Recuerdo un artículo de El País, hace muchos años, comentando el desconcierto de muchos supuestos expertos europeos sobre España por la forma tranquila como la masa de los españoles llevaba el cambio democrático. No había grandes revueltas ni ansias de “venganza” por haber sufrido tanto del franquismo, etc. Y esa es la verdad. Y fue esa actitud muy mayoritaria la que permitió realizar la transición a unos políticos de escasa talla, de “vuelo corraleño”, cuyos errores e incapacidad para corregirlos han desembocado en la profunda depresión actual.
El secreto de la relativa facilidad de la transición fue la reconciliación casi general conseguida bajo el franquismo, y que hizo posible que de este, y no de sus enemigos, saliera la democracia. Esa reconciliación se consiguió ya en los años 40 de forma negativa: las masas que habían apoyado y después padecido el Frente Popular, no tenían ya la menor ilusión por volver a algo parecido. El “Himalaya de mentiras” de que hablaba Besteiro se había aplanado. Y poco a poco, los extraordinarios logros del régimen (realmente extraordinarios si los comparamos con cualquier otro anterior desde la Guerra de Independencia) volvieron la reconciliación más positiva. La inmensa mayoría de la gente progresó, desapareció el hambre y quedó en marginal el analfabetismo, España entró en el selecto club de los países de mayor renta per capita, había una gran libertad personal con un estado pequeño, y libertad política restringida, pero no inexistente. Quienes se consideraban demócratas o liberales se adaptaban bien a la situación, en la que prosperaban incluso en el aparato del estado (no hubo oposición democrática: la real fue sobre todo comunista y terrorista). Etc. Hay que recordar estas obviedades una y otra vez, porque la negación de ellas está cimentando un nuevo clima de odios.
Por supuesto, quedaban irreconciliables entre los marxistas, los terroristas y los separatistas, y se daba también la paradoja de que según el régimen se liberalizaba, la oposición se volvía más cerril y radical. Pero eran minorías con poca influencia, que a menudo debían disimular sus verdaderos propósitos para atraerse a la gente.
Los fallos de la transición provocaron que esta situación envidiable fuera deteriorándose desde el principio, identificando democracia con antifranquismo (en tal caso, nadie más demócrata que los comunistas o los etarras). El antifranquismo, además de antidemócrata, era irreconciliable, negaba legitimidad al franquismo y se la regalaba a la república y al Frente Popular, sin hacer distinción entre ambos. Pero la república sucumbió ante los odios desatados desde el principio de ella, llevados a su apoteosis por el Frente Popular. Y nada más natural que los nuevos legitimadores de ambos regímenes cultivasen las mismas demagogias de antaño, que poco a poco se fueron infiltrando en el cuerpo social a través de libros, artículos y sobre todo el cine y la televisión. Hoy encontramos una población que mayoritariamente ignora o tiene ideas del todo equivocadas sobre su propio pasado, junto con una minoría muy activa empeñada en divulgar distorsiones que llegan a ser demenciales y contradictorias. La mezcla de odio y estupidez que se percibe a través de las redes sociales, en tertulias y programas de radio y televisión, etc, son por sí solos un buen timbre de alarma ante una situación que no para de deteriorarse. Claro está que todo ello solo fue posible por la deserción derechista de lo que los marxistas llamábamos “lucha ideológica”.
Cuando hablo de una España reconciliada, me refiero a una democracia que reconozca sus orígenes, que se apoye firmemente en el rechazo a experiencias delirantes y fallidas, que conozca la historia, en suma. Porque solo puede haber reconciliación sobre la verdad, mientras que el Himalaya de mentiras que han vuelto a alzar los antifranquistas retrospectivos solo puede originar mayores y más enconados conflictos. Como vemos a cada paso.
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Escribía Alberto Recarte en 2010 (El desmoronamiento de España) “El déficit público debe reducirse al 9,3% del PIB en 2010 y al 3% en 2013. La opinión unánime de las instituciones europeas, el FMI, los analistas y los inversores es que si el gobierno español no fuera capaz de asegurar ese resultado, sería imposible financir en el exterior el proceso de ajuste, lo que se traduciría en la suspensión de pagos de nuestrop país. Un resultado que nadie quiere por las repercusiones que tendría en el euro como moneda única, en la supervivencia de algunas instituciones europeas y por las nuevas provisiones que necesitaría el grueso de la banca europea, que tendría que acudir nuevamente a los Estados en que está domiciliada para volver a ser capitalizada”
Una catástrofe, pues. Pero tengo idea de haber leído que el déficit público en este año 2013 no bajará del 7%. ¿Qué es lo que ha fallado? Por qué el déficit no se ha reducido lo necesario y por qué no ha tenido las previstas consecuencias desastrosas? Algún experto podría explicarlo.
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En el comentario anterior sobre Alberto en la novela se me coló, en el último párrafo, algo que ya había publicado, sobre la reacción de Alberto ante el asesinato de su familia. Como dije a Hegemon: “La reacción de Alberto, que en ese momento tiene 17 años, se explica no solo por el episodio que acaba de contemplar sino porque, de pronto, se encuentra totalmente solo, su casa se ha convertido en un peligro y la vida a que ha estado acostumbrado hasta entonces ha cambiado drásticamente. No solo ha sufrido un choque muy traumático, sino que también se encuentra totalmente desamparado y con la sensación de amenaza por todas partes. Pregunté a un psiquiatra si su reacción es explicable y me dijo que sí, una mezcla confusa de pánico y de deseo de olvidar o más bien negar la experiencia. Lo que en todo caso le parecía menos verosímil es que recuperase la presencia de ánimo en unas semanas, porque a menudo la recuperación tarda meses e incluso años. Pero como cada caso es diferente y la sensación de amistad y la propia atracción por Carmen podían haber ayudado, pues no resulta del todo imposible“.
De hecho conozco personalmente casos de reacciones a traumas, que en personas de carácter débil tienen cura muy larga, incluso nunca llega a superarse del todo, mientras que otras se reponen con bastante rapidez una vez encuentran un ambiente propicio. Como fuere, este tipo de verosimilitud no tiene demasiada importancia en una novela , que tiene su propia coherencia interna (Don Quijote, por ejemplo, sale relativamente indemne de las palizas que recibe, las cuales, tal como son descritas por Cervantes le habrían roto varios huesos, por lo menos, obligándole a largos períodos de descanso y curas para reponerse).
Lo que realmente me interesaba más es el resto de lucidez y el consuelo que permite a Alberto abstraerse de sus miserias en los ocasos y los amaneceres. La reflexión sobre la desaparición de la realidad o su transformación por efecto de la luz debe atribuirse más a la forma como lo recuerda alguien que se ha dedicado profesionalmente a la filosofía.

