Inevitabilidad de la justicia y la fe / La vieja farsa en torno a la ETA.

 

Sobre fe y justicia

Mi contribución al libro Hablando con el Papa (http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/hablando-papa-20130430),  se centró en la cuestión de la justicia y el mal, sobre la que expuse dos enfoques. El segundo es este: ¿Se caracterizan por la injusticia  el mundo, la vida,  la historia? La sociedad humana, según el protestantismo, tendría que ser radicalmente injusta, al ser obra de seres radicalmente caídos por el pecado original y cuyas obras carecen de valor. Solo una gracia arbitraria de Dios, cuya decisión y alcance no puede discernir con claridad nuestra mente, enmendaría parcialmente tan triste  condición. El catolicismo, más esperanzador, valora las obras humanas, y por tanto considera la injusticia como un hecho parcial, no radical.

   Pero cabe imaginar un punto de vista más amplio: la justicia como fundamento de la existencia. En las sociedades complejas, la justicia va ligada a la ley, que funda la existencia misma de la sociedad. La idea resulta en parte aplicable a la naturaleza en general, a la que hemos extendido, por analogía, el concepto de “ley”:  llamamos “leyes” a aquellas regularidades conforme a las cuales se comporta el mundo físico, y sin las cuales este se  convertiría en un caos inimaginable, no podría simplemente existir, al menos  según nuestras capacidades psíquicas y racionales.  Aunque no llamamos “justicia” a la gravedad, la llamamos ley, que, al cumplirse con plena regularidad al contrario que las leyes humanas, no va acompañada de “injusticia”.  Debemos concluir de esta concepción que una sociedad radicalmente injusta no podría existir, o al menos mantenerse. La existencia de las sociedades humanas responde a una justicia, de la que las leyes distintas y aun contradictorias, así como las injusticias, solo serían manifestaciones parciales, subsumibles en una justicia más general.  De este modo, lo que se presenta como injusticia a nuestro sentimiento y capacidad de raciocinio, podría no serlo en un sentido más amplio.  Creo que esa viene a ser la lección que Dios da a Job: “tu sentido de la justicia, tu  capacidad racional, solo alcanzan para juicios limitados”. Aunque, como dice la experiencia, no rígidamente limitados, sino expansivos o perfectivos. O, en otras palabras: la justicia inmanente que sostiene el mundo solo es accesible parcialmente a nuestra razón. Conclusión penosa pero difícil de eludir para el ser humano, desbordado por el mundo y por el misterio de su propia existencia.

La idea es esta: la justicia es el fundamento de la existencia,  y la sociedad se sostiene porque es fundamentalmente justa, aunque nos sea difícil entender esa justicia. No haría falta, entonces, pensar en un “más allá” donde se compensara la injusticia de este mundo: serían solo nuestras limitaciones las que nos impidieran comprender del todo la justicia, es decir, el fundamento de la sociedad, análoga al fundamento de todo lo existente. No obstante, la intuición –por confusa o incompleta que sea— y el sentimiento de la justicia  es inherente al hombre, y sin ella la vida social sería imposible.

Ello tiene relación con la fe.  Me parece haber propuesto que la fe consiste en la creencia en el sentido de la vida, del mundo. Creencia y no conocimiento,  porque el mundo se nos presenta más bien como un revuelto de objetos, sensaciones y cambios, de modo que nos ofrece  más bien  la impresión de un sinsentido. Y sin embargo nuestra psique exige perentoriamente  una creencia que ponga orden en ese aparente caos, que le dé un sentido  por una parte como fundamento (como justicia que tiene también relación con la idea de armonía) y por otra parte como finalidad de la existencia.

Esa exigencia psíquica podría ser una ilusión, y la vida y el mundo carecer de significado  y finalidad, pero entonces tendríamos que preguntarnos de dónde viene esa ilusión y cómo podríamos estar tan radicalmente separados de la vida, cuando somos una creación de esta. Por lo demás, la conclusión del sinsentido del mundo nos llevaría al suicidio o a la mutua destrucción, en función de los deseos contradictorios que, sin objeto alguno, la vida ha puesto en nosotros. Esa “ilusión” solo puede reflejar algo real del mundo y la vida

Así, el ser humano se mueve en la tensión entre una exigencia de sentido, una intuición insuficiente de él, y la angustiosa inseguridad resultante. La historia del pensamiento –y no solo del pensamiento—testimonia ese esfuerzo, que a veces recuerda al de Sísifo. La elaboración más básica del “sentimiento e intuición del sentido”  la producen las religiones, los mitos.  Pero estos no solo contienen una visión consoladora, por llamarla así, sino también terrorífica, que conviene examinar.

http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-justicia-de-la-vida-4203/

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(Decíamos ayer) LD,  28-11-2000

Pesimismo y optimismo

“¿Qué carajo podemos hacer?”, preguntaba Ibarreche afectando desesperación ante uno de los últimos atentados. ¿Qué hace la autoridad legítima de un estado de derecho ante el crimen organizado? Nada más sencillo: reprimirlo con la ley en la mano. Y eso es justamente lo que no hace Ibarreche. Al contrario, su gobierno autónomo protege a los terroristas y su entramado legal por medio de la pasividad policial, una propaganda favorable y subvenciones multimillonarias. Ibarreche y los suyos no ven en la Eta un grupo criminal, sino unos hermanos nacionalistas, algo descarriados, pero con los que desea repartirse los papeles contra la democracia española, como tan expresivamente ha teorizado Arzalluz y los hechos confirman. Eso significa pura y simple complicidad con el terrorismo, y la pregunta de Ibarreche, con toda su hipocresía, ya es una respuesta: van a seguir por la misma línea.

La trampa tendida a Aznar por nacionalistas y socialistas catalanes en la manifestación por Ernest Lluch revela algo no menos alarmante: la conjunción de un sector, al menos, del PSOE con los nacionalistas catalanes y vascos para socorrer a estos últimos, con la mira puesta en progresar hacia la desmembración de España. La historia guarda recuerdo de coincidencias semejantes, como en el verano de 1934, cuando ambos nacionalismos y el PSOE cooperaron a desestabilizar al Gobierno legítimo de centro derecha. He aquí un incidente significativo de entonces: varios diputados acusaron en las Cortes a la Esquerra catalana, dueña del gobierno autónomo, de repartir armas y preparar la insurrección. El entonces jefe del Gobierno, Samper, hombre bienintencionado pero débil, replicó que eso sería “incubar una catástrofe”, por lo que él no daba crédito a la denuncia ni sería “capaz de inferir a los representantes de la Generalidad semejante injuria”. Pero la denuncia era totalmente cierta y, en efecto, la Esquerra “incubaba la catástrofe” de la guerra civil, junto con el PSOE y, en plano secundario, el PNV.

Creo que Aznar no es Samper, pero conviene advertir que los tiempos no van a ser fáciles ni la solución rápida. Las aguas han llegado muy lejos, en gran medida por la claudicación sistemática de izquierdas y derechas, durante más de veinte años, ante la demagogia nacionalista, que ha conquistado en el País Vasco a un sector muy amplio de la opinión. Hay, sin embargo, motivos para el optimismo. Desde hace unos años se percibe allí, por primera vez, una valerosa reacción intelectual, moral y política. La situación ya no es la que era.

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Problemas del mercado / Pensamiento simplón (3)

 

La crisis actual parece  tener relación con una perversión del mercado, más bien que con la intervención pública. Al menos en lo que respecta a su sector inmobiliario. Durante años el precio de la vivienda creció de manera extraña (extraña, porque había una gran oferta y gran número de casas vacías). El PP creyó que liberalizando el mercado con la ley de 1998,  que declarase edificable todo terreno, salvo que estuviera expresamente prohibido, el mercado se racionalizaría, el ritmo de construcción  descendería  y los precios también. Pero ocurrió lo contrario. Y entonces muchos expertos y políticos, creo que la gran mayoría,  insistían en que se había entrado en un “círculo virtuoso” generador de empleo y prosperidad indefinidamente. Es más, se predicaba que endeudarse era enriquecerse, máxime con la entrada en el euro, el cual –aseguraban los políticos y los expertos– garantizaba  el indefinido funcionamiento del sistema. Por otra parte, que la construcción adquiriese tal peso relativo en la economía no era motivo de preocupación, no solo porque impulsaba una infinidad de otras industrias, sino porque cada país tiene sus ventajas particulares en las que apoyarse, como pasaba también con el turismo, nuestro “petróleo”. Quienes dudaban de tales prodigios eran pocos, la mayoría no osaba expresarse, ya que la realidad más evidente parecía desmentirle año tras año, y si se expresaba nadie le hacía caso.

Es decir, los mercados, por su dinámica propia, pueden crear efectos perversos. Otro caso, que plantea problemas muy varios, lo tenemos en la televisión. Cuando se permitieron cadenas privadas se dio por sentado que ello mejoraría mucho su calidad, gracias a la competencia. Pero, aparte de que ya bajo los socialistas la televisión pública cabalgaba hacia la basura, la competencia se estableció sobre la base de la basura, precisamente. Desde el punto de vista de algunos liberales, ello no era nada malo, pues la basura satisfaría los deseos de los individuos, y contra eso no habría nada que decir. Es más, quedaría inapropiado hablar de basura o no basura, solo de la opción de los individuos. En los “Diálogos de Porriño” caricaturizaba esa visión de la supuesta bondad y eficiencia del mercado dejado a su exclusiva dinámica: los políticos competían por superar la crisis basándose en la prostitución, el juego o el fomento de la delincuencia.

El problema de la crisis se plantea, desde ciertos puntos de vista, en relación con el estado y su intervención: la dificultad de encontrar  el punto de equilibrio, si este existe, entre el estado y la sociedad civil. Los anarcocapitalistas imaginan –con argucias sofísticas, en mi opinión—que la sociedad podría funcionar sin ningún otro poder que las relaciones contractuales entre individuos (que podrían incluir, por ejemplo, el asesinato profesional).Y otros muchos establecen una contraposición entre sociedad, en general,  y estado, cuando este siempre fue parte de la sociedad, es una creación de esta.

El papel del estado permanece oscuro.  La crítica a la intervención keynesiana tiene buenos argumentos, salvo que las políticas keynesianas no han sido, en general, tan ruinosas cono cabría esperar de tales argumentos. Otra crítica mayor sería que la intervención creciente del estado conduciría –conduce— a regímenes realmente despóticos bajo ropajes democráticos.

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El pensamiento simplón (y3) (LD, 1-II-2001)

Nadie en sus cabales puede negar que la cultura española ha sido, y en lo fundamental sigue siendo, latina y cristiana: el idioma común, el derecho, las costumbres y actitudes corrientes, la religión vastamente mayoritaria –y hasta hace pocos decenios prácticamente unánime–, etcétera. Que esa cultura quedó asentada en la Edad Media, mediante un largo combate con la cultura islámica, también salta a la vista; los restos islámicos en España son arqueología, lo mismo que los latinos y cristianos en Marruecos. También está de sobra claro, aunque algunos no quieran verlo, que esa lucha de siglos fue posible porque antes de la invasión islámica España había sido latina y cristiana, y tenido un estado propio. Gracias a ello, existió la Reconquista. Si los árabes hubieran encontrado la península en las condiciones de división cultural, política e idiomática que la encontraron los romanos, hoy seguramente seríamos un país como los del Magreb, sin valorar ahora lo fausto o infausto del hecho. Sería la realidad, sin posible comparación con otra alternativa.

Estos hechos, que constituyen nuestra identidad más básica, son sentidos como un peso o una carga insufrible por Goytisolo o Fuentes. Les parecen opresivos, los niegan o los desacreditan. Lo importante, dicen, no fue la lucha, sino el “mestizaje” cultural, que ensalzan, haya existido o no. Todos los pueblos son mestizos, aunque unos muchos y otros muy poco. Ello no constituye un mérito, ni mucho menos una obligación. Es simplemente una realidad histórica no valorable, excepto para los racistas (la manía mestizadora de Goytisolo y compañía resulta tan absurda como la contraria de los hitlerianos). Pero si por algo sorprende el mestizaje cultural español con el Islam , es por su escasez, teniendo en cuenta el prolongadísimo contacto entre ambas partes. Naturalmente en esos siglos hubo intercambios de todo tipo entre España y Al Andalus, pero en un contexto histórico de hostilidad, en que uno de los contendientes venció (en el Magreb ganaron los que en España perdieron). No debe extrañarnos. Difícilmente ocurriría en la Edad Media algo distinto de lo que ocurre ahora en Palestina, entre árabes y judíos.

La incapacidad de aceptarse a uno mismo suele ser un rasgo neurótico. ¿Puede extenderse ese rasgo a grupos sociales? Da la impresión de que sí, de que esa tara afecta a muchos españoles desde el siglo pasado. Goytisolo y sus amigos no soportan la España real –ellos la llaman, osadamente, “oficial”–, la encuentran poco progresista, poco tolerante, poco libre. No como el Marruecos de Hassan o el Méjico del PRI, insistamos en ello porque nos da una clave para interpretarlos.

 

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Franco gana la superioridad material / El pensamiento simplón (2)

Blog I: Cómo salir de la involución democrática / “Adiós”. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-salir-involucion-democratica-adios-20130509

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Franco gana la superioridad material

Al atacar la franja cantábrica, Franco debilitaba la zona centro, donde operaba el mejor ejército rojo, corriendo así un riesgo muy considerable. Por supuesto,  sus enemigos se percataron de las posibilidades que ello les ofrecía y diseñaron, ya después de la batalla de Guadalajara,  hasta un ambicioso plan de cortar en dos la zona nacional mediante una ofensiva hacia Mérida. Operación factible en principio, dado el material y tropas disponibles, y la distancia a la frontera portuguesa (solo 70 kilómetros en aquella zona). Aunque  podría terminar atacada en tenaza desde Andalucía y desde Cáceres. En cualquier caso habría puesto a los nacionales en grave peligro y cortado los abastecimientos de su ejército desplegado en torno a Madrid; y, más tarde,  habría obligado a suspender la ofensiva nacional por el norte cantábrico. El plan volvería recurrentemente al mando rojo, pero nunca sabremos qué  éxito tendría, ya que  fue descartado  por los comunistas y los asesores soviéticos,  básicamente porque habría proporcionado una gran popularidad a Largo Caballero. A este trataban de defenestrarlo cuanto antes, cosa que lograron  en mayo del 37. En todo caso, las izquierdas harían grandes y repetidos esfuerzos por contraatacar en el centro a fin de romper el frente nacional o, al menos, distraer a Franco de la ofensiva en el  norte.

Franco (Mola en este caso) emprendió su ataque sobre Vizcaya con ligera inferioridad de tropas (lo que le dificultaría explotar victorias locales), ligera superioridad artillera y, sobre todo, gran superioridad aérea. Esta superioridad no era solo numérica, pues la estrechez de la franja norteña hacía imposible prevenir los ataques aéreos contrarios,  de modo que  se perdieron numerosos aviones enviados desde Madrid en apoyo.  La aviación tomó así un considerable protagonismo, si bien la guerra fue siempre muy fundamentalmente de infanterías.

Frente a muchas desventajas, el bando nacional tuvo en el norte el beneficio de las rivalidades entre separatistas e izquierdistas en general. Así, el PNV sirvió a Franco de inestimable cuanto involuntario, auxiliar, pues le facilitó la entrega intacta de la industria bilbaína y la primera gran batalla de copo, en Santander,  hacia finales de agosto. Allí los nacionales se harían con un enorme botín en armas y decenas de miles de prisioneros, gran número de los cuales  fueron incorporados al ejército vencedor.  Casi dos meses más tarde terminaba la ofensiva en Gijón.

Entre tanto habían fracasado en el centro las sucesivas las contraofensivas rojas, emprendidas siempre con absoluta superioridad local en tropas y aviación, por la Casa de Campo, La Granja y Segovia, Huesca, Brunete y Belchite. El ejército nacional demostró siempre una extraordinaria destreza y resistencia defensiva, contra la que se estrellaron todos los ataques. Solo en Brunete tuvo Franco  necesidad de frenar su ofensiva en el norte y distraer tropas importantes desde allí. Por un momento pareció abrirse la posibilidad de dirigirse de nuevo sobre Madrid, pero la resistencia de los rojos, una vez frustrado su ataque, lo impidió.

Al final de la campaña del norte, el Frente Popular había perdido la cuarta parte de sus tropas totales, unos 200.000 hombres:  la mitad fueron a engrosar el ejército nacional y la otra mitad internados. También había perdido más de 200 aviones, 100 de ellos cazas modernos, dos destructores, cuatro submarinos y otros buques, aparte de una masa de artillería. No menos importante, perdía unas industrias y minas fundamentales para la prosecución de la guerra, y de las que había sacado muy poco rendimiento, al revés de lo que harían los nacionales.

El ejército de Franco había sido capaz de derrotar a un enemigo numeroso y bien pertrechado en un terreno  tan fácil a la defensa como difícil para el ataque, al tiempo que frustraba las peligrosas contraofensivas enemigas por la zona centro y Aragón.    Hasta entonces, la superioridad nacional había sido sobre todo cualitativa, pero en octubre del 37, por primera vez,  se sumaba a ella  una superioridad material  no muy grande aún, pero ya significativa. No parece obra de un general mediocre, un mero táctico o un militar de mentalidad colonial. Muchos creyeron que la guerra estaba resuelta, pero todavía no fue así frente a un enemigo empeñado, si no ya en ganarla, al menos en alargarla hasta que los acontecimientos europeos le fueran favorables.

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(En LD,  23-I-2001)

El pensamiento simplón (2)

Cierta marca de cerveza convirtió en publicistas suyos a una serie de personajes históricos — Shakespeare, Bach y otros–, colocando sus efigies al lado de una botella, y debajo una frase que sugería su entusiasmo por la marca en cuestión. Una muestra más, vagamente graciosa, de la trivialización de la vida actual. El pensamiento simplón –que no ingenuo– domina esa técnica, si bien con menos gracia. Canta Carlos Fuentes: “Para Goytisolo, mestizar es cervantizar, y cervantizar es islamizar y judaizar”. Que eso crea Goytisolo apenas importa, pues en fin de cuentas cada cual puede interpretar las cosas como le dé la gana, aunque no pretender que todas las interpretaciones tengan valor. Importa, en cambio, que Fuentes y demás intenten hacer de sus muy particulares y aun peculiares interpretaciones un canon, faltar al cual hundiría al transgresor en las tinieblas del fascismo.

No podemos saber –aunque sí imaginar razonablemente– qué replicaría a la versión goytisoleña Cervantes, tan estrechamente relacionado con la Inquisición, soldado en Lepanto, catador de las delicias del cautiverio en tierras islámicas, donde tantos miles de cristianos perdieron la salud y la vida, español y católico nunca desmentido. Y ante esa imposibilidad de saber, el mínimo pudor intelectual exige evitar la desvergüenza de usar al indefenso como hombre anuncio de nuestras preferencias ideológicas. Si, por ejemplo, Cervantes tuvo algunas frases de comprensión para los moriscos expulsados, eso entra perfectamente en la moral católica de la época, junto con la aceptación de una expulsión que, con los turcos y berberiscos amenazando el país (¿o sólo querían infundir tolerancia a los cristianos?) casi todo el mundo juzgó entonces necesaria, aun si dolorosa. En todo caso cabe suponer que Cervantes no hubiera caído en simplezas, puesto que no las escribió.

Trucos tales, que más que tergiversar destrozan la verdad, tipifican el campo de la barbarie. ¡Es tan relativa, y trabajosa, la verdad! A muchos intelectuales les da igual ser veraces, lo que cuenta para ellos es parecer “progresistas”. Les suena progresista pintar a los árabes y judíos medievales como tolerantes, emprendedores y avanzados frente a la cerrazón y brutalidad achacadas a los cristianos. Pero vayamos a nuestra época, sobre la que podemos conocer algunas cosas con más certeza: Goytisolo y Fuentes han encontrado fácil acomodo en tiranías tan siniestras como la de Hassan II o la del PRI.. Esto es una verdad, matizable, desde luego, pero en lo esencial indudable. Ambos intelectuales disfrutan de un carácter desenvuelto, gracias al cual pretenden sentar cátedra en asuntos de libertad y tolerancia. Esa pretensión es también un hecho, curioso, desde luego, pero cierto.

 

 

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El mundo y la peripecia humana /Roosevelt y Churchill, ¿figuras del siglo?

Blog I: Como salir de la crisis nacional / A San Blas, abogado de la garganta: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/salir-crisis-nacional-san-blas-abogado-garganta-20130506

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El ser humano se encuentra en la vida con una doble realidad: por una parte puede desenvolverse y sobrevivir en el mundo, y por otra parte trata de entender este y su propia acción dentro de él. La impresión del mundo y de la vida tiene más o menos fuerza según las personas y también según las circunstancias. Así, mucha gente apenas  siente esa impresión mientras puede satisfacer sus necesidades básicas o llevar una vida sin grandes alteraciones; en cambio otra gente sufre esa impresión con gran intensidad,  y probablemente se encuentra en ella la clave, o una clave, de la producción cultural superior (arte, pensamiento, etc.). La intensidad varía también mucho en unas mismas personas, según la vida les resulta fácil o chocan con grandes obstáculos  ya sea para sobrevivir o para cumplir ciertas aspiraciones, no digamos en presencia de una enfermedad  grave o de un peligro mortal. En todo caso, se sea más o menos sensible ante estas realidades, ellas permanecen, como retándonos, incluso dolorosamente, a comprenderlas.

Según P. Diel, el mito, en general, da una explicación simbólica del mundo y de la peripecia humana dentro de él. Ya vimos por qué solo puede ser simbólica y no racional. El ser humano se percibe capaz de hacer cosas y de satisfacer muchos de sus deseos –aunque estos le vienen dados, en lo fundamental, no dependen de su voluntad–, y por analogía percibe el mundo como resultado de unas fuerzas y deseos que le sobrepasan de manera absoluta, pero que no pueden serle del todo ajenos, puesto que él está en ese mundo y es un producto de él. Su propia experiencia personal le hace ver que las cosas, el mundo, deben tener un origen temporal y con toda probabilidad un final, de la misma forma que le pasa a él y a todas las cosas concretas que maneja.

No menos intrigante, acaso más, resulta para el ser humano su propia peripecia vital. Le inquieta  la causa de ser como es, tan distinto de los animales y demás seres que conoce, y asimismo le interesa lo que hace y lo que le ocurre durante el tiempo en que se mueve por el mundo –tiempo que puede parecerle  corto o largo—. Así, el mito tendría un componente cosmológico, una explicación sui generis del mundo y su origen por medio imágenes a veces muy extrañas –en el sentido de no racionales– pero de fondo no arbitrario; y un componente digamos personal, el de la propia vida humana, presentada de forma individual  (los héroes) y que sin embargo debe obedecer a ciertos modelos. Implícitamente, los relatos de los héroes míticos responderían, de modo positivo o negativo, a la pregunta de “cómo debería comportarme en el tiempo de vida que me ha sido dado”. Son relatos de aspecto a menudo trágico o brutal y suelen terminar en fracaso.

Los mitos no serían solamente explicaciones o interpretaciones más o menos calmantes de la angustia connatural a la condición humana, sino que tendrían un valor inspirador, un valor cultural que, de forma no muy consciente (al modo del arte), orientarían la vida de las comunidades y los individuos, y les darían un sentido.  Asimismo, las mitologías de los distintos pueblos, aunque tengan un fondo común, serían más o menos elaboradas, o bellas, o profundas,  según las diferentes culturas, de modo que no todas estas alcanzarían el mismo valor  cultural. El estudio de Diel sobre los mitos griegos es sumamente sugestivo, aun si en algunos aspectos insatisfactorio o dé la impresión de retorcer en exceso el relato original,

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JORNADAS DE HOMENAJE A AQUILINO DUQUE  Organizan:

FUNDACIÓN DE CULTURA ANDALUZA (FUNDECA)

INSTITUTO DE LA CULTURA Y LAS ARTES DE SEVILLA (ICAS) CASA DE LOS POETAS

7 de mayo  20:00 horas.

Real Academia Sevillana de Buenas Letras (C/ Abades, 14)

La novela de Aquilino Duque Intervienen: Jacobo Cortines, José Julio Cabanillas, José Alberich

21:30 horas  La Carbonería (C/ Levíes, 18) Recital de Flamenco de Alicia Serna

 8 de mayo  12:30 horas  Jardines del Valle

Descubrimiento de un azulejo

20:00 horas  Casa de los Poetas y las Letras (Casino de la Exposición)

La obra ensayística de Aquilino Duque. Intervienen: Enrique García Máiquez, Juan Lamillar, Francisco Bejarano

 9 de mayo 11:30 C/ Betis, frente al Restaurante Abades.

Paseo literario con textos de Aquilino Duque.

20:00 horas  Casa de los Poetas y las Letras (Casino de la Exposición)

La poesía de Aquilino Duque Intervienen: José Mateos, Carmelo Guillén, Luis Alberto de Cuenca.

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Opinión

Roosevelt y Churchill,  ¿figuras del siglo?

Hugh Thomas ha propuesto, con buenos argumentos, a F. D. Roosevelt como la figura política más importante del siglo. Eso de buscar “el más” de cualquier cosa, desde “miss mundo” hasta “el mejor científico”, tiene algo de manía, pero entra en el estilo anglosajón de la competencia, y lógicamente los españoles, sometidos a su cultura, no nos libramos de ella. Hace poco el diario El Mundo proponía para el puesto a Churchill, de quien trazaba un exuberante panegírico (incluyendo observaciones despectivas hacia los españoles en la guerra de Cuba, aunque lo cierto es que Churchill escribió entonces muy a favor nuestro).

Ciertamente, los méritos del estadista inglés son sobresalientes, pero si queremos evitar la beatería, tan frecuente en la izquierda como en la derecha hispanas, conviene no olvidar una mancha terrible en su carrera y en la del norteamericano: los espeluznantes bombardeos terroristas sobre la población civil durante la II Guerra Mundial. Si en Guernica, según los estudios más fiables, la Legión Cóndor mató a 120 personas, la cifra fue multiplicada casi por mil en las gigantescas incursiones aéreas sobre los suburbios obreros de Tokio o sobre Dresde, aparte de decenas de otras acciones similares, cuyas víctimas eran, sobre todo, niños, mujeres y ancianos. Aunque el método lo iniciaron los nazis, debe reconocerse que encontraron en los políticos anglosajones unos discípulos en extremo aventajados. Esto es sabido, pero casi nunca recordado, y no veo por qué.

Una atrocidad más pesa sobre Roosvelt y no sobre Churchill. Éste escribió que en un almuerzo durante la Conferencia de Teherán, Stalin anunció su intención de fusilar a 50.000 oficiales alemanes. Churchill replicó: “preferiría que me sacaran ahora mismo al jardín y me fusilaran antes que manchar mi honor y el de mi país con semejante infamia”. Roosevelt, complaciente, sugirió dejarlo en 49.000, y el hijo de Roosevelt brindó por la muerte “no sólo de esos 50.000 nazis, sino de cientos de miles más”. Stalin, encantado, le abrazó. Churchill, fuera de sí, abandonó la sala. Stalin fue a buscarle y, conciliador, le dijo que se trataba de una broma. El inglés estaba seguro de que hablaba en serio.

Y también Roosevelt hablaba en serio. Terminando la guerra, los prisioneros de guerra alemanes en manos norteamericanas, junto con miles de civiles, incluidos niños, fueron hacinados entre alambradas, sin cobertizos ni apenas agua, alimentos o ropas de abrigo, y sin permitir ayuda de la Cruz Roja o de la población. Así fueron exterminados alrededor de un millón de prisioneros. El espectáculo, según diversos testimonios, recordaba el de los campos nazis de Belsen o Dachau.

El general Patton dijo que su jefe, Eisenhower, empleaba “prácticamente los métodos de la Gestapo”. La cronista D. Thompson acusó: “Al adoptar los principios y métodos de Hitler, Hitler ha terminado por ganar, aunque hayamos vencido a Alemania”. Estos hechos están documentados por el historiador canadiense James Bacque en su libro “Other losses”, no traducido al español y cuya consulta debo a la amabilidad de J. Jiménez Lozano. Aunque Roosevelt falleció en abril de 1945, esa política estaba ya en marcha.

No sé si es preciso algún comentario.

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Los mitos, contenido y lenguaje / Los pesados argentinos

Blog I: Hablando con el Papa: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/hablando-papa-20130430

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Mito: el lenguaje y el contenido.

Los mitos, tomados literalmente, nos parecen en general disparatados, sea  desde un punto de vista racional o empírico (científico). Por consiguiente, quienes afirman que el creyente los toma literalmente, debe explicar también la razón de esa literalidad, a menos que sostenga que creencia y estupidez son equivalentes. Sin embargo los creyentes no son, en general, más ni menos estúpidos o inteligentes  que los incrédulos, ateos o agnósticos, y así la cuestión queda sin resolver. Una respuesta bastante fácil es que los mitos aportan un sentimiento de clarificación y de sentido del mundo y de la vida, la propia y la general. De acuerdo con lo que ya hemos visto, el hombre tiene un sentimiento profundo del mundo, de la vida social y de sí mismo. Ese sentimiento es ambiguo,  a un tiempo placentero e inquietante, con la angustia como uno de sus componentes esenciales. La psique reacciona a él  de dos maneras: una, práctica, diseñando técnicas y medios para desenvolverse y sobrevivir, y otra, más profunda, elaborando relatos (mitos) explicativos, acompañados de ritos para hacer propicias a unas fuerzas muy superiores de las que el ser humano se siente en dependencia, puesto que, entre otras cosas, terminan acabando con su vida. Esas fuerzas son personificadas y se les atribuyen acciones e intenciones análogas a las humanas, para hacerlas de algún modo familiares. Lo cual dista de ser arbitrario, a menos que consideremos a los seres humanos radicalmente diferentes del resto de la naturaleza. Como no es así, como el hombre sale de la tierra y vuelve a la tierra,  donde se disuelve, sus sentimientos e ideas deben ser comunes a la tierra, a la naturaleza,  aunque sea difícil o imposible discernir de qué modo preciso.

La misión del mito es, por tanto, satisfacer esa necesidad psíquica primordial:  dar un sentido a la vida humana, dentro de un mundo que también debe tener sentido. La necesidad de orden y sentido es tan fuerte, y la sensación de angustia sin ellos tan demoledora, que vemos continuamente, al tratar las ideologías, cómo la gente se aferra a ellas por más que los hechos conocidos las desmientan. Un aferramiento que cae fácilmente en el fanatismo. Sucede así porque las ideologías introducen orden y sentido en lo que de otro modo sería un caos intolerable que empujaría incluso al suicidio.

En buena medida, las ideologías surgen de la crítica racional de los mitos. Sin embargo cabría sospechar de la racionalidad real de esa crítica. Pues, como decía, equivale a sostener la estupidez de los creyentes. Pero estos, por muy literalmente que crean en el mito, obtienen de él algo parecido a lo que los creyentes en la ideología: una especie de consuelo en un sentimiento de orden que les permite sostenerse en la vida.

Y si es así, debemos suponer que,  al menos de forma no muy consciente, los mitos tienen un significado más allá de su contenido textual. Dicho de otro modo, si logran ejercer una sugestión,  generalmente más eficaz que  la ejercida por las ideologías, ha de deberse a que poseen un  contenido más allá del textual, accesible, al menos en parte, a una crítica más adecuada que la ideológica. En fin,  cabe sostener que su lenguaje es simbólico,  alusivo a algo más allá del significado literal.

Llegados aquí, hemos de preguntarnos por qué, entonces, el relato mítico no se expresa de forma racional y directamente inteligible, como hace o trata de hacer el discurso racional, o el científico. Creo que la respuesta está en el contenido mismo, que  escapa, al menos parcialmente, a la exposición racional y lógica. Ese contenido, volviendo al principio, consiste en el sentido de la existencia, particular del individuo, general de la humanidad y más aún del mundo. El cual no admite una explicación del mismo estilo que la del sentido de una mesa y las normas para su construcción, por ejemplo. se trata de algo infinitamente superior, pero que aun así debe guardar analogía con la actividad corriente humana de construir una mesa, o  fabricar aperos de labranza o armas de caza. A menos, repito, que nos consideremos radicalmente distintos de la naturaleza. Es decir: tal como somos nosotros, así debe ser el mundo, por muchas diferencias que encontremos en un plano superficial

Algo semejante ocurre con el arte en general y la literatura en particular. Vistos desde un punto de vista técnico y racional, resultan absurdos, ilusiones arbitrarias. Y sin embargo los apreciamos de modo extraordinario aunque no sepamos decir claramente por qué, ni valorarlos del modo objetivo como valoramos una silla o un ordenador.

En conclusión: el contenido de los mitos es la explicación sui generis de algo (como el sentido del mundo y de la vida personal) que supera las posibilidades explicativas racionales, y que por lo tanto se expresa de forma metafórica o por un complejo pensamiento analógico.  Interpretar el lenguaje mítico de forma estrictamente lógica resulta tan inadecuado como interpretar del mismo modo la literatura. Y por ello también resulta chocante y artificioso el empleo del lenguaje simbólico para sucesos que  no lo necesitan, por ser triviales o por poder expresarse perfectamente en lenguaje racional.

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Decíamos ayer: (LD, 22-6-2001)

Los pesados argentinos

Deja una impresión penosa la imagen de los vociferantes sindicalistas con sus simplezas sobre los españoles ordeñando para su provecho la vaca Argentina. Si la vaca está ahí, a su disposición, ¿por qué no la ordeñan los sindicatos? En todos los países, los sindicatos parecen tener las ideas muy claras sobre cómo deben funcionar las empresas y crearse puestos de trabajo, pero, misteriosamente, nunca hacen nada de eso. Al revés, lo que suelen crear es cargos burocráticos para ellos mismos, pagados con dinero público, y que destruyen otros tantos o más empleos reales y productivos.

Esas concepciones seudo-económicas se han debilitado bastante, afortunadamente, en muchos países, pero en Argentina parece seguir en pleno vigor. Hace años se decía que en Buenos Aires hasta las mucamas leían a Sartre. Un país donde ocurre tal cosa y se cuenta como un motivo de orgullo, necesariamente debe de estar algo enfermo, y es sintomático el hecho de que el psicoanálisis se haya convertido allí en una especie de industria nacional.

Esa campaña contra España recibe alientos, desde luego, de Usa y otros intereses, que ven en los españoles una competencia indeseada, a la que, como bromeando, presentan como una segunda conquista. Afortunadamente España no está, ni de lejos, en condiciones de ejercer un papel imperialista en Hispanoamérica, ni aunque lo deseara – y creo que a nadie se le ocurre eso aquí, a estas alturas–. Puede cometer errores de gestión, pero sus inversiones allí contribuyen a crear empleo y son mutuamente beneficiosas en un plano de igualdad, contra lo que pretenden los vociferantes, cuyos jefes sí saben ordeñar bien la vaca del dinero público.

Creo que existe también en Argentina cierto resentimiento, más fundado, desde la guerra de la Malvinas, en la que Calvo Sotelo hizo jugar a España un papel tan lamentable. Recuerdo que tiempo después discutí con Martín Prieto, con quien tenía entonces alguna amistad, sobre aquella guerra, en la que él, muy en la onda anglómana de Benet, defendía a los ingleses. “Los argentinos –decía– son unos pesados”. “Sí, pero son los nuestros”, le rebatí, o intenté rebatirle. Los españoles y los hispanoamericanos podemos traicionarnos, es más, somos expertos en traicionarnos, y una síntesis de esa traición es el término “Latinoamericana”, pero el daño siempre será mutuo, y no sólo de una parte.

 

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