Según la definición canónica de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. También podría considerarse el fracaso de la política, si conceptuamos esta como el arte de mantener los equilibrios de convivencia en las sociedades humanas. Estas, a diferencia de las sociedades animales regidas por la seguridad del instinto, se nos presentan como un hervidero de intereses, ideas, sentimientos y hasta personalidades distintas y a menudo opuestas, por lo que la convivencia es un esfuerzo permanente, que impone la existencia del poder, un fenómeno generado por la propia naturaleza conflictiva de las sociedades humanas. La política es en ese sentido el ejercicio del poder, el cual se asienta en una violencia implícita que se supone legítima por ser mayoritariamente aceptada. Cuando la política fracasa en mantener los equilibrios sociales, la violencia se hace explícita, y unos intereses, ideas, etc., pugnan por imponerse decisivamente a los contrarios y establecer un nuevo orden del poder. Por eso la guerra es una constante en la historia humana.
Podríamos considerar la guerra como la sustitución de la política por la violencia Sin embargo, esa sustitución solo es total en algunos casos. La política sigue existiendo en el seno de cada bando enfrentado, donde se generan tensiones y conflictos no siempre fáciles de resolver con acuerdos; y a menudo llega a imponerse en negociaciones entre los dos bandos, que eviten la aniquilación o la completa derrota de uno de ellos.
La guerra civil española se inscribe en las muchas alteraciones políticas y militares que tuvieron lugar en Europa entre 1918 y 1945, y que terminaron con la entrada del continente en una profunda decadencia política, militar y cultural –aunque no económica–. Dentro de ese conjunto de conflictos, y si excluimos la desembocadura de todos ellos en la II Guerra Mundial, el de España es el que mayor trascendencia ha tenido y el que mayor interés bibliográfico y de todo tipo ha despertado, porque en él confluyen todos los intereses políticos y las ideologías cuyas rivalidades culminarían en la II Guerra Mundial, y desde ese punto de vista debe ser estudiado.
En una frase célebre, el pensador Ortega y Gasset afirmó que “España es el problema y Europa la solución”. La frase en sí misma es un absurdo, por decirlo suavemente, pero ha tenido y sigue teniendo enorme influencia como una consigna programática para disolver a España. Según Ortega y muchos otros intelectuales y políticos de la guerra civil, la historia de España sería una “anomalía” o una “enfermedad”, solo curable asimilándose a una “Europa” mítica, de la que no entendían mucho y a la que no habían dedicado ningún estudio serio. Lo adecuado habría sido decir: “España tiene muchos problemas (que por cierto terminarían abocando a la guerra civil), y Europa, es decir, el resto de Europa, tiene otros probablemente más graves ( que no se molestaban en analizar y que terminarían en una conflagración mucho más destructiva que la española)”. Aquellos europeístas ya habían conocido la I Guerra Mundial, una advertencia muy seria, pero al parecer no les había enseñando nada.
Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques ilógicos y cargados de emocionalidad han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30 sobre el que más falsedades se han contado.
En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia, sino su elevación a un plano más racional y objetivo.