PSOE, historia criminal: El PSOE, al borde de la escisión después del fracaso de su insurrección de 1934: https://www.youtube.com/watch?v=S887Ra6Xu3k
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**”Extraña época en la que los homosexistas dictan la moral, los transgénero y feministas deciden sobre la biología, y los abortistas hablan de derechos humanos mientras promueven el asesinato de millones de vidas humanas en embrión”
**Extraña época en España, en que los elementos más corruptos, criminales y falsarios imponen su versión sobre el pasado y lo que debe ser el futuro.
**Extraña época en que los feministas dicen defender a la mujer mientras intentan despojarla de lo propiamente femenino.
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La retórica democrática y los hechos
La democracia se apoya en supuestos como que todos los hombres nacen libres e iguales, o que consiste en el poder del pueblo. Ideas perfectamente irreales pero capaces de generar una crédula emocionalidad que convierte la democracia en una panacea utópica; y así es tratada con frecuencia, como una palabra mágica. Un líder que lleva a su país a la ruina y la guerra civil es loado como un héroe si logra pasar por demócrata, mientras que otro capaz de sacar a su país del desastre recibe maldiciones si se le pinta como dictador. Frutos del mesianismo democrático han sido convulsiones al pretender cada partido representar los auténticos intereses populares, o totalitarismos empeñados en lograr la igualdad social… bajo la férula de los más iguales. La consigna típica “libertad, igualdad, fraternidad”, emocionalmente atractiva, constituye asimismo un contrasentido. Libertad e igualdad armonizan difícilmente, y llevadas al extremo se oponen de modo radical. Limitada la libertad a la libertad política, supone la mayor tiranía al permitir al estado intervenir en lo más íntimo de la persona para garantizar su “libertad”; y la fraternidad no deriva de las anteriores y se sobreentiende limitada a los correligionarios, como prueba la historia, y ni un entre correligionarios se cumple. Por otra parte, ya vimos que el concepto de “pueblo” como un conjunto homogéneo en intereses y aspiraciones significa directamente el totalitarismo más completo.
También la democracia liberal invoca esas utopías, pero en la práctica opera al margen de ellas, dejándolas en retórica justificativa. La propia diversidad de los partidos y de sus masas de seguidores ya desmiente la igualdad. La libertad viene condicionada por la cultura, y su ejercicio restringido de diversos modos por el poder, aun si el ámbito de las libertades consentidas a los individuos y grupos varía notablemente de unos sistemas democráticos a otros. Asimismo,, el partido ganador en unas elecciones no representa al “pueblo”, aunque retóricamente se afirme lo contrario, pues los partidos perdedores, que pueden reunir una mayoría, quedan total o parcialmente fuera del gobierno, y ponerse de acuerdo para repartirse el poder genera la máxima corrupción. Y la abstención abarca siempre a un sector popular que por razones varias se desentiende del voto y supera a menudo al partido más votado; a veces al conjunto de ellos. En España, las mayorías absolutas logradas por el PP o el PSOE en varias ocasiones han sumado solo en torno a un tercio del cuerpo electoral. En la república pasó algo similar (en rigor solo hubo unas elecciones normales, las de 1933, aun con fuertes violencias izquierdistas).
La democracia liberal causa el desgarramiento de la sociedad si los intereses de partido se vuelven prioritarios, socavando las normas y leyes. Hecho palmario en la república cuando las izquierdas reaccionaron a su derrota electoral de 1933 con conatos de golpe de estado y una insurrección armada; y de nuevo al imponerse (fraudulentamente) del Frente Popular con un programa de cambios diseñados para cortar definitivamente el acceso de las derechas al gobierno. Y como vemos a diario, el discurso de los partidos de izquierda y separatistas en la actualidad ha vuelto a recurrir a antiguos radicalismos, a reivindicar el Frente popular y tratar de crear condiciones para retener el poder indefinidamente, mientras han proliferado las vulneraciones grandes y pequeñas de la Constitución, también por parte de la derecha. Sin contar el condicionamiento, inconfesado pero muy real, del crimen etarra admitido de hecho como forma de hacer política. Está muy extendida en muchos países la presunción no escrita de que ganar las elecciones –y por tanto representar “democráticamente” al pueblo– autoriza a modificar las reglas y equilibrios en beneficio del ganador, y generalmente a corromperse. Lo hemos visto en la introducción de leyes totalitarias, entre otras cosas.
Ningún mecanismo legal, por elaborado que sea, logra impedir que los partidos desarrollen manejos mafiosos, también en países de democracia asentada, como Usa; o que tiendan a disgregar la sociedad. Pese a ello, el funcionamiento razonablemente bueno de la democracia liberal en diversas naciones no se imponen o predominan necesariamente. Y ello solo puede deberse a un factor de orden no directamente político: a la presencia de unos valores morales por encima de las pasiones partidistas. El más evidente de esos valores es el patriotismo, que sitúa el interés nacional por encima del de partido. La célebre frase de Samuel Johnson sobre el patriotismo como último refugio de los canallas es ingeniosa, pero falsa. Las canalladas se han justificado siempre con cualquier otro valor moral, y la frase de Madame Rolland ante la guillotina, “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”, deja en su punto la ardua cuestión.
Si contemplamos la evolución de la república y la del actual régimen español, percibimos una caída del espíritu patriótico, denigrado con frecuencia, así como de la religiosidad católica, sustituida por ideologías variopintas y opuestas, de componente también religioso a su modo. La pérdida de valores unitarios exalta los intereses de partido y por tanto los impulsos disolventes. A mi juicio, ahí yace la causa de la mayoría de los problemas de la democracia en España.
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El fruto del bien y el mal
Usted viene sosteniendo que el mito del pecado original significa la creación del hombre como ser moral en contraste con la vida instintiva del animal. Todos entendemos la vida humana como superior a la animal, y sin embargo en la Biblia la entrada en el mundo moral aparece como una caída y no como una superación.
Creo que se presenta como una caída porque es el abandono de la inocencia animal, y porque la entrada en el terreno del bien y el mal es la entrada en un mundo lleno de incertidumbre y tormento psíquico. El mundo de la culpa, de la relación conflictiva con los demás, de una consciencia sometida al principio del bien y el mal, que sin embargo resulta incomprensible en su fundamento, “un océano siempre cambiante”.
Pero en la Biblia aparece como consecuencia de una desobediencia a Dios. ¿Cómo puede el hombre desobedecer a Dios? Si Adán y Eva pecaron, ¿acaso podían hacerlo contra la voluntad del Omnipotente?
Un problema eterno. Pecaron porque querían ser como Dios. Esto es lo que los griegos reconocían como la hibris, la desmesura, la vanidad (lo vano, inconsistente), origen de los males que el hombre se inflige a sí mismo.
En otras palabras, ¿Dios creó al hombre y el hombre se le fue de las manos?
Podemos verlo así o de otro modo: lo creó con capacidad para el mal. ¿Por qué? El mito no pretende explicarlo, solo exponer la verdadera condición humana. Su libertad para elegir el mal, al mismo tiempo que nunca puede estar seguro de discernirlo plenamente del bien, por muchas razones, entre ellas su limitación para prever o calcular las consecuencias de sus actos. Ahí cuenta también el elemento de la serpiente…
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La tragedia de Azaña



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