largo recuento de estas actitudes en Madrid y en gran parte de España, que revelan muy bien la autenticidad del talante democrático de nuestra lamentable izquierda. En la SER, Gabilondo y sus tertulianos pasaron días despotricando contra la obra, naturalmente sin llamarme a contestar,  hasta  que alguno recomendó, por más eficaz, la táctica del silencio. Y esa táctica fue ampliamente aplicada, y, curiosamente, más aún por la derecha próxima al PP que por la izquierda, que de vez en cuando me recordaba para lanzarme alguna descalificación. Todas estas cosas revelan la baja calidad de nuestra democracia, tan mal servida por unos medios y unos políticos que nunca supieron muy bien en qué consistía.  

 Lo peor, desde un punto de vista más académico, fue la contribución de numerosos historiadores. Stanley Payne, en una tradición de libertad y crítica intelectual, señaló:  “La obra de Moa es innovadora e introduce un  chorro de aire fresco  en una zona vital de la historiografía contemporánea española, anquilosada desde hace mucho tiempo en angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política determinante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática“. La razonable exhortación de Payne no fue atendida, desde luego, lo que dice mucho del los ambientes universitarios que han ido formándose en estos años. Numerosos historiadores lanzaron andanadas de descalificaciones contra mí, o adoptaron una irrisoria pose de enterados que no aceptaban el debate con alguien “inferior”, sin ser capaces en ningún momento de rebatir mis tesis.

   Y eso es lo más importante: frente a ataques a veces inverosímiles por lo extravagantes, la obra mantiene todo su valor, lo que justifica plenamente su reedición.  Un valor acrecentado por su utilidad frente a la totalitaria ley de memoria histórica, que, como en regímenes tipo castrista, intenta imponer  desde el poder una determinada versión de la historia. Una ley que amenaza a los investigadores independientes y convierte la falsificación del pasado en un negocio con dinero público, subvencionando y sobornando “investigaciones” fraudulentas.  Los mitos de la Guerra Civil tuvo en su momento una difusión extraordinaria. Después del escándalo de la “memoria histórica” sospecho que  se le opondrá un muro de silencio mediático, como viene ocurriendo con mis libros desde hace años.  Tendría el mayor interés que ayudasen a superarlo los interesados en una mayor clarificación del pasado, tan necesaria para el presente.

********************************

Un viejo artículo que sigue actual. Tusell y el descrédito de la historiografía universitaria: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-descredito-de-la-historiografia-universitaria-19604/

 

Creado en presente y pasado | 89 Comentarios

El moralismo español

Blog I:  Generación Rocko Alkates: http://www.intereconomia.com/blog/generacion-rocko-alikates-20140206
**************************************
El moralismo español
Los “ricos” españoles, y quienes les apoyaban (“los militares y los curas”, en cabeza) eran los más miserables, crueles, oscurantistas y chulos de todo el mundo, o por lo menos de toda Europa. Así sigue siendo la línea hegemónica en la historiografía “profesional” y “académica” sobre la guerra civil, espoleada desde fuera por los Preston, Jackson y compañía.
José María Pemán, uno de los teorizadores de la dictadura de Primo de Rivera, señalaba como rasgo característico de los españoles una acusada exigencia moral. Esto no sólo lo decía él, pues cita de Keyserling: “En lo ético, España se encuentra a la cabeza de la actual humanidad europea”. Y lo han apreciado otros muchos observadores, como se trasluce en la manera como Brenan analiza el anarquismo hispano (podría sostenerse que el anarquismo arraigó en España ante todo por su moralismo). Es también cierto que en la propaganda de las izquierdas —en menor medida, quizá, de las derechas— la apelación moral  surge con extraordinaria fuerza a cada instante. Como señala Pemán, “en otros países de Europa existe una mayor frialdad para separar lo utilizable de cada persona (su talento, su habilidad), de su fondo moral”; en España, “ni el talento ni la elocuencia, ni el acierto político bastaron nunca, al cabo, para hacer olvidar las claudicaciones éticas”. Aquí, por ejemplo, un tanto fundamental en la apreciación de los líderes políticos era la de su austeridad y limpieza moral.
En apariencia esto es buena cosa, si consideramos que el ser humano es ante todo un animal moral, antes que intelectual. Pero ya Ortega señaló cómo la popularidad de algunos políticos y teorizadores republicanos, creo que se refería a Pi y Margall, se asentaba en el prestigio de su personal sobriedad, y no, desde luego, en el fundamento de sus ideas, mediocres cuando no disparatadas. Así como innumerables estupideces ideológicas han colado en todas partes gracias a venir presentadas en un envoltorio de cursilería, en España el envoltorio preferido de la necedad ha sido la pretensión moral.
Ello, insisto, se ha dado de manera preferente en la izquierda, incluso en la comunista, para la cual, al revés que para la anarquista, la ética no pasaba de ser un aspecto accesorio, convencional, una espuma de la sociedad de clases. Pero su propaganda radicaba en la maldad, le bellaquería, la bajeza moral, en definitiva, atribuida al enemigo, más bien que en el análisis de la “explotación” o de las relaciones sociales.
Podríamos ver ahí una especie de superioridad moral de la izquierda. De hecho, en la mala conciencia y los complejos que muestra habitualmente la derecha se percibe el influjo de esa permanente acusación moral desde la izquierda, ante la que los acusados no han sabido replicar muchas veces, o se han batido a la defensiva. La ideología y política derechistas, coincidían incluso algunos conservadores, sólo expresaban los intereses de los “ricos”, y los ricos, en general, disfrutaban de unos bienes ganados indebidamente, por medio de la explotación y el expolio de los pobres. Las derechas resultan, por definición, ladronas y corruptas, y quienes, no siendo ricos, las apoyan, sólo revelan imbecilidad y abyecto servilismo ante la injusticia, o deseos de participar en el botín.
Pero si esos rasgos podían predicarse de las derechas en todo el mundo, cuando llegábamos a España empeoraban hasta los indecible. Los “ricos” españoles, y quienes les apoyaban (“los militares y los curas”, en cabeza) eran los más miserables, crueles, oscurantistas y chulos de todo el mundo, o por lo menos de toda Europa. Esta concepción arcaica sigue vigente en muchos ámbitos populares, y sus ecos resuenan con fuerza en episodios como la propaganda de Simancas en el reciente rifirrafe por la Comunidad de Madrid. Pero no sólo se “piensa” así en ambientes populares sino también, y aun diría que de preferencia, en los intelectuales. Así sigue siendo la línea hegemónica en la historiografía “profesional” y “académica” sobre la guerra civil, espoleada desde fuera por los Preston, Jackson y compañía.
Por cierto, la conducta de los potentados rara vez es ejemplar, y si no se le pusieran trabas legales tendería en general al abuso; también las observaciones de Cambó sobre la ruindad y ostentación vanidosa de los catalanes adinerados —extensibles al resto de España— tienen una gran parte de verdad. Pero eso no hace menos absurdos los juicios absolutos típicos de la izquierda, ni vuelve virtuosos a quienes los emiten.
Si miramos más de cerca ese moralismo español, enseguida le vemos unas cuantas fallas. Empieza por ser fundamentalmente negativo. Las diatribas feroces contra el enemigo carecen del equilibrio y de los matices que caracterizan un auténtico juicio moral. Los acusadores están predicando de sí mismos, implícitamente y por contraste, virtudes tan excelsas como viles serían los vicios denunciados, pero a menudo eso es secundario. El papel de esas diatribas suele ser más bien el de encubrir un deseo de agresión y una avidez extrema de esos bienes poseídos por otros con supuesta ilegitimidad. Durante la guerra civil, o en tiempos más recientes, pudo comprobarse cómo el comportamiento de aquellos virtuosos denunciadores de la maldad ajena imitaba, precisamente, los peores actos atribuidos —no siempre sin razón pero muchas veces sin ella—, a “los ricos”.

Por otra parte ese moralismo se extiende porque halaga la vanidad de cada individuo de sentirse el juez de los demás, especialmente de quienes, en el plano material o en otros, se encuentran por encima de él. Esta especie de envidia, ya se exprese positivamente como espíritu de superación, o negativamente como impulso destructivo hacia el prójimo más favorecido, o de simple pasividad rencorosa, parece constitucional en el ser humano, y será siempre una fuente de motivación para sus actos. Tengo la impresión de que el moralismo español, sobre todo en la izquierda, ha tendido más bien a despertar actitudes negativas.

 

No estoy muy seguro de que el impulso ético español sea más fuerte que el de otros pueblos —actualmente parece más bien lo contrario, basta mirar la televisión, por poner un ejemplo—, pero en todo caso sólo tendrá valor si pierde algo de la rudeza y negatividad que lo han acompañado, al menos en el siglo XX y ahora mismo.

(En La Ilustración Liberal, nº 18,  agosto de 2004)

Creado en presente y pasado | 166 Comentarios

La izquierda y la cultura

Blog I:  ¿Un estado fallido, el de las autonomías?
********************************
La identificación de la izquierda con la cultura ha sido uno de los clichés propagandísticos que más éxito han tenido ya desde mediados de los años 60. Según esa versión, el aspecto más característico de la república en su fase izquierdista habría sido su extraordinario florecimiento cultural y el intenso afán de sus gobernantes por elevar el nivel cultural de las masas. República de los profesores” se la ha llamado, para destacar su alto nivel intelectual combinado con una cierta ingenuidad política que le habría impedido actuar más decisivamente contra la “reacción”. Ésta, por contraste, representaba el oscurantismo, “la caverna”, y bien se vería durante la guerra civil, cuando la casi totalidad de los intelectuales habría optado por el bando izquierdista, debiendo luego exiliarse, al perder la guerra ante la fuerza bruta, quedando así España convertida en un “erial” o un “páramo” cultural.

Teniendo en cuenta que los hechos distan muchísimo de abonar tal estereotipo, su éxito es realmente asombroso. Durante la república hubo un notable florecimiento cultural, pero nada debía a aquel régimen, pues simplemente continuaba el que vivía España desde finales del siglo XIX. En la república coincidieron, en plena creatividad, las llamadas generaciones del 98, del 14 y del 27 (de la dictadura, podríamos decir). Otra cosa es que en amplios medios intelectuales -aunque no en todos, desde luego- la república fuera saludada con entusiasmo. Un entusiasmo que decayó rápidamente en los años siguientes.

La primera y temprana indicación sobre el concepto de cultura de los republicanos fue la llamada quema de conventos, que no fue sólo de conventos, como se dice, ocultando su vertiente directamente cultural, pues también fueron reducidas a cenizas varias de las bibliotecas más importantes de España, laboratorios, escuelas y trabajos de investigación muy valiosos, sin contar invalorables joyas del arte. El propio Vidarte, socialista y masón distinguido, cuenta cómo, con motivo de la insurrección de octubre del 34, aconsejó a algunos seguidores que no perdieran el tiempo en destruir magníficas obras artísticas, como habían hecho en 1931. Según todos los indicios, la oleada de incendios partió de los republicanos más exaltados del Ateneo de Madrid. Aparte de la conocida reacción de Azaña, debe subrayarse, además, que la izquierda en general se identificó implícitamente con las turbas de fanáticos autores de aquellos desmanes criminales, al atribuir éstos al “pueblo”. Pues las izquierdas se proclamaban, sin más averiguaciones, representantes privilegiadas del “pueblo”.

Y es cierto que una de las deficiencias de la Restauración había sido su escasa atención a la instrucción pública y que, en ese sentido, los republicanos hicieron un esfuerzo indudable. Pero ese esfuerzo tuvo tres graves limitaciones, pocas veces mencionadas: en primer lugar, los recursos dedicados a instrucción pública (577 millones de pesetas en el primer bienio), aunque mayores que antes, seguían siendo mediocres, manteniéndose proporcionalmente entre los más bajos de Europa, como señala S. Payne (se construyeron algo más de 5.000 escuelas no las 13.000 de la propaganda). Otro fallo fue la improvisación de miles de maestros mediante cursillos demasiado rápidos. Esos maestros eran a menudo menos expertos que politizados, y concebían su tarea como una especie de adoctrinamiento en sentido izquierdista. Un tercer error, producto del sectarismo, y que neutralizaba en buena medida los otros avances, fue la prohibición de la enseñanza a las órdenes religiosas, obstaculizando o cerrando centros de gran solera y prestigio, como el único centro español dedicado a la enseñanza de las ciencias económicas, en la universidad de Deusto. Con todo esto, está claro que la tan elogiada revolución cultural de la república no pasa de ser una entelequia. En cuanto al segundo bienio, de centro derecha, también tradicionalmente motejado de oscurantista, aumentó notablemente los presupuestos de enseñanza, que pasaron a 685 millones, y la construcción de escuelas continuó prácticamente al mismo ritmo.

Puede añadirse que durante la insurrección de octubre de 1934, principio real de la guerra civil, fue volada, entre otras obras de arte, una de las joyas europeas del románico, así como la valiosísima biblioteca de la universidad de Oviedo, o incendiado el palacio de Salazar, en Portugalete, que albergaba un verdadero museo de pinturas y una gran biblioteca.

Dejaré aquí de lado las terribles destrucciones y saqueos del patrimonio histórico y artístico español (bibliotecas, archivos, pinturas, esculturas, edificios…) durante la guerra, y señalaré, una vez más, la falsedad de que entonces la intelectualidad casi en pleno se volcase del lado del Frente Popular. En realidad, como en otros ámbitos, la intelectualidad se dividió prácticamente por la mitad. Merece la pena reseñar que los más destacados intelectuales catalanes y vascos (Pla, D´Ors, Valls Teberner, Unamuno, Maeztu, Baroja, etc.) se inclinaron por el bando de Franco, pero especialmente significativa fue la reacción de los “padres espirituales de la república”, así llamados por el peso de su opinión en la formación de la opinión pública republicana en 1930: Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala, Antonio Machado o Unamuno. Sólo Machado defendió al Frente Popular, llegando a elogiar la pistola de Líster por encima de su propia labor literaria. En cuanto a los demás, Marañón escribiría las palabras más acerbas contra los republicanos, a quienes trata de “cretinos criminales”, y de “bellacos”: “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España. Sin quererlo siento que estoy lleno de resquicios por donde me entra el odio, que nunca conocí”. Pérez de Ayala los trata de “desalmados mentecatos”, cuyo “crimen, cobardía y bajeza nunca hubiera podido imaginar”. Ortega fustigaba a los intelectuales extranjeros, que, ignorando todo o casi todo de España, se solidarizaban con el Frente Popular, desacreditando la función del pensamiento. Unamuno fulminó contra el bando izquierdista, y aunque con el paso de los meses tuvo su célebre enfrentamiento con los falangistas, mantuvo su condena frontal a aquél.

En cuanto al supuesto erial de la posguerra, otro tópico por el estilo, ha sido desmentido eficaz y repetidamente por Julián Marías y otros. No hubo tal páramo cultural, sino el empeño, bastante exitoso hasta hoy, de las izquierdas por ocultar y borrar la cultura de entonces, desde luego muy valiosa. Lo más llamativo es que la condena a la cultura de aquella época no se hace desde un apabullante florecimiento intelectual, sino desde la mediocridad más ramplona. Pero, gracias a la repetición y a un cierto griterío, el tópico ha terminado por imponerse en buena medida.

En la lamentable realidad, nadie ha incendiado más bibliotecas, más centros de cultura, más obras de arte, nadie ha destruido más patrimonio artístico e histórico español que esos partidos y grupos que se presentan como apóstoles de la cultura. Su balance es estremecedor, pero no impide que hablen alto y con autoridad, y acusando a los demás a troche y moche. ¡En qué país estamos!

 (La Ilustración liberal, nº 15, agosto 2003)
Creado en presente y pasado | 214 Comentarios

Once años de “Los mitos de la Guerra Civil”

Para el 11 de febrero estará en las librerías la edición 10º  aniversario de Los mitos de la Guerra Civil.  Pese al tiempo transcurrido y las furias desatadas contra el libro, permanece plenamente actual, sin haber sido rebatido en nada esencial. Creo que es el mejor argumentario contra la infame y totalitaria “ley de memoria histórica”. No viene mal, entonces, recordar esta conferencia que di en Rímini hace años:

http://www.ilustracionliberal.com/25/mito-y-mitos-de-la-guerra-civil-pio-moa.html

**************************

—————————————–

Anuncio

Seminario impartido por el historiador Pío Moa

LA GUERRA CIVIL SIGUE SIENDO LA GRAN ASIGNATURA HISTÓRICO-POLÍTICA PENDIENTE
Cinco sesiones:
1. Enfoques ideológicos de la guerra. Análisis crítico de las principales interpretaciones, desde las marxistas a las franquistas. Esencial para entender los modos diferentes como se juzgan los hechos en cada caso.

2. El proceso hacia la guerra ¿Qué ideales e intereses defendía cada bando? ¿Por qué el conflicto entre ellos no tuvo, finalmente, solución pacífica? Dos cuestiones singularmente oscurecidas en gran parte de la historiografía.

3. Esquema del desarrollo militar-político: ¿A qué problemas estratégicos y políticos se enfrentó cada bando? ¿Qué peso tuvo la intervención extranjera? ¿Pudo tener la guerra otro desenlace?

4. Heroísmos, crímenes y represiones. Examen de unas cuestiones que siguen envueltas mayoritariamente en la propaganda y generando pasiones políticas.

5. Consecuencias inmediatas y actuales de la guerra. Por qué el franquismo duró 41 años. Por qué llegó la democracia y cómo esta sigue muy condicionada por el modo de entender aquella contienda.

El seminario tendrá lugar los días 6, 7, 13, 14 y 21 de febrero, a las 19,30, en el Centro Riojano de Madrid, c/ Serrano 25, Madrid 28001, Tel. 915 764 852 y 915 766 766
Inscripción en el mismo centro: 60 euros.

Creado en presente y pasado | 210 Comentarios

Unión Soviética, comunismo y revolución en España

Blog I.  Fin de un ciclo histórico:  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/un-ciclo-historico-20140127

*****************************************

Unión Soviética, comunismo y  revolución en España

El libro, de Radosh y otros, España traicionada, dejó en evidencia —una vez más— la absurda falacia de convertir a Stalin en adalid de la “república” abandonada en cambio por las democracias reales. Aunque casi nadie osa hoy enaltecer a Stalin, ese discurso, de inspiración soviética, sigue manteniéndose por la mayor parte de los historiadores “progres” —a quienes bien podría denominarse neostalinianos— si bien sustituyendo la figura del tirano soviético por la de Negrín, que tras unas décadas de olvido ha vuelto a gozar de gran predicamento.

Negrín fue, indiscutiblemente, el hombre de Stalin, valedor de la estrategia soviética que prolongó una guerra perdida, aumentando innecesariamente las víctimas y que, no contento con esto, pretendía resistir hasta meter a España en la guerra mundial, lo cual hubiera multiplicado por dos o tres las víctimas ya muy numerosas del enfrentamiento civil. Tales designios, siguiendo en esto a Alcalá-Zamora, a Azaña y al sentido común, sólo cabe calificarlos de funestos por no decir criminales, y sin embargo resultan muy del gusto de la historiografía “progresista”, tan escandalizada en cambio por las víctimas del franquismo.
Cuando salió el libro citado, que con documentos secretos soviéticos destruye buena parte del montaje historiográfico neoestalinista, creí que los historiadores de esa tendencia, hoy predominantes incluso en publicaciones de derechas, se verían en serios aprietos para digerirlo. Pues nada de eso. Lo han liquidado tranquilamente mediante una combinación de displicencia, interpretación forzada de sus datos y descaradas tergiversaciones. ¡Un modelo de rigor y honradez intelectual! Y ahora aplican el mismo bicarbonato al libro de Stanley Payne Unión Soviética, comunismo y revolución en España, publicado recientemente por Plaza y Janés: algunas reseñas insustanciales que eluden cuidadosamente la cuestión principal implicada.
Como señala Payne, “Realmente no tiene excusa el modo en que los historiadores han malinterpretado y tergiversado persistentemente durante más de sesenta años la postura comunista” (p. 182). En verdad, no era difícil un elemental análisis crítico, distinguiendo entre la propaganda exterior comunista, deliberadamente ambigua o engañosa, y los principios reales e internos de esa política, expuestos con claridad meridiana en sus documentos. Pero ese análisis ha resultado tarea excesiva para esos historiadores. ¿Por mera incapacidad intelectual? Podríamos creerlo si no fuera porque esos mismos intelectuales, tan aparentemente ciegos, han derrochado energías para descalificar como “franquistas” o “fascistas” las aclaraciones sobre la política real de la Comintern. Ha sido, pues, y sigue siéndolo, una actitud deliberada por parte de los progres neostalinianos, y dentro de ella entra el semivacío hecho a la obra de Payne, como a las de Radosh, R. de la Cierva, C. Vidal, Martínez Bande y tantos otros…
“Para el gobierno soviético, la Comintern y los comunistas hispanos —señala Payne— lo que realmente se estaba dando en la zona republicana no era la democracia burguesa que todos ellos proclamaban con fines propagandísticos en el ámbito internacional, sino la democracia de nuevo tipo, exclusivamente izquierdista, o estadio superior de la revolución democrática, la república popular proclamada por la doctrina frentepopulista en 1935 y por la política soviética en cierto nivel desde 1924″ (p. 182). Sin entender este aspecto fundamental, la historiografía se degrada en propaganda, y eso es justamente lo que ha venido ocurriendo a lo largo de tantos años.
El PCE fue un partido revolucionario, aunque su táctica no concordara con la de otros revolucionarios, en especial los anarquistas, y lo era ya antes de recomenzar la guerra en julio del 36. “Los historiadores —aún muy numerosos— que siguen describiendo al PCE como una fuerza moderada sencillamente no han prestado atención a las propias políticas del partido, claramente anunciadas” (p. 373). En verdad, resultaría muy instructivo, y algo cómico, comparar los documentos y actos comunistas de preguerra con su omisión tosca y sin embargo exitosa, por parte de tantos historiadores.
Determinar con claridad el carácter de la política comunista es absolutamente clave para entender la Guerra Civil, pues esa política fue un elemento decisivo, por no decir el decisivo, de la contienda en el bando izquierdista tanto por la fuerza alcanzada por el partido como por la tutela soviética sobre el Frente Popular. Los comunistas querían construir una “democracia popular” al estilo de las impuestas después de la guerra mundial en numerosos países del este europeo. ¿En qué medida lograron su propósito? Payne estima que, aunque alcanzaron un predominio militar y policial, y con Negrín, también un predominio político, “La Tercera República continuaba siendo un estado soberano, y no un mero satélite de la Unión Soviética” (p. 387).
No estoy muy seguro de que pueda llamarse soberano a un estado tan dependiente de la URSS en su suministro de armas, gracias a la entrega del oro español, y en el que ningún partido, fuera del comunista, tenía algo parecido a una estrategia o una política de mediano alcance. El PCE era el único que sabía realmente lo que quería y se había trazado un plan para conseguirlo… al servicio de Stalin, no de España. Los demás izquierdistas le temían, a menudo le odiaban, pero no tenían otra alternativa que seguirle, eso sí, entre constantes quejas, maniobras y sabotajes. Negrín era explícito cuando informaba a Stalin sobre tales zancadillas, lamentando que “aún” no había llegado el momento de ajustar cuentas a los díscolos. Pero eran sólo díscolos, no llegaban a rebeldes. En definitiva sólo podían optar por Stalin o por Franco, y, como se sabe, terminaron decidiéndose por Franco, mediante la rendición incondicional.
Un rasgo de la historiografía sobre nuestra guerra, que muestra cuánto la condiciona la propaganda, es el uso de los términos “república” y “republicanos”, identificando a un bando con el régimen instaurado en 1931. Payne, desde luego, no cae en esa trampa. En febrero de 1936 la victoria electoral del Frente Popular, es decir, de los mismos partidos alzados contra la legalidad democrática en octubre del 34, ponía a la república en trance de rápido hundimiento, y así ocurrió en los meses siguientes. Al alzarse a su vez la derecha, en julio, y repartir la izquierda armas a las masas, se derrumbó lo poco que quedaba de la república de abril del 31. (Nota actual: hoy opino que la legalidad republicana se vino abajo ya en febrero de 1936, con una elecciones violentas y fraudulentas)
¿Cómo llamar al régimen reconstruido sobre esa ruina en la zona izquierdista? Payne, siguiendo a Bolloten, lo denomina “Tercera República”. “Esa República revolucionaria de la Guerra Civil constituye un tipo de régimen único que no tiene equivalente histórico exacto”. Así es, desde luego, aunque quizás la dificultad de caracterizarlo obedece en buena medida a que no llegó a estabilizarse, razón por la que, por mi parte, he preferido llamarle “Frente Popular”, sin más. Iba camino de convertirse en una “democracia popular” siguiendo el modelo luego aplicado a las de Europa del este, pero el proceso no llegó a culminar. El régimen se caracterizó por una ardua lucha interna entre sus principales fuerzas, anarquistas, socialistas de distintas tendencias, comunistas y, en menor medida, los viejos jacobinos, y los nacionalistas catalanes y vascos. Mezcla tan explosiva sólo pudo mantenerse, y con dificultad, gracias a la presión del enemigo común y a la política comunista-soviética… pero es de lo más significativo que terminase en una guerra civil dentro de la Guerra Civil.
Para Stalin, observa Payne, la guerra española fue una buena inversión, pese a la derrota. “Desde una perspectiva financiera, la empresa no le costó nada a Stalin. De hecho, y dada su deshonesta contabilidad, es posible que incluso obtuviera beneficios económicos. Además, la relación entre medios y fines se abordó de manera sumamente eficiente. Prácticamente sin coste alguno, sin emplear nunca a más de 3.000 militares y personal relacionado, y con una pérdida en vidas humanas inferior a 200 (poco menos que insignificantes desde el punto de vista de Stalin), la URSS ayudó a prolongar la resistencia republicana durante dos años y medio, lo que permitió a los comunistas alcanzar una posición predominante que, aunque incompleta, no tuvo entonces ni tendría en el futuro parangón en ningún otro país de Europa occidental” (p. 390).
No debe olvidarse que, después de todo, “la URSS fue la única potencia que había estado interviniendo sistemáticamente en los asuntos españoles antes del inicio de la Guerra Civil, manejando su propio partido político dentro del país y, finalmente, alcanzando cierto éxito en ello” (165). El libro de Payne es el más clarificador escrito hasta la fecha sobre un tema tan fundamental para la comprensión de la guerra y de la misma II República. Sus aportaciones ayudarán a eliminar la pertinaz y voluntaria ceguera al respecto, impuesta durante tantos años.

Stanley G. Payne. Unión Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939). Plaza y Janés. Barcelona, 2003. 478 pp. 26 €.

(En “La Ilustración Liberal, nº 17, 2003)

Creado en presente y pasado | 199 Comentarios