Efectos del 98 (II) Razones del separatismo

Blog de gaceta.es: De botarates y revolucionarios: 14 de abril y 1 de abril

(antes): El inglés y el páramo cultural. Ayn Rand: ideario dudoso.

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Nacionalismo aquí implica separatismo, pues considera nación soberana lo que hasta entonces se había entendido como región o parte de una nación. Otra cosa es que el separatismo admita etapas, como autonomías previas. Antes del 98 predominaban regionalismos no antiespañoles, de escasa incidencia popular, o pequeños círculos nacionalistas mirados más bien como pintoresquismos. Pero después del Desastre cobraron fuerza creciente, con largas épocas de retroceso, hasta alcanzar hoy su máxima peligrosidad para España, designada como el enemigo a batir.

¿Por qué los  nacionalismos adquirieron cierta importancia en Vascongadas y Cataluña  y no en Galicia, y menos aún en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde pudieron haber explotado motivos lingüísticos u otros?  Suele explicarse por el empuje industrial  de Bilbao y Barcelona, pero el nacionalismo fue ajeno a las industrializaciones, ambas anteriores a él, y las habría arruinado al romper el mercado español, del que dependían. La burguesía catalana  mostraba un lógico celo españolista, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una sociedad rural y bucólica. Pero los nacionalistas extrajeron de las industrias una prueba de superioridad “racial”. Muchos capitales españoles en Cuba eran catalanes, su repatriación reanimó la economía de la región y, observa Cambó,  “El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas”*(1). Así, los nacionalismos fomentaron ese orgullo, combinándolo con el victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza, solo posible por la relación con el resto de España y muy favorecida desde Madrid con un proteccionismo excesivo.

Otra explicación contradictoria con la primera estaría en la memoria de los antiguos fueros feudales. Pero su abolición en Cataluña  por Felipe V había cimentado la recuperación económica catalana, al abrirle de lleno los mercados del resto de España y de América; y de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental. En Vascongadas, la abolición de los fueros (distintos para cada provincia) a causa de la última guerra carlista, en 1876  también benefició a  la industria vasca, y,  como muestra Juaristi**,  su reivindicación tuvo escaso eco. No obstante constituiría un motivo invocado posteriormente por el separatismo.

Suelen mencionarse asimismo los “hechos diferenciales” culturales e históricos. Pero ellos preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, eran muy secundarios con respecto a los factores unitarios y no habían causado separatismos, pues vascos y catalanes se habían sentido de siempre españoles (incluso castellanos en el caso de los vascos). Como recuerda Cambó, verdadero propulsor del nacionalismo catalán, todavía en 1898, “Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos  de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones”**. Más violento, Sabino Arana  amenaza a los malos bizkaínos: “El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo”. “Nuestros padres  vertieron su sangre en Padura [se refiere a una batalla, probablemente inventada, de once siglos atrás]  para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional (…) ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban porla Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!”. “¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!”. Y así sucesivamente.

El ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los  imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración del País Vasco o de Cataluña en España tampoco procede de invasiones o conquistas, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Gales, Quebec, etc.

Por tanto, los “hechos diferenciales” explican poco. Los nacionalistas trataron de exacerbarlos, pero no conducían de por sí a un impulso secesionista. No existía un caldo de cultivo favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vizcaya, y fue preciso crearlo, lo que requirió un esfuerzo muy arduo y una astucia muy notable.  El programa lo exponen a su modo Arana y Prat de la Riba. El primero constata: “Euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas“. Por tanto, era preciso transformar el sentimiento de fraternidad e identidad española en otro de odio y distanciamiento. A su vez, Prat de la Riba, fundador del nacionalismo catalán después de algunos tanteos anteriores, asegura: “Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín (…), nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro (…): les separa la lengua“. De creerle,  nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y no se explicarían los siglos de unidad en España. Pero, según la nueva doctrina, un catalán debía llegar a preferir la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco.

La  tarea de transformar el sentimiento nacional español en su contrario exigía líderes entregados, y creo que el impulso separatista se debe  ante todo a ellos: unos profetas fervorosos e iluminados, consagrados en cuerpo y alma a una misión  a su juicio redentora. No hallamos en el nacionalismo gallego u otros a  personajes tan enérgicos y tenaces como Arana,  Prat de la Ribao  Cambó. Una ya larga tradición explica la historia por causas materiales cuantificables, pero en la realidad topamos con imponderables como el carácter de los dirigentes. Así, sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario, con la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilantes u opuestos al golpe revolucionario. Caso ilustrativo, porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas “condiciones materiales” u “objetivas”. También pudo haber fracasado el golpe de Lenin de tener enfrente a algún dirigente de mayor envergadura personal que Kérenski. En España, los líderes nacionalistas no encontraron tampoco opositores que entendiesen bien su peligro y les afrontasen con inteligencia*.

Arana y Prat de la Riba, escriben con la convicción de haber descubierto una nueva luz  destinada a alumbrar a vascos y catalanes. El joven Cambó  resolvió consagrarse a la causa nacionalista, al punto de renunciar al matrimonio en aras de ella. Tal exaltación rezuma la frase de Prat de la Riba: “La religión catalanista tiene por Dios a la Patria”.  Arana, deplorando “cuán difícil  y penosa es la labor (…) de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!”, amenazó en un célebre discurso con que, si fracasara, “juro (…)  dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. No especificó el recuerdo, aunque debía de ser terrible.

Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron: una mezcla de narcisismo y victimismo, un ataque  inclemente a España o a Castilla, un memorial de agravios exagerados o inventados junto con un halago desmedido a lo autóctono: “Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes”, dice Prat, erradicando la “monstruosa bifurcación de la conciencia” que hacía sentirse español al catalán. Para ello combinaría “los transportes de adoración” a Cataluña con el odio a sus supuestos enemigos, los castellanos, pese a que Castilla había dejado de representar un poder  hegemónico o director. “La fuerza del amor a Cataluña (…) se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las  cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó”.  Había que “resarcirse” de una supuesta “esclavitud pasada”. “Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida”.  O, como observa más sobriamente Cambó,  “El progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias”*.

A su vez opone Prat  “el gótico y el románico de nuestros monumentos”  a “la Alhambraola Giralda”, como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España las reliquias árabes: “Bien mirados los hechos, no  hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada”.  Prat y Arana se tenían por católicos fervientes, pero el segundo, superando a Prat, declama: “¡Católica España! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban (…) que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.

El racismo, de moda en Europa, cimentó el argumentario separatistas: contra toda evidencia, vascos y catalanes constituirían razas distintas y contrarias a la española, llamada despectivamente maketa o charnega. En el separatismo vasco, el racismo se hizo obsesivo. La  raza bizkaina, instruye Arana, era “singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad  ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo”, de modo que siendo “la más noble y más libre del mundo”,  sufría   “humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable”. Y fulminaba a sus  paisanos: “Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa (…) con la raza más vil y despreciable de Europa”. Tan despreciable que era “el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que  hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis  en sus rostros la expresión de la inteligencia  humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad”.

No extrañará que Arana despreciara los primeros tanteos catalanistas de acción común: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “ Los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”. No excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero aun así, “jamás confundiremos nuestros derechos con los región extranjera alguna”.

Con alguna menor intensidad, la idea de raza también nucleaba al separatismo catalán. Según su ideólogo Pompeu Gener, los catalanes pertenecerían a “la raza Aria”, frente al resto de España donde “predomina demasiado el elemento semítico, y más aún el presemítico o berber (…). Lo que ahí priva son las degeneraciones de esos elementos inferiores importados de Asia y del África (…) Nosotros, indogermánicos de origen y corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales razas inferiores”. “Los catalanes valemos más como hombres en camino al Superhombre”. España definiría a una población constreñida por lazos meramente políticos*.

Así pues, si España no existía, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy fácil. Y difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les preocuparon. Como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos  los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad *. Y así fue.

A estas campañas ayudó de forma decisiva el  “desastre” del 98, como recordaba Cambó. Así fue posible que a los pocos años Prat exagerase: “Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica”.

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Aun con estas semejanzas y nivel intelectual poco notable en ambos secesionismos, hay fuertes diferencias entre el programa de Prat y el de Arana. El primero  anhelaba  “más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…)  comprendiera la gloria eterna  que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Decidle  que las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones”. Y al mismo tiempo proclamaba una vocación imperialista, pues el imperialismo “es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo”.  Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego  “expandirse sobre las tierras bárbaras”. Un plan anacrónico y algo infantil que solo podría traer graves tensiones, incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Aparte, ¿qué autoridad moral invocarían los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”,  lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación”  de la conciencia catalana que él quería eliminar. Por otra parte, ¿y si el resto de España rehusaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque Cataluña no dejaba de ser una parte menor del país, y si veía al idioma común como extranjero renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba,  en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, Valencia y Baleares, muy poco entusiastas al respecto.

Y a Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los separatistas catalanes como vanguardia de los “pueblos oprimidos” o  de cualquier otra cosa.  Su plan, al revés del de  Prat, propugnaba el autoencierro para el  “pueblo más noble y más libre del mundo”. La mayor distinción de los vascos, sería,  después de la raza, el vascuence, “broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo”, pues “donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad”. Por eso, “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar  su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos”. Nada, pues,  de  moralizar por vía lingüística a los maketos: “Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor”. “Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su  diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego”. Etc.

La lengua materna de Arana era el castellano. De ella renegó, aunque la escribiera con no mal estilo, pero no debió de llegar a dominar el vascuence, como indica su creación de la palabra Euzkadi  para nombrar el espacio vasco. Según sus adeptos, “El anhelo de la raza más vieja de la tierra (…) se condensa  maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos  nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”. El filólogo vasco Jon Juaristi califica el término de dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko,  extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar “vasco”,  y del  sufijo colectivizador  -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría  literalmente por algo parecido a bosque de euzkos, cualquier cosa que ello sea”. Ya Unamuno criticó la “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental”, que equivaldría a cambiar la palabra España por  “Españoleda, al modo de pereda, robleda…” *.

Y lejos del imperio ibérico soñado por Prat, enseñaba Arana: “aborrecemos a España no solo por liberal, sino por cualquier lado que la miremos”, y por ello, “si la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”**.

Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas  variedades,  hasta que en los años 70 del siglo XX cobre fuerza la socialista ETA. En cambio  al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo,  le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el catalanismo de derecha encontraría  “en el patriotismo español  la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán”*. Por el contrario,  la izquierda acentuaba  el talante separatista o al menos exclusivista. La doctrina de Prat daba al nacionalismo catalán su ambivalencia y vaivén entre la idea de hegemonizar una “Espanya gran” reducida a confederación presta a disolverse al menor pretexto, y un separatismo abierto de los llamados “països catalans”.

También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de  Prat, como él mismo advierte: “Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos  las nuevas doctrinas”. Prat y sus seguidores cultivaron un victimismo algo quejumbroso, con sentimientos de superioridad ultrajada y conmemoración sentimental de supuestas derrotas históricas. Los sabinianos, algo menos victimistas, invocaban nebulosas victorias bélicas o “glorias patrias” contra “el invasor español” y llamaba a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo  privaban a los vascos de otras glorias más tangibles, alcanzadas por ellos como españoles.

Las ideas de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones son el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Así, el racismo se volvió tan impopular después dela II GuerraMundial, que ambos separatismos evitan abanderarlo, por más que sigue vivo bajo apariencias externas.

Estos nacionalismos extendían al liberalismo su aversión: “antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser”, predicaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que denunciaban el liberalismo:  su derivación izquierdista, drásticamente antieclesiástica, tomó asimismo tintes antiliberales y antidemocráticos. Una raíz  más o menos carlista en las Vascongadas como en Cataluña, derivó hacia el nacionalismo como forma de salvar lo salvable ante el triunfo liberal en el resto de España. Pero no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista y defendía los fueros feudales como propios de España frente al centralismo traído de Francia. Y no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava  y otras regiones  y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.

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Las circunstancias propulsaron separatismos menores en Galicia y Andalucía,  más insignificantes en Canarias y otros puntos. Un converso al Islam, Blas Infante, afirmó que los árabes habían dado a la nación andaluza una edad de oro, propugnó sustituir el alfabeto por el alifato o un “alfabeto andaluz”; inventó, como Arana, una bandera, que si en el vasco imitaba a la inglesa, en el andaluz a la omeya y almohade: “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España (…) Declarémonos separatistas de este Estado  que conculca (…) los sagrados fueros de la Libertad (…) Avergoncémonos de haberlo sufrido”.  Los políticos andaluces de la Transición, haciendo gala de su nivel intelectual y moral,  nombraron a Infante “padre de la patria andaluza”.

Vicente Risco, un orientador del nacionalismo gallego, propugnaba recobrar las  “raíces célticas” víctimas de la romanización, tomar a la Atlántida por “símbolo de nuestra nacionalidad”, y “oponer al mediterraneísmo el atlantismo, fórmula de la Era futura”. “Nuestro destino futuro es crear e imponer esta civilización nuestra que ha de ser la civilización atlántica”  frente a las “razas ya sin fuerza creadora”.

Si hubiéramos de resumir brevemente la naturaleza de estos movimientos diríamos que trataban de transformar el ancestral sentimiento español en aversión u odio abierto a España, o a Castilla o a otras regiones, exaltando diferencias secundarias y victimismos,  invocando unas razas imaginarias o descalificando todo lo que la España unida había significado a lo largo de la historia. Encontraron un terreno relativamente abonado en el “Desastre”, sobre todo moral, del 98, pero a pesar de que España solo existía como término geográfico, según Prat, o era un país “enteco y miserable”, según Arana, nunca lograron sus objetivos en los 120 años transcurridos, aunque sí provocar serias crisis políticas.

Queda por ver cómo unas especulaciones tan ajenas a la realidad y a menudo risibles o absurdas en su formulación, pudieron ir calando lentamente entre bastantes personas. Una causa la expone el 13 de septiembre de 1923 La Voz de Guipúzcoa ante la virulenta agitación del PNV: “¿Qué otra cosa sino sonreír puede hacerse ante quienes se proclaman víctimas de la tiranía de un Estado que les consiente vejar el nombre de la patria  u subvertir sus más fundamentales instituciones? (…) Pensamos en los payeses y en los caseros, en los hombres del agro y del taller a quienes se capta con apóstrofes, con sentimentalismos, con imprecaciones, con todo menos con argumentos. Y en este aspecto nos parece reprobable la pasividad gubernamental ante los energúmenos que dan mueras a España”. La pasividad oficial se basaba en la impresión de que aquellos energumenismos nada podrían finalmente contra la inercia de la historia real. Y en un vacío de ideas, pues, como veremos, surgió por entonces un “regeneracionismo españolista” poco menos disparatado que los separatismos. Al margen quedaba un tradicionalismo anacrónico que, si defendía lo mucho valioso que España había realizado en el pasado y criticaba, a veces agudamente, los nuevos movimientos,  estaba acartonado en esquemas más o menos integristas, incapaz de presentar alternativas adecuadas a los nuevos tiempos.

Cabe añadir que las ofensivas separatistas han resultado irrisorias cuando se les ha opuesto una acción enérgica, aunque solo fuera administrativa. En 1923, estuvieron los separatistas vascos, gallegos y catalanes estuvieron a punto de lanzarse a la “acción heroica” en concomitancia con el terrorismo ácrata, la rebelión de Abd el Krim y la extrema demagogia socialista. Fueron una de las causas de la caída de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera, pero su heroísmo resultó muy limitado: el dictador apenas tuvo que aplicarse con ellos, que renunciaron enseguida a sus veleidades. En el verano de 1934 lanzaron una nueva ofensiva, esta contra la república,el PNV, la Esquerra, los socialistas y los republicanos de izquierda, que pareció culminar en guerra civil, y bastaron unos cuantos guardias de asalto para desinflar el globo. La conducta de los separatistas vascos y catalanes durante la guerra civil fue patética, ambos complotando a espaldas del Frente Popular con Roma, Berlín, Londres y París, y cometiendo mil traiciones a sus aliados. Durante el franquismo prácticamente desaparecieron, hasta la muy tardía aparición del TNV (Terrorismo Nacionalista Vasco) o ETA, de corte socialista y cuya especialidad fue el asesinato por la espalda.  Recientemente, cuando Aznar ilegalizó a Herri Batasuna, también prometían los mayores desastres y la cosa quedó en nada. Mejor dicho, la ETA fue llevada “al borde del abismo”. Los referendums separatistas catalanes no han sido votados por casi nadie, y solo una pequeña minoría aprobó el nuevo estatuto. En realidad, bastaría que un gobierno enérgico advirtiera de la suspención constitucional de la autonomía para que la “terrible amenaza” se disolviera en gran medida. Pero ya ha explicado Norman Stamps en su célebre estudio sobre las causas del fracaso de algunas democracias,  que ningún régimen constitucional  ha caído por una acción enérgica de un ejecutivo fuerte, sino por la debilidad de gobiernos incpaces de actuar con efectividad. Y la causa de la caída de la Restauración se encuentra principalmente en que, como observa Cambó, “Nadie sentía respeto por un Gobierno que, evidentemente, no era respetable” “Los dos últimos gobiernos, el de Sánchez Guerra y el de García Prieto ya no eran una caricatura: eran un verdadero sarcasmo”. El peligro actual no está en los separatismos, sino en gobiernos como los citados, que parecen volver, y en la falta o insuficiencia de respuesta en el terreno de las ideas y del análisis histórico.

Nota:   Las citas de Prat de la Riba proceden de su opúsculo La nacionalidad catalana.  Las de Arana  son fácilmente  encontrables en el resumen  Páginas de Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco,  Madrid, 1998, seleccionadas por Adolfo Careaga, que también selecciona otras de  De su alma y de su pluma, por el ferviente nacionalista  Manuel de Eguileor. La cita sobre la no catolicidad de España procede de las Obras Completas  del  prócer, tomo III, p. 2.009. He recogido las de Blas Infante y Vicente  Risco en Una historia chocante, pp. 179 y ss.


* F. Cambó, Memorias,  Madrid, 1987, p. 41

** J. Juaristi, El bucle melancólico, Madrid, 1998, p. 52

** Cambó, Memorias, p. 38

* Desatención continuada, pese ha ser hoy el separatismo un problema de primer orden en España. Baste señalar que el primer estudio sobre ambos nacionalismos en conjunto y relacionado con la evolución histórica de España en el siglo XX, ha sido el mío, de 2004 Una historia chocante

* Cambó, p. 41

* En La raza catalana. El núcleo doctrinal del catalanismo, Francisco Caja, Madrid 2009.  pp.85 y ss.

* El ejemplo más característico es quizá el del nazismo.

* J. Juaristi, El bucle, p. 154. M. de Unamuno, en rev. Nuevo mundo, 1-III-1918   y Ahora, 9-10-1933, ambas de Madrid.

* Citado en Arrarás, Historia de la Segunda República, II, p. 435

 

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¿Dos (nuevas) derrotas de Usa? / El 98 y sus efectos / No es la economía, estúpido

 

Hace poco leí en el blog de Vidal-Quadras sus impresiones tras un viaje por Irak. (http://www.intereconomia.com/blog/prohibido-pisar-flores/irak-balance-final-20111217). Debía mencionar también que entre los perdedores se encuentran los cristianos. Tampoco en Afganistán marchan bien las cosas. El balance de estos largos años de ocupación militar es inconcluyente o algo bastante peor, y ha costado a Usa y otros países un verdadero derroche de dinero y medios. Las perspectivas son que los occidentales tendrán que retirarse por fin, dejando el terreno a sus enemigos.

Cuando la invasión de Irak yo sostuve que había tantas razones a favor de ella como en contra,  que España no tenía más remedio que apoyarla, al menos políticamente, dada su integración (en mi opinión innecesaria) en la OTAN, y que los contrarios a la intervención defendían, en realidad, a una tiranía genocida.  Contra lo que pretenden los críticos, el objetivo no era asegurar o dominar el petróleo de Irak –el cual tenía máximo interés en comercializarlo, como siempre–, sino crear allí una democracia que sirviera de polo de atracción para otros países de la zona y asegurara las espaldas de Israel. El proyecto ha resultado fallido, y lo mismo ha ocurrido en Afganistán, donde no había ningún petróleo que extraer. En pro de la democratización se argüían las experiencias de la Alemania y el Japón de posguerra, pero las condiciones han demostrado ser demasiado diferentes. Hasta hoy, ningún país islámico se ha democratizado de forma consistente, y la tendencia dominante es a una reislamización abiertamente antioccidental y antidemocrática. Todo indica que Occidente ha sufrido allí dos importantes derrotas, que siguen a otras como las de Somalia o Beirut. El mismo error, si aquí puede hablarse de error y no de algo mucho peor, ha sido el apoyo a la llamada “primavera árabe” en Túnez, Egipto y Libia, que ha degenerado en una islamización creciente.

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/que-se-nos-pierde-en-libia-58990/

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/la-ue-asesina-a-gadafi-la-vergenza-del-valle-de-los-caidos-10539/

Parece que en Siria las cosas van por el mismo camino:

http://blogs.periodistadigital.com/desdeelatlantico.php/2012/04/08/siria-el-vergonzante-apoyo-de-occidente-

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La delegada del gobierno en Cataluña amenaza: “Con la indepoendencia, Cataluña sería de los más pobres de Europa”, porque “quedaría fuera de la UE”. La necedad da muy bien el tono de la miseria intelectual y moral del PP.  Se trata de la secesión, no de la independencia, pues Cataluña es parte de un país independiente. La chica cree que si su partido admite la barbaridad de la  secesión de Cataluña va a impedirle en cambio la nimiedad comparativa de entrar en la UE. Cree además que fuera de la UE no hay salvación cuando, justamente, de allí nos ha venido en gran medida la crisis. Estas miserias, por lo que entrañan, son mucho más indignantes que la grosera demagogia de la izquierda.

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/no-es-la-economia-estupido-59568/

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El 98 y sus efectos (I)

Hacia finales del siglo XIX, España se encontraba con el problema de unos movimientos independentistas en sus últimas colonias de América y el Pacífico. En Puerto Rico no había movimiento independentista de alguna consideración, y en las Filipinas había surgido otro, que empezaba a causar dificultades a España, aunque por el momento poco graves; el problema más serio, con gran diferencia, era el de Cuba: imponía gastos desmesurados, presencia de 200.000 soldados,  y una verdadera sangría. En tres  años  murieron  allí 55.000 soldados españoles, casi todos por enfermedades tropicales y solo 2.000 por combates; lo que prueba que el movimiento contra España no era muy fuerte, aunque sí muy violento.  En España se solía considerar a Cuba una región española y no una colonia, pero en todo caso era extraordinariamente próspera.  El descontento popular en Cuba, aunque muy lejos de estar generalizado, bastaba para mantener una tensión permanente, alentada desde la vecina Usa, lo que la hacía muy difícil de vencer (una de las causas del descontento eran los aranceles en beneficio de la industria textil de la metrópoli, mayoritariamente radicada en Cataluña, que impedían la competencia de los géneros useños, en general más baratos y de mejor calidad; Usa, a su vez, había construido su industria con un fuerte proteccionismo). Por otra parte, la administración española en la isla tenía fama de corrupta, la propia guerra era saboteada desde España por sectores que se llamaban progresistas (del Partido Liberal y otros), y el jefe de gobierno conservador, Cánovas, fue asesinado en un complot de implicaciones masónico- independentistas. Los políticos más avisados pensaban en una autonomía que desembocaría con algún tiempo en una independencia amistosa.

La cuestión se complicaba decisivamente porque Usa, en virtud de la doctrina del “Destino Manifiesto”, quería hacerse con las posesiones españolas, en particular Cuba y Puerto Rico, directamente o situarlas en su área de influencia. Según las doctrinas racistas entonces en boga, Usa representaba el progreso mientras que España entraba dentro de las potencias decadentes condenadas a extinguirse o ser liquidadas en la darwinista “lucha por la vida”. La mayor parte de la prensa useña, en particular la más sensacionalista de J. Pulitzer y W. R. Hearst, jugaba con los sentimientos populares hablando de la crueldad y las atrocidades de los españoles, en gran medida inventadas (es famosa la frase de Hearst, magnate de la prensa amarilla, a un reportero que debía fotografiar las violencias españolas y la lucha de los insurgentes y no encontraba material: “Usted proporcione las fotos  y yo aportaré la guerra”).  El protestantismo dominante en los medios y en la enseñanza presentaba asimismo a la católica España como un modelo de todas las ignominias. La política belicista fue impulsada sobre todo por el Partido Demócrata, siendo el Republicano mucho más reticente.

El gobierno useño buscaba un pretexto para intervenir y lo encontró acusando a España de haber volado con una mina el acorazado Maine en el puerto de La Habana. La acusación era falsa, y la prensa useña ocultó la investigación española al respecto, que excluía tal posibilidad. Otras  investigaciones hablan de un accidente, que parece lo más probable, quedando siempre la sospecha de una provocación de falsa bandera por parte de Usa para justificar la agresión. Enseguida se impulsaron en Usa movilizaciones populares bajo el lema “¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!”.

El choque se hizo así inevitable. Usa, con 74 millones de habitantes, era ya la primera potencia industrial del mundo, mientras que España, con 18 millones, se encontraba en torno al décimo lugar, posición no despreciable pero muy inferior. A esa desventaja se añadía la estratégica: las Antillas estaban a un paso de Usa y a enorme distancia de España. En cuanto a las Filipinas, la desventaja era semejante, empeorada para España por la colaboración inglesa con Washington desde Hong Kong y Suez. De ahí cabría deducir que España no tenía opción de vencer, pero la cuestión no estaba tan clara en una guerra corta y de carácter naval. La flota española era poderosa, con menos tonelaje y potencia de fuego que la useña, pero más rápida y con tipos de barcos nuevos que en principio podrían ser muy efectivos. A pesar de ello fue desastrosa y rápidamente vencida en Filipinas y en Cuba. La causa principal radicó en el pésimo mando de los almirantes Montojo y Cervera, que no aprovecharon ninguna de sus ventajas y por el contrario facilitaron al máximo las de sus contrarios. Así resultó, para Usa, una “espléndida guerrita”, como la llamaron. Probablemente en un país menos permisivo y desmoralizado que la España posterior a la derrota, Montojo y Cervera habrían sido juzgados y condenados con la mayor severidad, aunque Cervera podría alegar que desde el primer momento fue derrotista, a pesar de lo cual el gobierno le impuso la misión.

De resultas, Usa se apoderó de Puerto Rico, Filipinas y Guam, y se hizo con el control de Cuba; otras islas del Pacífico fueron cedidas a Alemania. Por lo que respecta a Filipinas, fue sometida por los useños en una guerra que algunos han llegado a calificar de genocida, por las atrocidades empleadas por el ejército invasor.

La derrota a manos de un enemigo tan superior material y estratégicamente no debiera haber producido una crisis demasiado grave, y sin embargo causó un verdadero hundimiento moral.  Para useños e ingleses, su victoria certificaba la superioridad de la pujante raza anglosajona sobre la decadente latina, augurio muy posible de un próximo y definitivo derrumbe de España. Y una idea similar cundió por la propia España, tachada de de país moribundo. El político conservador Francisco Silvela diagnosticó una “España sin pulso”,  el líder separatista Sabino Arana se congratulaba de que “solo un milagro puede salvar a España”, el periódico separatista catalán La Veu de Catalunya afirmaba: “De un extremo a otro [del país] se siente un vaho de muerte”. El intelectual republicano Macías Picavea se preguntaba: “¿No estamos en frente de la muerte que amenaza?”. Desde el influyente Heraldo de Madrid, el periodista y político Julio Burell creía constatar,  la “extinción de toda energía y de todo aliento” y anunciaba “la fe destruida; el espíritu nacional sin bríos (…) los particularismos, los egoísmos, los escepticismos de toda especie desperezándose al sol”. El mismo Silvela advertía del “quebranto de los vínculos nacionales y la condenación, por nosotros mismos, de nuestro destino como pueblo europeo”. Algunos esperaban o deseaban  una insurrección popular al estilo de la Commune de París cuando la derrota francesa ante Prusia. Así, unos con alegría y otros con pesar, pronosticaban la ruina definitiva de España.

Mas no ocurrió nada de ello. Por el contrario, el país demostró una notable capacidad de recuperación. Con la repatriación de capitales y el fin de la sangría cubana, la situación general mejoró según muestran algunos índices: en los diez años siguientes se multiplicaron las obras hidráulicas y la construcción de barcos mercantes, mientras que la armada se modernizaba, más poderosa que la derrotada; también hubo mejoras significativas en la enseñanza superior y el porcentaje de analfabetos bajó del 50%, un logro pequeño, pero indicativo (por comparación, Italia tenía entonces un 38% de analfabetos y Francia un 13%). La renta por habitante estaba en un 54% de la media de Francia y Gran Bretaña, frente a un 58% Italia y un 75% Alemania. Dentro del semicírculo de países menos ricos que el núcleo centrooccidental de Europa, extendido desde Irlanda a Finlandia, pasando por los países del Mediterráneo y del este del continente, España estaba en una posición bastante favorable. Fue además una época de cierto esplendor cultural con la aparición de la llamada “generación del98”. En realidad, bajo el régimen liberal de la Restauración, España llevaba ya bastantes años recobrándose de su profundo declive del siglo XIX. Lo hacía con lentitud, pero de modo continuado y acumulativo, y esa tendencia continuó y se acentuó después del 98.

Ahora bien, esta recuperación, que debía haber dado lugar a cierto optimismo, no fue tenida en cuenta por la gran mayoría de los políticos, periodistas e intelectuales, que se obstinaban no solo en desconocer los hechos, sino en acentuar los tonos trágicos y autodenigratorios, en primer lugar hacia el régimen liberal que no solo les permitía expresarse, sino que también auspiciaba un crecimiento del país en todos los órdenes. Y no solo la Restauración fue objeto del desprecio y la hipercrítica, sino que estos se extendieron a toda la historia anterior de España: la derrota del 98 demostraría que España había ido por mal camino desde mucho antes, durante siglos enteros, prácticamente desde sus orígenes. La propaganda protestante y de la Leyenda Negra cundió en formas muy variadas y la Restauración quedó sin cobertura moral, por deserción de los intelectuales, una situación que iba a socavarla en sus mismas raíces hasta hundirla finalmente veintitrés años más tarde.

El ataque a España motivó las célebres frases de Menéndez Pelayo, el ensayista y estudioso más destacado de la época: Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, (…) emplea en destrozarse las últimas fuerzas que le restan y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu (…) hace espantable liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia los hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía (…) Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura intelectual sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.   

Había, por tanto, un desfase entre la realidad y las interpretaciones derrotistas cuando no fúnebres de España y su historia. No obstante, las interpretaciones tienden a configurar la realidad, a cambiarla. La sociedad española era bastante vital y vitalista, precisamente estaba levantando cabeza desde la postración del siglo XIX, y sin embargo sus  capas políticas e intelectuales, o al menos una grande e influyente parte de ellas, no solo detestaban la realidad presente, sino que proyectaban su aversión sobre la pasada. Algunos venían animadas de cierto patriotismo o nacionalismo que aspiraba a colocar rápidamente al país entre los más punteros del mundo y, sin reparar en la dificultad de la tarea, buscaban más bien supuestos culpables de que el país no fuera todo lo brillante que a ellos les gustaría; así, convertían una tarea que podría ser constructiva, en otra autodestructiva, porque su propia actitud y parvo talento garantizaban que nunca se alcanzarían sus deseos, deseos harto arbitrarios que se concretarían en lo que Azaña iba a denominar “programa de demoliciones”.

Y en tal clima, como especularon Burell o Silvela, cundieron los particularismos e ideologías, unas apostando por acabar de una vez con España, disgregándola, otros por “regenerarla” sobre la base de la negación de valor a su pasado, y otras por difuminarla o hacerla desaparecer en nombre de doctrinas internacionalistas. Se abrieron paso fuerzas ya antes existentes, pero que hasta entonces, tomadas por pintoresquismos, parecían inocuas debido a su dispersión y escaso impulso: los separatismos vasco y catalán, junto con otros menores como el gallego, o el andaluz, los internacionalismos anarquistas y marxistas, los regeneracionismos y el europeísmo, iban a marcar la España del siglo XX y en muchos aspectos siguen marcando la vida política española a día de hoy. Por eso conviene explicar sus razones y dinámica histórica.  Y dado que los separatismos son la corriente más decididamente antiespañola desde un principio, y que parte de las otras han coincidido de modo directo o indirecto con ellos en su afán de atacar la nación española y propugnar o exponerla a la desintegración, y que desde hace treinta años constituyen probablemente el peligro mayor, les dedicaré una atención preferente.

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Companys: la persona y su biografía / J. Pérez (VIII): El Camino de Santiago

Blog de gaceta.es: Antijudaísmo / Al Capone, héroe / Yuste / Primer viaje a pie: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/antijudaismo-capone-heroe-yuste-primer-viaje-pie-20120407

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Ante  el foso de Santa Eulalia del castillo de Monjuic han colocado una indicación sobre el lugar del fusilamiento de Companys (hubo por allí otros muchos fusilamientos), con unas palabras del político poco antes de su ejecución. Companys perdona a quienes le han agraviado y pide perdón a los agraviados por él, y expresa la serenidad de espíritu con que se dispone a afrontar su última prueba. Es un breve documento bastante conmovedor, como muchos otros testimonios ante la muerte. Según dicen, cayó ante el pelotón diciendo Per Catalunya, aunque eso podría ser una leyenda, como la inventada por sus seguidores de que se había descalzado para finar pisando tierra catalana. Sea cierta o no su última invocación, nos lleva al misterio de la vida humana.

Lo que Companys hizo por Cataluña, en todo caso, fue nefasto, quizá peor que cualquier otro político hasta la fecha: tomó el poder en Barcelona, en 1931, a la manera de un chulo, facilitó a los anarquistas el asesinato de numerosos rivales suyos en los sindicatos, reaccionó a la victoria de las derechas en 1933 predicando la guerra civil y, lo que es peor, organizándola, hasta lanzar el golpe de octubre de 1934 en cooperación con un PSOE decidido a implantar un régimen de tipo stalinista.  Al fracasar se defendió de forma vergonzosa ante el tribunal, negando descaradamente la evidencia, y trató de echar la culpa y el ridículo del fracaso sobre Dencàs y Badía. Todo esto lo he documentado y explicado, en muchos aspectos por primera vez y de la forma más completa hasta ahora, en Los orígenes de la guerra civil  y en El derrumbe de la República. Luego todo indica que inspiró el asesinato de los hermanos Badía y de alguno que había sido agente suyo, un tal Revertés (http://historia.libertaddigital.com/el-asesinato-de-los-hermanos-badia-1276238379.html). Al reanudarse la guerra civil en julio del 36, se ofreció a los triunfantes anarquistas a cambio de que le dejaran seguir al mando –nominal, por el momento— de la Generalitat, y en ese cargo presidió la mayor oleada de crímenes, saqueos y destrucciones  que haya sufrido Cataluña, probablemente, en su historia. Conspiró luego con los stalinistas para quebrar el poder anarquista y se encontró más debilitado de lo que deseaba, dedicándose a intrigar contra el gobierno de Negrín… Luego escapó oportunamente, sin mucha preocupación por los sicarios y fieles que dejaba atrás;  pero al ser invadida Francia por los alemanes fue entregado a España.

En fin, por todas esas responsabilidades fue juzgado y condenado a muerte. Los intentos de hacer de él un héroe y un mártir son realmente grotescos, pero la política antifranquista es generalmente grotesca. La cuestión que yo quería suscitar es el contraste entre tantos desmanes y cierta magnanimidad personal que muestra en sus últimos momentos. Alguien dijo una vez una frase irónica muy profunda: “¿Quién no es mejor que su propia biografía?”. En otras palabras: ¿puede reducirse la persona a sus actos? ¿Y cómo juzgar estos? El hombre no solo se ve obligado a elegir constantemente, sino también a justificar sus decisiones para escapar a la penosa, corrosiva  culpa que acompaña a su condición. Y al juicio ajeno.

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El camino de Santiago

Dado que la Reconquista comienza en Asturias con un gran dinamismo expansivo desde el principio, totalmente distinto de las viejas incursiones de rapiña, los historiadores empeñados en difuminar  la realidad hispana tratan de atribuir la pronta reocupación de amplias zonas a ambos lados y al sur de Asturias a una especie de despreocupación de los musulmanes: a estos no les interesarían aquellos territorios  ya que económicamente no representaban nada o casi nada para ellos. J. Pérez da cierto pábulo a una idea tan extravagante. Por supuesto que Galicia y el valle del Duero, bien regado por bastantes ríos, tenían el mayor interés económico, y toda la zona cantábrica lo tenía militar, ya que desde ella se combatía constantemente al poder andalusí. Es posible que, como sostiene Sánchez Albornoz, la cuenca del Duero llegara a ser despoblada por los cristianos como medida defensiva, pero el hecho es que los andalusíes no volvieron a recuperar aquellos territorios, desde los  cuales los españoles les presionaban constantemente. No obstante, los musulmanes los cruzaban en muy frecuentes incursiones para debilitar la capacidad ofensiva  de los cristianos, destruir su economía y llevarse el mayor número posible de cautivos. En esto radicaba su “desinterés”.

Pérez cree que hasta el siglo X no hubo una idea real de Reconquista y que la misma se debió a monjes mozárabes. Ya hemos visto que ello es muy improbable, y que solo puede sostenerse desde cierto empeño ideológico. Y nos dice: “Para Alfonso III, la Reconquista no era una cruzada contra el infiel. No tuvo el menor reparo en mandar a su hijo, el futuro Ordoño II, a aprender con el rey moro de Zaragoza. Pero aquel rey no desdeñaba las motivaciones religiosas siempre que le parecían oportunas. A él se debe el desarrollo del culto a Santiago. En torno a 780, un monje, Beato de Liébana, mencionó por primera vez la evangelización de España por el apóstol Santiago, creando así un ambiente favorable a la invención del sepulcro, en Iria Flavia, en 814 (…) La propaganda no escatimó sus esfuerzos: el reino de Asturias se sentía orgulloso de poseer en su territorio las reliquias de un apóstol (…) Pronto Santiago se convirtió en un centro que atraía a las muchedumbres (…) El Camino de Santiago estrechó los lazos entre la pequeña España cristiana (no había otra, en realidad)  y la cristiandad occidental; propició los intercambios económicos, artísticos y culturales que rompieron el aislamiento de la Península y la apartaron de Oriente (…) ¿Nació España del culto a Santiago? Parece más bien que fue España la que creó el culto a Santiago porque lo necesitaba para reivindicar su condición de cristiana frente al Islam”

Creo que se imponen algunas observaciones:

a)      Ciertamente España no nació del culto a Santiago, sino que este fue una creación de España,  como indica Pérez aunque lo hace negando el hecho de que la nación existía desde tiempos de Leovigildo, y el reino asturiano fue su continuación ideal y política, como hemos ido viendo. Por otra parte fue invalorable la contribución del culto de Santiago a la conformación de España. Esta habría sido muy distinta sin él.

b)      España reivindicó su condición cristiana desde el primer momento, por todo lo que sabemos y no necesitaba para ello el culto a Santiago. Como tantas cosas en la historia, el culto surgió inopinadamente aunque luego tuviera enormes consecuencias.

c)      El Camino intensificó extraordinariamente la relación con la cristiandad europea (los caminos de Santiago llegarían a extenderse hasta Escandinavia y el este de Europa y el norte del Mediterráneo) Pero no es justo decir que rompió un aislamiento que probablemente  nunca existió.

d)     J. Pérez insiste demasiado en la propaganda, como si se tratara de una operación comercial o de mera ideología política. Eso impide la comprensión real del fenómeno en la mentalidad de los tiempos.

e)      Beato de Liébana no inventa la predicación de Santiago en España, sino que recoge una idea anterior, que probablemente se transmitió por vía oral en España antes de plasmarse por escrito  (la recoge un escrito atribuido, al parecer falsamente, a San Isidoro, de una fuente anterior) . En Pérez casi parece como si Beato hubiera tenido la idea de crear el culto con fines de propaganda política. La predicación de Santiago en España y el traslado de sus restos a Iria Flavia son muy improbables, aunque no imposibles.

f)       Decir que para Alfonso III la Reconquista no era una cruzada contra el infiel, resulta harto chocante, máxime cuando Pérez lo apoya como lo hace. Incluso entre los mayores enemigos hay relaciones no directamente ofensivas, aunque estas prevalezcan. Desde luego, Ordoño  no se convirtió al islamismo

Con el tiempo, conforme la Reconquista avanzaba se crearon por así decir dos Españas en simbiosis: la del valle del Duero, ligada al Camino de Santiago, y la del valle del Tajo, con una sociedad propiamente de frontera.

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Elecciones. La democracia en España

Blog de gaceta.es: Londres y Gibraltar piratean / Un examen de la garzonada / Deriva de España

Una entrevista interesante: La nueva izquierda y la Iglesia:  http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=19676

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Al igual que el comentario ¿Es España una nación?, del 14 de marzo, este es un capítulo de un libro, Claves de la historia de España, que espero aparezca en el otoño.

LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA.

Existe hoy una tendencia a considerar la democracia como único régimen legítimo posible, lo que condenaría implícitamente a la ilegitimidad a prácticamente todos los existentes en el mundo hasta tiempos muy recientes, idea cuyo mero enunciado revela su absurdo. También suele creerse que la democracia es un método aplicable a cualquier institución: obviamente solo lo es a la política, pero no a la empresa, a la banca, al ejército, a la Iglesia y tantas otras instituciones, que no reposan ni pueden reposar sobre una jerarquía nacida del voto. Por otra parte, el término democracia se usa en versiones y con adjetivaciones muy varias, originando regímenes excluyentes entre sí. Aquí la definiremos en breve como el liberalismo más el sufragio universal. El liberalismo, doctrina históricamente reciente y  resultado de un largo esfuerzo intelectual por evitar la tiranía, limita el poder político mediante libertades cívicas, duración limitada de los mandatos, reglamentación de la lucha política y separación de poderes; el sufragio universal concede la legitimidad para gobernar. Es difícil concebir una democracia no liberal, ya que tendería al totalitarismo (supresión de libertades y absorción de la sociedad por el estado), pero sí ha existido un liberalismo sin democracia en la Europa del siglo XIX. El sufragio universal es aún más reciente que el liberalismo y casi no ha existido hasta el siglo XX, máxime si incluimos el voto femenino. En la propia Usa, la democracia más antigua,  puede decirse que esta no se completó hasta entrados los años 60 del siglo pasado, cuando se garantizó el voto de los negros en los estados del sur.

Conviene hacer dos observaciones: pese a su relativa novedad, la democracia hunde sus raíces profundamente en la historia europea, y por supuesto en la española, y cuenta con precedentes como el de la Atenas clásica. En segundo lugar, su significado como “poder del pueblo” es irreal si se entiende por ello que el pueblo ejerce el poder. El poder es siempre o casi siempre simultáneamente monárquico (un líder máximo –rey, emperador, presidente…), oligárquico (por la capa de personajes que secunda al líder y organiza el estado) y democrático (no será estable sin la aquiescencia mayoritaria de la población). Lo propio de la democracia es que el tercer elemento, la aquiescencia pasiva en los regímenes tradicionales, cobra mayor protagonismo al decidir por el voto, cada cierto tiempo, quiénes deben gobernar. Lo cual significa que no es “el pueblo”, tampoco, quien decide, sino una fracción de él, incluso minoritaria si las fracciones contrincante son aún menores.

La democracia ha adquirido prestigio por tres razones: da más voz a la población, permite libertades políticas considerables y, en la mayoría de los casos, ha promovido una riqueza superior a la de otros sistemas. Por ese prestigio, también los totalitarismos suelen autodeclararse  democráticos, incluso superando la democracia liberal. Por otra parte, el sistema afronta serias críticas, por la posibilidad de degeneración demagógica  o desintegración social. La historia de los países occidentales durante el siglo XX puede considerarse, al menos en parte importante,  como una pugna en torno a la democracia. En la  Europa del oeste solo se consolidó, al menos hasta ahora, por la intervención bélica de Usa en la II Guerra mundial;  y en los países del este europeo,  tras el derrumbe del Imperio soviético hace ahora poco más de veinte años.

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En España, como en otros países, la democracia venía planteándose en el siglo XIX y no tomó carácter preciso hasta el  XX, siguiendo un curso particular. De hecho, es uno de los pocos países europeos que ha alcanzado su democracia por su propia evolución interna y no por intervención militar exterior, es decir, useña.

El proceso puede resumirse así: antaño, los partidos que más alto enarbolaban la bandera democrática rechazaban el liberalismo y por tanto tendían en realidad al totalitarismo o a dictaduras: así los socialistas, diversos separatistas, republicanos de izquierda  y otros. Y la derecha trataba de amoldarse a la democracia sin entusiasmo y sin verdadero pensamiento, ya que la intelectualidad, como vimos, reaccionó contra la Restauración y el liberalismo, según ha expuesto J. M. Marco en su libro La libertad traicionada.  La democracia registró aproximaciones en la Restauración y luego en la II República, y finalmente ha adquirido cierta estabilidad a partir de 1977, no sin graves deficiencias. Por extraño que suene, la transición del franquismo a la democracia es una de las cuestiones que han generado más  equívocos y confusionismo, que he examinado en La Transición de cristal.

Hacia el final del régimen autoritario de Franco, la mayoría de sus políticos (aunque no todos) pensaban que la democracia era posible y necesaria. Ninguno tenía una idea teóricamente fundamentada al respecto, ni sobre el alcance y concreción del nuevo régimen, pero creían forzoso “homologarse” al resto de Europa occidental. Y por otra parte el franquismo había creado inmejorables condiciones al efecto: los odios que habían destrozado a la república estaban olvidados para la gran mayoría de la población, y  España disfrutaba de una prosperidad continuada por primera vez desde la invasión napoleónica. Así, fueron un rey nombrado por Franco, unos jefes de gobierno y ministros procedentes del régimen y unas Cortes franquistas las que decidieron el paso a la democracia “de la ley a la ley”,  desde la legitimidad franquista a la democrática. Un cambio que se definió como “reforma”, aunque tendría que  desmantelar el aparato del régimen anterior. Aprobada la reforma por las Cortes, en 1976, restaba confirmarla por un referendum popular que la apoyara a su vez.

El primer escollo a ese designio estaba en la oposición antifranquista, que rechazaba la reforma y pretendía lo que llamaba “ruptura”,  es decir, negar toda legitimidad al franquismo y enlazar, política y sentimentalmente, con el Frente Popular derrotado en la Guerra Civil.  Entender a aquel antifranquismo exige recordar su composición: el único partido bien organizado y con cierta influencia y que había hecho oposición real a Franco era el comunista (PCE), inspirado por la doctrina política más radicalmente antidemocrática y totalitaria del siglo XX, aunque por razones tácticas hablara de ganar las libertades. El PCE había amalgamado en torno a sí a gran parte del resto de la oposición, desde cristianos “progresistas” a grupos terroristas, separatistas o pacifistas. Previendo la muerte del Caudillo había montado la llamada Junta Democrática, a fin de orientar al conjunto de la oposición. Aparte había personajes sin representatividad y grupos menores, a menudo también comunistas o terroristas, el más importante la ETA.

La dificultad para la reforma radicaba, por tanto, en el PCE, y para resolverlo se procedió a reforzar a un Partido Socialista entonces insignificante y sin historial práctico de oposición al franquismo. El PSOE  recibió apoyo económico y mediático de muy diverso origen, hasta de la extrema derecha alemana,  y campañas de imagen favorables en la prensa española, que le dio máxima cobertura presentándole como el interlocutor del gobierno en la izquierda. El PSOE trató de aislar a la Junta del PCE montando un organismo rival, llamado Plataforma Democrática. Pero el PSOE, también marxista, propugnaba un socialismo autogestionario, “autodeterminación” con probable secesión de varias regiones, república federal, etc. Programa más revolucionario que el del PCE (como ya había ocurrido en la república), pues este, por temor a quedar fuera de la legalidad, dejó en segundo plano la “autodeterminación” y accedió a la economía de mercado, la monarquía,  la bandera nacional, etc.  Conforme avanzaba el plan reformista, la Junta y la  Plataforma unieron fuerzas contra él, y aprovechando las libertades de facto lanzaron movilizaciones que culminaron en una huelga general (fallida) y en el boicot al referendum que debía respaldar al plan de reforma.

En el referendum en diciembre de 1976, el pueblo votó masivamente la reforma, dejando claro que el antifranquismo era, por el momento, muy poco influyente, sin exceptuar al temido PCE. Además, no era democrático, como hemos indicado. En rigor, el franquismo no había tenido oposición democrática, y cuando los presos políticos salieron a la calle en las amnistías de la Transición, no eran más que unos 300, todos ellos, prácticamente, comunistas o terroristas. Aunque la oposición en pleno invocaba las libertades, su carácter quedó en evidencia repetidamente. Por ejemplo, cuando en 1976 visitó España Solzhenitsin, uno de los grandes testigos de la barbarie totalitaria del siglo XX, y expuso en televisión las enormes diferencias entre el régimen de Franco y el soviético, la respuesta casi unánime del antifranquismo consistió en una salva de injurias  e insidias contra el escritor ruso por haber criticado a la Unión Soviética. En el festival de insultos participaron intelectuales de derechas como Cela o Jiménez de Parga, y un señalado escritor “progresista” — no comunista–, Juan Benet, recomendó desde una revista cristiana “avanzada” que no se dejara escapar del Gulag a personas como Solzhenitsin. Por otra parte, como veremos, el Frente Popular del que querían sentirse herederos,  había sido a su vez radicalmente antidemocrático.

Otro rasgo revelador de aquella oposición fue su simpatía política y moral a la ETA, ya visible  en gran parte de la prensa durante el propio franquismo. Cuando la ETA emprendió sus asesinatos, en 1968, obtuvo los apoyos más amplios: la oposición antifranquista casi en pleno,  gran parte del clero separatista vasco y de otros sectores clericales, el gobierno francés, el argelino y otros de Europa occidental, etc. El prestigio y relativo apoyo popular  de la ETA, y capacidad para rehacerse de los duros golpes que el franquismo le asestó, fueron en muy grande medida fruto de esas complicidades: era un grupo socialista, como la mayor parte de la oposición, y antiespañol, tendencia muy extendida, como hemos ido viendo. Y así se justificaba el asesinato como forma productiva  de hacer política, que iba a convertirse en un cáncer de la democracia.

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Superado el rupturismo, quedaba por articular el nuevo estado, y fue entonces cuando la Transición empezó a desequilibrarse. Se equiparó antifranquista a demócrata, y empezó a emplearse el adjetivo “franquista” como acusación, con la aquiescencia  de una derecha ideológicamente claudicante. Aun así, las elecciones de 1977 las ganó la UCD (Unión de Centro  Democrático),  cuyos componentes, casi todos, procedían  del franquismo, desde su líder, Adolfo Suárez. Este, respaldado por el rey Juan Carlos, trató de disimular su pasado e hizo mil concesiones a los antifranquistas, pasando a otro partido de derecha, la Alianza Popular de Fraga,  el sambenito de franquista.  Suárez era un político campechano y habilidoso para el regate en corto, pero inculto, de pocas luces y de muy pobre formación intelectual (él mismo se jactaba de no haber leído casi ningún libro). Juan Carlos compartía  con él bastantes de esas cualidades y defectos.

Simultáneamente, la ETA, muy maltrecha en los últimos tiempos de Franco, se rehízo en un nuevo ambiente más propicio y, con otros grupos terroristas como el GRAPO, Comandos Autónomos y algunos catalanistas, multiplicó sus asesinatos con intensidad mayor que nunca, combinados con intensa agitación callejera. Los flojos políticos de derecha y la oposición más o menos proetarra  aceptaron la idea de una “salida política” por encima de la policial, error que no se subsanaría en muchos años. Así aceptaban el asesinato como un modo de hacer política, ofreciendo a los pistoleros concesiones ocultadas a la ciudadanía. Los etarras, al tiempo que asesinaban, hacían política legal, ingresaban recursos públicos, dominaban alcaldías y explotaban a fondo el “prestigio” de antifranquistas y luchadores “por la libertad” que les había facilitado la oposición.  Ello confirmaba a la ETA la debilidad del gobierno, dándole grandes esperanzas de avanzar hacia sus objetivos, y a la opinión pública, sobre todo en Vascongadas, la impresión de que el programa etarra tenía futuro.  Y los demás separatistas vascos y catalanes arrancaron concesiones al gobierno presentadas como un modo de quitar audiencia popular al terrorismo y presentándose como alternativas moderadas a este.

Estos desvíos lastraron la Constitución. España había tenido varias constituciones desde la primera de 1812, todas viciadas  por el defecto, entre otros, de ser de partido o poco representativas. Por tanto, se procuró esta vez el acuerdo de todas las fuerzas políticas. Arduo problema, por la dudosa lealtad de muchas de aquellas fuerzas, orientadas por un concepto negativo de España y su historia, como había señalado del PSOE el filósofo Julián Marías; y porque  sus convicciones e ideas tenían poco de democráticas (para los marxistas, las libertades eran solo un instrumento a utilizar en camino a su proyecto totalitario; los separatistas veían la autonomía como un paso hacia la secesión).  Ello aparte, la Constitución fue elaborada de forma irregular y ocultista: en la ponencia constitucional intervenían personas de ideas muy varias, y al lado o por encima de ellas decidían dos personajes, el socialista Alfonso Guerra y el suarista Abril Martorell, que se consideraban mutuamente ineptos en derecho constitucional. Guerra decidió que Montesquieu, es decir, la división de poderes “había muerto”

La Constitución resultante recuerda el dicho de que un camello es un caballo diseñado por una comisión. Salió de allí un “estado de las autonomías” que afirmaba la integridad de España, pero abría la puerta a un vaciamiento progresivo del estado en pro de dichas autonomías; y  no establecía claramente la independencia judicial; o afirmaba derechos como el del trabajo bien remunerado o una casa digna, que volvía inconstitucionales a todos los gobiernos (el paro masivo ha sido una constante desde entonces). Como alguna vez señaló Einstein, “Nada destruye más el respeto por la ley que la aprobación de normas que no pueden aplicarse”. En la práctica unificaba antidemocráticamente todos los poderes al arbitrio del partido ganador o del acuerdo interesado entre los partidos mayores. Pese a las campañas a su favor, el referendum para aprobar la Constitución, en 1978, recibió mucho menos respaldo popular que la reforma en 1976. Incumplida en varios aspectos, en otros facilitaba las tendencias disgregadoras  y una partitocracia a menudo corrupta. Y esas taras no llegarían a corregirse desde entonces.

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La mala gestión de Suárez, que volvió a ganar las elecciones en 1979, encendió las alarmas del sistema: estancamiento económico, paro, terrorismo y secesionismos en rápida progresión. Con la UCD desintegrándose e impidiendo un gobierno coherente. El malestar llevó a la dimisión del propio Suárez y a un intento de “golpe de timón” ilegal, en el que estaban comprometidos el rey, los socialistas y sectores de la derecha, a fin de imponer un gobierno de concentración para afrontar la crisis. El plan fracasó cuando Tejero asaltó las Cortes el 23 de febrero de 1981 y rehusó seguir el guión. Durante años se ha suministrado una información incompleta o fraudulenta del asunto, presentándolo como un golpe militar más o menos franquista, pero la verdad ha sido desvelada en lo fundamental por algunos testigos e historiadores, en particular Jesús Palacios*.

Fruto de tal fracaso y de la ignorancia popular sobre sus entresijos fue, en 1982,  el triunfo arrollador del PSOE, autopresentado como el partido de un cambio basado en la firmeza y en cien años de honradez. En palabras del ideólogo Alfonso Guerra, “al país no va a reconocerlo ni la madre que lo parió”. Su balance, dirigido por Felipe González, empeoró el de la UCD. La ley pronto fue vulnerada y el Tribunal Constitucional desacreditado con el expolio de las empresas Rumasa; la corrupción cundió triunfante, la “salida política” a la ETA se mezcló con terrorismo gubernamental (el GAL) para empujar a los asesinos más recalcitrantes a una negociación mal definida; parte de la justicia se politizó; el paro subió a la cifra nunca vista de tres millones, y el peso del estado en la sociedad se hizo mucho mayor. Como puntos positivos suelen reseñarse una reconversión industrial y crecimiento económico superior a la media europea, la entrada en la CEE –luego Unión Europea—y en la OTAN. Sin embargo un examen más próximo suscita dudas. El auge económico, poco duradero y con millones de parados, fue poco sano comparado con el del franquismo; la entrada en la CEE, en condiciones poco favorables, inició una progresiva pérdida de soberanía en beneficio de la burocracia de Bruselas; y la entrada en la OTAN dejó la colonia inglesa de Gibraltar –que recibió del PSOE insólitas ventajas—sin proteger Ceuta y Melilla.

Los continuos escándalos de corrupción, el terrorismo del GAL (el PSOE tiene un considerable historial terrorista, casi siempre olvidado) y las altas cotas de desempleo acabaron en 1996 con el poder socialista, pero este había durado casi catorce años. ¿Cómo fue posible tanta duración pese a tal balance?  Creo que se debe a su éxito en crear una serie de estereotipos como partido de “los trabajadores” o de “los pobres” y especialmente democrático, al punto de apropiarse el mérito de una transición que en realidad había obstaculizado. Con el mismo éxito castigó a la derecha con la imagen de partido de los ricos y los explotadores, “la caverna” más o menos “franquista” y peligro constante para la democracia. Estos clichés funcionaron gracias a la renuncia de la derecha, ya con Suárez, a la lucha por las ideas, de modo que aun con una gestión tan lamentable, el PSOE  tardó en  ser derrotado, y conservó la masa de sus votantes.

El PP, con José María Aznar, gobernó los siguientes ocho años. Llegó con una promesa de regeneración democrática que no llegó a cumplir. Su gestión tuvo elementos muy positivos: la corrupción descendió, el paro bajó a algo más de la mitad y las finanzas se sanearon. El dato principal fue, en la lucha contra la ETA, la sustitución, al menos parcial, de la destructiva y corruptora “solución política” por la policial acorde con el estado de derecho: el brazo político terrorista fue ilegalizado,  perseguidas con empeño sus finanzas y frustrada la mayoría de sus atentados.  La ETA, en palabras de uno de sus jefes, fue empujada “al borde del abismo” y aquel cáncer de la democracia entró en vías de cura, aunque los separatismos se sintieron amenazados por el final previsible del terrorismo y acentuaron sus presiones chantajistas. Como datos negativos cabe señalar un crecimiento económico un tanto desequilibrado, debilidad frente a  unos sindicatos demagógicos, corruptos y marxistoides, mala política en relación con los medios de masas y entrada del PP en la carrera hacia el vaciamiento del estado, particularmente desde Valencia, y fomentando el nacionalismo en Andalucía y Galicia.

Con todo, los éxitos del PP parecían asegurar su continuación en el poder bajo la jefatura de Mariano Rajoy, pero este mostró ausencia de ideas políticas y mentalidad meramente economicista (“La economía lo es todo”). Por ello, su antagonista del PSOE, Rodríguez Zapatero, recortó distancia con él en las encuestas electorales de 2004, hasta que el no bien aclarado atentado del 11 de marzo, con casi 200 muertos y 2.000 heridos y su explotación política por el PSOE, inclinó definitivamente la balanza a favor de este.

El segundo período socialista, de siete años largos,  empeoró aún la gestión de Felipe González. Su clave fue la imposición de la ruptura que no pudo lograr en 1976: una espuria ley de memoria histórica trató de ilegitimar el franquismo (e implícitamente  la transición y la monarquía salidas de él) y legitimar al Frente Popular como fuente de la democracia. Al modo de los países totalitarios, dicha ley   trató de implantar una versión particular de la historia reciente, falsificada de arriba abajo, ayudada por la nula oposición del PP de Rajoy, falto, una vez más, de principios o ideas no economicistas.

Esa ruptura se reflejó en otro hecho decisivo: el gobierno pasó de perseguir a la ETA a colaborar con ella so pretexto de obtener así “la paz” (la ETA nunca había alterado la paz en España, aunque había causado una continua tensión, a causa de la desacertada política oficial hasta Aznar): a base de concesiones contra el estado de derecho, los terroristas “dejarían de matar”, aunque este objetivo lo había alcanzado prácticamente Aznar mediante la aplicación de la ley. Así, el PSOE volvió a legalizar el tentáculo político etarra, ayudándole económicamente; frenó la acción policial hasta el punto del “chivatazo” a los terroristas frente a la acción de los jueces; concedió indemnizaciones cuantiosas a familiares de terroristas muertos durante el franquismo y presentados como luchadores por la libertad; regaló una imagen favorable a jefes etarras como inclinados a “la paz” y  dio a los asesinos proyección internacional en el Parlamento europeo; trató de dividir, desacreditar e intimidar a las víctimas directas del terrorismo; y, sobre todo, ofreció a los asesinos avances hacia la secesión mediante nuevos estatutos que no respondían a ningún interés social, sino de los partidos, iniciados por el PP en Valencia y sistematizados por el PSOE en Cataluña. Según el presidente de la Generalitat, el socialista Pasqual Maragall, la nueva autonomía dejaba en “residual” la presencia del estado en la región. Ese estatuto ambientaba los tratos del gobierno con los asesinos, tratos mantenidos en la clandestinidad y engañando a la opinión pública.

Tal colaboración no se entiende sin constatar la densa afinidad ideológica entre la ETA y el PSOE: ambos comparten una ideología socialista, una idea negativa de la historia de España, adhesión a movimientos radicales antioccidentales en todo el mundo, y otras características. Tampoco es casual que un gobierno antipatriota haya acentuado las claudicaciones ante Inglaterra en relación con Gibraltar, ante Marruecos y ante Francia, echando por tierra la buena posición europea lograda por Aznar.

El PSOE cultivó también un feminismo agresivo con pretensión de equiparar a la mujer por encima de la única igualdad democrática aceptable, la igualdad ante la ley obtenida decenios antes. Su concreción fue el socavamiento de la familia, la promoción el aborto como un “derecho”, de las relaciones sexuales a edades muy tempranas, de la pederastia, la homosexualidad y el  exhibicionismo lesbiano, la intromisión del estado en la intimidad personal y familiar sustituyendo a la autoridad de los padres, etc. Todo ello subrayado por una agresividad contra la Iglesia que resultaría menos siniestra si no existiera el precedente, durante la Guerra Civil, del genocida intento de exterminio del clero, junto con todo el legado cristiano, base histórica de nuestra cultura. Se agravaron asimismo la corrupción y  la politización de la justicia (el caso Garzón es emblemático).

Ya en su primer mandato los abusos e ilegalidades de Zapatero provocaron masivas protestas populares y debieran haberle hecho perder las elecciones en 2008, pero la ausencia de ideas y principios del PP le permitieron ganar de nuevo, y ha sido la economía lo que le ha desbancado. Durante años, el gobierno del PSOE se benefició de la herencia económica, bastante buena, del PP de Aznar, pero finalmente agravó aquí  la crisis europea y superó a Felipe González, “produciendo” más de cinco millones de parados. Ante la dramática situación y su irresponsable demagogia, la presión internacional forzó a Zapatero a elecciones anticipadas, ganadas por el PP.

Para este partido se abre ahora la oportunidad de una regeneración democrática, perdida en 1996, de corregir a fondo errores y defectos ya viejos; y también se abre la posibilidad de empeorar la situación, al complicarse una compleja crisis política con la económica. Es pronto para  predecir qué ocurrirá, aunque los augurios no son buenos. El concepto de regeneración democrática parece ajeno al lenguaje del PP actual.

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El balance de la democracia actual en España no ha sido bueno y ha derivado en partitocracia, dependencia excesiva del exterior, graves tensiones disgregadoras y una dañina involución. Punto menos tratado, pero no menos importante, es el deterioro constante de la salud social: delincuencia y población penal, fracaso matrimonial y familiar, violencia doméstica, aborto, fracaso escolar,  corrupción política homosexualismo, prostitución,  embarazo de adolescentes, ludopatías, consumo de drogas y alcoholismo, consumo de telebasura, etc. Simultáneamente, la natalidad ha descendido por debajo del nivel de reposición, lo cual augura graves repercusiones económicas y de todo tipo, e indica una población moralmente pesimista o decadente. La masiva inmigración no compensa ese fenómeno, sino que posiblemente lo agrava, pues se trata de personas con otras culturas no identificadas con la del  país, lo que añade un plus de desequilibrio. Estos problemas, unidos a los políticos ya mencionados muestran una sociedad con grandes carencias democráticas, morales e intelectuales.

Al observar la historia española desde la crisis del 98, constatamos que los períodos en que España se repuso de serias crisis, creció más y mejor y mantuvo una mayor cohesión, fueron las dos dictaduras, la breve de Primo de Rivera y la larga de Franco, ambas autoritarias pero muy alejadas del totalitarismo. De ahí cabría deducir que la democracia funciona mal o no puede funcionar en España. Un análisis más detenido indica más bien lo contrario: el franquismo creó de hecho condiciones excelentes para una democracia no convulsiva como la de la república, y ello hasta el punto de que las demagogias liberticidas y separatistas sufridas en estos decenios no han conseguido aniquilar al país ni como nación ni como sistema de libertades. La crisis causada por el PSOE de Felipe González generó una exigencia,  mal atendida por la derecha, de regeneración democrática que corrigiese los errores de la Transición en lugar de empeorarlos. Opino que esa es precisamente la consigna que puede salvarnos de un progresivo y catastrófico deterioro. España puede enorgullecerse de haber llegado a la democracia por sus propios medios, no por intervención exterior como casi todo el resto del continente. Debemos ser conscientes de lo que nos jugamos y no tratar de echar por tierra ese logro histórico  con demagogias de uno u otro signo.

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Uno no sabe si reír o llorar ante las elecciones andaluzas y asturianas.  Obviamente, la población está mayoritariamente estupidizada: son demasiados años de telebasura, de política basura, corrupción y periodismo basura para que no hayan calado en una gran masa de población. Que haya tanta gente que vote al PSOE después de haber llevado al país a la ruina (no solo económica) revela lo que hay. Por otra parte no es desagradable el considerable baño que se ha llevado un partidejo como el PP, falto de principios y de ideas, que no representa sino que explota políticamente a una masa de opinión (deseosa de que la embauquen, por otra parte). En fin, señores, cuando ganó el PP por mayoría absoluta (en realidad no ganó las elecciones, sino que se las ganó la crisis económica), mi impresión fue que era un partido de bajo perfil para una crisis de alto perfil  –y no solo ni principalmente económica aunque esta sea muy urgente–. En mi opinión, podía ocurrir que el PP esperase  solucionar la parte económica para, con esa fuerza política, resolver las otras crisis; y podía ocurrir que  el futurismo de ese partido solo  contemplase el lado económico. Pero incluso en el primer caso, la crisis política y moral no iba a esperar a que se resolviese la económica, sino a complicarse con ella. Ahí tienen a estos necios bailándole el agua a CiU, que ha optado ya por el separatismo a calzón quitado mientras no cesa en sus chantajes.

Lo que  sorprende es que no aparezca un liderazgo y un programa capaz de disputar el campo al PP y al PSOE. Ejemplos como el de Cascos o el de Rosa Díez, pese a la flojedad de sus partidos, demuestran que ello es posible. Pero falta talento, por lo que se ve: el espíritu sopla donde quiere, y por lo visto no quiere soplar en España.

**** Arenas descarta de plano cualquier pacto con UPyD en Andalucía. Arenas, el hombre de la “realidad nacional andaluza” y del orate Blas Infante como “padre de la patria andaluza”. Con quien pacta muy a gusto el PP es con CiU, y probablemente con el PNV. Y es que el PP odia que  salgan por ahí partidos que se alejan del juego (corrupto) entre ese partido, el PSOE y los separatistas. Entre estos, en el fondo, se entienden. Ya sabemos a costa de qué



* J. Palacios, 23-F. El Rey y su secreto, Madrid, 2011. Para el periodista Luis María Ansón, comprometido en el plan, el libro de Palacios es cierto en “un 70%”

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Fernández de la Mora y el laberinto de la felicidad / J. Pérez (VII) Los comienzos de la Reconquista

Blog de gaceta.es: Los españoles roban / Melancolía

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El número de marzo de Razón española viene dedicado  a su fundador Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte. Cuenta con interesantes estudios de su obra por Dalmacio Negro, y Carlos Goñi, así como numerosas notas, entre ellas una de Stanley Payne en la que señala: “Entendía también GFM que el talón de Aquiles de la derecha en España era, con mucha frecuencia, la ausencia de coraje moral y una debilidad dialéctica, tanto en términos del argumento en cuestiones de historia como en pura teoría política. Entendía siempre que lo más importante era decir la verdad, no importa lo que imponga la moda (…)”. Aunque no comparto muchas de las ideas de GFM, creo que este valor, la relevancia que da a la verdad, hacen de él uno de lo intelectuales españoles más importantes del siglo XX.

   Por mi parte contribuí con el siguiente artículo:

LA FELICIDAD Y SUS LABERINTOS

Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior,  sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque  consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista y poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos.  En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.

Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor  comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente,  se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación  implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.

Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso  histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo  y el budismo, pasando, especialmente,  por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.

En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.

Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida  a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…)  La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”.  La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”,  que puede  ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa  sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad  conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva:  se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.

La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior.  Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento,  mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”.  “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”,  mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.

Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación,  la compasión,  etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables. Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.

En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaba como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados  que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados.  En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España.

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Resume Joseph Pérez de este modo la Reconquista: Frente a los moros, los españoles se sienten herederos de una historia, de un patrimonio, de una civilización: la de Roma, transmitida por los visigodos; es una especie de continuidad vertical en el tiempo hacia unas raíces comunes. Frente a los moros, también, los españoles se sienten solidarios con los cristianos que viven más allá del Pirineo, hay una continuidad horizontal, en el espacio, con la cristiandad occidental.

Todo esto es indudable, y hay que agradecer al señor Pérez que emplee los términos Reconquista y españoles, que se han vuelto tabú en muchas publicaciones pedantesca, por no decir estúpidamente, “académicas”, empeñadas en negar o difuminar lo evidente para justificar cualquier apriorismo ideológico. Pero creo que disuelve en Roma y la cristiandad el aspecto político. Los godos no fueron los transmisores del legado latino, más bien eran en principio ajenos a él y se presentaban como una amenaza al mismo (no en vano su gloria más señalada había sido la toma y primer gran saqueo de Roma). El legado latino estaba asentado en la población hispana y su organización eclesiástico-política, no en los visigodos. La gran tarea de estos, una vez se fijaron definitivamente en España y empezaron a confundirse con ella, fue el designio y la realidad de un estado español, es decir, la conversión de la comunidad cultural hispana en una nación.  Creo que hay que insistir  en este punto, habitual y absurdamente negado, porque sin él muy difícilmente habría habido Reconquista, es decir, continuidad político-cultural hasta nuestros días.

Repite la misma tesis insuficiente J. Pérez: Españoles son, pues, aquellos hombres que, en el norte de la Península, se niegan a ser moros y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental.  La realidad histórica, por cuanto sabemos, no es que se nieguen, simplemente, al Islam, sino que aspiran a reconstruir la España perdida; y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental, cierto, pero solo en el plano religioso, no en el político. Y esto es fundamental porque, como debe recordarse, por entonces van conformándose dos Europas, la de las naciones y la de los imperios. España es la nación destruida que aspira a reconstruirse en circunstancias extremadamente difíciles.

Prosigue nuestro autor: Hay que esperar a la segunda mitad del siglo IX para que a la batalla de Covadonga se  la considere  como el símbolo de la lucha entre moros y cristianos, como el punto de partida de una gran empresa. En el momento en que se produjo el acontecimiento, no pasó de ser un episodio más de la resistencia que los indígenas oponían a gentes extrañas

Aquí volvemos a la distorsión tradicional. Es frecuente en la pedantería historiográfica pedir “el documento”. Pero una gran parte de los hechos históricos carece de documentos y sin embargo podemos saber bastante de ellos. No sabemos si es cierto que Covadonga fue invocada como principio de la Reconquista sólo en la segunda mitad del siglo IX, pero parece lo más razonable que lo fuera desde los primeros momentos, aunque ello no apareciese explícitamente en documentos escritos o se hayan perdido los mismos (se ha perdido infinidad de documentos, hasta de nuestra época tan dada a consignarlo todo). Pues el hecho es que los “indígenas” estaban ya romanizados, al menos en grado suficiente para que su resistencia no tuviera nada que ver, por cuanto sabemos, con las “resistencias” anteriores a romanos y godos. Desde el primer momento se crea un estado, por embrionario que sea, con voluntad de asentarse y extenderse rápidamente, lo que consiguió, por cierto.  Nada que ver con las razzias de saqueo propias de los cántabros y astures en la ya muy lejana época romana, o de los vascones en la visigoda. Quienes pretendan cómo es que un pueblo supuestamente poco o nada romanizado, probablemente tampoco cristianizado y con una organización social primitiva, pierde, un siglo largo después de Covadonga, tales características para volverse notablemente civilizado, romanizado y reivindicador de la herencia política hispanogoda. Puede especularse con la afluencia de mozárabes del sur, pero, ¿no habrían sido recibidos por los indígenas como nuevos dominadores a los que habrían rechazado?

No vale especular con lo que no sabemos para desfigurar lo que sí sabemos: que hubo una resistencia en nada parecida a la remota de los pueblos no romanizados y que mostró en los hechos, desde el primer momento, una voluntad de asentamiento estatal y de expansión que, lo explicitaran documentalmente o no, corresponde con una “gran empresa”  justamente llamada Reconquista.

El empeño en negar la continuidad cultural desde Roma y político-cultural desde Leovigildo, solo puede entenderse en una tenacísima voluntad de negar o denigrar a España en general. Ahora oímos a muchos “liberales” afirmar enfáticamente que la nación española nace con la Constitución de Cádiz. De ser así, no habría nacido todavía, pues dicha Constitución nunca se llevó a la práctica… Y actualmente nos encontraríamos, gracias a otra Constitución, en un proceso disgregador… ¿de qué?  De lo que nunca existió, según esas lucubraciones. Resulta increíble, realmente, esa voluntad negadora, raíz de casi todos los males políticos de España desde la crisis del 98. Seguimos en el tiempo de los “gárrulos sofistas”, que decía Menéndez Pelayo.

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