Por qué la Iglesia llevó las de perder con el marxismo

Blog I:  Gibraltar, retrato de una casta política http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-retrato-una-casta-politica-20130708

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Cuando en los años 60 se planteó en la Iglesia el “diálogo con el marxismo” –con oposición o renuencia de un sector eclesiástico que pasó entonces a segundo término – el marxismo, en sus diversas facetas, se extendía con fuerza por el mundo, en forma de regímenes de ese carácter o de corrientes de opinión muy influyentes en medios intelectuales, universitarios y juveniles. La orientación “dialogante” nacía, probablemente,  de la impresión de un avance del marxismo y retroceso del capitalismo y de la consiguiente necesidad de congraciarse con quienes parecían triunfadores a medio o largo plazo. En España, la Iglesia (la parte de ella que llevaba la voz cantante) procedió a auxiliar a separatistas, comunistas y terroristas contra el régimen de Franco. De lo cual recibió un premio  posiblemente merecido: el desprecio radical por parte de  sus beneficiados, que veían en esa política lo que realmente era: una demostración de debilidad  política, y sobre todo doctrinal. Los inspiradores del poco inspirado diálogo no percibieron que el comunismo estaba llegando al límite de su impresionante fuerza expansiva, cuando  el ápice de sus triunfos lo empujaba a un fracaso radical.

Parecía imposible el diálogo  entre una doctrina espiritualista y la otra materialista; una construida sobre la idea de Dios y  otra sobre un ateísmo militante; una sobre la idea del pecado original  que sigue contaminando al hombre, y la otra sobre la de una inocencia humana traicionada por razones sociales y económicas las cuales, una vez identificadas y superadas, abrirían paso a una especie de  paraíso en la tierra, según letra de la Internacional. Etc. Pero había un punto prometedor de un posible acuerdo: en la doctrina evangélica, la preocupación por los pobres constituye un punto esencial, y el marxismo había encontrado en ellos (“los proletarios”) la palanca para una emancipación que muchos católicos, sin llegar a creer en tanta emancipación,  podrían interpretar como un estado de mayor justicia social. De hecho se oía a menudo que el fondo de la prédica cristiana era el comunismo, o que Jesús había sido un revolucionario social avant la lettre.  Con ese enfoque, el mal radicaba en el “capitalismo” –sea eso lo que fuere: el concepto exige bastante clarificación—, tanto para el marxismo como para bastantes corrientes católicas.

Sospecho que ahí yace la razón del fracaso eclesiástico y de la ventaja marxista. Lo que la Iglesia sostenía como una justicia solo cumplible en el más allá, el marxismo lo concebía como un programa liberador en el acá. El concepto de “los pobres”  sonaba muy primario y vago comparado con el más preciso y operativo de “clase obrera” o de “proletariado”. La “Teología de la Liberación” –una de las corrientes, no la única, propiciada por aquel diálogo— otorgaba el concepto de “pobre” un contenido muy próximo al marxista. Las semejanzas aparentes  no podían dejar de seducir a numerosos eclesiásticos y católicos de filas, máxime en un tiempo en que prestigiosos economistas afirmaban –despreciando los hechos—que los regímenes socialistas procuraban más rápido crecimiento económico que los capitalistas (Joan Robinson, por ejemplo, según creo recordar,  ponderaba la sociedad de Corea del Norte como un modelo de éxito). En cambio la doctrina tradicional de la Iglesia se asemejaba demasiado a lo que el marxismo tachaba de ideología: un sistema de creencias destinadas a justificar los intereses de las clases explotadoras y a mantener sumisas a sus víctimas con vanas esperanzas ultramundanas. Una vez situado el “diálogo” en ese plano, los católicos dialogantes se veían abocados a dejar sus creencias religiosas en el limbo de la intimidad  o al menos de la privacidad, y cada vez más amenazado. Quedaba cuestionado el papel de la religión en las sociedades actuales. Los efectos  –deserción de clérigos, caída en las vocaciones, etc.—son bien conocidos y no hace falta extenderse aquí sobre ellos.

La caída de los regímenes marxistas en Europa pudo haber redundado en beneficio de la Iglesia, y algo de eso ha habido. Pero, por una parte, no me parece que la crisis doctrinal haya sido superada, y por otra el fracaso del marxismo no ha abierto los corazones de las masas al cristianismo, sino a una creciente indiferencia y a nuevos acosos por parte de movimientos nacidos en buena parte de la descomposición marxista, como el feminismo, el homosexualismo, el ecologismo, el ultralaicismo, etc. Parece claro que la Iglesia no ha encontrado el camino para superar tal situación, a pesar de significativas correcciones de Juan Pablo II y sus sucesores con respecto a la época anterior.

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La vida está llena de extrañas complicaciones: la inestabilidad en  el norte de África y Oriente Próximo resulta beneficiosa para el turismo en España. Claro que, políticamente,  puede traer serias complicaciones. España hará muy bien en volver a la política de neutralidad que tantas ventajas le dio en el siglo XX. Política  rota solo por imperativo de la Guerra Fría, ante la amenaza soviética.

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Caminos cortados del siglo XX / Negrín y sus palmeros

Blog I: El gran problema histórico de España: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Caminos cortados en el siglo XX

Las ideologías más influyentes en el siglo XX han sido el marxismo, el freudismo y el liberalismo. El liberalismo pasó por dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial (librada entre regímenes básicamente liberales, con la excepción del Imperio turco y, parcialmente, del ruso); y la larga depresión del 29, también terminada en guerra general, que generó la solución keynesiana; la cual no abolía el liberalismo, pero lo limitaba y expandía el estado, a veces en grado fantástico.

El marxismo “duro”, o  comunista, se impuso en pocos decenios sobre un tercio de la humanidad,  impulso nunca visto en la historia. E influyó poderosamente en casi todo el resto, tanto directamente en el plano político (partidos comunistas y durante largo tiempo socialistas) como en el plano intelectual, cambiando o matizando ideas de otras corrientes, también de la Iglesia católica. Su peso en autores y universidades de todo el mundo, permanece, a veces con fuerza insospechada (en España tenemos amplia muestra de historiadores “lisenkianos”, como en Inglaterra, Francia, etc.)

La influencia de las teorías de Freud ha sido enorme a lo largo del siglo, en los planos intelectual y artístico sobre todo. Después de la II Guerra Mundial se ha combinado, mejor  o peor con el marxismo en los movimientos juveniles, universitarios, también con ambientes liberales que a su vez orientaban ideológicamente la enseñanza y políticas sociales en diversos países “capitalistas”. Los regímenes comunistas, en cambio, rechazaron el psicoanálisis, entendido como ideología “burguesa” que aspiraba a hacer la competencia a la explicación de la historia por la lucha de clases.

Pese a todo, muy pocos se declaran hoy marxistas o freudistas consecuentes, aunque  retazos y retales de ambas ideologías sigan condicionando  la vida intelectual y política. Conviene explicar, así, tanto el prolongado éxito de ambas formas de pensamiento como su evidente fracaso final (o casi final). Dicho en pocas palabras, el éxito provino de su coherencia a partir de bases en principio científicas. Científicas en el sentido de que planteaban hipótesis racionales y no religiosas sobre la naturaleza humana y su evolución. Por decirlo un poco a lo bruto, Marx explicaba la sociedad humana a partir del estómago (la economía) y Freud a partir del sexo. La práctica de muchos decenios ha demostrado que ni el marxismo solucionaba los problemas del estómago ni el freudismo los del sexo y neurosis derivadas. Es más, empeoraban ambos. El marxismo creaba una sociedad carcelaria, y el freudismo agravaba la insatisfacción y descomposición social. Ha sido más bien la práctica –a costa de muchos sufrimientos—, y no tanto la aclaración teórica,  lo que ha arrumbado a ambas ideologías “al basurero de la historia”, como gustaban decir los comunistas. Así ocurre con muchas hipótesis en la ciencia. Cabe preguntarse, entonces, por el valor  de la voluminosísima y trabajosa producción intelectual y artística basada en tales hipótesis tomadas por certezas. Si vale algo esa ingente suma de obras literarias, pictóricas, de pensamiento y análisis social… Lo he sugerido en un artículo (http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/bibliotecas-para-nada-1276205212.html). Como en el caso referido de Castilla del Pino,  se trataría de una extraña tragedia.

El éxito de ambas ideologías traduce, sin embargo, el imperativo fundamental humano de encontrar orden y sentido en la existencia. La crisis del cristianismo desde el siglo XVIII y el prestigio de la razón y de la ciencia dieron lugar a ímprobos esfuerzos por sustituir las antiguas explicaciones religiosas. Y las nuevas explicaciones fueron acogidas, paradójicamente, con cierto fervor no muy diferente del religioso. Ello indica otro hecho: que la ciencia y la razón parecen fracasar como soluciones a la inquietud fundamental humana; lo mismo que la religión parece fracasar en tantas explicaciones que chocan con la razón. Un problema no resuelto.

En cuanto al liberalismo, ha recibido críticas radicales tanto desde el marxismo como desde diversas posturas religiosas. Puede decirse que, con todo, el liberalismo ha vencido a las otras dos ideologías, pero no sin quedar un tanto maltrecha. Quizá la tarea intelectual del momento consista en el examen crítico de la experiencia de una época tan agitada y en algunos sentidos prodigiosa como el siglo XX… incluyendo el papel, casi siempre olvidado, del cristianismo.

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El papel de Negrín (LD, 1-3-2001)

Una vieja y siempre actual polémica:

Hojeando un libro sobre la guerra civil escrito por un grupo de estudiosos, casi todos anglosajones y afines a P. Preston, me topo con la vieja polémica sobre la significación histórica de Negrín, en la que Southworth intenta rebatir a Bolloten. Como se sabe, Bolloten consideró a Negrín un agente de la URSS a efectos prácticos, cuya política llevaba a imponer en España un régimen al estilo de las “democracias populares” del este europeo. Hay en la tesis dos partes: una, la plena concordancia de la política de Negrín con la soviética, y otra, el carácter y dirección de esa política. En cuanto a lo primero, no hay ni puede haber discrepancia entre personas medianamente enteradas. Negrín, por propia convicción o por otras razones –eso es aquí lo de menos—, obró como el mejor agente posible de Stalin, entregándole el tesoro español, que puso en manos del soviético el destino del Frente Popular, y facilitando la infiltración del PCE en el ejército y la policía, dos instituciones claves y las únicas que funcionan bien bajo aquel régimen.

El fondo de la polémica, lógicamente, es la segunda parte de la tesis, aunque ello quede disimulado por la hojarasca que tan bien maneja Southworth. Para este, decir que el triunfo del Frente Popular habría llevado a una dictadura como las del este europeo, supone hacer historia-ficción. Tal vez, pero en realidad no es ese el asunto. El polemista pretende convencernos de que la política de Negrín y de Stalin no perseguían otra cosa que defender la democracia. Resultaría de ello que el Partido Comunista –siempre uno de los peores enemigos de la democracia por su ideología, fines, organización y conducta— y Stalin –uno de los tiranos más sangrientos de la historia, sino el más—, habrían defendido la libertad de España. Mejor aun, ¡ habrían sido los más consecuentes y abnegados defensores de nuestra libertad!. Tal rueda de molino requiere unas tragaderas en verdad privilegiadas, y tiene algo de admirable que a Southworth –o a Preston, que le apoya— no le produzca, aparentemente, indigestión alguna.

La tesis de Bolloten es en lo fundamental muy sólida, y el enorme cúmulo de datos, testimonios y fuentes primarias en que la apoya, probatorios de sobra. Pero su misma acumulación ofrece, de modo inevitable, puntos flacos. El método de Southworth consiste precisamente en buscar algunos detalles erróneos o testimonios dudosos, y remachar incansablemente en ellos con la pretensión de destruir la tesis entera. ¡En fin!. En un robledal puede haber algunos pinos, y los Southworth, llamando con insistencia la atención sobre estos últimos, pueden hacer creer a algunos que se encuentran en un pinar. Pero basta extender la mirada sobre el conjunto para apreciar la falacia.

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Por qué la casta política se compone de delincuentes

Blog I: ¿A quiénes convienen los separatismos? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Por qué la casta política se compone de delincuentes.

En la Transición, y  con objeto de asegurar la gobernabilidad del país, se hizo un reparto del poder entre dos partidos presuntamente nacionales, (UCD, luego PP,  y PSOE) más los separatistas de derechas en Cataluña y Vascongadas. Separatistas, más que propiamente nacionalistas, pues nunca existieron las naciones vasca y catalana, y por eso se empeñan ahora en “construir” las respectivas “naciones”). Como hemos ido viendo, ese reparto degeneró pronto empeñada en liquidar la independencia judicial y controlar y compartir todos los poderes.  Todo ello acompañado de una abrumadora corrupción. He dicho que las tres características de esa casta son, de modo cada vez más acentuado,  la corrupción, la incompetencia y la hispanofobia.

Una tara frecuente del análisis político en España ha sido la tendencia a centrarse en la retórica y olvidar los hechos.  Así que vamos a ellos.  Está en primer lugar extendida corrupción económica. En “La marimorena”, con Carlos Cuesta,  rebatí la la demagogia de un lado y otro empeñada en atribuir la corrupción  “personas concretas”,  y las bellas y fáciles exhortaciones a castigar a los culpables. Resalté lo evidente: los corruptos “concretos”  con personas influyentes , muy relevantes y representativas de esos partidos, y no podrían haber realizado sus fechorías sin el conocimiento y la complicidad, al menos pasiva, de las cúpulas partidistas. Además, sin duda  una gran parte de los políticos conocían la corrupción y callaron porque ella beneficiaba a  partidos e indirectamente a ellos mismos. Lo cual es otra forma de complicidad.

La incompetencia no es delito y no me extenderé en ella, más allá de recordar cómo estos genios han sumido al país en una profunda crisis económica. Pero la crisis es triple: de involución antidemocrática y de cohesión nacional.  Y aquí entran muy claros delitos, empezando por la conculcación (pisoteo) de la Constitución, que exige a los partidos un funcionamiento democrático… incumplido por todos. Y mucho más grave ha sido la imposición de medidas antidemocráticas, sobre todo con Zapatero. En particular dos: la colaboración con banda armada, concretamente con la ETA, que permanece con Rajoy; y la ley de memoria histórica, más propiamente de memoria chekista, que pretende ilegitimar la democracia de la Transición, también continuada por Rajoy.  Las dos cosas son delitos gravísimos contra la democracia, la unidad nacional y la Constitución. Y han sido propuestas y  aceptadas por unas Cortes envilecidas, que no representan realmente a nadie, como no sea a los cabecillas de sus partidos, que los nombran y promueven a cambio de su servilismo. De ello he hablado durante años y no voy a extenderme ahora. Quien quiera, puede verlo fácilmente en Internet.  La casta política española se compone, con la excepciones de rigor, de delincuentes. Y,  o la democracia se libra de ella o ella acabará de destruir la democracia y la propia nación, tarea ya muy avanzada.

Estos delitos descansan en la hispanofobia, en unos casos furiosa, como la de los separatistas; en otros  nacida de una visión negativa de la historia del España, como en el PSOE; y en el PP causada por simple  desinterés y frivolidad “pijoprogre”, que les lleva a colaborar con los anteriores. Cuando un ministro de Asuntos Exteriore habla de ceder “grandes toneladas de soberanía”, como si  no estuviera él al servicio de la soberanía española, sino al contrario o  cuando Rajoy incide en el proceso de disolver a España en la UE, está claro que para esa chusma política la nación española no significa nada, y por tanto se creen autorizados a tratarla como a una finca particular suya. Un denominador común de casi todos esos políticos consiste en la ignorancia de la historia de su propio país o, peor aún,  en una sarta de interpretaciones falsas.

¿Cuál es el remedio? Hay  tres: A) que el PSOE se hunda definitivamente. No me parece razonable creer en  la posibilidad de regenerar ese partido, corrompido hasta la médula,  colaborador activo de los separatismos y del terrorismo, y con su propio historial terrorista. El hundimiento del PSOE podría favorecer momentánea y parcialmente a los más extremistas y estrafalarios a su izquierda, pero liberaría a una  considerable masa de sus electores moderados, –ignorantes de la verdadera historia de ese partido–.  B) Favorecida por el hundimiento del  PSOE o incluso sin él, podría tomar cuerpo en el PP una “reconversión” que,  denunciando sin medias tintas a los pijoprogres , regenerase realmente el PP o bien lo dividiese, sacando a la luz a los dos partidos que de hecho coexisten bajo las mismas siglas. C) Que los  partidos emergentes, junto con las corrientes  reformistas en los (todavía) grandes partidos, lleguen a acuerdos para reformar en profundidad el sistema actual, cuya prodredumbre  apesta a todo el país.

Hay también la posibilidad de un partido nuevo, con capacidad de plantear esas reformas y convicción y capacidad de convencer de ellas. Pero no se vislumbra claramente.

 

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El desastroso diálogo Iglesia-marxismo / Un fracaso intelectual

El desastroso diálogo Iglesia-marxismo

En su autobiografía, Castilla del Pino se expone a sí mismo casi como un modelo de caridad (o, si se prefiere, solidaridad) en continuo contraste con la mayoría de los religiosos, a quienes pinta como hipócritas e ineptos.  Algo mejor trata a los religiosos  que colgaron los hábitos en plena  época del “diálogo con los marxistas”. Cosa lógica, por otra parte, siendo él marxista.

Pero aquí encontramos un serio problema. Como es sabido, el diálogo famoso causó estragos en la Iglesia, mientras que engordó notablemente a los marxistas. En algún otro sitio he creído encontrar la raíz de aquel diálogo en la impresión de que los regímenes comunistas  se habían impuesto, en muy poco tiempo, sobre un tercio de la humanidad y se hallaban en plena expansión, con movimientos poderosos en muchas democracias “burguesas”, mientras  la juventud parecía rebelarse y simpatizar con  marxismos (y freudismos) diversos. Los regímenes comunistas no daban señales de debilidad, mientras que los “capitalistas”  sufrían una fuerte corrosión.  Por tanto, muchas autoridades eclesiásticas debieron de pensar que la historia marchaba por ese camino, de modo que, previendo el futuro, convenía adaptarse a él sustituyendo la confrontación directa por un diálogo que suavizara  a los comunistas y atrajera a la religión católica a sus jefes o intelectuales. Supuestamente, la Iglesia debería llevar las de ganar en ese diálogo,  dada su experiencia de pensamiento y dialéctica de casi veinte siglos. Pero ocurrió lo contrario. ¿Por qué?  Dejo el problema  a la consideración de los lectores.

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(En LD, 16-2-2001)

 Un fracaso intelectual

Una aspiración nativa del diario El País, excelente aspiración, por cierto, fue la de promover un movimiento cultural con ciertas características ideológicas (defensa de la democracia, europeísmo, etcétera) pero que, por encima de ellas, tomara vuelo y altura intelectual. A tal efecto, el diario patrocinó una serie de talentos mayores o menores y un cierto debate, al principio, sobre cuestiones sociales, políticas e históricas que se suponían fundamentales.

Hoy, el proyecto puede darse por fallido; el periódico, más que un centro de promoción cultural, ha quedado en instrumento publicitario de determinadas firmas personales y marcas culturales, al servicio, a menudo, de la política en su nivel más ramplón. Lejos de adquirir vuelo, se ha quedado en el plano “políticamente correcto”, con el estilo trivial y romo que esas importaciones suelen adquirir en España. Lo ideológico ha ahogado a lo intelectual, lo mercantil a lo cultural, y el triunfo de los primeros se ha pagado con la derrota de los segundos.

Durante años, el ABC de Ansón intentó ser una contrapartida al proyecto de El País. Aunque el intento distó de cuajar en un éxito rotundo, al menos mantuvo el tipo y fue, desde luego, necesario para mantener una cierta vitalidad intelectual en España. Ahora, el suplemento cultural de ABC podría serlo también de El País, si acaso algo más ingenuamente progre.

¿De dónde vienen esos fracasos, que no deben alegrar a nadie, porque en definitiva son de todos? Seguramente hay causas profundas, que deberían sacarse a la luz. En la más básica de ellas viene insistiendo Julián Marías: el sacrificio de la verdad a conveniencias ideológicas u otras. Sacrificio especialmente sangriento en todo lo que se refiere a nuestro pasado reciente. Este es cada día más irreconocible, y no sería mala cosa empezar a debatir en serio sobre él. Una clave: El País saltó al ruedo proclamando aquello del “páramo cultural del franquismo”. Se trataba de la típica falsedad autocomplaciente que tiende a imponerse por su carácter intelectualmente terrorista, pues quien se atreviese a negarla entraba sin más trámite en el rango de los “fachas”.

Por suerte, el mismo Julián Marías tuvo el valor de salirle al paso, aunque al parecer en vano, ya que los otros han insistido en su monserga como si no hubieran oído o leído nada en contra. Naturalmente, la implicación del “páramo” era el vergel cultural representado por El País; la realidad ha resultado casi la inversa. Como decía alguien, la verdad es una amante terrible: no acaba de entregarse a nadie y sin embargo castiga implacablemente a quien no la corteja.

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Castilla del Pino (y IV) Doble tragedia

Blog I: Proyección de la culpa http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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No es cosa de alargarse demasiado,  aunque las memorias de Castilla del Pino dan para mucha  reflexión: transmiten la impresión de un hombre culto y sensible (como cuando denunció la destrucción de edificios antiguos de Córdoba por los que él llama “patriotas”, quizá indebidamente: la gente  inculta y ávida de dinero fácil se da en todas la ideologías). También sugieren a una persona más trabajadora que  realmente talentosa,  con una inteligencia lastrada por prejuicios y sentido crítico ejercido en una sola dirección. En general, el pensamiento antifranquista no creó nada original, limitándose casi siempre a introducir en España, con mayor o menor acierto, corrientes intelectuales de moda en otros países.

Así, cualesquiera fueran las cualidades del autor, desconcierta su fobia a Franco, no apoyada, y menos para un marxista, en base racional alguna. Suena un tanto a vesania, a la que no son inaccesibles los psiquiatras. Tiene algo de enfermizo su exhibición de alegría por la muerte del Caudillo, quien,  habiendo tomado un país en plena descomposición revolucionaria y separatista, lo dejó próspero y libre de los odios destructivos que aniquilaron la república.  Para la ocasión compuso un poema de extrema vulgaridad, por decirlo muy suavemente: como tantos antifranquistas, no parece percatarse de que cuando intentan retratar a Franco se retratan más bien a sí mismos, y no favorablemente. Trata a Franco de “capón”, de “millonario de muertes” , de no tener sangre sino

  “Linfa emponzoñada de blando sapo, de reptil cualquiera.

Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?

 Pellejo vano entre sus ingles cuelga

que usó para mear certeramente

 encima de sus muertos y sus tumbas (…)

¡Cómo le hacía vivir la sangre derramada!

 ¡Cómo le hacía reír la lágrima vertida!

 ¡Nunca fue muerte por tantos deseada!

¡Nunca fue muerte por tantos bendecida!

El poemilla merece un pequeño análisis. Aparte su desmesura  poco cuerda o inteligente, o la referencia al pene, quizá obsesión freudiana, choca lo incongruente, de tratar de   “capón”, “sapo”, etc., a quien venció una y otra vez a todos sus muchos,  peligrosos y nada pacíficos enemigos de dentro y fuera de España. Muestra de  visceralidad o simple estupidez muy común en los antifranquistas, empeñados en demostrar que los venció y tuvo  bajo el yugo años y años un déspota grotesco, inepto, ridículo y de muy cortas luces, incluso cobarde. ¿Quiénes demuestran imbecilidad?

Al margen de sus contribuciones técnicas  a su especialidad, Castilla  refleja en su autobiografía una personalidad  con intensa ambición de sobresalir en el plano académico, pero con un talento acaso algo inferior a ese anhelo.  Quizá resida ahí la clave de su reacción ante el nacimiento de su primer hijo como “el primero y el mayor de los errores que he cometido en mi vida, y el que más sinsabores me ha deparado”. Fallo repetido, sorprendentemente,  seis veces más, y que le distraía de su absorbente  ambición profesional;  de la cual derivaban un autoritarismo y aptitudes paternas escasas,  con efectos a veces trágicos, como él reconoce.

Su  aspiración no debía de ser difícil de colmar  para un hombre  laborioso  e inteligente como él era, en medio de la sordidez y chapuza del panorama cultural de la época –según él lo describe, claro está–. Y por ello mismo  debió de dejarle una estela de resentimiento  su, seguramente injusta,  exclusión de la cátedra que codiciaba;  injusticia  que de un modo genérico atribuye al ambiente o mentalidad franquista.  Aunque abusos como como los  sufridos por él  ocurren y ocurrirán siempre en la universidad y en cualquier institución, cualquiera sea el régimen político.  Su antifranquismo  le conduce, por otra parte, a describir una sociedad  dominada por el miedo  y cerrada a toda expresión contraria o simplemente ajena al régimen. Pero él –y muchos otros– demuestra en la práctica lo contrario. Y su fuerte prejuicio le hace imposible entender que una gran masa de población, en todos los niveles, fuera franquista o al menos no antifranquista, no por miedo sino por la convicción de que  Franco había salvado al país de muy serios peligros.

Encuentro, por terminar estas notas,  un rasgo trágico que Castilla no percibe de sí mismo, aunque lo comprobó en otros, como en esta  confidencia  de un neuropatólogo, judío de origen alemán, llamado A. Meyer: “He dedicado toda mi vida a un tipo de investigación que se ha demostrado estéril” Y observa Castilla:  Fue un ejemplo del drama del científico que apuesta por una línea de investigación que a la larga se reputa equivocada. Años después conocí a un neurohistólogo español, exiliado en Londres, que me dijo lo mismo: la  investigación en la que había cimentado su prestigio, dentro de un círculo por lo demás restringido, había sido marginada  a favor de las surgidas en los últimos tiempos (…) Era tarde para adquirir una formación en esas áreas nuevas e investigar en ellas. Ya no tenía nada que decir. Dos años después me enteré de que se había quitado la vida” (226). Castilla orientó gran parte de su  trabajo en una doble dirección freudiana y marxista, no fácilmente combinable. Esa orientación ha marcado en amplia medida el pensamiento y el trabajo intelectual en Europa y América durante el siglo XX. Las dos doctrinas se reputan hoy, con bastante generalidad, como estériles. Sin contar sus efectos políticos.

Volviendo al principio, existe, como dice manuelp, cierta similitud entre la actitud distante de Castilla respecto a sus hijos, y la de Alberto en Gritos y golpes. Pero  Alberto atribuye su fracaso o semifracaso a la influencia del ambiente de los años 60, que Castilla considera muy beneficioso. Por tanto, al psiquiatra solo le queda la confesión de su propio error como padre. Alberto no menciona su posible responsabilidad al querer olvidar el pasado, o no ser capaz de razonar sobre él ante sus hijos,  pues, como tantos otros entre los vencedores,  prefirió olvidar los sucesos,  pensando, tal vez equivocadamente,  que con ello evitaba reabrir heridas.  Cabe pensar que Carmen tampoco tuvo éxito en esa faceta de la educación de sus hijos,  por razones semejantes. En el caso del personaje real Castilla y  del ficticio Alberto, tendencias ideológicas opuestas tuvieron consecuencias  bastante parecidas en la generación siguiente.

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Un par de datos relativamente anecdóticos: Escribe Castilla del Pino (p. 425):  “Intentábamos paliar  en lo posible los efectos dela aplicación  de la Ley de Vagos y Maleantes (ya el nombre lo dice todo, no de ellos , sino de los que la promulgaron) a los homosexuales detenidos en alguna redada. La pena de cárcel quedaba al arbitrio de los funcionarios  de la prisión, que informaban al juez  encargado de la aplicación de esta ley.  De esta manera, si  el informe era desfavorable, la estancia en prisión de prolongaba de seis en seis meses…”

La Ley de vagos y Maleantes fue promulgada en la república y por impulso directo de Azaña.  Dado el número de homosexuales, podría creerse que las cárceles estaban llenas de ellos, pero no es así: España tenía por entonces (años 60-70) una de las poblaciones penales proporcionalmente  más bajas de Europa,  con muy escasa parte de homosexuales.  En la actualidad, la población penal quintuplica o sextuplica la de aquellos años.  De nuevo la estadística contrasta con los impresionismo subjetivos.

Esto resulta una insidia mucho peor, conociendo los hechos:

Recuerdo una entrevista con la provincial de las Hermanas de los Ancianos Desamparados una mujer (…) recatada, prudente pero  inteligente y aguda (…) Cuando le pregunté dónde había pasado los años de la guerra, me dijo que “en la zona republicana” (no “roja” ni “comunista”, lo usual entonces) “Madre”, añadí, “siento curiosidad por saber cómo las trataron a ustedes en la zona republicana, qué situaciones vivió”. “Nos aconsejaron”, me dijo, “que nos desprendiéramos de los hábitos, pero todos sabían que éramos monjas y nos trataban con respeto y afecto. Nos dedicaron a cuidar a milicianos heridos y enfermos. Muchos, cuando se iban curados, pegaban un papel en la pared, detrás de la cama, en el que escribían cosas como “Camarada, respeta a esta monja  que te ha de cuidar. A mí me ha cuidado como una hermana”. Y concluyó, con cierta reticencia: “Quizá por eso nosotras no tenemos mártires”.

No requiere más comentario.

 

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