Blog I: Cataluña es España / J´attendrai / Bofarull descubre al culpable. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
******************************
Las versiones izquierdistas han insistido siempre en que la derecha fue desde el principio una amenaza para la república porque “no se resignaba a perder sus privilegios”. La idea va mezclada con la de que los republicanos eran de izquierda y demócratas, mientras que la derecha era monárquica y “reaccionaria”. En realidad, el partido republicano más fuerte era el Radical de Lerroux, que por entonces podía considerarse prácticamente de derecha, mientras que el propio régimen había llegado en gran medida por las maniobras de los derechistas Alcalá-Zamora y Maura, que habían unido las dispersas tendencias antimonárquicas. Sin contar que el Partido Socialista, el más fuerte de la izquierda, solo veía la república como un trámite temporal para imponer su dictadura y que los separatistas la consideraban de modo similar. Prácticamente todas aquellas fuerzas, tan dispares en sus objetivos, solo coincidían en su aversión a la Iglesia y en la decisión de impedir que la derecha llegase a gobernar en la república. Esta solo les valía si la gobernanabn ellos. Con estos enfoques, el nuevo régimen tenía muy pocas posibilidades de consolidar un estado democrático.
Lo esencial es que la república llegó por una quiebra moral de la monarquía, y que la derecha tradicional, salvo el partido de Lerroux, entraron en la república prácticamente desmoronados y desintegrados. Gil-Robles, en sus memorias, explica el enorme trabajo que tuvo para elevar los ánimos de unas muy asustadas y pusilánimes derechas, y reorganizarlas en un partido nuevo, Acción Popular. Y no sería hasta entrado 1933 cuando por fin pudo ponerse en pie la CEDA, que más que un partido era una asociación de grupos diversos, aunque articulados por el principal de ellos, Acción Popular. La CEDA admitía la república, sin identificarse plenamente con ella, por lo que no era antirrepublicana y, en realidad, resultaría más respetuosa con la nueva legalidad que los republicanos, socialistas y separatistas. En el mismo proceso se creó el grupo abiertamentemonárquico y antidemocrático dirigido por Calvo Sotelo, y la Falange, de estilo próximo al fascismo, liderado por José Antonio.
Por lo tanto, el primer bienio republicano fue, por lo que respecta a la derecha, un período de reconstitución o más propiamente constitución de sus fuerzas. Prácticamente todos los problemas políticos que sufrió la izquierda gobernante en esos dos años largos provinieron de la misma izquierda en su versión anarquista sobre todo y, en mucha menor medida comunista. La excepción fue el golpe de Sanjurjo, en 1932, cuya total ineficacia provino del hecho de no haber sido apoyada por casi nadie en la derecha. Las insurrecciones anarquistas, en cambio, produjeron varias crisis en la coalición gobernante republicana de izquierdas-socialista, hasta desacreditarla después de Casas Viejas.
El desastre electoral de 1933 dejó en claro la verdadera fuerza de las derechas: un gran partido, la CEDA, que consiguió más votos que cualquiera otro en la derecha o la izquierda; unos grupos monárquicos con mucha menos influencia, y una Falange prácticamente marginal. Por tanto se impuso una derecha moderada y la posibilidad de una república duradera sobre la base, precisamente, de una nueva alianza entre la CEDA y el partido Radical de Lerroux. Como es sabido, la izquierda no se conformó con el resultado de las urnas, enormemente favorable a las derechas, e intentó golpes de estado y la guerra civil abierta en octubre de 1934. La alianza CEDA-Radical superó aquellos ataques, lo que pudo haber consolidado por fin el nuevo régimen en una política moderada. Pero no ocurrió nada de eso. Las izquierdas guerracivilistas fueron mantenidas en la legalidad, no aprendieron nada de su fracaso de octubre, salvo un cambio de táctica impuesto por la derrota, sin cambiar su punto de vista esencial: expulsar a la derecha del poder de modo definitivo aprovechando las próximas elecciones. Con ese objetivo desataron una enorme campaña de acusaciones falsas por la represión de Asturias y lograron fomentar en el país unos odios viscerales.
Sin embargo no serían las izquierdas las que debilitaran al gobierno de la CEDA y los radicales, sino otro derechista, el presidente de la república, Niceto Alcalá-Zamora, que tan decisivo papel había tenido en traer la república. Este empleó sus prerrogativas constitucionales, de modo dudosamente legal, para perturbar sistemáticamente a la derecha como no había osado hacer durante el gobierno de la izquierda. En su actitud se confundían la aversión personal a Lerroux y a Gil-Robles con un cálculo político descabellado. A su juicio, la república había pasado por el bandazo izquierdista en el primer bienio y el derechista en el segundo; ambos habrían fracasado y por tanto llegaba la ocasión de “centrar” la república con un gobierno tutelado por él. A ese fin colaboró con Azaña y Prieto para hundir políticamente a Lerroux y luego expulsó del gobierno a Gil-Robles, colocando en su lugar, ilegítimamente, a políticos sin respaldo parlamentario. Gil-Robles veía cómo sus ingentes esfuerzos de años anteriores por construir una derecha conservadora no extremista, capaz de adaptarse a la república, se venían abajo por las decisiones arbitrarias y atrabiliarias del presidente de la república.
Este juego abocó a Alcalá-Zamora a tomar medidas precipitadas que bordeaban o caían en la ilegalidad, para escapar a las cuales se vio forzado a disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones el 16 de febrero de 1936. Las elecciones, en un apogeo de los odios, las amenazas y las violencias, sobre todo por parte de la izquierda, se desarrollaron sin garantías y las votaciones no fueron publicadas. La izquierda tomó el poder en un verdadero golpe de estado, y desde él se apresuró a destruir la Constitución y la legalidad republicana en un proceso revolucionario que he descrito en El derrumbe de la República. La perspectiva era no solo de ser excluida radicalmente del poder, sino de ser violentamente aplastada, y en tal situación la posibilidad de una derecha conservadora que pudiera contender legal y pacíficamente por el poder cedió a una lucha por la supervivencia. Gil-Robles fue en gran parte sustituido en el protagonismo político por el más radical Calvo Sotelo, y la Falange, ilegalizada y perseguida, respondió con atentados a la persecución y asesinato de sus militantes. Un sector del ejército conspiró eficazmente, por primera vez, para acabar con aquel estado de cosas.
Al reanudarse la guerra civil en julio del 36, la derecha organizada durante la república prácticamente desapareció. La CEDA no respondía ya a la nueva crisis histórica, y su destrucción lo fue también de la propia república. La Falange, como partido más combativo y adecuado a una situación de guerra, pasó a primer plano, pero siempre bajo la dirección superior del ejército y moderada por la influencia católica. De allí salieron nuevas combinaciones políticas ya muy diferentes tanto de la derecha tradicional monárquica como de la organizada durante la república.
Creo que este asunto podría dar lugar a un buen estudio, que propongo a quien esté interesado. Podría titularse “La destrucción de la derecha en la II República”.
************************************
España contra España. Mitos y claves de su historia, debe de estar ya en las librerías. Algunas preguntas básicas:
****Hay ya un gran número de historias de España de mayor o menor enjundia. Se supone que una nueva debe aportar novedades y no incidir en lo ya muy visto. ¿Las aporta esta obra?
Se trata de un reenfoque global, por lo que se diferencia notablemente de la mayoría. Su primera parte analiza críticamente diversas tesis sobre la historia de España que se abrieron paso a partir del “desastre” del 98 y que se han impuesto en círculos muy amplios de historiadores y de público. La segunda parte estudia la actualidad, la democracia en España, la herencia del franquismo, y desde esta se retrotrae hasta la Ilustración. La tercera parte comienza con el examen de la decadencia española en el siglo XVII y va tratando cuestiones clave hasta los orígenes de la propia España. Es decir, se examinan los mitos y claves desde la historia desde el presente hasta la antigüedad. El método expositivo no es habitual, pero creo que queda perfectamente comprensible. En lo esencial es un libro de análisis. La mayor parte de la historiografía española falla en el análisis y tiene también un toque algo provinciano, al aislar la historia de España de la del contorno. Esto ya lo señalé en Nueva historia de España y en Años de hierro. Este nuevo libro es en parte un resumen de esa obra y en parte algo diferente, como ocurrió con Los mitos de la Guerra civil con respecto a la trilogía sonre la república y la guerra.Creo que sus aportaciones lo justifican plenamente, aunque eso lo dirán finalmente los lectores.
****Por tanto, será un libro polémico.
La mayoría de mis libros lo son, porque se apartan de las corrientes y los tópicos dominantes hasta hace poco. Pero el problema no es ese, sino el de si estos estudios son acertados o no. Me remito a Stanley Payne:”Cada una de las tesis de Moa aparece defendida seriamente en términos de las pruebas disponibles y se basa en la investigación directa o, más habitualmente, en una cuidadosa relectura de las fuentes y la historiografía disponibles. El asunto principal no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Eso no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo de varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española, anquilosada desde hace mucho tiempo en angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política determinante desde hace mucho tiempo” Por supuesto, nadie está en posesión de la verdad absoluta, y sería necesario un debate de cierta altura, pero esto no parece al alcance de la mayoría de los historiadores españoles, como observa también Payne: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática. No hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones”. Esto es la pura verdad, y constituye un feo y lamentable retrato del nivel intelectual reinante hoy en España. ****¿Qué mitos o tópicos de la historia considera usted que deben ser revisados?
Muchos, ciertamente. Desde el origen de España, que no está en Atapuerca o en los íberos y celtas, sino en la II Guerra Púnica, hasta el carácter de la democracia actual o la herencia del franquismo. Son muy debatibles las cuestiones de la la España visigótica y la Reconquista; de la supuesta españolidad de Al Ándalus; si hubo Reconquista y tres culturas o no; si hubo un verdadero “siglo de oro”; la decadencia del siglo XVII y sus causas; la Ilustración española, tan traída y llevada; el carácter de la Guerra de Independencia y sus consecuencias, la profunda depresión del siglo XIX; los efectos del “desastre” del 98, los mesianismos obreristas, los separatismos y la ruina de la Restauración; la naturaleza de la II República y la Guerra Civil –sobre las que se han creado multitud de mitos–, Etc. Estas y algunas otras cuestiones son abordadas, como digo, de modo analítico y estableciendo balances en lugar de perderse en los innumerables detalles, a menudo contradictorios, que jalonan la historia. El libro examina tesis que van desde el marxismo al regeneracionismo, de Ortega a Américo Castro y Sánchez Albornoz o Julián Marías. Muchos libros de historia se escriben sin confrontación ni debate con otros, como si estos no existieran. He procurado evitar ese mal método y al mismo tiempo tratar los temas con la mayor claridad posible.
****Qué opina usted de la historiografía anglosajona sobre España?
Creo que, exceptuando casos como los de Stanley Payne o Elliott, está muy sobrevalorada. Como recordaba Ramón Salas Larrazábal, la contribución real de los historiadores españoles es, en conjunto, muy superior a la de los anglosajones, aunque debo repetir que las deficiencias de análisis y un cierto provincianismo lastran considerablemente la producción intelectual hispana. Parte de ese provincianismo se revela en esa actitud beata y acrítica sobre los autores anglosajones.También es una lástima que no haya en España especialistas en cultura o historia de Inglaterra o Usa con un punto de vista independiente.
****Hace años anunció usted que iba a dejar de escribir sobre historia y dedicarse a la novela.
Sí, ha sido una promesa incumplida, como a veces pasa. La hice porque creo que la cuestión de la república y la guerra civil, en que me centré durante bastantes años, está intelectualmente resuelta en sus aspectos fundamentales. Otra cosa es que popularmente y en la universidad persistan numerosos mitos y distorsiones, pero en el plano intelectual, insisto, la cosa está resuelta. No obstante, he seguido con otros asuntos, como la posguerra, la Transición, la historia de España en su conjunto, y acabo de comenzar una Introducción a la historia de Europa, que me parece muy necesaria en un país que combina un entusiasta y beato “europeísmo” con una cruda ignorancia sobre la realidad histórica del continente en que estamos. Pero, sí, dejaré ya la historia de España, creo que esta vez en serio. Tengo también en mente una novela centrada en los años finales de los 60 y principios de los 70, que, de modo tangencial, continuará a Sonaron gritos y golpes a la puerta.
————————————
