Blog I: Dos crisis y dos generaciones / Recuerdos sueltos: Las Hurdes, III
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Una interpretación del pecado original
Como vamos viendo en estas consideraciones un tanto desordenadas, la razón no puede sustituir a la religión para satisfacer la exigencia de sentido propia de la psique humana, ni, por tanto, servir como fundamento a una moral. Tampoco puede satisfacer esa necesidad la ciencia. Ha habido intentos de elaborar una moral “científica”. Lo planteaba el famoso libro de Monod, El azar y la necesidad, como una necesidad urgente de nuestro tiempo, en que los avances científicos vienen lastrados por concepciones supersticiosas y absurdas. Pero es dudoso que por ahí se consiga una moral “científica”. Pues el método de la ciencia se basa en la proscripción de la causa final o teleología, y no podemos concebir un sentido a la vida, y por tanto a la moral, al margen de la intención finalista. Sin ella, la vida humana y la naturaleza en general, se convierte en un conjunto infinito de acciones sin sentido, precisamente. “En el principio fue la acción”, se dice en el Fausto de Goethe, mientras que el Evangelio sostiene que fue el verbo, la palabra, o sea, la intención. El Verbo es, precisamente, el sentido de todas las acciones posibles, el Espíritu. El sentido no puede nacer de la acción (de la materia) más que como una ilusión, según señalaba agudamente Freud. Por tanto, hasta ahora no ha conseguido desplazarse a la religión como productora de la moral, ni parece fácil que se consiga, precisamente porque las características de la razón y de la ciencia las hacen inapropiadas a tal efecto. No obstante, la desconfianza o inquietud hacia la religión también anidan profundamente en la psique humana.
Creo que los mitos explican el origen de la moral de un modo un tanto enigmático pero más profundo de lo que pueden hacerlo la razón o la ciencia. Reproduzco un breve artículo que publiqué hace dos años largos en el blog de LD:
El hombre tiene muchos elementos comunes con los animales, y otros que lo diferencian decisivamente. Propiamente, el hombre no es un animal, como un animal no es una planta. En común con los animales tiene el hombre las pulsiones básicas de nutrición y reproducción, la parte instintiva, las reacciones de ataque y huida, etc. Las diferencias radican en la esfera del bien y el mal, la culpa y la felicidad, la consciencia de la muerte, la capacidad de razonamiento, la individuación y seguramente otros más. A estos últimos los llamamos, convencionalmente, rasgos espirituales, y a los anteriores, materiales. Los productos del espíritu son la religión, la ciencia, el arte, el pensamiento, la ideología, etc., y el hombre estaría así dividido, a veces desgarrado, entre el espíritu y la materia. Es decir, el ser humano, espiritual inevitablemente, puede elegir la materia y rechazar el espíritu.
La reflexión sobre el ser humano y su destino ha seguido básicamente dos tendencias: una, por ejemplo en el marxismo y el freudismo, viene a entender lo espiritual como un derivado de lo material, y su función consistiría en asegurar de un modo peculiar el cumplimiento de las funciones materiales: análogamente a como las garras de un felino sirven a su alimentación, así serviría el espíritu al hombre. Otras teorías sostienen lo contrario: lo espiritual dirige e impregna lo material, dándole orientación y sentido.
Algunos mitos expresan la dualidad entre espíritu y materia. En el Génesis, Yavé, personificación máxima del espíritu por encima de su manifestación humana, crea a Adán de la tierra y le prohíbe comer del árbol del bien y el mal. Aunque el relato separa temporalmente los dos aspectos, ambos van juntos: el hombre se vuelve tal cuando sale de la inocencia del instinto y entra en el ámbito del bien y el mal, ámbito que no domina y que entraña la libertad y la culpa. Que el hombre nace de la tierra y vuelve a ella es una constatación empírica, la cual contiene sin embargo un significado simbólico: nacido del barro, su tendencia al barro, a lo material, es muy fuerte, y se revela en la desobediencia al mandato divino, en el rechazo al espíritu: atracción exaltada a la tierra y rechazo al espíritu van juntos. El demonio (la serpiente, un ser que se arrastra por el suelo) simboliza a la vez ese rechazo. Así, el ser humano real se encuentra dividido, o desgarrado entre el apego a la materia y la llamada del espíritu.
En el mito griego, los dioses simbolizan igualmente el espíritu, pero no son ellos quienes crean directamente al hombre, sino el demonio, el titán Prometeo. Los titanes, antiguas deidades, representan las fuerzas indómitas de la tierra, en pugna con los nuevos dioses. Prometeo enseña a su criatura la técnica y a engañar a los dioses, burlando la exigencia de ofrecerles sacrificios, es decir, de atender la llamada del espíritu. Como en el Génesis, el hombre está hecho de barro. Prometeo mismo es una personificación de la naturaleza humana, apegada a la tierra y rebelde al espíritu. Su nombre significa “el que piensa antes”, el Previsor, referido a su capacidad técnica de adaptar la tierra a sus necesidades o deseos. Sin embargo esa capacidad técnica, reacia al espíritu, es limitada, lo que el mito simboliza en su hermano (su otra faceta) Epimeteo, el que piensa después, “el Imprevisor”, castigado por medio de Pandora, hecha también de tierra. La exaltación del deseo terrenal lleva aparejada su castigo: Prometeo mismo es encadenado a una roca, el destino que él ha elegido por su apego exclusivo a la tierra, a la materia; y allí va diariamente el águila, el ave de Zeus, enviada del espíritu, a roerle el hígado, símbolo de la culpa rechazada o del remordimiento.
Creo haber resumido razonablemente, aunque de modo muy esquemático, la interpretación de Paul Diel al respecto.
En el ensayo sobre la Masonería traté de entender la base filosófica de esa secta desde ese punto de vista. Interpreto que los dos mitos simbolizan el paso de la conducta instintiva propia del animal, a la conducta moral humana. Y en ambos el paso aparece como una transgresión del orden natural impuesto por Dios o los dioses, con el correspondiente castigo: la vida moral, sometida al bien y al mal, tiene mucho de tormento, hace la vida humana menesterosa (aunque no absolutamente menesterosa, ahí hay una diferencia entre Lutero y Roma). La razón y la ciencia aspiran a una moral sin pecado original, sin problemas morales, lo que resulta contradictorio y, como muestra la experiencia histórica, conduce a hacer del hombre juez de sí mismo. ¿Al hombre? Más bien a algunos hombres que se arrogan el control del “árbol del bien y del mal”. Unos versos de Walt Whitman que he repetido en otras ocasiones exponen muy bien, creo, esa condición torturante y el deseo –parece que inútil– de escapar de ella: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos. No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”. El anhelo de una vuelta a la inocencia del instinto, que se espera, inútilmente, de la razón o la ciencia.
