Creo que ya está en la librerías “Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia”
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Blog I: Frivoliberales http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/frivoliberales-20131202
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Un gran debate intelectual en los años 40 y 50
El historiador Antonio Martín Puerta ha escrito un interesante estudio en Ediciones Encuentro: Ortega y Unamuno en la España de Franco, sobre el debate en torno a los dos pensadores dichos. En síntesis, pugnaron por un lado falangistas como Laín, Tovar o Ridruejo a favor de Ortega y la recuperación de figuras de la cultura más o menos identificadas con el bando perdedor de la guerra; y por el lado contrario religiosos o figuras ligadas a la jerarquía eclesiástica, como Calvo Serer, García Escudero, Pérez Embid, Fernández de la Mora, V. Marrero y otros. De forma algo desfigurada, podría considerarse como una polémica entre la Falange y el Opus Dei, entre las cuales siempre habría relaciones poco amistosas. Algo desfigurada, porque Julián Marías, nada falangista, también reivindicó enérgicamente a su maestro Ortega, e intervinieron en sentido contrario diversos intelectuales jesuitas, como J. Iriarte, iniciador de la polémica en 1942 y otros no ligados al Opus.
La polémica tiene muchas facetas interesantes, aparte de la puramente filosófica, en la que los argumentos de unos y otros distan de ser superficiales. La discusión giraba en torno a si Ortega y Unamuno, especialmente el primero, tan admirado por los falangistas, era adecuado para la nueva España como maestro de las jóvenes generaciones.
Al respecto debemos situarnos en la época: la república primero, y la guerra después, habían aunado a marxistas, separatistas, incluso anarquistas, con republicanos de izquierda, estos caracterizables como próximos al liberalismo en su vertiente jacobina. La derrota de este conjunto había sido mucho más que militar: también moral e intelectual, como queda de relieve en los escritos y testimonios de ellos mismos, empezando por los de Azaña; y en las constantes traiciones, persecuciones y hasta enfrentemientoos armados entre ellos mismos. Aquel conjunto de fuerzas e ideas solo tenía en común algo negativo: el rechazo a la Iglesia católica, contra la cual habían perpetrado un verdadero genocidio; y también el desprecio, cuando no odio descarnado, a la España histórica.
Habiendo vencido los partidarios de la continuidad de España y de la tradición cristiana, se les planteaba qué camino seguir en materia cultural. Si las ideas marxistas, anarquistas y separatistas quedaban descartadas, el liberalismo era también duramente criticado, por tres cosas: haber dominado un siglo XIX inestable y decadente, luego una Restauración mediocre, caciquil y fracasada, y finalmente haber alumbrado una república convulsa en camino a una violenta revolución totalitaria. Ortega, en parte Unamuno, se asimilaban a aquel liberalismo, acusado de ir contra la religión y la propia España.
Sin embargo, los ideólogos falangistas, con cierto liberalismo cultural, propiciaban una apertura e integración, en lo posible, de la cultura anterior. A ese efecto crearon la revista Escorial, una iniciativa que los intelectuales del bando vencido, exiliados muchos de ellos, desdeñaron sectariamente; aunque logró reunir a muchos de los más importantes de España por entonces.
En cambio, los sectores eclesiástisos –no todos—, con la revista Arbor del CSIC, dirigida por el Opus Dei, consideraba que la experiencia política y bélica había sido lo bastante dura y concluyente, y rechazaba cualquier aperturismo. España había sido declarada confesionalmente católica y maestros tan poco religiosos como Ortega o heterodoxos como Unamuno, estaban de sobra. La alternativa era Menéndez Pelayo en su versión más tradicionalista.
La polémica persistió hasta finales de los años 50 y, pese a algunas actitudes amenazantes de los sectores eclesiásticos, si algo testimonió fue la inexistencia de un régimen totalitario: posturas muy encontradas pudieron expresarse, a veces con acritud de un lado y otro.
El eje del debate fue, pues, la relación entre religión, cultura y política. Simplificando, los tradicionalistas condenaban el eclecticismo de los falangistas y daban por vano y perjudicial su intento de armonizar el catolicismo con pensamientos como el de Ortega, acusado este no solo de arreligioso, sino de insuficiente y mal fundado en el terreno filosófico. El problema era que, a pesar de sus críticas, a menudo agudas y bien argumentadas, no consiguieron formar una corriente intelectual fructífera sobre Menéndez Pelayo o de otra forma. De hecho, tendían a asfixiar la vida cultural dando por supuesto que ya la tradición cristiana había resuelto todos los problemas esenciales, limitando la actividad intelectual a la erudición, el comentario y la cita, como venían a acusarles sus contradictores. Y tampoco la iniciativa falangista generó una corriente intelectual capaz de competir con el marxismo o las formas de liberalismo o socialdemocracia predominantes en Europa después de 1945. Fue un debate de fondo y ciertamente interesante. No cumplió la aspiración implícita en ambos contradictores de impulsar una gran cultura española, una nueva edad de oro que muchos creían anunciada por la gran victoria de 1939. Pero en varios aspectos el debate permanece actual y podría retomarse con la vista puesta en la experiencia histórica.
Como observa el autor del libro, es curioso comprobar cómo la polémica se disolvió casi repentinamente cuando llegaron los nuevos vientos eclesiales que darían lugar al Concilio Vaticano II, mientras la Falange se anquilosaba como un aparato burocrático. Y no menos curiosa la evolución de varios de los contendientes, en especial los más defensores de la tradición y contrarios a cualquier apertura, que llegarían a coquetear con tendencias liberales e incluso comunistas. El propio régimen se hizo cada vez más tecnocrático y menos ideologizado, privando de base a todos ellos, y los elementos dirigentes de la Iglesia adoptaron una creciente hostilidad al franquismo, que incluía el apoyo a comunistas, separatistas e incluso terroristas. Júzguese como se quiera, sin esa deriva eclesiástica serían menos las fuerzas que han llevado al país a la grave crisis histórica actual.
Viene aquí al caso otro libro, en su tiempo muy comentado: El maestro en el erial, de Gregorio Morán. Lo que soprende en Morán es su absoluto desdén hacia toda la producción intelectual de los años 40-50, acusando a Ortega de lo que él presenta como complicidad con un régimen nefasto y liquidador de cualquier cultura seria. Pero en aquellos años Ortega y muchos otros intelectuales pudieron trabajar con libertad considerable y buen rendimiento, mientras la tan ponderada cultura del exilio languidecía y en todo caso fue muy inferior a la desarrollada en España. No hubo, ni de lejos, un “erial” o un “páramo”, como Julián Marías se encargó de aclarar documentadamente… cosa que importa un bledo a los impertérritos difusores de la patraña.
Estuve a punto de calificar de “olímpico” al desprecio mostrado por Morán –y tantísimos más–; pero ¿a qué Olimpo intelectual representan los desdeñosos? ¿Qué han producido en estos decenios en que la dominado la vida cultural del país? Me temo que sus frutos son realmente pobres y sí puede hablarse hoy de páramo. Un desdén vacuo, de pose, a menudo teñido de moralina barata o de cursilería. Actitudes ciertamente muy poco fértiles.
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Para aire céltico: http://www.youtube.com/watch?v=MO7bUhJlAek