Sobre fe y justicia
Mi contribución al libro Hablando con el Papa (http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/hablando-papa-20130430), se centró en la cuestión de la justicia y el mal, sobre la que expuse dos enfoques. El segundo es este: ¿Se caracterizan por la injusticia el mundo, la vida, la historia? La sociedad humana, según el protestantismo, tendría que ser radicalmente injusta, al ser obra de seres radicalmente caídos por el pecado original y cuyas obras carecen de valor. Solo una gracia arbitraria de Dios, cuya decisión y alcance no puede discernir con claridad nuestra mente, enmendaría parcialmente tan triste condición. El catolicismo, más esperanzador, valora las obras humanas, y por tanto considera la injusticia como un hecho parcial, no radical.
Pero cabe imaginar un punto de vista más amplio: la justicia como fundamento de la existencia. En las sociedades complejas, la justicia va ligada a la ley, que funda la existencia misma de la sociedad. La idea resulta en parte aplicable a la naturaleza en general, a la que hemos extendido, por analogía, el concepto de “ley”: llamamos “leyes” a aquellas regularidades conforme a las cuales se comporta el mundo físico, y sin las cuales este se convertiría en un caos inimaginable, no podría simplemente existir, al menos según nuestras capacidades psíquicas y racionales. Aunque no llamamos “justicia” a la gravedad, la llamamos ley, que, al cumplirse con plena regularidad al contrario que las leyes humanas, no va acompañada de “injusticia”. Debemos concluir de esta concepción que una sociedad radicalmente injusta no podría existir, o al menos mantenerse. La existencia de las sociedades humanas responde a una justicia, de la que las leyes distintas y aun contradictorias, así como las injusticias, solo serían manifestaciones parciales, subsumibles en una justicia más general. De este modo, lo que se presenta como injusticia a nuestro sentimiento y capacidad de raciocinio, podría no serlo en un sentido más amplio. Creo que esa viene a ser la lección que Dios da a Job: “tu sentido de la justicia, tu capacidad racional, solo alcanzan para juicios limitados”. Aunque, como dice la experiencia, no rígidamente limitados, sino expansivos o perfectivos. O, en otras palabras: la justicia inmanente que sostiene el mundo solo es accesible parcialmente a nuestra razón. Conclusión penosa pero difícil de eludir para el ser humano, desbordado por el mundo y por el misterio de su propia existencia.
La idea es esta: la justicia es el fundamento de la existencia, y la sociedad se sostiene porque es fundamentalmente justa, aunque nos sea difícil entender esa justicia. No haría falta, entonces, pensar en un “más allá” donde se compensara la injusticia de este mundo: serían solo nuestras limitaciones las que nos impidieran comprender del todo la justicia, es decir, el fundamento de la sociedad, análoga al fundamento de todo lo existente. No obstante, la intuición –por confusa o incompleta que sea— y el sentimiento de la justicia es inherente al hombre, y sin ella la vida social sería imposible.
Ello tiene relación con la fe. Me parece haber propuesto que la fe consiste en la creencia en el sentido de la vida, del mundo. Creencia y no conocimiento, porque el mundo se nos presenta más bien como un revuelto de objetos, sensaciones y cambios, de modo que nos ofrece más bien la impresión de un sinsentido. Y sin embargo nuestra psique exige perentoriamente una creencia que ponga orden en ese aparente caos, que le dé un sentido por una parte como fundamento (como justicia que tiene también relación con la idea de armonía) y por otra parte como finalidad de la existencia.
Esa exigencia psíquica podría ser una ilusión, y la vida y el mundo carecer de significado y finalidad, pero entonces tendríamos que preguntarnos de dónde viene esa ilusión y cómo podríamos estar tan radicalmente separados de la vida, cuando somos una creación de esta. Por lo demás, la conclusión del sinsentido del mundo nos llevaría al suicidio o a la mutua destrucción, en función de los deseos contradictorios que, sin objeto alguno, la vida ha puesto en nosotros. Esa “ilusión” solo puede reflejar algo real del mundo y la vida
Así, el ser humano se mueve en la tensión entre una exigencia de sentido, una intuición insuficiente de él, y la angustiosa inseguridad resultante. La historia del pensamiento –y no solo del pensamiento—testimonia ese esfuerzo, que a veces recuerda al de Sísifo. La elaboración más básica del “sentimiento e intuición del sentido” la producen las religiones, los mitos. Pero estos no solo contienen una visión consoladora, por llamarla así, sino también terrorífica, que conviene examinar.
http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-justicia-de-la-vida-4203/
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(Decíamos ayer) LD, 28-11-2000
Pesimismo y optimismo
“¿Qué carajo podemos hacer?”, preguntaba Ibarreche afectando desesperación ante uno de los últimos atentados. ¿Qué hace la autoridad legítima de un estado de derecho ante el crimen organizado? Nada más sencillo: reprimirlo con la ley en la mano. Y eso es justamente lo que no hace Ibarreche. Al contrario, su gobierno autónomo protege a los terroristas y su entramado legal por medio de la pasividad policial, una propaganda favorable y subvenciones multimillonarias. Ibarreche y los suyos no ven en la Eta un grupo criminal, sino unos hermanos nacionalistas, algo descarriados, pero con los que desea repartirse los papeles contra la democracia española, como tan expresivamente ha teorizado Arzalluz y los hechos confirman. Eso significa pura y simple complicidad con el terrorismo, y la pregunta de Ibarreche, con toda su hipocresía, ya es una respuesta: van a seguir por la misma línea.
La trampa tendida a Aznar por nacionalistas y socialistas catalanes en la manifestación por Ernest Lluch revela algo no menos alarmante: la conjunción de un sector, al menos, del PSOE con los nacionalistas catalanes y vascos para socorrer a estos últimos, con la mira puesta en progresar hacia la desmembración de España. La historia guarda recuerdo de coincidencias semejantes, como en el verano de 1934, cuando ambos nacionalismos y el PSOE cooperaron a desestabilizar al Gobierno legítimo de centro derecha. He aquí un incidente significativo de entonces: varios diputados acusaron en las Cortes a la Esquerra catalana, dueña del gobierno autónomo, de repartir armas y preparar la insurrección. El entonces jefe del Gobierno, Samper, hombre bienintencionado pero débil, replicó que eso sería “incubar una catástrofe”, por lo que él no daba crédito a la denuncia ni sería “capaz de inferir a los representantes de la Generalidad semejante injuria”. Pero la denuncia era totalmente cierta y, en efecto, la Esquerra “incubaba la catástrofe” de la guerra civil, junto con el PSOE y, en plano secundario, el PNV.
Creo que Aznar no es Samper, pero conviene advertir que los tiempos no van a ser fáciles ni la solución rápida. Las aguas han llegado muy lejos, en gran medida por la claudicación sistemática de izquierdas y derechas, durante más de veinte años, ante la demagogia nacionalista, que ha conquistado en el País Vasco a un sector muy amplio de la opinión. Hay, sin embargo, motivos para el optimismo. Desde hace unos años se percibe allí, por primera vez, una valerosa reacción intelectual, moral y política. La situación ya no es la que era.
