Oligarquía goda y formación de España / Tipismo y División Azul /Prensa prostituta.

Blog I: Calumnias en la ONU / Tercera canción / Bofarull responde: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/verdad-prensa-prostituta-20121113

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Como observa Christopher Dawson en La religión y el origen de la cultura occidental, “los reyes merovingios no habían dejado de ser bárbaros al convertirse al cristianismo. En realidad, a medida que se alejaron del trasfondo tribal de la antigua realeza germánica parecieron volverse más feroces, traidores y corrompidos (…) El mundo que Gregorio de Tours describe es un mundo de violencia y corrupción, donde los jefes dan ejemplo de injusticia y desprecio de la ley, y donde se perdieron las virtudes bárbaras del lealtad y honor militar”.

Esto parece bastante más próximo a la realidad que las arbitrarias ocurrencias de Ortega (cuando Ortega habla de política o de historia –en esto tenía razón Azaña– no solía expresar pensamientos, sino ocurrencias) sobre los visigodos y los francos, y la presunta decadencia de los primeros frente a la vitalidad de los segundos. Ambos pueblos (sus capas dirigentes) se encontraron con el mismo problema: con unas instituciones y tradiciones tribales, muy primarias, no estaban en condiciones de administrar o gobernar los extensos países, de cultura superior, creados sobre las ruinas del imperio romano, lo que produjo tres efectos: la profunda degeneración señalada por Dawson; la considerable barbarización de Europa occidental; y la pervivencia tolerada de una especie de poder paralelo de tipo no solo espiritual sino también cívico, constituido por la estructura eclesiástica, que en aquel trance salvó la civilización.

La dominación franca –y los francos tenían detrás un contacto con Roma, “corruptor” a juicio de Ortega, no menos intenso y prolongado que los visigodos– fue con los merovingios una auténtica y caótica pesadilla, dividió las Galias en diversos reinos enfrentados entre sí, y apenas llegó a crear una estructura parecida a un Estado. Por contraste, los visigodos no solo mantuvieron su reino en una política de tenaz unificación de Hispania, sino que construyeron un Estado de cierta entidad. Considerar estos logros –entre otros– manifestaciones de “decadencia y corrupción” entra ya en el campo de las tonterías.

Pero Dawson no parece tan acertado, por decirlo suavemente, cuando afirma: “Los reinos bárbaros del sur (España y el Magreb) tuvieron corta existencia y poco influjo en el futuro de la cultura occidental, salvo negativamente, en la medida en que prepararon el camino para la conquista musulmana de África y España en el siglo VIII”. Sorprende una comparación tan inverosímil entre el reino vándalo y el visigodo, incomparablemente más sólido el segundo, política y culturalmente, y mucho más duradero: casi tres siglos contra muy poco más de uno: el islam no derrotó allí a los vándalos, sino a los bizantinos y los beréberes. Además, el reino godo ejerció gran influencia en la cultura occidental, a través de Isidoro, Tajón y otros, incluso en la época carolingia. De hecho España fue (a partir de Leovigildo) el reino germánico más civilizado, con diferencia, de Europa occidental, en una época en que los demás apenas eran capaces de levantar arquitectura de piedra, no digamos fundar ciudades. Y decir que los visigodos prepararon el camino a la conquista musulmana no pasa de frivolidad… excepto en un sentido.

Cuando hablamos de los godos solemos referirnos a su oligarquía nobiliaria y a sus monarcas, y, desde luego, sería muy exagerado atribuir a la primera la formación política de España. Si observamos el proceso de nacionalización iniciado con Leovigildo y Recaredo notamos que sus impulsores son, en general, los monarcas, en contra de las tradiciones germánicas y del poder nobiliario; y que de este último provienen en cambio todas las dificultades, trifulcas y contiendas civiles que terminarían en la “pérdida de España”. Pero aún mayor peso que el interés unitario y nacionalizador de los monarcas o la mayoría de ellos, y de algunas facciones nobiliarias, tuvo el episcopado, propiamente la organización civil hispanorromana.

La historia del reino hispanogodo desde Leovigildo es la de una tensión permanente entre las tendencias de la realeza y el episcopado (representante, en aquellas condiciones, de la mayoría de la población) y una aristocracia que nunca se debilitó lo suficiente ni perdió del todo sus tradiciones germánicas, si bien cada vez más degradadas. El carácter electivo de la monarquía y la “costumbre” del regicidio parecieron cambiar cuando Leovigildo fue sucedido por su hijo Recaredo y este por el suyo Liuva II, un sistema hereditario mucho más estable y racional, dadas las circunstancias. Pero con el temprano asesinato de Liuva volvieron, en parte, las tradiciones bárbaras, y el episcopado hubo de aceptar también el sistema electivo y participar en él. Si el sistema hubiera dependido exclusivamente del carácter levantisco, banderizo e intrigante de aquella aristocracia, el país pronto se habría disgregado inapelablemente, como ocurrió con los francos en las Galias, y nunca habría alcanzado el notable grado de unidad nacional que efectivamente logró, ni se hubiera mantenido esta unidad cerca de un siglo y medio.

Ninguna de estas tendencias –la de la oligarquía, la del episcopado y la de los monarcas, al menos los más ilustrados– predominó del todo, por ello hablamos de tensión entre ellas. El desgraciado fin de la España goda puede hacer creer que finalmente la oligarquía fue haciéndose el poder decisivo, empujando el reino a la decadencia y preparando el camino a la conquista musulmana, como dice Dawson; pero sospecho que esa impresión es también un espejismo a lo Perogrullo, causado precisamente por la derrota ante los musulmanes. A pesar de los datos contradictorios, me parece muy sostenible la tesis de que el reino godo no fue abatido en un momento de decadencia, sino de progresivo fortalecimiento, pues estas cosas ocurren a veces en la historia.

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   Me critican algunos que los dos protagonistas de la novela que van a Rusia no reflejan el espíritu del divisionario corriente. Y es verdad. Ya he dicho que he huido del costumbrismo y el tipismo. Por la División Azul pasaron casi 50.000 hombres, y entre ellos había de todo como personas, con motivaciones muy mezcladas. Aunque la media podía definirse como el joven idealista, católico y patriota, con cierta ingenuidad intelectual. Paco y Berto son patriotas, sin duda, aunque no exaltados; Paco es muy poco creyente y Berto no mucho más, pero no son indiferentes sino que siempre se están haciendo preguntas, no son ingenuos (algún divisionario cuenta en sus memorias cómo un ex fraile allí presente afirmaba que Dios no existía, sorprendiendo a todos). En los dos entra un afán de aventuras y de independencia, pese a aceptar una dura disciplina. Paco se parece a su hermana Luisa en su tendencia a la promiscuidad, mientras que Berto se debate entre la atracción por Carmen y su temor a encadenarse a una vida “normal”. Pese a todo, un motivo que comparten con los demás divisionarios es la idea de acabar de una vez con el foco del comunismo, después de la experiencia de la guerra española. Como catalanes, tampoco responden a estereotipos. Tampoco el cura con quien discuten es típico. Pero atípico no significa imposible ni inverosímil. 

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Prensa prostituta.

En algunos libros he señalado el hecho, bastante asombroso pero que se ha vuelto normal, de que la gran prensa con pretensiones serias se lucrase de la prostitución mediante secciones de anuncios. Quiero decir, se lucrase directamente, porque de forma indirecta, otro rasgo de la mayoría de los medios de masas ha sido la promoción masiva de personajes y hechos asimilables a la prostitución. Esa “normalidad” no deja de ser un dato definitorio. Se ha impuesto desde hace muchos años una triple corrupción, intelectual, económica y sexual. La peor de ellas es la primera: el imperio de la mentira. Del que derivan en gran medida las otras dos.

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Un oscuro episodio de los “años de hierro” / La España de la Guerra Mundial.

Blog I: España es diferente / 2ª canción en “Sonaron gritos…” / Carteles en catalán. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Uno de los sucesos más interesantes y reveladores de los años 40 fueron los movimientos monárquicos y de los Aliados para derrocar a Franco. En 1945, cuando los acuerdos de Yalta parecían determinar la liquidación del Caudillo, según expone Luis María Ansón, se urdió un plan de los monárquicos antifranquistas y de los servicios secretos useños para explotar el maquis comunista: con ese pretexto se denunciaría la “inestabilidad de España”, “peligro para Europa”, los tanques aliados invadirían el país y –pensaban algo ingenuamente– eliminarían con suma facilidad al vencedor de la guerra civil e impondrían la monarquía.

El plan fue diseñado por Allen Dulles, el jefe de la OSS, precursora de la CIA, y acogido de buena gana por Sainz Rodríguez y otros. Don Juan, por su parte, explicará a Ansón: “Quiero que te quede completamente claro que yo no acepté el plan, y, claro, mucho menos lo estimulé (…). Debo decir que no me opuse. Escuché lo que me decían y sanseacabó“. Es decir, que sí lo aceptó, aunque poniendo cara de póker. De hecho Dulles no proponía, daba instrucciones a los juanistas como si fueran empleados suyos, y no parece haber habido mucha repugnancia en los monárquicos antifranquistas –que eran solo una fracción de los monárquicos, aunque muy influyente— ante la perspectiva de ocupar el poder con tales métodos. La maniobra está en la base del célebre Manifiesto de Lausana, con el cual creyó Don Juan abrir su camino al trono y que, en realidad, se lo cerró para siempre. Intriga, pues, típicamente maquiavélica, pero también mal calculada; en otro artículo explicaré por qué. Transcribo de Años de hierro:

Mientras tanto, los comunistas ignoraban el papel de peones inconscientes diseñado para ellos, y no pensaban por el momento repetir una aventura como la del valle de Arán. Coincidían todos en la idea de utilizar las guerrillas para provocar la intervención aliada, pero el PCE quería crear su propia fuerza armada a fin de tener el papel decisivo en el posfranquismo. Por ello continuaba introduciendo en el país cuadros probados en el maquis francés y hasta en la lucha partisana soviética, coordinando políticamente a los grupos de huidos dispersos, y fundando otros nuevos. Hallaban pocas simpatías entre la población, como ya habían comprobado el otoño pasado, y ello dificultaba su tarea. En Rusia, los partisanos se habían implantado sembrando el terror entre la población civil desafecta, ante la indiferencia de los alemanes, para en una segunda fase concentrarse sobre la Wehrmacht. Pero en España la policía no iba a permanecer indiferente. Los guerrilleros esperaban superar estos obstáculos con algo de tiempo y la intensificación progresiva de las acciones.

Entre tanto, debían correr serios riesgos para conseguir armas, apoyos seguros –siempre escasos–, montar “estafetas” para el correo y los suministros, etc. Las estafetas solían instalarse en huecos de árboles o bajo piedras de cierto tamaño, cerca del chozo de algún pastor o la casa de algún campesino que servían de enlaces. De este modo no necesitaban verse ni concertar citas entre unos y otros. Los guerrilleros debían vigilar el lugar antes de acercarse, pues, como ocurriría a veces, la Guardia Civil podía haberlo descubierto y preparado una emboscada. Otros problemas surgían de las querellas dentro de las partidas, la desigual formación política o la tendencia al bandidaje.

No menor era la dificultad de encontrar atención médica para las heridas o las enfermedades, fáciles de contraer en tan ardua existencia. A veces obligaban a atenderles a médicos normales, a punta de pistola, un método peligroso. La agrupación guerrillera de la zona centro insistía a la dirección, a finales de 1944: “La urgencia del médico para nosotros es de carácter inmediato, esperamos que esto no se demore”. El médico debía estar entrenado para “largas marchas y con peso encima, como es el equipo y la comida, pues de no ser así, como comprenderéis, nosotros no tenemos retaguardia y corre peligro de caer en manos del enemigo”. Y debía ser un guerrillero más, pues “una de las mayores dificultades que tenemos es que aquí existe demasiado personal inútil: mujeres, viejos y niños; en fin, muy pocos para dar la cara y lo peor es que todos comen”. El informante exageraba, pues los viejos y las mujeres contribuían a la lucha en alguna medida, y niños apenas habría alguno.

Por fin consiguieron un médico, “camarada joven y decidido”, Manuel Tabernero Antona, con los apodos Lyon y Robert, que se incorporó al grupo a finales de 1944 o principios del 45. Una carta suya a la chica que le servía de enlace con Madrid revela otras facetas de aquella vida: “Simpática camarada Flor: el día 3 por la noche bajé en compañía de unos guerrilleros a recibir las cosas que nos mandabas, y cuando regresé al campamento eran las tres de la madrugada. Como podrás imaginarte, todos estaban profundamente dormidos, porque el mismo día, precisamente, Carlos y Ángel habían regresado de un largo viaje; pero los llamé y les dije: “Camaradas, traigo carta de Flor”. Inmediatamente se incorporaron, rebosando de alegría. Tuve que encender el candil y, mientras se recreaban con la lectura de tu misiva, entre carcajadas y alborozos, a mí me correspondió ser la víctima, tuve que prepararles el café en la forma tan poética que tú sabes, machacado con una piedra y colado con un calcetín. ¡Y qué paladar más exquisito tiene! Estoy seguro de que te gustaría. A mí los primeros días estas cosas me causaron cierto efecto raro, pero ha desaparecido toda clase de escrúpulos. Referente a tu preocupación por sus vidas, ¡tranquilízate!, velaré por ellas”.

La carrera de Lyon sería breve. Llegó a dirigir la agrupación guerrillera de Gredos, pero el 13 de septiembre de 1946 caería junto con otros jefes del maquis en una emboscada de la policía, en la huerta del “tío Matapulgas”, cerca de Talavera de la Reina. Se habían reunido allí para resolver asuntos internos. La “catástrofe de Talavera” traería desarticulaciones en Madrid y Toledo, y el descubrimiento del cuartel general del “Ejército Guerrillero” en un chalé del barrio madrileño de Ciudad Lineal, provisto de una emisora manejada por un militante llegado de la URSS.

El doble e imbricado episodio de los monárquicos, el OSS y los maquis podría dar lugar a una buena película o novela y se presta, desde luego, a muchas reflexiones. Por ejemplo cómo, a veces, gente con talante de héroes defiende las peores causas, mientras causas superiores son representadas por personas de gran bajeza. El mito de Adán y Eva, mucho más profundo que las simplezas morales de Dawkins o Pinker, lo indica: comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal esperando ser como dioses, y accedieron a la esfera del mal y del bien, en efecto, perdiendo la inocencia de los animales. Pero nunca lograron dominar aquella ciencia. (LD, noviembre de 2007).

   Puede observarse la implicación de algunos monárquicos (no todos ni mucho menos) en un suceso de alta traición. Ansón lo cuenta con la mayor naturalidad. Otro episodio semejante fue el proyecto de colaboración en la invasión de Canarias por Ingleterra. Pueden ustedes recordar el penúltimo capítulo del trabajo sobre la masonería: esta parecía intentar preparar a los masones españoles para que utilizaron su influencia en asegurar el control inglés cobre las Canarias e incluso las Baleares.  

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No estoy muy de acuerdo con algunos juicios del autor de la reseña.  Por ejemplo, Franco no era cortoplacista, aunque en las cambiantes situaciones de la guerra mundial hubo de adaptarse continuamente para no ser arrastrado por el remolino. Y la reconstrucción de posguerra se hizo y con bastante rapidez, a pesar del injusto y abusivo aislamiento que sufrió el régimen. Pero, en conjunto, es una crítica  interesante:

Francisco Franco, ese político (Antonio Golmar)

 Hábil y ambicioso; cortoplacista; prudente y maquiavélico; cínico y un tanto ladino; y sobre todo un político extremadamente diestro que supo conservar y acrecentar su poder, institucionalizar su régimen, poner en marcha un ambicioso programa de reconstrucción nacional y, además, presenciar unos años de sorprendente florecimiento artístico y cultural. Y todo en medio de las circunstancias más adversas, con la Segunda Guerra Mundial y el posterior aislamiento a que los vencedores de la contienda sometieron a España.

Así se podría resumir el retrato de Franco pintado por Pío Moa en su última y más brillante obra, al menos desde el punto de vista literario: Años de hierro. España en la posguerra, 1939-1945. El objetivo explícito de este estudio, una magna revisión crítica de la historiografía más importante sobre ese periodo (Luis Suárez, Ricardo de la Cierva y Stanley Payne, pero también Paul Preston y Javier Tussell, sin olvidar las memorias de personalidades como Julián Marías, Manuel Azaña y Dionisio Ridruejo), es dar respuesta a una de las preguntas de investigación más apasionantes de la historia reciente de nuestro país. “La abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron“. A partir de esta premisa, Moa analiza los primeros seis años del franquismo centrándose en las múltiples interacciones entre los avatares de la guerra, primero europea y luego mundial, y el sinuoso sendero político seguido por Franco a fin de consolidar su poder personal en medio de una familia extensa y a menudo mal avenida: sindicalistas e intelectuales falangistas más o menos germanófilos y totalitarios, generales monárquicos y aliadófilos según las circunstancias –y las del pretendiente Don Juan, cuya evolución desde el franquismo de que dan fe sus misivas al dictador hasta el liberalismo del Manifiesto de Lausana, pasando por los coqueteos con el Eje, Moa aborda con amenidad–, una jerarquía católica asertiva y a veces insumisa; un auténtico nido de serpientes agitado y excitado por las victorias –luego derrotas– nazis, los sobornos y chantajes británicos, así como por los fallidos intentos del PCE y de la izquierda en general de organizar un aparato de resistencia y sabotaje interior mínimamente eficaz.

Y por debajo, un pueblo agotado, empobrecido y hambriento, aunque cada vez menos, que tejió sus propias redes de resistencia, escape y adaptación –estraperlo, cultura popular escapista dominada por el humor y la tonadilla, fervor religioso– a un régimen caracterizado por el intervencionismo económico miope, el autarquismo obligado, o al menos acentuado, por el bloqueo británico y las presiones norteamericanas (useñas, según el autor), el dirigismo educativo y cultural y el férreo, empero amable, control político y social, llevado a cabo por la Falange y la Iglesia. Pío Moa consigue componer un fresco de proporciones épicas sobre la España de la época a base de combinar leves pinceladas de historia social, trazos precisos de historia cultural (el inventario de la producción cultural del época sorprende por su cantidad y epata por su calidad) y el dibujo minucioso de las trifulcas políticas en el seno del régimen. Estamos ante un conjunto coherente y armonioso, a pesar de las dificultades metodológicas que presentan este tipo de historias en paralelo, que muchos suelen solventar recurriendo a redundancias cansinas y yuxtaposiciones chocantes. Casi nada de eso se encuentra en Años de hierro, con la excepción del relato de la contienda mundial, en ocasiones demasiado prolijo, que corre de forma independiente del resto de la narración.

Sin embargo, este yerro no socava el propósito del autor gracias a la reintroducción de la guerra en los capítulos dedicados a la política española. De esta forma, y a pesar de que a veces el lector tenga la impresión de estar leyendo dos libros a la vez, Pío Moa logra con creces sus objetivos: hacer una descripción densa y minuciosa de los procesos de toma de decisiones del dictador y explicar convincentemente las razones que llevaron al general a oscilar entre la amistad nunca incondicional con Hitler y el acercamiento siempre interesado a los aliados (excepción hecha de la Unión Soviética, ingrediente principal de esa amalgama de capitalistas, socialistas y liberales que, según él, llevó el país a la Guerra Civil).

Entre las páginas más ilustrativas del libro están las dedicadas a las conspiraciones monárquicas, vigiladas de cerca por Franco, y a los berrinches y decepciones de los revolucionarios falangistas, desencantados con el sesgo burgués y clerical que el aquél imprimió al régimen. A este respecto, Moa explica que el dictador se mostró renuente a imitar los experimentos totalitarios alemán y ruso por una combinación de religiosidad, respeto a la propiedad privada y creencia en la bondad de los impuestos bajos y los presupuestos equilibrados. Sin embargo, el intervencionismo sindical y el control tanto de la producción como de los precios fueron un pesado baldón para la población, que creó sus propios circuitos clandestinos de producción y distribución de bienes: el célebre estraperlo, por el que dieron con sus huesos en prisión, y casi en la tumba, miles de españoles.

Otro aspecto especialmente llamativo de los primeros años del franquismo fue el interés del régimen por reducir rápidamente tanto el número de presos, sobre todo políticos, como la cantidad de población exiliada en Francia. Así, los primeros Gobiernos de Franco llevaron a cabo una política de drástica reducción y redención de condenas, de tal modo que pocas cadenas perpetuas duraron más de diez años. En el relato de las desventuras de la Legión Azul, extraído en gran parte de los recuerdos de Dionisio Ridruejo y otros voluntarios, encontramos otro de los aciertos de Moa, que ha rescatado del olvido unos textos de alto valor literario y, al mismo tiempo, se ha centrado en los aspectos más crueles y humanos de las guerras, algo que se echa en falta en buena parte del subgénero de la historia bélica. Pero lo más descollante de Años de hierro es el relato del largo, peligroso y trepidante baile de máscaras de Franco con Hitler y sus enviados, Mussolini y los embajadores británicos y norteamericanos.

Por lo que respecta a la cuestión de las supuestas intenciones belicosas de Franco, Moa refuta la visión angélica que presenta al dictador como un hombre amante de la paz y enemigo de involucrar a España en el conflicto… y la versión según la cual fue el mismo Hitler quien tuvo que poner freno a los afanes del Caudillo por incorporar España al Eje. Lo cierto es que Franco se propuso aprovechar las ventajas de la amistad con Alemania sólo en caso de victoria nazi, aliarse con Roma y París para contrarrestar la hegemonía de Berlín y entablar provechosas relaciones comerciales con Gran Bretaña y los Estados Unidos, potencias a las que, llegado el caso, podría acercarse, como así fue, para evitar que una victoria de los Aliados llevara aparejada su propia caída. La jugada le salió bien a corto plazo, pues le permitió afianzarse en el poder y neutralizar las conjuras de sus enemigos; pero posteriormente hubo de pagar un alto precio: el aislamiento a que fue sometido su régimen tras el final de la contienda, lo cual tuvo por consecuencia la demora de la necesaria reconstrucción económica del país. Así pues, su tacticismo, que le sirvió para impedir que España se sumiera en una nueva guerra, aún más letal que la civil, le convirtió en el exterior en un socio poco fiable y muy vulnerable a las campañas de propaganda que lanzaron algunos grupos de exiliados establecidos en EEUU y América Latina. Tal vez no hubiera alternativa ni para el dictador ni para España, que al menos se libró de una invasión extranjera, aunque uno no puede dejar de preguntarse qué habría sido de nuestro país si Eisenhower hubiera desfilado por la Castellana no en 1959, sino en 1946, y no precisamente saludando desde una limusina descapotable, sino a bordo de un tanque. Pero eso no es historia.

 

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¿Fue Ansón lameculos de Franco?

 Blog I: Educación para la ciudadanía y totalitarismo / Fallos en Sonaron gritos…  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Ansón titula “lameculos de El Pardo” a los que calificaban el régimen franquista de meramente autoritario y no totalitario. Creo que comete dos graves errores.  Yo he explicado muchas veces que el franquismo, aunque utilizó el término  “totalitario”, nunca lo fue, sino meramente autoritario, lo cual me convertiría en un lameculos, de creer a Anson. Este quiere indicar que en aquel régimen “atroz” solo los lameculos podían prosperar en la política o sus aledaños; y de ser  un régimen totalitario, tal sería el caso, sin duda. Pero ocurre que yo no debo ningún favor al franquismo –cosa lógica, ya que lo combatí con todas mis fuerzas–, mientras que él sí prosperó. Y mucho.  Él se jacta de su oposición a Franco, pero hay que suponer que la disimulaba con auténtico virtuosismo, como casi todos los antifranquistas a posteriori. La disimulaba hasta el punto de que el régimen “totalitario” le permitió dirigir órganos de prensa, obtener premios de periodismo  e incluso le obsequió con el cargo de subdirector de la Escuela Oficial de Periodismo, donde se preparaban los periodistas del régimen. Cargos, evidentemente, solo accesibles a lameculos bien acreditados. Por cierto, era director entonces Emilio Romero, a quien, si hemos de seguir el criterio ansoniano, le corresponde asimismo el título. Y no recuerdo que se llevaran mal entre ellos. Por entonces yo era delegado de la Escuela y entre otros actos subversivos por cuenta del PCE, organicé una huelga, creo que la primera del centro, y pude comprobar que tanto el director como el subdirector colaboraban muy bien, primero para impedirla y después para asfixiarla. Hicieron bien, así lo veo ahora, pero, ¡hay que ver su devoción de entonces al orden constituido…  atroz y totalitario!

La carrera de Ansón guarda notables paralelismos con la de Cebrián. Los dos hicieron carrera dentro del insufrible franquismo y su prensa totalitaria. Solo después de muerto Franco se les notó aquel abnegado antifranquismo del que  hacen gala y que entonces guardaban en la intimidad. Pese a sus semejanzas, los dos periodistas se detestaban cordialmente, a  juzgar por las diatribas que se dirigían. Ansón acusaba al otro  hasta de facilitar a la policía totalitaria tomas de televisión de las reuniones del PCE en el exterior. Pero una vez ambos en la RAE, deben de  haberse reconciliado. Y parece que un fruto de esa reconciliación –y este es el segundo error–  ha sido la definición del franquismo, por la RAE, como régimen totalitario. Con lo cual desprestigian a la RAE tanto como creen prestigarse de “demócratas” a sí mismos. Unas autoridades académicas se supone que debieran saber distinguir entre totalitarismo y autoritarismo, pero al ignorarlo o pretender ignorarlo, dejan una lamentable impresión de insapiencia o de corrupción (en este caso intelectual) ciertamente poco ejemplar. Como ocurre hoy con tantas otras instituciones antaño renombradas. Por lo demás, solo tendrían que remitirse a la célebre entrevista a Solzhenitsin en TVE en 1976, que tantas ronchas levantó entre el antifranquismo español, incluso de derecha, tan admirador o al menos respetuoso gacia el sistema del GULAG.

No es del todo falso que Ansón fuera un poquito antifranquista,  aunque los totalitarios no se lo tomasen en consideración. Él era devoto de Don Juan, hombre oportunista que unas veces estaba con Franco y otras, cuando creía que iba a caer, en contra. Ansón escribió sobre el frustrado aspirante al trono, a quien él llama Juan III, un libro donde no lo deja precisamente bien, al relatar intrigas  del mismo o en torno al mismo,  que rondarían, si es que no caían, en la alta traición. Traición no a Franco, sino a España. He reproducido la más grave de ellas en Años de hierro. No sé si el poco antes finado Don Juan habría disfrutado especialmente con la biografía que le hilvanó su ardiente partidario.

En fin, el donjuanista afirma también que Preston ha escrito “la mejor y más objetiva biografía de Francisco Franco”. El increíble aserto sugiere que el título de lameculos responde a una auténtica vocación, siempre siguiendo la lógica del ilustre periodista y miembro de la RAE. Pue no creo que este vaya a obtener nada de Preston, de quien dudo sea recíproco el aprecio que el periodista le profesa.

Sobre Ansón  y sus peculiares ideas, que él llama liberales, he escrito unos cuantos artículos. Como he dicho, le debo cierta gratitud porque en momentos difíciles para mí me permitió escribir de vez en cuando en ABC. Pero una cosa es la gratitud personal y otra el lameculismo ante ciertas actitudes, aunque sea por omisión.

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ay-vilches-descerebrados-contra-delincuentes-delincuentes-contra-el-valle-de-los-caidos-9818/

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/rasgos-del-franquismo-marxismo-de-baratillo-5701/

 

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Baroja sobre Galdós /Santos Juliá defiende a los pobres

Blog I: Carta abierta al Consejo de Europa / Juicio a los gallegos. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Estoy releyendo el tomo Final del siglo XIX y principios del XX, de las  memorias de Pío Baroja tituladas  Desde la última vuelta del camino. Y  me sorprendo de haber olvidado casi todo, pese a haberlo leído hace menos de diez años. Cuando uno quiere meter en la memoria demasiadas cosas  ocurren estas otras, aparte del problema de la edad. En fin, les transcribo lo que el novelista dice del otro novelista, ya lo juzgarán ustedes como prefieran:  

“Era una manifestación espontánea (…) Galdós, dirigiéndose a mí, me dijo: “Acompáñeme usted a casa”. Salimos y, sin ser advertidos por nadie, tomamos un coche. Este fue por la calle del Príncipe en medio del vocerío de ¡Viva Galdós! y ¡Muera el clericalismo! Los manifestantes estaban muy ajenos de pensar que el autor de Electra  paseaba entre ellos. Galdós se escondía en el fondo del coche y fumaba sin decir palabra (…) “Yo me voy al extranjero. Yo no tengo nada que ver con estas algaradas”, dijo, a todas luces muy molesto (…) Tengo que reconocer que la actitud de Galdós no me fue completamente simpática. Tanta pusilanimidad me pareció excesiva. Yo creo que cada hombre debe responder de sus acciones y de sus ideas, siempre que sean las suyas (…)

Galdós fue uno de los escritores que me mostró más simpatía. Sin embargo, yo creo que, no por ingratitud, sino por un fondo un tanto ético, no correspondí del todo (…)

Después (una mujer que había sufrido un vahído) contó que era la mujer del secretario de Galdós. Esta mujer habló bastante mal de Galdós, y dio a entender que tenía motivos para quejarse de su conducta con su marido y con ella. Yo pregunté  después, y alguien me dijo que Galdós hacía trabajar a su secretario y se entendía con su mujer. Si esto era cierto, no era cosa muy digna. Explotar a marido y mujer, valiéndose de que estaban en la miseria, era bastante feo. (…)

Comenzamos a hablar de Galdós, y Bonafoux lo puso por los suelos. Se había portado, según él, de una manera indigna con una muchacha abandonada que vivía en Santander y que tenía un nombre judío. “Yo le traeré a usted al bar mañana cartas de esa muchacha”  Efectivamente, al día siguiente me trajo cartas, en las que se veía que Galdós se había portado de una manera un poco fea y mísera con esta chica. Yo comprendo que un hombre, llevado por la pasión, haga cualquier cosa; pero una seducción hecha en frío, con dinero y con engaño, me parece desagradable. Yo no sé si, hablando de esto, dijo o lo escribió el crítico Gómez de Baquero, que se podía tomar impunemente todo lo que estaba en el  comercio. ¿Pero en qué comercio? ¿En el de París, en el de Pekín o en el centro de África? Una señora argentina me decía hace poco que en Buenos Aires se podía comprar una muchacha en los barrios pobres. Si se puede comprar lícitamente una mujer o un chico, hay que creer que la civilización no es nada, y que no pasa de ser una farsa desagradable.

Don Benito debía de ser un hombre un poco lioso y hasta trapacero, porque, por lo que pude yo notar, le hicieron víctima de reclamaciones y chantajes. Otra cosa no muy halagüeña me contó un escritor desdichado, Modesto Pérez  (…) Un amigo suyo, y quizá él, le habían dicho a Galdós que había alguien que iba a escribir un artículo hablando de los líos que había tenido, y cuando iban a verle, Galdós sacaba la cartera y cogía un billete y se lo daba.

Galdós sabía muy bien que en su España, como en la nuestra, no había nada ni nadie que se pudiera sostener por sí mismo, y que se necesitaba la solícita mano del autor para defender su obra. Galdós, cuando publicaba un libro, agasajaba a los críticos, escribía cartas a los directores de los periódicos de Madrid y de provincias, algunas manuscritas, haciéndose el humilde. Yo he visto dos o tres de estas cartas.  Tambén le parecía abusivo que los curas hablasen mal de sus libros. Yo le dije “A mí eso me parece perfectamente natural y legítimo, que ellos hablen mal de lo que les parece y que sus enemigos puedan hablar, igualmente, mal de lo que crean malo. Eso es el liberalismo”.

En muchas conversaciones pude comprobar que en cuestión de delicadeza con las personas, don Benito no era un hombre que tuviera muchos escrúpulos. Esto hacía que estuviera expuesto al chantaje de mucha gente (…) Yo creo que esta falta de sensibilidad ética hace que los libros de Galdós, a veces con grandes perfecciones técnicas y literarias, fallen. Es lo que hace principalmente que sus obras no estén a la altura de las de un Dickens, de un Tolstoi o de un Dostoiewsky. No hay llama. No hay el hervor generoso de un espíritu. Porque en literatura se puede ser un cínico y un degenerado, como Paul Verlaine; se puede ser un satánico como Baudelaire; se puede ser un ególatra como Nietzsche; pero no se puede ser un cuco que disimule ante el público sus pequeñas artimañas y sus intrigas. Parece esto una manifestación de ingratitud; pero si lo es, también es una manifestación de sentido de la justicia.

Después vi algunas veces a Galdós. Hablamos de la técnica de sus novelas, de los pueblos castellanos y de otras cosas que a él le interesaban. Se veía que los pintoresco de España, el dinero y las mujeres, era lo que más le interesaba a él; pero de las mujeres no le interesaba su espíritu, sino su vida y hasta sus trampas. (…)

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Santos Juliá defiende a los “pobres”

Para ser historiador, a Santos Juliá le falla mucho la memoria, empezando por la de su pasado clerical, que nunca menciona pese a ser un dato muy importante para entender su trayectoria, y aun más relevante cuando muestra tan poco interés en señalarlo, pues nos ayuda a entender algunas de sus actitudes intelectuales. Juliá, afectado por la crisis posconciliar, se pasó a la izquierda, hasta convertirse en historiador oficioso del PSOE y biógrafo de Azaña, siempre con su curiosa desmemoria, que le lleva a omitir datos significativos. Quizá por esta deficiencia, y no por mala intención, ensalza a personajes como Prieto, o pinta un Azaña inconciliable con los propios diarios del personaje.

Recientemente ha escrito contra la beatificación de numerosos mártires cristianos causados por el Frente Popular, muchos de ellos directamente por los socialistas, y lo ha hecho apoyándose en el intelectual católico francés Maritain: “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo– por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión”. Pero un historiador con no más que un mediano sentido crítico no puede emplear de ese modo la sentencia de Maritain oponiendo sacerdotes y “pobres”. Los sacerdotes eran asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, pero, ¿de dónde saca Maritain que los pobres sufrían matanzas por el hecho de serlo?

Esto es una sandez muy propia de la propaganda estalinista, y su falsedad salta a la vista no ya de un historiador, sino de cualquier persona con sentido común. Ello aparte, los muertos por el terror de los nacionales durante la guerra ascendieron a unos 70.000, según los cálculos más solventes de Martín Rubio: ¿tan pocos pobres había en España? Como sabe todo el mundo, cayó entonces gente acomodada, de clase media y “pobres”, pero ninguno de estos últimos lo fue por su posición social, sino por considerárseles enemigos políticos, por venganzas personales, etc. Lo mismo vale para el terror del Frente Popular (unas 60.000 víctimas, más proporcionalmente que sus contrarios, al haberse ejercido sobre un territorio menor), que sacrificó igualmente a gran número de pobres –obreros y campesinos– desafectos.

La persecución de los sacerdotes y muchas monjas, masacrados a menudo con sadismo escalofriante, se emparenta cualitativamente con el Holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos, pues en ambos casos las víctimas eran asesinadas simplemente por ser judíos, o clérigos en el caso español.

Un historiador serio debe tener en cuenta otro detalle que Juliá también olvida, y que ayuda a explicar la evidente falsificación del intelectual francés: la preocupación por su país no dejaba de pesar en sus juicios, y él estaba alarmado por la influencia que pudieran lograr en España los alemanes e italianos en detrimento de los intereses franceses, y por ello trataba de convencer al Vaticano de que Franco era un títere de Hitler. Pudo tratarse de una mentira inconsciente, pero desde luego faltaba a la verdad, y escondía que, por el contrario, el Frente Popular sí fue dominado por Stalin de modo decisivo desde el envío a Rusia del oro español.

Casualmente, nuestro historiador no se pregunta por las causas de aquellos horrores, nada excepcionales en el siglo XX. Por poner un ejemplo, en Leningrado, una sola ciudad, murió el triple de gente que en toda la guerra española y en el mismo tiempo. Por poner otro, la guerra ruso-finlandesa igualó en solo tres meses el total de caídos en España entre los frentes y la retaguardia. Sin embargo, la cuestión de las causas de la guerra es la decisiva y definitoria para entender los sucesos.

Pues bien, Juliá y otros muchos profesionales a la lisenka mantienen la tesis de que los nacionales se sublevaron contra la democracia y el progreso de los “pobres”, causando así la guerra y las atrocidades consiguientes. Una tesis en resuelta oposición a la evidencia misma: el Frente Popular se componía de los mayores enemigos concebibles de la democracia, y de ellos jamás sacaron los pobres otro beneficio que lo que Besteiro llamaba “envenenamiento de las conciencias”. Fue el Frente Popular quien destruyó la legalidad republicana, arruinando las bases de la convivencia y ocasionando la guerra civil, que el PSOE venía intentando desde finales de 1933. Hay que insistir sin tregua en este dato perfectamente documentado, porque los lisenkos insisten con increíble pertinacia en difundir la propaganda estalinista como “memoria histórica”.

Queda esto: los Santos Juliá desvirtúan la espeluznante persecución religiosa con argumentos especiosos, han pretendido durante años que la Iglesia pidiera perdón a sus torturadores y ahora se oponen a que honre a sus mártires. ¡Imaginemos que en Alemania se hiciese hoy algo semejante con los judíos! El envenenamiento de las conciencias prosigue, con las mismas falsedades de los años 30. Juliá y compañía no revelan el menor sentimiento por lo que entonces hizo el Frente Popular, y uno queda con la sospecha de que repetirían, si hubiera ocasión. Después de todo siguen demostrando una vocación en verdad fanática por la defensa de “los pobres”.

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Ni tribunal ni constitucional: parodia de la justicia

Blog I: Una feminista y el amor (y II) / El euskera, idioma distinguido http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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1.- Los órganos sexuales en el hombre y la mujer son distintos y complementarios. En los homosexuales no, por eso deben buscar otros canales o instrumentos en su sexualidad.

2.- La sexualidad moldea también el cuerpo de forma distinta en el varón y la mujer. El ser humano es probablemente el mamífero con un dimorfismo sexual más acentuado.

3.- La diferencia y complementaridad también se manifiestan en el temperamento y rasgos psíquicos. Los homosexuales suelen fingir en sus relaciones el papel del marido y la mujer.

4.-  En el ser humano, la relación sexual tiende a ser estable (amor) y fértil (procreación y continuidad de la especie). En los homosexuales lo primero es más difícil y lo segundo imposible:  el amor estéril.

5.- La relación  estable y en principio fértil se ha institucionalizado en el matrimonio, algo imposible para los homosexuales, por mucho que finjan papeles masculinos y femeninos.

6.- Tradicionalmente, homosexuales y partidarios del “amor libre” rechazaban el matrimonio. Ahora los homosexualistas intentan desacreditarlo, como a la familia, “igualando”  lo inigualable.

7.-Esa igualación solo puede hacerse trivializando el sexo, sobre la base de que cualquier forma de desahogo (más que satisfación) sexual es igual que otra.

8.- La homosexualidad es un hecho natural, en el sentido de que se da en la naturaleza. Como muchas deficiencias, genéticas o no, que nos afligen, unas u otras, a todos los mortales. Pero natural no significa necesariamente normal o deseable.

9.- La sexualidad, homo o normal, es asunto privado de cada persona y no debe justificar persecuciones.

10.- Deja de ser privado cuando se pretende igualar por ley  cualquier forma de sexualidad, hacerlo motivo de orgullo y “educar” a los niños en tal “sapiencia”. Esto es homosexualismo, que atenta, entre otras cosas,  contra el más obvio sentido común.

11.- Los homosexualistas llevan su desvío hasta tratar de impedir por ley que los homosexuales que quieren cambiar o curarse, lo hagan. Atentando contra los derechos más elementales del individuo.

12.- Los homosexualistas usurpan la representación de todos los homosexuales e intentan perseguir por ley a  quienes los critiquen o  señalen sus peligrosas sandeces. Mientras ellos escarnecen a cuantos no les siguen la corriente.

14.-  El matrimonio homosexual, en fin,  no es ni puede ser más que una parodia malintencionada del auténtico, tal como la sentencia del “tc” es una parodia de la justicia.

14.- La sentencia del “tc” es una tropelía más en la larga serie de ellas cometida por ese “tribunal” desde la sentencia de Rumasa, legitimadora del expolio.

15.- A. Recarte ha advertido que el “tc” no es más que el instrumento de la casta política para cambiar la Constitución saltándose los trámites constitucionales. De la corrupta casta política que ha arruinado al país, añado.

16.- Javier Rubio lo ha sintetizado así: “el “tc” está para hacer constitucional lo que es anticonstitucional”. Al servicio de la casta

17.- Alguien bien documentado debería escribir un libro con las tropelías de ese tribunal contra la justicia, la nación española, la Constitución y la democracia.

18.- La indispensable regeneración democrática debe contar estre sus puntos la eliminación de semejante “tribunal”  y la inhabilitación de quienes han desacreditado la justicia.

 

****http://revista.libertaddigital.com/matrimonio-como-parodia-1276229266.html

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