El programa Una hora con la Historia también se ve algo afectado por el coronavirus. Mantenemos la campaña 300 por 10. Un grupo de Facebook que yo no conocía, de “Apoyo a Pío Moa” con más de 4.500 miembros, parece que va a intentar que estos den un euro al mes para el programa. Eso nos permitiría salvarlo definitivamente. La cuenta para colaborar es: BBVA Taller de ideas, ES09 0182 1364 3302 0154 3346
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**Dice la dirección general de la Guardia Civil: La labor de monitorización que realizan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y en las que participa la Guardia Civil, está destinada exclusivamente a detectar aquellos bulos y desinformaciones que generan un gran nivel de estrés y alarma social, especialmente en temas de salud.
¿Estrés y alarma social, o estrés y alarma gubernamental? ¿Por qué no “detectan”, entonces, los bulos del gobierno sobre el “machismo” y similares? Eso sí que perjudicó especialmente la salud de los españoles. Y los bulos del gobierno no han cesado desde entonces, como recordaba Santiago Abascal. Dirigente del único partido democrático existente hoy en España.
**La Celaá dice que el gobierno no puede aceptar que haya mensajes negativos. Los mensajes negativos para el gobierno son buenos para la salud y la libertad de los españoles.
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Franco, Negrín y un problema moral
Contra la beatería de los contempladores del futuro derechistas, la izquierda y los separatistas tienen toda la razón al dar vueltas constantemente a la cuestión de Franco. Porque es, precisamente, la cuestión clave de la democracia. O se acepta el origen de esta en el franquismo, o la democracia seguirá enferma, y con ella sociedad.
Junto con la condena radical a Franco fue durante años un ensalzamiento descomunal de Azaña como el gran estadista español. Eso ya quedó algo atrás, y creo que mis estudios han tenido algo que ver, al poner la figura política de Azaña más en su sitio por encima de mitos. Pero desde hace años ha venido algo más radical: la mitificación de Negrín como el gran estadista español del siglo XX.
En todo esto existe una gran confusión. Negrín fue, innegablemente, el político que envió el oro español a Stalin, haciendo de él prácticamente el amo del Frente Popular. Y fue también el que organizó el saqueo en masa de bienes públicos y privados, artísticos e históricos. Sin contar otras acciones “menores” como su participación en el asalto izquierdista-separatista a la república en 1934. Estos son hechos absolutamente objetivos que no admiten discusión en serio.
Franco no solo derrotó a Negrín e indirectamente a Stalin. Realizó una serie de proezas sobre las que no voy a extenderme aquí porque ya lo he hecho en libros y artículos. Básicamente evitó la guerra mundial, reconstruyó al país, lo industrializó, y dejó una sociedad próspera, reconciliada y pacífica. Estos son hechos también absolutamente objetivos.
La cuestión moral de fondo es esta: ¿atacan a Franco a pesar de sus logros? No, lo atacan precisamente por ellos. ¿Exaltan a Negrín a pesar de intentar supeditar España a la URSS y de organizar el mayor robo sistemático de su historia? No, lo exaltan precisamente por eso. Parece una inversión total de los principios morales. ¿Cómo es posible?
Es posible porque aquí entra la cuestión de la legitimidad, clave casi siempre dejada de lado en la historiografía de derecha, y que he tratado en Por qué el Frente Popular perdió la guerra: los actos de Negrín se justifican porque habrían sido necesarios para “defender la democracia” y salvar a España del fascismo. Los actos de Franco perderían todo valor porque se hacían para imponer el fascismo. Aquí pasamos de la perversión moral a la perversión intelectual. Pues la “democracia” de Negrín consistía precisamente en aquellos actos mencionados, y el “fascismo” de Franco en los contrarios.
Esta perversión intelectual basada en la manipulación de los conceptos, es entonces la cusa de la perversión moral. Y de la perversión política que llevamos años sufriendo, con los “demócratas” imponiendo leyes totalitarias a base de la falsificación de la historia. Y por eso importa tanto poner en su sitio a Franco y a Negrín, porque de esa consideración depende mucho de nuestro futuro colectivo.
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Moral y libertad
Podemos entender la moral como el esfuerzo por capturar en redes de normas al Proteo del bien y el mal, conceptos en constante transformación y apariencia según la perspectiva con que se los contemple. Un esfuerzo nunca concluyente por completo, según muestra la historia humana y las distintas sociedades. La moral no existiría sin la consciencia de la muerte, que nos obliga a intentar valorar la vida y sus sucesos como “buenos o malos”: algo muy complicado cuando pasamos del concepto de la utilidad personal, e incluso limitándolo a esta, pues no pocas veces la utilidad se convierte en lo contrario; implica también el carácter “futurizo” del hombre, que decía Julián Marías, siempre volcado en proyectos y expectativas cuya bondad o maldad, ligadas al acierto y al error, solo pueden calcularse de forma nebulosa.
La moral tampoco existiría sin la libertad, un concepto sumamente elusivo. En un sentido fundamental, la libertad es constitutiva en el ser humano. La esclavitud es vista como el mal radical, porque anula la personalidad, pero no lo hace por completo, de modo que incluso en esa situación puede el sujeto optar por varias salidas: la resignación, la rebelión personal o colectiva, matar al amo, engañarle, acomodarse y sacar de ella algún beneficio, trabajar para emanciparse… De hecho todas estas opciones se han practicado en la historia: Espartaco acaudilló una gran rebelión, los prisioneros cántabros mataron a sus amos y volvieron a su tierra, muchos consiguieron emanciparse, algunos se convirtieron en consejeros de sus amos, otros muchos se resignaron a una vida corta y llena de sufrimientos… Cada una de esas opciones podía resultar mejor o peor, el sujeto nunca lo sabía por anticipado. La rebelión de Espartaco culminó en un sangriento fracaso, pero siempre ha quedado como un ejemplo de lucha por la libertad y de libertad en sí misma. Sería la mejor opción moral, aunque llevase consigo el sacrificio de la propia vida. Esto ha ocurrido muchas veces en la historia: personas y grupos que se han sacrificado por su libertad o lo que consideraban tal, como un bien superior a la propia vida.
La elección del mal puede hacerse en función del bien. No puede decirse que Stalin eligiera el mal: él estaba convencido de que su política significaba el bien para su pueblo y para la humanidad entera. Y desde su perspectiva, fue así: industrializó al país, derrotó la invasión alemana y liberó del nazismo directa o indirectamente a toda Europa. De Hitler no puede decirse lo mismo, hablando en un plano utilitario, porque fracasó. Pero indudablemente él quería lo que consideraba el bien no solo para Alemania sino para la “raza aria” y para toda Europa. Como en el reino animal, el bien de unos supone a menudo el mal de otros.
Más al fondo, la libertad significa la posibilidad de elegir el mal, no solo por error involuntario sino por decisión deliberada. Nos parece que nadie puede querer el mal por sí mismo, pero no es así. Hay un fondo oscuro en la psique humana que se manifiesta, por ejemplo, en esos tiroteos indiscriminados finalizados en suicidio, o en el sadismo gratuito sin ninguna perspectiva de utilidad o en cierto tipo de suicidios. El deseo de hacer mal revela también una especie de rebelión metafísica, digámoslo así, una reacción a su vez oscura contra la oscuridad del destino humano que Omar Jayam expresaba. Él optaba por “el vino y las mujeres”, pero la otra posibilidad quedaba abierta.
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Novela y mito
Me escribe un profesor mejicano de la universidad de Puebla: “Leí hace unos pocos días su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Me ha gustado mucho y la he leído en muy poco tiempo, señal de que estaba yo enganchado. Me parece percibir en Alberto, protagonista de la novela, el discurrir de sus pensamientos ante la vida, la muerte, la historia y el futuro que ya estamos viviendo. Me he identificado mucho en algunas de las reflexiones allí plasmadas, con mucha agudeza, a preguntas perennes”.
En mi opinión, cualquier novela que no sea de mero entretenimiento lleva implícitas “preguntas perennes”. El problema está en no hacerlas demasiado explícitas para no convertir la novela en un tratado menor de filosofía o de historia. Conseguir que la acción muestre ese tipo de conflictos íntimos y sociales es lo que caracteriza la literatura. Algunas buenas novelas pueden salir perjudicadas por discursos moralistas o históricos o sociológicos. Para mi gusto, la mayor parte de la literatura desde hace muchos años, o es de puro pasar el rato o viene lastrada por esos contenidos inevitablemente ideológicos. En la novela debe ser el discurrir de la acción, del choque de personalidades y de lo imprevisible, lo que ponga de manifiesto algo de lo que llamaba P. Diel “la insondable profundidad de los mitos”. Pues la literatura desciende del mito; y por eso también la literatura ideológica suele ser pesada y de poco valor.
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