Blog I: El historiador Varela Ortega no es un lince: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/historiador-varela-ortega-no-un-lince-20130403#comment-2170842
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¿Fue decisiva la intervención extranjera en la guerra de España?
En el afán finalmente pueril por quitar méritos a la conducción militar de Franco, los historiadores lisenkianos, junto con otros antifranquistas retrospectivos de derechas, han insistido mucho en que fue la ayuda alemana e italiana y la inhibición de las democracias lo que dio la victoria a los nacionales. Les rebatí, en la persona de Moradiellos, en un debate de la revista El Catoblepas, de Gustavo Bueno.
Realmente, como señalé en el artículo anterior, España se convirtió en una especie de foco donde confluían las tensiones e ilusiones ideológicas y políticas del resto de Europa. Pero no son lo mismo los niveles ideológico y político. Si en Inglaterra, por ejemplo, existió un verdadero apasionamiento del primer tipo, sus gobiernos trataron a toda costa de que, políticamente, el conflicto no saliese del límite de los Pirineos, propugnando la No Intervención. Francia siguió la misma línea, aunque implicándose mucho más al lado del Frente Popular. En ello, Londres coincidía con Franco, que no deseaba en modo alguno extender la guerra a Europa, mientras que el Frente Popular, por el contrario, lo deseaba ardientemente, al igual que la URSS. La política de Londres y París fracasó al no impedir las intervenciones extranjeras, pero tuvo éxito en mantener estas equilibradas y sobre todo en impedir que la guerra se extendiese más allá de España. Por otra parte, en un primer momento la No Intervención favorecía al Frente Popular, dada su casi absoluta ventaja material. Fue pronto, al ir imponiéndose la superioridad cualitativa de las tropas de Franco, cuando el bando rojo buscó de mil formas la máxima intervención extranjera.
Para Alemania e Italia se trataba de ganar un posible aliado en una crucial posición estratégica, y para la primera, además, de distraer la atención del resto del continente sobre su rearme y acciones en el centro de Europa. Franco y las democracias, en primer lugar Inglaterra, deseaban una guerra corta. También la esperaba el Frente Popular al principio, pero según la situación empeoró para él procuró alargarla al máximo, con la esperanza de que por fin confluyera con la esperada y deseada contienda europea. Tanto a Hitler como a Stalin les convenía asimismo una guerra larga, el primero con el propósito de distracción dicho, y el segundo porque su prolongación aumentaba la probabilidad de una implicación de las demás potencias.
¿Fue una guerra larga o corta? Al empezar la lucha, casi todo el mundo la esperaba corta, dada la posición casi desesperada de los sublevados: sin apenas medios financieros ni industriales ni el grueso del armamento moderno, que habían quedado en manos del Frente Popular. Así lo expresó Prieto en un célebre discurso. Luego resultó que la excelente conducción bélica de los nacionales puso a sus enemigos, sorprendentemente, a la defensiva, y volvió a parecer que el conflicto solo podría durar unos cuantos meses, una vez cayera Madrid. Y fue precisamente la batalla por la capital, cuando la contienda entró en otra fase, que exigió formar grandes ejércitos en cada bando y una intervención extranjera mucho mayor, pues hasta entonces había sido escasa por los dos bandos.
Un fallo crucial de las izquierdas y separatistas, que permitía pronosticar su derrota fue su incapacidad para aprovechar sus posibilidades, sobre todo en Barcelona y Bilbao, así como las fábricas militares de Asturias y Santander, para crear una potente industria de guerra. A pesar de las advertencias de Stalin, los logros fueron ínfimos (ensamblamiento de aviones enviados por piezas de Rusia, etc.), y la producción de todo tipo en Bilbao y Barcelona se derrumbó (es significativo que cuando los nacionales conquistaron Bilbao, la industria pesada, que les había entregado intacta el PNV, volvió a funcionar a todo ritmo).
En la polémica con Moradiellos sostuve que la ayuda (pagada) recibida por los dos bandos fue equivalente, aparte de que la escalada la empezó la URSS. Y las cifras así lo indican. Por tanto, no pudieron tener un papel decisivo en el conjunto del conflicto. Lo tuvieron, en cambio, en un momento dado, la batalla de Madrid, veremos por qué. Y otros –el mismo Hitler—afirmaba que también al comienzo de la lucha, cuando los aviones alemanes habían permitido el paso del Ejército de África a la península. Esto último lo traté en Los mitos de la Guerra Civil siguiendo los documentados trabajos de R. y J. Salas Larrazábal. El puente aéreo comenzó con aviones españoles, y antes de que los alemanes e italianos hubieran entrado plenamente en acción, Franco había conseguido el objetivo estratégico de asegurar el dominio de Andalucía occidental y estaba a punto de enlazar la zona sur de la rebelión con la norte, de Mola, que se hallaba al borde del colapso por la falta de municiones. Por lo tanto, la intervención de los pocos aviones germanoitalianos fue un refuerzo muy importante, pero no la clave de aquel dramático cambio de perspectivas.
En cambio, al llegar a Madrid (dejo aparte el mito de que el desvío a Toledo costó a Franco la pérdida de la capital), los poco numerosas tropas nacionales chocaron de pronto con una intervención masiva soviética. No solo debían enfrentarse a unas tropas más numerosas y –se suponía—bregadas en los meses de combates anteriores, y de una retaguardia, la propia ciudad de Madrid, capaz de proporcionar reservas casi ilimitadas, sino con más y mejores aviones soviéticos, tanques muy superiores a las tanquetas alemanas e italianas, una artillería relativamente poderosa y un nuevo ejército regular que debía superar a las milicias, así como brigadas internacionales que elevaron muy alta la decaída moral roja. Además, las líneas de comunicaciones de los nacionales se habían alargado, lo que proporcionaba al adversario la magnífica oportunidad de cortarlas por retaguardia y aplastar a los excesivamente audaces asaltantes de Madrid. Y de hecho ese fue el plan de los rojos, bien diseñado, con fuerzas y tácticas superiores y que, de haber salido bien, habría resuelto la guerra a su favor después de unos meses de zozobra. Pero no salió bien. Los nacionales no pudieron tomar Madrid, pero los rojos tampoco lograron aplastarlos y la batalla quedó en tablas. No fue, desde luego, culpa de Stalin, que se había volcado a favor de sus protegidos.
Franco, en gran inferioridad material, había estado muy cerca de resolver la contienda en unos cuantos meses, y había estado también muy cerca de ser aniquilado finalmente. El resultado fue decisivo en otro sentido: la guerra se volvió inevitablemente larga, las columnas poco numerosas del principio cedieron el paso a una movilización masiva en la que cada bando llegó a reclutar más de un millón de soldados (más los rojos que los nacionales), la afluencia de material extranjero se hizo mucho más abundante y sostenida, y las Brigadas Internacionales fueron respondidas con la Legión Cóndor y los voluntarios italianos del CTV.
Por el resto de la lucha, las intervenciones extranjeras se mantuvieron bastante parecidas, con desequilibrios parciales en uno u otro momento, nunca decisivos. Con una excepción: el ejército rojo llegó a convertirse en una fuente nada desdeñable de material para los nacionales: los grupos de tanques se formaron con los rusos capturados al adversario, por ejemplo. Y los apresamientos en alta mar de barcos enemigos cargados de armas desempeñaron un papel importante en alguna ofensiva.
Y la ayuda fue pagada a costa del oro del Banco de España y de otras entregas de materiales valiosos, por un valor casi vez y media mayor que los pagos de los nacionales a Alemania e Italia. El pago a la primera si hizo en buenas condiciones, y a la segunda en gran parte a precios de saldo: en la lira muy devaluada de después de la guerra mundial.
