Blog I: El discurso del rey. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/discurso-rey-20131225
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Un amigo me envía el discurso de recepción de Rodolfo Martín Villa en la Academia de Ciencias Políticas y Morales. Dado el papel del nuevo académico en el posfranquismo, su discurso se titula precisamente “Claves de la Transición”. Pero Martín Villa hizo una gran carrera bajo Franco, y precisamente en la familia “azul”, la Falange, considerada por la izquierda y muchos de derecha como el sector más fascista, agresivo y antidemocrático de aquel régimen. Con 28 años era ya jefe nacional del SEU, el sindicato universitario de Falange; luego presidente de otros sindicatos, gobernador civil, procurador en Cortes… De todo ello apenas hay más que alguna referencia vaga en su discurso, que sin embargo, pretende explicar cómo se llegó a la transición. Esta vaguedad o disimulo entra en una costumbre tan escasamente digna como extendida de falsificación o distorsión autobiográfica: ¿cuántos nuevos izquierdistas no habrán invocado como un título de honor haber “corrido ante los grises”, con la imaginación en la mayoría de los casos, o haber sido perseguidos de algún modo? ¿Y cuántos franquistas no se habrán descubierto demócratas oprimidos por Franco? A Martín Villa, como a su contestador Herrero de Miñón, se les ve incómodos con su pasado, deseosos de pasar por demócratas de toda la vida e inseguros de resultar convincentes. A mi juicio nunca fueron demócratas, entonces ni ahora; pero debe reconocérseles, como a tantos otros, el don de la adaptabilidad. Todo político debe ser adaptable, aunque hay grados y grados; pero cuando se pretende cierta altura y rigor en el análisis político-histórico, la adaptabilidad a las conveniencias del momento solo revela fragilidad, por lo menos intelectual. Como fuere, tales actitudes, aunque reveladoras de un ambiente, no pasan tampoco de lo anecdótico.
Martín Villa se explica a sí mismo de este modo: los jóvenes de los años 50 “compartimos la idea, sobre la que Laín reclamó nuestra atención, de España como problema, y la voluntad del nunca más referida al enfrentamiento fratricida de la Guerra Civil. La meta que nos propusimos fue superar ese problema”. Es decir, se pasaron quince o veinte años resolviendo un problema que, como veremos, había quedado resuelto en 1939. Y lo hicieron mientras medraban en un régimen contrario, dice, a la superación de la guerra. Se ve que el franquismo premiaba a sus enemigos. Me recuerda a Ansón presentándose como peligroso antifranquista… a quien el gobierno de entonces encargaba la preparación de sus periodistas. Bueno, Martín Villa no llega a proclamarse antifranquista, sólo ajeno a aquella dictadura en la que tan bien le fue.
La tesis del académico, simplemente un tópico muy extendido, se resume de este modo: en los años 60-70 “hubo un cambio de la sociedad”, que dejaba al régimen de Franco como un “anacronismo” a superar mediante una democracia que “reconciliase a los españoles”. Que se produjo un cambio social y económico a lo largo de todo el franquismo, acelerado en sus últimos quince años, resulta una obviedad. Pero — y esta es la cuestión crucial disimulada en el discurso–, ese cambio ocurrió bajo un régimen determinado, el cual no fue un elemento pasivo sino sumamente activo en la la promoción de una mayor riqueza nacional, de una mayor igualdad y prosperidad consistente. Importa señalarlo porque la mayoría de los analistas, desde la guerra civil, pretendían año tras año que el régimen era incompatible con cualquier aumento y mejor distribución de la riqueza. Hoy, cuando hemos retrocedido en proporción a los países ricos europeos, hemos crecido entre frecuentes crisis y pasado del pleno empleo a un desempleo masivo y persistente, que ahora afecta hasta a 6 millones de personas, podemos apreciar mejor aquella prosperidad más sólida y menos burbujeante. Y, desde luego, no llovida del cielo, sino de un régimen al que Martín Villa sirvió provechosamente y al que birla el mérito con toda tranquilidad.
Así pues, el franquismo no fue incompatible, muy al contrario, con una prosperidad que hizo de España el segundo o tercer país del mundo con mayores tasas de desarrollo (por no extenderme, omito aquí las décadas de los 40 y 50, también muy fructíferas a pesar de enormes dificultades que iban mucho más allá de la llamada autarquía. Y a las que el académico se permite calificar según dicterios antifranquistas, como desentendiéndose de la época, mientras incluye un cántico a los supuestos logros de la república en enseñanza).
Otra obviedad pésimamente explicada es la oportunidad de una transición democrática a la muerte de Franco, que él adjudica a “la sociedad”, una de esas palabras que lo mismo valen para un roto que para un descosido. Claramente, el régimen no podía continuar, no solo porque sus propios éxitos habían creado condiciones que exigían reformas profundas, sino porque se proclamaba católico, y la Iglesia le había abandonado. De ese modo, el edificio institucional y político franquista solo podía derrumbarse al perder su principal muro de carga. Así, sectores del clero pasaron a apoyar activa o pasivamente todo tipo de acciones contra el régimen, acciones de carácter mayoritariamente comunista, separatista o terrorista, o todo junto, pues otra oposición real no tuvo Franco. Es llamativo que esta a su vez llamativa evolución de la cúpula eclesiástica sea tan poco tenida en cuenta cuando se examinan los procesos políticos de la época. Y, por supuesto, apenas hay alguna referencia –y laudatoria—a tal evolución eclesiástica en el discurso de Martín Villa.
En fin, la reforma política era ineludible, con más o menos plazos. El propio Franco lo admitía implícitamente en su testamento al no mencionar el Movimiento Nacional (cuya dirección habían alcanzado Suárez y TorcuatoFernández Miranda). El problema era cómo hacer la transición. Pese a su intervención en ella, a la que pinta de color rosa intenso, Martín Villa apenas ofrece más que humo y trivialidades, nada parecido a un análisis medianamente serio: “Fraga (…) junto a Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo fueron lo cuatro líderes que protagonizaron la transición pilotada por Juan Carlos”. Tiene gracia la mención a Fraga y el olvido a Torcuato. Fraga fue, precisamente, el líder desbancado por Juan Carlos y Torcuato, después de lo cual ya no lideró nada, sino que hubo de tragar entre vanas protestas las medidas de Suárez. Poco liderazgo hay ahí. Y ni una palabra sobre el modo como la opción Fraga fue eliminada, sobre cómo Suárez, procedente también del sector azul y compañero de Fraga en el gobierno Arias, saboteó eficazmente la reforma fraguista, no desde una posición “progresista” sino próxima al “bunker”, a lo que podríamos llamar ultrafranquismo. Suárez actuaba entonces como hábil peón de Torcuato y del rey, y le daba igual defender una postura que la contraria. Fraga pensaba en una reforma de las Leyes Fundamentales del Movimiento de modo que se legalizaran los partidos y hubiera elecciones libres. Torcuato proponía una reforma del régimen mediante una nueva Ley del Movimiento. En los dos casos, el régimen quedaría desmantelado, pero con reconocimiento a su legitimidad histórica: Torcuato planeó explícitamente un proceso de la ley a la ley, es decir, de la legitimidad franquista a la democrática. Sin echar por la borda 36 años de fructífera paz para enlazar con el caos del Frente Popular, como pretendía la oposición. Lo he expuesto en La Transición de cristal.
Tras el intento fallido de Fraga, el plan de Torcuato triunfó plenamente frente a las oposiciones antifranquistas, entonces muy débiles, hasta imponerse con rotundidad en el referéndum de diciembre de 1976. La oposición tuvo que aceptar, a regañadientes, la evolución propuesta, y ese fue el “protagonismo” de González y Carrillo en esta fase crucial de la transición. Aquel referéndum respaldaba una evolución bien controlada, impidiendo las tendencias disruptivas propias de las izquierdas y separatismos, tendencias que el analista Martín Villa ni siquiera toma en cuenta. Pero no ocurrió eso precisamente. Con el gran éxito político, Suárez parece haberse creído un genio de la política: se sacudió bruscamente la tutela de Torcuato y emprendió una nueva vía. Probablemente por complejo de su pasado y por hacerse el demócrata, dio a los vencidos del referéndum un protagonismo excesivo, multiplicó las concesiones e incluso las ayudas económicas a partidos como el PSOE o el PNV, y por congraciarse con ellos propició la elaboración –harto heterodoxa—de una Constitución demasiado complaciente con izquierdas y separatismos. La Constitución sería mucho menos votada que el referéndum de 1976. Suárez, hombre de manifiesta y casi jactanciosa incultura e ignorancia de la historia –fenómeno muy extendido en aquella derecha, por otra parte–, tampoco podía oponer nada a las argucias ideológicas con que la oposición hacía del antifranquismo sinónimo de democracia. Optó por escamotear el pasado –que los contrarios le recordaban constantemente–, “mirar al futuro”, centrarse en la economía, que marchaba peor cada año y jugar a izquierdismos de salón. En pocos años, Suárez destrozó su propio partido, la UCD –procednete muy mayoritariamente del sector azul–, llegó a hacer “sonar todas las alarmas” sociales y políticas, en palabras de González, y se hizo necesario un “golpe de timón”, como decía Tarradellas, llenando al rey de preocupación. El resultado fue el golpe del 23-F, sobre el que tanto se ha mentido y cuyo verdadero causante fue Suárez con sus políticas erráticas, oportunistas y sin contenido ideológico o de principios. Ninguna de estas claves, que he estudiado en La Transición de cristal, asoma en la verborrea pretendidamente bienintencionada de Martín Villa: todo para él fue una maravilla.
Aún más lamentable es la tercera de las claves propuestas por el académico, la que llama “reconciliación entre los españoles”. Asombra cuando ejemplifica los males de la guerra en el asesinato de curas y maestros. Según él, la izquierda mataba curas y la derecha maestros: “¿Habrá atrocidad de mayor calibre que la liquidación no solo de los otros, sino precisamente de los educadores de los otros?”. Pero los curas eran asesinados, a menudo de forma sádica, solo por ser curas, en un propósito deliberado de exterminio; y los nacionales nunca pensaron en exterminar a los maestros: los fusilados no lo fueron por ser maestros, sino por su actividad a favor de los totalitarismos o separatismos de entonces, estimulando o participando en los crímenes de la izquierda. Esta diferencia esencial escapa a tan “bienintencionado” analista, que en aras de lo que llama reconciliación no vacila en equiparar lo inequiparable y calumniar a aquellos a cuyo servicioprosperó durante tantos años. Guiándose por Laín Entralgo –cuya vacuidad palabrera al respecto he examinado en varios artículos—Martín Villa dice cosas como estas: “En el franquismo, desde sus comienzos más duros, siempre hubo conciliadores, aunque no consiguieran impregnar al Régimen de la voluntad de reconviliación y por eso en algún caso chocaron con él”. Y cita a Laín, Ridruejo, Ruiz-Giménez y el padre Llanos. Pero los choques iniciales de Laín y Ridruejo se debieron a que el régimen no marchaba por la senda más abiertamente fascista que ellos propugnaban. Y Ruiz-Giménez y el padre Llanos terminaron como amparadores y simpatizantes del marxismo, la ideología más totalitaria y mortífera del siglo XX. Con desenvoltura, el académico cita encomiásticamente un discurso en que Felipe González se felicitaba, en 1986, de que España hubiera recobrado las libertades “que quedaron bruscamente interrumpidas en 1936” y honró la memoria de cuantos en años posteriores se esforzxaron e incluso perdieron la vida por la democracia”. Es cierto, claro, que las libertades se interrumpieron en 1936, pero no en julio, sino en febrero, a raíz de unas elecciones fraudulentas y del brutal proceso revolucionario abierto a continuación. Y es falso que alguien fuera perseguido o ejecutado en el franquismo por ser demócrata, pues la oposición al régimen fue siempre más antidemocrática que este. La única seria y mantenida fue la comunista, a menudo también terrorista y la separatista de la ETA.
Con tópico sensiblero no menos falso, resume el analista: “En la guerra perdimos todos y en la transición ganamos todos”. Pues tampoco. En la guerra perdió la revolución y el separatismo, y ganaron los que querían la continuidad de España y de la cultura cristiana. Así lo reconocieron el socialista Besteiro o el liberal Marañón. Y en la transición se perdieron muchas cosas, abriéndose un proceso, condicionado en gran medida por el terrorismo, que vuelve a amenazar la integridad de España, ha traído un retroceso cultural y llevado al país cerca de la ruina.
De acuerdo con la turbia beatería del discurso del académico podríamos creer que la reconciliación solo puede alcanzarse mediante la falsificación de la historia. Aquí yace un problema político de alcance, porque a la investigación y aclaración del pasado se opone un chantaje sentimental demagógicamente eficaz. Pero, a mi juicio, la falsificación del pasado envenena el presente, como por lo demás comprobamos a diario. Pretende Martín Villa que en todo caso la concordia nación de la transición, otro tópico sin contenido. La reconciliación fue real ya en los años 40, pues la inmensa mayoría de los vencidos prefería cualquier cosa antes que volver al Frente Popular, cuyos placeres había experimentado tan crudamente. Ello se puso bien de relieve cuando el maquis intentó reavivar la guerra civil. Disponía para ello de condiciones “objetivas” inmejorables, pero fracasaron en cambio las “condiciones subjetivas”. El pueblo no quería nada de aquello y el maquis quedó aislado y condenado a la derrota. Y desde entonces, el régimen no tuvo más oposición que la dicha. Que la reconciliación era un hecho logrado desde mucho tiempo atrás quedó de relieve, precisamente, en el referéndum de 1976, cuando la gran masa de la población rechazó salidas rupturistas asimilables a la república y aceptó el punto de partida franquista.
La reconciliación de Martín Villa es muy diferente de la popular: se trata de la establecida entre políticos y partidos, edificada sobre la desvirtuación de la historia. Una reconciliación que ha multiplicado los problemas y la corrupción, empezando porla corrupción intelectual, hasta empujar al país a una crisis en que resurgen los odios del pasado.
Queda un problema: el nuevo académico representa muy bien a los políticos derechistas que hicieron la transición de Suárez. Quiero decir, representa mediocridad moral, intelectual y política. ¿Cómo pudieron, entonces, llevar a cabo una transición que, mejor o peor, ha ido funcionado hasta Zapatero? La respuesta no es difícil: manejaban un inmenso capital político heredado: la properidad y sobre todo la reconciliación, el olvido –salvo para pequeñas minorías irreconciliables– de los odios exacerbados que destruyeron la república. Un capital en gran medida derrochado estérilmente, pero suficiente para impedir durante varios decenios derivas catastróficas como las que hoy amenazan.